Acurrucada en aquel incómodo
sillón de hospital, Elisa aprovechó el interín entre merienda y cena para
cerrar un rato los ojos. Le pudo el agotamiento y finalmente acabó dando una
generosa cabezada. Se despertó con más ánimo, tal vez espoleada por las imágenes
placenteras que impregnaron su mente durante el sopor.
Parecía que lo
estaba viendo, tal como lo recordaba con cincuenta años menos, con su camisa
desabotonada, mostrando un remolino de fino pelo en el pecho, con el que
pretendía impresionar a las féminas de la pandilla. Cuando se conocieron eran
apenas unos chiquillos. Sus padres habían heredado la casa de los abuelos en el
pueblo, y aunque solo fuera porque no se cayera a pedazos, decidieron arreglarla
y pasar allí fines de semanas
esporádicos. Luego le cogieron el gusto a permanecer largas temporadas vacacionales,
más barato que un hotel y con todas las ventajas para evadirse del estrés de la
urbe.
No recordaba
si la primera vez que vio a Ángel fue en la tienda de ultramarinos o en la de chuches,
junto a la iglesia. Tampoco es que le hiciera mucho caso por aquella época. Una
chica desgarbada, algo patizamba, con largas coletas, tres años menor, no
entraba precisamente en los planes de aquel mozalbete para pasar un rato
divertido. Otra cosa ya fue cuando el patito feo se convirtió en cisne. Las
hormonas hicieron su trabajo y Elisa se mostró aquel verano en la piscina en
todo su voluptuoso esplendor. A través de su amiga Clara, a la sazón prima de Ángel,
los encuentros, siempre en pandilla, se convirtieron en diarios. Ya sus amigas
le tiraban pullitas a los tortolitos, pero ella se hacía la digna y decía que
no quería líos hasta que no terminara sus estudios. Error. Una noche terminaron
enrollándose en el cine de verano que montaban en el frontón de la escuela.
Ángel no
destacaba precisamente por la finura de sus maneras, pero era un chico noble y
de trato amable, que se esforzaba por agradar. En sus largas charlas estivales
junto al paredón de la ermita, Elisa le confesó su gusto por la literatura romántica.
Se pasaba las horas muertas leyendo a Brontë, Austen, Keats o Byron. Le
fascinaba el vocabulario exuberante y melancólico, y esa forma tan pasional de
vivir las relaciones personales. En una de esas plácidas tardes sin siesta, el
chico le sorprendió con su particular versión, algo atropellada y con versos
perdidos, de la «Canción del pirata», de Espronceda. Fue solo el aperitivo de
lo que vendría. La última tarde de aquel estío, lleno de caricias y besos
adolescentes, la amenizó, justo en la despedida, con un sentido recital del
poema de Keats «A la soledad».
Soledad
provisional, pues ya nunca se separarían.
Elisa
aprovechó la generosidad y sacrificio de sus padres, y en aquel piso de
estudiantes, bajo la perdida mirada de una reproducción de «El caminante sobre
el mar», de Friedrich, y al compás del «Para Elisa», de Beethoven, o las notas
de Chopin, Wagner o Schubert, se sacó, no sin esfuerzo, la carrera de Historia
del Arte.
Mientras,
Ángel intentaba labrarse un futuro. Lo suyo no era darle a los codos, de hecho,
no llegó a terminar el instituto. Su tío Juan lo embarcó en su empresa de
reformas, que poco a poco fue creciendo, dando el salto a la construcción de
chalets de lujo en las zonas más cotizadas de la capital. Sus encuentros en los
parques, los fines de semana, eran tórridos y apasionados, y pronto empezaron a
pensar en proyectos de convivencia.
Con tan solo
veinticuatro años, Elisa se arrodilló, vestida de blanco, en el crucero de la
iglesia. Un año después nació su primer vástago, al que seguirían dos más, en
un breve lapso de tiempo. Se habían instalado en un céntrico pisito frente al
Museo del Romanticismo, el negocio del ladrillo les había proporcionado un
holgado colchón económico.
Las
pretensiones laborales de Elisa quedaron truncadas con la maternidad. También
sus expectativas al respecto de su vida matrimonial. Cada vez las ausencias de
Ángel eran más largas, los viajes más frecuentes y distantes. El único detalle romántico, por decir algo, que su
cónyuge le brindaba por su aniversario, era una rosa —las más de las veces
enviada por mensajero—, y anexa una nota manuscrita con letra torpe e indecisa:
Para Elisa.
Pasaron los
años, también las infidelidades no confesadas y enterradas bajo un silencio
opaco, le acobardó romper con todo sin tener a qué aferrarse. Y mientras sus
hijos crecían ajenos a la melancolía que le corroía, ella decidió pasar sus
mañanas en el museo que observaba por las ventanas. Allí se refugiaba y olvidaba,
por un rato, la monotonía de su anodina existencia, dando rienda suelta a su
imaginación componiendo una ucronía perfecta de su propia vida. En aquellas
paredes, muebles, cuadros, objetos, se respiraba el aroma de otra época, otros
valores, vivencias que le hubiesen gustado experimentar, sentir, disfrutar.
Fue el propio
personal del museo, con el que forjó amistad a lo largo de tantos años, el que
le animó a postular su candidatura al puesto vacante dejado por Genaro, que se acababa
de jubilar. Cumplía todos los requisitos, y la verdad es que ya nada hacía en
una casa vacía, sus hijos volaron buscando su propio rumbo. Incluso Ángel, para
su propia extrañeza, le exhortó a hacerlo cuando se lo comentó. Fueron los
mejores años de su vida, le encantaba explayarse con los visitantes.
Ahora que
apretaba con fuerza la mano de Ángel, cuando los estertores se lo arrebatarían
en cuestión de minutos, rememoró aquel remoto pasaje juvenil, recitando de
nuevo a su querido Keats:
Esta mano viviente, ahora tibia y capaz
De agarrar firmemente, si estuviera fría
Y en el silencio helado de la tumba,
De tal modo hechizaría tus días y congelaría tus sueños
Que desearías tu propio corazón secar de sangre
Para que en mis venas roja vida corriera otra vez,
Y tú aquietar tu consciencia —la ves, aquí esta—
La sostengo frente a ti.