La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 20 de octubre de 2020

PETALOS CAÍDOS, por Isabel Bermejo



 

                A las adolescentes que son víctimas

               de la violencia de género.

                                              

Llora la noche oscura

el llanto de los pétalos caídos.               

(Ella quería flores en el agua de su sed).

«Me quiere-no me quiere…»

preguntaba a las flores amarillas

como si el amor, a pétalos, hablara,

como si el destino, a pétalos,

mostrara su horizonte.

Llenó de pétalos nuevos su cabeza,

cuando él habló de «amor».

Abrió la flor primera que, hasta entonces,

dormía entre sus piernas.

 

Pero las manos rudas arrancan primaveras,

tiñen de lirios violeta la carne derramada.

Y la flor se congela, en su hielo de abismo.

¡Maldito puño que seca los océanos,

que arranca flores de abril y cría calaveras!

 

Solo queda la flor de la esperanza,

la que nace de todas las cenizas,

la que crece en los mares disecados,

muy cerca, muy cerquita de tu barca,

para arribo de nuevas primaveras.

 

martes, 29 de septiembre de 2020

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 47, 30 de septiembre de 2020 "Oscuridad".




Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN: 2340-8634



SUMARIO


Foto de portada, Josefina Martos Peregrín


PINTURA: 





POESÍA: 



OSCURIDAD, por Isabel Rezmo.












RELATOS: 











LA PROFECÍA, por Carmen Hernández Montalbán




¡Cuídate de los Idus de mayo Torcuato! – auspició la pitonisa con mirada sombría, observando el vuelo de las aves. Los grajos planeaban en círculo sobre la altiplanicie de cárcavas y su ronco graznido quebraba el silencio vespertino.
Hacía tiempo que el legionario no había visitado a la vieja Luparia que moraba en una de aquellas cuevas ocultas del valle de Acci, al borde de la calzada que enlazaba la colonia con la vía iliberritana. La anciana, perteneciente a una influyente familia de la Bética, se había retirado aquellas soledades para llevar una vida ascética y purificarse.
¿Qué has visto? – preguntó el legionario tras una larga pausa. La mujer se arrebujó en su piel de loba y, acariciando el torques áureo del soldado sentenció: “Veo peces ahogados, arrastrados por la corriente del río de la vida. Sus cadáveres te perseguirán hasta la colina donde crece la retama. Adornarán tu cuello con un collar de sangre. Tu cuerpo servirá de alimento al óleo que ungirá en Hispania la frente de los gentiles. Entonces, la llama de la fe será visible”.
Torcuato,  escéptico de visiones y pronósticos, se deshizo del torques gaélico que lo identificaba como miembro de una de las sagas más ilustres del norte de la península. En su lugar, se anudó una cinta de cuero de la que pendía un ichtus: símbolo del pez de los cristianos con que le había obsequiado Yaco el Zebedeo en el campamento de Compositum. Penetrando en la cueva de la profetisa, se desprendió del uniforme imperial y vistió una humilde y sencilla túnica. Sus días al servicio de la Legio I habían concluido por decisión propia. Era consciente del castigo que se aplicaba a los desertores cuando eran capturados, pero esto no lo amedrentó en su decisión de abandonar el ejército. Se despidió de la mujer rehusando su ofrecimiento de pernoctar en la cueva y emprendió el camino por senderos angostos bordeando el lecho del río.
Caminó durante días evitando el contacto humano sin aproximarse a las villas, si no era para tomar algo de fruta o verdura de las huertas, hasta llegar a un paraje desértico que se alzaba entre dos vertientes. Allí, en aquellas soledades, en una de las cuevas horadadas por pastores, buscó refugio. Entabló amistad con viandantes, cabreros y sus familias, transmitiendo el testimonio del Zebedeo acerca de aquel Yeshúa de Nazaret y sus enseñanzas acerca de Dios. Fue en Compositum donde él y un grupo de mujeres le conocieron, entre las que se contaban la vieja Luparia y otros seis varones que habían emprendido el camino junto a ella hacia Acci y se habían separado allí para evangelizar otros lugares: Cecilio en Ilíberis, Tesifón en Bergi, Esiquio en Carcesa, Insalecio en Urci, Eufrasio en Liturgi y Segundo en Abula. Luparia no quiso recibir el bautismo, aunque las palabras del apóstol habían germinado en su espíritu hasta el extremo de abandonar una vida de opulencia y regalar gran parte de sus bienes a los más necesitados.
Fue por mayo, durante fastos de la Lemuralia cuando Torcuato se acercó por primera vez a Acci tras su deserción. Su aspecto había cambiado tanto que las posibilidades de que fuera reconocido eran escasas. En el mercado, se cruzó con un hombre que iba tirando tras de sí nueve judías negras, al tiempo que percutía sobre un aguamanil de bronce, mientras decía: ¡Salid espíritus de los ancestros! ¡Os ofrezco estas habas, con ellas me redimo a mí y a mi familia!.  Ante semejante gesto de superchería Torcuato se compadeció de él y le dijo:
-Únicamente Dios redime a los hombres si encuentra en ellos verdadero arrepentimiento de sus malas acciones.
El hombre se paró en seco y, mirando sorprendido a Torcuato, preguntó:
-¿A qué dios os referís?.
- A ninguno de los que pueblan el Olimpo, que son muchedumbre, sino al único Dios misericordioso, creador de todo.
- ¿Y en qué templo se le puede rendir pleitesía?.
- En el templo de las almas de los hombres de buena voluntad, Dios está en todo lugar.
El hombre lo miró perplejo sin entender el alcance de las palabras pronunciadas por Torcuato. Este le sonrió y tras una pausa le dijo:
-Si de verdad tienes interés en conversar más sobre el asunto, ven mañana al atardecer a la ribera del río de Acci, allí te esperaré.
Torcuato advirtió cierta desconfianza en su mirada, entonces le espetó:
-Ven si quieres con tu familia y amigos, ellos quedan también invitados.
Ya se alejaba, tras un gesto de despedida, cuando el hombre volvió a preguntar:
-¿Cómo te llamas?.
- Torcuato –respondió. Después continuó su camino.

El día amaneció desapacible, el cielo estaba empañado por una calina más propia de algunos días de verano. Al atardecer, unas nubes negras se fueron acumulando en los picos de las sierras que, aunque lejanas, se veían iluminadas por los relámpagos. La tormenta se acercaba. Cuando ya creía que el hombre no acudiría a la cita, lo vio acercarse por la alameda sólo. Torcuato percibió en su rostro el nerviosismo. Lo convidó a tomar asiento sobre unos troncos cortados y Torcuato le habló:
-Dios te guarde. No te inquietes, pues soy gente de paz y mi conversación no te obliga ni compromete en modo alguno.
El hombre asintió en silencio.
Llevaban un minuto hablando cuando Torcuato escuchó a sus espaldas unos ruidos sospechosos. Se dio la vuelta  con presteza y vio aproximarse un grupo de legionarios. El hombre con el que hablaba, extrajo de su cinturón un cuchillo e intentó herirlo. Lo había delatado.  Pero Torcuato esquivando el ataque, corrió hacia el puente para cruzar el río. Los legionarios lo persiguieron pero, al llegar a la mitad, cuando Torcuato ya había pasado a la otra orilla, una tromba de agua bajó de repente, arrasando el puente y arrastrando a los soldados.
Así fue como se cumplió parte de la profecía de Luparia. Torcuato moriría degollado meses después en las cuevas de Face Retama y Luparia, enterraría su cuerpo bajo un olivo.



ABISMO, por Josefina Martos Peregrín



Inmensa es la ciudad, con sus edificios que alcanzan el mar, con la orilla del estuario densamente poblada de rascacielos que van despertando uno a uno; los hay que tardan toda la mañana en recibir el rayo de sol que activa el engranaje de sus dientes de titanio, aunque en el interior de todos ellos el movimiento comienza temprano: un hormiguero vertical bulle, sube, baja y se afana desde antes del amanecer.

Pero hay más, hay otros allá lejos del agua, allí donde la tierra sufre, se abre y tiembla; rascacielos que nunca llegaron a culminarse, que quedaron a medio construir por temor a esa tierra sísmica, traspasados por amplísimos ventanales descubiertos, negros huecos de ascensor, escaleras infinitas sin iluminación alguna, sin tomas de electricidad; tapizados de tuberías inútiles, secas en las alturas pero chorreantes en los bajos; torres de Babel malditas que solo el viento recorre, tan vacías y laberínticas que ni sus okupas llegan a encontrarse; apenas si tropiezan unos con otros en la oscuridad; cada uno de ellos creería ser el único habitante si no fuera por los roces en la sombra, por los ecos o ese llanto de niño. Por aquel violín.

Vuelven en la noche, de algo semejante a un trabajo, de la rebusca, la trampa o la súplica, y van tomando sus rincones, a los que llegan contando los pasos y los peldaños, midiendo a palmos las paredes, atentos a las corrientes de aire, a los turbiones de viento que indican vanos amenazantes, simas de ascensor, pozos de ventilación, desprotegidas ventanas.

Ella vive allí desde niña y ha acabado acostumbrándose; va cambiando de habitación, a medida que basura y excrementos invaden su cercanía; ha adquirido el tacto de los ciegos y su preciso sentido de la orientación, que le permiten perseguir los trinos del violín en la noche y subir decenas de pisos hasta llegar al violinista; escuchar, ofrecerle su jadeo, acercarse hasta tomarlo de la mano y caminar abrazados hacia el gran ventanal; nunca se han visto, les basta distinguir sus siluetas cuando brilla la luna, no quieren conocerse, no necesitan decírselo: ambos saben que si se amaran demasiado rodarían  al abismo.

 


OSCURIDAD, por Isabel Rezmo.

 



Cuando la oscuridad se enfrenta

a su boca,

a la impenetrable tiniebla

que devora las fauces.

 

Cuando se convierte  en el sigilo

de todas las almas.

Cuando se distrae de la presencia

de la luz de las farolas.

 

La ventana es un sueño en el aire,

el cuerpo es un desertor del tacto.

El miedo la voluntad del instinto.

 

Cuando la noche se enfrenta

a su oscuridad con los grilletes

del preso,

el oasis no existe.

Los huesos se desoyen.

La virtud se detiene.

OSCURIDAD, por Esneyder Álvarez.

 



 

En la oscuridad camino,

en la oscuridad late mi corazón,

en la oscuridad divaga mi felicidad.

 

La luz dejó de mostrarse,

las palabras que aceleraban mi corazón se agotaron,

los sueños que alegraba mi despertar dejé de tenerlos.

 

Aún recuerdo que mi camino estaba adornado margaritas,

las mañanas eran alegradas por ruiseñores,

cuando llegaba la tarde solía sonreír con los juegos de los niños,

me detenía en las noches a disfrutar el manto de las estrellas.

 

Todo cambió,

mis días dejaron su belleza,

la monotonía se asentó en mi vida,

sin anunciarse un virus apagó la luz de mi existencia.

LA HABITACIÓN DE MAMÁ, por Alejandro Rodríguez Tárraga

 



El pasillo se extiende oscuro y amenazante. Extrañas siluetas bailan a placer, sabiéndose ocultas en las sombras, donde nadie puede verlas, pero sí notarlas. El niño piensa que quizás no ha sido tan buena idea salir de su cama. Ahora, sin su sábana para ocultarlo de los horrores de la noche, se siente vulnerable. Sólo en mitad del pasillo y sin más luz que la que se cuela por las rendijas de la persiana del dormitorio. Piensa en dar la vuelta y emprender una desenfrenada carrera hasta su acolchado refugio. Pero tras recordar lo que ha visto allí, el pasillo se vuelve mucho menos amenazador.

Calcula los pasos y recuerda la posición de las puertas, muebles y radiadores, tiempo atrás memorizados. Con un paso mucho más ágil que cuando marcha a la escuela (incluso se podría aventurar, más incluso que cuando vuelve de ella) se dirige, ojos cerrados, a la habitación de Mamá. Algo frío le roza la pierna. Una mano fría, gélida, muerta. La mano del Hombre Malo. Le intenta agarrar, llevárselo con él a un sitio oscuro y sucio, muy lejos de casa, donde nunca más podrá moverse, ni jugar, ni ir al parque, ni inflarse a caramelos. “Es el radiador” se convence así mismo para no mearse encima. Aún con esa pequeña seguridad, no puede evitar correr el último tramo de pasillo hasta la puerta de madera de aquel templo que es el cuarto de Mamá.

Allí se para, sin mirar atrás. Respira un par de veces, dándose cuenta súbitamente del ruido que produce al hacerlo. Nunca le parece tan fuerte como cuando llega a la puerta. “Si Mamá te oye respirar tan fuerte se despertará antes incluso de que abras la puerta”. Su raciocinio vence a la prisa y el pavor en esta ronda, permitiéndole concentrarse en abrir la puerta sin producir el más mínimo sonido. Está aterrado, consciente como no lo está nunca ningún adulto de las cosas que acechan en la oscuridad, pero eso no le impide respetar la paz del único lugar seguro del mundo. Agarra el pomo con su mano diestra, mientras la siniestra se apoya en la madera, y la oprime con delicadeza para evitar que golpee contra el marco sin querer. El pomo chirría escandalosamente al llegar a su punto más bajo. El niño se queda completamente quieto, esperando oír un ruido, una respuesta o una protesta desde el interior. Espera unos segundos que parecen horas y después, con el corazón casi tan acelerado como cuando se ha despertado esa noche, se atreve a abrir la puerta milímetro a milímetro. Entra en el cuarto como un suspiro, aguantando la respiración, sin soltar el pomo ni dejarlo subir ni un poquito. Rodea la puerta y agarra el pomo con su mano izquierda, para después soltar, poco a poco, la derecha, la cual desliza hasta el hueco en el que el pestillo se esconde, obligado por el preciso mecanismo del tirador. Empuja poco a poco, hasta que sus manos rozan el marco. Los dedos sueltan la madera a la misma velocidad que la puerta se la traga. Cuando llega delicadamente a su tope, se ayuda con ambas manos para subir el pomo a su posición original, liberando el pestillo y sellando la entrada a demonios, fantasmas y otros monstruos de la noche. Se detiene un minuto. Controla su respiración, escuchando los sonidos de la noche. El mundo entero enmudece ante el frenético latido desbocado de su corazón, que, poco a poco, se va calmando gracias al ambiente relajante de la habitación de Mamá, que siempre huele a sábanas limpias y a ambientador de lavanda.

Emprende entonces el niño el viaje hasta la cama de Mamá. Avanza lentamente, deslizando los pies por el suelo sin levantarlos. No quiere pisar los zapatos de su madre y hacer ruido. Palpa el tocador que hay al entrar, y lo recorre con los dedos hasta llegar al otro lado. Frente a él, ahora, debería alzarse, gloriosa, la cama. El refugio final. Sergio se para junto a ella y escucha la respiración, calmada y tranquilizadora, de Mamá. Alzado junto al mueble que simbolizaba su amuleto, su seguridad y su descanso, comienza el sagrado ritual que viene pronunciando desde antes de lo que su memoria alcanza a recordar. Esas frases que nunca le han fallado y que le dan acceso a la protección del adulto y al cálido amor de una madre:

-Mamá…-susurra. Espera. Una leve alteración en la respiración de su progenitora y luego, nada-. Mamá…-intenta de nuevo. Movimiento. El cuerpo en la cama gira, se da la vuelta. Busca el lado frío de la almohada. Al momento, la respiración se tranquiliza de nuevo-. Mami…-cambia esta vez-. Tengo miedo. Creo que hay un monstruo en casa. Lo he escuchado respirar en la oscuridad.

Un gruñido. El ruido de las sábanas al levantarse, abriéndole paso, permitiéndole entrar. El niño sonríe. Salta a la cama, y se cubre raudo con las mantas. Suspira satisfecho, antes de girarse a buscar el calor de Mamá. Calmado al fin, todo el miedo puesto a un lado, su mente se aclara, se racionaliza. Recuerda las palabras de Mamá. Los monstruos no existen. No te pueden hacer daño. Pero si te asustan, siempre puedes venir a la cama conmigo. O llamarme al teléfono cuando trabajo por la n...

La sonrisa se congela en sus labios. La tranquilidad y la seguridad dan paso al mayor de los pavores. Mamá trabajaba esta noche. Un gruñido. El ruido de las sábanas al levantarse. El amago de un grito.

Ningún sonido más.