La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 14 de junio de 2015

A un duende en la noche, por JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN.



Amo la línea de oro que circunda tu frente,
tus manos que buscan tesoros en la noche de plata.
No escudriñes, no hurgues en los rincones,
no susurres por las paredes.

No dibujes mi sombra, no robes mis flores, no trastoques mis libros.

En tus ojos cerrados, de párpados triples, respira el silencio.
De tus ojos abiertos de loco arco-iris llueven los colores:
mírame y báñame de azules. De todos los azules,
los del mundo, los de antes del mundo, los del fin del mundo.
¿Te pido demasiado?
Deja de gemir.
Déjame soñar.
Déjame dormir y recordar mis sueños.


La profecía, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN


Antonio subió por aquellos cerros polvorientos seducido por sus extrañas formas que imitaban figuras de seres animados. Desde la cima podía divisar las ramblas y barrancos como surcos trazados al capricho de un Dios de proporciones gigantescas. La noche, con la claridad engañosa del plenilunio, lo sorprendió sobre el montículo rodeado de un laberinto de cavernas pobremente iluminadas por la luz de los candiles. La ciudad, amordazada por la muralla, quedaba a lo lejos, reducida, casi invisible en la oscuridad. Alzó la vista al cielo, la inmensidad del firmamento donde millares de estrellas temblaban, lo sobrecogió e inició el descenso. En el recodo de un sendero, casi oculta, había una cueva. Movido por la curiosidad se acercó al umbral de la entrada y cuidando mucho de no ser visto, se encaramó al dintel de la puerta para mirar la escena.
Allí estaba una mujer anciana encorvada sobre un cántaro. Parecía recitar una salmodia extraña susurrada a la boca del mismo. Tenía la piel surcada de arrugas, y las manos huesudas y deformadas, pintadas con aleña. La visión de la mujer lo había impresionado tanto que sintió deseos de echar a correr, pero la curiosidad ganó el pulso al miedo y permaneció quieto observando lo que hacía la vieja.
-          Pasa, no te quedes ahí –dijo al pronto- estaba llamando al pilluelo del martinico que se ha comido el único trozo de pan que quedaba.
El joven Antonio se preguntaba qué criatura llamada martinico podía esconderse en un cántaro y cómo podía haberse percatado la vieja de su presencia, como no fuera que entre la maraña de pelo blanco tuviera un tercer ojo oculto. Con la lentitud de una tortuga se fue incorporando y, con paso quedo, se acercó a donde estaba el muchacho que en ese momento temblaba de miedo.
-          ¿Quién es ese martinico al que os referís? –balbució el muchacho.

-          ¿Quién ha de ser sino un hombrecillo minúsculo con sayo de fraile que se cuela en las alacenas para hacer de las suyas? ¿De dónde has salido zagal…? – le interpeló la anciana aproximando su avejentado rostro al de Antonio.


-          De la ciudad. He de regresar antes que entre más la noche, mis tías ya estarán inquietas. –respondió entrecortadamente.

Le  castañeaban los dientes, deseaba huir, pero por alguna razón desconocida sus piernas no le obedecían.

-          No has de temer, la luna está crecida y te alumbrará. – Antonio miró en dirección a la luna que resplandecía majestuosa entre los cerros. - ¿te gusta la luna? No podrás decir que no está hermosa.
-          Me gusta, sí, aunque me gusta más cuando está menguando y parece un zarcillo, la media luna. –respondió algo más relajado, porque aunque la estampa de la anciana le horrorizaba, no vio maldad alguna en su mirada.

-          La media luna…, ella es tu madre, pero la cruz será tu refugio. –dijo con voz sentenciosa- una cruz pesada que menguará tus alas, aunque alimente la tinta de tu pluma.

Metió la mano temblorosa en una faltriquera de color indefinido, descolorida, desgastada, cosida a la saya, y sacó un canutillo de caña atado a un cordón.
Toma este amuleto, consérvalo cerca de tu cuerpo. Sin él serás como una casa sin puerta abierta a la intemperie.
Antonio tomó el objeto e inclinando la cabeza en señal de despedida respondió:
-          Gracias, quedaos con Dios, he de marcharme.
-          Que Allah te proteja. –dijo casi en un susurro.
Así, con las palabras de la anciana latiendo en la memoria, descendió por senderos  y cañadas hasta llegar a la muralla, entró por la Bibrambla y se adentró por los callejones estrechos del Almorejo hasta llegar a su casa, donde halló a sus tías inquietas, con el rosario en la mano finalizando el credo.
-          ¡Alabado sea el Señor Antonio! ¿De dónde venís a estas horas? ¿No veis que ya es noche cerrada? – Exclamó su tía María interrumpiendo el rezo.

-          Perdonad mi tardanza, pero es que fui a oír misa en Santa María Magdalena y después, quise pasear por los arrabales y me perdí por las cuevas.
-          ¡Por las cuevas! – repuso su tía Isabel- ¿Y queréis decirnos que se os ha perdido por allí? Aquello está lleno de maleantes y gentes de mal vivir, dad gracias a Dios que aun no ha regresado vuestro padre. Andad, sentaos a la mesa y comed algo, la cena ya se habrá enfriado.

Aquella noche, Antonio tardó en coger el sueño, anduvo pensando en las palabras de la vieja. Sin poder resistirlo sacó tinta y papel del escritorio y escribió lo que había dicho la mujer sobre la media luna. Luego, tomó el amuleto y lo guardó en el cajón de la mesilla. Nunca había hecho caso a supersticiones, tal vez las palabras pronunciadas por la mujer eran producto de la senectud, en la que el juicio comienza a flaquear.

Tuvo que transcurrir un año hasta que volviera acordarse de lo sucedido aquella noche en que anduvo perdido en los arrabales de las cuevas. Fue el día de su Confirmación. Al salir de la misa vieron pasar una procesión de carros tirados por bueyes, custodiados por alguaciles y tres monjes inquisidores que se dirigían a la plaza mayor. En uno de ellos, rodeadas de barrotes, venían dos mujeres: una era la vieja que había conocido en las cuevas, la otra era una muchacha joven. La pobre anciana, tenía la mirada extraviada de quien ha perdido la vista, su figura era un despojo manchado de excrementos, tomates y huevos que el gentío le arrojaba. Siguió a la comitiva hipnotizado hasta la plaza, donde se habían instalado tres hogueras. A una de ellas se ató a la mujer que de inmediato se desvaneció. Cuando el verdugo prendió la tea, Antonio cerró los ojos, dio media vuelta y se alejó del cruento espectáculo. Sobre su pecho pendía la cruz con la que el prelado les había obsequiado al confirmar su fe.  La cruz le pesaba como el plomo, a partir de ese momento, comenzó a dar crédito a las palabras de la anciana.

Sortilegio, por MAR BLANCO.



Quisiera hacer un poema
con mis uñas.
Un arañazo en la espalda
de la que brote 
a chorro la pasión.
Como una hechicera
que tiene todas las fórmulas
en verso,
darte a beber un sortilegio
para convertir en rojo tu nombre.
Alquimia de la noche.
Ala de murciélago volando.
Hay quien dice que las brujas no existen
-¿quién lo sabe?-
Alas de murciélago
Uñas verso
Les doy vueltas en un caldero
para que suceda
-al cambiar de color -
lo que deseo.

Los duendes de mi cole, por CUSTODIO TEJADA.


Hay duendes que sólo se oyen o se huelen, otros se pueden ver y tocar incluso. Los hay hasta comestibles como las obleas o los barquillos. Duendes por aquí, duendes por allá. Hay duendes por doquier, sólo tienes que ser paciente y fijarte bien para poder descubrirlos escondidos detrás de cualquier cosa. Están más cerca de ti de lo que piensas. En mi colegio hay duendes por todas partes, hasta en la sopa hay duendes. Gracias a que voy todos los días a la escuela he comprobado que hay muchos tipos de seres mágicos. Los hay buenos y nobles, o delgados y tranquilos; pero los hay también malotes y con las ideas retorcidas como alambres de espino. Los hay que mandan demasiado y son muy caprichosos y otros que solo saben obedecer, aunque debemos saber que para mandar bien hay primero que saber acatar las órdenes y compartir las responsabilidades. Algunos parecen mosquitas muertas que nunca han roto un plato, sí, esos que tiran la piedra y esconden la mano antes de que los vean. Otros son diáfanos y bonachones como el agua que baja por los ríos. Incluso los hay que se quejan por todo y son muy exagerados. Con solo rozarles o darles un soplo se echan a llorar como si les hubieras golpeado con un bate de béisbol, es como si estuvieran hechos de cristal. Estos duendes suelen ser muy tiquismiquis y mentirosos, no saben distinguir entre lo grave e intencionado y lo leve y fortuito. Luego están los demás: el duende del comedor, el del gimnasio, el de la pizarra, el del ordenador, el de los pasillos, el del patio y el de los libros, que siempre que puede nos engaña y confunde cuando queremos buscar una página y no la encontramos; por más vueltas que le demos al libro no aparece, es como si se la hubiera tragado un papel de tierras movedizas. El duende del comedor, que es muy juguetón, nos hace reír cuando tomamos sopa de letras; ya que se entretiene, el muy bribón, en juntar letras en el plato y formar palabras que acaban siendo un chiste la mar de gracioso y que nos provoca una risa contagiosa, con el peligro que eso tiene cuando se está comiendo debido a que puede darnos en el gallillo y provocarnos un golpe de tos. El algodón de azúcar es un duende  que se come y nos hace cosquillas en la barriga. Eso no lo saben todos los niños, solo lo saben los que son muy observadores y están atentos a lo que pasa a nuestro alrededor.
Además está el duende Jacinto, es el duende de las flores y tiene una bicicleta preciosa. En el patio de mi colegio hay una zona ajardinada que en primavera se llena de abejas y orugas. Allí liban el néctar y atraen la atención de los pajarillos que buscan el banquete padre a consta de los insectos. Es un espectáculo ver al duende Jacinto gastarle bromas a las abejas y asustar a las aves disfrazado de espantapájaros. Los duendecillos suelen ser muy pacíficos pero a veces se pelean entre ellos. Eso fue lo que pasó una vez, que se enzarzaron en una gran pelea el duende Gonzalo y el duende del grito pelao, que se llama Vozarrón. Éste es un duende  que tiene malas pulgas, muy diminuto, con un cuerpo pequeño y frágil; pero que tiene una voz enorme, muy grave y ronca, que da mucho miedo oírla. Vozarrón piensa que por hablar más alto y gritar con virulencia lleva más razón que los demás y eso no es cierto. No sabe escuchar ni estar en silencio. Es muy despistado y no puede estarse quieto ni un segundo seguido. Gonzalo, por el contrario, es un duende travieso pero que tiene muy buen corazón. Cuando se equivoca sabe rectificar y pedir perdón. Gonzalo habla muy despacio y gesticula mucho, susurra más que habla. Cuando el maestro no encuentra algo siempre dice que, ya ha estado aquí el duende Gonzalo y lo ha escondido o cambiado de sitio. ¡Bueno, habrá que tener paciencia hasta que aparezca! –dice. Ni el uno ni el otro saben ganar ni perder. Cuando juegan juntos siempre terminan discutiendo. Si gana uno, el otro se enfada; que es al revés, lo mismo. Y aunque a ninguno de los dos le gusta dar su brazo a torcer, ya que ambos son muy testarudos, Gonzalo suele ceder antes que Vozarrón; que es un liante de mucho cuidado, de esos que cuentan las cosas a su manera y no tal y como han sucedido los hechos.
Y por último, está el duende Moraleja, que es muy sabio y que siempre anda corrigiendo y enmendando a todo el mundo, diciéndonos lo que tenemos que hacer cuando erramos. Casi siempre lleva razón, la verdad, aunque en la mayoría de las ocasiones no le hacemos caso. Lo más reciente que nos ha dicho es que hay veces que una tomadura de pelo, un desprecio, una palabra mal dicha o un boicot a los compañeros hacen más daño que una patada, un puñetazo o un mordisco; que tenemos que tener cuidado con lo que decimos y hacemos para no herir a nuestros semejantes, o sea, a nuestros compañeros de clase. ¡No sé. Supongo que será así, si él lo dice...!


Un tiempo distinto, por F. JAVIER FRANCO.



A mi abuelo Paco, por hacerme comprender lo necesaria que es la fantasía.



Siempre supe lo que ocurrió, pero nunca quise reconocerlo.
La casa del abuelo era antigua y rústica, en el casco viejo, unifamiliar, con huerto, de las de antes. Las viviendas actuales, por muchos metros que tengan, nunca podrán tener el sabor a casa, a casa casa, de las de antes, ¿qué misterio puede guardar un piso con doble acristalamiento, marcos de pvc, persianas de aluminio con mimetismo a madera y suelos de tarima? En aquel suelo de losas de cerámica, el tacto en verano era de frescor, ideal para jugar revolcado moviendo ejércitos de monigotes de plástico, para sentir el run-run de la mecedora del abuelo mientras observaba, impertérrito general, la batalla. Las estaciones del año se podían reconocer, sin necesidad alguna de otro sentido, más que por el oído, por la forma de chirriar los goznes y bisagras de puertas y ventanas, cuya madera parecía estar viva, inflándose y desinflándose en cronometraje directo a los partes meteorológicos que daba una radio enorme, encajada en un enorme arcón de madera tan oscura que, a lo lejos, podía pasar por negra. En una casa así era posible que sucediese algo que yo no podría admitir que fuese, porque, aun sin consciencia, ya pertenecía a otra época y otro mundo. Un mundo que, en blanco y negro, se introducía en las casas a través de un arcón aún más grande y que ponía rostro a las voces de los partes, que introducía en el salón de la casa de mis padres tanto el oeste americano, la emperatriz Cleopatra o las selvas del Pacífico con cocoteros cargados de soldados japoneses, como una niña rubia y preciosa cantándole a una tómbola, un pequeño santón de nombre Marcelino o los santos oficios del Jueves Santo.
Pero la casa del abuelo era distinta, era especial. Si pasabas la noche en ella podías escuchar los movimientos por los rincones y no, no eran chirridos de madera vieja adaptándose a la meteorología. Eran ruidos como de pasos de diminutos pies, que había que autoconvencerse de que eran ratones, aunque la pareja de gatos –gato y gata– que convivían con las  personas, prácticamente sin otra misión atribuida, eran fenomenales cumplidores de sus deberes, además de expertos y glotones cazadores. En mi moderno barrio de moles de madrigueras como avisperos no habían aparecidos, duendes, ni encantamientos, las almas en pena se llevaban su penar a otro lado de la ciudad, probablemente al barrio del abuelo, en el que, al calor de una estufa de leña, un brasero de cisco o las más modernas estufas de petróleo, en las charlas de vecinos pervivían aún, cómo siempre y por siempre habría de ser, porque el mundo allí siempre ha sido y será el mismo, con cielo, purgatorio e infierno, con religiosidad, magia y leyenda en un todo en uno, cómo siempre ha sido y cómo siempre –estaban convencidos– será. Por eso el callejón hubo épocas que tuvo su fantasma, que con tres misas tomaba definitivamente el transporte de ida sin vuelta, tuvo en las alcobas que daban a él sus ánimas que revolvían las sábanas si no se les rezaba cada noche, y tuvo sus duendes, pero unos duendes caseros, unidos a las viviendas, integrados como parte de ellas, o ellas parte de ellos. Allí, en aquel pueblo y en aquel callejón se les llamaba martinicos, vestían de rojo, eran pequeños como roedores caseros, protectores de la casa, más que de sus habitantes, y bastante traviesos. Eso dictaminaba la sabiduría popular, pero ya en mi generación, incluso en la de mi padre, se les había desterrado de la cotidianeidad y abismado al mundo de lo fantástico e imposible, porque a viviendas construidas con ladrillos fabricados en serie y traídos en camiones desde no se sabe dónde tampoco ellos hubiesen querido trasladarse.
Y mientras el casco antiguo se iba vaciando de niños, mientras los ancianos poco a poco iban rindiendo cumplida cuenta a la parca, los martinicos quedaban cada vez más solos y, de vez en vez, cada vez de modo más frecuente, iban siendo desalojados de sus habitáculos que se convertían en solares y luego en viviendas modernas, sin atractivo alguno para los de su género. Otras veces, las más, ya sin habitantes humanos, las casas se iban derruyendo por los zarpazos del mismo tiempo que antaño pensil mantenía activas las tradiciones, y entonces los duendes morían de pena, porque ellos también mueren, pueden morir de muchos modos, pero de entre todos el preeminente acaece cuando la memoria humana los deja caer en el desuso y la pena los sume en un sendero directo e inevitable a la desaparición.
Fue una noche de las que pasé en casa de mi abuelo, cuando haciendo alarde de valor me levanté a oscuras para indagar el origen de los pasitos por el pasillo, iba buscando ratones, o de eso quería convencerme, maldecía por dentro a los dos gatos sin nombre que sólo sabían gandulear y no cumplir con su oficio, aunque bien sabía yo que eran tenaces centinelas. Cuando tropecé y caí de bruces, fue cuando vi que el velador del pasillo no estaba donde debía estar, y el abuelo ¿para qué iba a mover aquel mueble al no que hacía ni caso? Entonces escuché tímida y nítidamente unas risas, unas risillas, más bien, no eran infantiles, no sé cómo definirlo, eran pequeñas. Seguí la ruta de éstas y sentía de qué modo algún ser las utilizaba para que lo siguiera, hasta que fui yo mismo el que quedó arrinconado en una esquina de  la sala y tenía frente a mí una criatura, un hombrecillo diminuto, vestido de rojo, con calzas, como Crispín el del Capitán Trueno, antes de que lo colorearan de amarillo, pero con un gorro puntiagudo de la misma tonada. No me hablaba, simplemente me miraba y se reía y me cortaba el paso hacia donde quisiera dirigirme, y yo, siendo un gigante ante él, sin embargo, quedaba totalmente paralizado cada vez que se anteponía ante mi paso de salida. Era evidente que jugaba conmigo, o quizá a cuenta mía, luego despertó el gato y apareció por la habitación, quizá buscando presa entre el ruido, pero al ver al martinico quedó quieto y sin maúllos, el duende lo miró, le guiñó un ojo y le marcó señal de silencio con el dedo ante el labio. Entonces me habló, me dijo que me conocía, que conocía de siempre a mi abuelo, que también en noches como aquella había jugado con él, pero que mi padre había sido renuente a caer seducido ante sus encantos, quizá porque en la edad propia había perdido la fantasía a fuerza de crecer entre miedo y sacrificio por las guerras de los mayores. Yo le pedí su nombre, sonrió, pero no me contestó, luego, tras una pausa, me señaló: “Mañana, si lo cuentas, todos te dirán que ha sido un sueño… Tu abuelo probablemente calle. Pero tu padre te dirá que fue un sueño, que te dejas llevar por los cuentos de vieja de las reuniones de los vecinos del abuelo. Tú te convencerás de que así ha sido, pero en lo hondo de tu interior siempre sabrás que viviste lo que estás viviendo…” Y me dejó con la palabra en la boca, haciéndome una finta, cuando era yo, esta vez, el que quiso, ya sin miedos, cortarle el paso. El gato me miró con el brillo primitivo de sus ojos nocturnos y soltando un minúsculo maullido, entre risilla y bostezo, se acurrucó en la mecedora del abuelo y quedó dormido.
Cuando desperté, por la mañana todo estaba en el sitio en que debía estar, no quedaban señales de la actividad nocturna, se lo conté al abuelo, que me sonrió, más que con los labios, con sus vivos ojos grises, que sin querer queriendo delataban un “si yo te contase”. Al final no se lo revelé a nadie más, y después, alguna que otra noche que pasé en casa de él, volví a encontrarme con el duende con el que intercambié juegos de niños y confidencias, como la que me hizo relatándome que, desde siempre, en sus actividades nocturnas aceleraba los trabajos del abuelo, aunque indefectiblemente al despertar todo quedaba en la recamara del recuerdo como sueño, un simple sueño infantil. Con el tiempo, para mí mismo, para mi conciencia, todo quedó reducido a una serie de agradables aventuras oníricas insertas en la fantasía del niño que se deja llevar por los cuentos de los ancianos, mas sin vislumbrarse tipo de realidad alguna.
Pasaron los años, el abuelo murió y la casa quedó abandonada, muriendo poco a poco como él, hasta que terminó siendo un amasijo a derrumbar para convertirlo en solar y que un edificio cargado de modernidad, de doble acristalamiento, marcos de pvc, persianas de aluminio con mimetismo a madera y suelos de tarima volviera a ocupar su sitio. Pero antes de que la excavadora iniciase la demolición definitiva de los restos, quise dar una vuelta por el lugar, recorrer el pasillo de la infancia, ver por última vez lo que quedaba de la sala. Y así, me adentré entre las ruinas, al momento fue como si me colocasen un visor de tiempo pasado y todo lo vi como siempre estuvo en mi niñez: los muebles, la radio, la mecedora, los dos gatos ronroneando, el abuelo sonriendo y construyendo cachivaches de madera para los nietos… Pero mi mirada intuitivamente, sin saber el porqué, se fue a un rinconcillo, a un trozo de cascarilla de la pared caído en un rincón del suelo, en el mismo rincón donde se produjo lo que yo siempre creí que debía creer que fue un sueño, y allí lo vi. Vi el montoncillo de polvo blanco del tamaño del martinico, conformando como el túmulo de tierra de una fosa y, junto a él, el diminuto gorrito rojo.
Entonces comprendí que siempre supe lo que ocurrió, pero nunca quise reconocerlo.
Saqué un kleenex del bolsillo del pantalón, recogí con mimo el polvillo, bajo él no había tumba, estaban los restos de la losa desgastada del suelo, tomé el gorrito con toda la parsimonia y el cuidado que pude, y, cerrando las puntas del pequeño sudario de papel, lo porté con mimo hasta el cementerio, luego con la solemnidad de quien cumple con rito sagrado fui introduciendo delicadamente el polvillo por entre las ranuras que dejaban las piezas de mármol en la tumba del abuelo, después busqué la junta de más amplio hueco y por ella introduje el gorrito.
Ambos debían permanecer juntos, porque en aquella tumba blanca era donde quedaban para mí los vestigios de un tiempo distinto, que ya, bajo el imperio de los universos cibernéticos, desgraciadamente, se fue.
Se fue. Aunque en mí no se irá mientras conserve esa parte de inocencia consciente, que aprendí de mi abuelo, y que tan empeñada está siempre la sociedad –y nosotros mismos– en querernos amputar.    



Fauno, por INMA J. FERRERO.



Tengo un poema
en la boca,
en mi pluma
que es un labio.
Deseando
salir
tras de ti,
como un fogoso
fauno.
Escribo
mis letras
en ti,
a suspiros
y arañazos.
Desafiando
a mi alma,
a mi corazón,
a mi presente,
a mi pasado.
¡No corras
te alcanzaré!
sin tener
que apremiar
mis pasos.
¡Y serás mío,
ya lo sé!
¿o es que tú
lo has dudado?


La elección de G, por LUIS LÓPEZ QUIÑONES RUIZ.

  


G Nunca encajo en ningún sitio, se sentía diferente y los demás se lo hacían saber. En el colegio, los gnomos se reían de él, andaba solo y taciturno, sin llegar a entender por qué iba a la escuela nocturna donde los alumnos eran más mayores ; enanitos repetidores, trasgos rebotados y elfos problemáticos. Su madre, su única fuente de cariño, le decía tajantemente que la luz del sol era perjudicial para su salud y que su organismo podía sufrir un colapso por exposición directa a sus rayos.
El verano era la peor época, los habitantes del bosque disfrutaban del buen tiempo y los más jóvenes subían al territorio de los Hobbits para bañarse en el inmenso lago de aguas frescas. Año tras año, solicitaba permiso para ir con los otros, pero su madre, acariciando su peluda cabeza, le repetía que el agua era otro elemento a evitar para tener una vida larga y próspera.
Un día, con motivo de la fiesta de la cosecha, llegó al pueblo un duende irlandés llamado Patrick, feriante y propietario de una gran seta a modo de carpa, en la que proyectaba películas y dibujos animados. Para G, que adoraba las historias que veía por televisión, era un hecho mágico y una agradable novedad en su aburrida existencia. Así, convenció a su madre de que le dejara ir al estreno, prometiéndole que no comería palomitas después de medianoche.
Estaba radiante, sus ojos se agrandaron como los de un furby hasta que comenzó el film y entonces vio su rostro afable y bondadoso en la pantalla y empezó a comprender. Entendió que era adoptado, el porqué de su aspecto distinto y en su alma se rompió el sueño de ser un pitufo o un fraggle, seres angelicales y generosos. El, era diferente, bipolar y con dos personalidades, la conocida y otra que con tanto desvelo su madre le ocultaba.

Aquella noche, en la sesión golfa, Spielberg le reveló a G su realidad y le puso ante su encrucijada ;seguir siendo un inadaptado en un mundo hostil o aceptar su condición de Gremlin y adaptar el mundo a base de hostilidad.