La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 5 de agosto de 2023

LEY VITAL, por Azul Dos.

 



Era todo un proceso. Llegar y manar. Fluir, confluir, remansarse con el tiempo, antes de la  desembocadura inevitable. Fuente de seres vivos. Creación. Vida. El secreto estaba en amarla para no desperdiciarla y abandonarla antes de tiempo. A Agustín le gustaba, de toda la vida, observar el agua en todas sus manifestaciones. Manantiales de montaña cuando era joven, los regadíos agricultores para cosechar la siembra, ríos y mares cuando podía viajar, las fuentes urbanas del pueblo ahora que lo ataba en corto la edad… Agustín siempre encontraba su origen y su acomodo en cada rastro de agua. Mecerse, sumergirse en aquel murmullo primordial, dejarse llevar por cada uno de los sentidos y por la evocación… Con el agua podía volver atrás en el tiempo, viajar donde quisiera a su través por tenerla interiorizada como pocos. Para Agustín no tenía nada de raro abismarse en la contemplación de las aguas. Orillaban en él una abstracción general con carta blanca para imaginar. Ya podían pensar los demás lo que quisieran al verlo inmerso en su mundo, que nada turbaba sus remontadas interiores, su audiencia de armonías íntimas; aquel santuario de suyo y de nadie más.

Desde niño Agustín se venía preguntando de dónde sacaría tanta fuerza y persistencia el agua; cómo podría manar sin cesar de fuentes y surtidores, en superficie o bajo tierra, contra todos los demás elementos. Todos los días del año, ya fuera invierno o fuera verano, cantaran los pájaros o los cisnes en cada estación de la vida, seguían su curso las aguas. Corrían sin parar, aunque no se supiera bien hacia dónde. Ni siquiera al beberlas estaban quietas o localizadas mucho tiempo, por más que fueran el componente esencial y mayoritario de todos los organismos vivos.

Corría el tiempo y las gentes y los cultivos se agotaban, se secaban y se morían. Pero el agua no. Aunque retrocediese, jamás perdía y siempre dejaba su huella. Un circuito continuo, imperturbable, eterno. Ay, quién pudiera seguirle al agua el curso y el ciclo: tampoco habría de morirse nunca tan afortunado seguidor, se decía Agustín. Pero no. El único curso que estaba en condiciones de seguir él ahora era el del encogido riachuelo para volver a su casa poco a poco, que los años ni perdonan ni se olvidan de pesar. Posiblemente se encontraría con su hijo al llegar. Le había dicho por teléfono que vendría. Hacía tiempo que no se acercaba por el pueblo. ¿A qué se debería la visita esta vez? ¿Volvería para pedirle más dinero? ¿Para otro aval con las tierras que no quiere seguir cultivando? ¿A decirle que lo había hecho abuelo y que por fin pensaba sentar la cabeza un mínimo?, se iba preguntando Agustín entre el murmullo impasible del agua. A quién habría salido su vástago, que en tan poco se le parecía. Aunque por muy cabra loca que fuese, tampoco podía cerrarle la puerta y el grifo a su propia sangre directa. Era ley de vida, vital e inevitable. Y biología mandaba ya desde el agua. En el campo, en la ciudad, en todas partes; en todo lo tocante a la fibra de los seres vivos.

 






LA VEJEZ DEL CAMPESINO, por Mercedes García Poyatos (2º Premio)

 


Se mira las manos. Primero las palmas y luego el otro lado. Varias veces, como para cerciorarse que las ha visto bien. Están esclarecidas. No como antaño, que de tanto sol y tanta tierra las tenía negras como el carbón y no había forma de quitarles esa roña que parecía que estaba incrustada en la propia piel a modo de tatuaje. El mismo día de su casamiento se pasó una hora larga intentando dejarlas lo más decentes posible: le avergonzaba sobremanera que, en el momento de colocarle el anillo, la novia pusiera mala cara y pensara que se estaba desposando con un dejado. Los callos de las palmas, las borregas y las grietas fueron más difíciles de arreglar para aquella jornada tan señalada. A duras penas y con múltiples remedios caseros consiguió disimular los efectos de la azada y el arado. Para ello llevaba días usando su propia orina y lavándose después con el jabón de sosa que hacía su madre. También se rebozaba las manos en manteca al acostarse, pero ni con esas logró que sus caricias fueran suaves en la noche de bodas.

Nada que ver como las tiene ahora, de cuidadas y blanquitas. Desde que sufrió aquel ictus que lo dejó con medio cuerpo paralizado, apenas va un par de días a la semana y casi tiene que suplicarle a algún hijo o nieto para que lo lleven a dar una vuelta al haza. Casi siempre en sábado o domingo, lo acercan con el coche para conformarlo y allí, cayado en mano, va paseando entre los surcos medio desmoronados y secos, repletos de malas hierbas, y se acerca a los olivos y a los almendros, viendo si las últimas heladas han hecho mucho daño, aunque de nada sirve si al final los frutos se quedarán en los árboles.

¡Cómo tenía él la tierra! Daba gloria ver la perfección geométrica de los surcos, emparejados por cultivos: aquí las cebollas, los ajos al lado y alrededor, calabazas. Las hortalizas de verano, sembradas a partir de semillas de las mejores del año anterior que guardaba en tarritos con el nombre escrito: "Tomates de pera”, 'Picantes’, “Pepinos", plantadas primero bajo el plástico a modo de túnel y ya crecidas, en el exterior.

Cada mañana, bien temprano, empezaba el ritual: labraba varios arroyos quitando las hierbas indeseadas, enderezaba las matas caídas y aplastaba terrones sueltos. Entresacaba frutos de los árboles o recogía los maduros. Tomaba un bocado a media mañana, casi siempre algo de lo que le ofrecía la tierra y continuaba la tarea. En primavera y verano había mucho más trabajo, echaba toda la jornada allí y volvía a la caída del sol, subido al carro que tiraba la mula torda, a descargar en la despensa de la cueva lo que hubiera recolectado a lo largo del día. Cuando el campo ya no daba lo suficiente para el sustento de la prole, buscó trabajo en la obra y redujo la siembra, dejando sólo lo necesario para la casa. Al jubilarse regresó con más ganas pero con menos fuerzas y plantaba de todo para la familia, ya crecida y multiplicada.

Hasta el día de la embolia maldita. Meses sin pisar la vega y después, esperando como pidiendo limosna que alguno lo lleve para ver, con tristeza, una tierra en barbecho. Pero un domingo, el nieto mayor se ofrece a llevarlo al campo y allí, sentados en sendas cajas de fruta bajo un almendro ya florido, le dice el joven.

 — Abuelo, estoy pensando en quitar esos hierbajos y sembrar unos arroyos de patatas.

Asombrado y emocionado el abuelo lo mira con ojos brillantes.

— Pues recuerda que para San José tienen que estar puestas.

Todavía queda esperanza.

 

 

ADÁN Y EVA, por Julio Navarro Carmona (1º Premio)


 

                                           ADÁN Y EVA

  

El abuelo esparce un puñado de aceitunas sobre la superficie del tocón de olivo que tiene entre sus piernas y las va golpeando una a una, con la fuerza justa para no romper el hueso. Cuando están todas majadas, con el mismo guijarro, las empuja con maestría hasta la orza que colinda con el madero y repite la operación.

Lo observo apoyado en el quicio de la puerta del porche, disfrutando de esa obra de arte en movimiento, ajena a su belleza, que la otorgan los ojos que la miran. No quiero molestarlo.

Levanto la mirada y el olfato hacia el patio recién regado de este atardecer que huele a hierbabuena, a romero, a rosas y jazmín. Perfuman la tarde.

La abuela aparece tras el cortinón, secando sus manos en el eterno delantal que parece una prolongación de sí misma.

 Me pregunta si quiero hacerle un mandado. Cómo si tuviera otra opción, pienso. Pero le sonrío. A mis quince años no se me pasa por la cabeza desairarla.

La acompaño hasta la despensa, una habitación amplia que suele estar en penumbra, fresca, con anaqueles donde descansan una variedad de botes en conserva, esterilizados al baño María.

 Bajo ellos, como si de un bodegón se tratase, hay tres orzas repletas de aceitunas,  junto a dos cántaras de aceite; finaliza el cuadro un lebrillo, apartado del resto,  que contiene jabón casero.

 La abuela coge cuatros botes de berenjenas y me pide que se los lleve a la vecina África, que acaba de salir del hospital.

Si lo sé no vengo, me digo. Esa mujer a la que le tengo que llevar las berenjenas tiene una hija un poco orate. Va diciendo por ahí que está enamorada de mí y que se casará conmigo. No puedo evitar poner un gesto de fastidio.

Al salir a la calle veo a algunos vecinos tomando el fresco, sentados en sillas de todo tipo. Son parte de la familia, sin ser de sangre.

Esta vecina que se encuentra enferma será agasajada con visitas sin prisa deseándole lo mejor. Se ofrecerán para hacerle las tareas del hogar hasta que se recupere y recibirá regalos en forma de comida y bebida; sobre todo, no sé por qué, botes de melocotón en almíbar y zumos de la misma fruta. Creo que deben de tener alguna propiedad curativa, o regalar ese producto está asociado con una pronta recuperación.

Voy dando las buenas tardes. «Anda con Dios» me contestan los mayores, mientras los botes tintinean en la bolsa de plástico a cada paso que me acerca a mi destino.

Llamo al timbre dos veces y le pido a alguna deidad que no abra esa chica, pero abre ella. ¡Quién si no!

 Nunca la había contemplado frente a frente, tan cerca. Lleva el cabello descansando sobre sus hombros y hasta mi olfato llega un aroma a vainilla. Tiene los ojos grandes, del color de las cáscaras de las almendras maduras. Su rostro ovalado posee pecas que nunca había visto, parecen estrellas en ese precioso firmamento.

 Me sonríe y las estrellas de su rostro se transfiguran en otra constelación distinta. Tengo que forzarme en no mirarla.

Me invita a pasar, pero le pongo una excusa y le entrego la bolsa con los botes de berenjenas y el recado de mi abuela. Me doy media vuelta y alivio el paso. De espaldas a ella la escucho preguntarme: ¿Acaso me tienes miedo, Adán? Me hago el sordo y sigo mi camino, pero su risa, su rostro, sus pecas se quedan en mi pensamiento.

Esa noche, en la cama, me cuesta conciliar el sueño. La imagen de esa chica aparece una y otra vez y me descubro rememorando cada detalle de su rostro.

 A la mañana siguiente, cuando bajo de mi cuarto para desayunar, me encuentro con la cocina repleta de personas conocidas. Había olvidado por completo que hoy era la protesta. 

Escucho a alguien decir que el pueblo se está despoblando. Otro informa de que está pensando en vender sus propiedades y marcharse. En ese momento se produce un silencio frio. Los pocos que se atreven a mirar a la persona que ha pronunciado esas palabras lo hacen con tristeza. El ambiente se ha enrarecido de repente.

Mi padre da un palmetazo sobre la mesa y dice que hay que luchar. Ya se ha elaborado un plan para atraer a foráneos que equilibre la balanza de los que se marchan ofreciéndoles facilidades a la hora de adquirir una vivienda, junto a un trabajo digno y una vida sana y tranquila que tan solo te la puede ofrecer el pueblo. Y a medio día saldrán por las calles con pancartas y pitos. Ya han llamado a varios medios de comunicación para que cubran la noticia y sirvan de altavoz a la sociedad.

La plaza frente al ayuntamiento se encuentra llena de gente. Unas ochenta personas. Las autoridades van en cabeza.

Eva se ha apuntado y aparece disfrazada de india, con pinturas de guerra en su rostro. Tres líneas negras sobre ambas mejillas. Lleva una bolsa repleta de huevos en la mano.

Escuchamos silbatos. Le pido a Eva que deje lo que porta y que no haga ninguna tontería. Me responde que esté tranquilo y me sonríe. ¿Cómo voy a estar tranquilo con ella al lado vestida de guerrera india y armada con huevos?

Sale corriendo y voy tras ella. Cuando llega a la cabeza de la manifestación, frente a las cámaras que graban la noticia, lanza huevos frescos a los políticos que van en la vanguardia. Tiene buena puntería.  Creo escuchar un ¨sálvese quien pueda¨, pero no estoy seguro. Todo pasa muy rápido.

Al grito de ¨nos estáis extinguiendo¨ huye veloz, mientras me conmina a seguirla y mis pies actúan por mí.  Entendí en ese momento que estaba enamorado de ella y me dio miedo sentir. Sentir. Qué palabra tan grande. Y mientras corría pensé que quizás, solo quizás, en nosotros estaba la clave de la supervivencia de este pueblo.

lunes, 24 de julio de 2023

AHORATELEO, revista literaria. Número 3. Julio de 2023.

 



Editado en Guadix, Granada 
por Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul"
ISSN  2952-5721



SUMARIO



Astrolabio

CARTA A "LA LIBERTAD DUELE" DE F. J. FRANCO-MIGUEL, por Isabel Pérez Aranda.

   


 Es cierto que el dolor nos modela hacia una libertad que siempre debió de ser innata en el ser humano, pero el proceso de la fragilidad, de lo físico, de no poder ser, porque el dolor lo dificulta, quizás sea al fin y al cabo el detonante de la superación, lo que nos hace perder miedos. La poesía no se explica, porque en sí, tiene múltiples  ventanas a múltiples paisajes, lo que implica un mundo de posibilidades, y tú poesía, que habla de dolor, del olvido, de hojas, esas que apartamos de niños  como canicas, y que naufragan como olas repetidas,  una y otra vez y que no por ello se muere en la espera. Tú poesía es veraz, y empuja a seguir leyendo, a presentir los recuerdos y sonetos que atrapan, para contar sus sílabas, por pura manía.  Al leer tus perseidas me vienen a la mente las cometas en aquellos cerros, donde los universos siempre buscan orígenes y destinos, y otra vez vuelven los sonetos con sueños de poetas, y así el otoño y sus hojas se manifiestan en silencio.

 Presiento las arenas, las espumas y ese mar de gaviotas que también es mi mar, que poco a poco te va acercando al destino, ese que tanto amamos y no nos dejará ni un instante, por muchos caminos que recorramos y playas que nos susurren gemidos del pasado. Pero no, no lo creo, nuestra generación no deja de luchar, de mil maneras y a pesar de todo regresamos atraídos por los olores y sabores mirando al infinito, donde la soledad espera  a que decidas , mientras la libertad duele.

 No entiendo otra forma de sentir un poemario, y el tuyo se hila de principio a fin con un sutil y a la vez veraz sentimiento de fragilidad y futilidad que llega.

"PALABRAS COMO VÉRTEBRAS DE AMANDA GAMERO", por Isabel Pérez Aranda.

 



Cuando leo un poemario, me dejo llevar por la palabra, lo que me quiera contar, en segunda lectura atisbo conexiones agazapadas, que encuentra la manera de salir, esa sutil sincronía cobra sentido en "Palabras como vértebras" desde lo personal, se abre paso hacia la piel que zurce un corazón que sacude el dolor de los días. Mientras el buzón del tiempo acapara, trashumancias, sapos croando, tierra y regaliz, todo por un óvalo de luna, y pétalos que caen por el camino,

donde las margaritas soportan el dilema.

De costuras y pespuntes la memoria infantil, nexo materno que hilamos en nuestros versos.

Cada poema, a veces solo un verso, el instante preciso en que el jazmín se mece entre la hierba, y el silencio es un grito de horizontes presos, entonces sin prisa, se cosera por el llanto de la vida, por honrarla, por un tropel de palabras susurradas, por las mismas grietas de la vida, donde todo el invierno cabe en tus ojos.

De seguro que una lectura en tiempo futuro, me traerá, algún que otro mar desconocido, un porvenir de fados, equivalencia de universos que conectan sin más.

Pensar de otra manera , no me nace,

cuando el verso se muestra, el trance lo es todo.

De una lectora que siente. 


“ASTROLABIO”, UNIVERSO DE CUENTOS, por Carmen Hernández Montalbán.

 


Los títulos de todos los libros de Ángel Olgoso son, por sí mismos, células de cuentos. Los lectores sabemos que un buen título es como un imán que nos atrae hacia la lectura del libro, sea cual sea el género en cuestión. Pero la elección del título de un libro de cuentos breves, como es el caso, es algo que merece cuidado. El título nos orienta y, sin él, las historias pueden producirnos desconcierto, sobre todo a los lectores menos avezados. El título de este libro, “Astrolabio”, cumple más que en otro la función que debe, porque la palabra astrolabio nos lleva a pensar en el objeto al que alude; algo que nos sitúa, nos orienta, nos advierte que existe un universo por descubrir.

Olgoso ha sido, ya desde el inicio, un maestro del cuento breve. Sus relatos y microrrelatos han servido de ejemplo en numerosos talleres y cursos por su singularidad, y por ajustarse a las características del microcuento o el microrrelato.

No es únicamente en la brevedad en la que se define un microrrelato, como se pudiera erróneamente pensar. Cualquier texto breve no es un microrrelato. Podrá ser un aforismo, un poema, una idea, un apunte, una noticia, una carta..., el microrrelato es un subgénero complicado que requiere destreza y precisión.

Un microrrelato es un texto hiperbreve que nos cuenta una historia y debe tener la capacidad suficiente para turbar al lector.  En este tipo de textos, lo que se insinúa o como lo llama la hispanista Irene Andrés-Suárez: “los espacios de indeterminación” cobran doble importancia.

Un ejemplo taxativo de microrrelato lo tenemos en el titulado “Cuenta atrás” de este libro:

 

Cuenta atrás

Siete decenios. Seis trabajos. Cinco infidelidades. Cuatro operaciones. Tres hijos. Dos latidos. Un suspiro.

 

O el extraordinario microcuento “Todas hieren”..., con el ingrediente prodigioso que distingue a la mayoría de los cuentos de este libro.

 

Todas hieren.

El reloj de pulsera finge que es un inofensivo accesorio, un adminículo útil, un satélite diminuto y encantador. Su apariencia no sólo no resulta amenazadora sino que, a modo de lisonja, parece prestarte brillo, distinción y un poder absoluto sobre el tiempo. Sin embargo, sin que sospeches nada, y mientras las manecillas distraen tu atención, él se aferra codiciosamente a la muñeca, se prende a la piel atraído por el rumor de tu sangre, devorando tus latidos, cebándose en tus sueños, palpitando al unísono con tu corazón de incauto. Debes saber que, aunque apenas se le pronuncian los colmillos, toma siempre la precaución de insensibilizar la zona para volver imperceptibles sus dentelladas. Y un día, completamente succionado por él, ya no te necesita, y hay gente alrededor que habla a media voz mientras alguien lo desata de tu muñeca inerte.

 

Este microcuento, en mi opinión, contiene implícita la advertencia del paso ineludible de las horas. Esa es otra característica propia del cuento: contiene una sentencia, una enseñanza que nos lleva a la reflexión. Todos los cuentos de astrolabio cumplen ese cometido.

Este universo literario está poblado de mundos. Cada relato es un mundo en el que viviremos experiencias inquietantes, prodigiosas, iniciáticas..., basta con afinar el telescopio de la lectura. Dejarse guiar por este astrolabio olgosiano es fascinante, pues los mundos que señala siempre nos resultarán sorpresivos. Parábolas orientales, metáforas del fin de los tiempos, ecos metaliterarios, imágenes poéticas, metamorfosis..., todo un cosmos por revelar.

Aconsejo su lectura como aconsejo la de cualquier otra obra de este creador de mecanismos literarios de precisión, este mago de la agudeza narrativa que es Ángel Olgoso, ante quien me quito el sombrero.