La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de noviembre de 2015

Otoñal, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.

     



        Estos días de otoño
no quisiera escribir otra cosa
sino pájaros arropados de grises
que guardan entre el plumaje un beso frío 
de brisa.

        Estos días,
la torres recuerdan su verdor al musgo de las tejas,
y se respira en rededor una esencia que recuerda
rosas secas entre libros.
        Pues la naturaleza ha quedado quieta,
espectante, 
tan atenta que parece que presiente.

      Estos días las horas se visten de tornasolados cromos
y el tiempo parece rendir homenaje al silencio,
se retorna a las cosas, al rincón,
el corazón nos palpita alguna parte que dejamos olvidada.

Un paseo por el cementerio, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.

Cementerio de Guadix (Archivo de los Hnos. Fossores de la Misericordia)

     Pasear por el cementerio es una costumbre para mí desde que era una niña. Solía sentarme sobre las lápidas en los días soleados y comentar con alguna amiga esta o aquella tragedia de la familia de la foto ovalada, cuyos colores casi irreales y descoloridos les da ese aspecto de fantasmas tan propio de estos lugares. O mirar las viejas tumbas sin lápida, tan sólo cubiertas por un montón de tierra encalada. Como esa que tiene una cruz de madera torcida, que en el Día de Difuntos, los familiares remotos  o un alma caritativa endereza, dejando caer sobre ella la flor sobrante que más tarde será arrastrada por un viento injusto. Estas tumbas anónimas son las que más llaman mi atención.
 
     Los Frailes Fossores de  la Misericordia conocían la historia del muerto de esa tumba, porque el hermano Fray José María de Jesús la contaba en numerosas ocasiones y fue pasando de una generación a otra: Esa que veis ahí, es la tumba de una niña. Su familia vivía en una cueva de aquí al lado del cementerio. Eran tiempos difíciles, donde vivir o morir era cuestión de suerte. Las tumbas de los párvulos sembraban el camposanto y los padres tenían los ojos secos de tanto llorar. El padre era de oficio enterrador, pues  los frailes aun no habían venido al pueblo, y él se ocupaba de dar sepultura a los fallecidos. En el año 1918, hubo una epidemia de gripe despiadada que se dejó sentir con mucha fuerza por aquí, llevándose la vida de muchos niños, pues al igual que los ancianos, eran las presas más débiles. Los niños de las familias ricas eran enterrados  en suntuosas tumbas, adornadas con ángeles tallados en mármol blanco, para que velaran por las almas de los infantes. Los más pobres recibían un funeral de limosna y enterraba a sus hijos en la fosa donde yacían sus familiares más o menos cercanos. A veces una misma familia se veía en la necesidad de abrir la tumba a las pocas semanas de haber enterrado otro hijo y el enterrador era testigo del dolor terrible de padres y madres, cuyas caras de enajenados, quedaban grabadas en su retina. Incluso él, un hombre fuerte de espíritu, en ocasiones se derrumbaba, y cuando el séquito  resignado cruzaba las puertas del cementerio, él se quitaba la gorra y de rodillas lloraba en silencio.

     Una tarde Nazaria, su hija de 8 años, se acercó hasta allí para llevarle la merienda a su padre y lo encontró con el caldero de cal y la brocha, blanqueando el montículo de piedras  y tierra de una tumba de niño recién cerrada.

-         --  Dígame padre ¿por qué pinta de blanco la tierra?

    La pregunta cogió un poco desprevenido al padre que permaneció unos minutos en silencio, pensando qué respuesta dar a una niña que aun no conocía la crudeza de la muerte.

-          -- Las pinto de blanco para que la gente sepa que aquí duerme un alma pura y no puede pisarse por nada del mundo. Si no la pintara, la gente olvidaría que duerme aquí y todos la pisarían.

           La respuesta impresionó a Nazaria que miró la fila interminable de tumbas que aun faltaban por pintar. Después de compartir parte de la frugal merienda con su padre, le pidió una brocha, y muy resueltamente se puso a blanquear sepulturas.

     A los pocos días, el enterrador y su familia fueron alcanzados por la epidemia. Primero fueron dos niños de corta edad, menores que Nazaria, mas tarde murió la madre. El día del entierro de su padre Nazaria lloraba desconsolada, preguntándole a la gente quién pintaría su propia tumba, si ella llegaba a morir. No trascurrió una semana cuando también la niña fue enterrada en la misma fosa. Sus familiares y amigos, se ocupaban cada año de blanquear la tumba de Nazaria en la víspera del Día de Difuntos, y más tarde los hermanos y yo nos encargamos de ese menester.
     
     Mi amiga se acercó a la tumba, que a pesar de haber transcurrido casi un siglo aparecía radiante como el primer día.

-             -- Y dime, ahora ¿quién pinta la tumba de Nazaria?

-         --  ¡Ella misma! – respondí- Mi amiga volvió el rostro sobrecogida, pero yo me había ya marchado. Los vivos no están preparados para entender el lenguaje de los que hace mucho tiempo que dejamos este mundo.

He nacido otoño, por MARÍA PIZARRO.






Antes que supieras nada, los libros en la escuela,
 la vida en sus páginas, las sílabas en las palabras;
los primeros balbuceos y llegaría  a tu casa ocioso,
 con la lentitud con que  las hojas secas se caerán.
No dio tiempo y te pusieron tu primer abriguito
de lana, una cartera en el hombro y las botas de agua.
Te zambullías entonces en la piscina amarilla
 de los árboles de la calle, que no vivían  niños
en tus juegos silenciosos, caduco vuelo del aire.
Siempre pensaste que eras como el frío que acecha
y las aves migratorias quienes llevan tu destino.
Soy como soy, decías, porque he nacido Otoño.


Noviembre, tiempo de ángeles tristes, por JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN







En las estatuas suena el otoño, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS.



Quiero hacer de estas perchas desoladas
un punto de partida
hacia los ventanales del otoño,
en unión imborrable
con la profundidad de la tristeza.
En las estatuas
el beso de la lluvia
empieza a estremecerse,
y desnuda su frío
en la piel de noviembre
a la que se aproxima
en busca del latido maternal,
escapando del cepo de los años
que descomponen árboles caídos
en bullicio de ratas.
Y desde la oración
de las hojas en gira,
el sonar del autillo cazará en los ojos
la sinrazón del mármol,
y un fermento nativo
dará hogar
a mi sala privada.


Tu nombre, por JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN.

                   



                 (De Mortalmente vivo)


Tú eres el corazón que late
en el lirio azul de mi ventana.
Pero también el lívido jazmín oculto
entre las pesadas hojas de mis libros.
Una dalia dormida,
una rosa quemada,
un clavel que, robado entre las tumbas,
se estremece en el cuenco de mis manos.

Me acerco a ti
esquivando incontables mármoles escritos,
queriendo ahondar en el misterio de tu nombre
ya por siempre subrayado por dos fechas.
Tu nombre amado,
tu nombre libre,
tu nombre vivo.
Y me repito,
clavándome las uñas en el alma,
que lo que fue, será,
que el milagro, una vez nacido,
ha de vivir para siempre.

Y regreso confusa al latido de los lirios luminosos

y al silencio de los jazmines escondidos.

Recuerdo infantil, por ALICIA MARÍA EXPÓSITO.



En noviembre
se llenaba la casa
de olor a arroz con leche,
 a castañas asadas
y a manzanas maduras.
Por las tardes,
 todavía muy temprano,
salíamos al camino.
En invierno
 buscábamos el sol,
y en  el otoño las acerolas dulces
y las moras.
Por el cerro,
entre arboledas,
veíamos el cortijo.
“Era allí-me decías-.
Allí vivió el abuelo”.
Y yo detenía el paso
para escuchar tu historia.
Imaginaba un cuadro,
una acuarela azul,
clara como aquel cielo,
limpia como tus ojos.


Así, entre cuentos,
cruzábamos la rambla
triste de invierno,
empapada aún
de rocío mañanero.
Con el paso cansado
 llegábamos al pueblo.
¡Qué lejos han quedado
 aquellos días
y a un tiempo
qué cercanos!.
Recuerdos infantiles.
Eran tardes de sol.
Los árboles hablaban
con una voz de viento.
Como cada noviembre,
cantaban las acequias

y el campo sonreía.