La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 15 de diciembre de 2016

Confesiones en el abismo, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS



                                                                  "El exilio, cualquier exilio, es el comienzo de otra historia".             
                                                                                                                             MARIO BENEDETTI

Narcoticé los vértigos
hasta no conseguir disimularlos,
hasta hacer evidente
unas alas quebradas
con querencia a la tierra.
La cita a ciegas fue con el abismo,
con la mano de aquel niño invencible,
conquistador de cúspides e higueras
al que tuve que asirme
para no despeñar mi cobardía
víctima de la voz que envuelve al eco
con esa adrenalina reseca en la garganta.
Mi destino es tan viejo como el mundo al que odiáis,
como esa oración en la culata
a la que recurrís
solo cuando el cansancio os desmantela.
Dicen que soy el ángel que os guarda
pero he de advertiros que no tengo un buen día.


In nomine patris, por GLORIA ACOSTA.

M.C. ESCHER. LÍMITE CIRCULAR IV, CIELO E INFIERNO
IN NOMINE PATRIS

" No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos sin saberlo, hospedaron ángeles" (Hebreos 13:2)
“ Sed sobrios, porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar ” (1 Pedro 5:8)
" Es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo " (John Milton: El paraíso perdido)


Algunos inocentes son llamados a transferir los confines de la bondad para moverse entre la iniquidad sórdida que la ignorancia arroja sobre su frágil candidez. Nuestras luces y sombras  respiran el mismo hálito; conviven cediéndose el turno hasta que una de ellas sucumbe de forma inexorable. Así lo pude comprobar aquel lento invierno en que el destino quiso poner a prueba mi recién estrenada profesión en una escuela unitaria del norte.
   Claros y nieblas empolvaban aquellos días, que ahora trato de traer a mi memoria, sacudiéndolos de la ensoñación propia de las trampas del tiempo. Los primeros aires del otoño me removieron con el desconcierto de quien estrena el ropaje de una independencia tan deseada como temida. De repente se abre a tus pies el vértigo de un vacío al constatar que el valor o la cobardía de una decisión dejan un vestigio del que sólo tú eres responsable. El otro lado de esa inquietud lo suavizó en aquel tiempo, el dormir sereno que confiere la estabilidad económica.
   Transcurrieron rápido los primeros meses, entre mudanzas, clases, paseos y visitas vecinales. La pequeña escuela brillaba por la calidez humana de quienes aprendían en ella, contrarrestada por la escasez de cualquier material que se considerara un lujo superfluo.   
   Pronto perdí el estatus de novedad, hecho que agradecí sobremanera.
   Las mañanas se deslizaban al compás de libros y pizarras y las tardes, cada vez más cortas se acoplaban a la rutina de las nuevas amistades, donde las labores del hogar constituían una prolongación a las tareas del campo.
   El orden consustancial a los naturales acontecimientos jamás se altera en un pueblo rural de medianías, quizá sea ese el secreto de la serenidad de sus gentes; todo ocupa un espacio y un tiempo establecidos, acorde al ritmo que marca la tierra de labranza o el pastoreo de los animales. Incluso sus rarezas forman parte del paisaje, y ésta fue la primera nota disonante de aquel invierno, mi encuentro con Genaro.
   El día se había despertado soleado y libretas en mano llevé a mis ocho alumnos a pintar del natural. Primero fue un tintineo de atarecos que se acercaba y mas tarde la pequeña comitiva de cabras seguidas por el perro que rondaba alrededor reuniéndolas con maestría. Entre el fulgor de los  haces de luz que se colaban por el ramaje del inmenso castaño, apareció su imponente figura. A medida que se acercaba se definían sus rasgos, marcadamente masculinos, en una piel morena y curtida con profusas arrugas que no restaban belleza al semblante. Su mirada atravesaba el corto espacio que ya nos separaba cargada de una turbadora  atemporalidad. Se paró a nuestro lado y sin mediar palabra empezó a ordeñar un animal y me cedió el cazo. Me puse en pie agradeciendo el gesto y tratando de rehusar el ofrecimiento, pero fue en vano. Golpeaba con suavidad mi brazo en silencio, apremiando para que bebiera. El olor intenso de la leche impactó en mi nariz, pero el sabor tibio del líquido cayó en mi estómago con creciente gratitud. A continuación repitió el gesto con Joaquín, con Naira y con todos los que allí se encontraban abrazados a sus piernas, entre jolgorio y risas infantiles. Como vino, se fue.
— ¿Quién es?—pregunté.
— El hijo de doña Fermina, la que limpia el colegio.
— ¿Por qué no habla? ¿es mudo?
— No señorita, habla muchas lenguas. Su madre dice que es un ángel y por eso sabe idiomas sin estudiar.
   Se sucedieron a partir de ese día los encuentros con Genaro, y en todos fui testigo de la adoración que despertaba entre sus vecinos, que daban palmadas en su espalda mientras le repartían caramelos y cigarrillos. Las jóvenes cuchicheaban en la plaza cuando él se sentaba en la terraza a tomar su cuarta de vino.
— Seguro  que ha hecho un pacto con el diablo para tener tan grande  la...
— Schsss, calla Lidia, no seas  vulgar—le recriminé.
— Bueno, hablemos  entonces de las bondades de su miembro viril.
    Y entre risas comentaban cómo alegraba las noches de algunas solteronas.    
     Pronto dejé de dar crédito a ciertas historias de las que unos y otros, llevados por la confianza que depositaban en mí, me hacían partícipe y empecé a considerarlas meras supersticiones de pueblo.

    La tarde que rompió la quietud de aquellos meses se desdibuja como los sueños que escapan con las primeras luces del alba. La puerta de la casa de Matilde se encontraba entreabierta. Ese día no había ido a trabajar y quise interesarme por su salud. Abrí apenas y la llamé. Al instante me llegaron unos extraños gemidos guturales que fueron en aumento. Unos golpes sacudían las paredes. La niebla ensombrecía la casa que aún no tenía las luces encendidas y sentí miedo. Imágenes inoportunas sembradas en una infancia timorata acudieron a raudales. Llamé de nuevo pero nadie respondió. Me atreví a seguir los sonidos que llegaban del fondo, y a medida que me acercaba empecé a percibir de forma clara, voces que bisbiseaban extrañas palabras que no se parecían a nada que hubiera escuchado antes. De repente lo vi. Tumbado en la cama, Genaro se revolvía con espasmos que convulsionaban su cuerpo en un terrible frenesí, lanzando al suelo todo lo que tenía a su alcance. De su boca salía una espesa espuma y sus ojos se perdían en las cuencas de una mirada blanca y fantasmal. Mi primer impulso fue salir corriendo, pero el subconsciente me instó a ponerlo de costado y retirar los objetos que tenía alrededor; después de un tiempo que me pareció  eterno fue recuperando la tranquilidad, para acabar dormido en un sueño agitado y febril. En ese momento Fermina, apesadumbrada, entró en la casa seguida de don Juan, el párroco. Ante mi estado de aturdimiento me cogió las manos y me dio las gracias. Las piernas no me sostenían cuando salí de la casa y me senté sofocada en el porche. La conversación que mantuvieron dentro, me llegó de forma inconexa pero algunas palabras resultaron reveladoras.
— Fermina, te dije que tenías que poner remedio a esto. No va a parar si no...déjame hacerlo.
— Mi pobre hijo, ¿por qué … si es un alma de Dios?
— Solo el exorcismo puede...
  Ella no paraba de llorar y yo no paré de correr.

   Los últimos días del curso llenaron de quehaceres los espacios que mi mente trataba de sabotear para crear un tenebroso mundo paralelo, cubriéndolos de cordura y persuadiéndome de que aquella conversación, que al fin olvidé cuando el avión me alejó de la isla, sólo había sido producto del desasosiego del momento.
  Seguí manteniendo contacto con algunas amigas del pueblo. Sus cartas desgranaban las pocas novedades que sacudían los cimientos de aquellos tranquilos caseríos. Una de ellas, a pesar del tono humorístico que siempre utilizaba Lidia al escribir, me estremeció.

“ ...Te alegrará saber que a  Genaro lo ha visto un médico de la capital y se ha recuperado de aquella rara enfermedad. El suceso más comentado es  la costumbre que tiene de un tiempo a esta parte el cura, de hablar en unos idiomas que nadie entiende. A veces se le escapan unas palabras raras con una voz peculiar  cuando está dando misa; pero a él parece no importarle, al contrario, ahora siempre está de buen humor. Las solteronas dicen que le ha crecido el miembro viril. Ellas sabrán…”





El Ángel Caído, por F. JAVIER FRANCO.


(Estatua en el Parque del Retiro, de Ricardo Bellver)

“Por su orgullo cae arrojado del cielo con toda su legión de ángeles rebeldes para no volver a él nunca jamás. Agita sus miradas alrededor y, blasfemo, las fija en la bóveda celeste, reflejándose en ellas el dolor más profundo, la consternación más grande, la soberbia más funesta y el odio más pertinaz.”
John Milton. El paraíso perdido. 

Escondido, perdido, retirado
–entre el cántico de los pájaros,
suspirando aire balsámico
de las arboledas del paraíso,
presidiendo sobre un túmulo
la humanidad pululante que,
en un desliz de fe de musarañas,
para y observa atónita
la belleza de quién una vez
se enfrentó a su dios–
no acierta a entender por qué
pugna contra una serpiente 
que le retuerce sus hermosas,
musculadas piernas.
La sierpe no es él,
medita con su soledad de bronce:
¿quién muere a los pies 
de la doncella inmaculada?
Retorcido por el dolor
no espera alivio de quienes
lo admiran pero ignoran su demanda,
nadie podrá librarlo del suplicio.
¿Qué suplicio es mayor:
Sentirse aún bello y despojado…
Saber que las serpientes
no son súbditos sino verdugo…
Pensar que los hombres con sus miradas
todavía lo admiran,
pero por un instante olvidan el poder
que dicen que retuvo…?
¡Qué osadía!
Saberse sólo una estatua
del más bello de los ángeles,
conservar la belleza tras la caída,
y abajo,
bajo sus pies,
saber que,
sin levantar la vista,
los hombres, los imperfectos hombres,
sólo reconocen su imagen
en los monstruos
–quizá el alma que aún retiene–
que sostienen su trono.
Pero, no, 
se siente imposible,
¡cómo manar agua clara
de las fauces que han de escupir fuego!
El paraíso perdido
no lo es porque se fue,
no,
lo es porque está escondido,
retirado,
para presidirlo y no poder vivirlo.
Al fin y al cabo,
su caída ha determinado
castigar su belleza 
en estatua de bronce. 

El exilio de los ángeles, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN



Expulsados del paraíso,
nos sabremos frágiles, al fin mortales,
nuestra carne se curtirá con los días
y nuestras alas quedarán desnudas
como astas gigantes de un venado.

Una trompeta anunciará nuestro destierro,
nos arrojará al mundo,
a la espiral flamígera de la incertidumbre.

Sabremos, entonces,
de la melancolía,
como un violín maullando
al borde de la memoria.

Hombres debatiéndose,
presas del contrasentido,
luchando con el llanto
en los días aciagos,
donde una gaita lejana,
arrastrará el recuerdo
de la inmortalidad perdida.

El mosquito en el frasco, por JULIA GARCÍA NAVARRO.


La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo.”
Augusto Monterroso.


Los focos deslumbran la escena al abrirse el telón.

Estoy ahí, pero el golpe de efecto de mi disfraz de demonio se desmorona porque no lo encuentro por ninguna parte ni suena la melodía que ameniza mi entrada y quedo ridícula, desnuda en el centro del escenario. Bailo con el silencio, aburriendo a mi público. Son burgueses de bigotes prusianos y prominentes estómagos, que se ausentan mentalmente entre bostezos.  Es terrible leer sus pensamientos, replicando palabras obscenas, en una cadena sin fin. Están cabreados porque no les entretengo y ni siquiera les excito; entre tanto chasco terminan por echar de menos a sus esposas y las llaman usando teléfonos de baquelita que encuentran sobre mesillas redondas; los artilugios de hablar con las familias siempre están ahí, activos para que los clientes del garito puedan suplicar que vengan a salvarlos.

Las mujeres llegan en tropel; despeinadas como si hubieran acampado en el hall del night club durante años. La última en entrar olvida cerrar las cortinas de terciopelo raido y deja que una invitada inoportuna se cuele en la sala; Luz de sol es cruel y trae un espejo, profusamente decorado en oro, que me enfrenta a mi propio reflejo; tan vieja y tan desnuda como estoy.

En el atiborrado patio de butacas las recién llegadas se sientan con sus parejas y abren las cestas de picnic que siempre llevan a cuestas.  Una mujer bendice su pan y otra hace un mohín por el sabor mediocre de una salsa pero a los hombres nada de eso les importa; engullen pulcras cuñas de tortilla de patatas y hacen oídos sordos si ellas cuchichean a sus espaldas.

Las esposas repiten frases triviales en una eternidad tan estrecha que me provoca arcadas; vomito los restos de mi ira en forma de lava selectiva que las abrasa hasta convertirlas en estatuas de ceniza. 

Ellos no se inmutan; prosiguen degustando licores y como me olvidaron al llegar ellas,  las olvidan a ellas al llegar el turno de las copas.

Pero la mirada de un hombre persiste sobre mí: el que nos paga por trabajar aquí pulsa el botón de la música y apaga focos para observarme a oscuras desde su palco. Los espectadores no le ven tomando decisiones, pero yo sé que es él quien enciende las luminarias antes de tiempo o quien las apaga al poner la música para convertir las escenas en esperpentos. Quiere que sufra y sufre al desearme; lo sé porque su nariz está roja y se hincha brillando como un globo que revienta y me rocía con babas asquerosas. Los labios de su rostro contrahecho siguen a la nariz, y parecen palomitas de azúcar rojo a punto de estallar en una sartén.

Después vendrán sus manos y si permanezco en escena lo suficiente llegará el turno a su pene.

Pero hoy hace algo distinto y me lanza el disfraz de demonio que suelo vestir en escena y también uno de ángel dorado, que nunca antes había visto. Me ordena que elija y me lo ponga. Siento que quiero ser un ángel por esta noche y cuando lo rozo se desvanece como humo bajo mis dedos.

Corro desesperada hacia el patio de butacas, porque no sabía que odiaba el disfraz de Lucifer, pero él pulsa el botón y quedo atrapada en el centro de un telón de cristal; fundida cómo un mosquito atrapado en la gota de ámbar.

El público aplaude entusiasmado; tanto ruido hacen que quisiera tapar los oídos de la mujer prendida, para que no me duelan.


***


El despertador suena, interrumpiendo el sueño que últimamente me acompaña insistente entre las sabanas. Hoy no me levanto y no me aseo; tampoco desayuno aprisa, para desafiar la luna encendida y vencer a la hora punta.

Este amanecer es diferente; tomo el ordenador, inmutable compañero insomne de cama, y escribo:


“Queridos todos:

He pasado media vida con vosotros en esta empresa. Habéis sido parte importante de mí, en realidad lo erais todo para mí.

Pero hoy finaliza el trayecto.

Soy libre de ser libre y doy por terminado el acto, sin pasar por caja.

El mosquito escapó del frasco.


Fdo. Elena

Del Infierno al cielo, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.



Esa noche, en El Infierno, nos bebimos hasta el agua de los floreros. Los matemáticos quisieron llevar la cuenta de las rondas, por esa manía suya de sumar cualquier cifra u objeto, ya sean canastos de manzanas o bolas chinas, pero, a la larga, perdieron los papeles y hasta el ripio, como todos.

            Que a mí me van los hombres, es algo consabido. Que no me comía un rosco desde tiempo inmemorial, también era vox populi.

            No sería por no intentarlo.

            En este y otros sentidos, me considero a mí mismo un descendiente de los sabios helenos. Genética y hepáticamente degradado, eso sí.

            Aunque aún me dura la cogorza, no les voy a mentir. Cuestiono que los borrachos digan siempre la verdad. Es más, cuestiono la verdad. ¿Qué coño es eso de la verdad? A ver, que alguien me lo explique…

            ¡Joder, qué sed! … ¡Madre mía, qué buena está el agua!

            Desbarro, ya lo sé.

            ¿Qué decía? Ah, los grandes pensadores atenienses. Ellos sí sabían de qué iba todo esto. En cambio yo no tengo ni puta idea de griego, y eso que estudié dos años en el instituto (en tercero y en COU, que alguno no sabrá ni qué significan estas siglas).

            Prosigo, que pierdo el hilo. Ellos, los filósofos, no tenían complejos. Ni pelos en la lengua. Aprovecho mis residuos de embriaguez para quejarme de los crueles chismorreos pueblerinos. Francamente, me toca los cojones ese ambiente constreñido. Por eso, y por otras mil razones que no vienen al caso, elegí una gran ciudad para vivir. ¿Elegí? ¿Pero acaso elegimos algo?... Bueno, a Paco, mi último novio, quiero creer que lo escogí yo, pero esta resaca del copón me impide pensar con claridad.

            Vuelvo a la noche de marras porque si no… El caso es que, en mitad de la jarana, apareció en El Infierno un tío guapísimo; rubiales con carita de angelote. Yo ya tenía el puntillo, pero controlaba la realidad e incluso las dimensiones del garito. El caso es que el chico vino directo hacia mí, y yo quedé sin habla. Luego se quitó la cazadora y unas alas de plumón se desplegaron en su espalda, tan blancas como nieve sin pisar. Vestía de rosa chicle.

            Los demás bailaban y bebían como si no hubiera mañana, y se partían de la risa ante la escena. Es más, se descojonaban. No eran conscientes del milagro, o acaso lo achacaban a los porros y al alcohol.

            Pero a mí se me abrió el cielo. Chamuel era su nombre. ¡Qué ojazos!

            Luego, todo fue como la seda, mejor que un sueño.

            Como ya he dicho, nos pusimos hasta el culo de cubatas. Los posos de tamaña melopea hacen que aún dude de todo, que no crea mi actual felicidad.

            Las palabras del arcángel aún resuenan como nanas a un bebé. ¿Yo, un ángel despeñado, rescatado por sus brazos y sus labios? ¿Alzado al Cielo nuevamente…?

*          *          *

            Sí, ahora vivo en el Cielo, y he vuelto a estudiar. Poco a poco voy recordando mi pasado en este sitio tan tranquilo. Todo se lo debo a Chamuel, mi nuevo novio, mi arcángel del amor.

           

            No he vuelto a probar la ginebra ni el orujo. La maría me produce un revoltijo en el estómago cual larvas de mezcal entre mis tripas.

            Sólo un vicio me esclaviza en esta vida: amor y más amor.

Llamador de Ángeles, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



Virginia Morgan había cerrado las ventanas de su casa con el firme propósito de no volverlas a abrir. Cansada de tanto desatino y sufrimiento, aquel día decidió poner fin a todo encerrándose de por vida -¡basta!, se había dicho a sí misma mientras cerraba la puerta de su casa de un portazo rotundo-. Jugueteó un instante con un colgante que siempre llevaba puesto y al que tenía aprecio, se tendió en la cama y allí, inmersa en la oscuridad de su habitación quedó dormida.
Pasadas varias semanas, unos vecinos dieron la voz de alarma, pues nadie entraba ni salía desde hacía días. Dentro se escuchaban,  sin embargo, llamadas o tonos de teléfono y extraños sonidos como tintineos de cascabel. Alarmados sus familiares, finalmente, tomaron cartas en el asunto. La policía sólo encontró esta extraña nota encima de su cama.

“He debido perder la razón, enloquecida por este horrible viento que nos azota día y noche. Las nubes parecen viajar siempre en dirección noreste. El mar se ha secado de tanto perdurar. Es todo tan extraño. Hemos encontrado dos veleros encallados en el fondo de arena. Las conchas marinas castañetean como crótalos y vuelan sonoras hasta ir a estrellarse contra las rocas. Caminamos sin descanso, capitaneados por un enigmático guerrero coronado de laurel, cabalga a la cabeza de la gran hilera de supervivientes, junto al rinoceronte sagrado que porta, todavía, un cáliz de sangre. Un grupo rezagado de amazonas le vigilan recelosas. Donde antes hubo plancton marino ahora crecen inmensos árboles que casi tocan el cielo, son los árboles luciérnaga, les llaman de este modo porque se iluminan al anochecer debido a los restos de una sustancia química que quedó impregnada en ellos tras la guerra definitiva. Al fin hemos acampado dispersos y agotados y no dejo de preguntarme cómo he llegado hasta aquí. El frío me hace tiritar constantemente aun envuelta en mis pieles. El silencio sobrecogedor lo envuelve todo. Llega de la lejanía un sonido cristalino, apenas suspendido en el aire, como cuando un colibrí liba preciso una flor. Es algo semejante al sonido de un cascabel.
Puedo ver cómo giran las horas en la espiral vertiginosa del infinito. Alguien da aviso de que al fin hemos llegado a nuestro destino. Me dicen que esta es la tierra de un ser escindido, ahora alguien me lleva hasta él, nos acercamos camuflados en la oscuridad mientras todos duermen. Su sola presencia provoca en mi ánimo un deslumbramiento de oro. Quedo inmóvil y maravillada ante este ser poderoso, su torso como de bronce bruñido me acoge con un abrazo. Ataviado como un antiguo guerrero bárbaro porta una magnífica espada labrada y refulgente.  No temas, has llegado al nuevo horizonte, me dice. Después me muestra la aurora boreal, el flujo y reflujo de las constelaciones. Cae la nieve y descubre para mí el secreto del universo, la hermética geometría de los fractales. Ya no siento frío. La ciudad transparente se prende  bajo el resplandor de una estrella trizada. Todos duermen ahora, algunos balbucean con la mirada perdida. Una anciana se alimenta con carnosas flores amarillas. ¿Qué será de mí ahora? Él no responde, únicamente acaricia mi cabello, siento que los párpados me pesan…”

Junto a este manuscrito se encontró también una joya conocida como “Llamador de ángeles” y una especie de caracola apenas de un centímetro de tamaño conocida científicamente como “Orculella bulgárica”, actualmente en peligro de extinción.


A Virginia Morgan se la dio por desaparecida, nunca fue encontrada, ni viva, ni muerta.