La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de enero de 2017

Ciudad 2.0, por CUSTODIO TEJADA.




Disecciono un ordenador en mi mesa

de trabajo como a un insecto.

La placa base me recuerda

una ciudad en miniatura

con sus farolas y edificios

y sus calles desiertas

a la espera del tránsito y el jaleo

de las horas más concurridas

donde la multitud virtual

hecha de ceros y unos nos muestra

el desapego y la prisa de las horas.

Autopistas de cables que llevan

y traen de una realidad a otra

paralela en un clic. Interjección

que se hace lamento.

Una pantalla táctil es el signo

de los tiempos: vivir en el líquido

amniótico de un disco duro,

Ciudad 2.0, una globalización

de ciudadanos con foto pero sin rostro,

apariencia más allá de la apariencia,

el feudo nuevo de lo incierto

y lo tecnológico. Otro mundo

igual de verdadero.

Sólo dos calles, por CONSUELO JIMÉNEZ.



Tengo, puedo, quiero escribir versos de ocasión
en los que la ciudad no sea más que una nuez
apretada en el puño de mi mano.
Sujeta, callada, lenta, sola, mía.
Me apetece respirarla,
acercándome a ella en alas de cualquier gesto.
Sí, un gesto amanecido desde la fría ventana,
donde asomada de soslayo poetizaba la niña que soy.
Ahora, turbio el cristal, tras el soplo menudo de mis labios,
agudizo la mirada sin alcanzar a ver distinguidos monumentos,
ni ramblas, ni concurridas plazas,
ni enormes edificios rasgando el sol,
que dan paso a ese medio limón
que invertido en la noche,
será plata en la gloria, sombra en las calles.
De ningún modo pienso escribir
sobre los parques de la ciudad.
No quiero ver esas ratas con plumas,
que asedian a los niños mientras meriendan,
ni apercibirme de la presencia de vagabundos
comidos a miseria, portadores del techo al hombro.
Una vez cerrados los párpados,
la ciudad se reduce a esas dos calles despiertas,
puestas en el cuadro de todas las mañanas,
lugar de paso de tempraneros que asoman,
compran el pan y desaparecen.
Hay demasiado que escribir, se escribe tanto, que todo es cero.
Sin más, lo otro es mucho, me aburre.



Ojos grises de ciudad, por F. JAVIER FRANCO



No es más que un sueño lo que esta ciudad
esconde, no son recuerdos, no lo son,
tanto es vida como insatisfacción,
y nadie limpiará su suciedad.

Queda la voz de eco de sociedad,
espera paciente bailar al son,
venas de asfalto desde el corazón
distribuyen su plasma de crueldad.

Me sustenta el monóxido callado,
neblina por la que discurre el sueño,
pesadilla que quiso ser recuerdo.

Huyen tus ojos grises de mi lado,
esconden miradas frunciendo el ceño…
Y no es sueño, es vida lo que pierdo.


Ciudad fantasma, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.


       A la una y veinticuatro, hora local, se produjo la gran explosión. Poco se supo entonces. La información se dio a cuentagotas. ¡Cómo imaginar el impacto que tendría la catástrofe en las vidas más humildes, arrancadas del hogar y sin  guión alternativo!
            El plan de largo alcance se activó con la emergencia de un desastre apocalíptico. Terrible cuenta atrás, cada segundo era de oro. Cada décima contaba. Había que evacuar todas las zonas afectadas de inmediato. Sin demora y sin razones. Ya habría tiempo para todo lo demás. Cuestión de Estado. Cuestión de instinto. Cuestión de excusas ante el resto del planeta.
            Esa noche, Dios no compareció. Otras deidades tenebrosas ocuparon su lugar. Puede que llegaran para instalarse en el infierno terrenal, hogar propicio para seres expulsados de los cielos. Acaso no era la primera vez. Los espectros siempre buscan los espacios más sombríos. Lugares solitarios. Ciudades camposanto improvisado, sepulcro de sonrisas infantiles.
            La nube amortajaba los parejos edificios (bloques siameses que la industria planifica y ejecuta; colmenas civilizadas). Su estela era visible en plena noche, a muchos kilómetros de distancia. Con el fragor llegó el incendio, y con el incendio, la lluvia radiactiva.
            Por espacio de diez días, no dejó de lloviznar toxicidad.
            Las huellas del uranio comenzaron a tatuarse para siempre en la región; royendo corazones y viviendas, los bosques infectados por la zarpa venenosa de aquel polvo destructivo.
            Millares de instantáneas. Imágenes silentes del percance y sus estragos. Secuelas que ahora gritan en silencio congelado. Chatarra, olvido y muertos.
            Treinta y seis horas después de que la losa del reactor saltara por los aires, empezó el gran éxodo. Rápido, definitivo. La ciudad quedó vacía de sus gentes. Huérfana de sueños. Desalojada en tiempo récord. Abandonada a su suerte…
            Todo se hizo con extrema rapidez. Las explicaciones vendrían mucho más tarde, baldías y estériles. Error humano, y basta. Enseguida las portadas y programas infinitos, las audiencias disparadas, el morbo de un dolor que es siempre ajeno. Escenas impactantes, como en una película de terror. Quimeras pasajeras e ilusorias: apagas la tele o sales del cine y nada pasa, la vida sigue, el mundo no varía. Nada es verdad hasta que sufres en tus carnes aquel mal que habita fuera, en seres como tú.
            Con los años, los árboles mutantes recuperan lo que es suyo.
            Geológicamente, todo vuelve a su principio, sin humanos y sin señas del progreso. Callado frenesí de los gusanos. Polvo al polvo.
            Aún existen. La Tierra alberga sitios donde el hombre es un proscrito de sí mismo.


Historia de metro, por F. JAVIER FRANCO.


(2013)


Me perdí en los túneles del metro. Aquella maraña de conductos interminables me hizo no saber dónde estaba. ¿Es imposible? No, no es imposible, sobre todo si es en una ciudad a la que apenas conoces. La decisión más normal es seguir a la gente de un lado para el otro, pero es que acabé en un pasadizo por el que nadie transitaba, ni tan siquiera los mendigos del submundo y, además, cuando te embarga la desesperación llega un momento en el que la decisión se convierte en la tremenda indecisión, y de ahí al caos apenas hay un saltito. Tenía prisa, llegaba tarde y más y más me perdía, la prisa es el condimento idóneo para hacer arraigar aún más la desesperanza, el corazón acelera sus tic-tacs y la mente se ve atosigada por el borbolleo de la sangre apretando los pensamientos, los mecanismos regidores del raciocinio y tan sólo queda el ¿dónde coño estoy?, ¿ahora qué coño hago? Y la mente se obnubila como las luces perdidas de un atardecer o un incipiente amanecer. Aquella galería sin vida cada vez me conducía a una senda más oscura, más perdida, a un nuevo mundo subterráneo de estaciones sin acabar o estaciones con años de clausura. ¿Cuántos kilómetros de metro se inutilizan en cada gran ciudad? No lo sé, pero sin duda una extensión lo suficientemente amplia como para instaurar una nueva ciudad, en la que, de momento, sólo estaban empadronadas miles, quizá millones de ratas, que ahora sí que las veía saltar de un lado para el otro entre los oxidados raíles muertos… ¡El móvil! ¿Cómo no he pensado antes en el móvil? Marco un número tras otro, no da señal, nada de nada, miro la pantalla y está vacío el espacio para las barritas que indican la cobertura, al menos su luminoso destello me sirve de leve linterna para poder testimoniar que estoy rodeado de paredes y suelos mugrosos, de yerros oxidados, y de ratas, de un amplio poblado de ratas, una tribu que deambula de un lado para el otro buscando algo que echarse a sus asquerosos y afilados dientes. Me asomo a borde arcén, no sé por qué, a observar el epicentro de mayor actividad de la deleznable jauría, están más amontonadas en el lado derecho, según miro, incluso forman una colina, un castellet en el que apenas cuesta sostener el equilibrio. Tengo miedo, sí, tengo miedo, miedo y asco, miedo y náuseas, pero no puedo dejar de mirar, es como cuando ante el televisor te enfrentas a un programa desagradable, pero hay algo en ti que, sin tener consciencia de qué, te va impulsando, casi compulsivamente, a seguir viéndolo. Las ratas, una vez terminada su escalada, como si hubiesen puesto el banderín de haber conquistado y superado una cima, comienzan raudas, cuesta abajo, unas sobre otras, el descendimiento, y queda desnudo el monte, el leve montículo que, conforme enfoco con mi lucecita telefónica y acomodo mi visión a esta oscuridad, va tomando la forma de un cadáver, hay huesos, restos sanguinolentos, podría ser un perro, pero un perro grande, ya veo en el desparrame del osario lo que debe ser el cráneo, un cráneo casi mondo, ¡una calavera! ¡Un cráneo de persona! Enseguida, en la rapidez brusca del terror, una imagen terrible asola mi imaginario, ¿será esta la despensa de la ratonera, igual que hacen las hormigas en el hormiguero? Es absurdo, me digo, ¿a quién van a atraer aquí?, ¿cuántos despistados como yo pueden existir? Al principio, me conformo, luego pienso en la cantidad de desaparecidos sin hallar que figuran en los listados policiales de las grandes urbes, en los millones de transeúntes diarios de estas arterias suburbanas. Sin querer, una sonrisa aflora entre mis labios, me vienen a la mente esas noticias, leyendas urbanas, que circulan de los cocodrilos, anacondas y caimanes deambulando por las cloacas de Nueva York. ¿Para qué hace falta rebuscar un exotismo siniestro para infundir el pavor al inframundo urbano? Tenemos las ratas, miles, millones de ratas que moran bajo nuestros hogares, que viven de nuestros despojos y ¡qué mayor despojo que nuestro propio cuerpo inane! Las miro, me miran, saben que estoy y saben que no voy a encontrar la salida, no me atacan, aunque me acechan, no les hace falta nada más, saben que al final mi lucecita se apagará sin batería, mis piernas no soportarán más el cansancio, me sentaré, me recostaré, es imposible otro destino, y, finalmente, quedaré ahí como alimento guardado en una alacena, en una cámara frigorífica que no necesitan, porque para ellas en la putrefacción está la esencia del sabor, el condimento exacto para hacerlo todo más sabroso. Ya soy consciente de mi suerte, así que espero, espero aparecer en el listín de los reclamados, entre las fichas inagotables de los desaparecidos, hasta que una declaración oficial, judicial, reparta mis escasos bienes entre mis herederos y una tumba vacía lleve mi nombre en su lápida, y, entre tanto, durante el trasiego burocrático, me habré metamorfoseado en malolientes, oscuras y podridas cagadas de rata. 

Futuro amargo, por ESNEYDER ÁLVAREZ.



En medio de la noche de un barrio como cualquiera,
de una ciudad como cualquiera,
las lágrimas de ancianos a mis oídos lograron llegar.

Lágrimas de un mundo que los castiga sin tregua,
la soledad los invade y el sol  les da la  espalda.

Lágrimas sedientas de futuro para unos,
niños roseados de humo e insultos,
en una esquina la madre prende con su mano derecha
Su cacho de bazuco y con su mano izquierda,
sostiene el tetero  de su bebé con cuatro onzas
de mariguana y sin leche para beber.

Mientras, su padre llega con su camisa ensangrentada,
y la pistola descargada, con el pretexto de que estaba
cumpliendo con su deber.

Todo se acaba, nadie lo ataja
en un mundo donde a todos se nos ha

olvidado querer.

La ciudad, por MARÍA ELENA LEYVA MIRANDA.



La ciudad duerme, no se ven luces en las ventanas, casi todo es silencio; de vez en cuando se escuchan llantos infantiles, buscando los brazos de su madre. También se escuchan quejidos de ancianos, porque les duelen sus huesos. En el cielo brillan las estrellas, parecen firmas de Dios sobre un gran pergamino. "Un gran techo al que miran personas que por distintos motivos, no pueden reconciliar su sueño. Los grandes edificios mirando al cielo. En los hospitales, no hay tanto silencio. Madres alegres, que reciben con ilusión a un hijo nuevo, otros son enfermos llorando en silencio. Para unos comienza la vida, para otros acaba su tiempo. En su calendario llego ya su día , sin que ellos los sepan. ¡Llego un nuevo día! El sol ha salido, todo es movimiento, los niños que van al colegio, con zapatos nuevos. Unos padres que van al trabajo, otros que buscan empleo. Todo son luces y sombras,  pues aquí nada es perfecto.