La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

miércoles, 14 de octubre de 2015

Desandar, por GLORIA ACOSTA.


Se había convertido en  coleccionista de años Santos.
    El salón de su amplio piso en la villa de Jovellanos, mostraba enmarcadas las tres Compostelas  que obtuviera  desde 1993 en el Camino Francés, Portugués y Camino del Norte.
  A Ernesto le gustaba reunir a sus pocos amigos las tardes de domingo para compartir unos vinos de Cangas, mientras salpicaba las  partidas de mus con peroratas arrogantes de repetidas anécdotas, evidenciando su maestría en el tema de los concheiros .
   Caminar en solitario siempre fue la constatación de que su resistencia física no menguaba con los años, llegando a devenir en la  mejor forma de desconectar de la presión de su trabajo como gerente de una de las mayores empresas de importación y exportación de pescado, en el puerto de El Musel. La reciente apertura a los mercados europeos  le obligaba a duplicar su dedicación, permitiéndose sólo cada cinco o seis años un mes de tránsito, recorriendo unos caminos en los que nunca encontró esa huella espiritual de la que hablaban las personas que abrazaban al Apóstol; se consideraba caminante pero no peregrino. Sin embargo le gustaba mantener la tradición de los símbolos, no faltando nunca la vieira en su sombrero y la calabaza en su bordón.
   Al acercarse el mes programado para cumplir su cuarta cita con Santiago, Ernesto sintió una inusual apatía, planteándose incluso zanjar el tema buscando otro destino, pero su orgullo terminó por imponerse. Preparó de forma mecánica todos los enseres, dispuesto a realizar un camino más tranquilo que los anteriores pero especialmente duro, el camino Primitivo.
    Días antes del viaje que lo dejaría en el punto de partida, a los pies de la catedral de Oviedo, en un rapto de excentricidad se le ocurrió una idea que rompería para siempre los cimientos de su vida: haría el camino a la inversa, desandando los pasos de Alfonso II. Partiría de la catedral de Santiago y gozaría la misa del Jubileo cómodamente sentado frente al televisor de su casa. Esta vez no le importaba demasiado renunciar al trofeo final con el que decorar su pared.
   Una semana después  salía de Santiago, con su carnet de credenciales impoluto.
   Las majestuosas torres de la Catedral contemplaban la orgullosa mirada de los romeros que llegaban a la plaza en pequeñas oleadas, bañados en sudor, con el cansancio tatuado en la piel y el brillo cristalino en los ojos llorosos, borrachos  de renovada energía.
  Inició así Ernesto un peregrinaje al revés, y desde el monte del Gozo dijo adiós a la ciudad leyendo a la inversa las señales que marcaban la ruta.
  Horas, días, semanas de pistas de hojarasca que enlazaban con pequeñas aldeas o con molestos  tramos de autopista; bosques de castaños y carballos que iban quedando atrás, dejando paso a eucaliptos y pinares; bellos paisajes de montaña, escarpadas pistas de tierra, lluvia, sol de mediodía, puertos de angustiosa subida o rompedora bajada, gente de ida cruzándose con él, de vuelta. Risas, llantos, miradas curiosas  observando su inusual marcha, colas en albergues, el frescor de las fuentes…las entrañas  del camino.
   Siguiendo un plan minuciosamente establecido, Ernesto marchaba a buen ritmo, notando apenas las  secuelas del cansancio. En las madrugadas, el silencio le permitía poner en orden ideas o futuros proyectos que se entremezclaban con molestos recuerdos. Trataba de apartar unos pensamientos que nunca antes le habían perturbado, mostrándole su imagen más turbia; su frialdad al llevar con mano férrea un próspero negocio en el que no tenía cabida quien no dejara la piel en él, sus continuas infidelidades que dieron al traste con una familia estable, una incesante codicia que no se aplacó hasta  conseguir su preciado puesto a base de traiciones y  mentiras… las revelaciones del camino.
  Con la caída de la tarde, buscaba el albergue señalado en el mapa para ducharse , sellar su carnet y tomar una cena frugal en alguna posada de los alrededores.  Dormía unas horas y al amanecer retomaba el sendero no sin antes despojarse de atavíos innecesarios.
   Los últimos kilómetros se fueron tornando difíciles y en ocasiones angustiosos. Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, aumentaba progresivamente el peso en su espalda. En cada parada , a medida que se desprendía de sus estorbos, la envergadura de la mochila era mayor.
   La penosa  llegada desde Grado a Oviedo no le permitió disfrutar de sus hermosas casonas y palacios rurales, dejándolo sin fuerzas para encumbrar el camino ante las reliquias de San Salvador, incumpliendo una ancestral sentencia que acataban otros peregrinos y que lo envolvió en una premonitoria zozobra. Sólo deseaba llegar al confort del hogar, extenuado por una carga cada vez más insoportable...
                                                 
              Teresa llegó al barrio de Cimadevilla minutos antes del mediodía de aquel veinticinco de julio. No le importó trabajar en domingo dada la generosa paga  con la que don Ernesto la agasajaba en estas ocasiones especiales. Habían concertado fecha y hora, como era costumbre, para poner en orden la vivienda y lavar las prendas que vendrían llenas de polvo y barro. Abrió con su llave la puerta del inmueble y subió al segundo piso con la idea de dejarlo dispuesto para recibir a su patrón con una buena taza de café.
   Agudizó el oído pensando que habría dejado encendida la televisión en su última visita al domicilio, pero las botas sucias en medio del pasillo le anunciaron que esta vez él se había adelantado. Se acercó al salón y apenas atisbó su cabeza recostada en el Chesterfield de cuero negro.  Creyendo que dormía fue recogiendo en silencio y con presteza los residuos del periplo esparcidos por el suelo. Limpió la cartulina que asomaba  entre el desorden y que al desplegarse dejó a la vista una serie de sellos de diferentes colores con una fecha al pie. La curiosidad la llevó a preguntarse qué significado tendrían las palabras que ocupaban el lugar central en cada uno de ellos : Autoritario, Indolente, Ególatra, Cicatero, Desleal… y así hasta completar el documento.
    Al levantar la vista, Teresa descubrió aterrada, el rostro exánime de Esteban, la mirada vacía frente a la pantalla  del televisor.

    Comenzaba la misa de doce en la catedral de Santiago.

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