La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 29 de septiembre de 2020

LA HABITACIÓN DE MAMÁ, por Alejandro Rodríguez Tárraga

 



El pasillo se extiende oscuro y amenazante. Extrañas siluetas bailan a placer, sabiéndose ocultas en las sombras, donde nadie puede verlas, pero sí notarlas. El niño piensa que quizás no ha sido tan buena idea salir de su cama. Ahora, sin su sábana para ocultarlo de los horrores de la noche, se siente vulnerable. Sólo en mitad del pasillo y sin más luz que la que se cuela por las rendijas de la persiana del dormitorio. Piensa en dar la vuelta y emprender una desenfrenada carrera hasta su acolchado refugio. Pero tras recordar lo que ha visto allí, el pasillo se vuelve mucho menos amenazador.

Calcula los pasos y recuerda la posición de las puertas, muebles y radiadores, tiempo atrás memorizados. Con un paso mucho más ágil que cuando marcha a la escuela (incluso se podría aventurar, más incluso que cuando vuelve de ella) se dirige, ojos cerrados, a la habitación de Mamá. Algo frío le roza la pierna. Una mano fría, gélida, muerta. La mano del Hombre Malo. Le intenta agarrar, llevárselo con él a un sitio oscuro y sucio, muy lejos de casa, donde nunca más podrá moverse, ni jugar, ni ir al parque, ni inflarse a caramelos. “Es el radiador” se convence así mismo para no mearse encima. Aún con esa pequeña seguridad, no puede evitar correr el último tramo de pasillo hasta la puerta de madera de aquel templo que es el cuarto de Mamá.

Allí se para, sin mirar atrás. Respira un par de veces, dándose cuenta súbitamente del ruido que produce al hacerlo. Nunca le parece tan fuerte como cuando llega a la puerta. “Si Mamá te oye respirar tan fuerte se despertará antes incluso de que abras la puerta”. Su raciocinio vence a la prisa y el pavor en esta ronda, permitiéndole concentrarse en abrir la puerta sin producir el más mínimo sonido. Está aterrado, consciente como no lo está nunca ningún adulto de las cosas que acechan en la oscuridad, pero eso no le impide respetar la paz del único lugar seguro del mundo. Agarra el pomo con su mano diestra, mientras la siniestra se apoya en la madera, y la oprime con delicadeza para evitar que golpee contra el marco sin querer. El pomo chirría escandalosamente al llegar a su punto más bajo. El niño se queda completamente quieto, esperando oír un ruido, una respuesta o una protesta desde el interior. Espera unos segundos que parecen horas y después, con el corazón casi tan acelerado como cuando se ha despertado esa noche, se atreve a abrir la puerta milímetro a milímetro. Entra en el cuarto como un suspiro, aguantando la respiración, sin soltar el pomo ni dejarlo subir ni un poquito. Rodea la puerta y agarra el pomo con su mano izquierda, para después soltar, poco a poco, la derecha, la cual desliza hasta el hueco en el que el pestillo se esconde, obligado por el preciso mecanismo del tirador. Empuja poco a poco, hasta que sus manos rozan el marco. Los dedos sueltan la madera a la misma velocidad que la puerta se la traga. Cuando llega delicadamente a su tope, se ayuda con ambas manos para subir el pomo a su posición original, liberando el pestillo y sellando la entrada a demonios, fantasmas y otros monstruos de la noche. Se detiene un minuto. Controla su respiración, escuchando los sonidos de la noche. El mundo entero enmudece ante el frenético latido desbocado de su corazón, que, poco a poco, se va calmando gracias al ambiente relajante de la habitación de Mamá, que siempre huele a sábanas limpias y a ambientador de lavanda.

Emprende entonces el niño el viaje hasta la cama de Mamá. Avanza lentamente, deslizando los pies por el suelo sin levantarlos. No quiere pisar los zapatos de su madre y hacer ruido. Palpa el tocador que hay al entrar, y lo recorre con los dedos hasta llegar al otro lado. Frente a él, ahora, debería alzarse, gloriosa, la cama. El refugio final. Sergio se para junto a ella y escucha la respiración, calmada y tranquilizadora, de Mamá. Alzado junto al mueble que simbolizaba su amuleto, su seguridad y su descanso, comienza el sagrado ritual que viene pronunciando desde antes de lo que su memoria alcanza a recordar. Esas frases que nunca le han fallado y que le dan acceso a la protección del adulto y al cálido amor de una madre:

-Mamá…-susurra. Espera. Una leve alteración en la respiración de su progenitora y luego, nada-. Mamá…-intenta de nuevo. Movimiento. El cuerpo en la cama gira, se da la vuelta. Busca el lado frío de la almohada. Al momento, la respiración se tranquiliza de nuevo-. Mami…-cambia esta vez-. Tengo miedo. Creo que hay un monstruo en casa. Lo he escuchado respirar en la oscuridad.

Un gruñido. El ruido de las sábanas al levantarse, abriéndole paso, permitiéndole entrar. El niño sonríe. Salta a la cama, y se cubre raudo con las mantas. Suspira satisfecho, antes de girarse a buscar el calor de Mamá. Calmado al fin, todo el miedo puesto a un lado, su mente se aclara, se racionaliza. Recuerda las palabras de Mamá. Los monstruos no existen. No te pueden hacer daño. Pero si te asustan, siempre puedes venir a la cama conmigo. O llamarme al teléfono cuando trabajo por la n...

La sonrisa se congela en sus labios. La tranquilidad y la seguridad dan paso al mayor de los pavores. Mamá trabajaba esta noche. Un gruñido. El ruido de las sábanas al levantarse. El amago de un grito.

Ningún sonido más.

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