La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 15 de mayo de 2015

Fragmento de la novela "Te esperaré en la alcazaba", por ANTONIO MEDINA GUEVARA.




Así me lo contó mi abuelo:
     —Aquella mañana de verano, calurosa y silenciosa, solamente rota la quietud por los hombres que partían hacia la vega al despuntar el día, fue después uno de esos días que parecen cambiar el rumbo de la vida.
    »Por el camino que viene y lleva a Wadi Ash, o Guadix, como les gusta llamarla a los cristianos, los cascos de una cincuentena de caballos y el golpear de sus lanzas de otros tantos soldados de a pie, despertaba a su paso a los zagalillos que no sabían de madrugar ni tan siquiera en días tan calurosos. Algunos viejos que nada tenían ya que perder y la algarabía inocente de los niños, salían a recibir a los soldados que de seguro no traerían nada bueno al pueblo.
     »Al frente de la comitiva, con su pecho rebotando los destellos al reflejo de los rayos que aparecían por el costado del Jabalcón, un capitán cristiano cruzaba tras un estandarte la incipiente calle entre impávido y altivo. Al pasar ante la chiquillería y ver como los saludaban con gran algarabía, los miraba de reojo y con muecas de simpatía fingida, a la vez que lo hacía con semblante autoritario a las mujeres que sólo asomaban su cara por entre las cortinas de las puertas de sus cuevas con evidente miedo en sus rostros.
     »Luego contaron de aquel soldado de piel muy rara, que la tenía del color del trigo muy tostado y un acento que en nada se parecía a los de las tierras españolas; que era una mezcla parecida a lo que saldría de un castellano y una mujer de raza desconocida; que venía o se dirigía a las altas montañas de las Alpujarras donde se habían sublevado los moros y que aún arrastraba con  él los aromas de la sierra  y el olor de la sangre de las batallas en sus narices. También y sólo un poco más lejano, el pensamiento de su vida en Perú, su paso por Panamá, Cartagena de Indias —donde decían que dejó a alguien con los ojos mojados— y luego ya en la piel de toro, un largo peregrinaje por los diferentes lugares de la Corte. Pero sin éxito, que el color de su piel no le ayudaba.
     »El sol, con su enjambre de rayos, tostaba sólo las partes de sus mejillas al  pasar  entre  el  enrejado  del casco. Decía que sabía que Dios miraba de frente a los hombres, y que en su infinita sabiduría, había elegido el Reino  Español para proteger y expandir la fe cristiana por todo el mundo: empezando por aquí, siguiendo por las Indias y acabando en cualquier sitio donde diera  el  sol —el mismo que nunca se ponía en el Imperio—, o donde sólo Él sabía. Y que para eso debía de machacar a todo infiel, o sea, a los no católicos, pero sobre todo a los sarracenos.
    »Algunos de esos soldados eran de los que años antes habían asolado los campos de cultivo de Galera con sal, matando a hombres, mujeres y niños, a las órdenes de don Juan de Austria y de lo que parecían sentir una cierta vergüenza al ver como los trataban estos otros moriscos; otros hablaban de cómo en la fortaleza de Serón fueron batallados igual que antiguamente en la propia de Zújar: con mucho arrojo y valentía, pero que de nada les había valido, pues ya estaban camino de la tierra de sus antepasados.
     —Hasta las mujeres nos asombraron a los cristianos con su infinito coraje. Aquéllas no eran las criaturas débiles y consentidas de tantos relatos fantásticos. Una vez más, el elemento sorpresa ayudó a las mujeres de Galera a que lograran restarnos al menos cien hombres a las fuerzas del capitán… Y aunque al final todas sucumbieron, lo hicieron con espadas y dagas en las manos…


Y es que esta tierra es tierra de guerreros. 

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