La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 14 de enero de 2016

Soneto de oro azul, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS







Un soneto me da la Oruga Azul
con destino a mi ser de mil añadas,
y llega cada cuatro o más semanas
a abrigar mis entrañas con su tul.

Un juramento al pan de aguas nevadas,
al sueño entre sombrajes de abedul
al fondo cristalino del baúl
donde guardo las huellas venturadas.

Es por eso que adoro sus misiones,
a sus dulces doncellas con frescura
en perfecta alianza con sus sones;

al dejarnos batir con tanta usura
en este mundo lleno de prisiones,

a las que venceremos sin tortura.

Vagabundo de vuestros versos, por FLOR DE CHIMENEA.






En vos adorna chalina de tul,
cubre vuestro cuello,
sonrosado aroma cálido
que da a vuestra tez de nácar.

Mundanal ruido,  vuestro carruaje,
pasa ante mi vestir hecho girones.
Es cuanto puedo ofreceros,
las yemas de mis dedos errantes
queriendo acaricia vuestro insomnio.
es todo cuanto poseo,
triste pluma
que con gran hazaña se atrevió
a escribir vuestro cuerpo y su vanidad.

Escuchad mi tristeza,
mis ojos con mezcla de tinta y salmuera,
encadenado a esta vida, preso,
vagabundo de vuestros versos,
quizás en otra junto a vos

dé vida a este, mi escrito amargo.

Atardecer, por ANTONIO PELÁEZ.




A Miguel Blazquez Carrasco

En el cielo -una inmensa llamarada
del espacio infinito donde arde
el crepúsculo caduco de la tarde-
viste el sol su púrpura encarnada.

La atmósfera, de luz deshabitada,
diluye el firmamento en un alarde
a la espera que Dios la salvaguarde
del orco de la noche, de la nada.

Y abajo, inevitable oscuridad,
la sombra se reclina de costado
borrando los vestigios del color
y todo se transforma en oquedad
en horizonte apenas dibujado,
tal vez, el dulce lecho del amor.

Carta de amor a Garcilaso, por GLORIA ACOSTA.





Toledo 14 de Enero de 2016

Mi estimado amigo, le envío este e-mail como ya  acordamos en nuestra última conversación telefónica.
La reciente mudanza de nuestro palacete de Toledo  ha supuesto una sorpresa para toda la familia por la cantidad de documentos que ninguno de nosotros imaginó se escondieran entre sus muros. Le   adjunto, escaneada, la carta en cuestión y su traducción del castellano antiguo. Si las sospechas se confirman, habremos desvelado uno de los grandes secretos de aquella era dorada. Su saber y maestría sabrán dilucidar si finalmente hablamos de nuestra antepasada Isabel Freyre  y del mismo Garcilaso y demostrar así que el suyo, fue un amor correspondido.
No alcanzo a entender el motivo por el que dicha carta no fue enviada a su destinatario, pero me temo que este hecho permanecerá envuelto en el misterio de la propia historia.
El documento original permanece custodiado en la caja fuerte de nuestro banco, a la espera de su  verificación.
Reciba un abrazo afectuoso .


Toledo 5 de Noviembre de 1532

Muy amado mío
Recibo hoy mismo noticias de vuestra reciente llegada a Nápoles. La pena que me infringe ese ya largo destierro es inmensa y no cejo en mi empeño de interceder por vos para que mi Reina logre ablandar el corazón del Emperador.
 Aciago destino el que nos condena al  silencio de  nuestro amor, puesto que yo también nací para quereros. Apelo a vuestra prudencia en las letras que desde tan ardiente corazón me escribís en excelsos versos, para que nuestro secreto permanezca oculto a los ojos del mundo y siga envuelto en  este fingido desdén. Bien sabéis que mi sino me ha sido impuesto, y conocéis de mis quebrantos y fingimientos desde mi desposorio. Vuestra soy en pensamiento, mas  sometimiento debo  a mi esposo, el regidor.
Ruego no os ciegue esta distancia y os haga dudar. Mi  alma  en la noche a vuestro encuentro vuela, y entre la niebla, la luz de mis ojos iluminará vuestro camino de vuelta, que anhelo cercana.
 Mi señor, os amo y amaré por siempre.
Vuestra hasta la muerte

Isabel.

La vida es sueño, desperdad, vivid, amad..., por MERCHE HAYDÉE MARÍN TORICES







Yo sueño que estoy aquí,
Destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y lo sueños, sueños son.


El siglo de oro español es tan vasto y prolífico que me ha costado mucho elegir sobre quién hablar. Pero cada vez tengo más claro que esta obra de Calderón de la Barca, que tocó sin quemarse y con gran maestría, la diatriba entre libre albedrío y predestinación, está hoy más vigente que nunca.

La predestinación (del latín praedestinatĭo,-ōnis) es una doctrina religiosa, bajo la cual se discute la relación entre el principio de las cosas y el destino de las cosas. Su naturaleza religiosa lo distingue de otras ideas con respecto al determinismo o el libre albedrío.
En particular la predestinación concierne a la decisión de Dios para crear y gobernar la creación y la evolución y el punto hasta el cual las decisiones de Dios determinan lo que será del destino de grupos e individuos.

"A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia" (Deuteronomio 30:19)
"Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1 Corintios 15:22)
"Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él sea gloria ahora y 
hasta el día de la eternidad. Amén" (1 Pedro 3:18)

El término procede del latín praedestinatio y en la Teología cristiana se aplica a la idea de que Dios conoce desde la eternidad el destino del universo y de cada persona. San Agustín, en la Iglesia Católica, y Calvino, en el protestantismo son autores especialmente vinculados a esta doctrina, aunque desde muy diferentes puntos de vista.
En este poema-joya literaria-ensayo del ser humano y sus miserias, ataduras e inquietudes, sobre todo en la figura de Segismundo, D. Pedro Calderón de la Barca, sin apartarse de sus fuertes convicciones católicas, plantea algo que hoy es pasto de terapeutas, enfermedades mentales, o simplemente, que no es poco, soledad y falta de ideales en la sociedad tan desestructurada que vivimos.
El trágico personaje de Segismundo es mi adoración. Todos tenemos ataduras emocionales, todos hemos sido alguna vez quien no queríamos ser, todos hemos sentido que decidían por nosotros, que nos imponían un modo de vida, de sentir, de reír, de creer. Y cada uno de nosotros tiene su propio tiempo. Pero todos hemos sido alguna vez cautivos de una torre imaginaria. En “La vida es sueño”, Calderón hace sinónimo en el sufrimiento de Segismundo, la predestinación con la expiación de los pecados. Como ya hiciera la mitología griega en la figura del Minotauro, del que seguramente partió nuestro amigo Calderón para crear a su Segismundo y su mundo triste y encadenado porque el destino le había hecho cruel.



De igual modo taoístas de todo el mundo creen en vidas pasadas y en un Karma que hemos de pagar por malas acciones pasadas. ¿Hasta cuándo el sentimiento de culpa? Es tan simple como aceptarnos a nosotros mismos, querernos con nuestros defectos y virtudes, tratando que ni unos ni otras se inmiscuyan en la felicidad de los demás. Proliferan hoy día los cursos de coaching, de crecimiento personal, de autoestima, las homilías católicas que reiteran por doquier que seamos felices porque la única predestinación en la que debemos creer es que somos inmortales y que la muerte de nuestro Señor redimió todos nuestros pecados para que el tránsito de la vida física a la del alma nos lleve a un paraíso sin penas, sin sufrimiento, sin rencor. Menos mal… pero nuestro Segismundo no tenía de todo eso y, sin embargo, también consiguió ser un Rey querido y bondadoso.
Pero hay más… de “La vida es sueño” ya hablaba la leyenda de la Torre de las Cautivas de nuestra hermosa Alhambra, las princesas Zaida, Zoraida y Zorahaida, cuyo padre decidió encerrarlas en una torre pues se había leído su destino en el nacimiento de las tres y se temía que hicieran malos casamientos.

Y, como no, recordar la ternura del bellísimo cuento de los Hermanos Grimm, “La Doncella de la Torre”, recreada maravillosamente por la factoría Dysney en el personaje de Rapunzel.


No podemos olvidar tampoco, la esotérica, mágica y colorista carta número XV del Tarot de Marsella, ¿coincidencia que tenga el mismo número que fecha tiene nuestro siglo de oro y el nacimiento de Calderón de la Barca? Si la miramos vemos como una torre se derrumba, aunque la carta se llama La Maison Dieu (la Casa de Dios).  Esta carta representa una reversión rápida y dramática. La Torre pone a prueba los cimientos de nuestras vidas. ¿Erigimos castillos en el aire o construimos sobre tierra firme? Por lo tanto, si deseamos que las cosas funcionen, debemos asumir la responsabilidad de nuestras vidas. No podemos seguir culpando a nuestros padres, a nuestra educación, al gobierno o a los dioses: debemos recuperar el poder asumiendo la responsabilidad. Cuando culpamos de nuestros problemas a factores externos, estamos desprendiéndonos de nuestro poder y renunciando a cualquier oportunidad de cambio.
De nuevo el destino, lo que ya está escrito, que se derrumba para darnos la bienvenida opción de decidir por nosotros mismos, de construir nuestra vida, de sentirnos libres.
Permítanme, aunque me extienda, transcribir aquí el primer soliloquio de nuestro protagonista, que, para mí, es estremecedor:

¡Ay mísero de mí, ¡ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
Ya que me tratais así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
Pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito del nacer),
¿qué más os pude ofender,
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que no yo gocé jamás?

Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apénas es flor de pluma,
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corre con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que dejan en calma;
¿y teniendo yo más alma,
tengo ménos libertad?

Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apénas signo es de estrellas
(gracias al docto pincel),
cuando, atrevido y cruel,
la humana necesidad
le enseña á tener crueldad,
mónstruo de su laberinto;
¿y yo, con mejor instinto,
tengo ménos libertad?

Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apénas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando á todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?

Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de los cielos la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto á su huida;
¿y teniendo yo más vida,
tengo ménos libertad?

En llegando á esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera arrancar del pecho
pedazos del corazon.
¿Qué ley, justicia ó razón
negar a los hombres sabe
privilegios tan süave
excepcion tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
á un pez, á un bruto y á un ave?


¿Y teniendo yo más vida, tengo menos libertad? ¿A qué o quién compara Calderón a Segismundo? Pues utiliza los cuatro elementos de la Tradición China: Tierra, Fuego, Agua y Aire; Y cada uno de ellos está simbolizado por un Bruto, el volcán Etna, un Arroyo y un Ave. ¡Qué distinguida simbología para expresar los sentimientos de un hombre atrapado por una historia que no es la suya! La inventaron otros para encerrarlo.

Es realmente sobrecogedor que en el silencio de la soledad, Segismundo encuentre dentro de sí mismo el dolor de la injusticia, sin saber lo qué es, la tristeza de la soledad, la falta de amor que nunca tuvo…

Dios quiere que seamos libres, no en la concepción del Siglo XV, sino en la de hoy; nos ha dado una serie de talentos para que los usemos para ser felices, yo no podría expresarlo mejor que Pablo Neruda, así que cedo la palabra y cierre a este gran poeta:
Muere lentamente quien no viaja,
quien no lee,
quien no oye música,
quien no encuentra gracia en sí mismo.
Muere lentamente
quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.
Muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito
repitiendo todos los días los mismos
trayectos,
quien no cambia de marca,
no se atreve a cambiar el color de su
vestimenta
o bien no conversa con quien no
conoce.
Muere lentamente
quien evita una pasión y su remolino
de emociones,
justamente estas que regresan el brillo
a los ojos y restauran los corazones
destrozados.
Muere lentamente
quien no gira el volante cuando esta infeliz
con su trabajo, o su amor,
quien no arriesga lo cierto ni lo incierto para ir
detrás de un sueño
quien no se permite, ni siquiera una vez en su vida,
huir de los consejos sensatos…
¡Vive hoy!
¡Arriesga hoy!
¡Hazlo hoy!
¡No te dejes morir lentamente!


¡NO TE IMPIDAS SER FELIZ!

MERCHE HAYDÉE MARÍN TORICES



lunes, 14 de diciembre de 2015

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 30, 15 de diciembre de 2015 "Piedras preciosas y minerales "


Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN: 2340-8634



SUMARIO





CARTAS A ABSOLEM: 



ARTISTA ANFITRIÓN: 



FOTOS:







Ratna-Yakam, por GLORIA ACOSTA.




Ante el espejo del vestidor, Angelina contempló la perfecta simbiosis que aquel Versace formaba con su  figura.  Pasearía por la alfombra roja en apenas tres horas y miles de destellos atraparían  cada detalle, cuidado hasta la perfección.

En el barrio de Idgah, aún faltaban dos horas para la salida del sol. Rajul preparaba como cada día el desayuno con arroz y puré de lentejas para sus tres hijas. Esa mañana se sentía especialmente alegre. Tras cuatro años de aprendiz, Aruna pasaría a formar parte de los pulidores a sueldo, y esas rupias supondrían un alivio a la carga familiar, ahora que los mayores se habían independizado.
La ciudad rosa nunca dormía, sacudida  por los ecos del bullicio callejero, el tráfico desordenado y los miles de turistas noctámbulos, cazadores de inútiles recuerdos.
La noche había conseguido refrescar el calor diurno en ese último mes del invierno  y todo estaba dispuesto sobre la mesa de la pequeña estancia, al fondo de la casucha destartalada, en la que Rajul ejercía de barbero; lugar estratégico desde  donde controlar los servicios de inspección, cada vez más frecuentes e inoportunos. En esta ocasión la mercancía provenía de Myanmar lo que aseguraba una excelente calidad.
El buen hombre hacía números soñando con la posibilidad de casar  lo antes posible a Aruna. Pronto cumpliría los quince años y sus dedos ya no tendrían las pequeñas dimensiones y habilidad que la singularizaba como la más deseada por los talleres diseminados en el barrio más humilde de la ciudad.  Bendecida por un don especial, las piezas que salían de sus  manos teñidas de verde óxido, eran las más codiciadas del mercado. La pequeña  empezaba a acusar las primeras molestias en su espalda  y su dedo índice, ligeramente deformado, perdía agilidad en la rueda. Los hijos mayores  también habían tenido  el honor de ser pulidores, era la tradición familiar, pero ninguno había alcanzado la destreza de la muchacha. Sin embargo aún quedaban demasiado lejos las veinte mil rupias necesarias para asegurarle un  marido sin pretensiones.
 Estas ideas rondaban su cabeza cuando Aruna se levantó de su camastro. Llevaba demasiado tiempo despertando con esa molesta tos seca.
Sacudió su cabello desalojando así de su cabeza el recurrente sueño que la agitaba desde que su padre le prohibiera continuar en la escuela, siete años atrás. Ya casi había olvidado su habilidad con  la lectura y los números, diluyendo sus primeros anhelos en el espejismo de un mundo inalcanzable que se escapaba en las maletas de los turistas que visitaban la ciudad, para luego abandonarla y dirigirse a sus confortables despachos o salones de casas de verdad.
Se aseó y  vistió con prisa el traje de faena, tomó su habitual desayuno y ocupó su puesto junto a sus hermanas pequeñas y los dos hijos del vecino.
Rajul esparció las piedras en la mesa, entregando a su hija un fantástico <<sangre de paloma>>, con una tonalidad azul en el rojo, como no había visto antes. Sus ojos se encendieron con el brillo ardiente de la ambición. El capataz se sentiría orgulloso de su pequeña cuando acudiera, al medio día, a inspeccionar el trabajo.  Sería la ocasión perfecta de solicitar al menos cuarenta rupias diarias.
   En la semioscuridad, los ojos de Aruna, competían con el polvo verde de sus manos, mientras hacía girar el disco sobre el que aquel rubí tomaba la forma oval deseada. Rodaba al ritmo agitado de las ansias de la mujer que deseaba dejar de ser niña.

Comenzaba la tarde y los  invitados empezaba a ocupar sus asientos en el Dolby Theatre. Las vallas que circundaban la entrada estallaban con el clamor de las voces de los periodistas congregados que gritaban su nombre, pidiendo una fotografía o un posado original.
 Los destellos de la tormenta de flases, acentuaban el rojo sangre del << ratna-yaka >> que Angelina lucía en su  cuello.
Mientras, amanecía en Jaipur.