La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 29 de octubre de 2020

LA FLOR, por Esneyder Álvarez.

 



La flor de mi corazón no tenía una hoja viva,

su tierra era infértil,

era alimentada por mi tristeza y soledad,


El sol nunca le dada su luz,

la sombra de la monotonía la escondía,

la sonrisa no aparecía en mi vida.


En un amanecer una gota de ternura cayó en su raíz,

una luz de comprensión reflejó su tallo,

un alimento de pasión les dio color a sus pétalos.


La flor expande sus pétalos con orgullo,

a su lado creció un hermoso jardín

el cuál con alegría fue llamado amor.





ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 48, 30 de octubre de 2020 "flores".



 Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 

FLORES, por Isabel Rezmo.

 




El viento es una respuesta

entre los árboles.

Pequeñas e íntimas profecías

abrazando el aire.

Pequeñas llamas que limpian

los bordes de los ríos.

Las flores que un día perdimos

en los ojos.

Las flores que adornaron nuestros

cuerpos.

Las flores que no ofrecimos cuando amar

era el reclamo.

 

Era el viento que susurraba a los caballos.

La lengua que disfrazaba poemas

a la sombra de los lirios.

 

Éramos el  verbo  inverso, bendito.

Ya lo sabes:

 las flores que murieron en los jarrones.

martes, 27 de octubre de 2020

ROSA DE INVIERNO, por Dori Hernández Montalbán.





Noche o brisa. 

Una única estrella cuelga del cielo.

Péndulo titilante que adivina 

cual zahorí, el agua oculta.


Solitaria -la rosa-

en mis versos sobrevive.


Noche, brisa y aroma 

de una sola rosa.

Corazón vegetal en el desierto de la vida.


A solas siempre con  -la rosa-

de mis versos: ayer blanca, 

hoy roja, mañana azul.


Flor de sangre que se diluye

en la nieve blanda, recién caída.

EL INVERNADERO, por Carmen Hernández Montalbán.


Violet Blue flotaba sobre el lecho de plumas de la alcoba de Robert Gardener. Se sentía como un diente de león elevado por la brisa. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que saliera del burdel del Ludgate Hill en la calesa, acompañada del doctor Gardener… ¿dos, tres días…, una eternidad?. Había desoído los consejos de Lady O – “El doctor es un tipo extraño –les advertía la madame-  eso sí, buen pagador. Pero sus gustos sadomasoquistas han puesto en peligro, en ocasiones, a algunas de las chicas…, no aceptéis ninguna invitación suya fuera del local.” Violet no hubiera aceptado la invitación si el doctor no le hubiese prometido alivio a sus dolencias,  si accedía a pasar unos días en su casa. Su adicción al opio le causaba dolores terribles en los días de abstinencia que la condenaban a vivir entre el paraíso y el suplicio. La despertó el haz de luz que se colaba entre las cortinas. Se levantó haciendo un esfuerzo titánico y con la lentitud de un caracol se vistió. Cuando, finalmente, consiguió mantener el equilibrio, buscó la cocina para prepararse un café. No parecía haber nadie en la casa. Seguramente Robert había salido a pasar consulta o a atender alguna urgencia.

Tras el desayuno se aventuró a salir a caminar por el vasto jardín que rodeaba la vivienda, admirada con la variedad de árboles y flores que crecían en él. Dio la vuelta al edificio y, en la parte trasera, llamó su atención un cercado que acotaba lo que parecía un pequeño cementerio y un coqueto invernadero dentro del mismo recinto.  Se aproximó a la tumba más antigua donde podía leerse: Rose Gardener, 2 de septiembre de 1867, 46 años. Próxima a esta había otras lápidas: Dahlia Gardener, 18  de junio de 1876, 25 años;  Jasmine Gardener, 4 de agosto de 1878, 3 años; Daisy Smith, 23 de febrero de 1883, 20 años. Aquel descubrimiento la conmovió profundamente. El doctor había perdido a gran parte de sus deudos en muy poco tiempo, a juzgar por los apellidos de las tumbas. ¡Pobre Robert! –pensó- la pena y la soledad habían agriado su carácter.

El invernadero, construido de ladrillo y cristal, tenía forma hexagonal, imitando a los cenadores de los jardines románticos, donde una variedad de flores exóticas protegidas por los vidrios, se asomaban expectantes al exterior. Aquel lugar la atrajo de inmediato. Intentó abrir la puerta para visitarlo pero enseguida se dio cuenta que alguien había cerrado con llave. ¡Qué pena! – se dijo- mirando el interior a través de las ventanas, las plantas parecían llamarla y despertaban en ella una tristeza inexplicable. Se percató de que una de las ventanas estaba entreabierta, tal vez si lograba auparse al alfeizar podía colarse en el interior, sin demasiado esfuerzo.

Una vez dentro, Violet sintió que el invernadero, tan hermoso desde fuera, tenía una atmósfera opresiva y cargada de presencias. Ahora se preguntaba qué la había impulsado a encaramarse a la ventana entreabierta para colarse en aquella burbuja luctuosa. Llamó su atención una flor con forma de corazón abierto que parecía gotear. Su vista siguió la trayectoria de la gota hasta el suelo y, allí, entre el mantillo, descubrió un diente humano. A un palmo de este, vio brillar algo metálico y dorado: un pendiente. Sacó un pañuelo de su bata, envolvió ambas piezas con él y lo metió en su bolsillo.

- Se llama Dicentra, conocida popularmente como “corazón sangrante”. Una rara especie asiática, importada de China – se estremeció al escuchar la voz conocida del doctor Gardener a su espalda- ¿Qué haces aquí? desconocía que tenías el poder de atravesar paredes - dijo mirando hacia la venta entreabierta…

Las rodillas comenzaron a templarle incontrolablemente. Haciendo un esfuerzo enorme por sobreponerse respondió:

- Lo siento, me pareció tan bonito a través de los cristales que no he podido evitar entrar por la ventana al comprobar que la puerta estaba cerrada. Me he comportado como una niña… ¿Quién se ocupa de las plantas? son realmente maravillosas.

- Yo me ocupo del invernadero, estas especies necesitan cuidados especiales que sólo yo puedo darles, por eso no permito que nadie entre aquí, ni siquiera Stephen, mi jardinero.

- ¡Oh! discúlpame, por favor.

- Está bien, no te preocupes, volvamos a casa. Déborah Wilson, la esposa de Stephen dejó preparado el almuerzo ayer. Ella me ayuda en las faenas de la casa. Los sábados y domingos descansa, al igual que su marido.

Ya era lunes. La extraña sensación que la invadió al entrar en el invernadero no la había abandonado en los días siguientes. Rezaba para que Robert se ausentara el tiempo suficiente, para regresar a Londres, aunque tuviera que ir andando. No dejaba de preguntarse qué hacía un pendiente y un diente entre el abono del invernadero. Puede que su imaginación exacerbada le estuviera jugando una mala pasada, que la señora Wilson lo hubiera perdido allí…, el doctor era un tipo un poco raro, pero no parecía peligroso…

Se sacudió estos pensamientos como quien se espanta una mosca que no para de incordiar, encendió un cigarrillo y se asomó a la ventana. Una mujer bajita y rellena, de avanzada edad, caminaba hacia la casa. Debía ser Déborah, pues escuchó sus pasos  en la planta de abajo. Decidió bajar a conocerla, la compañía de otra persona le vendría bien para levantar el ánimo.

- ¡Buenos días, mi nombre es Violet, Violet Blue, la amiga de Robert.

- ¡Oh! me alegra conocerla señorita Blue. Soy Deborah Wilson, ayudo al señor Gardener con las faenas de la casa. ¿Le apetece una taza de té?.

- Es usted muy amable. Acepto de buen grado si me acompaña.

La afabilidad de aquella mujer la reconfortó, animándola a iniciar un diálogo.

- ¿Hace mucho que trabaja para el doctor Gardener?

- Desde que falleció Rose, su madrastra, aunque conozco a Robert desde que era un niño. Mi marido trabajó como jardinero en el negocio de su padre y cuando este murió, lo siguió haciendo para su viuda, la señora Rose.

- El doctor ha debido sufrir con la pérdida de tantos familiares. Ayer, dando un paseo me topé con el cementerio familiar.

- Sí, es cierto. La madre carnal del doctor Gardener murió en el parto, al nacer este, su esposa, luego su hija, la pequeña Jasmine y finalmente, la niñera, Daisy Smith. La muerte de estas y la del padre han debido causarle mucha tristeza. – la señora Wilson bajó un poco la voz para decirle en tono confidencial -No así por la muerte de su madrastra, con la que nunca tuvo una buena relación. Recuerdo lo mal que trataba a Rober tras la muerte de su padre. El chico contaba por entonces catorce años y no sentía ningún apego al negocio. Era un muchacho brillante en sus estudios y soñaba con ir a la universidad para estudiar medicina; cosa que finalmente hizo cuando murió su madrastra. Ella le obligó a continuar trabajando en la jardinería, mientras ella se ocupaba de la floristería.

-¡Oh! Eso es terrible…, la muerte de la viuda de su padre debió ser una liberación.

- Lo fue, se lo aseguro. Recuerdo que una vez lo encerró en el invernadero y lo tuvo allí un fin de semana completo hasta que Stephen lo escucho llorar al incorporarse al trabajo el lunes siguiente. Esa mujer era terrible. Tras fallecer la madrastra, el niño obtuvo una beca para estudiar y el invernadero estuvo todo ese tiempo cerrado.

 

El relato de la Señora Wilson había la impresionado sobremanera. Sintió pena por Robert a la par que curiosidad. Aquel suceso, sin duda había traumatizado al joven.  Quiso saber más sobre él y su familia. Al atardecer, al ver que el doctor aun no había regresado, decidió entrar en el despacho del doctor, buscando una pista que le ayudara a desvelar algunos de los múltiples interrogantes que se agolpaban en su cabeza. No sabía bien qué buscaba y si aquel era el lugar oportuno, decidió mirar en el archivo, pero cuando fue a consultarlo. Algo distrajo su atención. Sobre el armario fichero reposaba una fotografía, un magnífico daguerrotipo; era el retrato de una bella mujer. Lo tomó para mirarlo con más atención. Llevaba el pelo recogido y lucía unos pendientes. El retrato estuvo a punto de caérsele de las manos al descubrir que el pendiente que ella había encontrado en el invernadero y que ahora guardaba en el bolsillo de la bata era igual a los que llevaba aquella mujer. ¿Quién era ella?. Dio la vuelta al portarretratos y leyó una dedicatoria: “Tuya siempre, Dahlia” Dahlia… ¿dónde había leído ese nombre?¡ Oh Dios…! Sí… ahora recordaba, era uno de los nombres tallados en las lápidas del cementerio. Bajó corriendo las largas escaleras que llevaban a la primera planta y salió a la calle. Se dirigió al cementerio para cerciorarse de que su imaginación no le estuviera jugando una mala pasada. El sol se ponía, pero aun tenía la suficiente luz para poder leer. Sí, una de las tumbas pertenecía a Dahlia Gardener ¿La esposa de Robert? Leyó de nuevo las inscripciones y advirtió con horror que todas las difuntas tenían el nombre de una flor: Rose, Dhalia, Daisy, Jasmine… y allí, muy cerca de las otras, había una flamante lápida en la que no había reparado. No daba crédito a lo que leía, no podía ser, la tumba nueva iba destinada a ella: Violet Blue. Una ceguera lechosa la asaltó y cayó al suelo, una sombra oscura se proyectaba sobre ella, era el doctor con unas tijeras de podar en la mano que sonreía diabólicamente.

- Me faltaba una flor hermosa por cortar, la violeta. Quemaré tu cadáver, luego te llevaré al invernadero y tu ceniza servirá de abono de las otras flores…

-¡Noooo! – quiso gritar pero las palabras agonizaban en un susurro- Violet no es mi verdadero nombre, me llamo Nora ¡Nora! ¡Nora Wilson…!

-Nora, tranquila, sólo fue una pesadilla, querida.

Despertó empapada en sudor. Su prometido, Robert Gardener y su madre que era igual a la señora Deborah, la consolaban.

- Todo ha pasado, ya ha pasado lo peor -dijo el doctor- en unos días habrá concluido el periodo de abstinencia, estás curándote, mi amor. Toma tu pendiente, lo encontré bajo la almohada.


 

SIMBOLISMO DE LA ROSA, por Francisco Peregrina López.

 



Probablemente sea la la rosa la única flor que por su perfume, belleza y forma, sea la más empleada simbólicamente en todo Occidente. Al igual que en Asia la flor de loto, aquí es la rosa  la que está muy cercana al símbolo de la rueda. El rosetón gótico y la rosa de los vientos muestran de forma clara el paso del simbolismo de la rosa al de la rueda.

 

El aspecto más general de este simbolismo está en la manifestación floral de salida de las aguas primordiales, por encima de las cuales se eleva y se abre.

 

En la iconografía cristiana la rosa es la copa que recoge la sangre de Cristo, interpretada de dos formas: bien la transfiguración de las gotas de esta sangre, o bien el símbolo de las llagas de Cristo. También en la India, donde la rosa cósmica Triparasundari sirve de referencia a la belleza de la madre divina. Designa una perfección acabada, o una realización sin falta. Simboliza la copa de la vida, el alma, el corazón y el amor. Se la puede considerar como un mandala y considerarla como un centro místico.

 

Otra atribución simbólica de la rosa es el poder de la regeneración e iniciación de los misterios. El Asno de  Apuleyo recupera la forma humana al comer una corona de rosas bermejas, que le presenta el sacerdote de Isis. También en los textos sagrados la rosa se une al color verde, motivo que confirma la interpretación de la regeneración.

 

En el mundo griego la rosa era una flor blanca, pero cuando Adonis, que era protegido por Afrodita, es herido de muerte, la diosa corre hacia el, se pincha en una espina y la sangre tiñe las rosas que le estaban consagradas. También en el mundo de la alquimia la rosa es una de las flores preferidas, la rosa blanca como el lis está ligada a la piedra al blanco, fin de la pequeña obra; mientras que la rosa roja se asocia con la piedra al rojo, fin de la gran obra.

 

En la actualidad, y simplificando mucho, se sabe que las rosas rojas representan el amor, pero también la pasión.

 

 

PETUNIAS, por Tomás Sánchez Rubio.

 


 

Juro que lo veía todos los años

al pasar por su lado,

mientras arrastraba los pies deshaciendo

los túmulos de hojas caídas,

camino de mi casa. 

 

Semejaba una estatua dibujada

con mano tímida por las difusas sombras

del crepúsculo, sin pedestal

ni corro de palomas, celofanes volanderos,

que vistiesen de fingida alegría

su desamparada desnudez.

 

Superviviente de mil batallas invisibles,

presentes cada mañana solo

en su frágil corazón,

yacía sentado en la plaza,

en el tercer banco de piedra

a la derecha de la vieja farola de tres brazos.

 

Sostenía en su mano izquierda

un ramo de petunias,

revoltijo humilde de alegre y coloreada tristeza.

 

Con la mirada ausente de quienes ven más allá

del ensortijado mezquino enjambre

de los días, sonreía a sus fantasmas

evocando la mañana en que aprendió a decirle

mentiras cariñosas a su madre

cuando dejó de reconocerlo,

o bien esa noche cerrada de hospital

donde se había dado cuenta de que la vida sigue

a pesar de sus bromas pesadas de chica mala

que, cuando te enfadas con ella,

te mira con ojos inocentes.

 

Cada año, lo juro, llevaba petunias a un banco

de su plaza, enredada de niños ausentes

y gente presurosa,

por si la muerte se dignaba visitarlo

con vestido de noche y labios fruncidos,

para besarlo en la frente

algún treinta de octubre.