La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 30 de abril de 2021

STENDHAL, por Pedro Pastor Sánchez



A Yolanda le sudaban las manos. Era su estreno en sala con público, y no podía evitar esa extraña sensación de vulnerabilidad frente a los demás. En su pensamiento la pequeña Sara, a la que tuvo que dejar en el jardín de infancia durante este nuevo período de su vida. Tras inscribirse en un curso de Artes Plásticas, el programa de inserción laboral le daba una oportunidad para salir adelante. Atrás quedaban los aciagos días de su difícil convivencia con Damián. Su historia de amor se truncó nada más anunciarle su inesperado embarazo. Luego, la forzada boda, más tarde las desavenencias conyugales. El día que le levantó la mano la primera vez, sujetó con fuerza su barriga, y le prometió a su hija nonata que nunca nadie le haría daño. La orden de alejamiento y el piso tutelado fueron su salvación. Dura vida para sus veintidós primaveras.

            —Vamos, que tú puedes —le animó Joaquina, mientras le colocaba el cuello de la camisa—. Si no muerden. Tú solo tienes que mirarles a la cara con un poco de mala leche y señalarles la raya en el suelo, verás como así dan un paso atrás. Y atenta a los japoneses, que se hacen los tontos y parece que no entendieran la palabra «flash».

            Joaquina sabía de lo que hablaba, no en vano llevaba casi veinte años recorriendo las salas del Museo del Prado. La labor de vigilancia le era innata, antes había trabajado en seguridad privada. Fue una de las primeras en conducir un furgón blindado, recorriendo sucursales bancarias. Nunca se arredró, y mira que en más de una ocasión los amigos de lo ajeno trataron de ponérselo difícil. El día que tuvo que usar su arma por primera vez se dio cuenta de que sería el último que ceñiría la cartuchera.

            El intercomunicador vomitó la protocolaria frase de cada mañana: «Personal, acuda a recepción». Allí les esperaba Benito, el jefe de vigilantes, más estirado que un palo, y con cierto aire de suficiencia les soltó la perorata habitual:

—Ni una sola foto en sala, seguimiento especial para los asiáticos, que no sueltan el móvil así los maten. Jero, todas las mochilas en las taquillas. Ya sabéis lo que pasó en el Rijksmuseum, no quiero salir en los periódicos. Y por favor, cuando las salas se vayan llenando, vamos moviendo al personal, con delicadeza, pero que circulen. Hoy tenemos varios grupos de escolares, no quisiera encontrarme algún que otro chicle donde no debiera estar, atentos a esas pequeñas manitas… —dijo mientras agitaba las manos en un gesto infantil que provocó una contenida hilaridad.

El personal se dispersó por el edificio. Benito se quedó mirando a Yolanda. Le espetó un «hazte cargo de la nueva» a Joaquina, y se marchó a paso raudo.

La mañana estaba siendo tranquila, Yolanda era la sombra de Joaquina —más bien su silueta estilizada, no conseguía quitarse esos kilos de más—, siguiendo sus consejos e indicaciones. Hasta que llegó el mensaje: «Stendhal. Repito, Stendhal en sala de Velázquez». La joven miró a su mentora con estupor, debía ser algún código interno que no le habían explicado.

—Anda, corre, ve tú, que yo no puedo dejar esta sala, mira como está de gente…

Atendió solicita a la petición, y con premura se presentó allí. Se encontró con un grupo de gente formando un círculo. En su interior, Jaime atendía a una joven de tez blanquecina, de mirada perdida y con ligeras convulsiones.

—¿Pero qué haces ahí parada? Vamos, dispersa a esta gente, esto no es una performance. ¿Y dónde coño está la camilla? —le espetó el compañero. Yolanda se quedó de piedra, sin capacidad de reacción. De inmediato llego Jero y se encargaron entre los dos de llevarla a la enfermería.

Más tarde, durante el descanso, la novata sorbía su café en silencio mientras escuchaba los comentarios.

—Hacía tiempo que no teníamos un Stendhal, ¿verdad? —comentó Jero mientras introducía las monedas en la máquina—. Menos mal que estabas cerca, Jaime.

—Si es que lo estaba viendo venir —contestó el aludido—. La guiri ya entró en la sala renqueante, la observé cómo se aproximaba a Las Meninas con los brazos extendidos, luego se los llevó a  la cabeza, y se puso a lanzar alaridos en su idioma. Empezó a agitarse, hasta que le dio el arrebato y se fue redonda al suelo.

—Yo estuve trabajando una temporada en Barcelona. Tal era la impresión que les causaba a los japoneses la Sagrada Familia que caían como moscas. La verdad es que aquello es acojonante de bonito…

—Nada comparado a las maravillas de Florencia —agregó Benito, que se unió a la reunión—. En mis años allí, anda que no vimos gente con el síndrome, salíamos a uno por semana, mínimo.

A Yolanda le parecía que hablaban en clave. ¿Qué síndrome era ese? No se atrevió a preguntar, pero debieron notar la extrañeza en su cara.

—Creo que deberíamos poner en antecedentes a la compañera, porque vaya susto se ha llevado, la pobrecita —dijo la veterana.

—Stendhal era un novelista francés —tomo la iniciativa Benito—, que en uno de sus viajes a Italia, en concreto a mi amada Florencia, quedó extasiado ante la contemplación de tanta belleza. En su periplo por museos, lugares pintorescos e iglesias, cuando salió de la Santa Croce, el hombre estaba tan emocionado que sufrió palpitaciones, mareos, incluso alucinaciones.

—Es lo que llaman «síndrome de Stendhal» —agregó Jaime—. No es muy habitual, pero hay gente que es especialmente sensible ante la contemplación de cuadros, esculturas, conjuntos arquitectónicos que puede tener idealizados. Y después de recorrer grandes distancias para ser testigos de esta belleza, su mente y su cuerpo reaccionan de forma descontrolada.

—Pero qué bien te explicas, maestro —apuntilló Jero, al que no le faltaba razón, porque Jaime era doctor en Historia del Arte.

Meses más tarde, con el aplomo infundido por la jubilada Joaquina, Yolanda tomó la iniciativa al recordar aquella primera lección:

—¡Atención, compañeros! Stendhal en sala de las majas.

lunes, 29 de marzo de 2021

EL ROMANTICISMO DE LOS AUTORES, por Esneyder Alvarez.

 



En el ayer pensaba que el romanticismo se veía solo en libros,

dónde la creatividad del autor era solo ficción,

ver dos personas que se encontrarán y se amaran eternamente era imposible.


Imaginar que las flores tuviesen un sentido diferente de alimentar al colibrí,

O que las figuras de las nubes no fueran solo animales u objetos sin sentido,

ni que lo mejor que te pudiera pasar en cada mañana es que no hubiera lluvia al salir. 


Pero llegó el día,

me diste tu amor,

sonreí cada mañana al verte a mi lado,

te di flores en cada primavera,

la nubes mágicamente dibujaban tu rostro,


Entendí que el romanticismo de esos escritores nacía en de su corazón,

y su princesa era la dama que los acompañaba,

Supe que no podían imaginar otra cosa que   la felicidad al lado de ella no fuera  eterna.



ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 53, 30 de marzo de 2021"Romanticismo".

 





Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN: 2340-8634




SUMARIO


PORTADA, por Adely Madrid



ENTREVISTA: 




TEATRO: 




POESÍA: 


QUÍMICA, por Isabel Rezmo.

 



Los invisibles átomos del aire

en derredor palpitan y se inflaman.

-Rima X-

G.A. Bécquer

Hay versos que están en el aire,

como tus ojos.

Hay versos que gritan como tus labios.

Se miran en el agua y rescatan la piel

de todo tu cuerpo.

 

Hay versos que hablan, que gimen abriendo la tierra

con todos los imperios,

en las batallas  distraen los ejércitos.

 


Átomos invisibles que aguardan tu alma,

y cuando se posan en la boca,

explotan a través de tu lengua

despertando todos los deseos,

y todos los augurios.

 

Hay versos.

Como los besos.

Como el átomo, el espejo,

la fuente, el sudor,

el placer  y tu boca.

 

LAS CUITAS DEL JOVEN EDUARDO, por Tomás Sánchez Rubio

                                                                                                    

             

 “Es esta existencia un doloroso tránsito donde mis pasos me guían como fantasma de ajada túnica, recorriendo con angustia infinita desfiladeros y acantilados. Cuando bajo al suelo, me convierto en compañero, durante infinitas noches sin luna, de cipreses, fuegos fatuos y lechuzas en cementerios de agrietadas lápidas. Entre mazmorras de cadenas enmohecidas me recreo desolado.”

            “A través de una vorágine de sentimientos contrapuestos, en este yermo donde mi vida se desenvuelve siempre incierta, turbulenta las más de las veces, en pocas ocasiones satisfactoria... , solamente mis amigos y compañeros de armas en el campo espiritual, Álvaro y Eugenio, presos de un desasosiego semejante al que me embarga, y sin cuya sensible comprensión y amistad sincera mis pasos en este mundo mezquino serían inaguantables, son capaces de comprenderme. En la soledad de la noche, mi leal lebrel Baxter, que está conmigo desde que nací y que tan bien me conoce, enjuga mis lágrimas junto al lecho.”

            “Oh, tempestuosa pasión, qué ingrato es vivir en tu seno abisal, pleno de tribulaciones por culpa de un amor no correspondido. Verte es doloroso, no verte es un duro trago. Notar cruzando mi cara el látigo de tu indiferencia, me consume. La fatal respuesta a la adoración que siento hacia ti hunde esta torpe existencia entre riscos de ruinas y escombros. A pesar de tu nombre, Virginia, eres dolor inabarcable y sin final.”

            “¿Cuánto más durará este sombrío tormento, esta vida no vida, negación de lo absoluto? Ahíto de una realidad prosaica no apta para almas elevadas, mis pensamientos se ennegrecen en noche eterna.”

            “Virginia, dómina cruel entre las ásperas espinas de este jardín sin rosas...”

            Venga, Edu, que te quedas el último como siempre ─le dice Virginia. ─He visto que tus papás han venido a recogerte. Los acompaña tu perrito Baxter. Qué grande está.

            —Sí, “seño”.

            Diligente, se levanta de la silla; cabizbajo y con un aire digno mezclado con  resignación se coloca en la fila. Delante van sus compañeros Álvaro y Eugenio, que no dejan de molestarse el uno al otro: se tiran del pelo, se dan coscorrones, se hacen burla guiñando los ojos y sacando la lengua...

            Sonrientes, los padres de Edu están esperándolo a la salida de la escuela. Baxter, un bonito terrier juguetón y de mirada alegre, corre hacia él con la boca abierta y la lengua colgando. Le lame la cara inquieto, sin dejar de moverse a su alrededor. Eduardo reprime las cosquillas con aire grave. Al final acelera el paso, rojo como la grana.

            Virginia, la “seño”, se queda mirándolo desde la ventana del aula con una sonrisa indulgente...

DOY LA MANO A LA ILUSIÓN, por Yolanda de las Heras Sánchez.

 


Niego todas las caricias

que proporciona tu aliento,

con sabor a fuego lento,

y de unas manos ficticias.

Si de ello me beneficias

regalándome pasión,

te cedo mi corazón

tan sólo por un instante,

lo que dure un sueño errante

creando en mí, vocación.

Regalos de bruma y brisa

y de sonrisa presente,

ya se vive en el ambiente

la permanente sonrisa,

vestida de terciopelo,

y por sombrero, el cielo,

se siente entre la lavanda

y también por el romero.

En la creencia existente

y entre mi pelo, anida,

te cobijo en acogida,

en mí te quedas presente.

Te vuelves tan resistente

y dada la situación,

lucho con la indecisión,

si estás o te desvaneces,

si marchas o permaneces,

doy la mano a la ilusión.

VILLA AMALIA, por Isabel Pérez Aranda.

  




Me sostuve junto al tilo, rodeé la piel rugosa anhelando su roce, atenta fijé la mirada en la belleza primitiva del jardín. Aquel lugar perduraba en la memoria de otras vidas, susurraban idilios en piedras que el agua había descarnado, y un tapiz de hojarasca cubría cada milímetro de lo que fue.  Con cautela caminé los espacios atenta a los años y cambios infligidos, adentrarme en la boscosa umbría del fondo, atrajo los días en que dejaron de estar. Aquello ocurrió hace tanto, que a veces dudo que aquel esplendor fuese tal, el subconsciente haciendo de las suyas, pensé. El todo se sostenía de una opaca y sutil atmósfera, apenas el sol se adentraba entre las ramas de la espesura, la inmensa jungla reflejaba en el cristal la duplicidad regalada del instinto, la supervivencia de las hojas obtenían la atención deseada durante lunas.  Gire el gesto sobre los pequeños muros petrificados, que arrastran el musgo hacia un tapiz cubierto de capas y capas de urdimbre aún por descifrar, mantuve los pies levitados por temor a desterrar una milésima de esa paz sostenida de sueños engalanados de forja,  mientras la balconada advierte de una pequeña pérgola cubriendo el portal,  y antes de dar el último paso, de indagar en sus estancias, un sentimiento de permanencia devuelve la conciencia olvidada...

                                  

 

Rastro

 

Retienen las pisadas lo que fuimos,

escabrosa cima de piedras despavoridas

sujetando abismos de campos tendidos,

alientos desparramados,

valor del ímpetu de juventud huido

que enmudeció la lira. 

Mantengo de entonces la esencia compartida del agua

que emana cambios en la memoria del corazón,

alterando el aleteo de las mariposas 

esplendor de la hierba que va perdiendo lunas a ritmo del cosmos.

Latía el ímpetu,

las ansias,

la angosta subida de trinos felices

cuando el deseo era más fuerte

y la impronta busca en el recuerdo

aquel rastro que aún retiene lo que fuimos

por tiempos que no volverán.