La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de junio de 2016

Y del mar surgió la vida, por SERGIO PÉREZ RODRÍGUEZ.


"Y del mar llegó la Vida".
 Fotografía tomada en la playa de Tavira, Algarve portugues, Julio de 2009.
Llegar un día a la playa, y encontrar el mar tapado de algas, un banco de unos 50  mts de largo por unos 10 de ancho, y entre las algas, miles de Estrellas de Mar, moviéndose constantemente. Me imagine ese momento en que la vida marina, se animó a pisar tierra, adaptarse, lenta pero inexorablemente hasta llegar a nosotros, y no pude mas que retratar a quienes tal vez, fueran mis antepasados.


El mar, por JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN.




El Mar y la mar, por LUIS LÓPEZ-QUIÑONES RUIZ.


Inmenso azul, sin aristas,
despliega brazos de espuma,
cementerio de sueños de hombres,
apuesta de suerte y de vida.

Oscura alma, canto de sirena,
campo abonado, fértil granero,
a veces calmo, cálido, hermoso
otras bravura, venganza y furia.

Nombres  de jaula; Océanos, mares;
Negro, Rojo, Pacifico, Muerto;
fronteras vanidosas en mapas
soñando siempre que eres nuestro.

Hipnótico, inacabable horizonte,
camino imposible del cielo azul,
entre la línea del amanecer naranja
y la luz de atardeceres ocres.

Rugido; llamada presa en caracola,
Caricia; beso salado sobre la playa,
látigo que no cesa, antiguo apátrida,
a veces él y a veces ella.



Hay versos, por JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN.

                                                         




Hay versos sembrados en el mar
que crecen regados de sal y dominio,
alimentados  por la fuerza del viento.

Versos altos como olas,
peligrosos como huracanes.
Tan secretos
que solo los conocen los delfines.
Tan delicados
que se rasgan al toque de la actinia.

Imposibles líneas de palabras
que marcan los caminos purpúreos
del mar homérico,
los rumbos del holandés errante,
la impiedad de las islas huidizas.

Y la plenitud del buzo
que sorprende

 la canción de las ballenas.

Mar virtual, por GLORIA ACOSTA.




Por aquel entonces, mares y océanos fueron desapareciendo.
  Al principio, ocurrió de la noche a la mañana. La sorpresa, como corresponde a su naturaleza, solo se produjo esa primera vez.
  La capa epipelágica se esfumó dejando a la vista la mesopelágica. Fauna y vegetación se  adaptaron para sobrevivir  a doscientos metros más de profundidad. Muchos lo lograron a pesar de la escasa luz solar y la baja temperatura del agua. Otros, como los peces azules, amantes de  aguas agitadas, desaparecieron. Científicos de todo el planeta se reunieron para estudiar la situación. Líderes políticos convocaron cumbres de urgencia tratando de tranquilizar a la población. Mediterranean Shipping Company, Cosco Shopping, o Maersk Line, amarraron sus flotas en espera de soluciones, mientras las pequeñas navieras terminaron agonizando en dique seco. El Harmony of the Seas de la Royal Caribbean, o el Seven Seas Explorer de la Regent Seven Seas Cruises, cancelaron las reservas vacacionales a sus cruceristas que terminaron colapsando las compañías aéreas, desbordadas por la demanda, aunque recompensadas en sus dividendos.
  Como venía sucediendo desde el albor de los tiempos, la vida se ajustó al  nuevo orden y recobró su pulso. Los barcos se adaptaron para surcar nuevas aguas, los pesqueros faenaban con dificultad capturando animales desconocidos hasta entonces, que solo eran degustados en mesas opulentas, y los bañistas  disfrutaban cada vez menos de un mar que se volvía extraño.   
  Asociaciones ecologistas advertían  del peligro de sucesivas pérdidas de capas marinas, pero esas voces que sacudían la nueva estabilidad fueron silenciadas y olvidadas.
  Y sucedió.
   Mares y océanos dejaron al descubierto la zona batial. Los focos bioluminiscentes de esponjas y estrellas de mar, salpicaban de intermitencias la negrura del agua. Sólo algún cachalote se atrevía a descender a  esas profundidades en busca de alimento.
  La preocupación recorrió las calles cuando las regiones de costa se asomaron a un precipicio que mostraba una masa gélida y oscura, y desató el pánico  cuando sólo quedó al descubierto la zona abisal.
   Nadie se atrevía a poner un pie en agua salada. Las flotas navales disminuyeron en cantidad y aumentaron en volumen para  transportar mayores cargas a la vez que se ampliaron los pasillos aéreos que apenas podían satisfacer las apremiantes necesidades.
   Las sociedades vivieron crisis y reestructuraciones, propias de toda metamorfosis, poniendo a prueba la capacidad de adaptación del ser humano que una vez más sorprendió a la nueva era. Los expertos advertían del fin del ciclo hidrológico, pero aún quedaba mar para andar preocupándose.
  La  siguiente  fue la definitiva.   
  Desaparecida también la zona abisal, el enorme hueco se perdía hacia la nada. El planeta borró el azul.
  La zona hadal, que  sólo podía verse en la fosa de las Marianas en la costa de Japón, se desvaneció dejando sin vida en un fondo estéril, a los extraños seres que aún nadaban en esas profundidades. Miles de pecios reposaban en un espeluznante cementerio de hierro y acero, acompañando a los que dormían su naufragio desde siglos atrás. 
  Los gobiernos invirtieron ingentes partidas económicas en limpiar toda aquella basura, pero a cambio obtuvieron grandes beneficios  cuando lograron transformar aquella inmensa superficie de montañas, volcanes y valles en una enorme red de  autopistas  que unió continentes e islas. Barcos legendarios como el Titanic, el Lusitania, el Bismarck o el Wilhelm Gusloff, formaron parte del decorado de un gran parque temático.
  La riqueza cambió de manos una y otra vez hasta que las empresas químicas coparon el mercado al conseguir elaborar ingentes cantidades de agua artificial, estabilizando el peligro que generaba la descarga de energía necesaria para unir dos átomos de hidrógeno con uno de oxígeno. Al principio esa producción se utilizó para la venta de lagos  y fuentes que se repartieron por todo el mundo. Años después, al añadir los minerales necesarios para el consumo, surgió el mercado negro de agua potable.

_ ¿Alguna duda?

   La sirena dio el aviso y el reproductor de realidad virtual dejó de emitir. Del fondo de la sala alguien hizo otra pregunta.


  _ ¿Mañana nos explicará por qué vivimos ahora en Marte?

Llévame, por ISABEL REZMO.




Para Ana García Briones

Llévame dentro, muy adentro,
lejos...donde no escueza el sol,
donde la marisma se condense en el fuego,
en el espectro, en el aire de la realidad.
Llévame lejos,
tan adentro…
muy dentro, muy lejos,
donde el coral se vuelva una flor
tatuada en el mar.
Tan dentro.
Lejos... tan cerca de tu  sal,
a la deriva, lejos.
tan lejos de esta nostalgia,
donde los marineros
ofrecen olas en soledad.
En la paz,
en las rocas,
te lo digo. Lo imploro.
Lejos... dentro del océano
en la eternidad.


JUVENAL SOTO (Poeta)



Hace casi seis décadas yo era un niño de cinco años conducido cada día por su padre a un caserón poblado por seres tristes, siempre vestidos de negro. También cinco años hubieron de pasar hasta que mi padre me trasladara de colegio: otro caserón, más grande y tétrico que el anterior, en el que más seres vestidos de negro me hablaban de Dios y de Julio César, de Viriato y del caudillo de entonces, de ríos prodigiosos que desembocaban en las marismas del sur de España y de malos españoles que quemaron la imagen de un niño extranjero llamado Estanislao de Koska.
La bandera de lo que ellos me dijeron que era mi patria tenía, por entonces, un pájaro aterrador en mitad del amarillo al que aquellos hombres de negro se referían llamándolo "gualda". Mucho tiempo después, ya casi a punto de abandonar la facultad de Derecho, supe que ese niño que pasó su bachillerato entre Maristas y Jesuitas tenía otra patria más y otra bandera nueva, verde, blanca y verde. Esta vez, la figura de Hércules y las de dos leones amenazantes manchaban el blanco entre verdes del trapo de mi patria recién estrenada. Sin embargo, para esa fecha ya sabía yo que mi patria eran las palabras.
Alguien me insiste desde la memoria: "La verdadera patria del hombre es la infancia". Pero yo recuerdo a un niño que, de la mano de su padre, todas las mañanas recorría el camino de la tristeza hasta llegar al caserón desolado de los seres vestidos de negro. Allí me aguardaban otros niños que tampoco podían gritar, ni reír ni ser felices, y un hombre clavado en dos palos con forma de cruz me obligaba a contarle cosas a un padre nuestro que no era mi padre, el que me había dejado, un par de horas antes, en mi destino de niño de colegio de curas. Mi patria era entonces mi casa, la merienda de hijo único en un jardín de Pedregalejo, mi perra Gina, cuatro amigos que todavía recuerdo.
Cuando estudié derecho constitucional, quienes se empeñaban en que mi patria tenía una bandera roja, gualda y roja, se oponían a que una constitución diese alguna validez a ese trapo bicolor. Un Fuero de los Españoles era la infamia que debíamos aprender los estudiantes de una disciplina que situaba en las constituciones la legalidad de los países del mundo "civilizado". Ya con la certeza de que mi patria ni era mi infancia con los curas ni aquel carajo del Fuero, me hablaron de la nación andaluza, de una patria llamada Andalucía que precisaba un estatuto para ser tal. No una constitución, tampoco un fuero; esta vez sería un estatuto el papel con el que se dignificaba mi patria.
Ahora, hoy mismo, algunos libros de versos escritos por mí me dicen que las palabras son mi única patria, porque las mujeres y los hombres que leen esos libros me contestan desde América y desde Logroño, desde aquí y desde allá, contándome que me entienden, que comparten conmigo algunas soledades y algunos desaciertos. Sin bandera ni constitución, día a día, año tras año, las palabras construyen mi patria.
Juvenal Soto.


RESEÑA

Juvenal Soto (Málaga, 1954) ha publicado los libros de poesía: Ovidia (Madrid, 1976), Ephímera (Málaga, 1983), El hermoso corsario (Antología poética 1972-1986) (Málaga, 1986), Fama de la ceniza (Madrid, 1997), Paseo marítimo (Madrid, 2002), Las horas perdidas (Madrid, 2002), El cielo de septiembre (Córdoba, 2008) y Compañeros de viaje (Málaga, 2009).
También es autor de varios cuadernos y plaquettes: Una enorme cúpula de cristal (Málaga, 1972), Homenaje (Málaga, 1986), Ceniza de la fama (Málaga, 1994), Cuaderno de Bilmore (Málaga, 2001), Dioses de ahí abajo (Málaga, 2003), Voces, dioses, cabras (Cádiz, 2004), Un sueño en Reading (6 sonetos) (Madrid, 2007).
Ha expuesto sus fotografías y poemas en España, Argentina y EE.UU.
Parte de su obra poética ha sido traducida al rumano, francés, inglés, alemán e italiano.


Como crítico literario, ha publicado numerosos artículos y reseñas sobre obras de autores españoles y extranjeros en diferentes diarios y revistas especializadas. En esta disciplina es autor de tres estudios publicados en volumen: “La poesía española durante el franquismo”. Revista Litoral. Málaga, 1976. “¡Bebed agua del Niágara!”, estudio introductorio a Seis poemas inéditos de José María Hinojosa (Ediciones del Centro Cultural de la Generación del 27. Málaga, 1988). Antología de la joven poesía andaluza. En colaboración con Álvaro Salvador y Antonio Jiménez Millán. Revista Litoral. Málaga, 1983. De 1989 a 1991 presentó y coordinó el programa de la Primera cadena de TVE Entre líneas, dedicado exclusivamente al análisis y debate de la Literatura contemporánea europea.

Como columnista de opinión ha colaborado con secciones fijas en diferentes diarios y revistas (Diario 16, El País, El Mundo, Cambio 16, Sol de España, Sur y La Opinión de Málaga) y publicado una recopilación de estos artículos con el título de ¡Que les den candela! (Málaga, 2003).

Ha impartido cursos de literatura española en la Universidad de Málaga, Universidad de Milán (Italia), Dickinson College (Pensilvania, EE.UU.), Lebanon Valley College (Pensilvania, EE.UU.) y Hollins University (Virginia, EE.UU.)

Ibiza en octubre



                                              
                            Es octubre en Ibiza el caramelo
                            de una tarde con mar y con gaviotas,
                            corazones que pasan por el cielo
                            del otoño que lame sus derrotas.

                            Como rompe la vida en desconsuelo,
                            las playas del verano ya están rotas;
                            y esta mar de la tarde abriga el vuelo
                            de otras islas soñadas y remotas.

                            Reposa del amor la selva en calma,
                            en sus inviernos duerme la memoria,
                            cruzándola de besos va la palma

                            de mi mano, aquel resto de la gloria
                            de pasar de puntillas por el alma
                            y ser joven. Pero esa es otra historia.