La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 30 de enero de 2021

PRIMERA PLANA, por Pedro Pastor Sánchez.



Aquella tarde de diciembre las novedades se atropellaban unas a otras. Las agencias no dejaban de escupir noticias acerca de la incidencia de la pandemia, o de casos de personas anónimas que dejaban testimonio de historias tan duras que costaba creer que estaban ocurriendo aquí y ahora, ante nuestras narices. La muerte acechaba en residencias y hospitales, las colas del hambre se hacían más y más largas cada día, el desempleo estaba desbocado. La incertidumbre, en definitiva, se apoderaba de todos, sin excepción, nadie saldría indemne de esta masacre.

            Para Samuel la jornada había sido caótica. Fue de reunión en reunión, tratando de exprimir a sus redactores. La competencia era dura, costaba mucho conseguir un clic, pero tampoco había que caer en el amarillismo o sensacionalismo. Ser director de un periódico digital podría ser una de las tareas más excitantes del mundo, pero aquel día, aquel precisamente, maldijo la hora en que se le ocurrió estudiar periodismo.

Todavía tenía que redactar un editorial. Era una vieja práctica que conservaba de su paso por algunos periódicos de tirada nacional. En las redes ya no era habitual, pero se reservaba ese espacio para decir lo que algunos tal vez no se atrevían, más de una crítica le llovió. Es lo que pasa por bajar al barro, por meter el dedo en la llaga.

Dijo a su secretaria que no le molestaran en la próxima hora, necesitaba tomar distancia, poner en orden sus ideas. Pero antes, de forma mecánica, abrió su correo electrónico, no le había dado tiempo a consultarlo en todo el día con tanto trajín. Con la mirada hizo un barrido en zigzag, comprobando remitentes y asuntos. «Joder, Fran, otra vez», exclamó cuando vio el mensaje de uno de sus redactores noveles. «Mira que le he dicho veces que no me envíe a mí sus crónicas, que para eso está el Redactor Jefe». Sin pensarlo, buscó el icono de Reenviar, y estaba a punto de presionarlo y terminar la revisión de correos cuando atendió al asunto del correo: «Primera plana».

Seguramente fue ese instinto de reportero que todavía le recorría las venas el que le indujo a abrir el mensaje. Mil veces le había dicho el bisoño aprendiz de periodista que no pararía hasta que algún día colara una de sus noticias en primera plana. No era mal chico, algo acelerado, bríos propios de la edad, le ponía interés y muchas ganas. Le dio una oportunidad, tal vez inmerecida por la mala vida que dio a sus padres en una juventud convulsa. Coqueteo con las drogas, malas compañías, paternidad adolescente. Pero el trabajo le centró.

«Cuando todo el mundo tiene el foco puesto en las consecuencias directas de la pandemia, pequeñas tragedias ocurren, a diario, en hogares anónimos, Efectos colaterales de esta hecatombe a nivel global que se suman a las ya resquebrajadas vidas de  algunas personas. L.G.M. nunca pensó que su vida daría un giro tan dramático en tan poco tiempo. Madre de una criatura de apenas cuatro años, esta joven perdió la vida en la madrugada de hoy. Seguramente su historia pasaría desapercibida si no fuese porque este reportero fue testigo presencial de lo ocurrido.»

 

            Samuel se quedó atónito. Si pretendía llamar su atención, lo había conseguido. Pero no acertaba a entender por qué no le había llamado si se había visto involucrado en algo así. Antes de ponerse a contar la historia en un medio, seguro que policía, primero, y luego jueces, tendrían que tomarle declaración. No era la primera vez que un periodista de su equipo se veía envuelto, por casualidad, en hechos que luego terminaban en tragedia. Por eso sabía muy bien que estos temas había que tratarlos con rigor, precisamente para no entorpecer la labor


policial y que el culpable tuviese oportunidad de eludir a la justicia.

            Marcó el teléfono de Fran, pero lo tenía apagado. Llamó a su madre, y preguntó por el muchacho.

            —No sé nada de él desde ayer a mediodía. Estaba bastante ofuscado, creo que volvió a pelearse con Lucía. Estos dos siempre andan a la gresca. Pero, ¿es que pasa algo?

            Tragó saliva antes de contestar. En realidad, no estaba seguro, tal vez se había precipitado llamando. Lo mismo debería haber seguido leyendo el artículo antes de preocupar a nadie.

            —No, no pasa nada —mintió—, es solo que quería comentar algo con él, no he tenido tiempo en todo el día. Adiós.

 

                «Los vecinos ya estaban acostumbrados a los golpes y portazos, a los reproches a deshoras, al llanto desconsolado de la infantil víctima de tanta incomprensión. La joven pareja pasaba por una etapa difícil en su relación. Él no se resignaba a no poder ver a su hijo cuando quisiese, en más de una ocasión había hecho caso omiso del régimen de visitas. Luego llegó la orden de alejamiento.

Aun así, nada hacía presagiar que su cruda historia terminaría de una forma violenta. Habían superado muchos obstáculos, decidieron darse una oportunidad pensando en el bienestar de su retoño, así que L.G.M. accedió a que ambos retomasen la convivencia en común. Ese fue su fatal error, fiarse de una alimaña consumida por la rabia, el rencor y los celos.»

 

Llegado a este punto de la narración, el desconcierto del periodista era total. ¿Pero cómo se ha metido Fran en un lío como este? ¿Es que eran amigos suyos? Las preguntas percutían con fuerza en sus sienes.

«La discusión fue en la cocina. El arma, un afilado cuchillo. El aire del frio piso se llenó de pena y muerte en apenas unos segundos. En el suelo yacía el cuerpo desangrado de la mujer. En la cuna, inmóvil, la inocente criatura. Fue en un momento de enajenación, de ira furibunda.»

 

Se fijó en la hora de envío del correo. Las 3:55. De repente, el mazazo de realidad le golpeó inmisericorde, y se echó a llorar desconsolado al leer la última línea:

«Nada me ata ya aquí. Lo siento mucho, papá, mamá. Perdonadme. Os quiero.»


MIRAR PARA OTRO LADO, por Josefina Martos Peregrín.

 



-¡Señora Valentina, que se deja la gaceta del mes de octubre!

Era modisto, pero le gustaba su gacetilla, elaborarla y repartirla gratuitamente a sus clientas. Además, estaba convencido de que esa publicación, aun en papel barato y fotocopiada, le servía para prosperar. No había mujer en el pueblo que no la consultara y es que Diego, el modisto, cada mes reunía la lista más completa de festejos y eventos sociales y familiares que iban a sucederse en el lugar, desde el bautizo del pequeño de los Ramírez, que ya tenían diez hijos, a la pastorela decembrina en la parroquia de San Clemente, con todos sus encargos de alas de ángel y rabos de cachidiablo, más las bodas, los carnavales, el Día de Muertos… ¡Ah, y los quince! Las fiestas de los quince le chiflaban, esa celebración del paso de niña a mujer, con el padre de baba caída, la madre intentando bailar con un vestido ajustado de más, las hermanas pequeñas rebosando lazos y los niños más chicos corriendo de una mesa a otra en el banquete.

Disfrutaba y además no había modista ni sastre ni diseñador que vistiera mejor a las mocitas, resaltando su candidez al tiempo que dejaba entrever una voluptuosidad naciente, de virgen tímida pero anhelante. Muchas quinceañeras había vestido, pero ninguna como Tábata, la mayor de Juan Ribera, su amigo y compadre; ninguna con esa gracia, ese pudor y esa caída de pestañas. Celebraron sus quince a lo grande, tirando la casa por la ventana.

Tábata… Un martes del mes de febrero se fue al colegio y no volvió. Pasaron días. Y nada. Pasaron meses. No era la primera jovencita desaparecida, pero a las otras no las conocía. Entraba Rosa, entraba Juana, y con todas hablaba de Tábata. Pero también de los cuerpos calcinados que aparecieron junto a los magueys de la carretera, y de la docena de fosas de la quebrada. Se perdió Rubén, el de la señora Lucía. Y dos jóvenes partieron para la capital y nunca volvieron.

Diego Cruz, el modisto, seguía acudiendo a las parroquias, al ayuntamiento, al camposanto, a las casas particulares, a la policía y a los forasteros, pero ya no preguntaba por eventos ni festejos, preguntaba qué habían visto, y si sabían quién, cómo, por qué.

Un poco aquí, otro poco allá, averiguó sobre las haciendas de los narcos, sus cochazos de lujo, las albercas frescas delante de cada casa-palacio, y que acudían jueces a pasar las fiestas y las vacaciones y que había tarifas fijas para las mordidas de las autoridades, perfectamente acordadas según jerarquía y crimen, violación, tortura, incendios… Mirar para otro lado estaba muy bien retribuido.

 

Siguió publicando su gaceta mensual y repartiéndola gratis, pero era muy diferente. Recortaba fotos, escribía, entrevistaba, fotocopiaba, daba voz a quienes no podían hablar.

Descubrió que en realidad todo se sabía y todo se callaba. Comprendió por qué los grandes diarios solo hablaban de deportes y discursos, y la televisión se colmaba de culebrones, concursos y shows. Precisamente porque ahora comprendía, excusaba a los periodistas: “Es natural, tienen miedo. Quieren vivir”.

-¿Y tú, no tienes miedo?

-Pues… Yo soy solo, viudo, sin familia y con más de sesenta años. Nadie me va añorar.

Sin embargo, muy pronto llegó el día en que lo añoraron. “Por entremetido y bocazas”, pintaron en su puerta. Pasaban unos, pasaban otros: nadie quería leerlo.

LA CARTA NUNCA ESCRITA A ROBERT CAPPA POR GERDA TARO, por Dori Hernández Montalbán

 



Madrid, 25 de julio de 1937

Nota: Necesito conseguir más carretes para mis cámaras.

Esta noche no consigo conciliar el sueño. Demasiado calor, supongo. Me pregunto dónde está mi otro yo, ese que con frecuencia los demás ven en mí: la Gerda temeraria, impredecible, la astuta rubia que no teme a nada ni a nadie. Sí, sí temo. Temo al odio y a esta guerra. De momento, las fuerzas republicanas logran un tímido avance.

Mañana he quedado en acompañar al Dr. Tell Allan de las brigadas internacionales. Conseguiré buenas capturas que podamos vender. Ando revisando y revelando algunas de las anteriores. No desecho ninguna, pues tengo la impresión de que es un material que, con el paso del tiempo se revalorizará. Será un testimonio valioso de esta guerra feroz.

Me siento algo cansada, a qué negarlo, pero “me esfuerzo por ser perfecta para sentirme invulnerable”. Aunque no soy más valiente que alguna de estas milicianas. Hablo con todos, ya me conoces, fumar me tranquiliza. Los cigarrillos son un bien escaso. No tengo más que ofrecer un cigarrillo para comenzar una magnífica conversación. Hoy me han preguntado si tanto riesgo y sacrificio merecen la pena, tan sólo por unas fotos. Y la verdad es que no he sabido qué responder, pero sí de algo estoy segura es que esta gente lo merece y por eso quiero que quede constancia de su sufrimiento, porque de algún modo también es el nuestro Robert. He conocido a nuevos compañeros brigadistas de Canadá y otras partes del mundo.

Nosotros huimos de la persecución antisemita de los nazis, pero teníamos algo de dinero, unas buenas botas y París…

Sigo sin poder borrar de mi mente nuestros días en Andalucía. Aquella gente huía para poner a salvo su vida, con aquel calzado primitivo… creo que lo llamaban “albarcas”, expulsados, hambrientos y sin esperanza. Ahora cada noche limpio y doy grasa a mis magníficas botas alemanas en honor a ellos. Es importantísimo disponer de un buen calzado en tiempos de guerra. Nosotros, al menos, podíamos elegir a dónde ir. Ellos siguen un camino incierto, porque nadie sabe a qué lugar conduce. Ruido de camiones en la noche, gente de un lugar a otro sigilosos, mudos. Las trincheras semejan tumbas abiertas zigzagueantes como serpientes. Sobrecogen las ráfagas de metralla. Las vidas humanas se me antojan ahora lo más valioso. No hay mayor interpretación artística del dolor que su captura con una cámara.

Hablaba hoy con una miliciana, su pregunta era la de todos: ¿qué hacía yo aquí? apenas armada con una cámara Leica. Le he dicho que el mundo, otras personas, debían tener constancia de lo que está sucediendo en la Guerra Civil española, que estaba aquí, en el fondo, como ellos, luchaba a mi modo por la libertad. Se ha reído como si fuera anciana, y apenas tenía diecinueve años, después me ha dicho: Gerda, querida, antes de luchar por la libertad, está el luchar por la justicia, el derecho a poder comer diariamente, derecho a la educación, a una vida digna.

Creo que tiene toda la razón, porque desde el momento que las leyes y normas las impongan los poderosos con el fin de subyugar y esclavizar a otros seres humanos, el futuro ya no está en nuestras manos, la propia vida no nos pertenece. Después, me ha aconsejado  que además de disparar con la cámara, debería aprender a hacerlo, también, con el fusil… y se ha ofrecido a enseñarme. Confío en poder verte en unas semanas. Todo mi amor.

Gerda.


CUATRO HAIKUS: POBREZA Y PRENSA, por Consuelo Jiménez.

 


“Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala”.


Albert Camús

 

“Mientras los pobres esperando el cielo están en la tierra, y en ella sufren, los ricos ya viven en el cielo estando en la tierra”.

José Saramago

 

 

 

 

1.      La prensa calla

una verdad se ignora

¡estúpida fe!

 

 

2.      Un pobre muere

en la urna de los votos vuelven la vista.

 

 

3.      Los miedos brotan

hay miseria en las uñas es tinta seca.

 

                                                                                                                                                       4.   Es obvio el hambre

                                          vive impune el corrupto

                                           no basta el juicio.

n

MASS MEDIA, por Carmen Hernández Montalban.



La nave nodriza aterrizó tirana,

extendió sus tentáculos invisibles,

lanzando guiños insolentes

a través de las válvulas de vacío.



Se limó las uñas a mil revoluciones

sobre la pasarela de vinilo,

tenia a las multinacionales a sus pies.



Se vestía y comía a escote

de las campañas electorales,

hizo el amor con las masas,

con el efervescente chasquido

de una chapa de Coca Cola,

parió la globalización.



Reina y señora de las redes,

nos devuelve una actualidad maquillada

a brochazos de photoshop.

¿Te gusta?


Ahí la tienes,


hazte con ella un selfie.

martes, 29 de diciembre de 2020

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 50, 30 de diciembre de 2020 "Grecia y Roma, mundo clásico".





Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 

MIMESIS, por Isabel Rezmo.

 


Decidme:

-¿Cuál es mi oficio?-

 

Escucha a tu maestro

tensar la cítara para oír la belleza

del poeta.

 

Tus sentidos extrañan las palabras de los Dioses,

a través de la boca.

 

Tus sentidos aprietan la lengua,

ponen los verbos que han pronunciado

como faros del mundo,

y por  su sabiduría, imitados por  Homero.

 

Ya están las musas frente al gélido cuerpo

dispuesto a quemarlo. A sentir la picazón

de una reliquia, sentir la volatilidad del silencio

con la fuerza de los aedos.

 

La sagrada palabra despertará la Acrópolis,

alumbrará a sus Templos,

 gozarán sus ciudadanos;

 cobijando

al esclavo y al soldado.

 

Y bajo la atenta mirada de Atenea,

el filósofo purificará tu corazón,  purificará el orbe

y todo ser viviente.

 

El hombre sabio vivirá época tras época,

el necio penetrará en el Tártaro

donde habitan los muertos

-el vientre de Gea-

abismo deforme de todo cuanto odiamos.

 

Urano así lo dispone,

cuando el vacío y la oscuridad nos agita.