La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 15 de mayo de 2017

El Color último de la vida, por GLORIA ACOSTA.

 
PATRICE MURCIANO ( pintura acrílica)



" Y no hables más muchacha, corazón de tiza.
Cuando todo duerma, te robaré un color.

"Muchacha (ojos de papel )", Luis Alberto Spinetta.


   Él la mordió con cautela mientras dormía. Ella, sin percatarse, se giró dándole la espalda.
Cuando el sol traspasó el sutil visillo que separaba el dormitorio del mundo exterior, se levantó y acarició el vacío que Él había dejado en su lado de la cama algunas horas antes.
    No le extrañó la mancha de sangre casi imperceptible que aún humedecía la almohada y que ya había visto en otras ocasiones de promesas incumplidas. Frente al espejo cepilló su espesa cabellera y un pinchazo leve le hizo reparar en los dos pequeños puntos morados a un lado del cuello, esta vez más evidentes.
   Un cielo insólito se coló por la habitación  al abrir la ventana; un cielo blanco, sin rastro de azul. Recorrió esa mañana la calle con la sensación de que algo había cambiado en el color cotidiano del  paisaje.
    Él regresó al atardecer, cabizbajo. La besó, le dijo que la quería y le pidió perdón. La charla anodina de siempre, la cena y el rato de televisión. Ella le contó que algo pasaba con sus ojos.
    Aparecieron dos marcas más prominentes en su cuello al día siguiente. Tampoco esa mañana el cielo fue azul y la casa cambió el ocre de las paredes por un blanco sucio. En el barrio la vida seguía su ritmo imperturbable, pero en su paseo diario echó de menos el verde de los árboles, cubiertos ahora de una tonalidad gris mortecina.
   Él llegó con la puesta de sol, la besó le dijo que la quería y le pidió perdón.
   Ella comenzó a tapar su cuello con pañuelos. Nunca acertaba con el color y era Él quien los escogía acorde con el vestido.
   Decidió no contárselo a nadie. Olvidó así el mar en los ojos de su hija, el girasol en su mechón de pelo, el emergencia en la puerta de salida, el espectro multicolor de su calle, de su barrio, de su ciudad.
  Y se encerró en casa.
  Aumentaron  las marcas  formando un hematoma que se extendió  hasta los hombros y empezó a temer las noches, preludio de las mañanas frente al espejo. Se le fueron llenando los sueños de blanco y negro desasosiego.
   Él la abrazaba con lascivia y le ocultaba su mirada. Le prometía un viaje en color, un día de estos, quizá la próxima primavera. Ella callaba, confiaba y consentía. Lo amaba tanto.
  Algunas  veces pensó en escapar  a algún lugar donde llenar de azules su retina, donde recuperar el amarillo de la arena que ya no atrapaba sus pies en las tardes de verano, donde pintar de nuevo los árboles y sembrar de violetas todos los jardines. Pero no sabía desenvolverse en el opaco espacio monocolor sin Él.
  Un día lo intentó. Bajó del altillo una pequeña maleta en la que guardó algunas prendas sombrías. La escondió bajo la cama.
  Él apareció bien entrada la noche, con aspecto cansado, incluso malhumorado. No la besó.
Cena en silencio, algunos balances en el ordenador, película en blanco y negro y habitación.
  Ella, rendida, sueña que corre hacia ninguna parte. Él, insomne, se sienta en el borde de la cama. Sus pies descalzos tropiezan con un objeto. Se llena de furia.
  Ella grita.
  El último color se le escapa por dos agujeros en el centro del pecho, moja la cama y se precipita hacia el charco rojo que ya se forma en el suelo.

 

 





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