La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de julio de 2014

Poema para el poeta, por GRANADA SANDOVAL


Hoy les quiero recitar las frases y las canciones
que suelen atormentar al poeta y sus pasiones.
Quiero contar el sentir de aquel que nace poeta
y suele siempre seguir al ritmo de su libreta.
Al que en fantasía loca suele sentir y poner
palabras sobre su boca y hasta puede enternecer
con su cantar a la roca. Recitar a los poetas
que saben cantos de amor y asimilan el dolor
con copla a las violetas. A los que dan sus cantares
envueltos en sus saberes porque nacieron juglares
para amar a las mujeres. Al poeta que ha nacido
y al que queda por nacer y a quien se siente atrevido
para darse a conocer. Canto, pues mi cantar quiere
cantar al cielo, cantar, porque este verso requiere
una rima que se mueve como las olas del mar.
Hoy mis versos lentamente entre los labios deshacen
lo que al poeta complace y lo que el poeta siente.
El poeta, recitando, no queda rincón ni roca
donde no deje su boca las cosas que va pensando.
Le canta al agua que bebe, le canta al cielo y al mar
a la rama que se mueve al ave y al limonar.
Sus poemas son desvelo que como lumbre encendida
dan a su alma consuelo en los golpes de la vida.
Poeta es el ruiseñor poniendo las cosas claras
Para dar fuego al amor en oscuras madrugadas
Hoy dedico mis cantares al que en dulce mezcolanza 
lleva el alma en la balanza al compás de sus andares.
Al que vive en su quimera pendiente de sus cantares
llevando el alma en los ojos, al que aparta los matojos
de aquel que vive a su vera, al que con paciencia espera
su galardón de poeta, al que jamás se sujeta
cuando ve nacer temprana la risa de la mañana
en sangre de sol teñida, al que disfruta la vida
regalando una canción que sabe a melocotón
clavel y yerbaluisa, al que repasa sin prisa
las cuerdas de una guitarra porque se siente cigarra
con alas de gorrión, al que pone en la canción
las notas de Federico… ¡Canto al grande, canto al chico!
Mi canto es un abanico bordado de fantasía
que nació en Andalucía y se extendió a toda España.
¡Porque mi verso no engaña, ama el sol ama a la gente…!
¡La tierra la luz la vida la flor y la sangre herida
son parte de esta oración que va respirando amor
en un volcán de colores para regalarle amores
a quien ama la canción!


Un lugar en el mundo, Orfandad y Camposanto, por LUIS LÓPEZ-QUIÑONES RUIZ.

Un lugar en el mundo






    En aquella película argentina de los noventa
de temática social e intimista ,de personas que se descubren,
aprendí que en la vida a cada uno lo atrapa un sitio.
Ese lugar que te elige, que te sigue hasta que cala
 y al que añoras y  al que sufres y que duele porque lo amas.
No hace falta nacer en él ,ni tampoco que nada te ate,
a veces coincide con los arraigos y otras simplemente surge.
De pronto, descubres que tu lugar, es uno que no esperabas,
que después haber conocido tantos el que te captura no lo soñabas,
ese lugar que te integra, en el que te sientes parte del paisaje,
no tiene la belleza del mar azul ni el glamour de un NY nocturno.
Ese hueco que en ti se forma, esa comunión que se ha creado,
tiene algo de lazo místico entre tu alma y entre su halo.
Aunque yo no haya sido viajante ya soy hombre de media vida
y he paseado muchas noches y demasiados amaneceres,
he dormido en tres continentes y de las montañas he ido al desierto,
he vivido el calor del Caribe y algún desaparecido país del  este,
he bebido cerveza en la fiesta de octubre y me he emocionado en las ruinas del foro,
 he navegado los canales de dos ciudades y he bailado en los carnavales.              

      Pero entre todo ese esplendor hay un no sé qué donde no llegan,

que no da la vida que irradian, ni su belleza, ni sus piedras,
lo que tiene mi lugar sorprendente que para mi nada iguala
es ese aurea que me transmite felicidad cuando lo toco,
esa necesidad de perpetua vuelta , ese cosquilleo cuando me llego,
es mi infancia enterrada en su plaza y es el descanso de mis huesos.
Mi lugar es sencillo y vulgar, ordinario y algunos dirían paleto,
milenario de fundación aunque en el mapa cuesta leerlo,
pero el sabe que me posee y el sabe que es mi dueño,
que estoy conectado a su fluir y me reconoce como uno de ellos,
el lugar que yo tengo, está al sur de mis anhelos,
encerrado en una olla entre cuevas y entre cerros.


Orfandad



Aunque estás aquí y no te has ido hay días que sufro tu ausencia,
hay días que te extraño y la consciencia de la fugacidad de la vida
golpea con toda la furia que es capaz la verdad descubierta.
Aunque no tenemos pensamiento, ni billete y ambos seguimos sin fecha,
hay mañanas, en que recuerdo que no soy un niño y que la vida no es eterna.
Esta obviedad tan pueril, tan dolorosa como cierta,
se revela como la única e infeliz verdad de nuestra existencia,
en esos momentos, me empequeñezco y me abrazo a mi infancia lejana
y me invade mi orfandad como un castigo a mis faltas.
¡Si yo pudiera calmar tus dolores y permutarlos por mis errores!,
 ¡pactar con mis fantasmas la tranquilidad de nuestros espíritus!
entregaría sin dudar el precio fuese en días ó fuese en años.
Aunque no te vas, ya te extraño y me siento desvalido,
por qué tú sigues siendo mi padre y yo sigo siendo el hijo pródigo,
aunque no te vas ya me duele y me desgarra por dentro,

por qué ninguno está preparado para olvidar quienes somos.

Camposanto




Por la suave cuesta de guijarros y asfalto viejo,
flanqueados por altos cipreses y pinos regios,
con la ligera brisa que siempre sopla
y su olor a flores y su aroma a huerto,
¡es Camposanto mi cementerio!

La cancela, puerta al alma en recogimiento,
y el fosor que riega cotidiano a la vez que ajeno,
aquellos patios con nombres sacros
y esa campana que toca a duelo.

Panteones; monumentos a la vanidad humana,
minúsculos templos de mármol
se elevan sobre fértiles campos de cruces sin descanso ni barbecho,
¡Ironía del destino!; lugar en que terminan los sueños y empieza el eterno.

Tumbas en suelo y nichos de altura,
réplica del mundo que sigue girando,
quebradas, en ruinas, ajadas y lúgubres,
propiedad de difuntos ya sin vivos.

En otras, ramos frescos y coronas moradas,
de muerto nuevo ó recién muerto,
lápidas de distintos tonos y formas
dictados por los tiempos o por las modas.

Sepulturas anónimas con número,
las de víctimas de nuestra barbarie,
de ilustres con su verja protectora
y las comunes montañas de huesos.
Austeridad en unas y barroquismo en otras,
frases de despedida y retratos en sepia,
 responsos, lágrimas y ausencia ;
¡Sic transit gloria mundi!
 ¡Camposanto es mi cementerio!                                 

                                                                              




                                                                              
                                                                                         






jueves, 19 de junio de 2014

“Nocturnos” de Josefina Martos Peregrín, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



Nocturnos es el título del último libro de la escritora Josefina Martos Peregrín; una cuidada edición de trece relatos publicados por la Editorial Nazarí, escritos con una agilidad narrativa magistral. La autora  ya nos mostraba su talento en sus dos obras anteriores Myriastérides y otros relatos y La cumbre del silencio.
En esta ocasión, sus relatos nos sumergen en una atmósfera inquietante, construida de personajes y escenarios singulares, inspirados sin embargo por grandes dosis de realidad. Josefina, observadora voraz, coleccionista impenitente de recuerdos, va tejiendo estas historias con el hilo conmovedor de la emoción.  No hay un solo párrafo en esta obra que no haya conseguido despertar en mí un sentimiento de añoranza, sorpresa, ternura, indignación, admiración, tristeza…, no hay un solo párrafo que haya podido dejarme indiferente.
En Nocturnos encontrareis de todo: el miedo sobrecogedor y obsesivo de una insomne trastornada por el llanto de un niño… “Yo soy la que escucha en la noche. Escuchando, escuchando sin alivio ni fin, se inició mi naufragio, mi rastreo estéril de una voz, de un llanto; mi enlace a un mascarón de proa tenebroso y vivo”, la infancia florecida, cuya inocencia asomada a la ventana, es amputada de golpe por el serrucho de la tosquedad de los adultos… “Cuando vi aquel brote florido sobre la coqueta, acomodado en una jarra de cristal y reflejándose en un espejo, me contenté: cortado no era menos bello. / La primavera capturada para siempre, eso creí, que aquellas flores durarían siempre.”  O la muerte agazapada en una colcha donde duermen una camada de gatos recién paridos: “Acudieron en su ayuda, a despojarla de la muerte que aquella noche se había empeñado a dormir con ella. Inesperada, insistente… y tan trivial.”, también el cine como analgésico de un ambiente de posguerra, va forjando la amistad entre una puta y un sereno… “Ninguno lo cree, ni su parecido con Gilda ni su futuro en el cine, pero a la música de sus palabras el nilón se transforma en seda y su cabello mal teñido, en la mágica cascada de Rita Hayworth.”, la guerra y sus miserias, sus vilezas que atropellan vidas y destruyen futuros, como el de Malaika, la niña Iraquí… “Plena noche quebrada, estrellas despavoridas, súbito trueno de cristales rotos, motores crueles, gritos imprecisos, arrastrados, un hilillo de sangre que ahora las primeras palabras, la voz estremecida del hermano mayor…”. El cuento tradicional de Perrault  resucitado de nuevo, una versión de Caperucita roja que se aproxima más a la original que las innumerables adaptaciones posteriores: “La miraba y sentía deseos de abrirle la ropa en canal y palparla entera, pero se conformó con sentarla en sus rodillas y sobarle disimuladamente los muslos. Azorado por su excitación, evitó verla de nuevo”. Así mismo se adentra en el mundo del llamado síndrome de Diógenes, o de la soledad, o de una historia de carencias acumuladas…” Comprar sin necesidad, incluso, incluso de modo compulsivo, resulta enfermizo, pero tolerado y muy frecuente; en cambio almacenar lo rebuscado por las calles se juzga locura humillante.”.  El prodigio toma forma en el relato titulado De madera, donde se cuenta los avatares de una virgen tallada que perdida en una cueva, olvidada de la humanidad,  es visitada por el duende: Se acostumbró agradecida al duende y a su charla inconexa, como se acostumbró a toda clase de visitas y compañías”  o las memorias de un morisco que tras el destierro, se refugia en una cueva, antiguo silo… “- Eso mismo, como yo, que me transformé en cordero, cordero de Cristo. En mala hora, pues mi juventud entera la cubrí con caparazón y máscara ante los míos.” Para terminar con una Danza de escorpiones, una pareja condenada a encontrarse cada verano unidos por un juego sexual  sadomasoquista: “Imaginando aguijones viajeros, peligrosas travesías a lo largo del cuerpo sometido, comienzan a enredarse en caricias, en oscuras incursiones, lentas condenas sembradas de asfixia y gritos.”

            Todo un mundo, contenido en trece relatos impecablemente escritos, pequeños mundos albergados en este libro que he terminado de leer con deleite y admiración por la autora. Estoy segura, que aún en una segunda lectura, no dejaría de sorprenderme. Enhorabuena Josefina.

domingo, 15 de junio de 2014

Los plásticos azules, por JOSE GARCÍA.



Rescato el texto, escrito hace ya unos meses y publicado en Fotografía Imperfecta…

“Los plásticos azules" (José García, Fotografía Imperfecta)

Poner fecha a hechos es, para mi memoria, tarea imposible. Sin embargo sé que era un niño entonces…
     En la cañada, más arriba de los lavaderos, ya entonces en desuso, se arremolinaban, llevados por el viento, decenas, seguro que cientos, de olorosos y celestes plásticos azules. Olían a nuevos, como recién hechos.
Los plásticos azules despedían un olor particular como a toalla limpia, a colonia fresca de niño chico. Y es ese olor el que me trae al presente aquella escena irreal. 
Estaban por todos lados. Como una plaga. Se extendían calle arriba, en la falda arcillosa del cerro dibujando un lienzo azul sobre la tierra mojada, donde los niños jugaban en los tórridos veranos. Y semejaba, al Macondo de Cien años de Soledad, a un cuento de un pueblo inventado.
Las cuevas, medio derruidas. La cal blanca, manchada con tierra arrastrada por las lluvias torrenciales, de "nube", tan comunes en las zonas semidesérticas de las provincias del sureste andaluz. El barrio, tan primitivo y desangelado como lo triste del frío invierno.
De los recuerdos a veces solo queda la sensación. El regusto de un sabor que no se olvida. Una imagen o melodía grabada a fuego. El olor.
No sé qué día era, ni que mes, ni siquiera el año concreto. Y tampoco tiene importancia alguna.
Digamos, que era la tarde nublada como la de hoy, de aquel invierno remoto. 
Aún a día de hoy no sé exactamente que eran aquellos plásticos. Si eran bolsas o eran simples plásticos celestes no logro discernirlo  pasado ya tanto tiempo.
De vez en cuando me trae al presente ese olor dulzón del pasado que no logro olvidar, de esa tarde extraña que no logro recordar.

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 13, 15 de junio de 2014 "Gabriel García Márquez"



Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN 2340-8634





SUMARIO




Portada, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



FOTOGRAFÍA:


Dos sonrisas para Gabriel, por NURIA HERNÁNDEZ.



ARTESANÍA:


Seis sombreros femeninos para Gabo, por CAROLINA FERNÁNDEZ.



RELATOS: 


Juego de niños, por EDUARDO MORENO ALARCÓN



ARTÍCULOS: 


La despedida, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.

Viejas cartas, por CONCHA CASAS.

Gabo y aquel verano del 85, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS.

El Faro y el vigía, por PURA FERNÁNDEZ SEGURA.

García Márquez y Pedro Antonio de Alarcón, por ANTONIO MEDINA GUEVARA.

Gabo, por ANTONIO PELÁEZ TORRES.

Mi primer García Márquez, por JOSEFINA MÁRTOS PEREGRÍN.

Los plásticos azules, por JOSE GARCÍA.





POESÍA: 


Flores para Gabo, por JAVIER FRANCO.

Sucesión de oportunidades, por NICOLÁS CORRALIZA.

El privilegio de la soledad, por MARÍA PIZARRO.

Eterno Gabo, por INMACULADA GIMÉNEZ GAMERO.

La alquimia de tus palabras, por SOLEDAD JACOBE MARTÍNEZ.

Gabo, la noche en tus historias me envuelve, por ESNEYDER ÁLVAREZ.

El hombre de las rosas amarillas, por ALICIA MARÍA EXPÓSITO.

Cómo dividir mi corazón, por MARINI RIOS.

La hojarasca, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.






















Gabo, por ANTONIO PELÁEZ TÓRRES.

     

     Nadie supo que entre aquella polvareda de peces de colores que nadaban en las ondulaciones cegadoras de la luz de medio día flotaba el espíritu incorruptible de García Márquez. Me deslicé hacia las apestosas emanaciones de bananas podridas que atufaban el vaho fluvial de Macondo y allí volví a percibir su presencia apenas. Había como una especie de calor denso y pegajoso que retenía el perfil rizado de su figura y su voz de negociador de palabras y sueños. Y de entre aquellas palabras razonablemente deshilachadas y vueltas a trenzar se holografiaba un tipo normal de aspecto bonancible que pretendía agregarle algo de fiereza baldía a su cara con un bigote cuidado y espeso. Entre el abultamiento Caribe de sus pómulos y el hinchazón estructural de sus párpados se dibujaba como un esdrújulo miedo a la matemática, no tanto al álgebra y a la geometría como a la aritmética. Se pergeñaban entre sus dedos los vocablos del maestro Calderón y allí enfilados como una pluma de zopilote, medio emborronados por la lluvia, los sueños del ancestro bogotano, después parisino y en un zumbido de abejorro ruinoso y libado, del eco del mundo. Me destazaron el pecho los vengativos desbaratadores de Santiago Nasar, no sé si diez o doce veces…y cuando ya pensaba que en aquellas calles de plomo me derretiría abrasado por el hostigamiento de la asfixia encontré la puerta del otoño de un decrépito patriarca que navegaba entre vacas y ensoñaciones de grandezas para desde uno de sus balcones ruinosos intuir a lo lejos en una tarde, creo, con sabor a mañana los funerales de una mamá grande y las miserias y grandezas de un general abocado a morirse entre las venenosas emanaciones de un recuerdo de gloria. No quise sufrir más y lo gocé rememorándolo en Estocolmo vestido de blanco, como para recitar, no, mejor… para cantar en voz segunda un bolero perdido en un día que el Nobel se le convirtió en novia sumisa pero perecedera: Y así entre putas tristes y cuentos amarré las sombras que pude a su bagaje fluvial de sueños y a su torrentera inverosímil de memorias bien dichas y mejor escritas y desde entonces cuando quiero suspirar enjaezo mi decrépito Rocinante y me adentro en las sorprendentes ciénagas de amor de sus libros porque allí los caminos de su vida son eternos.

García Márquez y Pedro Antonio de Alarcón, por ANTONIO MEDINA GUEVARA.




Esta tierra es mi vida y mi vida está clavada igual que una cruz al cementerio de este pueblo…
La siento como si fuera un corazón palpitando a borbotones su sangre cristalina desde alguna de sus fuentes; que sus acequias son sus venas y las mías, que su cielo es mi cielo y sus veredas los caminos por los que nunca me pierdo. Siento, que desde que mis pies empezaron a andar lo hacen sobre ella y su piel; siento que me escucha, que me habla, que me quiere y yo la quiero sin condiciones; que somos  complementarios a la vez que uno mismo.
La tierra… ¿Qué es la tierra?
Alguien me dijo una vez que la tierra es el espacio donde se plantan las almas… Yo entonces no lo entendía.  También  me dijo que todas las tierras parecen  iguales, pero que todas son diferentes. 
Comenzaré por decir que la mía es una tierra seca, fuerte, con acequias que son las venas por donde el agua transmite la vida a su paso y que a su vez  vienen de unos sitios donde laten muchos corazones enterrados: sus fuentes. A veces es tan gris, tan clara, que se confunde con las nubes del cielo; a veces es tan roja que parece que sangre… ¡Y fuerte!
Tiene que serlo.
Ha sufrido tanto y de tantos, que respira con dificultad; ha parido tanto y a tantos, que parece una madre derrotada. Pero no. No está derrotada. Aún le queda mucho aliento. Nunca se rinde.
¡Cómo cualquier madre!
Lo primero que entra por tus narices al nacer es el polvo de la tierra que te envía al mundo, la misma que —mejor más tarde que temprano— te acogerá como lo hace con las raíces, que cuando no la tienes en tus pulmones parece que les cueste respirar. La mía llora de alegría cuando la riegan las lluvias, brilla a los reflejos de las hojas de plata de los olivos, juega con los remolinos de las brisas, hierve en los veranos y se congela al frío de los inviernos...
A veces parece latir como un corazón viejo. Aunque no quieras la tienes que querer. Es como una mujer… ¡Es bella...! ¡Es dura...! ¡Tiene mucho carácter!

Seguramente quien lea esto se preguntará a qué cuento viene la relación entre Pedro Antonio de Alarcón y García Márquez: nada… Pero sí para mí.
Estas parrafadas de mi libro “Al lado de tierra santa” las escribí hace ya bastantes años en Cartagena de Indias, la ciudad donde “Gabo” volvió algunas veces a su país y que, al leer algo suyo y sin saber por qué, me trajeron algunos pensamientos del Altiplano de Granada. Luego alguien dijo que no, que era del estilo de Delibes o Azorín, pero yo creo que fue él quien me hizo describir a mi tierra en mi cerebro y en aquél momento… Salvando las diferencias, claro.
Y a “Gabo” se las dedico.
Recuerdo que había vuelto hacía poco de mi pueblo de Granada (Zújar ), que era pleno invierno y que creo que sería por entre el  2000 - 2005. También que por aquel entonces estaba en el siempre verano de Cartagena de Indias, que acababa en mi visita y que volvía por enésima vez a España con mis pensamientos tristes (como siempre que así sucedía), cuando después de haber visitado la casa donde  “Gabo”, ese hombre al que muchos de sus paisanos esperaban horas para vez verlo por allí en esos días lo llamaban desde la calle para que apareciera.
Yo acababa de visitar Santa Marta y ya estaba desde hacía años enamorado del departamento del Magdalena y de su río y canal del mismo nombre, pensando entonces,  junto a unos amigos, poder patear más adelante esos lugares del Magdalena y de su Sierra Nevada que lleva el mismo nombre que la mía, como también lo que era hace cientos de años la Nueva Granada y que tanta referencia nos une, cuando me llegó la hora de volver.
Eran tiempos de guerra en Colombia y aquella idea tendría que esperar.
Reconozco que a mi ese nombre (Gabo) no me decía nada, que supe de quien se trataba cuando alguien dijo el nombre de pila del que yo sabía que había escrito un par de obras magníficas: “Cien años de soledad” y “El amor en tiempos de cólera”, entre mucho más, y también supe que era periodista y que había trabajado en “El Espectador”, un periódico de hojas tan enormes que costaba leerlo si no era sobre una mesa.
Luego llegué a Bogotá para transbordar al avión que nos llevaría hasta Madrid y pensé en comprar revistas y entretenimiento para el viaje, cuando una persona me dijo: <<Compra ese libro de “Gabo”, que es nuevo…>>  <<¿Te gusta Gabo…?
No sé si era por el título, o sí por otras cosas, que compré mis revistas y el librito de marras: “Historias de mis putas tristes”, que era tan corto como mis días pasados en Cartagena y que lo traía conmigo a España.
Ya en el avión, ojee el librito y pensé que, como era tan corto y aparentemente malo, lo acabaría pronto, y así fue. Pero aunque el libro me pareció malo y un poco zafio en principio, como escrito por lo que era: un viejo que añoraba sus días de juventud, bastante machista, que defendía al dictador Fidel del que también sabía en primera persona por mis viajes a la Perla del Caribe. En definitiva: que era un viejo chocho y trasnochado.
Al leerlo pensé también que Gabriel García Márquez escribía muy bien, pero que contaba poco… Hoy opino lo mismo del libro, pero no del autor, porque la expresión y el vocabulario eran y es exquisito; pienso que tal vez me recuerda los años de mi niñez en que llamábamos a las cosas con ese leguaje que todavía se oye en Colombia.
Releí después el libro hoja por hoja, parrafada por parrafada, y al poco pensé en cómo me gustaría a mí escribir así, pero con una buena historia de por medio.
Luego leí a otro gran desconocido por mí y por más señas paisano: Pedro Antonio de Alarcón, y supongo que ambos me incitaron después a escribir mis modestas historias.
Leí de ellos que escribieron en su día cuentos o historias cortas, y yo empecé a hacer lo mismo, luego novelas, y también lo hice, pero cuando leía poesía de Pedro Antonio de Alarcón comprendí que eso no podría hacerlo, y seguí con mis cuentos y novelas. Por el año 2011 publiqué en Colombia un cuento dedicado a Cartagena de Indias (“Una mujer llamada Muerte”), que es una “adaptación” de otro cuento de Alarcón, al cual se lo dediqué y que pienso es una fantasía de la “muerte”, del paisaje y del embrujo de esa ciudad.
Las narraciones de García Márquez, con ese lenguaje criollo tan auténtico del  español que ya no se habla aquí, y del que  no entendemos algunas palabras y expresiones, son un lujo para la literatura universal, pero sobre todo para recuperarlo, ya que los modismos y el simplismo están quitando de nuestras lecturas palabras preciosas y ajustadas al castellano que sirven para expresar todo en su justa proporción. Un lujo en la escritura y pos su supuesto en la narración y lectura.
Tengo que decir que he visto un par de veces a este narrador universal en mi vida: una en Cartagena de Indias y otra de refilón en la Habana y que, aunque no comparto su mentalidad  política, es y será una referencia para quien quiera aprender a narrar historias.
De “Gabo” intento empezar mis libros con un arranque que atraiga (aunque no creo conseguirlo) y de Alarcón intento seguir las tramas… De los dos aprender.
Cuando mi novela “Al lado de tierra santa” quedó finalista en el premio Azorin de 2012, una persona me dijo en referencia al manuscrito que le pareció el comienzo de Márquez, el estilo de Delibes y la historia de Muñoz Molina; no cabe duda que me dijo el mejor piropo que podrán decirme nunca y que (aunque sea mentira) yo le agradeceré toda mi vida, pero lo que no sabía es que fue García Márquez sin pretenderlo quien me animó a escribir, aunque no cabe duda que la comparación me gustó por lo que significan esos personajes para la literatura.
Ahora, casi cada día, leo algún fragmente de alguno de ellos para aprender, pero no me cabe duda de que será un imposible poner las palabras en sus justos términos; sin que sobre o falte un matiz, una imagen reflejada en las palabras o en su riqueza de expresiones, y que desde hace muchos años admiro en el “vocabulario” colombiano lo que tantas veces he podido escuchar con mis propias orejas en mis constantes vistas a ese país, que tanto nos admira a la vez.
Decir que me une a Márquez la admiración y cariño que siento por Cartagena de Indias, “mi otro pueblo”, una ciudad que pienso es la más bonita de las coloniales americanas y que mantiene ese halo de libro de aventuras donde, piratas, corsarios, hombres con la pata de palo y parches en un ojo, junto a lugares de fantasía y mujeres preciosas se reúnen para hacernos soñar con otros tiempos.
Murió “Gabo” y nació una figura universal de la narrativa difícil de superar.


(Esta nota pretendo escribirla en forma de artículo periodístico del que no sé nada, pero que lo intento, por ser una forma en la que Gabriel García Márquez se defendía como un genio)