La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 15 de diciembre de 2016

El mosquito en el frasco, por JULIA GARCÍA NAVARRO.


La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo.”
Augusto Monterroso.


Los focos deslumbran la escena al abrirse el telón.

Estoy ahí, pero el golpe de efecto de mi disfraz de demonio se desmorona porque no lo encuentro por ninguna parte ni suena la melodía que ameniza mi entrada y quedo ridícula, desnuda en el centro del escenario. Bailo con el silencio, aburriendo a mi público. Son burgueses de bigotes prusianos y prominentes estómagos, que se ausentan mentalmente entre bostezos.  Es terrible leer sus pensamientos, replicando palabras obscenas, en una cadena sin fin. Están cabreados porque no les entretengo y ni siquiera les excito; entre tanto chasco terminan por echar de menos a sus esposas y las llaman usando teléfonos de baquelita que encuentran sobre mesillas redondas; los artilugios de hablar con las familias siempre están ahí, activos para que los clientes del garito puedan suplicar que vengan a salvarlos.

Las mujeres llegan en tropel; despeinadas como si hubieran acampado en el hall del night club durante años. La última en entrar olvida cerrar las cortinas de terciopelo raido y deja que una invitada inoportuna se cuele en la sala; Luz de sol es cruel y trae un espejo, profusamente decorado en oro, que me enfrenta a mi propio reflejo; tan vieja y tan desnuda como estoy.

En el atiborrado patio de butacas las recién llegadas se sientan con sus parejas y abren las cestas de picnic que siempre llevan a cuestas.  Una mujer bendice su pan y otra hace un mohín por el sabor mediocre de una salsa pero a los hombres nada de eso les importa; engullen pulcras cuñas de tortilla de patatas y hacen oídos sordos si ellas cuchichean a sus espaldas.

Las esposas repiten frases triviales en una eternidad tan estrecha que me provoca arcadas; vomito los restos de mi ira en forma de lava selectiva que las abrasa hasta convertirlas en estatuas de ceniza. 

Ellos no se inmutan; prosiguen degustando licores y como me olvidaron al llegar ellas,  las olvidan a ellas al llegar el turno de las copas.

Pero la mirada de un hombre persiste sobre mí: el que nos paga por trabajar aquí pulsa el botón de la música y apaga focos para observarme a oscuras desde su palco. Los espectadores no le ven tomando decisiones, pero yo sé que es él quien enciende las luminarias antes de tiempo o quien las apaga al poner la música para convertir las escenas en esperpentos. Quiere que sufra y sufre al desearme; lo sé porque su nariz está roja y se hincha brillando como un globo que revienta y me rocía con babas asquerosas. Los labios de su rostro contrahecho siguen a la nariz, y parecen palomitas de azúcar rojo a punto de estallar en una sartén.

Después vendrán sus manos y si permanezco en escena lo suficiente llegará el turno a su pene.

Pero hoy hace algo distinto y me lanza el disfraz de demonio que suelo vestir en escena y también uno de ángel dorado, que nunca antes había visto. Me ordena que elija y me lo ponga. Siento que quiero ser un ángel por esta noche y cuando lo rozo se desvanece como humo bajo mis dedos.

Corro desesperada hacia el patio de butacas, porque no sabía que odiaba el disfraz de Lucifer, pero él pulsa el botón y quedo atrapada en el centro de un telón de cristal; fundida cómo un mosquito atrapado en la gota de ámbar.

El público aplaude entusiasmado; tanto ruido hacen que quisiera tapar los oídos de la mujer prendida, para que no me duelan.


***


El despertador suena, interrumpiendo el sueño que últimamente me acompaña insistente entre las sabanas. Hoy no me levanto y no me aseo; tampoco desayuno aprisa, para desafiar la luna encendida y vencer a la hora punta.

Este amanecer es diferente; tomo el ordenador, inmutable compañero insomne de cama, y escribo:


“Queridos todos:

He pasado media vida con vosotros en esta empresa. Habéis sido parte importante de mí, en realidad lo erais todo para mí.

Pero hoy finaliza el trayecto.

Soy libre de ser libre y doy por terminado el acto, sin pasar por caja.

El mosquito escapó del frasco.


Fdo. Elena

Del Infierno al cielo, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.



Esa noche, en El Infierno, nos bebimos hasta el agua de los floreros. Los matemáticos quisieron llevar la cuenta de las rondas, por esa manía suya de sumar cualquier cifra u objeto, ya sean canastos de manzanas o bolas chinas, pero, a la larga, perdieron los papeles y hasta el ripio, como todos.

            Que a mí me van los hombres, es algo consabido. Que no me comía un rosco desde tiempo inmemorial, también era vox populi.

            No sería por no intentarlo.

            En este y otros sentidos, me considero a mí mismo un descendiente de los sabios helenos. Genética y hepáticamente degradado, eso sí.

            Aunque aún me dura la cogorza, no les voy a mentir. Cuestiono que los borrachos digan siempre la verdad. Es más, cuestiono la verdad. ¿Qué coño es eso de la verdad? A ver, que alguien me lo explique…

            ¡Joder, qué sed! … ¡Madre mía, qué buena está el agua!

            Desbarro, ya lo sé.

            ¿Qué decía? Ah, los grandes pensadores atenienses. Ellos sí sabían de qué iba todo esto. En cambio yo no tengo ni puta idea de griego, y eso que estudié dos años en el instituto (en tercero y en COU, que alguno no sabrá ni qué significan estas siglas).

            Prosigo, que pierdo el hilo. Ellos, los filósofos, no tenían complejos. Ni pelos en la lengua. Aprovecho mis residuos de embriaguez para quejarme de los crueles chismorreos pueblerinos. Francamente, me toca los cojones ese ambiente constreñido. Por eso, y por otras mil razones que no vienen al caso, elegí una gran ciudad para vivir. ¿Elegí? ¿Pero acaso elegimos algo?... Bueno, a Paco, mi último novio, quiero creer que lo escogí yo, pero esta resaca del copón me impide pensar con claridad.

            Vuelvo a la noche de marras porque si no… El caso es que, en mitad de la jarana, apareció en El Infierno un tío guapísimo; rubiales con carita de angelote. Yo ya tenía el puntillo, pero controlaba la realidad e incluso las dimensiones del garito. El caso es que el chico vino directo hacia mí, y yo quedé sin habla. Luego se quitó la cazadora y unas alas de plumón se desplegaron en su espalda, tan blancas como nieve sin pisar. Vestía de rosa chicle.

            Los demás bailaban y bebían como si no hubiera mañana, y se partían de la risa ante la escena. Es más, se descojonaban. No eran conscientes del milagro, o acaso lo achacaban a los porros y al alcohol.

            Pero a mí se me abrió el cielo. Chamuel era su nombre. ¡Qué ojazos!

            Luego, todo fue como la seda, mejor que un sueño.

            Como ya he dicho, nos pusimos hasta el culo de cubatas. Los posos de tamaña melopea hacen que aún dude de todo, que no crea mi actual felicidad.

            Las palabras del arcángel aún resuenan como nanas a un bebé. ¿Yo, un ángel despeñado, rescatado por sus brazos y sus labios? ¿Alzado al Cielo nuevamente…?

*          *          *

            Sí, ahora vivo en el Cielo, y he vuelto a estudiar. Poco a poco voy recordando mi pasado en este sitio tan tranquilo. Todo se lo debo a Chamuel, mi nuevo novio, mi arcángel del amor.

           

            No he vuelto a probar la ginebra ni el orujo. La maría me produce un revoltijo en el estómago cual larvas de mezcal entre mis tripas.

            Sólo un vicio me esclaviza en esta vida: amor y más amor.

Llamador de Ángeles, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



Virginia Morgan había cerrado las ventanas de su casa con el firme propósito de no volverlas a abrir. Cansada de tanto desatino y sufrimiento, aquel día decidió poner fin a todo encerrándose de por vida -¡basta!, se había dicho a sí misma mientras cerraba la puerta de su casa de un portazo rotundo-. Jugueteó un instante con un colgante que siempre llevaba puesto y al que tenía aprecio, se tendió en la cama y allí, inmersa en la oscuridad de su habitación quedó dormida.
Pasadas varias semanas, unos vecinos dieron la voz de alarma, pues nadie entraba ni salía desde hacía días. Dentro se escuchaban,  sin embargo, llamadas o tonos de teléfono y extraños sonidos como tintineos de cascabel. Alarmados sus familiares, finalmente, tomaron cartas en el asunto. La policía sólo encontró esta extraña nota encima de su cama.

“He debido perder la razón, enloquecida por este horrible viento que nos azota día y noche. Las nubes parecen viajar siempre en dirección noreste. El mar se ha secado de tanto perdurar. Es todo tan extraño. Hemos encontrado dos veleros encallados en el fondo de arena. Las conchas marinas castañetean como crótalos y vuelan sonoras hasta ir a estrellarse contra las rocas. Caminamos sin descanso, capitaneados por un enigmático guerrero coronado de laurel, cabalga a la cabeza de la gran hilera de supervivientes, junto al rinoceronte sagrado que porta, todavía, un cáliz de sangre. Un grupo rezagado de amazonas le vigilan recelosas. Donde antes hubo plancton marino ahora crecen inmensos árboles que casi tocan el cielo, son los árboles luciérnaga, les llaman de este modo porque se iluminan al anochecer debido a los restos de una sustancia química que quedó impregnada en ellos tras la guerra definitiva. Al fin hemos acampado dispersos y agotados y no dejo de preguntarme cómo he llegado hasta aquí. El frío me hace tiritar constantemente aun envuelta en mis pieles. El silencio sobrecogedor lo envuelve todo. Llega de la lejanía un sonido cristalino, apenas suspendido en el aire, como cuando un colibrí liba preciso una flor. Es algo semejante al sonido de un cascabel.
Puedo ver cómo giran las horas en la espiral vertiginosa del infinito. Alguien da aviso de que al fin hemos llegado a nuestro destino. Me dicen que esta es la tierra de un ser escindido, ahora alguien me lleva hasta él, nos acercamos camuflados en la oscuridad mientras todos duermen. Su sola presencia provoca en mi ánimo un deslumbramiento de oro. Quedo inmóvil y maravillada ante este ser poderoso, su torso como de bronce bruñido me acoge con un abrazo. Ataviado como un antiguo guerrero bárbaro porta una magnífica espada labrada y refulgente.  No temas, has llegado al nuevo horizonte, me dice. Después me muestra la aurora boreal, el flujo y reflujo de las constelaciones. Cae la nieve y descubre para mí el secreto del universo, la hermética geometría de los fractales. Ya no siento frío. La ciudad transparente se prende  bajo el resplandor de una estrella trizada. Todos duermen ahora, algunos balbucean con la mirada perdida. Una anciana se alimenta con carnosas flores amarillas. ¿Qué será de mí ahora? Él no responde, únicamente acaricia mi cabello, siento que los párpados me pesan…”

Junto a este manuscrito se encontró también una joya conocida como “Llamador de ángeles” y una especie de caracola apenas de un centímetro de tamaño conocida científicamente como “Orculella bulgárica”, actualmente en peligro de extinción.


A Virginia Morgan se la dio por desaparecida, nunca fue encontrada, ni viva, ni muerta.  

Mal por bien, por MARIA JOSÉ MENACHO CASTELLANO.


A veces el sol parece luna,
lo malo parece bueno
y la sombra proyecta luz.
Entonces se confunden hasta
las ramas de los árboles,
silencian su canto las alondras,
parece callada el agua que
sirve de espejo a cualquier rostro hambriento.
Sepultan la verdad toneladas de ficción
y docenas de males forman enjambres
para escribir en la jungla a pie de calle.
Mienten las paredes cuando se dejan
violentar por falsos poetas
que hacen daño a los versos escondidos.
Ese Mal escrito con mayúsculas ríe
sus victorias que parecen no tener ya alas,
pero no es más que un espejismo,
está enterrado en  lodos eternos
que a borbotones lo consumen y no dejarán
rastro de él.


La cara y la cruz de la savia viva, por CONSUELO JIMÉNEZ MARTÍN.



A veces parece que todo gira sin mí.
Árbol de perenne jadeo,
limón exprimido, ácida pulpa.
Dulce raíz fruto membrillo crecido
en la cara y cruz de la tarde.
Al Sur, entre cielo y tierra,
luces obligadas a brillar,
ojos de mal, ojos de bien.
Difícil sospechar un sólo ángel sin cuervo.
Solitarios espectros derrochan pisadas,
sin demora crecen uñas
que arañan la medianoche
donde aúllan nombres que de una zancada
alcanzan las tripas de los mortales.
Allí, rugen bondad y maldad.
Allí, se alimentan lucifer y querubín.
Todavía  presumo de debilidad
en semillas abiertas a la creación,
ternura en flor, amor.




Amar a mi ángel y Ángel terrenal, por ESNEYDER ÁLVAREZ.



Amar a mi ángel



Iba camino a la iglesia a confesarme

para estar bien con Dios,

en el camino, Jesús Y el Demonio me detuvieron

y esto me dijeron:

“ahorrarnos días de tu discurso que tenemos un partido más tarde,

has feliz al ángel que desde el cielo Dios te ha enviado para amarte

y serás perdonado,

hazla sufrir y al infierno serás llevado”

con una sonrisa les conteste,

y a ese ángel amor eterno le entregue.







Ángel terrenal


No sé si el cielo es probador o simplemente
su inocencia es tanta que cree
que puede enviar a sus musas sin
causar ningún tipo de tentación terrenal.


No entiendo las peticiones del cielo
cómo exige pureza y pudor
si,  al ver el bim-bam de tus caderas,  despiertan
los más férreos deseos de pasión.



No sé si los santos son ciegos y me niego
a creer que no se exciten al ver eso suaves
y sensuales senos a través de la profundidad
de tu provocativo escote.



Pero luego de un tiempo, me detengo a intentar
entenderlo y observo que tu rostro es puro, limpio
tierno, dulce y angelical.

En ese instante comprendo que tú estás en la tierra
para motivar a aquellos que se encuentran en el cielo acecharnos una pequeña mirada.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Inferno, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.



Las cifras y gráficos parpadeaban constantemente en el monitor. Mientras, Nicholas Vermin miraba a través de aquellas enormes cristaleras. Cuarenta pisos más abajo, el bullicio de la gente le era ajeno. En su cabeza, una única idea: «Llegó el día».

Un zumbido le distrajo, el móvil comenzó a deslizarse por la pulida mesa de sequoia. Era Brad, su yerno y único factótum dentro de la compañía.

―Nick, buenos días ― le saludó afable.

―¿Ya ha llegado? ―le contestó dejando a un lado los modales.

―No, todavía no. Pero vendrá, no te preocupes.

―No me preocupo. Déjale un buen rato en recepción, no está acostumbrado a que le hagan esperar. Así tendrá tiempo para pensar y se pondrá nervioso.

―Te llamaba porque no sé si has visto las noticias del canal 10.

―¿Te refieres a la demanda? No tienen nada contra nosotros, que vayan preparando el dinero para pagar las costas judiciales.

―Pero Dennis... ―no le dejó terminar la frase.

―¡Al diablo con Dennis! Investígale, seguro que hay algo turbio en su pasado y podemos machacarle.

Colgó el teléfono y lo arrojó sobre la mesa. No permitiría que nadie pusiera en tela de juicio su integridad. Había peleado durante muchos años para estar en esta posición privilegiada, por fin reconocida por sus homólogos. Empresario del año, sí señor. El galardón, una pesada espiral metálica rematada por una bola, ocupaba un lugar privilegiado en su imponente escritorio. Era una especie de alegoría sobre lo sinuoso que era el camino para llegar a lo más alto. Sólo unos pocos hombres de negocios podían decir que habían alcanzado el éxito en su sector, y él pertenecía ahora a esa élite.

No siempre el camino fue fácil, la competencia se comportaba como alimañas, pisoteando sin piedad a los que se quedaban por el camino. Estuvo a punto de arruinarse en más de una ocasión. Tuvo que invertirlo todo, arrimar el hombro, hipotecar su casa. Todo por un sueño que ahora se veía cumplido. Un imperio que en un futuro heredaría su hija, Joanna.

De repente, al fondo del enorme despacho, se abrió la puerta, y una figura desgarbada se introdujo, cerrándola tras de sí.

―¿Qué hace aquí?¿Quién es usted? ―dijo alterado, abalanzándose sobre la mesa buscando el interfono. Ya había pulsado el botón y por el altavoz se escuchó la voz de su secretaria.

El intruso no se movió, tan sólo pronunció una frase.

―Tranquilo, Nicky. No hace falta que llames a seguridad. ¿Es que no me reconoces?

Ese tono tan rasgado de voz enseguida le resultó familiar, aunque tuvo que rastrear durante un momento en su memoria para enlazarlo con un nombre.

―¿Ezra? ―pronunció su nombre con perplejidad.

―¡Bingo! ―le respondió su interlocutor mientras se aproximaba cadencioso a la mesa. ―Ezra Damon viene a reclamar lo suyo.

―Laura, no me pases llamadas, por favor. Y avísame cuando llegue el señor Richards.

Antes de que pudiera decir nada más, el extravagante personaje acariciaba el premio.

―Parece que no te va mal, Nicky, grandullón―le dijo mientras tomaba asiento enfrente suya. ― No has vuelto a visitarme desde aquella noche. ¿Cuánto tiempo ha pasado?¿Diez años? ―se rascó la rapada cabeza mientras le señalaba con el dedo índice.

El magnate seguía anonadado buscando respuestas a estas preguntas. Todavía no asimilaba la situación. En primer lugar, cómo aquel impresentable había pasado por delante de las narices del dispositivo de seguridad y se había plantado allí sin problema. En segundo lugar, se agolpaban en su cerebro, como centellas de fuegos artificiales, los acontecimientos acaecidos hacía una década.

―Ya entiendo, seguramente has olvidado dónde está mi local―. Se hurgó en la raída chaqueta y puso sobre la mesa un macilento posavasos con las esquinas desgastadas. Sobre un diseño bastante anticuado, con unas llamas extendiéndose de un vértice al contrario, se podía leer el nombre del local: «Inferno 66».

―Ahí sigue la mancha de sangre, no se ha borrado con el paso de los años. Y seguro que todavía sientes irritación en el dedo. No sabes cómo lo siento, pero soy muy efusivo en los apretones de manos―recalcó mientras giraba un extraño anillo en su dedo, en forma de enroscada serpiente.

Era cierto. La maldita y minúscula herida tardó meses en cerrarse. Y la pequeña cicatriz, apenas imperceptible, a veces le escocía, sobre todo al agarrar el palo de golf. El puzzle se iba recomponiendo en la cabeza de Nicholas. Años atrás, al borde de la bancarrota, agravado por una profunda crisis en su matrimonio, veía como todos sus sueños e ilusiones se iban al garete. El profundo y oscuro pozo en el que se había convertido su vida le llevó a inundar las noches con alcohol. En una de sus excursiones nocturnas, dio por casualidad con aquel antro perdido, en el que la barra era una suerte de confesionario y el barman ejercía como improvisado confesor.

― Entonces, Nicholas, ¿qué estarías dispuesto a pagar para salir del atolladero en el que estás metido?― le preguntó mientras le servía una copa más de bourbon a aquel andrajo en el que se había convertido el empresario.

― No hay salida, amigo. Esos malditos cabrones del sindicato me están arrancando la piel a jirones. Si no desconvocan ya la huelga, seguiré tirando de créditos y mis acreedores me sangrarán con los intereses acumulados― le contestó el atribulado parroquiano.― Cuál no será mi desesperación, que había pensado quitarme de en medio. Al menos así mi mujer y mi hija podrían salir adelante con la póliza de mi seguro de vida.

―¿Tan poco aprecio le tienes a la misma que no te importaría perderla por problemas tan nimios? ¿Y si te dijera que sé la forma de cambiar tu suerte, que la diferencia entre el fracaso y el éxito sólo depende de ti?

―¿Qué sabrás tú de eso? Mira el tugurio que regentas.

―No deberías menospreciar al que te ofrece ayuda.

―Tienes razón. ¿En cuanto cotizas tu ayuda, oh gurú de los negocios?― contestó en tono sarcástico.



Esta conversación tan absurda había quedado bloqueada en la memoria de Nicholas durante años, en los cuales su negocio volvió a florecer.

―¿Nunca te paraste a pensar el motivo por cual se desconvocó la huelga de un día para otro? ¿Acaso crees que fue casualidad el tifón que arrasó las fábricas de tus competidores en Asia? ¿O la súbita muerte de aquel fiscal que te investigaba? No seas iluso, Nicky, todo obedecía a un plan. Desde que me conociste, no has tenido que preocuparte por nada. Todos tus problemas se diluían por arte de magia. Y no era cuestión de suerte, ¿verdad? Yo ya he cumplido mi parte, ahora te toca a ti.

El empresario no daba crédito a lo que escuchaba, así que contestó con contundencia:

― Seguro que el día que nos encontramos debiste pensar que era un estúpido, contando mis problemas a un desconocido. Pero fueron sólo eso, conversaciones de barra de bar. No pensarás que voy a creerme que mi buena o mala racha va a depender de un "pacto" con un personaje tan extravagante como tú.

Ezra no se inmutó ante esta respuesta, al contrario, parecía que era parte de un ritual que había repetido centenares de veces, así que replicó entrando en detalles de la vida personal de su interlocutor.

― Bien, veo que para que te des cuenta de que esto va en serio, tendré que tocar alguna que otra fibra sensible. A ver si te gusta este juego. Supongamos que tu mujer se encuentra "por casualidad" con tu amante en una de esas tiendas tan exclusivas que suele visitar, y, hablando, hablando, traban cierta confianza. Se van a almorzar juntas, y en un momento dado, sale a relucir tu nombre de la boca de tan voluptuosa señorita. ¿Qué crees que pensará tu mujer?¿Volverán los fantasmas del pasado, cuando tu infidelidad casi os cuesta el divorcio?

― Así que eres un simple chantajista, ¿no? Lo siento, amigo, pero no te servirán esas tretas conmigo ―le respondió con desdén. ―Yo también puedo hacer que te sigan y averiguar cual es tu punto débil, ¿qué te parece la idea?

―Nicky, Nicky, qué incrédulo eres. Está bien, dejemos que el azar siga su curso, los dados ya han sido lanzados. Lástima que tu hija no tenga tanta fortuna como tú. Ella es una fanática de la velocidad, ha heredado de ti ese gusto por los coches deportivos. Ya sabes lo peligrosos que son esos cacharros cuando les pisas más de la cuenta.

― Te recomiendo que no pises terrenos pantanosos, idiota. ¡No metas a mi hija en este asunto!

― No te enfades, Nicky ― no dejaba de llamarle así a propósito, igual que lo hacía su padre cuando quería ponerle nervioso ― al menos no conmigo, sino con ella, por tener esa misma debilidad que tú tenías de abusar del alcohol. Bebida y velocidad, mala combinación. Mejor le dices algo cuando vuelva de su ruta por la Interestatal, por cierto, muy por encima del límite de velocidad permitido. Esperemos que no se distraiga, podría ser fatídico.

Por primera vez durante toda la conversación, Nicholas se sintió incómodo, tal vez, incluso algo asustado. Por muy loco que estuviese aquel tipo, tenía que averiguar qué había de cierto en sus palabras. Cogió el teléfono e hizo un par de llamadas, sin obtener respuesta. Finalmente llamó a Brad.

― Nick, acaba de llegar― le espetó nada más descolgar.

― Escucha, Brad, Joanna está en casa, ¿verdad? No coge el teléfono.

― No, no está allí, salió a media mañana para reunirse con su amiga Cinthia, fue a la costa, volverá esta noche. ¿Ocurre algo?

Colgó sin responder a su yerno. Con algo de desconcierto, se volvió hacia el intruso, y con la voz quebrada, le exhortó:

― Esta bien, hijo de puta, negociemos un precio y sal de mi vida cuanto antes.

― ¿De repente quieres poner un precio para continuar con la vida que llevas ahora? Un poco tarde, Nicky.

― Entonces, ¿qué demonios quieres de mi?―le gritó desencajado.

― Ya lo sabes, lo que me prometiste aquella noche hace diez años. Yo sólo tengo que esperar ― y se acomodó en una silla junto a la puerta.



Sin tiempo para reaccionar ante esta situación tan chocante, la puerta se abrió de golpe. A través del dintel apareció la vociferante cara de Richards, y tras de él Brad, que intentaba excusarse:

― No he podido hacer nada para...

― ¡Maldito cabrón!. Así que querías quedarte con mi negocio a base de malas artes ―le gritó Richards mientras la saliva salía de su boca cual proyectil.

El escenario que esperaba Nicholas aquella mañana era el siguiente: un humillado Richards acudiría a la reunión para negociar una salida digna del consejo de dirección de su propia empresa, que sería absorbida y pasaría a formar parte del emporio Vermin. Todo por obra y gracia de una compleja trama en la que estaban implicados tanto abastecedores de componentes como distribuidores de productos del sector, que fueron coaccionados subrepticiamente para aislar a Richards y bloquear tanto la producción como las ventas de sus productos.

Nunca hubiese imaginado lo que ocurriría a continuación.

Con un gesto, le indicó a Brad que ya se hacía cargo él y que abandonara la habitación. Richards continuó soltando veneno por la boca:

― Sólo que ahora el que paga la nómina de Dennis soy yo, y con todo lo que él sabe, tengo argumentos más que suficientes para llevarte a los tribunales. Lo sé todo, incluido ese asunto tan turbio con las patentes. Ese pusilánime todavía habla bien de ti, te idolatra, ¿te lo puedes creer?

Dennis. Hasta hace poco era la mano derecha de Nicholas, estuvo con él desde el principio, su dedicación y fidelidad eran incuestionables. Hasta que cierta información delicada empezó a filtrarse. Un topo hacía tambalear su imperio y sólo podía ser alguien muy cercano.

Ante el comentario de Richards, cayó en la cuenta demasiado tarde: «¡Cielo Santo! ¡Brad! El muy estúpido creó una cortina de humo para quitarse a Dennis de encima. ¿Cómo no lo vi antes? ».

Estos pensamientos pasaron por su cabeza mientras Richards seguía con su letanía, pero en esos momentos ya era totalmente ajeno a lo que le decía. En cambio, mirando por encima del hombro de Richards, vio a Ezra, al fondo, riendo a mandíbula batiente.

― Maldito bastardo. Les has tentado a todos ellos, ¿verdad?, con tal de destruirme...

Richards se dio por aludido, aún sin entender nada.

― ¿Destruirte? ¿Cómo tú pensabas hacer conmigo? No. Yo sólo quiero que se haga justicia, pero cualquier cosa que te pase, la tienes bien merecida.

― No estoy hablando contigo, estúpido ― le respondió iracundo.

― ¿No? Entonces con quién. Aquí no hay nadie más― y se giró sobre sí mismo dando un vistazo a la sala. ― Estás más loco de lo que pensaba.

― ¿Loco yo? No, si hay alguien aquí que ha perdido el juicio eres tú. No dejaré que os salgáis con la vuestra, ni permitiré que nadie se apropie de lo que es mío― le avisó encolerizado mientras le sujetaba por las solapas de la americana.

Richards respondió a esta afrenta empujándole contra la mesa, a su espalda. En ese momento de máxima tensión, Nicholas vió con el rabillo del ojo su recién adquirido galardón, y sin pensárselo dos veces, lo agarró con fuerza con la mano derecha y lo estrelló repetidas veces contra la cabeza de su adversario, que al momento, cayó fulminado sobre la alfombra, que poco a poco fue tiñéndose de carmesí.

Nicholas Vermin fue acusado de homicidio y condenado a morir mediante inyección letal. Tumbado, amarrado a aquella extraña mesa con forma de cruz ―el Diablo siempre trata de imitar a Dios― creyó ver la sonriente faz de Ezra Damon entre el público asistente. Su pacto estaría saldado en cuestión de unos agónicos minutos.