La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 14 de julio de 2016

Amantis, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.


También era casualidad que se le hubiese estropeado el aire acondicionado del coche justo el día anterior. Si ya de por sí el viaje era largo ―cruzar media península no se hace en un santiamén― los rigores de la época pre-estival le hacían sudar por todos y cada uno de los poros de su piel. Pese a todo, el rictus de su cara denotaba un sentimiento de plenitud que no albergaba en su corazón hacía mucho tiempo. Y es que por fin la conocería.
La casualidad quiso que se encontraran hacía unos meses en un chat, ambos taciturnos a la hora de intervenir ante el despliegue de los más veteranos, que acaparaban la conversación con soliloquios plomizos o enrevesados intercambios de palabros que daban patadas al diccionario. Pero de entre esa maraña de egos, ya a horas intempestivas, descubrió a alguien con criterio, con algo que aportar. Lo de menos era ya el tema a tratar, su soltura para diseccionar la realidad y convertirla en una opinión lúcida y sincera le cautivó.
Facundo era pura verborrea cuando te cruzabas con él en el bar, en el quiosco, en el portal. Pero a la hora de escribir, se lo pensaba dos veces antes de apretar la tecla. Pese a esta dificultad inicial para poner por escrito sus pensamientos ―tal vez de forma inconsciente pensaba que las palabras se las lleva el viento, pero otra cosa es lo que ponemos por escrito, que cualquiera te lo puede echar en cara en un futuro― se encontró cómodo departiendo en el chat privado con Amelia.
            Cada vez pasaba más tiempo quemándose las pestañas ante la pantalla, ya le echaban de menos los compañeros del mus, tan sólo eran un zumbido en su móvil reclamando su atención. Él no podía advertirlo, pues se sentía obnubilado, pero puesta en una balanza la información que se aportaban el uno del otro sobre sus respectivas vidas, era mucho más abundante la relatada por Facundo que por Amelia. Le freía a preguntas sobre su familia, sus amigos, sus posesiones. Un estudio pormenorizado en toda regla, una vivisección online sin tapujos.
Aunque tampoco había mucho que rascar. Facundo era hijo único. Su padre murió a causa de un accidente laboral en la obra cuando él todavía era un niño. Fue un mazazo para sus convecinos pues era una persona muy apreciada en su pequeño pueblo. Su madre, depresiva desde entonces, se volvió inestable y posesiva. La juventud del muchacho fue un infierno. Cuando su carácter apocado comenzó a abrirse al mundo, su madre le cortaba las alas a la menor ocasión que su retoño compartía con otras personas situaciones o confesiones. Él, por extraño que parezca, lo aceptaba de buen grado, no mostraba la rebeldía propia de su edad, pensaba que se debía a su madre y que no podía decepcionarla. Le contaba todo, sus conversaciones eran profusas e intensas. Y así fue durante años. «Ten cuidado con esas lagartas o te quitarán la vida, mi niño», le decía cuando ya estaba en las últimas. Su herencia sólo sería mucha soledad y una gran casa que necesitaba una reforma a fondo. El día después del funeral, Facundo encontró que su vida había quedado vacía, tantos años de veneración y cuidados hacía su madre. ¿Cómo afrontar ahora el futuro?
            Amelia, más recatada a la hora de contar su vida, sólo se mostraba exuberante en cuanto a sus inquietudes intelectuales. Apenas unos detalles personales trascendían en la conversación, banales, a todas luces: el color favorito, su plato preferido, la ciudad visitada que más le había gustado. Este desequilibrio quedaba oculto tras las conversaciones que, poco a poco, fueron subiendo de tono. Cual adolescentes, empezaron a tratarse con apelativos cariñosos. Que sí “cuchifritina”, que si “melosón”. Pura ñoñería. Y de ahí, se lanzaron a contarse intimidades sobre sus frustraciones en el terreno amoroso, ambos mal parados, pocas y cortas relaciones que no hicieron sino convertirlos en personas introspectivas y desconfiadas. Hasta que se descubrieron el uno al otro.
El siguiente paso sería abrir sus corazones y también sus bajas pasiones. Comenzaron a intercambiar alguna foto. Él había recorrido poco mundo, pero ella conocía parajes exóticos y recónditos. De las poses en viajes diversos pasó a enviarle imágenes de su cuerpo sudoroso en la playa. Luego pasó a enseñar explícitamente alguna zona erógena. Cada vez más piel expuesta, cada vez más tórrido el siguiente contacto, cada vez más lasciva la conversación.

― Hola, reina del Caribe ― inició la charla Facundo, agregando un emoticono con una palmerita, algo infantil para sus cuarenta y pico años.
― Hola, rumboroso marinero ― le contestó Amelia con la mano izquierda, mientras se secaba el pintauñas de su mano derecha.
F: Anoche estuve pensando mucho en ti, cosa guapa.
A: ¿A sí? ¿Otra vez? Chico malo, resérvate para nuestro encuentro ― y agregó una redonda carita con una carcajada a mandíbula batiente.
F: No veo la hora de poder estrecharte en mis brazos.
A: También yo tengo ganas de abrazarte, Adonis mío. Ya falta menos.
F: Sí. Ya pedí las vacaciones en el curro. No te creas que le hizo mucha gracia a mi jefe. Esta semana y la próxima estamos de inventario en el almacén, pero que se las apañen sin mí, siempre que había que dar el callo lo he dado, por una vez seguro que pueden apañárselas sin mí.
A: Mira que no quiero que tengas problemas por mi culpa,  “gordi”.
            F: ¡Qué les den por saco! Por una vez que me tomo unas vacaciones fuera de temporada, no les va a pasar nada.
            A: ¿Pero les has dicho a dónde vas?
            F: ¿Y a ellos que les importa? Llevo años aguantando sus bromas, en el trabajo, en el pub del pueblo, que si «échate novia de una vez, que se te pasa el arroz». Ahora me voy a comer el arroz y el conejo, todo junto, y no les voy a dejar ni las migajas.
            Pasó casi un minuto hasta que obtuvo respuesta. Había que reconocer que era un poco bruto, pero Facundo tenía su gracia. El esmalte se derramó por la mesa al leer aquello, y la carcajada fue estentórea.
            A: Pero como eres, osito. Me das un poco de miedito.
            F: No tengas miedo, carita de rana. Te comeré poco a poco. Empezaré por las ancas.
            A: Te veo muy lanzado, gorilón. ¿Y si resulta que cuando me veas no te gusto? Mira que las fotos no suelen hacer justicia.
F: Ya, seguro que las has sacado todas de la red, y en realidad tienes una pata de palo, eres bizca y te huele el aliento.
A: Ja, ja. Pero en realidad no me hace ninguna gracia.
F: ¿No?
A: ¿Y si no te gusta como soy? Me refiero a mi forma de ser, no es lo mismo así, o por teléfono, que en persona.
F: Seguro que me gustan hasta tus andares, moza ― y añadió un hocico de cerdo al final de la frase.
A: Tontorrón
F: Vete preparando…
A: ¿Preparando? ¿Qué piensas hacerme? ―no hacía sino caldear más el ambiente.
F: Lo que no te ha hecho nadie.
A: ¿Qué sabrás tú? Que sepas que no eres el primero que prueba estas carnes.
F: Pero seguro que ninguno habrá hecho que te chupes los dedos como yo.
A: ¡¡¡Ah!!!
F: Y lo que no son dedos.
A: ¡Hala, animal! Me ruborizas.
Un enorme emoticono en forma de morada berenjena llenó la pantalla.
A: Cambiemos de tema, horticultor, que te me vas por las ramas. Entonces, ¿cuándo llegas?
F: Mañana por la tarde. Me invitarás a cenar, ¿no?
A: A lo que tú quieras.
F: Por lo menos el postre sabes cual es…
A: Bueno, bueno. Ya veremos.

No podía dejar de pensar en la escena que le esperaba, allí junto al mar, en el chalet que Amelia decía haber heredado de sus padres. Una cena romántica a la luz de las velas, un paseo por la orilla bajo la luz de las estrellas, y luego, el desenfreno propio de dos cuerpos henchidos de pasión. Tal era su calentura, que empezó a sentir una opresión en la entrepierna. El cinturón de seguridad constreñía su priapismo, exacerbado por las ilusiones creadas. Esta situación le hizo parar un par de veces en estaciones de servicio. En la segunda, tuvo que dar salida a tanta presión gonadal. Aliviado, aprovechó para tomar un tentempié y afrontar los últimos doscientos kilómetros.
Una camisa empapada de sudor y una sonrisa de oreja a oreja, eso fue lo que se encontró Amelia al abrir la puerta. Le pareció más menudito en persona. A pesar de todas las burradas que se habían dicho antes de conocerse, ahora, frente a frente, la prudencia, y tal vez un poco de vergüenza, les pudo, y se saludaron con un beso en la mejilla, eso sí, acompañado de un abrazo efusivo. El viajero pensó que su anfitriona estaba más entradita en carnes de lo que le pareció en las fotos, seguro que hambre no pasaba. Eso sí, pintada como una puerta, aparentaba mucha más edad de la que dijo tener.
―¿Qué tal el viaje? ―preguntó Amelia de forma cortés, después de coger su pequeña maleta y acompañarle al salón.
―Mira que está lejos esto ―le contestó sentándose en el sofá, al tiempo que observaba los cachivaches que poblaban los anaqueles de un vetusto mueble del salón.
―Bueno, pues aquí estamos. ¿Quién nos lo iba decir, verdad?
―Cierto. Ha sido toda una sorpresa encontrarte. Y además de esta manera. Tengo la sensación de que te he estado esperando toda la vida.
―Bueno, bueno. No vayas tan rápido, campeón ―le dijo guiñándole un ojo.
―¿No tienes hambre? Yo me comería un buey, el viaje me ha despertado el apetito, ya sabes a lo que me refiero…
―Ja, ja, ja. Pero qué cosas dices ―le contestó con el rubor explotando en sus mejillas―. Espera un momento, descansa mientras termino de prepararlo todo.

La casa estaba próxima a una aislada cala, algo apartada del bullicio turístico, así que nadie les molestaría. La velada transcurrió tal y cómo habían planeado. La conversación, al principio algo más forzada, se hizo más distendida al calor de las velas y el vino que les regaba el gaznate. La verborrea de Facundo salió a relucir una vez que se sintió desinhibido, el alcohol ayudó bastante, ante esta mujer que no paraba de reír a cada comentario jocoso que profería.
El contoneo de la falda a medio muslo y esa forma tan sensual de comerse un helado fueron el empujón que necesitaba Facundo, ya medio ebrio, para comerle los morros a Amelia como colofón a la opípara cena.
El dormitorio estaba preparado cual santuario, luz tenue, música de ambiente, incienso en el aire. Le preparó un último lingotazo que Facundo absorbió cual esponja mientras se sobaban al pie de la cama.
―No soporto este calor, voy a darme una ducha ―le dijo mientras el vestido caía a sus pies.
La puerta del baño quedó entornada a propósito. Facundo observaba atónito, se había quedado sin palabras ante esta Venus que, impúdicamente, mostraba sus curvas voluptuosas acariciadas por el chorro tibio. El raciocinio le había abandonado hacía tiempo, así que se movió por instinto, comenzando a desabrocharse los botones de la camisa. Más difícil fue quitarse el pantalón, rodó por el suelo tras perder el equilibrio. Cuando acertó a levantarse, Amelia estaba a su lado, enfundada en un albornoz. Quedó embriagado por el perfume que exhalaba su epidermis. ¡Oh, Dios!, como actúan las feromonas sobre el cerebro de los animales, son capaces de llevarles a lugares insospechados, a paroxismos inexplicables.
Lo que sucedió a continuación fue una escena tragicómica por cómo se comportaba uno y otro en el encuentro sexual. Las últimas experiencias de Facundo fueron tratando con profesionales, haciendo las meretrices trabajos rápidos y limpios para quitarse al cliente rápidamente de encima. Así que el hombre esperaba empezar con una felación y lo que se encontró fue una rasurada vulva en su cara en cuanto se descuidó. Entre que no sabía muy bien qué hacer con aquella voraz vagina en la boca y que la lengua estaba seca como la mojama, producto de su excesiva locuacidad e ingesta de alcohol, el lance empezó mal.
De inmediato él se lanzó a sus enormes pechos, sin duda reminiscencias de yantares pueriles, sorbiendo con tal ansia que los pezones quedaron cianóticos. Amelia no pudo por menos que apartarlo con un codazo en la alopécica tonsura, antes de que le dejara la pechera amoratada. Empezó a acordarse de la dosis de barbitúricos que vertió en esa última copa de Facundo y que, de momento, parecía no hacer efecto ante el entusiasmo del mostrenco.
No obstante, por fin le dio lo que él esperaba, y no sin alguna que otra arcada, relamió la  sudada verga hasta que consiguió una erección más que respetable, a pesar de la cogorza que llevaba. Sin más dilación, aprovechó para enfundarle un condón, se sentó encima suyo a horcajadas y comenzó a agitarse como tallo de cebada en un vendaval.
Los dos llegaron rápidamente al orgasmo, el uno por pura incontinencia, la otra, tras el fugaz goce, dio por concluido el rito que tantas veces había preparado. Facundo, inerte sobre la cama, había sucumbido por fin a la bomba química que había ingerido. Ni siquiera sería consciente de que su postrer «petite mort» sería en realidad definitiva. La almohada que Amelia oprimió con fuerza contra su cara taponó sus vías aéreas y, sin resistencia, el alma abandonó su cuerpo.
Amelia a partir de ese momento empezó a comportarse de forma mecánica, como si todo lo que ocurriese a continuación obedeciese a un plan milimetrado. Después de asearse concienzudamente, sacó una cámara de fotos de la mesita y tomó una última instantánea del   sacrificado. Después, dispuso una alfombra bajo la cama, y sobre ella un recio plástico, empujó al finado sobre él y lo arrastró con asombrosa maña al baño. Allí cercenó el miembro viril con precisión quirúrgica y lo introdujo en una bolsa, que inmediatamente guardó en la nevera. Apenas se derramó sangre debido al coagulante que había agregado en el preparado que le dio a ingerir al desdichado. Para eso, entre otras cosas, le servían sus estudios de farmacia y un par de años de medicina, carrera que nunca llegó a terminar por sus “desequilibrios psicológicos” de aquella época, instándole profesores y compañeros a que se dedicara a otra cosa.
Pero estos detalles de su biografía, y otros muchos, nunca fueron compartidos con ninguna de sus efímeras parejas, realmente nadie llegó a conocerla. Sus cuerpos acababan siendo arrastrados sobre la arena a la luz de la luna, cargados en la zodiac y, lastrados convenientemente, siendo pasto de la fauna marina del litoral.
―Hay que ver, Facundo, con el palique que me has dado y lo mal que has usado la sinhueso cuando más falta me hacía…― dijo con sorna mientras las burbujas salían a la superficie plateada.
Y cada mañana, después de la catarsis, empezaba el día consumiendo el trofeo adquirido, cortado en finas lonchas y servido con un poquito de sal y especias. Era seguidora acérrima de un rito arcano, y en su mente insana estaba convencida de que era la mejor forma de mantenerse vital eternamente.
El vehículo del difunto permanecería oculto en el garaje hasta la noche posterior, y de madrugada lo conduciría por la antigua carretera de la ermita, ya apenas transitada, y lo dejaría caer al fondo del profundo barranco, cementerio improvisado de chatarra e ilusiones.
Mientras archivaba la última foto en su portátil, una nueva víctima de la mantis compulsiva se dejaba subyugar por su encanto, y respondía al señuelo lanzado en el chat. Siempre huérfanos, hijos únicos, personas aisladas, con carencias afectivas y apenas vínculos con el resto de los mortales. Una trama perfecta para perpetuar su inmortalidad.


Entre números primos y sonetos, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS.


El día que aprendí a contar las sílabas,
eché a perder mi idilio con los números
 y su amplio colectivo de acertijos.
Y comencé a llorar impresionado,
al descubrir en mí esa insistencia sorda
de colocar palabras sobre el miedo
de tartamudear el olor de las fresas,
de callar a ignorantes
con epanadiplosis y diptongos.
Con la fuerza invisible que encuentro en la ironía,
en la belleza rara que descifro en las feas,
esclarezco la incógnita,
el teorema incompleto que me atrajo a sus cifras,
dando a mi abecedario libertad
para iniciar un pacto de unión y mestizaje
entre números primos y sonetos.

Se acerca un heptasílabo despacio.
Sólo las matemáticas juzgarán nuestro amor.


Amor en la gasolinera, por MARÍA PIZARRO.

                  



                      Era de esos que declaraba su amor
                                               donde le pillaba de paso; a mí, en la gasolinera.


¿Qué obcecado amor rezuma en tus rodillas,
que sólo al contacto liviano de tu vaquero negro,
deseara ser el polvo que descansa en tus zapatos?
La mota de lana nacida al roce de tus calcetines,
el bajo gastado del pantalón, la rodillera sacada
por su uso, la cintura y el cinturón,
tu camisa malva o cualquiera de tus camisas,
o sus botones, el de arriba,
desabrochado cerca de tus labios.
¡Que obcecado amor en esta gasolinera!



Carta extraviada que apareció un agosto, por ANTONIO MORILLAS JIMÉNEZ.



El azar caprichoso
puso frente a sus ojos
aquella vieja carta 
sembrada de palabras,
promesas  de futuros
y amores imposibles.
Leyó en silencio y se fue
a buscar ecos de ayer
en el viejo callejón, 
e imaginó  presentes
y otros mares posibles
por donde navegaran
barcos que no supieran
de naufragios o nubes
henchidas de tormentas.
Miró a la noche blanca,
guardó en su alma cálida
esa voz del pasado
y, rompiendo el secreto,
cerró los ojos, abrió
sus labios y, al fin, gritó 
al pálido silencio:
¡Cuántas palabras de ayer 
duermen su sueño eterno
en un rincón perdido, 
como testigos mudos 
de una historia truncada
que un día soñó con ser 
algo más que palabras...!



Perra vida, por F. JAVIER FRANCO



Querido Dieter:
No pienses que te guardo rencor porque me hayas echado a un lado. No es eso. Lo que estoy es consternada por el desarrollo de los hechos. ¡Nunca hubiera imaginado que ocurriría algo así! Tantos años de convivencia y ha tenido que ser Zaida, nuestra querida Zaida, la que se haya interpuesto en nuestro camino, aun hoy me parece imposible, pero esta mañana un nuevo golpe de realidad tuyo me ha vuelto a noquear. Sí. La noticia. Esa noticia lateral con vuestra fotografía en la que declarabas tu amor por ella y tus deseos de contraer matrimonio. Al principio me sonrojé, después me entró como una risa histérica, y al final he caído en el llanto profundo, en el hipar sin consuelo… Siempre he estado a tu lado en la ventura y en la desgracia, nos hemos abrazado, acariciado y en el lecho he hecho todo lo que intuía que deseabas, no me avergüenzo, no, no me avergüenzo de reconocer que me comporté como una perra, lo hice por ti, por mí, por nosotros… ¡Y cómo podía imaginar lo que tu insatisfacción podría depararnos! Te he visto en el diario, os he visto, te he visto abrazando a Zaida, proclamándole públicamente tu amor y reclamando cualquier solución factible para vuestro matrimonio… Ahora no puedo salir a la calle, no puedo resistir miradas fijas y sonrisas, unas disimuladas, otras no, no puedo enfrentarme al mundo, sabiendo que el mundo ahora sabe que, aun habiendo sido en momentos una perra para ti, por ti, he sido abandonada como un perro. No quisiste tener hijos, por eso apareció Zaida en nuestras vidas, vuestra relación, además de enfermiza, podría tildarse de un incesto. Ella era una más de la familia, llevaba conviviendo con nosotros más de seis años… No, no tengo celos de ella. No. Tengo autocompasión por mí, me siento tan pingajo que hasta un animal me puede superar… Y tengo pena por ti, porque no puedo evitar pensar que debes estar loco… ¡Loco!... No sé si para bien o para mal. Loco por poder enamorarte de una perra perra, o loco, en verdad, de amor por ella… No lo sé, sólo sé que tu actitud de proclamarlo públicamente me ha destrozado lo que me quede de –no puedo evitar el término- perra vida…

¡Adiós para siempre, adiós!

(O quizá debiera despedirme con un ¡guau!, no es broma, es que realmente ya ni lo sé. Me he quedado sin familia, sin marido y sin mascota. ¡Pobre Zaida! Con otra hubiese dicho: ¡menuda lagarta!, pero ella es una pastor alemán adorable… Y ahora tu prometida públicamente.)

                                                                                                                                                                                                                   Hildegard
[Basado en una noticia aparecida en el periódico alemán “Süddeutsche Zeitung” el 28/11/1992]

martes, 14 de junio de 2016

Retorno a Fastum, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.




El conductor del destartalado autobús ya le dijo cuando subió a él que no tenía parada en Fastum, que se limitaría a dejarlo en el cruce de caminos, a apenas una milla de los aledaños del pueblo. Hacía años que esa línea apenas tenía viajeros y la compañía suprimió la parada tradicional en la Plaza del Mercado. Los pocos que, de tarde en tarde, viajaban allí eran oriundos del mismo, y en cualquier caso, nunca habían expresado queja alguna, taciturnos y raros como nadie más en la comarca. Jim Donohoe se apeó y comenzó a andar por un hosco camino pedregoso, en suave pendiente descendente hacia aquel recóndito lugar que hasta hace poco le era totalmente desconocido.
           
Pensándolo bien, pretender encontrar alguna pista de su padre en Fastum era como tener la suerte de encontrar una aguja en un pajar. De hecho, apenas contaba con algún indicio sólido, sólo meras suposiciones y una punzante intuición que no dejaba de martillearle en las sienes. Ya habían pasado tres años desde que Brendan Donohoe había desaparecido sin dejar rastro. Nadie sabía de su paradero desde entonces, nadie pudo dar una pista de qué hizo ese día en el que se despidió de su mujer y de la enfermera que la cuidaba. Su amigo Sullivan dijo que creía haberlo visto a media mañana en la Estación Central, merodeando entre los andenes. En cambio, la señora Lee dijo que le pareció verlo subir a un autobús, aunque no pudo precisar ni la parada ni el número de línea.
            Lo cierto es que, pasado el tiempo legal prescrito para declararlo ausente, los abogados de la familia remitieron a las Autoridades solicitud de apoderamiento para la administración de sus bienes, pues la modesta pensión apenas podía cubrir los gastos de manutención de su esposa Lidia, aquejada de una grave enfermedad degenerativa, que precisaba de atención médica permanente. Precisamente esta afección fue la que hizo que su hijo mayor, James, fuese nombrado apoderado. Le fueron entregados todos los títulos de propiedad, extractos bancarios y otros documentos legales que obraban en poder de notarios y abogados. Aunque la relación con su padre, en los últimos años, había sido más bien escasa, no pudo sino aceptar tal encargo en beneficio de su madre, así que pidió a su redactor jefe una semana de vacaciones y se desplazó desde el interior a Lowell, donde se alojó provisionalmente en el antiguo caserón de sus padres.
            Brendan Donohoe fue un hombre que se hizo a sí mismo. Desde joven tuvo que buscarse la vida, y poco a poco, con la inestimable ayuda de su suegro, el Coronel Frampton, un veterano de fuertes convicciones pero escaso patrimonio, consiguió hacerse un nombre en el mundillo de las antigüedades. Su tienda tal vez no estuviese en la mejor zona comercial, ni tampoco fuese la más visitada, pero lo cierto era que las piezas que consiguió recopilar eran realmente peculiares y exóticas, por lo que cotizaban al alza entre los coleccionistas de la región. Destacable fue, en su momento, y recogida en los rotativos de la época, la adquisición por parte de la Universidad de Miskatonik de unas piezas labradas en una curiosa piedra, similar al jaspe, veteada de tonos ambarinos y cobrizos, de los que ningún experto pudo siquiera aventurar su procedencia y edad geológica. Los símbolos y figuras que mostraban también despertaron asombro entre eminentes científicos, que no se ponían de acuerdo entre una variopinta sucesión de conjeturas sobre su significado, a cada cual más extravagante. Preguntado por su origen, Donohoe sólo dijo que provenían de “allende los mares”, sin precisar más detalles al respecto.
           
Fue precisamente revisando, por un lado, los documentos donde se relacionaban las propiedades de su padre, y por otro, los recortes de periódico archivados cuidadosamente por orden cronológico, cuando Jim advirtió una extraña coincidencia. Figuraba su padre como único heredero de una casa situada en la calle del Pez, en Fastum, un pequeño pueblo costero en la bahía de Ipswich. Este nombre no le era familiar, pero cuando vio la partida de nacimiento de su progenitor, se asombró al conocer que éste había nacido allí, pues él siempre aseveró que era de Boston. Recordó también en ese momento la profunda aversión que Brendan siempre tuvo por el mar, nunca quiso vivir cerca de él y nunca llevó a sus hijos a la costa. Estaba claro que algo en su juventud, en aquel pueblo de sus antepasados, le había marcado para siempre.
Ya no le pareció una casualidad cuando, echando mano de varios recortes amarillentos,  comprobó que eran de periódicos de aquella región marítima, en los que se relataban extraños sucesos acaecidos en la misma localidad y otras próximas, en los cuales se veían implicados navíos y marineros, vomitados prácticamente por el océano tras sufrir todo tipo de penurias y extraños avistamientos en alta mar.
Esa noche no pudo dormir, dándole vueltas a todas estas revelaciones. A la mañana siguiente, fue a ver a su madre. No había vuelto a decir una sola palabra en tres años, su cuerpo se fue retorciendo y apagando sin solución, y sólo Dios sabía lo que pasaba por su cabeza pues no era capaz de responder a ningún estímulo. Contemplar a aquella mujer tan llena de vitalidad tiempo atrás le atormentaba el alma. Tal vez fue un acto instintivo, tal vez una malsana curiosidad, pero el caso es que Jim se sentó junto a su madre, la cogió de la mano y le preguntó en voz baja: “¿Qué sabes de Fastum, mamá?”. Al instante los ojos de la anciana se clavaron en las pupilas de su hijo, torció el gesto de forma desmesurada, y desde sus adentros arrancó un grito desgarrador que le heló el alma: “¡No vayas!”.
Estaba claro que la única persona a la que su padre dijo a donde tenía intención de ir era su propia madre, tal vez sin ser realmente consciente de si ésta acertaba a comprender las palabras que pronunciaba. Esa reacción de Lidia era el síntoma inequívoco de que su padre pretendía saldar alguna vieja cuenta con su pasado, todavía no sabía de que índole, pero su olfato periodístico y sus ansias de resolver este misterio le empujaban en esa dirección. Tal vez fuera una pista falsa, pero no tenía otra, así que al día siguiente partió hacia Fastum, y con la excusa de hacerse cargo de la herencia familiar, fisgonearía un poco por allí.

Una suave brisa otoñal hizo que su bajada hacía el pueblo se hiciera más soportable. Desde lo alto había contemplado todo el perímetro, buscando puntos de referencia para posteriormente poder orientarse en busca de la casa de sus ancestros. Destacaba entre las vetustas edificaciones la puntiaguda iglesia con sus arbotantes, única de estas características en la zona. Por otro lado, se advertía una suerte de callejuelas en forma de espina que, partiendo de la plaza de la iglesia, desembocaban directamente en el enorme puerto, el cual aparecía casi desprovisto de barcos, y los pocos que se vislumbraban estaban desvencijados. Lo que en otra época fuera un importante centro neurálgico de pesqueros parecía ahora un lugar abandonado y espectral. Al otro lado de la ensenada había un promontorio, pegado a una colina abrupta y de difícil acceso. Al borde del acantilado se dibujaba la silueta de una mansión. Se detuvo un momento para mirarla con más detenimiento, y sin saber por qué, tuvo la desasosegante sensación de que, desde el otro lado de la bahía, era observado.

Las primeras calles comenzaron a acogerle, al principio anchas y con casas dispersas, más adelante, estrechas y abigarradas. Los ojivados capiteles de las puertas parecían apuntar en una misma dirección, como guiándole en su camino. No vio un alma, aunque si notó como alguna contraventana entreabierta se cerraba a su paso. Aparte de moradas cerradas, los letreros de los negocios, carcomidos y desdibujados, denotaban que la actividad comercial era prácticamente nula. Su lento deambular inicial dio paso a un trote más vivo, pues comenzó a notar cierta desazón ante lo sombrío del lugar. En llegando a la plaza donde se alzaba la iglesia, el tañido de la campana le hizo estremecer, pues el silencio hasta ese momento era sepulcral, apenas roto por algún crujir de maderas. Ni siquiera se oía el batir de alas de una gaviota o el piar de algún pájaro, cosa que le pareció harto extraña. Miró su reloj y comprobó que eran las doce menos veinte, luego tampoco era comprensible que sonaran las campanas para marcar hora alguna, lo que acrecentó su sensación de que se trataba simplemente de poner en guardia al pueblo con su imprevista visita. No podía entender de qué modo podría ser él una amenaza o por qué los lugareños se escondían a su paso.
Cesado el repiqueteo del campanario, dejó a su espalda las deslucidas vidrieras y se dirigió dubitativo hacia un caserón adornado con una banderola deshilachada, azul oscura con unas ondas blanquecinas a modo de olas, que colgaba de un asta colocada en un balcón superior. Tenía que ser algún tipo de edificio público o administrativo, pensó, así que se acercaría para preguntar. El ronco sonido de los goznes al empujar la puerta le crispó los nervios. Al pisar en el interior de la porticada entrada, retumbaron las rotas baldosas. Si había alguien en el interior de aquel edificio, suponía que le saldría al paso. No obstante, avanzó unos metros cautelosamente, y a su frente, vio un oblongo mostrador de madera, y tras de sí, una puerta entreabierta donde se vislumbraba alguna actividad.
― Buenos días. ¿Hay alguien ahí? ― dijo con voz entrecortada.
Al instante oyó ruido tras la puerta, no puede decirse que se tratara de una conversación propiamente dicha, a Jim le pareció más un balbuceo pues no pudo distinguir ni una sola palabra. Eran dos personas, por el tono de voz de una y otra, pero lo que decían era ininteligible. Ruido de cajones que se abren y cierran, un portazo en el otro extremo de la sala, e inmediatamente después, de detrás de la puerta emergió una figura. Se trataba de una chica de mediana edad, aunque la verdad es que esa fue simplemente una apreciación de Jim pues llevaba encima bastante maquillaje, distribuido por su redonda cara de forma bastante heterogénea, bien por hacerlo con prisas o por ser corta de vista y no advertirlo al mirarse al espejo. Se acercó pausadamente al mostrador, y con sus grandes ojos saltones observó al visitante. Vestía una blusa en tonos claros, la cual complementaba con un larguísimo pañuelo estampado que le daba varias vueltas al cuello, cubriendo su anatomía desde las orejas hasta los hombros. Otro rasgo que Jim encontró singular era su boca. Era pequeña pero con el labio inferior mucho más grande que el superior, y prominente en relación a su nariz, prácticamente chata. Si alguien le tuviera que hacer una caricatura, sin duda elegiría los rasgos de un pez como referente.
― Buenos días, señor. ¿Puedo ayudarle? ― por fin dijo la mujer con voz sibilante.
― Pues, sí. Acabo de llegar al pueblo con la intención de visitar una propiedad que recientemente heredé, la verdad es que no sé exactamente ni donde está ni de qué se trata ― explicó Jim tratando de ganarse la confianza de la joven. Tras estas primeras palabras, se hizo un incómodo silencio, pues no hubo respuesta alguna por parte de su interlocutora. Parecía como si no le interesara el asunto, cómo si estuviera esperando simplemente a que terminara la alocución, sin empatía alguna. Jim tragó saliva y fue al grano.
― Perdone, ni siquiera me he presentado. Soy James Donohoe. Y usted es… ― le dijo mientras alargaba la mano por encima del mostrador. La joven se sintió algo sorprendida al verse en la tesitura de darle la mano al desconocido. Vaciló, y finalmente, con una mezcla de miedo y vergüenza, ofreció su mano a Jim. Este inmediatamente se fijó en la total laxitud del apretón, además de una sensación de humedad que hizo que ambas manos resbalaran. También notó que la temperatura corporal de la joven debía estar algunos grados por debajo de lo normal. Era como si acabara de salir de una cámara frigorífica, pensó.
― Vera, mi nombre es Vera ― apenas musitó.
― Pues bien, Vera. Como le decía, si fuese tan amable de indicarme como encontrar la casa de mis antepasados, está en el número 4 de la Calle del Pez. Y de paso, me preguntaba si podría acceder al censo para saber si todavía queda en el pueblo algún otro miembro de mi familia.
― Respecto a lo primero, señor Donohoe, la dirección que me indica está muy cerca de la lonja, al final de la calle que parte junto a la iglesia ― le dijo la muchacha de forma contenida. ― Respecto a lo segundo, me temo que hoy no será posible, todo está cerrado con motivo de la festividad, no hay ningún funcionario que pueda atenderle.
A Jim le asombró la respuesta de la chica. Curiosa forma de celebrar una fiesta, ni un solo adorno o guirnalda por las calles, nada del bullicio propio de festejos. Debía ser una fiesta religiosa o bastante bizarra la de este pueblo, muy lejos de lo que un forastero podría pretender encontrar si quisiera pasar un rato de esparcimiento. Inquirió algo más al respecto.
― ¿Y qué se celebra en esa fiesta?. ¿Cuándo tendrá lugar?
― Será esta noche, en la playa. La fiesta del mar ― dijo Vera con sensación de desvelar algún secreto.
― Vaya, es una contrariedad no poder zanjar este asunto hoy mismo. El conductor del autobús me dijo que si no estaba a las seis en el cruce, tendría que esperar a mañana para volver a la ciudad ― soltó Jim sin esperar respuesta. ― Voy a pasar primero por la casa para ver en qué estado se encuentra, pero después de estar tanto tiempo vacía, lo más normal es que no sea  habitable. Supongo que habrá algún lugar donde poder alojarse esta noche, ¿verdad?  ― no lo dijo muy convencido dadas las circunstancias, pero no le quedaba otro remedio si no quería volver a repetir el viaje al día siguiente.

Vera vaciló un instante, miró al techo dubitativa, y finalmente, asintiendo con la cabeza, le respondió:
― Disponemos de un par de habitaciones en la planta de arriba, no creo que haya inconveniente en que ocupe una de ellas.
― Estupendo, en ese caso, avisaré a mi familia para indicarles que volveré mañana. ¿Puedo hacer una llamada telefónica?.
En realidad Jim no tenía intención de avisar a ningún familiar. Su idea era poner en conocimiento de su periódico donde se encontraba, ya que todo era bastante extraño, y quería obtener más información del pueblo y sus habitantes. Aparte de buscar más datos en relación a la desaparición de su padre y su vínculo con este fantasmagórico lugar, aprovecharía para ver  como era la aludida fiesta nocturna.
― Lo siento, señor, nuestro teléfono está estropeado ― dijo Vera con tono de escasa credibilidad.
― ¿Y no hay ningún otro que pueda usar?.
― No hay más teléfonos en el pueblo, excepto en la casa del alcalde.
De repente, Jim creyó que las cosas serían mucho más fáciles si hablaba directamente con el regidor.
― Tal vez al alcalde no le importe que use su teléfono. ¿Dónde puedo encontrarlo?.
Verá alzó la mano señalando a la puerta. El viajero no se había dado cuenta de que, desde su posición, a través del dintel, podía divisarse el acantilado, y allí en lo alto, la casa que vio desde el camino cuando se aproximaba al pueblo.

Se despidió de Vera y enfiló la salida hacia la calle que le había indicado. Todavía no había atravesado el umbral cuando escuchó a su espalda un sonido gutural, algo parecido a una persona con problemas asmáticos intentando hablar. No, era Vera hablando tras la puerta del despacho. No entendió nada de lo que dijo, pero sí escuchó claramente el clic característico al colgar el auricular telefónico.
Según atravesaba las solitarias callejuelas, se afianzaba en la mente de Jim la idea de que algo realmente misterioso ocurría en aquel lugar. Todo un pueblo enclaustrado durante un día de fiesta, ni rastro de actividad económica, un puerto otrora dinámico y con raigambre pesquera con su flota desmembrada. Tiempo atrás el mar marcaba la vida de todos, y los nombres de las calles así lo atestiguaban. A un lado de la arteria principal conducente al puerto, nombres de barcos, sus partes o aparejos jalonaban las calles: bergantín, galeón, goleta, palangre, quilla, trinquete. Al otro lado, la fauna marina: jurel, fletán, bacalao, lenguado, cachalote.
Por fin llegó al corazón portuario, la Calle del Pez. Ante sus ojos, la antigua lonja de pescado, en estado ruinoso, haría estremecer de pena a cualquier avezado marinero. A continuación, varias casas pintorescas, de tejados en ángulo muy inclinado, igualmente decrépitas, llamaron su atención. Al pasar junto al número 4, un sentimiento encontrado se apoderó de Jim. Hacía apenas unas horas que descubrió que su padre tal vez naciera en la ruina que ahora tenía frente a sus ojos. Probablemente varias generaciones de sus ancestros habitaron este lugar, subsistiendo de lo que el mar les ofrecía. Seguramente más de uno sufrió algún naufragio, víctimas que pagaron con lo más preciado, sus vidas, a fin de que sus familias salieran adelante. Todo esto a él le era ajeno, pero ahora, de alguna forma, algún vestigio se hacia eco en lo más profundo de sus entrañas.

Miró al promontorio y pensó que, antes de dar un rodeo por la ladera de la colina, mejor cruzaría la playa aprovechando la marea baja. Se atisbaba una suerte de escalinatas que sin duda servirían al alcalde y su familia para alcanzar la playa. Una vez puso los pies en la arena, se quitó los zapatos. Comenzó su andadura con paso firme, con el rumor de suaves olas rompiendo en el espigón de poniente. Según se acercaba, miró con más atención a la ciclópea mansión. A pesar de tener un aspecto bastante decadente, resultaba una construcción que no había perdido un ápice de su majestuosidad gracias a que parecía agarrada a la roca cual mejillón. El ala oeste se asomaba al vacío desafiando la gravedad, colgando literalmente sobre el abismo. Si alguien pretendiera, en su osadía, hacer una salto en picado desde los ventanales, a más de veinte metros de altura, durante la marea alta, caería directamente al mar.
Llevaba recorrido la mitad del camino cuando algo yacente en la parduzca arena llamó su atención. Se aproximó y comprobó que se trataba de un monolito de algo más de dos metros de largo por uno y medio de lado. Los cantos estaban redondeados en los laterales y parte superior, como si hubieran estado sometidos al continuo azote de las aguas durante centurias, o quizás en el fondo del mar. En cambio, en su base, las aristas se presentaban curiosamente rectilíneas, como labradas con tosco cincel. No sería descabellado pensar que, en algún momento, el bloque hubiese permanecido erguido en posición vertical. Pero lo que más llamó la atención de Jim, aparte del tono rojizo y sus coloridas vetas, fue lo que a modo de rasguños se podía apreciar en su superficie, apenas unos trazos sin continuidad, unas hendiduras aparentemente informes, pero que podrían representar algún tipo de escritura o simbología arcana. Lo que estaba claro es que aquello lo habían puesto allí a propósito, no sabía quién ni para qué. Un enigma más que investigar.

Miró de nuevo a la casa, ahora con más detenimiento dada la proximidad, y por un instante le pareció ver un reflejo en una de las ventanas, un punto luminoso, que enseguida achacó al sol que se reflejaba sobre la cristalera del primer piso. Casi sin darse cuenta, sus pies se encontraban empapados por una repentina y vertiginosa subida de la marea. Apresuró el paso y en poco tiempo alcanzó la base del risco. Las escaleras que vio desde lejos se encontraban allí, sí, pero de cerca, su aspecto era bastante destartalado. Subir por esa suerte de maderos entrecruzados, corrompidos por el salitre, era una auténtica temeridad, pero no había vuelta atrás, el agua ya le cercaba. Así que ascendió con toda cautela, jugándose la vida a cada crujido, y lacerando de trecho en trecho sus manos y antebrazos con alguna que otra astilla. Ya tendría tiempo luego de pensar como demonios realizaría el descenso.
Obviamente nadie le esperaba, así que le pareció apropiado avisar de su proximidad al alcalde o su familia, no quería asustar a nadie. Mientras ascendía por unos toscos escalones labrados en la roca, gritó: “¡Hola!. ¿Señor alcalde, está en casa?”. Se plantó frente a la enorme puerta principal. A aquella altura, el viento soplaba con más fuerza. Negros nubarrones empezaron a atisbarse allá donde el mar se fundía con el cielo. No hubo respuesta, así que se acercó a la entrada y dio un par de aldabonazos. Con el segundo, la puerta batió unos centímetros, al unísono de un chirrido de bisagras oxidadas. Vacilante, la empujó y se asomó con cautela. Ni un alma, ni un atisbo de movimiento en su interior. Franqueó el umbral y accedió al zaguán. A pesar de ser mediodía, las sombras invadían la estancia, todas la ventanas debían estar cerradas.
Siguió avanzando y se encontró con una puerta abierta a su derecha, de la que arrancaban unas escaleras descendentes. Debía ser el sótano, excavado en la roca, también inmerso en la negrura. Su olfato percibió un hedor salitroso que manaba del fondo, como si estuviera inundado pero con estancada agua marina, lo cual, bien pensado, le pareció una estupidez. Se disponía a proseguir la marcha cuando se oyó abajo un casi imperceptible chapoteo, como si un pez asomará sobre la negra superficie para volver a hacer inmersión de inmediato. Tal era el estado de nervios en el que se encontraba que pensó que serían imaginaciones suyas. Todos estos pensamientos eran absolutamente absurdos e irracionales.
Haciendo acopio de fuerzas y valentía, se atrevió a subir las torneadas escaleras que conducían al piso superior, ya con el corazón desbocado por la aventura tan inusual en la que se había convertido esta visita. Una vez más, la más absoluta oscuridad a excepción de un haz luminoso proveniente de una puerta abierta al fondo del distribuidor. Repitió la misma letanía llamando la atención del alcalde, que o bien era sordo o definitivamente no estaba en casa. Para su sorpresa, una voz se oyó en la estancia iluminada. Creyó entender un “Adelante”, aunque con un matiz extraño que le recordaba al de la chica que le atendió en el pueblo.

La escena que observó en el interior de aquella habitación le heló la sangre. Frente a él, a escasos tres metros, una mesa labrada con extrañas formas sobre la que un único objeto todavía se mecía de un lado a otro. Se trataba de un catalejo antiquísimo. Esa sensación de sentirse en todo momento observado quedó confirmada. Ese destello en la ventana sin duda sería la lente siguiendo sus movimientos por la playa. Las paredes se mostraban desnudas, tan sólo las marcas perimetrales de los cuadros apoyados antaño contra las mismas dibujaban composiciones asimétricas. Altos cortinajes colgaban del techo cubriendo los anchos ventanales, a excepción de un lateral por el que se tenía una excelente visión de la playa a un lado, y al otro, el infinito horizonte esmeralda. Y tapando parcialmente este escenario, una silueta de casi dos metros de altura, de espaldas a la puerta, vistiendo una especie de bata plomiza con capuchón, permanecía inmóvil contemplando el paisaje sin prestar atención, aparentemente, al recién llegado. En el suelo, un charco delataba que el propietario de la mansión acababa de darse un baño, sin preocuparse del rastro húmedo que dejaba a su paso.

― Bienvenido, señor Donohoe ― pronunció con voz grave. El eco retumbó por toda la estancia. Llegado a este punto, Jim hizo de tripas corazón y contestó.
― Señor alcalde, es un placer conocerle ― Tras una breve pausa en la que trataba de buscar las palabras adecuadas, continuó. ― Permítame la pregunta, ¿cómo sabe mi nombre?. ¿Acaso nos conocemos y no acierto a recordarlo?.
― No, nunca hemos coincidido usted y yo. Pero al igual que usted ya conoce a mi hija, yo una vez conocí a su padre. Y el tremendo parecido entre ambos le delata.
Jim se quedó perplejo. No sabía qué pregunta realizar a continuación pues varias incógnitas se habían abierto en tan breve conversación.
― ¿Su hija, dice? ― acertó a decir medio tartamudeando.
― Vera ― replicó el otro, conciso.
― Entiendo, una chica muy amable, todo hay que decirlo― trató de ganarse su confianza con una lisonja, aunque a continuación no pudo contenerse― sólo que algo mentirosa, porque seguro que el teléfono sí que funcionaba, y le llamó a usted nada más salir yo del edificio. ¿Me equivoco?.
― Está en lo cierto. Pero dado que, al parecer, nos honrará con su presencia esta noche, durante nuestra celebración, mi madre y yo queríamos conocerlo personalmente.
― Vaya, no sabía que la familia del alcalde se volcaba de esta forma con todos los visitantes, lo tomaré como un halago― dijo en tono capcioso. El miedo inicial había dado paso a una malsana curiosidad. Si quería averiguar lo que sabía acerca de su padre, tenía que seguir tirando del hilo.
― Aquí siempre celebramos el retorno de uno de los nuestros. Los Donohoe han dado la vida por sus familiares y vecinos durante décadas ― aseveró ― y esperamos que lo sigan haciendo...
Esta última frase dejó a Jim algo descolocado, no sabía que pensar, pero algo siniestro subyacía bajo la apariencia de humor negro.
 ― Entonces no es necesario que le cuente lo que he venido a hacer aquí.
― No, no es necesario ― contestó la sombría imagen. ― De hecho, podría decirse que le estábamos esperando.
― ¿Esperándome?. ¿Cómo es posible?. Ayer mismo tomé la decisión de venir aquí y no lo comenté con nadie. ― La conversación comenzó a tomar tintes dramáticos, Jim estaba totalmente desconcertado ante la omnisciencia de este personaje.
― Como le dije, también su padre un día se presentó aquí, ahí mismo, donde está usted, y también tenía muchas preguntas. Quería respuestas, y las obtuvo, pagando el tributo necesario para obtenerlas.
― ¿Y qué tributo era ese, si puede saberse?
― Su vida.
En este punto, Jim creyó volverse loco. Las piernas le empezaron a temblar, apenas podía sostenerse sobre ellas. Lo que era una mera suposición, finalmente se reveló como la cruda realidad. Su padre vino aquí buscando respuestas y murió por ello. Ahora él estaba allí, tal vez ante el mismo asesino, y no sabía lo que iba a ocurrir a continuación, pero si su fin estaba cerca, al menos prefería saber a qué se enfrentaba y qué razones empujaban a este loco desconocido a acabar con su estirpe. Intentó dejar a un lado el miedo y centrarse de nuevo en el interrogatorio, desenredar la urdimbre que envolvía este misterio.
― ¿Qué mal le infligió mi padre para querer acabar con su vida?.
― Se olvidó de la prudencia que había mantenido durante muchos años.
― ¿A qué se refiere?.
― Su padre tuvo la desdicha de estar presente la noche en que falleció el asesino del mío.
― ¿Y tal hecho cuándo tuvo lugar?.
― Hace mucho tiempo, él apenas era un muchacho.
― ¿Acaso defendió a ese asesino, que finalmente murió?. ¿Cómo pudo él ofenderle a usted?.
― No, su mera presencia fue suficiente para marcar su destino. Fui yo quién, de alguna forma, maté al asesino de mi padre.
― No entiendo nada― Jim estaba en un completo estado de confusión.
― Pobre idiota, todavía no sabes a lo que te estás enfrentando. Va más allá de lo que puedas imaginar.
La figura comenzó a moverse, girando su cuerpo, la cabeza agachada, en dirección a Jim. El contraluz impedía ver los rasgos de su cara. Permanecía con los brazos cruzados. Prosiguió la charla por otros derroteros.
― Dime, Jim, seguro que te ha llamado la atención esa roca en la playa, ¿verdad?.
― Es extraña, sí. ¿Qué es?. ¿Qué hace ahí?.
― Es la tumba de mi padre, Malcom Shield.
― Ese nombre si recuerdo haberlo leído en recortes de prensa. ¿Cómo murió?.
― Abatido a tiros, a manos de su íntimo amigo Garred.
― ¿Y qué motivó ese crimen si eran amigos?
― Descubrió la verdadera naturaleza de mi padre. ― Se hizo el silencio. La tensión era máxima. Prosiguió. ― Por eso lo mató.
― ¿Tan horrenda fue esa revelación?.
― Garred se aterrorizó al ver en lo que mi padre se había convertido. El mismo horror que vivió su padre cuando nos encontramos frente a frente, años más tarde, junto al cadáver de ese asesino. Dicho esto, ¿todavía le interesa saberlo?.
Jim, en este punto, estaba al borde del paroxismo, ya era plenamente consciente de que éste ser sin entrañas se movía por pura crueldad y venganza. Pero, ¿qué secreto era el que escondía y que, una vez revelado, implicaba morir a sus manos?.
― ¡Por todos los Santos!. ¿Va a decirme de una vez quién o qué es usted? ― gritó como un energúmeno, ya no le era posible sujetar sus nervios, este diálogo era exasperante.
― No es necesario que grite, mi madre está abajo, dándose un baño, y podría pensar que pretende agredirme. Seguro que a ella le agrada usted. Estará de acuerdo conmigo en que una madre está dispuesta a cualquier cosa por un hijo ― prosiguió hablando ajeno al estado de nervios de su interlocutor ― y Mirella ha sido una madre estupenda, todos mis hermanos la quieren mucho.
El jadeante Jim Donohoe había ya perdido contacto con la realidad. Su cara desencajada era la viva expresión del que prefiere alejarse de lo que sus sentidos mandan al cerebro para cobijarse bajo un paraguas de indiferencia. Todavía quedaba un último golpe de efecto para terminar de encajar las piezas, para el cual tampoco estaba preparado.
Por fin, aquel engendro se desenmascaró. Levantó su cabeza y lentamente se bajó la capucha. Ante los ojos de Jim apareció un rostro que poco tenía de humano. Un médico hubiese dicho que padecía de un grado exacerbado de ictiosis, pues tenía el cuerpo cubierto por finísimas escamas de un tono azulado; exoftalmos o proctosis ocular, por esos ojos anormalmente grandes y saltones; abléfaron, por la ausencia total de pestañas; microtia, por apenas ser perceptibles pequeños apéndices donde se supone deben estar las orejas; cebocefalia, con ausencia total de nariz y un único orificio nasal; prognatismo mandibular, con el labio inferior muy prominente y desproporcionado respecto al superior;  microstomía, con una boca pequeña, y además plagada de pequeños dientes afilados. La membrana interdigital en las manos y las agallas en su cuello eran otros rasgos distintivos del engendro. Un lego en cuestiones médicas simplemente hubiera dicho que estaba frente a una aberración, un pez antropomórfico.
Los acontecimientos que ocurrieron a continuación no dejaron ya huella en el consciente de Jim. Cuando se quiso dar cuenta, estaba volando por encima del ventanal, cayendo directamente al mar. Allí, un buen puñado de seres similares a Shield lo arrastraron a la playa, tumbándolo sobre la inquietante piedra, lápida y altar a la vez. No podía oponer resistencia, su cuerpo ya no respondía. La sal entraba en las heridas que se había producido en sus manos durante el ascenso, al tiempo que su sangre se mezclaba con el océano.
Tras el crepúsculo, más y más acólitos, en ceremonioso silencio, salían de las profundidades marinas, y se acercaban al desdichado para arrancar apenas un pequeño bocado de su anatomía. Así lo hizo también Vera. El ritual culminó una vez más profiriendo plegarias en su particular galimatías, una macabra orgía en honor de sus deidades. La naturaleza algún día se invertiría, cuando todos los hermanos estuviesen preparados, cuando todos hubiesen probado el sabor de la carne humana, sólo entonces el pescado pescaría al pescador, una raza aniquilaría a la otra para reconquistar lo que antes fue suyo.