La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de marzo de 2017

Mirarte, por ISABEL REZMO.




Mirarte... saltar fronteras.
El complot de la lengua
calentando raíles
en un sueño de voces,
y en la vitrina de los murmullos
quererte,
sin importarme,
sin importarte
la osadía
de apasionarme.
Hablar al cielo,
caer en el punto y aparte
de mimarte.
Instigar la mariposa
y al viento cobarde,
a las libélulas, sin piedad,
seguir los pasos a la fiebre,
mutilar la vergüenza
de instigarte.
Como el perverso encuentro
a la deriva,
a mi conveniencia,
a mi fantasía,
hartarme.
Y mirarte.

Deseos incompletos, por TOMÁS SÁNCHEZ RUBIO.



En la calle Drexler, esquina con Vergara,
mientras paseaba más impasible que nunca,
un triste verano del 79,
conocí a la mujer más hermosa
del mundo y sus confines.

Caían exactamente las cinco quince de la tarde.
El calor dibujaba siluetas improbables
a falta de sombra celosa
que acunara mis vencidos ojos entrecerrados.

Al cruzarme con ella y sus reinos,
mi carne se despegó en paradójica agonía
de los huesos, y la camisa
se me unió al cuerpo en comunión incorpórea.

Me miró un segundo bajo su gracioso sombrero
de fieltro rosa
y descubrí que se había enamorado de mi melancolía
tan adolescente y cabizbaja;
de mis manos descubiertas y nostálgicas,
y de mi pelo que aún hoy permanece escaso y revuelto
por el espanto que provoca la vida cada mañana.

Al final fuimos valientes y generosos:
corazones impregnados de anhelos,
cruzados por la suave realidad
que madruga cada día que pasa

más cruel y más sincera.

La mirada, por MARÍA JOSÉ MENACHO CASTELLANO.


La mirada se la ensució un mal sueño,
la sonrisa la borró un desafortunado recuerdo,
sus rodillas las dobló una presunción de culpa,
la frente la bajó el sonido hueco de aquel beso.

La amanecida frontera le alivió el pesar,
nubes transparentes doblaron las campanas,
amargaron el aliento las palabras nunca dichas,
las páginas sin leer le avivaron el seso.

Luciérnagas dispersas poblaron su noche,
galápagos hambrientos cruzaron su río,
amaron su  cintura unas manos estériles,
apagaron su fuego los ojos de la sombra.

Jazmines cayeron al suelo de su parque,
cantaron las alondras del año anterior,
buscaba su secreto el cartero olvidado,
tapó su boca el huracán de la hiel.

Salió a la puerta sin pintura,
compró pan caliente sin pensar,
tomó un atajo para llegar antes
y dejar su pequeña maleta mal cerrada
en la última habitación de la otra casa.



Laascaanood, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.


1
            Recibo con mano trémula el cuenco de té que una mujer, envuelta en un bou-bou, acaba de servirme. Los demás hombres imitan mi gesto, y lenta, cadenciosamente, comienzan a beber el líquido denso y fragante que ellas hierven con paciencia junto al fuego. Cenamos en silencio, guarecidos bajo una jaima, a salvo de la intemperie. Sólo se oye un coro de sorbidos y el áspero jadear de los ancianos, semejante al resuello del viejo elefante que, rendido, sucumbe a los estragos de la hambruna.
Vencida la tarde acampamos junto al pozo, única fuente visible de vida. En derredor, una meseta yerma, cubierta de arena que, merced al viento, esculpe enormes dunas cuyas cimas se extienden por doquier como olas de un mar muerto e infinito. A veces, cuando fijo la vista en esas lomas sinuosas, siento un gran peso en el alma; las miro y trato de imaginar cuál será el destino que aguarda más allá de sus sombras, eternamente cambiantes.
Pesan en mi ánimo la fatiga y el hambre que azota con dureza a la tribu Dulbahante y al resto de clanes que formamos el Daarood. Y es entonces cuando extiendo los brazos a La Meca e imploro a Alá —el único Dios verdadero— que nos guíe en su infinita bondad hacia la próxima fuente de agua.
Por ahora mis plegarias han sido escuchadas. En esta época del año la mayoría de pozos están secos, y es muy difícil dar con lugares donde aún pueda abrevar el rebaño.
Al final de largas jornadas de camino bajo el yugo implacable del sol, los hombres caemos exhaustos, hambrientos, al límite de nuestras ya de por sí menguadas fuerzas. Antes del alba, un segundo cuenco nos ha de bastar para el resto del día. La comida escasea durante la estación seca, cada vez más cruenta y prolongada.
Concluida la cena, los hombres trazamos un círculo alrededor de la hoguera, cuyas lenguas de fuego proyectan sus puntas hacia el cénit, oscuro como una cueva. Fuera de las jaimas, fundiéndose en la inquieta negrura, se alza poderoso nuestro canto, el canto del clan ancestral, el canto de los Daarood:

«¿Mi patria?
Mi patria es allí donde llueve.»

Pero hace mucho que la lluvia no acaricia nuestra tierra sedienta. Tiempo atrás, durante el ciclo más fértil, tampoco quiso el cielo concedernos sus preciadas lágrimas; gotitas que hicieran brotar el pasto, cubrir de hierba las planicies ahora yermas. En su lugar sólo hay polvo, roca, arena, y un calor que aumenta día tras día.

Es momento de descansar. Antes de entregarme al sueño, observo fijamente a mi hijo Hamed hecho un ovillo, tendido sobre un almohadón de lana, cubierta su figura con la piel de una iguelaf. Tiembla y arde a un mismo tiempo, vencido por la enfermedad. Surcan su rostro infantil las arrugas propias de un anciano. Lánguidos y ausentes, sus ojos parecen reprochar al mundo el infortunio que se ceba con él, tan sólo un niño que ya no es capaz de correr, de saltar, de ordeñar… que ya ni siquiera se molesta en apartar al enjambre de moscas que revolotean, a cientos, sobre su cuerpo exánime.
Me acuesto pensado que tal vez no he rezado con la suficiente convicción.
2
Falta poco para que amanezca. Hay una actividad frenética a esta hora crucial de la aurora. Todos en el campamento se mueven de un lado para otro, pues no hay tiempo que perder: debemos reemprender la marcha antes de que el sol emerja y anuncie la llegada de otro día sofocante.
Desmontadas las jaimas, las mujeres agrupan las camellas. A medida que éstas van haciendo acopio de su enorme ración de agua, las dejan en manos de los críos que, hábilmente, extraen el jugo de las ubres. La leche recién ordeñada se almacena en unos odres de piel, ligeros y fáciles de acarrear. Después beben las cabras y las ovejas —un total de doscientas cabezas—.
Es nuestro turno. Los hombres nos lavamos y bebemos juntos del pozo, conscientes de la efímera tregua que estas aguas nos ofrecen. Parecería lógico permanecer más tiempo aquí, pero nosotros, los Dulbahante del clan Daarood, somos nómadas. Jamás permanecemos varados en ningún lugar.
Además, quedarse sería peligroso.
Una finísima línea de luz blanca rasga el horizonte, preludio de un nuevo amanecer. Mezclada con el viento, llega hasta mi oído la voz de un almuédano imaginario llamando a la oración matutina, la salad asubh.
Intento concentrarme y orar con toda mi fe.
Una nueva ración de té, la última hasta el regreso del crepúsculo.

Asoma el sol en el horizonte como un gigantesco ojo en llamas que inunda de luz el universo. El paisaje ha cambiado y ya no es el mismo que nos circundó al oscurecer. El desierto muta continuamente, nada permanece inerte en sus entrañas, nada duerme en la quietud aparente de este universo desolado. Algunas dunas han mutado su perfil. Otras, ya ni siquiera son reconocibles, se han esfumado sin dejar el menor rastro.
Antes de partir, un grupo de muchachos explora los alrededores escudriñando los resquicios más sombríos de este páramo. Es posible que, a corta distancia, otro clan más fuerte y poderoso siga nuestras huellas. De ser así, debemos eludir su presencia, marchar a toda prisa, sin tregua ni respiro. No tendríamos oportunidad frente a ellos: moriríamos degollados por la hoja lasciva de sus cuchillos.
Así pues, sondear por adelantado el terreno es cuestión de vida o muerte. Sólo con el máximo sigilo y la ayuda de Alá —el Único—, familias y rebaño completaremos el trecho que nos separa hasta el siguiente pozo.

Por fin emprendemos el camino —el más seguro posible—, surcando la senda que nos fuera revelada en la niñez, arcano trasmitido de padres a hijos, generación tras generación; legado que pervive desde tiempo ancestral. Un tiempo tan remoto que se pierde en la memoria de los pueblos.
Una gigantesca nube de polvo delata nuestro paso a través de la llanura pedregosa. Nos dirigimos a la inhóspita meseta de Haud. Poco a poco dejamos a nuestra espalda las tierras del norte, las tierras de Berbera. 
Es mediodía. El sol abrasa y el viento quema como un fuego incandescente. Suelo, piedras, seres, aire, todo se calcina a esta hora maldita. Con su estela polvorienta siempre a cuestas, la hilera se dispersa en varias direcciones. Hombres y bestias se disputan el palio exiguo de raquíticas acacias.
Enmudece la vida. Nada se mueve. No se oye ni respirar. Todo parece pétreo, muerto, envuelto en un silencio mineral.

3
Los rostros de los hombres muestran ahora la rigidez de la piedra.
Monótono e incesante, mosconea en mi cerebro el eco de un poema que aprendí a cantar cuando era niño. Evoca con nostalgia a aquellos nómadas que nunca alcanzaron la última etapa de su incierto viaje, y que ahora yacen sepultados bajo túmulos de arena infinita… Estrofas que preludian la visión del Laascanood.
Cabras, ovejas, niños, mujeres, hombres… el fúnebre séquito aumenta día a día acentuando los latidos de la triste melodía. Si algo moribundo cae a tierra, hombre o animal, el desierto velará muy prontamente su agonía. Luego otros seres harán suyo ese despojo.
No podemos mirar atrás. No debemos. No mientras quede un solo camello con vida. Aunque la leche de las hembras se haya secado hace tiempo y no quede una gota en los odres, seguiremos caminando, aferrados al deseo de hallar otra fuente de agua. 
El clan Daarood mengua a cada instante, inexorablemente, consumido por la aciaga sequía, cuyas llamas devastadoras han vaciado nuestros pozos.
Proseguimos. De repente, a lo lejos, se oye un hondo rugido.
En contraste con el roce amortiguado de sandalias y pezuñas, el crudo restallar del látigo que azuza a las camellas rezagadas y el soplo perenne del viento quemador, surge en la distancia un espantoso zumbido; profundo y grave al principio; progresivamente, más y más sobrecogedor…
...el feroz aullido de una tormenta del desierto, la voz que acalla cualquier lengua sometida a su hálito feroz.
El confín del horizonte desparece velado por una fabulosa masa de nubes compactas, opacas, tan altas como dunas gigantescas, que avanzan inclementes hacia aquí.
Nos ciega, de súbito, una niebla espesa y terrosa. Ráfagas violentas arrastran miles y miles de gránulos que impactan sin cesar contra todo lo que encuentran a su paso, como lágrimas de roca dura y punzante.
Los camellos, habituados a estos fenómenos, apenas se inmutan; acaso ralentizan un tanto su marcha, recortándose en la bruma como espíritus.
Pero nosotros, en cambio, debemos guarecernos cuanto antes.
Tan rápido como puedo, extraigo el haz de gruesos palos que guardo en un saco de cuero. Una vez clavado el armazón, ato fuertemente varias pieles que recubren y protegen la jaima del castigo exterior.
Tinieblas anaranjadas flotan alrededor impidiéndome la visión a más de dos pasos. No consigo ver nada más allá. Me desgañito llamando a los que aún quedan vivos, pero sé que es inútil. Nadie es capaz de oír mis gritos en mitad de la cruel ventisca. Únicamente puedo esperar a que cese el temporal resguardado bajo el palio que ahora ocupo, a salvo de la tormenta.

Amanece. El silencio es tan profundo que oigo los tañidos de mi propio corazón. El fragor de la tormenta ha cesado por fin. Agarrotado, abandono el refugio. Arena por todas partes. La misma luz cegadora. Por suerte, el sol está aún bajo. Todavía se puede respirar.
Al fondo, a unos cien metros, diviso al resto de Daarood. Apiñados en torno a unos matojos, conforman un amplio semicírculo. Los hombres parecen haber iniciado el shir, la reunión cotidiana del clan. Pero ¿dónde está nuestro rebaño?
Echo a correr hacia ellos.
¡Alá es grande! ¡Alá es grande! ¡Hemos dado con un pozo!
Alcanzo, extasiado, la charca de agua salvadora. Los demás hunden su mirada en el líquido, absortos en su irresistible contemplación. De pronto, veo reflejada la silueta de un enorme animal sobre la superficie, el perfil de un gran elefante…
…un elefante de piel oscura y viscosa, completamente ciego… ¡El horrible Laascaanood! ¡Aquél que sólo pueden ver los ojos de los muertos!











Los ojos, por MAURICIO JARAMILLO LONDOÑO


Los ojos se le humedecieron. Pero su larguísima tradición de lucha le enseñó que el reblandecimiento del espíritu es lo peor. Con esos ojos de aguadepanela anochecida llenos de pedacitos de caña madura que flotan en ellos miró su ropa lustrosa, bien planchada, pantalón de paño delgado con rayitas azules sobre un fondo oscuro, sus zapatos de cuero finísimo traídos de Italia.
El Don: «Hoy es mi primer día en este encierro; soy un extraño, me miran con ojos de búho, inquisitivos, duros, me examinan de arriba abajo como mosca rara».
El Don: «Ni un conocido, ni una sonrisa de bienvenida, ni una mano extendida, al contrario, ojos de águila, intensos, decenas de ojos penetran mi camisa azul marino de marca, ven mi saco de paño inglés, la corbata de pepas azules; ojos desafiantes, sin miedo, ojos sin reato alguno; caras de presidiarios, malandros experimentados, ojos acostumbrados a la cárcel.»
Él no musitaba una palabra pero, sin cobardía alguna, tampoco bajaba la mirada, resistía el fuego de los ojos ajenos con una serenidad pasmosa, con su propio incendio.
El Don: «Cincuenta y nueve pares de ojos me miran, cincuenta y nueve hombres preguntan quién soy, de dónde vengo, qué hago entre ellos, ven mis ropas con evidente envidia, con rabia, observan mis zapatos, entierran sus pupilas tenebrosas en mi alma, intentan amedrentarme convencidos que sus ojos parecidos a lanzallamas de odio me van a dar miedo…
El hombre a quien por encargo de El Sombrerón debía matar siguió avanzando sin notar la sombra. Nadie alrededor. Caminante y sombra, un fugaz zumbido, la puñaleta de El Chamizo veloz se hundió en el costado, le entró por las costillas a la altura de la tetilla, hacia el corazón ―como con los marranos―, el hombre giró y lo miró, alcanzó a empuñar su revolver pero antes de sacarlo sintió hundírsele profundo el hierro, tocarle la punta de la víscera, abrió los ojos que ya tenía avidriados, y se derrumbó. Chamizo sacó el estilete, lo limpió en las ropas del muerto, le quitó el arma junto con la funda y subió por la pendiente, no por el camino, trochando igual a un armadillo, borrando sus huellas; de nuevo el alarido, el espeluznante chillido: parecía que el monte bramaba. Arribó de noche al rancho, junto a su mamá.
Pues a negociar con el flacuchento y lechoso ese, el cuasi―mudo que espantaba con sus ojos fríos, su mirada de nieve, su garra nerviosa.
Algunos fragmentos de mi nueva novela “LAS MALDITAS GALLINAS SON DINOSAURIOS ENANOS”.

Antonia, por GLORIA ACOSTA.

Autor: M.C.ESCHER.

Antonia era una mujer oronda. La recordé después en múltiples ocasiones cuando Mamita apretaba el corsé a Escarlata O' Hara; hasta su caminar basculante la emulaba.
  La pequeñez de nuestra infancia agrandaba sus curvas hasta el infinito e inflaba aquella sonrisa por la que escapaba su voz potente y rotunda. Pero lo que la hacía singular era su mirada. Nadie supo en años sucesivos acompañar el mundo interior que creó para nosotras con la pujanza de unos ojos.
  Eran por entonces, anchas tardes de pan y mantequilla, cuando las pocas tareas de la escuela dejaban sobrados momentos para el solaz. Antonia vivía dos casas más abajo, en una calle que no atrancaba sus puertas. La suya no era como las demás. Traspasar sus muros era perderse entre los recovecos de sus dos plantas, corretear por las terrazas y azoteas o descender con una larga capa de princesa real, las elegantes escaleras de mármol que conducían al salón donde ella solía acomodar sus caderas en un ancho sillón de orejas, mientras pelaba las papas que descansaban amontonadas en el delantal. Nos observaba, a sus nietas y a mí, entrar y salir de la cocina para asaltar la talega del pan, o jugar al escondite por las múltiples habitaciones que configuraban su reino.
  Nuestro pequeño pueblo quedaba casi siempre reducido a la plaza y a nuestra calle. La escuela, que ocupaba las mañanas, estaba cerca y en ella atamos los primeros nudos que la infancia teje haciendo y deshaciendo, en un entramado que luego el tiempo desata de un lado o aprieta en otros. Y éramos felices. Salíamos al mediodía en tropel y recalábamos en el bar de la esquina para saborear aquellas princesas de bizcocho emborrachado, cubiertas de coco rallado y coronadas por una roja cereza almibarada, preludio del esperado momento del día.  La tarde, la casa grande y Antonia.
  Sabíamos que la caja mágica se abría cuando ella se sentaba en su sillón; deteníamos de inmediato nuestros juegos y nos sentábamos en el suelo, a sus pies. La gran Sherezade cruzaba sus brazos bajo sus generosos pechos, y sonreía accionando el interruptor que encendía la pantalla blanca de su mirada, mientras la estancia se oscurecía hasta desaparecer por completo. Y Antonia inventaba, contaba, pintaba, tejía, un palacio, un príncipe, un mago y un dragón, un laberinto sin fin donde se perdían los niños traviesos o una casita de muñecas que tomaba vida en primavera, y nosotras cabalgando en el carrusel de pegasos voladores pedíamos más.
  Es tarde pero va el último. Y seguía.
  A mí me gustaba perderme en sus ojos. Los abría con fruición mostrando  la puerta de entrada a un mundo interior por el que yo me colaba para saltar las vallas tediosas de la realidad.
  Podía permanecer largo tiempo en silencio y dejar que su mirada derramara por la casa los sueños que cualquier niño pedía tener al dormir. Ninguno estuvo escrito y ninguno repitió. A veces empezaba de la misma manera, y girando en una pirueta inesperada hacia otros derroteros más misteriosos o fantasmales, prendía hasta la ebullición nuestros corazones agitados, para  terminar apaciguados al remanso del fin de la tarde, el final de la función.
  Así se concatenaron los largos días de aquellas anchas tardes mientras el decurso de los años giraba entre su casa y la mía.
  Una tarde Antonia ya no estaba. No recuerdo cuándo ni cómo sucedió. Lo supe al entrar en el salón y vislumbrar la luz cenital que irradiaba su orondo sillón.


La la land, la película, por MAURICIO JARAMILLO LONDOÑO.


Unos ojos gatunos, enormes, entre verdes, grises y azules, me miran desde la pantalla. Esos ojos me perseguirán pues son los ojos del alma, los de la picardía, los de la derrota, los del amor, los de la decepción, los del desafío, los de la resolución, los de la búsqueda de un sueño, los de la felicidad.
Azul azul, verde como el pasto, amarillo pollito, naranja solar, crema, rojo de vida, azul acero, rosa y fucsia, turquesa y limón, albaricoque y escarlata, colores básicos que me acechan, brotan de los vestidos de Mia, salen de los pliegues de sus faldas, de sus zapatos de baile, de las escenas entre luceros y océanos.
Hollywood y sus estudios, los edificios artificiales, las callecitas de un pueblecillo, la heladería, el café salpicado sobre la blusa, el observatorio donde cae polvo de estrellas; de repente, como con la varita mágica de Campanilla se rompen las leyes de la gravedad y se vuela, se baila, se ama, se besa.
La primavera, el verano, el otoño, el invierno, un joven determinado pero frustrado, rabioso con el mundo, queriendo el jazz como si fuese su amante y su sino; una muchacha pelirroja, frágil, blanca como el mármol, repleta de pasión por la escena, por la actuación, ve a ese hombre, lo encuentra ―en una ciudad de millones de habitantes―, se tropieza con él, choca contra su decepción y su cólera, y vuelve y lo halla, es el destino, lo inevitable, el porvenir.
Va a audición, gracias, la próxima; llora de derrota, entra a un salón, oye al pianista y se embelesa, es él: ¡hay que buscarlo!
Y al fin, se emparejan, son dos pájaros libertarios que hipnotizados caen en el enigma del amor, en sentir el aroma del otro, la piel de aquel, el alma gemela, la conversación eterna, las ambiciones frustradas, el jazz, el teatro, el no lograr en la ciudad de las estrella nada; la derrota, huir, vencerse, frustrarse; luchar, perseguir el sueño, perseverar, obstinarse en la idea
Tienen su casa, duermen juntos, se adoran. Bailan, cantan, no resisten estar el uno sin el otro, se apoyan y…
Mia es ya una actriz, tiene un retoño y un marido y un Hollywood a sus pies; Sebastian abre su club de jazz, es feliz. De repente ella entra… se ven de nuevo, él llora en el piano, ella sueña con su vida junto a él…
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Como un perro que se asoma contra el viento fresco desde el carro que conduce su amo, como un huracán limpio venido de la selva virgen, así bebí esta maravillosa película. Ni una gota  de sangre, ni un gramo de violencia, ni un muerto viviente, ni un ladrón maligno, ni un mafioso brutal; solo el destino del amor, el corazón embriagado de ese resoluto que es Sebastian y de esa dulzura que es Mía. ¡Salí feliz!
No es el séptimo arte, es el primero. Escultura pero pétrea, pintura pero enmarcada, teatro pero escénico, música pero instrumental, literatura pero libresca, arquitectura pero edificante. El cine las recoge a todas: ¡qué maravilla!


¡Y qué lástima ser sólo un escritorzuelo!