La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 15 de mayo de 2018

LA BESTIA DESCONOCIDA, por Eduardo Moreno Alarcón


A José Fajardo, que me contó esta historia

Nunca supo el secreto. El abuelo se murió mientras volvía con el rebaño. Mi padre y yo lo encontramos tendido en un sestero, sin la boina, muy cerca de la Fuente de la Parra. Pobre abuelo. Yo creía que dormía. Se estaba tan a gusto a la sombrica de la encina… Pero no era hora de siesta, y él no se tumbaba boca abajo… Ay, me pregunto qué cara habría puesto; qué hubiera dicho si supiera la verdad…  
Él fue quien vio las huellas por primera vez.
Me acuerdo como si fuera ayer. Era un día nublado, de fresco agradable, de esos de abril en que da gusto madrugar (como no soy camastrón, no me importa levantarme con los gallos). En cuanto abrí el ojo, me vestí y desayuné. El pan con aceite me supo a gloria. Antes de salir, para entrar en calorcillo, arrimé el cuerpo a la lumbre (en casa nunca se apaga).
Luego me puse a la faena.
Afuera, la hierba del corral estaba empapada. «Ha chispeao un poquillo esta noche; cuatro gotas na más», dijo mi padre. Se conoce que dormí como un bendito: ni me enteré.
Como digo, esa mañana había neblina. El Prao y el Pico, los dos picachos que resguardan nuestra aldea, ni se veían (y mira que son grandes). Entré en la cuadra a por la mula, le aferré los serones y embutí los cántaros vacíos. Raro es el día que no salgo a por agua. Eché a andar hacia la fuente, sin sujetar al animal, pues ya se sabe de memoria el recorrido, y aunque mula, es bien lista y obediente. Los almendros estaban en flor. Olía de maravilla, como si metes la nariz en un tarro de miel. De paso, saqué mi navaja y cogí collejas de un ribazo. Había para hartarse. A mis padres les encantan. Bueno, y a mí también.
Volvíamos a la aldea cuando el abuelo me llamó. ¡Vaya susto me llevé! Venía con cara rara, blanco de más.  
—¿Qué pasa, abuelo?
Se rascó la calva bajo la boina, así como pensativo. Me preguntó:
—¿Tu padre está en el huerto?
—Sí. Vamos, a no ser que le haya dado un apretón.
Se rió, pero sólo un poco. Se conoce que rumiaba algún problema.
—Dile que lo espero en Royo Odrea, que quiero que vea una cosa.
—¿Y qué cosa es esa? ¿Puedo ir yo también?
A veces soy un poco impulsivo. Lo dije así, de sopetón. Pensé que el abuelo, como estaba tan serio, iba a echarme un rapapolvo, pero no. En vez de eso, sonrió. Me revolvió el pelo y dijo:
—Ay, Tomasín, menudo pieza estás hecho. Anda, lleva el agua a casa y haz lo que te digo, ¡date prisa!
Qué bueno era el abuelo. Cuánto me acuerdo de él.
Me dejó acompañarlos. Mi padre refunfuño un poco, pero no se opuso porque obedecía siempre al abuelo.
Trepamos monte arriba, y luego descendimos hasta el valle que riega el río Mundo. ¡Las vistas desde lo alto son preciosas! ¡Las mejores vistas del Mundo, je je…! Por el camino encontramos un nido de golondrina, de esos que tienen forma de botella. Al fin llegamos al lugar. Era un sitio de paso. Por allí cruzaba muchas veces el ganado. En la tierra, había un surco de huellas muy extrañas. Mi boca era una O.
—¿Tú sabes qué animal deja estas marcas? —la pregunta, claro está, no iba para mí. Igualito que mi abuelo, mi padre parecía desconcertado.
—No tengo ni idea, Virgilio. Es la primera vez que veo una cosa así.
Esas pisadas me dejaron boquiabierto y amoscado. Eran rarísimas. ¿Qué clase de bestia se ocultaba en Royo Odrea?
Lo reconozco, los días siguientes no dormí tan del tirón. Me parece que hasta tuve algunos sueños de cagarse.

Sería a la semana más o menos. El domingo por la tarde, mi padre se fue a echar la partida al bar de Avelino. Entre orujos y cigarros, contó el misterio a sus amigos, por si alguno podía darle alguna pista. Y fue Lorenzo, el boticario, el que dijo de ir a verlas.
Y allí que se plantaron otra vez.
Y al ver aquellas huellas, Lorenzo voceó:
—¡Coño, Marcelo! ¡Esto no lo ha hecho ningún animal! Estas marcas son de máquina, de ruedas de automóvil. Vi algunos cuando estuve en Albacete.


El SECRETO DE ELMER, por Pedro Pastor Sánchez.



Nunca supo el secreto.
Por más que trató de averiguar el porqué de aquel comportamiento errático de su marido, Rose no consiguió jamás saberlo.
En un principio, achacó el cambio en sus hábitos a que se estaba adaptando a su recién estrenada jubilación. Había pasado de estar todo el santo día, de arriba abajo, realizando el reparto postal por media ciudad, a disponer de todo el tiempo del mundo para dedicarse a su gran pasión: la jardinería. Esos primeros meses, tras el merecido retiro, los pasó remodelando por completo el pequeño jardín que había ido cultivando durante años frente a su casa, situada en el campo, a escasas millas de la pequeña población. Colocó la vieja bicicleta, que le había servido de medio de locomoción, en un lugar prominente, rodeada de coloridas petunias y azucenas. Colgando del manillar, la gran cartera de piel que le acompañó durante tantos años, pegada a su espalda. Todo ello bajo la protección de un pequeño soportal, con tejadillo de pizarra, que la preservaba de las inclemencias del tiempo.
Vivieron apaciblemente, y por fin pudieron hacer ese viaje que ella tanto tiempo había estado reclamando, hacía mucho que no viajaban juntos. Aprovecharon su incursión en la costa para visitar a su hija Mary, que vivía con su marido Jordan al sur de la bahía. A Rose le hubiese gustado tener nietos, le encantaban los niños. Todavía recordaba con cariño los años que se dedicó a la docencia en aquel pueblecito del interior del país, hasta que aquel día agosteño, de vacaciones en la playa, conoció a Elmer y renunció a todo para estar con él. De no haberlo hecho, seguramente la distancia que separaba sus domicilios hubiera sido la losa bajo la que hubiesen enterrado su incipiente relación.
De repente, las prioridades de Elmer empezaron cambiar. Si bien parecía que durante ese tiempo había perdido apego a las calles que tanto había pateado durante su vida laboral, una mañana, en concreto un lunes, bien temprano, con la excusa de ir a comprar unas semillas, se fue por el camino hasta el cruce, y enfiló la carretera. Lo extraño fue que, en lugar de subir al autobús ―no volvió a utilizar su viejo Cadillac desde que tuvo un susto, un breve desvanecimiento, y se salió de la carretera, sin mayores consecuencias― cogió su vieja bicicleta, retirándola del florido pedestal, y a pedaladas hizo el trayecto. Apuró su regreso hasta la hora de la comida, volviendo con las manos vacías. En esta ocasión, no encontró la variedad de flores que buscaba, le dijo.
Ese mismo ritual lo hizo durante toda la semana, de lunes a viernes, poniendo cada día una excusa distinta para justificar su traslado a la ciudad. Elmer nunca fue un hombre muy elocuente, al contrario, costaba arrancarle una frase. Todo lo contrario que Rose, tal vez por eso se complementaban tan bien, la una necesitaba de una audiencia fiel, el otro se alimentaba de las historias que le contaba. Pero este distanciamiento repentino le creaba a Rose un gran desasosiego, y así se lo hizo saber a su hija en conversaciones telefónicas, la cual trató de quitarle importancia.
Esta rutina la mantuvo a la semana siguiente, así que el miércoles ya no pudo contener más su curiosidad, y le preguntó abiertamente.
―¿A dónde vas hoy?― inquirió con tono áspero.
―Necesito alguna herramienta para el jardín―le respondió Elmer mientras ajustaba la pequeña canasta a la parte posterior de la bicicleta―. Se me ha roto el rastrillo pequeño, y los guantes ya están destrozados, toca reponerlos.
―Si quieres te traigo lo que necesites. Yo también tengo que ir a la ciudad, me he quedado sin azúcar y quiero hacer ese bizcocho que tanto te gusta― se ofreció, fijando la mirada directamente en su pupila.
―Oh, vaya...gracias― respondió Elmer vacilante― pero es que también quisiera hablar con Joe, su hijo me dijo que se encontraba algo peor. Si quieres, te evito el viaje y lo traigo yo. ¿Cuánto necesitas?
Minutos mas tarde se marchó con el dulce encargo, a pesar de que la despensa rebosaba de azúcar, mientras el amargor recorría la garganta de Rose. No estaba dispuesta a seguir así, sin respuestas. Quitó la lona del coche y con cierto nerviosismo se dirigió a la carretera. Cuando llegó al stop del cruce y se detuvo, los rayos del sol mañanero la deslumbraron por un segundo, pasando al mismo tiempo por su cabeza la fugaz idea de volver a casa. Era absurdo lo que estaba haciendo, vigilando a su marido, nunca le había dado razones para desconfiar. El estridente pitido de una furgoneta que estaba siendo rebasada por un bólido rojo, justo en ese punto donde todavía la línea era continua, borró este pensamiento, y finalmente se incorporó a la vía.
Se dedicó a recorrer con parsimonia las calles. Elmer no se encontraría demasiado lejos de su bicicleta. Y así fue, la halló atada a una farola, justo en la puerta del hospital. Parecía que sus miedos eran infundados. Tal y como le había dicho, Elmer estaría visitando a su amigo Joe ―fueron compañeros de armas décadas atrás― del que le constaba que sufría una grave dolencia desde hacía tiempo. No obstante, esperó aparcada a cierta distancia, hasta que vio aparecer a su consorte, que recogió el velocípedo y se dirigió al centro de la población. Lo siguió, ya tenía pensada la excusa que le daría si por un casual Elmer identificaba el vehículo. No fue necesario usarla, a unos pocos metros, frente al Ayuntamiento, Elmer volvió a poner pie a tierra, y se introdujo en el Consistorio. Sin duda cambiaría impresiones con Jim, el alcalde, el hijo de Joe.
Aliviada y a la vez avergonzada por su falta de confianza, decidió aprovechar el viaje para hacer algunas compras. Se apeó y recorrió la zona comercial. Una hora más tarde, con sus brazos cargados de bolsas, volvía hacia el coche cuando de nuevo se encontró con la bicicleta de su marido. Esta vez estaba apoyada en la fachada de la farmacia. Se acercó a la puerta, le enseñaría a Elmer sus adquisiciones, y así podrían volver juntos a casa. Pero cuando se aproximó, a través de las cristaleras pudo ver cómo detrás del mostrador, junto a la entrada de la rebotica, su marido se fundía en un prolongado y efusivo abrazo con la farmaceútica.
Ethel, la farmaceútica. El amor adolescente de Elmer volvía a aparecer en su vida. Rose conocía su historia, él se la contó una vez que, algo embriagados, al principio de su relación, confesaron sus vaivenes amorosos. El tronco de uno de los árboles junto al colegio todavía poseía la marca indeleble de aquel amor prematuro que Elmer marcó con su navaja. Pero la vida les llevó por derroteros distintos. Aunque claro, ahora que era viuda, podía volver a llenar su corazón con los rescoldos que quedaran de su párvulo amor.
Volvió al coche con los nervios agarrados al estomágo y flojera en las piernas. Casi se deja un piloto tratando de sacar el Cadillac del aparcamiento, tal era su estado de nervios.
Para cuando Elmer volvió ese día a casa, ella ya había conseguido calmarse. No le dijo nada al respecto, fingió normalidad, y prefirió esperar a ver la excusa que le ponía su marido al día siguiente para volver a la ciudad. Esta vez no la hubo. Muy temprano, Elmer se levantó sin hacer ruido, desayunó frugalmente y con cierta prisa fue al jardín, cortó unas cuantas flores variadas e hizo un colorido ramillete. Lo dispuso en la cesta y partió de casa a golpe de pedal. Rose lo miró desde la ventana de la alcoba. Estaba convencida de que ese ramo estaba destinado a Ethel, pero tenía que estar segura.
El mayor miedo de Elmer era que Rose sufriera. No soportaba la idea de verla lamentarse, por eso, cuando le dieron el diagnóstico, optó por no revelárselo. De todas formas, nada se podía hacer. Según los médicos era ya irreversible, y tan agresivo que era cuestión de poco tiempo que la metástasis empezara a afectar a órganos vitales, reduciendo drásticamente su calidad de vida. Por eso su carrera contrarreloj se centró en dos cosas. Por un lado, despedirse de todos aquellos que le habían demostrado afecto a lo largo de su vida. Como Ethel, con la que siempre mantuvo una hermosa amistad desde la infancia. O Joe, que desgraciadamente estaba pasando por un trance parecido al suyo, y con el que compartió peripecias en la guerra, salvándose la vida mutuamente en más de una ocasión. Por otro lado, dejar como legado algo de lo que Rose se sintiera orgullosa.
Pensó Elmer que su ahijado Jim podría ayudarle con lo que sería su último acto de amor hacia Rose. Ninguna objeción, al contrario, puso a los empleados municipales a su disposición para que en tiempo récord pudieran acondicionar el jardín público junto a la escuela, siguiendo los dictados del cartero. Las flores que portaba aquel día eran precisamente una muestra de las variedades que Elmer había proyectado colocar en el macizo central del jardín, el cual llevaría el nombre de su mujer. Esa era la impronta que pretendía dejar para la posteridad, los dos grandes amores de su vida, su mujer y la jardinería, en un lugar en el que todos sus conciudadanos se sintieran rodeados de embriagadores aromas y belleza.
Pero esa mañana, cuando Elmer acudió a la consulta del oncólogo, recibió el mayor varapalo de su vida, incluso mayor que su funesto diagnóstico. Le avisaron para que acudiera a la sala de urgencias de manera inmediata. Se personó sin saber a que atenerse, confundido por las caras desencajadas del personal que le acompañó al piso inferior. Allí le dieron la noticia del fallecimiento de su mujer, no hacía ni una hora, en accidente de tráfico. Un coche rojo, a toda velocidad, se empotró con el viejo Cadillac cuando éste se incorporaba a la carretera. Todavía por determinar las causas, si por excesiva velocidad del uno, o por imprudencia del otro al haberse saltado la señal de stop. El caso es que Rose no llegaría a ver la placa con su nombre en el jardín que Elmer le quería regalar, a la vista de todos, para demostrarle su amor.

Nunca supo que el motivo por el que Rose estaba ese día en el cruce fueron los celos. Ella murió sin conocer el secreto de Elmer. 

MI SECRETO, por José Antonio Hernández García.



Nunca supo el secreto
ni del mío que me alce,
la fatiga de este desasosiego me asusta.

Acabo de probar mi poema
sin asustar a esta tierra
que me cura en sus alturas,
mientras soy su deriva,
mi secreto es el mismo:

nunca supe de mi valor.

SECRETOS, por Gloria Acosta (Ganador)


imagen: JACQUELINE OSBORN


 Nunca supo el secreto. Veinte años o cinco dan igual cuando la decisión de ocultarlo se toma en el minuto uno. El transcurso del tiempo lo desnuda del halo de inquietud que lo envolvía para vestirlo de cotidianidad. Se olvida su misterio, su opacidad e incluso el dolor insomne que pudo haber ocasionado. Deja de ser secreto, ni siquiera existe.
  Ella lo escuchaba con atención. Observaba sus facciones tan nuevas con aquella barba que le favorecía y a la vez tan familiares y aniñadas. Como un fugaz relámpago sitió la punción de un amor olvidado. El corazón tiene memoria y cualquier chispa consigue por un segundo despertar una reacción física, algo tan insustancial que de inmediato vuelve a perderse en los recovecos del olvido. Le hizo gracia la forma atropellada con la que trataba de ponerla al día de sus logros, la misma con la que exponía de joven sus temas en la facultad en los años donde lo amó en silencio. Por un  instante se abstrajo embebida en la sonoridad de sus palabras tratando de imaginar cómo habría cambiado el rumbo de sus vidas si ella se lo hubiera dicho. Tan libres, tan jóvenes, tan ambiciosos cayendo en el precipicio de lo establecido, en el abandono del objetivo marcado cuando se saludaron por primera vez. Él hubiera renunciado a dirigir la carrera política del presidente y ella vería los reportajes de guerra en las noticias, vendería su cámara y renunciaría al World Press Photo. Puede que incluso la abnegación hubiera sido solo de ella. Podría haber seguido adelante sola, abrir un estudio fotográfico donde plasmar sonrisas de bautismos o comuniones, besos de boda o felicitaciones de aniversario, y luego en casa la implacable presencia del pasado en otro rostro infantil,mientras él escalaría puestos en el periódico hasta conocer al candidato y dirigir su campaña publicitaria hacia la cumbre del éxito. Se preguntó si hubiera sido feliz contándoselo, al menos un poco feliz sin su amor a cambio de su compañía, si el sentido firme de responsabilidad que él siempre tuvo hubiera sostenido los cimientos de un hogar. Le hubiera visto languidecer entre pañales y biberones fingiendo el bienestar del acomodo, forzando una sonrisa de camino a la redacción. Y luego al caer la noche el sofá resistiría el peso de dos cuerpos marchitos, juntos pero lejanos en el punto de encuentro de una cuna.
  La presencia del camarero la sacó de sus pensamientos. Él pagó la cuenta y cada uno tomó su maleta rumbo a destinos opuestos anunciados por megafonía. Un abrazo rápido, estremecido, sin nada que decir. Hasta la próxima, suerte, cuídate, cualquier frase hecha que sonaría mientras se alejaban. Ella rumbo al oeste viendo cómo los cristales del aeropuerto le devolvían la imagen de su cuerpo bello, seco, estéril desde aquel día, aferrada a la cámara de fotos por la que se asomaba al frecuentado inframundo de las balas y la sangre.

Nunca supo el secreto. Por primera vez se preguntó por qué no se lo confesó veinte años atrás. Él la reconoció al instante a pesar de las ojeras y el aspecto cansado. Conservaba aquella belleza salvaje que lo atrapó en la facultad, ahora más hecha, más reposada, más madura. Se acercó a la mesa y la llamó interrogante. Vio en su rostro la duda de un segundo, ese fugaz instante que el cerebro necesita para ordenar cajones ocultos y traer al frente el destello de una mirada, un timbre de voz, una sonrisa a media asta. Cuando se levantó lo envolvió en el perfume del pasado y recordó cuánto la había amado. Se abrazaron eufóricos en el reencuentro y compartieron los minutos que faltaban para una nueva despedida. La felicitó por el reciente premio fotográfico publicado en El Times y le rogó que le pusiera a día con esa capacidad de síntesis que siempre envidió. La escudriñó mientras hablaba tratando de rescatar algún rescoldo de la pasión  que se inflamaba entre sábanas de juventud. Veía sus labios sinuosos y memoraba su humedad recorrerlo despacio. Veinte años sin saber de ella desde que tomó la cámara sin mirar atrás. Siempre lo supo. Era mujer de objetivos claros e inamovibles, como él, pero si ella lo hubiese amado al menos un poco él podría haber desviado su rumbo para vivir a la espera de sus regresos, tal vez una corresponsalía próxima o un puesto fijo en la editorial, cuidando de los hijos que hubiera deseado y buscado. El silencio que salva escollos en momentos de ruido también cava fosas donde ocultar cadáveres incómodos que el tiempo descompondrá en putrefacción y que nadie recordará al pasear sobre la hierba que se abre paso en la superficie. Él también le contó sus logros de forma atropellada. El tiempo se agotaba en la terminal del aeropuerto en combustión rápida e imparable. La notó absorta, con ese rasgo de personalidad que siempre tuvo cuando se metía para dentro, cuando era aún más bella e inaccesible.
La megafonía puso en sus manos el último abrazo, un cuídate y tal vez un hasta la próxima. La vio alejarse mirando absorta a las cristaleras del pasillo. Él rumbo al este, aferrado a su maletín y revisando los mensajes en el buzón de voz.


EL MEJOR SECRETO, por Josefina Martos Peregrín.

 
  
                              
Nunca supo el secreto de aquella tierra. Por más que Gonzalo, el capitán, espiara  amaneceres, el sol no asomaba y, sin embargo, la luz surgía del mar y crecía hasta lo insoportable, hasta la incandescencia última, previa al repentino apagón. Llegaba la noche, súbita como una cortina negra, pesada y recia. Y sólo entonces comenzaba el ruido.
Al silencio total de la costa iluminada sucedía el alboroto de mil vivientes inquietos, la algarabía, el bramido, el chapaleo hueco de cacharros y pisadas.
¿Cómo lo contaría a su señor rey si algún día salía vivo de esta maldita tierra?
Cierto que abundaba el oro, que pepitas y granos se apretaban en las arenas rozadas por el mar, que los frutos crecían copiosos, en especial aquellos encarnados, grandes como naranjas, de sabor semejante al dátil, fortificantes y gustosos; que manaba incansable el agua dulce a la entrada de la cueva. Pero el día no era día y la noche era más que noche, y por mucho que Gonzalo y su gente explorasen en las horas alumbradas contornos y lejanías, no hallaban a nadie, hombre, bestia o espectro, que pudiera causar la zarabanda nocturna.
De los doce que arribaron, sólo quedaban cuatro, porque cada mañana, si “mañana” podía llamarse a aquello—se contaba un hombre menos, un desaparecido más.
“De las nuevas tierras no sólo importa el oro –había proclamado el rey--, importa tanto más conocer su secreto”.

Miró Gonzalo al cielo ardiente; comprendió los ojos asustados de sus compañeros y, tras ordenarles hacer acopio de frutas, agua y oro, proclamó antes de embarcar: “Señor Rey, tenga Vuesa Majestad por el mejor secreto del mundo que nosotros cuatro hayamos conservado la vida”. 

jueves, 19 de abril de 2018

La cofradía de las Cinco llagas de Guadix, reclama en 1594 una imagen de la Virgen de la Piedad que le pertenece, por PACO FUNES RODRÍGUEZ


        
         El Archivo Histórico de la Diócesis de Guadix, contiene miles de documentos y legajos “añejos” por los siglos que les contemplan y, a Dios gracias, conservados a pesar de las invasiones y contiendas bélicas pasadas. Entre esos documentos celosamente custodiados, en la caja 3433 H, documento número 27 de 1594, aparece un “pequeño” pero curioso pleito, que solicita la devolución de una imagen en la advocación de Nuestra Señora de la Piedad, propiedad de la cofradía de las Cinco Llagas de Guadix, con sede en la ermita de San Sebastián. La imagen, fue llevada a la iglesia Mayor de esta ciudad, por lo que la cofradía pide su devolución.

            El Papa Inocencio VIII, recordemos, firma la Bula de Erección de la catedral de Guadix en 1492, y es cuando comienzan sus obras sobre la mezquita mayor, que se había construido a su vez sobre la catedral cristiana visigoda existente con anterioridad a la dominación árabe, de tal manera que, probablemente, durante varias décadas aún se siguió conociendo o nombrando como iglesia Mayor. Salvando esta cuestión, las preguntas que nos hacemos pueden ser –razonables- ¿Qué imagen de la Virgen de la Piedad reclama el prioste de la cofradía de las Cinco Llagas? ¿Acaso aquella que el accitano Juan Pedernal encontró en 1490 en Baza, cuando realizaba trabajos de albañilería? tal vez sea otra muy distinta; o no. Pueden por tanto hacerse estas preguntas; ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Por qué?; en fin, distintas dudas razonables sobre la imagen de la Virgen de la Piedad de la que habla esta demanda.

            La cuestión es que, así, sin encontrar más aclaraciones, podría pensarse que hablamos de la iglesia Mayor de Baza, y de la imagen de la Virgen de la Piedad venerada en esta ciudad, aunque en la iglesia de la Merced. Imagen que da lugar a que, cada seis de septiembre, el accitano Juan Pedernal, al que conocemos cariñosamente como  Cascamorras,  se desplace desde Guadix a la vieja Basti, para recuperarla. Ya hemos recordado que, Cascamorras, encontró en Baza, hace más de cinco siglos la imagen de la Virgen de la Piedad, cuando se encontraba trabajando como albañil en lo que hoy es la iglesia bastetana de la Merced, donde se encuentra la imagen de la Virgen de la Piedad, hallada en esas obras en el antiguo templo mozárabe, donde había sido protegida la imagen. Como viene indicando la tradición, Juan Pedernal reclamó su propiedad y poder traerla a Guadix, pero a pesar de la fuerza con que la pidió, los intentos fueron en vano y, por ello, cada año debe hacer camino de Guadix, a Baza, para llegar sin mancha hasta la iglesia de la Merced y poder traérsela; así lo determinaron los tribunales tras años de pleitos y así sigue en la actualidad pues, la imagen continúa en Baza, siendo además festejada como patrona el 8 de septiembre de cada año.

            Sabemos, por tanto, que hay una imagen de la Virgen de la Piedad que se venera en Baza. También que hay una réplica realizada a finales del siglo pasado que fue regalada a la hermandad de la Piedad de Guadix, y que se encuentra en la iglesia de San Miguel de la ciudad accitana. En el legajo trascrito no especifica nada más de la imagen, ni características ni otros detalles. Solo conocemos que estaba en la ermita de San Sebastián. La pregunta o preguntas son claras. ¿Dónde está la imagen que se reclama y qué, como se indica, un tal Pedro de Mendoza mandó llevar a la Iglesia Mayor? ¿Por qué estaba en la ermita de San Sebastián? ¿Tiene algo que ver con la venerada en Baza? ¿Es la imagen que se venera en la actualidad en Baza?

Lo cierto es que estas preguntas no tienen respuesta en el legajo que trascribimos a continuación aunque es posible que tenga respuesta justamente en las distintas contiendas; tal vez destruida por los franceses o por la persecución religiosa del siglo XX, la respuesta, de momento no está disponible.

Trascripción del documento:

                        En Guadix catorce de mayo de mil quinientos noventa y cuatro años  don Francisco García de Villalobos deán provisor



            “Juan García del Corral, prioste que es de la Cofradía de las Cinco Llagas de Nuestro Señor que se sirbe en la  ermita del Señor San Sebastián extramuros de esta ciudad digo que de las insignias que la dicha cofradía tiene esta una imagen de nuestra Señora en adbocación de nuestra señora de la Piedad la qual imagen saco del señor san sebastian por Pedro de Mendoza y por pedírsela yo a Juan Muñoz prioste que fue de la dicha cofradía la bolbio a traer en una procesión y por mandado de VM se quedo en la iglesia mayor de esta ciudad donde al presente esta pido y suplico a VM  pues la imagen es de la dicha cofradía me la mande VM entregar pues es gracia que pido para lo qual firmo.



            El Archivo histórico de la Diócesis de Guadix, tiene, como decía al principio, varios miles de cajas que contienen cientos de miles de documentos bastante bien conservados. Documentos que cuentan buena parte de la historia de esta Diócesis y de los municipios que la componen, Baza, Huéscar, Guadix y sus pueblos; toda esta zona norte de la provincia de Granada, tan importante en la historia de España, antes, durante y tras la reconquista, y tan significativa para conocer como estos municipios se han forjado hasta llegar a nuestros días.

            En la medida en que este archivo histórico está vivo, y recibe a cientos de investigadores cada año en su ubicación de la antigua iglesia de la Magdalena, de Guadix, la recuperación de la historia y su significado están más candentes y más presentes que nunca para intentar entendernos un poco más, cosa que no es fácil.           

domingo, 8 de abril de 2018

EL FINAL, Por Lourdes Páez




“Nunca supo el secreto, mi amor. A pesar de los años que he
pasado a su lado, jamás se lo revelé. Esa fue nuestra promesa y así lo he cumplido. Ahora que me queda poco tiempo de vida, quiero confesarte que no me faltaron ganas de contarle que era nuestro hijo, que tuvimos que dejarlo con mi hermana porque ni tú ni yo teníamos recursos entonces para mantenerlo, y porque María ansiaba tener descendencia para salvar su matrimonio. Ni un solo día he dejado de arrepentirme de aquella maldita decisión que las circunstancias nos hicieron tomar. La misma que terminó por separar nuestros destinos. La que me llevó a vivir siempre como una mujer incompleta.
He visto en cada gesto suyo, en cada palabra, las que nunca más tuve de ti. Y no sabes cuánto me ha reconfortado tenerte muy presente a través de él… y saber que aquel amor, tuyo y mío, deja un final feliz en este mundo. Como decía mi madre, quien no tiene un hijo, no ha hecho nada importante en la vida.
Hoy te escribo esta carta para decirte que te quiero. Sé que nunca te lo dije y también intuyo que nunca me olvidaste. Llueve. Perfecto final. He cerrado el último capítulo de mi libro, donde escribí tu nombre en cada página. Sobre las letras de ese mismo nombre escritas en bronce la dejo… junto a ti. En unos momentos me encontraré contigo, mi vida.”