La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 29 de septiembre de 2020

OSCURA TINIEBLA, por Dori Hernández Montalbán.

 


Las luciérnagas encendidas del amanecer

se cuelan por los orificios de la persiana.

Se escucha el trote de un caballo,

irrumpe en la habitación transparente,

sudoroso se detiene, mientras devora la luna;

la lleva desmadejada en la boca

como si fuera un manojo de hierba tierna,

ardiente, líquida como lava,

le chorrea, la luna, por la comisura de los labios.

Envuelto en una oscura neblina, es todo oscuro,

rojo oscuro, verde oscuro, azul oscuro.

Cargado de vacío y sombra atraviesa un largo pasillo.

¿Qué ha venido a hacer

a este mundo  este viejo caballo?

Se dilatan sus pupilas acechando en la umbría.

¡Alerta, alerta! ¡La sombra que no escape!

Sólo la caída de la tarde me devuelve el sosiego,

la ansiada calma.

Tú, el de la lámpara incandescente, llega y alumbra,

dieciocho veces he pronunciado tu nombre.

¿Por qué, disponiendo de tu lámpara divina,

nos dejas morir en esta oscura tiniebla?

DÍAS OSCUROS, de Eduardo Moreno Alarcón.

 

Ha muerto la madrugada. El cielo gris de enero lo confirma. Llegó el amanecer sin saber cómo, acaso por rutina o por costumbre. La luz fría se contiene en las ventanas, no acierta a penetrar en los hogares. De tan uniforme, la claridad parece universal, como un fulgor sin sombra que amortaja.

La aurora oscura.

Duermen las iras todavía. Ascienden despaciosos los olores. Aromas que despiertan los recuerdos más antiguos: lumbre de cáscaras de almendra, colada limpia, la leche fresca, el pan recién cocido…

Alcemos la ciudad sin pretensiones. Urbe pequeña de provincias.

A ras de soportales, los motores rompen sueños en el alba. Las calles desperezan su rutina cotidiana. Dos motos cruzan la avenida que flanquean viejos olmos. A izquierda y derecha, la hilera de edificios semejantes, desvaídos por el paso de los soles y las lluvias, por el giro inevitable del planeta.

Vía Magallanes, segundo izquierda. Un piso exiguo acoge a la pareja. Pasillo angosto, saloncito, cocina diminuta, alcoba y baño. Al fondo de la pieza hay una cama muy estrecha. Alzando la conciencia de sus ojos caramelo, ya despierta, se encoge la mujer. Aovillada contra el primer frío del alba, construye un rostro para el feto que alimenta en su interior. La vida diminuta y misteriosa, gestada con paciencia natural. A un lado la ventana, desnuda; no hay cortina que separe las paredes de la noche o el día.

La mujer piensa en el niño y apenas curva los labios. El hijo cobra rasgos en la mente de la madre, segundo a segundo, cumpliendo inexorable el destino impuesto a todo ser. Maternales, los dedos se deslizan sobre el vientre abultado, tan terso como dulce de membrillo; la piel es joven todavía. Sus pechos huelen a jabón.

En el cuarto fallece la madrugada y renace la aurora. Mas la noche no ha muerto; reposa a pierna suelta. Muy pronto volverá a resucitar con su negrura.

Historia en blanco, el ser aún no nacido es un enigma. Principio de todo, también del fin. Meciéndolo en su seno, la madre mueve el tiempo a voluntad. Recrea los años venideros. Supone besos y escenarios, la infancia de ese niño que ha pintado pelinegro bajo el sol. Mañanas, mediodías, regreso de la escuela en una tarde novembrina, katiuskas y el paraguas chiquitín.

Las primeras regañinas saben hoy a golosina.

La nostalgia retrocede hasta no estar. De pronto la mujer se ha sorprendido sonriendo. Como un hábito en desuso y sin embargo necesario que ella alarga y paladea. «Tanto tiempo sin reír que hasta parece que me cuesta». Por unos segundos, disfruta de una paz casi olvidada. Bendita calma.

Tras la tregua momentánea van tornando los recuerdos, la añoranza de los suyos, de los sueños abatidos, de una patria devastada.

La imposibilidad de cambiar el pasado: los días oscuros.

 

miércoles, 27 de mayo de 2020

Fallo del Certamen de Poesía “Ecoverso en el Geoparque”




Reunido el jurado el día 27 de mayo de 2020, acuerdan  conceder los galardones siguientes:

Poema premiado:  
Cambio de rumbo, de Josefina Martos Peregrín

Finalistas
 Teje y espera, de Dori Hernández Montalbán

2º  Blue Jay Way, de Laura Martínez Segorbe

 De la tierra herida, de Tomás Sánchez Rubio

 F. Plegaria de las aves, de Javier Franco

 Ecce homo sapiens, de Alberto Salamanca Ballesteros

6º Aquella inusitada primavera, de Beatriz Ugalde Mora

7º Tarde de Lluvia , de Alicia María Expósito

8º No quiero Morir como Jonh Lenon, de José Carlos Martínez García

9º Paraísos perdidos, de Ramón Bascuñana

10º La moabita, de Pura Fernández Segura

11ª Late la tierra, de  Jorge Cappa Fernández

12º A campo abierto, de Miguel José Fernández Hernández

13º Gorafe, de Jean L. Sanders

14º Calma Inquieta, de Rafael Negrete-Portillo

15º Si la naturaleza pierde el habla, de Carlos Javier Corral López

16º Primavera, de Jesús Vela Herrador

17º La vida retirada, de Zósimo Javier Yubero Prieto

18º Abrid las ventanas, Cinta María Pérez Urrea 

19º Elogio a la basura, de Custodio Tejada Cruz

20º Falacia del Crescendo, de Carmen García Cerdán



La entrega de premios tendrá lugar en un acto que será comunicado al premiado y finalistas del certamen.


martes, 14 de enero de 2020

HEBRA. Revista Literaria.Nº 13, enero de 2020

EL BOSQUE ERA UN TAPIZ, por Isabel Rezmo




El bosque era un tapiz

ondeando entre las  hojas secas,

 por la voz perdida de las ramas.



Era un deseo adherido a la savia de los árboles,

un rumor agotado por la fuerza del viento.



Susurraba lento, apresado por la montaña,

apresado por la lluvia,

apresado por la turbulencia  de tus besos.



El bosque creía ser un labio,

o un mar perfecto muriendo en la orilla.

Sin  saberlo dejaba impresa una palabra,

esquivaba la virtud a través del eco.



Todo era perfecto en tu ventana.

Como el bosque , dejabas entrar  a tu lecho.

Dejabas en el aire una pregunta,

dejabas incierto sabor a consuelo.



Y el bosque como tapiz,

dibujaba la silueta que decía ser tu hambre,

tu cielo, tu sexo;

apresado una vez más,

por la turbulencia de tus besos.

RETORNOS, por Tomás Sánchez Rubio





                El bosque era un tapiz. Desde arriba, en un día despejado de junio como aquel, sin rastro de nubes, la intensa lozanía de los grandes árboles de copas inmensas ocupaba de manera vertiginosa todo el campo de visión. Desde el suelo, a ras de la tierra, estos gigantes de diámetro inabarcable al abrazo de los humanos, de corteza gris y marcada por las grietas del tiempo, no se veían tan frondosos. Sin embargo, visto el conjunto de todos ellos desde el cielo, la cosa era distinta: solo se divisaba una masa compacta, verde de distintos matices: verde musgo, verde pino, verde enebro, verde esmeralda, verde vida, verde muerte... El sol al atardecer jugaba allá en lo alto poniéndole nombres y sombras a este paisaje infinito.

                Shasta había escuchado decir desde pequeña a los mayores que, cuando moría un miembro de la tribu, tras vadear el río en cuya orilla el cuerpo era incinerado, y que bajaba de las montañas adentrándose en lo más profundo del bosque, su espíritu volvía a la vida convertido en águila: esas mismas águilas cuya impresionante silueta cubría a veces a los niños y niñas, que, como ella, se entretenían jugando a diario con bayas y guijarros junto al poblado.

                Shasta pensaba con frecuencia en su abuela Tallulah. Cuando murió, ella era muy pequeña, tanto como una semilla que cupiera en la palma de la mano, según su madre. No obstante, recordaba perfectamente el rostro amable y sonriente de su abuela: lleno de profundos surcos, pero suave a la vez, y con unas largas trenzas blancas como raíces. ¿Por qué eran blancas las raíces de las plantas más oscuras y hermosas? Su abuela era una preciosa y erguida planta de bonitas raíces blancas.

                La guerra desde siempre había existido con otras tribus. En la guerra se respetaba siempre a las mujeres y a los niños. La lucha se dirimía entre los guerreros jóvenes y se llevaba a cabo en las pálidas llanuras, a plena luz del día. La paz no tardaba en llegar; nadie estaba nunca interesado en prolongar demasiado la lucha.

                Sin embargo, hacía tiempo que los mayores hablaban de gentes armadas que venían de muy lejos, del otro lado del bosque y de las montañas, y que arrasaban los poblados aprovechando las noches sin luna. No distinguían entre viejos y niños;  a todos torturaban y asesinaban sin razón aparente. Se hacía extraña en la mente de Shasta una actitud así.

                Un día especialmente caluroso, mientras ella y otras muchachas recogían  flores rojas de la buena suerte, destinadas a la fiesta de la boda, próxima, de la hermana mayor de su amiga Aiyan, vieron a jinetes de piel clara y extrañas ropas acercarse al poblado. La mayoría de los hombres jóvenes había salido temprano para cazar y no tardarían en volver con la comida... Todo ocurrió muy rápido. Solo recordaba las voces, el humo y el olor acre a animal herido, a hierba húmeda y a inocencia sepultada en el barro...



                El bosque era un tapiz, un impresionante tapiz de verdes e innumerables hojas perennes de árboles que las señalaban desde el suelo. Junto a ella se encontraba su abuela Tallulah.  Ambas volaban a gran altura, rozando los extremos de sus alas, libres, felices, unidas para siempre...


NAVIDAD AL FILO DE LA POSIBILIDAD, por Gloria Acosta






El bosque era un tapiz de musgos irisados bajo el vaporoso rocío que las primeras horas esparcía, liviano, sutil y resbaladizo entre la savia. El viento agitaba las ramas de  laureles y  brezos enredando en su  baile a las yedras que abrazaban  los troncos. Un explosión de davalias horadaban las cortezas. Cientos de ramas nuevas se soldaban entre sí cercando los troncos viejos que subsistían imponentes a esta fiesta verde y milenaria.La umbría cobijaba al misterio.

Tras un recodo, el sendero del Lomo de la Jara se retuerce. La humedad de la lluvia horizontal lo vuelve resbaladizo. Y de repente, al fondo, entre los Guardianes Centenarios que vigilan las cuevas de Toledo, el milagro navideño no sorprende a nuestra protagonista. Mercedes sabía que  el viñátigo milenario florecería a destiempo, cumpliéndose así la profecía familiar, trayendo a su memoria las palabras que su madre repetía. El árbol, majestuoso pese a su corteza agrietada por los años, regalaba hojas nuevas desnudando las viejas que dormían su sueño carmesí. Allí, en las axilas de las hojas superiores, brotaban en inflorescencia de sus pedúnculos las diminutas flores amarillentas que iluminaron los ojos maduros de Mercedes.

—Madre, cuánta razón tenías.



La vuelta fue una remembranza, una sucesión de vivencias infantiles, historias de mujeres vecinas de los valles de Aguere, que anduvieron por caminos de lecheras huyendo de los fielatos hasta llegar a la Recova Vieja. Su madre y antes su abuela, aún sin cantar el gallo, salían en comitiva desde la Cruz de los Álamos sin derramar una gota de los cántaros que guarecían la leche en equilibro sobre sus sombreros de paja. Un desfile de blusas blancas, largas enaguas, faldas negras y lonas de caminar, a ratos cantando y a ratos en silencio, temerosas, espantando con rezos sus miedos de brujas que acechaban por las enriscadas cumbres en busca de  caminantes a quienes maleficiar. Luego, los cazos, algunos con más agua que  leche, llamaban  de puerta en puerta en la ciudad desperezada.

La joven Candelaria acariciaba su vientre redondo, henchido el delantal. “Será una niña”. Cuatro meses después, a la vuelta del camino, en una cuneta, parió a Mercedes.

—Madre, en la plaza dicen que eres bruja.

Candelaria hace una cruz en el aire y sonríe a su hija que no para de bostezar.

—¿Qué te corto Mercedes?

—El mal de ojo.

—Yo te corto el mal de ojo, susto o disgusto, pero no te lo corto con cuchillo ni con hierro martillado, sino con la palabra De Dios y el Espíritu Santo.

—Madre, dicen que la abuela iba en las noches de aquelarre al Bailadero de Anaga y que luego bajaba a bañarse desnuda a la playa.

—Si te entró por la cabeza, Santa Teresa. Por la frente, San Vicente. Por la nariz, San Luis.

Luego, Candelaria bostezaba y se santiguaba.

—Diles que bruja no sea si en Navidad florea.



Mercedes apresuró el paso. El tiempo se había enredado entre los árboles y el sol del invierno se dejaba caer tímido y placentero. Sus hijos habrían llegado ya. Debía prepararse para el entierro.

—¿Qué dijo el viñátigo mamá?

Mercedes sonríe.