La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de enero de 2014

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 8, 15 de enero de 2014: "Cine"



Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN 2340-8634



SUMARIO


Ilustración de la portada: 

RAFAEL MARRUECOS HERNÁNDEZ


Música para cine: 




Cortos: 




Diseño gráfico artístico:



Fotos de cine:


Han colaborado: 

DORA HERNÁNDEZ MONTALBAN
EVA MACHADO MORÓN
ENCARNI HERNANDEZ MONTALBAN
ENCARNA MORILLAS MESA
MARÍA PIZARRO
NURIA HERNANDEZ
TRINIDAD GARCÍA SEVILLANO
LOLI GONZÁLEZ MONTALBÁN
CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN



Poesía: 








Relatos:








Artículos: 
















No me cuentes películas, de PEDRO PASTOR SÁNCHEZ



Voló a tres metros sobre el cielo de la Gran Manzana, por un momento suspendido en el aire. El golpe fue bestial, aunque nadie oyó gritar al desafortunado. La bicicleta, un amasijo de hierros, el cuerpo, un guiñapo sobre el asfalto de la jungla de cristal y hormigón, la cara oculta bajo una gorra azul, desfigurada, apenas reconocible.
Nunca la muerte de un ciclista fue primera plana, un fenómeno tan mediático como el asesinato de Richard Nixon o JFK. Pero se trataba del atropello de "el elegido", el que un día el emisario del monasterio dijo que era la reencarnación del Dalai Lama, el gurú con el aura pura que iluminaría al mundo. Puso fin a sus días extraños en el orfanato y estuvo con el chico durante siete años en el Tibet, siendo el maestro del que algún día nos enseñaría el camino de la felicidad. Años después, su pista se perdió. Dicen que fue secuestrado, incluso se pidió un rescate, llegando a mandar sus captores una prueba de vida, parte del dedo meñique de la mano derecha. Nunca más se supo de él. De eso hace no menos de 15 años y un día.

¿Pero quién mato a Harry?. En la esquina, un único testigo, “taxi driver” asiático, que podía arrojar luz a este misterioso asesinato en Manhattan. La intérprete tradujo textualmente el interrogatorio. En la conversación dijo que un asesino sin rostro, el ente, invisible y monstruoso, atrapó al joven, y sin compasión lo zarandeó hasta la muerte. La caza del presunto homicida, por tanto, se tornaba complicada.

Jubilado el comisario Maigret, y desguazada la chaqueta metálica de Robocop, el caso fue a manos del detective Conan. El hombre que pudo reinar al frente del Departamento de homicidios del Distrito 13 ahora parecía el hombre que nunca estuvo allí. Desde que perdió a Tess, la teniente O´Neill, nunca fue el mismo. Juntos estaban infiltrados en la organización criminal que investigaban. Se tiene la sospecha de que Michael Clayton, teniente corrupto de la Brigada Criminal, al servicio de Kingpin, el rey del hampa, les delató. El beso de Judas les atrapó en un fuego cruzado, siendo Conan el último hombre vivo al salvarle su chaleco a prueba de balas. Por más que Asuntos internos indagó, nada pudo probarse, y el delator salió intacto. Conan se desquició. Sus días de vino y rosas se tornaron, un amanecer tras otro, en un día de furia. Al otro extremo de su Magnum 44, se había convertido en un arma letal, sin miedo a la muerte.

El detective abrió dos líneas de investigación criminal, una a través de sospechosos habituales, y otra en relación a la malas compañías del conductor del taxi, testigo del homicidio, dado que lo imposible de su relato sembró la duda sobre su verosimilitud, y tal vez fuese una cortina de humo creada con crueles intenciones, y así hacer trabajar bajo presión a la policía. Sobre el chino se llegó a la conclusión de que era un pobre diablo, enganchado al crack, y por tanto su versión iba más allá de la imaginación, pura fantasía.
Sobre la primera línea, se centró en el clan de los irlandeses, un grupo salvaje de asesinos natos, hombres armados acostumbrados a la extorsión y asesinato a sangre fría, sobre los que cayó la sombra de la sospecha del secuestro, años atrás. El jefe estaba bajo tierra por su afición a la nicotina, y hasta el último de los sicarios, entre rejas.
Tampoco la autopsia reveló nada, su anatomía estaba integra. Tampoco su círculo de amigos, pues ni familia ni conocidos reclamaron sus enseres. La investigación parecía llegar a un callejón sin salida.

Pero 28 días después del incidente, se produjo un giro inesperado, por casualidad. Un colega francés, el inspector Gadget,  contactó con un hombre, Toulouse-Lautrec, que conoció a Harry hace años en París. Le contó que lo encontró corriendo frenético, los ojos rojos, cubierto de andrajos. El hombre de los Campos Eliseos lo cobijó en la casa, con su esposa Amelie. Nada les contó sobre como llegó a esa situación desesperada. Trabaron amistad, y cuando se restableció, el amigo americano les dio un extraño objeto, el ídolo de barro, su única posesión, para que lo vendieran. Necesitaba dinero fácil para volver a América.
Tiempo después les escribió la carta, una especie de confesión, donde la revelación era que su desaparición en la sombra fue en realidad una huida a medianoche. Cruzó el Himalaya y abandonó Shangri-la porque al hacerse adulto se dio cuenta de que no estaba preparado para la misión encomendada, el camino era difícil y no era capaz de ver las señales del futuro como cuando era un niño. El don divino sólo fue un espejismo. Terminó la carta con un “Hasta la vista. Harry, un amigo que os quiere”.

No había que perderse en un laberinto de mentiras para encontrar lo que la verdad esconde. Una ventana indiscreta abierta, una recompensa y el confidente buscando el color del dinero despejaron la trama. En Wall Street, los atracadores realizaron un asalto al furgón blindado. Durante la huida, a todo gas y sin frenos, unas calles de Nueva York más abajo, en la número 23, Harry tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino del furgón. Crash. Caso cerrado.


Ahora prueba a escribir tu propia película.

De cine (homenaje a Norma Jeane) de CUSTODIO TEJADA (Guadix)




Cámaras, acción, toma primera.
La lluvia cae sobre el parabrisas
y las luces intermitentes
se reflejan en el asfalto.
La ciudad duerme.

            Toma segunda.
Bajo un paraguas rojo
unas piernas de vértigo
caminan sobre unos tacones de aguja.
Las curvas de su cuerpo resumen en un fotograma
toda la belleza del Cosmos.

            Toma tercera.
Marilyn enciende un cigarrillo
y el tiempo se detiene en sus labios.
El humo revolotea en torno suyo
como paloma blanca que lleva el aire.

            Toma cuarta.
Las puertas giratorias del hotel
parecen un tío vivo.
El botones sube el equipaje
a la habitación  469
donde espera impaciente Chanel número 5.

Toma quinta.
Entramos al ascensor,
pulsamos a la vez el botón de la cuarta planta,
nos miramos, sonreímos…

Toma sexta, cámaras, acción.
Nos damos un beso, el beso.
Es la toma perfecta.

Toma séptima.
Me despierto del sueño
y tengo la sensación
de haber vivido una película.
No quiero que termine.
Vuelvo a quedarme dormido.
Aparecen en blanco sobre negro
los créditos: THE END.

Suspiro. Se me acabaron las palomitas.

Así comenzó todo... de ALICIA MARÍA EXPÓSITO



Así comenzó todo.
En las puertas de un cine,
una noche de frío.

Un temblor misterioso
me arrebató en deseo
de llegarme hasta ti
serenamente.

No sé si fue la luna,
el temblor de las hojas
por el viento
o tu mano tendida
esperando el calor
de mi contacto.

Se produjo el milagro.

Así comenzó todo.
En las puertas de un cine,
una noche de frío.

Cuando todo el amor
se hizo presente
en el sencillo hueco

de mi mano.

La mágica frontera que fulmine nuestro amargo existir doloroso de JOSÉ MANUEL LEAL





Como un fanal en infantil pupila
 tierna la luz, desgarra la pantalla,
mientras mi madre sólo dice "calla"
 en nuestros ojos la imagen titila.

 Como un desgarro de inocencia hila
 aquella vida triste,
tan canalla
 aquellos años que ilusión acalla
 de misa y sermón, de pecado y pila.

 Una ventana en haces luminosos,
 abierta a que mi corazón adivine
 entre niños de alboroto ruidoso,
 la mágica frontera que fulmine
 nuestro amargo existir doloroso
 la primera vez, yo con ella y el cine.


¿La música al servicio de la imagen? (Brevísimo, incompleto y discutible análisis de los usos y funciones de la música en el cine) por JOSE MANUEL BAENA (Guadix)


Uno no espera escuchar una sinfonía orquestal cuando se encuentra asombrado frente a la inmensidad del mar, sino sólo las olas y el viento; igual sucede si uno mira a su amada/o: por más que nos esforcemos no suele oírse una romántica melodía de violines, sino sólo su respiración o un coche apresurado pasar por una calle cercana; Cuando vas a bajar al sótano de casa a oscuras tampoco suena una amenazadora música atonal, sino tus pasos cuidadosos acompañando el agua de alguna cañería y el ruido de la caldera al fondo. ¿Es necesaria la música en una película? Es indudable que determinadas escenas de gran belleza visual o diálogo mordaz tienen tanta fuerza expresiva que la música no aportaría nada. ¿O tal vez si…?
La música se utilizaba ya desde las primeras proyecciones del cine mudo, con un piano como instrumento más habitual, que acompañaba en directo la película. ¿Pero por qué música? Existen varias teorías que tratan de explicar el uso de música en los orígenes del cine. Algunas son de tipo técnico y otras de tipo histórico. Veamos:
a)      para ocultar el molesto ruido del proyector. De esta manera lo explica  Kurt London:
La música de cine nació, no como resultado de un imperativo artístico, sino de la simple necesidad de algo que ahogase el ruido que hacía el aparato de proyección. Porque en aquella época no había aún tabiques aislantes entre la máquina proyectora y el auditorio. Este molesto ruido estorbaba en gran medida el placer visual. Instintivamente los propietarios de las salas de cine recurrieron  a la música y esa era la solución correcta, usar un sonido agradable para neutralizar otro menos agradable”.
b)      Para suplir  la sensación fantasmagórica y nada agradable que provoca la experiencia de ver imágenes en blanco y negro sin ningún tipo de sonido. Al unirse la vista y el oído se consigue una poderosa conjunción  y se corrigen en cierta medida algunos defectos técnicos de la película. Así lo cuenta Irving Thalberg;
Jamás hubo una película muda. Acabábamos un rodaje, proyectábamos la película en una de nuestras salas de proyección y salíamos destrozados. Era horroroso. Habíamos tenido grandes esperanzas, nos habíamos roto la cabeza con ella y el resultado era siempre el mismo. Entonces proyectábamos en un teatro, con una chica sentada en el foso dándole al piano, y la diferencia era asombrosa. Sin aquella música no habría habido una industria cinematográfica en absoluto”.
c)      Otro de los motivos que se argumentan es el de utilizar la música para hacer creer al espectador que forma parte de una colectividad, evitando esa sensación de aislamiento e introduciendo más fácilmente a este en el mundo de la fantasía.  Ivor Montagu lo relata en su libro Film World:
Para preservar esta magia era necesaria la música. Para ahogar el zumbido y los carraspeos, para unificar a los espectadores en un solo público. Para hipnotizarles, para crear un ambiente”.
d)      Y por último, están los motivos históricos,  que enlazan con una larga y amplia tradición histórica de acompañar las representaciones de tipo dramático y de ritos religiosos con música.
Con el paso al cine sonoro, la música sufre una transformación: por un lado al compartir espacio con el diálogo y los demás elementos de la banda sonora, ruidos y efectos especiales, pierde parte de su protagonismo pero gana en independencia en su función expresiva y arrolladora y en cuanto a su función como desencadenante de emociones. Esa es su ventaja con la imagen, que casi siempre es inequívoca. Aaron Copland ya lo señalaba cuando dijo que la música puede jugar con las emociones del espectador, en ocasiones contradiciendo lo que se ve en la imagen con lo que se oye.
No es necesario que la música sea de gran belleza, sólo que traslade esa emoción, casi siempre a través de lugares comunes: acordes tonales, sonido sedoso de las cuerdas, armonías atmosféricas, retórica musical… 
Pensemos en una noche lluviosa, a punto de subir al coche con los guardaespaldas vigilantes. El personaje central presiente que va a ser asesinado. En ese momento deja de oírse el chapoteo de la lluvia, los gritos de los guardaespaldas, los disparos, y comienza una música lenta, calmada, de resignación. Lo que hace la música no es reflejar la acción, sino el sentimiento del protagonista, que sabe que es el fin. Es la escena culminante de la película Camino a la Perdición de Sam Mendes, y música de Thomas Newman.  Esta capacidad de la música para caracterizar el aspecto psicológico de la película (esto es, lo que no se ve) es, probablemente, el elemento de mayor sutileza y valor de la misma, ya que nos dice lo que la imagen y los diálogos no nos pueden desvelar. Este tipo de música suele ser No Diegética, es decir, que la fuente de sonido no aparece justificada en la escena, la orquesta suena desde “fuera” de la acción.
En este vídeo podemos ver cómo el sonido ambiente y el sonido interno emocional-musical se alternan para dar importancia a uno u otro aspecto de la escena, a mi entender magistral. Especialmente dramáticos los dos silencios antes del final: antes de las palabras “me alegro de que seas tú (-mi asesino-)” y justo antes de la última ráfaga de disparos, únicos momentos en los que la música calla:
¿Puede alguien imaginar la onírica escena de Muerte en Venecia, donde la playa, el mar, Venecia misma, abruman con su belleza, sin la música del Adagietto de la 5ª sinfonía de Mahler? La narración musical de la escena no trata de la imagen, sino de la conmoción del protagonista a las puertas de la muerte, embelesado por el joven Tadzio. Aquél que ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o morir…
En cierta ocasión, Hitchcock preguntó: “¿de dónde viene la música si se supone que estamos en medio del océano?” a lo que el compositor David Raksin respondió: “Señor Hitchcock, ¿se ha preguntado usted alguna vez de dónde vienen las cámaras?”.  Tal vez no estaba convencido de la utilidad de la música pero siempre se rodeó de primeras figuras en la composición de música fílmica. Como ejemplo, nos basta una de sus obras maestras, Los pájaros, que no tiene banda sonora porque el director pretendía experimentar con los silencios (sin embargo, todo el montaje sonoro de la película estuvo supervisada por un experto compositor como era Bernard Herrmann). Basta el graznido de los pájaros para helar la sangre:
En diversas ocasiones se ha intentado poner música a estas escenas, pero el resultado no ha sido más satisfactorio que el original, la tensión, miedo, desconcierto, están perfectamente retratados por las cámaras y el ojo experto y genial de Hitchcock. Es uno de los ejemplos en los que la música estaría de más, junto a los incontables casos en los que la música ha sido tan mal adaptada a la imagen que casi parece una parodia.
Para finalizar, una adaptación de una música ya preexistente a una escena de intenso dramatismo, la realizada para la oscarizada película Philadelphia. La música, en este caso es diegética (es decir, la fuente de sonido está presente en la escena). Suena en el equipo de sonido del protagonista, enfermo de SIDA que sabe que no le queda mucho tiempo de vida, el aria de La Mamma Morta: