La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 3 de mayo de 2015

Don Juan en los infiernos, por F. JAVIER FRANCO MIGUEL. (2º ACCÉSIT II Certamen de Relato Breve "Guadix en el Día del libro")

Pintura de Salvador Dalí


Siempre fue un actor libertino. Que la directora de la compañía le diese el papel de don Juan no extrañó a nadie. El de doña Inés fue más reñido. Fue difícil dilucidar, entre tanta belleza angelical, quien se adaptaba mejor al rol. Cuando ella fue elegida, sin saber por qué, los ojos del protagonista tomaron un brillo cómo nunca hubieron. Fueron días y días de ensayo, horas y horas respirando juntos… «Ángel de amor…», no era un mero verso del libreto, era su propio sentimiento, que le alejaba cada vez más de la directora que ya intuía un galán demasiado blandengue, mientras los ojos de Inés seguían chisporroteando viveza sobre una sonrisa perennemente inmaculada, reforzando en candidez el personaje.
Tras cada función, aplausos y flores iban para ella, mientras el actor se sumía en el camerino en agónica melancolía. «¿Qué fue del truhán que elegí? ¡O cambias o te cambio! ¡Joder! Sólo tenías que ser como eras, y ahora ¡no sé quién coño eres!» –le increpaba cada noche la directora, rompiendo la ensimismada soledad del actor desmaquillándose ante el espejo.
Por más que intentó que Inés fuera de las tablas prosiguiese la obra, siempre acababa como un memo, convirtiéndose en un vulgar chico bueno que la actriz manejaba como quería, esto sí, sin perder el mismo halo seráfico que el personaje. No lo despreciaba, se dejaba querer por él, pero sin permitir llegar al punto de desenlace que proponía, lo que le dejaba comiendo en su mano y a su merced.  Fuera del escenario, don Juan era Ciutti, el chico de los recados, y también el papanoel de los regalos, acompañados a veces de versos, tan fuera de tiempo como los de la obra decimonónica. Ella seguía exhibiendo una sonrisa sin mácula bajo escintilantes ojos de púber.
Cuando don Juan recibió la estocada definitiva de la directora, doña Inés no lloró, no le importó que lo arrojaran a los infiernos, en ese fin de obra no le tendió mano redentora alguna, sólo siguió sonriendo mientras mantenía un brazo en su cintura el sustituto del galán, un actor novel de aire chulesco, que no disimulaba su adicional papel de complacer sexualmente tanto a la actriz como a la veterana -y algo ajada ya- directora.
«Y es que si don Juan deja de ser don Juan, siempre habrá otra alma que pueda redimir doña Inés» –sentenció ésta.

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