La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de enero de 2017

Mi ciudad, por ANTONIO HERNÁNDEZ GARCÍA



Defendiéndola de su hora,
 su tempo es el ópalo de sus desconchones.

Mi ciudad se pregunta porque no quiere ser diferente,
mi ciudad murmura en sus balcones,
tiene ventanas que se parecen a las mías,
sus aleros son de algodón.

La mía es vieja en su tropel,
sus romances son sus excesos,
mi ciudad canta sus aleluyas en la alquimia de  sus cuevas
donde son días sus zaguanes de parra y panjil,
 el preludio de su ataúd  es su arcilla.

Mi ciudad es la sinfonía de sus caños secos,
 el pueblo ha rebajado  sus cañadas vacías
en el filo de sus navajas  echando humo,
buscan su pretérito en la flor del cardo.

Mi ciudad es una ninfa en las fuentes secas,
el vientre de su arcilla  es su duelo desde el camino
de los forasteros, a la puerta de Graná.

Mi barrio sueña despierto en agosto gente,
zambombas en diciembre,
sus heraldos son de barro,
sus cántaros y sus lebrillos fríos.


No pienso dejar aquí mis huesos aunque lo tenga conmigo.

Ducados y litronas, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS.



Ahora que no hay nieve en la saliva,
que doy por desarmada la ansiedad
voluntaria de aquellas soledades
y son más de cuarenta los años que interrogan
abro al recuerdo todas las aceras,
mi cielo de palomas disecadas,
el amanecer ronco de Ducados,
las calles con murmullos y litronas
invadidas por punkis muy pacíficos
y pijos con jerséis de contrabando.
A la ciudad que ubico en mi memoria
decido regresar
con la abundancia dentro de un Citroen,
una pálida joven, amante de Morfeo
y la fe de encontrar en buen estado
restos de adolescencia,
la clausura de aquel ruinoso palomar
en donde componía entre orines de rata
la risa de algún muerto.


Blanca Navidad, por LEANDRO GARCÍA CASANOVA.


En esta mañana de mediados de diciembre, se ve algo de bullicio en Granada, pues las mujeres aprovechan para ir de compras por los comercios del centro. En la calle Reyes Católicos, no deja de sorprender el tradicional pesebre encima de la marquesina de la joyería San Eloy. Fue el pasado año cuando unos cacos desaprensivos escalaron la fachada, y se llevaron la figura del niño –que está en la cuna– y días más tarde a San José, que ya traspasó la carpintería. Al doblar por la calle Príncipe, hay una tremenda cola para la lotería, como en los años del hambre y la que ahora se forma en las Urgencias del Hospital Clínico.

En la plaza de Bib-Rambla ya están los puestos que venden belenes, figurillas de pastores, carpinteros, pescadores, molineros, afiladores, panderetas, zambombas, adornos de Navidad y toda la pesca. “¿A cómo son las figurillas?”, pregunto. “A un euro, pero éstas son las últimas porque el fabricante cerró el negocio”, me dice el mulato de la caseta. Son casi las mismas imágenes que yo compré en Baza, allá por 1966, sólo que entonces valían una peseta. Ocho duros me costó un belencillo, con su tío cagando y todo. Un grupo de turistas españoles hace corro en la plaza y, por un momento, pensé que era aquel pintoresco charlatán que lo mismo te vendía un braguero y además regalaba una manta. Por el Arco de las Cucharas se oye el canturreo de los villancicos: “Oh, blanca Navidad, nieve una esperanza y un cantar, recordar tu infancia podrás al llegar la blanca Navidad”. La música proviene de los altavoces que el Ayuntamiento ha puesto en la plaza de Bib-Rambla. Eso es, más villancicos y menos multas y controlando a los cuatreros. En la Romanilla, las castañas pilongas están a 2,10 el cuarto. ¿Y el kilo de granadas? “Por ser para ti, te las dejo a dos euros”, me dice el tío del puesto.

Una vieja me pregunta por la plaza de la Trinidad: “Soy de Granada, pero hace mucho tiempo que no vengo…”. En la redicha plaza han escamujado los árboles y los estorninos ya no tienen donde refugiarse, porque gente sin alma destruyó sus nidos para construir viviendas. Antaño se vendían aquí los pavos de Navidad –creo que a duro– y los dejaban sueltos para que fueran picoteando, pero siempre había algún malafollá que les echaba un puñado de bellotas. Entonces los pavos se alborotaban y se mezclaban, y había que ponerlos en formación a varetazos. En Puerta Real han puesto un árbol de Navidad, dicen que como el de Nueva York. Pues ya está: Poeta en Nueva York. Desde que nos mandaron la leche en polvo a cambio de las bases, aquí siempre estamos copiando a los americanos. ¡Americanooos!

Da pena ver en Granada y, sobre todo, en los pisos de matrimonios jóvenes de los pueblos, el muñeco de trapo de Papá Noel, cargado con un saco a la espalda y trepando como los monos por los balcones y ventanas. Ahí tenemos el caso de la niña de seis años, que cayó desde un quinto piso mientras trataba de alcanzar un muñeco de estos, resultando con heridas muy graves. Hemos pasado de los camellos al reno, de los Reyes Magos al Papá Noel y del belén –que Carlos III trajo a España, en el siglo XVIII– al árbol de navidad de los países nórdicos. Ahora que con la democracia hemos ido recuperando nuestras viejas costumbres, nos quieren meter un consumismo rampante con unos figurantes que no tienen arraigo ninguno en España. A mediados del siglo XIX, el Santa Claus estadounidense pasó a Inglaterra y de allí a Francia. De manera que Santa Claus, Papá Noel y San Nicolás son los nombres con los que se conoce a este personaje. Y para los niños holandeses, resulta que San Nicolás llega en barco procedente de España, a lomos de su caballo blanco y cargado de regalos de Navidad.

Estimo a José Antonio Pérez Tapias y no le voy a pedir que valle la ermita de San Sebastián, sino que se pase cualquier domingo, a las 10:30, y oiga una ‘misa en familia’, allí donde Boabdil se rindió.  Hacía más de veinte años que yo no asistía a esta ceremonia y me sorprendió la sencillez. En nuestro país, la Navidad (natividad significa nacimiento, y en los pueblos todavía se le llama el Día del Nacimiento) y Reyes son las fiestas más tiernas del año, donde las familias se reúnen, y también las más nostálgicas, pues nos trasladan a esa edad de oro que fue nuestra infancia. Y a veces, las fiestas más tristes. Que sigan montando belenes en el Ayuntamiento, en el Hospital de San Rafael o en Pinos Puente, y que resuenen los villancicos en los ‘Supermercados Dani’. Pero que no nos vendan a Papá Noel. Y como decían nuestros padres, les deseo unas felices Pascuas y un próspero año nuevo.

Artículo publicado en La Opinión de Granada, el 22 de diciembre de 2006


Posdata: la ermita de San Sebastián estaba prácticamente abandonada y con las paredes pintarrajeadas. Tiempo después la restauraron. El árbol de Navidad ahora lo ponen en la plaza de Bib-Rambla (hay quien escribe todavía Bibarrambla, como antiguamente), un armatoste en forma de cono, que luce muy bien por la noche.
























Un mensaje remoto, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.


            El abuelo de Enoch dormía y él aun no había cogido el sueño cuando vio encenderse una de las pantallas de su terminal, la que estaba situada en el techo. Comenzaron a desfilar signos indescifrables que se repetían e iban perdiéndose al llegar a la parte inferior de la pantalla. Después de unos segundos, la imagen se congeló y entre la maraña de signos podía leerse: FUERA AUN SE RESPIRA, NO OS RESIGNÉIS A TRAGAR BASURA. Mascullo la frase en silencio dos o tres veces y se echó a reír, después activó el antivirus y se quedó dormido.
            Su abuelo Cayo era una mullida masa carnosa que residía permanentemente en una especie de gran sofá-cama. Sólo algunas partes periféricas de su persona tenían movilidad, estas eran: los dedos de las manos y pies, las pestañas que a pesar de la edad eran largas y espesas, y sus orejas. Las utilizaba para comunicarse con el nieto, a falta de palabras, ya que sólo articulaba tres: “Zira, Aulo y Hesperia”. Eran combinadas al azar y repetidas desde el inicio al fin de la jornada. Su rostro era mofletudo y sonreía constantemente, abriendo y cerrando las pestañas. Cuando no estaba enfadado parecía un bebé gigante. Enoch no conocía bien a su abuelo, y a decir verdad, tampoco sabía nada de sus progenitores. Cuando los tutores lo trasladaron del internado lo encontró allí en el sofá sonriendo con expresión beatífica, afectado por una peculiar demencia senil.
            Alguna vez había reflexionado sobre su origen, pero no hallando respuesta se resignó a olvidarse del asunto. Después de todo, su situación no era muy diferente a la de gran parte de la población joven que fueron concebidos de forma artificial. Él sabía que no lo era por la evidencia de su abuelo y por la información de su microchip de identidad que decía claramente que era un “bebé natura”.
-          ¡Son las ocho y quince minutos, toma tu desayuno! Cayo ya ha tomado suyo…, son las ocho y dieciséis minutos, ¡despierta haragán!, ¡despierta haragán! Son las ocho y dieci…!
            Mientras Penélope, la robot, daba vueltas alrededor de la cama repitiendo la hora, Enoch escondía la cabeza bajo la almohada, resistiéndose a ponerse en pié. Tomó su desayuno; un comprimido energético para las primeras horas del día y una ducha para despejarse. Activó su terminal, al momento escuchó la voz seductora y familiar  que le daba las noticias diarias.
-          Buenos días, hoy es lunes, uno de mayo. El medio está precioso, las nuevas tonalidades anaranjadas del gaseomedio favorecen el paisaje, nos invitan a pasear, no se queden en casa, cojan la mascarilla y exploren la ciudad. El joven senador Drusilo Bompiani visitará esta tarde el distrito 408; continúa su campaña electoral, en su programa se contempla la reconstrucción urbana de la zona y la instalación del metamedio a mitad de precio de mercado.
            A continuación se escucha la música con el slogan publicitario de la campaña: “Vota a Drusilo Bompiani, el medio más saludable”.
            Miró por una de las ventanas, en efecto, la ciudad se hallaba iluminada por tonalidades anaranjadas. Sin duda el aire tenía hoy un alto porcentaje de azufre, tomaría su mascarilla y saldría a pasear. Siempre que llegaban las elecciones del nuevo gobernador, a los vecinos del 408 se les iluminaba la mirada con una llamita de esperanza, ante la oleada de promesas de los senadores. Cuando uno era elegido, había fiesta durante tres días. Después la euforia pasaba, todo volvía a la rutina de los días anteriores, las promesas que habían bombardeado las redes de información se apagaban y escondían en la inmensidad de los cables. Entonces la entidad del nuevo gobernador se alejaba del pueblo a medida que se agarraba al poder. A los de las clases más pobres se les vedaba toda información sobre el cumplimiento o no de estas promesas. Lo máximo que podían obtener era un par de páginas sobre la supuesta y lavada biografía del excelentísimo y una foto ilustrándolas. Las ilusiones se iban mitigando y a los vecinos los embargaba de nuevo la zozobra, sabiéndose huérfanos de todo favor social, sin el menor atisbo de esperanza de que la situación pudiera nunca cambiar. Tomaban sus mascarillas y salían al exterior que era un interior contaminado, y volvían a la actividad como un enjambre de pájaros encerrados en una inmensa jaula, chocando contra sus paredes de cristal y contra su destino.
Enoch reciblaba todos los mensajes que recibía de los medios. La soledad y su naturaleza sensible hacían que viera la realidad con cierta distancia, para no dejarse engañar por toda esta propaganda fraudulenta. Así fue desarrollando una postura crítica y un espíritu inquisitivo que lo alentaban en búsqueda constante de la vedad. Observaba todo lo que le rodeaba, a la gente, a su abuelo, y contrastaba noticias. En casa se ejercitaba físicamente a diario, no quería acabar como su abuelo u otras personas mayores cuya vida sedentaria en demasía, exentos de la menor actividad, los había convertido en colchones hinchados, limitados para siempre por la fuerza de la gravedad.
El distrito 408 era una parcela pequeña de las muchas que componían la macrociudad Penturvia, un extenso territorio sumergido en una atmósfera artificial que protegía de la extratmósfera terrestre, irrespirable desde hacía un siglo. La atmósfera de Penturvia no era de la mejor calidad, sino todo lo contrario. El gaseomedio era en realidad el mismo aire de la extratmósfera previamente filtrado por grandes depuradoras de aire que lo limpiaban mínimamente de los componentes nocivos. Los ciudadanos sólo podían salir a la calle con mascarilla y en cada casa se tenían instalados nuevos filtros que lo limpiaban del todo, y que se pagaban como un bien de primera necesidad por los consumidores.
No corrían esta misma suerte los habitantes de megaciudades habitadas por las clases más acomodadas, en las que se respiraba el metamedio; un compuesto artificial muy parecido al aire atmosférico de tiempos pasados. Por último, había otra población aun más afortunada, la de la clase pudiente, que tenían el privilegio de respirar el medio; aire totalmente puro y saludable. Estas ciudades, que eran menos numerosas en extensión y población, contaban con pequeños parques con plantas y estanques, elementos inexistentes en las anteriores.
La comunicación entre las megalópolis de distinta índole estaba controlada por el poder político que ostentaban los de la clase pudiente. Ocultaban la segregación de la que eran objeto ciudades como Penturvia, donde se hacinaban los parias del sistema; ciberpunk, tecnolibertarios, hackers y demás vaqueros electrónicos que se infiltraban en las redes planetarias y ejercían la protesta electrónica.
Aquella mañana, día de descanso, la gente se concentraba en los centros comerciales desde primeras horas para hacer todo tipo de compras y consumiciones, ya fueran materiales o virtuales; se agolpaban en las entradas como si fuera el fin del mundo y gastaban hasta la última moneda, igualmente virtual o material. Se compraba de todo, desde un cinturón o unos zapatos hasta viajes de dos horas sobre las nubes, donde podían sentir la sensación del viento, la lluvia, una tormenta, etc. Al final de la jornada la gente regresaba a sus casas más agotados si cabe que en cualquier día de trabajo, más pobres y con una rara sensación de insatisfacción. Hacían examen de conciencia y se prometían solemnemente cambiar de actividad en el próximo día de descanso pero ¿a dónde ir? ¿Qué hacer si no? Se preguntaban.
Ese día Enoch había decidido pasear por la calle, cuyo paisaje ceniciento a veces le resultaba atractivo, sobre todo cuando no era muy transitada y podía caminar a sus anchas hasta perderse. Presentía que más allá, mucho más allá, estaban otras ciudades a las que soñaba poder viajar. Los controles eran muy rígidos para el transporte público y él no disponía de vehículo propio.
Cuando se acercaba a uno de los estadios deportivos de Penturvia, ya casi en las afueras del distrito 408, quedó sorprendido al ver algunos vehículos estacionados en las zonas de aparcamiento, éstos eran grandes y lujosos y llevaban estampados los logotipos de dos multinacionales. Por doquier se escuchaba una música familiar. De pronto cayó en la cuenta de que era el gran día de campaña política y su curiosidad lo animó a acercarse. La entrada al estadio estaba vigilada por cinco guardias de seguridad. El edificio tenía forma hexagonal Y cada uno de sus lados también estaba custodiado por un guardia. Sintió el impulso de colarse dentro y ver lo que allí se estaba cociendo, pero por más que daba vueltas alrededor del edificio no encontraba la forma de pasar inadvertido. En este momento miró al suelo y vio una alcantarilla. ¡Ahí estaba la solución! Cambió su mascarilla por otra y en un descuido del guardia levantó la tapadera y se internó en la oscuridad, aliviada levemente por unas mortecinas luces que se activaron de forma automática. El trayecto hasta el interior del estadio resultó corto y por fortuna fue a dar a un sótano justo bajo las gradas. Se encaramó donde estaban instalando los equipos. Durante veinte minutos tuvo la oportunidad de presenciar el hecho más sorprendente  del que había sido testigo y que daría lugar a la aventura más trascendente de su vida. El escenario estaba ocupado por los técnicos que se afanaban siguiendo las instrucciones de un directivo. La voz de éste podía escucharse en todo el aforo.
-          ¡Atención –decía- vamos a probar; la imagen cuatridimensional debe estar presente en escena desde el principio, todo debe estar preparado para que resulte lo más real posible, no podemos permitirnos el mínimo fallo!.
                Se escuchó de nuevo la música de la campaña electoral, intercalada de ovaciones y aplausos que procedían de las gradas, como si todo el estadio estuviese ocupado por una muchedumbre de fantasmas, pues era obvio que allí no había nadie. Por uno de los extremos de la escena salió el senador Drusilo Bompiani saludando a un público invisible.
-          Buenas tardes, ciudadanos y vecinos del Distrito 408, es un honor para mí estar aquí esta tarde…
-          ¡Congelen la imagen! –ordenó el directivo. Repentinamente el senador quedó inmóvil como un maniquí- ¡más credibilidad, potencien el brillo de los ojos, mayor expresividad en los gestos- continuaba. Entonces la cara del político se difuminaba por momentos y los brazos se borraban y volvían a aparecer. Ahora cambiaba el color de su corbata, ahora el de su camisa. El senador no era una persona  de carne y hueso, era una realidad virtual creada por las multinacionales, seguramente para la consecución de sus objetivos.
                Enoch quedó anonadado por lo ocurrido, descendió del ventanuco trastornado y se paró a reflexionar. ¿Qué significaba toda aquella farsa? ¿Por qué engañaban a la gente de esa manera? Todo le pareció tan ridículo que se cuestionaba si había algo que fuera real en el mundo. Sintió deseos de respuestas y sabía que allí en Penturvia nunca las tendría, así es que urdió un plan para viajar a las otras ciudades, aquellas que eran habitadas por los ejecutores de todo el montaje. ¿Y con quién mejor sino con ellos podría viajar, aunque fuese de forma clandestina? Su cerebro trabajaba a la velocidad del rayo: tendría que conseguir uniforme como el que vestían los técnicos, y cuando estos subieran al aerobús para regresar a sus casas, Enoch entraría como uno más. Sería con el uniforme para que el personal se familiarizara con su rostro y no pudieran extrañarse, sería cuestión de mezclarse en los momentos de mayor actividad. Pero ¿Cómo conseguiría el uniforme? Tendría que encontrar la entrada a los vestuarios que casi con toda seguridad se ubicaba n bajo el escenario. Comenzó a buscar en el sótano alguna puerta, casi a tientas la encontró, herméticamente cerrada al final de una pequeña escalinata. Intentó poner en marcha el mecanismo que pudiera abrirla pero no halló la forma, de modo que descendió con la intención de encontrar algo que le sirviera de palanca. Casi en penumbra pudo ver en un rincón un cuadro de mandos con tres botones, presionó uno de ellos y se abrió el ventanuco que daba a las gradas ¡Eureka!, seguramente uno de los tres abriría la puerta, presionó el segundo como movido por una intuición y al momento la puerta comenzó a desplazarse hasta abrirse por completo. Subió la escalinata a toda prisa y fue a dar con un pasillo muy amplio e iluminado que tenía habitaciones a ambos lados. Escuchó el murmullo de voces que se acercaban. Sin pensarlo dos veces abrió la puerta de un pequeño despacho y entró, por suerte no había nadie. Permaneció allí hasta que el murmullo se fue distanciando, salió con sigilo y se apresuró hasta el final del pasillo que era el recodo de otro pasillo más pequeño. Allí pudo ver las señalizaciones de las duchas, dentro había alguna gente duchándose. Encontró un uniforme limpio en las perchas. Debajo de estos, sobre un banco, había toallas y uniformes ya usados, cogió uno de ellos y se cambió rápidamente.
-          ¿De qué sucursal procede usted?.
-          Vengo de un poco más al Sur, de la de Lorena.
Cuando terminó de cambiarse salió y fue a esconderse a una habitación contigua; era un gimnasio enorme. Allí decidió dar unas cuantas órdenes por control remoto a Penélope para que cuidara de su abuelo durante su ausencia, realizara algunas compras, suministrara su medicina a Cayo y le diera su masaje diario.
En el exterior ya todo estaba preparado para la gran mentira, las gradas estaban iluminadas y la escena completamente a oscuras, así podría pasar fácilmente desapercibido. Los técnicos se movían de aquí para allá y se agrupaban según las tareas. Enoch se unió al grupo más numeroso que llevaba el control de sonido. Esta era la tarea que le resultaba más familiar, pues trabajaba en la venta de equipos a través de la Red. El aforo comenzó a llenarse de gente de todas las edades y a las doce en punto cerraron la entrada. Todo aconteció tal como lo había previsto, el montaje resultó un gran éxito, el público respondió de forma calurosa, seducidos por los efectos de aplausos y ovaciones. El político pareció tan real que cuando todo terminó Enoch sintió deseos de subir al escenario y felicitar al fantasma de Drusilo Bompiani.
A las tres estaba ya en el aerobús totalmente instalado, sin haber tenido que pasar ningún control previo. Sin embargo se encontraba muy nervioso, por momentos todo aquello le pareció irreal. Sintió una sensación extraña parecida al vértigo y mucha tensión.
-          Señores pasajeros –les informaban- en un minuto realizaremos una breve parada en la estación sur de Hesperia, por favor no olviden sus pertenencias.
“Hesperia” era una de las palabras que pronunciaba Cayo. Le pareció un buen lugar para apearse. Con un acto reflejo se puso la mascarilla y se dispuso a bajar.
-          Estamos en casa, amigos, ya no la necesita –dijo una voz señalando la mascarilla.
-          Ciertamente –contestó Enoch- el viaje ha debido trastornarme- dijo despidiéndose con un gesto mientras se quitaba la máscara.
Así era, realmente se sentía trastornado, desbordado ante todo aquel paisaje tan abierto, tan diferente al que había dejado atrás. Caminaba nerviosos sin rumbo fijo, cada imagen le impactaba: los árboles, el cielo, la luz, especialmente la luz del sol que le cegaba. Sintió girar todo a su alrededor, tras de sí oyó un rugido tremendo de algo muy grande, inmenso y misterioso, el mar. Cuando sus ojos se encontraron con el mar cayó al suelo fulminado por la impresión. Al fin despertó, creyó que había pasado una eternidad pero en realidad tan sólo habían transcurrido unos segundos. Un ser extraño que parecía una mujer llena de arrugas le daba pequeños cachetes en la mejilla y le sonreía constantemente.
-          ¿Se encuentra bien? Oh, ya veo que va volviendo en sí… ¿puede respirar, joven?.
-          Si – balbuceó- en toda mi vida no había respirado mejor-contestó- ¿Y usted, se encuentra bien?
-          ¡Oh si! –dijo alborozada- he de dar gracias a Dios, pues aún me encuentro ¿cómo se llama?.
-          Enoch, puede llamarme Enoch.
-          Yo soy Zira, -dijo tiernamente- has debido sufrir una lipotimia ¿Puedes ponerte en pié y acompañarme a casa, Enoch? Te prepararé una merienda estupenda.
-          Gracias pero…
-          No se hable más –le interrumpió- ¿Crees que podrás ponerte en pié y acompañarme?
-          Eso espero – contestó mientras se esforzaba por mantener el equilibrio.
                La casa de Zira estaba muy cerca de la playa. Era una casa humilde pero muy pintoresca para Enoch, en ella habitaban animales de muchas clases: perros, gatos, gallinas, patos, conejos, abejas, un par de cabras, palomas… La vegetación también era abundante, cultivaba un pequeño huerto en el que crecían hierbas y hortalizas varias. El muchacho contemplaba todo aquello con la sorpresa y admiración de quien descubre un mundo nuevo, tanto era así que la anciana no tardó mucho en comprender que Enoch no era de Hesperia, y que el sitio del que venía habría de ser muy diferente de aquel.
-          ¿Vienes de muy lejos verdad?.
                Enoch permaneció un momento en silencio, no sabía por qué, pero no sentía desconfianza de aquella señora; sus ojos le inspiraban tranquilidad, así que desecho su idea primera de mentirle y simplemente asintió.
-          ¿Puedes decirme cómo has llegado hasta aquí? –volvió a interrogarle mientras ponía sobre la mesa un trozo de pastel de espinacas y yogur.
-          He venido de incógnito con los técnicos que han trabajado en el meating político de Drusilo Bompiani.
-          ¿De Penturvia vienes? –lo miró sorprendida y al mismo tiempo con cierta emoción.
-          Así es, del Distrito 408, ¿lo conoce?.
-          Zira volvió a sorprenderse y sonrió.
-          Pues claro que sí, tengo buenos amigos allí –mientras decía esto la mirada de la mujer parecía perderse, transportarse.
-          ¿Qué te hizo venir aquí?
                Enoch le contó que siempre había sentido curiosidad y deseos de saber cómo eran las ciudades que estaban en el otro lado, cómo vivían las personas que las ocupaban. También le contó lo que había visto en el estado el día anterior, la mentira de la que había sido testigo y que le había empujado a buscar respuestas. Zira asentía en silencio moviendo la cabeza. Enoch hablaba del distrito 408, de cómo vivía allí la gente, de las protestas de la población en la Red y la sospecha por fin confirmada de que están siendo víctimas de la manipulación del poder político y económico de los que vivían fuera. Zira, tras unos minutos de silencio se echó a llorar ante la sorpresa de Enoch y después comenzó a hablar.
-          Cuando yo era muy joven, un poco más que tú, tuve un gran amor. Por aquel entonces la ciudad de Penturvia no era ni la mitad de extensa de lo que es ahora. Él y yo éramos policías ecológicos, nos conocimos en el distrito 408, justamente donde tú vives ahora. El índice de contaminación de la ciudad era ya muy preocupante. Nuestro trabajo consistía en la vigilancia de las grandes industrias de la zona, pues estaban obligadas a cumplir las leyes de conservación ambiental. Los dos amábamos la naturaleza y nos entregamos a nuestro trabajo con verdadera vocación, éramos muy jóvenes y, como tú, sabíamos muy poco del funcionamiento del sistema. El gobierno que nos amparaba por entonces fue el creador de este cuerpo de policía. Y fue el mismo que más tarde nos impidió trabajar, comprado por las multinacionales. Entonces, poco a poco, empezamos a comprender qué grande era el poder del dinero y todo lo que podía comprar. Para aquel entonces Cayo y yo ya vivíamos juntos y teníamos un hijo que se llamaba Aulo. Quisimos revelarnos y nos solidarizaos con las llamadas por entonces ONGs, grupos ecologistas que no dependían del gobierno y que defendían los mismos fines que nosotros. Organizamos varias manifestaciones en las que participaron muchos compañeros del cuerpo, quejándonos ante el gobierno por las concesiones que habían hecho sin contar con la opinión pública; concesiones que ponían en peligro millares de vidas humanas. Una vez pasadas las manifestaciones, recibimos por parte del gobierno la promesa de que prontamente se tomarían medidas. La primera medida que se tomó fue la propuesta de la construcción de lo que más tarde se convertiría en la atmósfera depuradora de la zona. Hubo división de opiniones, algunos estuvieron de acuerdo como fue Cayo, pensando en dar pronta solución al problema que nos estaba afectando. Otros no aprobamos la idea, en este grupo estaba yo. Nos negábamos en rotundo a aceptar que las ciudades se convirtieran en jaulas, mientras las industrias y el gobierno campaban a sus anchas negociando con el propio aire que respirábamos. El grupo que estaba de acuerdo con el proyecto gubernamental era mucho más numeroso, y por tanto, la presión que pudimos hacer el resto fue insignificante. La relación entre Cayo y yo fue enfriándose cada día, pues el conflicto que sufríamos generaba discusiones constantemente, hasta el punto que decidimos poner fin a nuestra vida en común. Aulo, que por entonces tenía 6 años, vivía aquí conmigo en Hesperia, donde yo había nacido, y Cayo se quedó en Perturvia. Nos prometió venir a vernos cada mes y así lo hizo, pero al correr del tiempo los controles para visitar la zona se hacían más estrictos y sus vivistas se fueron haciendo intermitentes hasta cesar del todo. Nos comunicábamos no obstante y manteníamos videoconferencias con él. Cayo había desmejorado muchísimo y se puso enfermo, sufría una gran depresión. Aulo y yo decidimos visitarle y cuidar de él durante una buena temporada en la que mejoró notablemente. Me pidió que volviera con él, pero yo tenía aquí un buen trabajo y todo el aire puro para respirar, así que respondí con una negativa. Las visitas de mi hijo sin embargo comenzaron a hacerse más continuas y a veces pasaba temporadas enteras con su padre. En una de sus visitas conoció a la que sería su esposas, Matilde, una muchacha de otro distrito de Penturvia, y se fue con ella a vivir.
En este momento comenzaron a resbalar las lágrimas por las mejillas de la anciana y esta interrumpió su relato.
-          ¡Oh –dijo secando sus lágrimas- pero no quiero aburrirte con historias de una vieja ñoña como yo.
Enoch, visiblemente emocionado, también la interpeló para que continuase.
-          Por favor ¡cuénteme!.
Un día en el que Aulo y Matilde fueron a ver a su padre tuvieron un tremendo accidente en el que murieron los dos. Tan sólo sobrevivió el bebé que habían tenido dos meses antes. Quise traerlo conmigo y lo reclamé muchas veces, pero por mi edad no me concedieron la custodia y estuvo en un internado hasta los 16 años, momento en que lo llevaron a casa de su abuelo Cayo, que se encontraba incapacitado en una cama debido al trauma que la muerte de su hijo le causó. Pensé que el niño le ayudaría a él más que a mí, y con él vive. De vez en cuando envío mensajes electrónicos a su terminal, a la dirección de Cayo pero aun no he recibido respuesta. Creo que no sabe de mi existencia.
Enoch lloraba ahora también, emocionado e incrédulo, como si todo esto fuese un sueño del que en cualquier momento pudiera despertar.
-          ¿Cuál fue el último mensaje que le envió a su nieto?
-          No lo recuerdo bien –dijo la anciana- pero acompáñame, estará grabado en el terminal.
Tembloroso, sin haber podido probar bocado, Enoch siguió a la anciana hasta una pequeña habitación  llena de libros impresos. La anciana activó su ordenador y fue al archivo de mensajes enviados. El mensaje decía así. FUERA AÚN SE RESPIRA, NO OS RESIGNEIS A TRAGAR BASURA.
Enoch abrazó a la anciana muy fuerte y dijo entrecortadamente:
-          Lo recibí ayer.
               





Radigrafía, por ANTONIO PELÁEZ.



-Ayer le hice a mi ciudad
una radiografía…
¿y sabes de qué adolecía?

-¡Claro! De soledad

En la laguna, por GLORIA ACOSTA.


TUMBA DE AMARO PARGO. IGLESIA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN. SAN CRISTÓBAL DE LA LAGUNA.

"…calles espaciadas y rectas, aquel despejo, aquel aire de rigodón monástico, algo ceremonioso, todo aquello en que se adivina una creación señorial del siglo XVIII, la diferencia de las rudas, viejas ciudades castellanas… La Laguna está vestida de casaca o de hábitos de frailes si queréis […] Tertulia en los conventos y en las Casas Señoriales, chocolate a media tarde, monjas reposteras, eternas conversaciones sobre el último caso en el que el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición entendiera y de noche tal o cual aventura galante…”. ( Miguel de Unamuno 1909)



"...lo mismo se discutía sobre la pluralidad de los mundos, se leía el último libro secreto llegado a la isla desde Europa o se comentaba lo bueno que estaba el vino que habían bebido en la última excursión ...". (La tertulia de Nava. Enrique Roméu Palazuelos)









 Amanece desde hace cinco siglos en la ciudad donde vivo. Entre voces críticas que intentan custodiar intacta su histórica herencia y la vertiginosa rueda de la imparable modernidad, la ciudad de Los Adelantados defiende con sus piedras un vasto legado que enarbola su título de bien cultural patrimonio de la Humanidad por La Unesco.

 

El frío de la mañana no impide la concentración del pequeño grupo de turistas que ese día espera a las puertas de la casa de Los Capitanes Generales. El guía se retrasa y la ruta teatralizada peligra para desconcierto de los allí convocados. La señorita que se encuentra tras el mostrador  se incomoda ante los insistentes requerimientos de un delegado de Huawei España y hace una llamada. El concejal al otro lado del teléfono, trata de tranquilizarla buscando una alternativa dada la importancia que aquella delegación de empresarios chinos tiene para una ciudad que empieza a sacudirse la rémora de una pertinaz crisis. Quince minutos después la comitiva se pone  en marcha bajo las indicaciones de un hombre vestido con ricas telas acordes a la burguesía del siglo XVIII.

  Mey-Yin se despereza de su apatía cuando el caballero de cara larga, angulosa, y apenas uno sesenta y cinco de estatura, le guiña un ojo. Parecía que aquel viaje navideño impuesto por su padre no iba a finalizar tan tedioso como había comenzado.

— Me llamo Amaro Rodríguez Felipe y Tejera Machado, más conocido como Amaro Pargo, corsario para mis compatriotas y pirata para mis enemigos, comerciante español nacido en esta villa de San Cristóbal de la Laguna, el 3 de mayo de 1678.  He sido perseguido por la justicia y alabado por mis paisanos, duro en la mar pero defensor de los humildes, caballero hijodalgo poseedor de certificado real de nobleza y armas. Hoy seré vuestro guía por los lugares de notable interés de esta ciudad. Nuestra visita comenzará en la que fuera Plaza Mayor de la villa fundada por el adelantado Alonso Fernández de Lugo a finales del siglo XV.

  Mientras comienza su interpretación, las pesadas nubes que habían salpicado de lloviznas la semana abren paso a un cielo límpido que invita al ajetreo habitual de las calles peatonales. Urgidos de quehaceres unos, y distendidos otros, ocupan entre charlas livianas las terrazas de las cafeterías bajo los blancos parasoles. A lo lejos ventean bajo su templete, las campanas de la torre de La Concepción y la pequeña ciudad se perfuma del café primero.

   Aquel casco histórico diseñado con instrumentos de navegación marítima y a cordel, con un  trazado en forma de cuadrícula exportado a Hispanoamérica durante la colonización, de calles habitadas por viejas casonas y palacetes con fachadas de intensos colores o pórticos de piedra, inalterable desde finales del siglo XV, sorprende a los turistas y a la joven Mey-Yin que no deja de observar con picardía a aquel hombre delgado pero recio, de mirada vehemente y edad indefinida. El interés se acentúa bajo los ajimeces del Convento de Santa Catalina de Siena, cuando alguien pregunta qué hubo de cierto en la relación amorosa mantenida por Amaro Pargo y Sor María de Jesús, "La Siervita", cuyo cuerpo incorrupto pudo contemplar en una ocasión. El corsario relata sus peripecias por la carrera de  Indias con su flota de barcos, habla de la fortuna alcanzada y de sus  profundas convicciones religiosas, de sus generosas obras de caridad y de la especial reverencia que profesó por Sor María de Jesús, pero deja aquella pregunta sin responder tras una sonrisa cómplice que no pasa inadvertida.

   Prosiguen el agradable paseo por las calles San Agustín, Carrera o Herradores visitando iglesias, conventos, museos y palacios que les cautivan por la riqueza cultural e histórica de aquella ciudad humanista adelantada a su tiempo, no exenta de anécdotas y fantasmas.

   Jian no quita ojo de su hija, más interesada en las lisonjas del guía que en sus instructivos comentarios y lamenta una vez más la educación occidental que había elegido para Mey-Yin. Aquellas costumbres  laxas no eran propias del respeto heredado de sus antepasados. La joven empecatada, toma apuntes en un pequeño cuaderno tratando de acercarse lo más posible al singular pirata.

   Después de una hora, el recorrido termina donde había comenzado. Amaro Pargo agradece el interés de la delegación y con una estudiada reverencia se despide del grupo. Mey-Yin le estrecha la mano con gesto agradecido pasándole con cuidado disimulo una pequeña nota. El corsario le regala una sonrisa y dirige sus pasos parsimoniosos hacia la Plaza del Adelantado perdiéndose entre las calles aledañas.

   Mientras el grupo se dirige a un restaurante antes de su partida hacia el aeropuerto, la joven da un respingo lamentando haber olvidado su teléfono en el puesto de información y turismo. Echa a correr antes de que su padre pretenda acompañarla, justo a tiempo de vislumbrar a lo lejos la silueta del guía que entra en una iglesia contigua a la oficina de correos.

   La bella puerta  plateresca le abre paso al solitario recogimiento del templo. Bajo la opacidad de la techumbre a cuatro aguas, una tenue luz franquea las pequeñas vidrieras creando espectrales movimientos en los frescos que cubren la casi totalidad de las paredes. Una pequeña hoja de papel cuidadosamente doblada y abandonada en el suelo le hace reparar en la tumba que pisan sus pies. Muestra, gravados sobre el mármol, un escudo de armas y una calavera con dos tibias cruzadas que guiña un ojo, y a su alrededor una inscripción desdibujada en la que lee: "Esta sepoltura y entierro es de don Juan Rodríguez Phelipe y de doña Beatris Texera Machado y de sus decendies y  erederos paternos (.... ) en el año del señor de 1715".

  Mei-Yin reconoce la pequeña nota donde había escrito al corsario su número de teléfono minutos antes.

Ciudad 2.0, por CUSTODIO TEJADA.




Disecciono un ordenador en mi mesa

de trabajo como a un insecto.

La placa base me recuerda

una ciudad en miniatura

con sus farolas y edificios

y sus calles desiertas

a la espera del tránsito y el jaleo

de las horas más concurridas

donde la multitud virtual

hecha de ceros y unos nos muestra

el desapego y la prisa de las horas.

Autopistas de cables que llevan

y traen de una realidad a otra

paralela en un clic. Interjección

que se hace lamento.

Una pantalla táctil es el signo

de los tiempos: vivir en el líquido

amniótico de un disco duro,

Ciudad 2.0, una globalización

de ciudadanos con foto pero sin rostro,

apariencia más allá de la apariencia,

el feudo nuevo de lo incierto

y lo tecnológico. Otro mundo

igual de verdadero.