La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de febrero de 2017

El beso, por GLORIA ACOSTA




  La esperó toda la noche en un duermevela extraño.
    La oyó llegar de madrugada. La fría sala, aún entre penumbras, apenas dejaba pasar el alba por la pequeña ventana del fondo. Escuchó su hilo de voz al acercarse a la madre que trataba de descansar en una incómoda silla. Las miró de lejos sabiendo de qué hablaban, pero él permaneció hierático.  
  Ellas siempre derrocharon reciedumbre porque fueron valedoras de sus querencias y despedidas y ese don que le fuera negado, forjó el trayecto de su vida lineal y predecible; pero ya no era el tiempo de cambiar las cosas, ya nada podía hacer para modificar una mirada turbia, una voz a destiempo o una decisión equivocada. Ahora solo podía dejarse ir.
  No salió el sol durante toda la mañana. El día transcurría distinto a otros, más confuso, más lento, más insustancial. Apenas prestó atención al trajín de gente entrando y saliendo, ni al murmullo de fondo que le resultaba incluso irrelevante. Le importaban ellas dos. Le preocupaba ella, lo que pensaría ahora de él, lo que sentiría mañana o pasado mañana.
  Nunca se lo dijo porque no tuvo la destreza de la palabra, ni siquiera a veces de los actos o las determinaciones. No había tiempo para entretenerse en lisonjas ni en te quieros; tampoco supo hacerlo porque le pareció siempre cosa de mujeres.
   Salir afuera le hizo bien. Ya no sentía frío, hacía rato que había pasado y recibió agradecido el soplo cálido del mediodía. Miró a lo lejos la intermitencia de las cortinas de luz que se movían ágiles sobre el mar sereno con el reverbero de un mayo intenso, y le pareció oler de nuevo su vapor salado en la piel que fuera joven. Recordó los días en los que ella le tomaba de la mano con temor infantil en busca de protección  mientras los pies abandonaban la firmeza de la arena agitándose en el agua, y aferrada a su cuello reía feliz de sus progresos. Su pequeña aprendió a nadar a su lado; luego se fue para crecer.
  Ahora caminaba detrás de él, rodeada de gente pero en lacerante soledad. La veía cansada y ojerosa, sabía  que no había  dormido y creyó leer sus pensamientos pero no pudo consolarla, y continuaron  el camino que ya no era de tierra como antaño. Lo habían recorrido en algunas ocasiones, aunque esta vez le pareció ajeno, más largo y abrupto, más lúgubre y decadente. Las copas afiladas de los árboles que bordeaban la puerta de entrada sacudían sus ramas instigadas por el viento que empezaba a resultar perturbador. Un pájaro se atrevió a cantar en aquella última primavera. Apenas algunos pasos rompían la atonía en un tardo caminar, como en esos sueños a cámara lenta, pero sólo reparaba en ella; los demás eran sombras desdibujadas, cuerpos sin rostro o ánimas con cara sin ojos ni boca, solo cuencas y huecos negros cerrando aquel desfile taciturno.
  Y al fin llegaron.
  El aire tibio lo envolvió por entero, y en lo alto el ocaso abrió un pedazo de azul entre dos nubes plomizas. La vio acercarse inerme y triste, ocultando con su cuerpo el último rayo de sol al acercarse a su frente. Oyó su respiración y aspiró el aliento familiar cuando ella intercambió el calor de sus labios por el rigor de su cuerpo yerto. Ya nada podía hacer, sólo dejarse ir, sentir el peso de la cal, oír martillar su caja al retirar adornos y herrajes y desde la oscuridad adivinar los pasos de su hija alejarse en el camino de vuelta a casa.


  Sólo aquel beso en su frente le habló de todo lo que nunca se habían dicho.

JOSÉ CARLOS ROSALES (Poeta)




Saludo

Tengo muchas razones para hacerle llegar al equipo de la revista electrónica Absolem mi agradecimiento, mis mejores deseos y un cariñoso saludo: por la generosidad que han tenido al acogerme entre sus páginas; por la sostenida constancia de su empeño en cultivar el pensamiento poético y mantener una mirada literaria tan abierta como limpia; y, sobre todo, porque espero que sigan así durante mucho tiempo, y que el cansancio nunca los debilite. Un abrazo cordial, José Carlos Rosales.


Nota Biobibliográfica

José Carlos Rosales (Granada, España, 27 de noviembre de 1952) es licenciado en Filología Románica (1975) y Doctor en Filología Hispánica (1996). Ha publicado los siguientes libros de poemas: El buzo incorregible (Granada, Colección Corimbo, 1988; Granada, Maillot Amarillo, 1996), El precio de los días (Sevilla, Renacimiento, 1991), La nieve blanca (Valencia, Pre‑Textos, 1995), El horizonte (Madrid, Huerga y Fierro, 2003; Premio de Poesía Ciudad de San Fernando), El desierto, la arena (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, Colección Vandalia, 2006), Poemas a Milena (Valencia, Pre‑Textos, 2011; Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego) y Y el aire de los mapas (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, Colección Vandalia, 2014). En diciembre de 2013 se publicó una amplia antología de su obra poética (Un paisaje, Renacimiento, Sevilla, 2013; selección y prólogo de Erika Martínez). También ha publicado Libro de faros (Málaga, Puerta del Mar, 2008; antología poética y estudio preliminar sobre la figura del faro en la literatura hispánica) y Memoria poética de la Alhambra (Sevilla, Vandalia, 2011; estudio introductorio y selección de poemas en lengua española relacionados con la Alhambra y el Generalife). Algunos de sus artículos y ensayos de crítica literaria han sido recogidos en Los secretos se escriben (Salobreña, Ed. Alhulia, 2008). Con motivo de la muerte de Leopoldo María Panero fue editor de Así se fundó Carnaby Street (Huerga y Fierro, 2014; edición y prólogo de José Carlos Rosales). Es columnista del diario Granada Hoy. Es miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada a la que pertenece desde su fundación (abril de 2002). Trabajó durante algún tiempo, como Profesor y Catedrático de Lengua y Literatura Españolas, en algunos Institutos de Bachillerato de Córdoba y Granada. Actualmente vive en su ciudad natal.
                                                





Poema

Esta noche estaremos en el café Anaïs



Oigo cómo se abre el grifo de la ducha,
cómo tu piel se moja y me imagino
tu piel llena de espuma
y el agua resbalando con calma por tu cuerpo,
llevándose los trazos monótonos del día,
y no puedo eludir una pregunta,
una vaga inquietud, una pesquisa:
¿Podrá borrar el agua la huella de mis manos?
¿Se notará esta noche, cuando estemos allí
en medio de la gente, el rastro de ese beso
que te daré más tarde en medio de la espalda?

Oigo el agua que cae, vuelvo a mirar la hora,
me levanto y te busco, y te miro peinándote
delante del espejo, y al ver tu piel mi duda
se desvanece y huye, ya no vuelve.

[José Carlos Rosales (De Poemas a Milena, Valencia, 2011)]








Cláusula beso, por CUSTODIO TEJADA.


Cuando el concierto del corazón
cuelga el cartel de “No hay entradas”
porque tiene su aforo completo
la vida cobra sentido
con cada beso que damos.
El beso tiene tantas caras y ladrillos
que cada persona tiene un beso,
una especie de jaula bendita
que encierra entre sus cuatro paredes
la libertad de las aves.
Hay besos que suenan a gloria
en la cocina,
rellenos con cabello de ángel o cubiertos
de chocolate, otros con sabor a vinagre
o trufa y los hay que en el dormitorio huelen
a hierbabuena y cilantro.
Como pájaros carpinteros
a golpe de pico
en ellos ponemos nuestra vivienda
y reposo: nuestra verdadera hipoteca.
Punto exacto donde coincide
la latitud y la longitud del futuro, eso es el beso:
dos ojos que abrazan sus manos
para llevar nuestros labios hacia el infinito
en volandas.

Tu amor es tan piadoso, por ALICIA MARÍA EXPÓSITO.




Tu amor es tan piadoso

como un beso en la frente.

Y así pasan los días,

yo sintiendo mis manos

huérfanas de tu cuerpo,

tú naufragio entre sombras

de silencio y olvido.



La pasión agoniza

al filo de la noche.

En la oquedad desierta

de tu ocaso,

se rompió el espejismo

que abrías ante mis ojos.

La piel está deshecha

presa de una calima,

efluvio incandescente,

de la hoguera del sueño;

y se mueren mis labios

a mitad de camino

de tu boca,

  

Bajo la sombra en flor

de tu distancia,

está dormido el tiempo.

¡Qué lejos de mi alma!

¡Qué cerca del recuerdo!



En el alba imposible

de tu ausencia,

bajo la oscuridad

 más absoluta

aún te sigo esperando;

prisionera por siempre

de este miedo a morir

sin que el deseo

cure su llaga viva

de amor insatisfecho

lunes, 13 de febrero de 2017

Los besos olvidados, por MERCHE HAYDÉE MARÍN TORICES.

Ilustración de Berni Parker

“Besos que vienen riendo, luego llorando se van, y en ellos se va la vida, que nunca más volverá” (Miguel de Unamuno)

Naira cruzó la calle con prisa, casi sin mirar coches ni peatones. Tenía el tiempo justo para recoger a Edith, su mejor amiga, y poner rumbo ese fin de semana a un cálido refugio de montaña. Le había prometido a Edith que estaría lista para la hora del almuerzo. Pasaría a recogerla y comerían de camino a la Sierra, en un lugar donde lo más sencillo se convertía en un manjar delicioso. Pero se le había complicado la mañana, nada diferente a cada uno de sus días, y eran las cuatro de la tarde cuando una hambrienta y triste Edith la esperaba en la acera, para que no tuviera que detenerse a aparcar.

Desde que a Edith, la que fue siempre la más destacada en todo, la más emprendedora, la que “paraba el tráfico”, no sólo por su belleza sino por su encantadora sonrisa, le diagnosticaron Alzheimer, Naira decidió que no la perdería, que lucharía con ella y contra ella. Por eso acordaron ir cada quince días a algún lugar que hubiera sido crucial en la vida de Edith, para que no borrara su memoria, para que no perdiera su pasado; ese que los psicólogos usan como si fuera un pozo sin fondo, ese que muchas veces hay que dejar de lado para poder seguir creando el futuro.

Naira y Edith habían crecido juntas en un barrio de la periferia. Fueron al mismo colegio, se enamoraron del mismo chico, cumplían años el mismo día y sabían todo la una de la otra. Información muy útil para Naira desde que su amiga tropezó con ese terrible mal que corre demasiado deprisa. Por eso Naira inventó este sutil juego: “Edith, ¿qué hay más importante que los besos?, cada uno que has dado y cada uno que has recibido no es posible que lo olvides, por muy dura que sea tu enfermedad. Vas a vivir de nuevo cada beso de tu vida y con él, cada momento de ella. Te prometo que estaré a tu lado, viajaremos en el espacio y en el tiempo…”. Por entonces Edith tenía 35 años y sólo le alarmaba que cuando pasaba de una habitación a otra, no recordaba por qué había ido allí, ni por qué estaba abriendo un cajón, ni por qué había salido a la calle, pero todo lo demás estaba intacto en su recuerdo. Naira la había acompañado al médico y tras recibir el enorme mazazo del diagnóstico, se cogieron de la mano, como siempre hacían en los momentos difíciles y fue entonces, frente a una gran fuente de roscos fritos caseros, cuando Naira le propuso su plan. “Perfecto”, contestó Edith, no tenía motivos para desconfiar de su amiga, se sentía bien y se prometió a si misma que lo lograrían. “Un viaje de besos… jajaja, sólo a Naira se le habría ocurrido”.

-      Lo siento cariño, he tenido varias reuniones y un cliente muy pesado, sube, corre, que aún llegamos a tiempo para comer esos flamenquines con patatas que tanto te gustan.

Edith escuchó a su amiga con una sonrisa ida, sin saber muy bien qué eran flamenquines, ni reuniones, ni tampoco quién era la conductora de aquel confortable deportivo. La cuidadora la había dejado cuando vio venir el coche de Naira, le había puesto un primaveral vestido floreado, la había maquillado y hecho su pequeña maleta. Era como una niña dulce y tranquila, se iba apagando como una velita pero no decía nada, no se quejaba… Sólo a veces se miraba al espejo y una lágrima, una sola, viajaba por su mejilla.

Naira y Edith habían viajado a muchos sitios. Fueron a París, a recordar su viaje de estudios y ese primer beso, torpe y apasionado, de Edith bajo la luna de Montmartre. Después volaron hasta Siena, donde ambas terminaron el doctorado y donde, tras la lectura de la tesis, habían recibido una lluvia de besos de sus familias. El tercer fin de semana Naira condujo hasta la Ermita de la Virgen de las Fuentes, en Ávila, para que Edith evocara su sencilla y preciosa boda, su beso nupcial. Luego, pasaron un memorable “weekend beach” en Zahara de los Atunes, el rincón favorito de Edith para descansar, para veranear, para disfrutar del mar y cuya casa familiar frente a las olas, todavía conservaba. Allí, en Zahara, estaban presentes en cada paso que daban, los besos de sus dos hijos: sus primeros pasos, los picnic en la playa, la piel quemadita de sus gemelos que Edith besaba con tanto amor.

Para entonces Edith ya no era más que una sombra de lo que fue y lo peor, era consciente de ello. En París y en Ávila fue diferente, imágenes y sensaciones venían a ella como un maravilloso álbum de fotos, pero al llegar a Zahara no reconoció ni su propia casa…

-      Naira, no sé qué me está pasando, ¿dónde estamos?

Su amiga la miró con ternura y temor, le dio un beso en la mejilla y la abrazó:

-      No temas querida, ya verás como te acuerdas, ha sido un viaje muy largo y necesitas descansar. Acuéstate, yo deshago las maletas, preparo algo de comer y te llamo. Descansa cariño, no te angusties.

Pero cuando fue a despertar a Edith la encontró de pie mirando las fotos enmarcadas del pasillo.

-      ¿Quiénes son?

Naira contuvo las lágrimas y, con infinita paciencia, le fue explicando su propia vida. Edith no acertaba a comprender que ella fuera madre, que supiera volar cometas, que bailara en las fiestas del pueblo… Y aquel joven moreno que la abrazaba… Sentía que en parte era algo suyo pero no podía explicar… su mente no le respondía y lo peor, su corazón tampoco.

Naira comprendió en ese momento que su amiga no necesitaba recordar nada más. No iba a someterla a esa tortura. Seguirían de escapada “sus” fines de semana sólo para que Edith creara nuevas vivencias, sin la angustia de no recordar el pasado, con la alegría de vivir el presente. Naira sabía que a su amiga no le quedaba mucho tiempo. Desde que su marido, piloto de avión, desapareció en una selva de dónde nunca lo sacaron, Edith comenzó a tener despistes, a dejar de pensar porque era un tormento. Ni sus adorables hijos, ni su trabajo que le apasionaba, ni las fastuosas comilonas que siempre se servían en su casa, ni toda la maravillosa vida que aún le quedaba por vivir fueron suficientes para evitar la tragedia. El estrés, la ansiedad y su propia soledad dieron paso al Alzheimer y éste a la indiferencia.

Por eso, iban rumbo a la Sierra. Edith adoraba la playa y no era amante de la montaña, pero como no lo recordaba, que mejor regalo que ofrecerle antes de que se fuera todo lo que no había disfrutado antes.

-      Edith, come un poco más, es tu plato favorito, verás a que sitio tan bonito te llevo, te va a encantar, pero necesitas estar fuerte pues vamos a pasear mucho por la montaña.

-      Señorita es usted muy amable, es que no tengo hambre, y miraba el plato como si no lo hubiera visto nunca. Escarbaba un poco pero rara vez lograba llevar algo a su boca. También su cerebro se había vencido y no podía coordinar la mayoría de los movimientos. Edith ahora estaba muy delgada pero jamás le habían importado esos kilitos de más. Era una gran gourmet y paseaba sus curvas con orgullo y risas. Naira se sentó junto a ella y le fue dando a pedacitos, como hacía la cuidadora, hasta que su boca se frunció, como la de un niño pequeño y ya no quiso comer más.

Era ya anochecido cuando llegaron a la cabaña. Naira contempló lo que quedaba de atardecer sin perder de vista a su amiga que caminaba a pasitos cortos, musitando entre dientes su canción favorita, “…Moon river, wider than a mile, I’m crossing you in style, some day… Oh, dream maker, you heart breaker, wherever you’re goin’, I’m goin’ your way…”. ¿Cómo es posible? Qué extraño mecanismo es la mente… no para de cantar su canción sin extraviar ni una palabra y no es capaz de reconocer a sus hijos, ni a mí. Suspiró y dejó las maletas para mañana, la cabaña estaba bien surtida de comida y les habían preparado la chimenea que ardía cálida cuando entraron.


Esa noche Edith durmió y Naira recordó por ella. Su adorada y entrañable compañera de vida ahora vagaba sin destino, sin horarios, feliz en su nuevo mundo, ajena al dolor, huyendo de los besos olvidados. 

jueves, 9 de febrero de 2017

El beso y Mentiras piadosas, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.

El Beso

Pintura de Paul Rey
    
   Aquel beso robado, aun lo recuerdo. Ella desprevenida miraba cómo yo, devorando su asombro, bebía el licor de su saliva. Quería adueñarme de su alma, sentía que su aliento sofocado por el mío, se agotaba en un murmullo. La dejé casi vacía, fría su piel y blanca como la cera más limpia. Todavía siento la culpa cuando paso por la plaza y la veo allí, sobre el pedestal, puro alabastro, expuesta a tantas miradas.


Mentiras Piadosas

Pintura de Paul Rey


     ¿Me quieres? preguntó bajo la noche cuajada de estrellas. La luna coqueta exhibía sus pechos de cobre bruñido, un reguero lácteo se derramaba tras ella. ¿Cómo no quererte? respondió con un beso fecundo en su rostro. Sus ojos cerrados guardaban el reflejo de la amada: el femenino astro que reinaba en el cielo.

sábado, 14 de enero de 2017

Lumpen, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.


Hoy la ciudad ha amanecido de forma distinta a la habitual. Por un momento, la luz cegadora de un radiante sol lo inundaba todo, deslumbraba como nunca, parecía como si me invocara para tocar su incandescente núcleo, y tentado estuve de ello, abstraído como estaba en un placentero sueño embriagador. Más, de repente, todo se sumió en una penumbra desasosegante y fría. El vivaracho sinople y leonado que teñía las copas de los árboles se tornó plúmbea ceniza, el bullicio ensordecedor de la urbe quedó apagado y mudo, como si el légamo que dejó la tormenta de anoche hubiera acolchado el bramido incansable de miles de ruedas a su paso. La niebla, a su vez, aplacó la eterna fanfarria de atascados bocinazos, los vociferantes exabruptos de los necios, pero también el casi indistinguible trino de los pocos moradores alados de los parques y cornisas.
En mi errático deambular diario me cruzo con no pocas sombras que se arrastran de un lado a otro. No son los mismos rostros de siempre, aunque tampoco me resultan ajenos. Esforzándome un poco consigo traer a mi memoria esbozos de recuerdos vividos junto a aquellas caras. Su talante es distinto a como lo recordaba, más amable, regocijándose en el reencuentro, cómo dándome la bienvenida. Atrás quedó el rechazo, la incomprensión y el desprecio de los que eran incapaces de entender cómo la adversidad se cebaba no sólo con los débiles, obscena coyuntura provocada por los poderes fácticos para su propio beneficio.
Mi periplo me lleva junto a las altas torres, inmundos símbolos de poder construidos sobre ancestrales estercoleros, alcantarillas de hipocresía rodeadas de muros de insolidaridad, cínico gueto de prevalentes medradores.
Estoy aturdido por la inextricable sensación de atemporalidad y ubicuidad que me embarga. A mi alrededor, la urbe parece moverse a dos velocidades. Destellos blancos y rojos atraviesan las avenidas, semejando insectos atraídos por refulgentes farolas, apenas fogonazos ante mis ojos. En paralelo, las recargadas aceras palpitan con un ir y venir de espectros entrelazados, execrable hormiguero humano de vaporosos trazos intangibles moviéndose sin criterio. Y de fondo, un monótono y distante tañido, como de ultratumba, acompaña mi gélido hálito.
Una vaharada cálida del horadado subsuelo me recuerda que bajo el asfalto de la metrópoli emergerán aquellos a los que debo rendir vergonzosa pleitesía, genuflexión forzada, para obtener las migajas de sus beneficios, únicas rentas que me permitirán sobrevivir, a duras penas, un día más, en esta selva de egos consumistas.
En los aledaños del hospital, apostado entre el clausurado quiosco de prensa ―ya nadie lee― y la cabina telefónica ―ya nadie llama―, bajo un montón de cartones y miseria, he buscado a “el teclas”, con el que más de una vez he compartido lecho, cogorza, frío y lágrimas. Siempre mantuvo que, en otro tiempo, fue un afamado concertista de piano, caído en desgracia por culpa de las mujeres y el alcohol, por ese orden. Su melomanía nos permite, de tanto en tanto, obtener unas monedas al compás de un desvencijado acordeón, únicas teclas que ha tocado en muchos años. De alguna forma inexplicable, noto la fetidez de su aliento en mi cuello, pero por más que miro soy incapaz de hallarlo allí. En cambio, me he topado de bruces con un niño de aspecto demacrado. Bajo una gorra oculta la incipiente alopecia, impropia de su edad. Con voz grave, me interpela:
―¿Estás sólo?
―Sí ―le respondo mirando a izquierda y derecha, con un gesto tan absurdo como estéril.
―¿Tienes hambre?
Asiento. Entonces saca de su raído abrigo una galleta y me la entrega. Su mano está tanto o más helada que la mía.
―Todavía estás a tiempo. Pide ayuda. Para mí ya es tarde.
Me quedo perplejo ante su insólito proceder y enigmática frase. No entiendo lo que quiere decirme. Tampoco tengo ocasión de preguntarle ni darle las gracias. Al instante, el famélico espectro es engullido por la voraz niebla. Tras el insólito encuentro, me quedo repentinamente exangüe, y aprovecho la cercanía del improvisado cobijo para tumbarme.
El frío lacera mis carnes sin contemplaciones. Debo haber estado durmiendo todo el día porque, de nuevo, el haz deslumbrante y perturbador se clava en mis pupilas.
   ­     ­

La pequeña linterna rastreó algún tipo de reacción del nervio oculomotor. Negativo. Las luces de la unidad medicalizada y el ajetreo del personal sanitario y policial sacó a los vecinos de su habitual apatía. Lo macabro a la puerta de sus casas les impelió a levantarse de sus cómodas butacas y asomarse a las perfectamente insonorizadas y herméticas ventanas. Los comentarios se desperdigaron como flemas de estornudo, demonizando aquel reducto de indigencia que osaba colarse en sus vidas.
― ¿Quién lo ha encontrado?― preguntó el médico al policía que tomaba notas en su libreta.
― Una patrulla. Esta mañana alguien contactó con la comisaría. Dijo ser un familiar del mendigo, todavía no hemos comprobado su identidad, no lleva documentación encima. Nos indicó que le llamó por teléfono, pidiendo ayuda.
―¿Le llamó esta misma mañana? ―balbuceó el desconcertado facultativo.
―Sí, a primera hora.
―Eso es imposible, agente. Este desdichado falleció anoche debido a la hipotermia.