Era
solo un punto en la lejanía...un desdoblamiento de mi “yo”, visión más allá de
las pupilas del espejo, de las desgastadas formas de los capiteles, del corazón
de miel del jazmín. Un espacio abovedado, grácil y uterino. Alegoría onírica,
del anaquel que expresaba los primeros gestos del incunable, nanas de fuego
mecían la quietud lacerada de mis instantes. El ala y la huella convergieron,
como la cara y la cruz en una medalla de plata. Dios me otorgó la gracias de
nacer de tus entrañas, educaste mi claroscuro, y juntos seguiremos haciendo
camino, reencontrándonos, en la espiral que guardan las rosas entre sus
pétalos, seremos tierra y raíz, ecos, eternamente germinados por la luz de
nuestras improntas. Brisas espirituales de mañanas de incienso, y atardecida de
paz y creencia para nuestros cuerpos.
La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),
lunes, 14 de enero de 2019
UN PUNTO EN LA LEJANÍA, por Gloria Acosta.
Era solo un punto en
la lejanía, una luz tenue en la noche o un haz incandescente bajo el ángulo
meridiano del sol, blanca sobre el verde, coronada de rojas ondulaciones de
teja muslera, luciendo ventanales que desafiaban el rigor de los inviernos en
la comarca. No se percató de su existencia hasta pasado un tiempo de su
llegada, cuando el cambio estacional provocó el destello en una ventana de la
cara norte, que fulminante, proyectaba la luz sobre los pinos.
La soledad de Llano Negro sobrecogió en un
principio su ánimo socavando la determinación de su impuesta soledad tentándolo
a regresar a lo conocido, al mundo rutinario de la ciudad de la que huía en un
último intento. Sin embargo pronto una inusual quietud se apoderó de él
afianzando la decisión tomada. Era ese silencio lo que buscaba y que le
proporcionaba la pequeña casa alquilada en la zona más alejada del núcleo
poblacional lo que le devolvería la motivación perdida hacía ya tanto tiempo,
sin embargo la evidencia de las hojas en
blanco agolpadas en el suelo como si aquella condenada Olivetti que descansaba
indolente frente a la ventana se negara a incrustar sus manecillas en la cinta
negra, revelaba una verdad que mermaba su maltrecha inspiración.
Algunas tardes lograba
liberarse de la presión de la editorial
saliendo a pasear por los caminos polvorientos salpicados de pequeños
caseríos abandonados o de modestas viviendas de
agricultores de la zona. Era una buena tierra gracias a los alisios que
barrían la humedad esparciéndola por las
copas de los árboles para enfilarse finalmente ladera abajo entre barrancos, en
su afán de fundirse con el mar siempre vigilante a lo lejos. Fue ese loco
viento en las interminables noches de invierno el que lo arrancaba de la cama obligándolo
a sentarse en la mesilla a escribir esa
historia que no llegaba y el que le impulsó a acoger al cachorro de pastor
garafiano que arañaba incansable su puerta. La ventera y los asiduos al bar de La Mata no dieron señales del dueño y decidió darle una tregua a su soledad
y a la del pobre animal lisiado en el que vio reflejada su propia desazón.
La compañía de aquel lupoide logró
apaciguarle el ánimo y volvió a sentarse frente a la ventana con el calor de
aquel cuerpecito peludo y ocre cubriéndole los pies.
Ocurrió con la llegada de la primavera que
prestó atención a una casa blanca entre el pinar de Las LLanadas. Un ígneo rayo
de sol incidía sobre las ventanas de la cara norte lanzando destellos cual
montañero perdido agitando un espejo. Le pareció que no había estado allí y se preguntó si estaría deshabitada
como tantas otras de los alrededores, pero en la parte trasera se vislumbraba
un hilo de humo proveniente con seguridad de la cocina. Pronto dejó de
interesarle mientras los días fueron transcurriendo lentos y densos entre
paseos con su cachorro cojo, algunos vinos en el único bar de la zona y
cuartillas estériles que salían de la máquina de escribir sin parir nada que
mereciera la pena. Luego estaba aquel viento endemoniado que no cesaba y una
vaguedad temporal que le borró cualquier estímulo pasado, como si ya nada
importara, como si los días fueran una sucesión de estampas difusas y solo las
noches sentado en la mesilla frente a la ventana fueran lo único tangible. De
entre la negrura del ramaje llegaba puntual y parpadeante la luz lejana de la
casa blanca . Se percató de que nunca veía entrar o salir a nadie, como si el
humo y los haces de luz fueran sus
únicos habitantes. Tecleó entonces la primera frase de su novela : “Era solo un
punto en la lejanía”. Luego siguieron otras hasta que le pudo el sueño, pero en
la mañana las hojas morían ardientes en la chimenea y por allí escapaban la
campesina viuda con sus cinco hijos labrando la tierra con el día y apurando la
taberna en la noche, el joven asceta buscando la conjunción con la madre
naturaleza, el matrimonio feliz en los
comienzos y silencioso en el declive de los años. Allí moría cualquier intento,
siete palabras salvadas de la quema en el blanco del papel, el blanco de la
casa, el encierro inútil, el rugido del viento, la fatal obsesión que provoca
la nada, la sequía, el abandono, la suciedad vital.
Fue su cachorro pastor quien se atrevió aquel
día a aligerar el paso. Los animales no saben de patas, viven felices,
corretean, ladran y recogen pelotas sin lamentar su suerte. El punto en la
lejanía fue creciendo, perfilando sus rectas, sus maderas, y su volumetría
reveló la respiración habitada, patente sin traspasar la puerta. Tarde para
sortear la curiosidad, quizá la forma de llenar sus páginas fuera escudriñar
por la ventana, el punto final a un comienzo interminable.
El anciano de aspecto sucio y desaliñado
quemaba algo en la chimenea. Un viejo pastor garafiano, jadeante, se desplazaba
a tres patas perdiéndose en otra habitación. Junto a la ventana descansando en
una mesilla la Olivetti dejaba leer una frase: “Era solo un punto en la
lejanía”.
ASÍ FUE, por Josefina Martos Peregrín.
Era
solo un punto en la lejanía.
Se
acercaba, se volvía luminoso a medida que perdía altura y ganaba formas,
volumen, cuerpo, algo parecido a alas.
En
una trayectoria elíptica comenzó a rodearnos, ¿o acaso no he dicho que éramos
dos?, sí, mi madre y yo, porque mi madre dormía enferma de muerte, nada podía salvarla, y yo deseé que se volviera chiquita,
para poder tomarla en brazos y mecerla y cantarle la misma nana que ella me cantaba
a mí, una antigua nana andaluza, un vaivén tonal lento y triste que yo no podía
recordar. Y sonó una voz. Y era música. Y era el ángel de luz que cantaba, ya a
nuestro lado, y era la nana olvidada y con cada estrofa de ternura mi madrese
hacía más pequeña, hasta que pude cogerla en brazos, mecerla y darle una pizca
del amor que se merecía. Y miré al ángel y todo en él eran ojos, profundos,
grandes, brillantes… Y alas transparentes. Y, de pronto, unos brazos
extendidos, unas manos en espera y un ruego que entendí sin necesidad de
palabras, “Dámela”, me dijo en silencio.
Se
la di. Un minuto después, solo divisé un punto en la lejanía.
LA DESPEDIDA, por Myryam Torres Villar
Era solo un
punto en la lejanía. Mi madre miró cómo se hacía cada vez más pequeño y con la
voz quebrada dijo: “Ahí se va mi niña.”
Esta mañana lo
he vuelto a recordar, entre el madrugón y las maletas medio arrebatadas. (Que
no, que en el bolso de mano me las quitan seguro, mamá. Las albóndigas no me
caben.)
La puerta de
llegadas del aeropuerto siempre está a punto de estallar. Es una emoción
contenida que se rompe un poco cada vez que se abre la puerta; unos abuelos
abrazan a su nieta mientras la hija les reprocha: ¡Qué yo también he venido,
eh!, y una niña pequeña que alarga los brazos se desgañita en interminables
“mamá”. Apenas hay espacio entre el dentro y el fuera, como si se tratara de un
aquí y un ahora sin tiempo. En las salidas, sin embargo, nos separamos
demasiado pronto. Mi hermana nos mira, de lejos, y nos hace un gesto para que
no la esperemos.
Las primeras
navidades que estuvo allí no le dieron vacaciones, así que fuimos a pasarlas
con ella. Ese año no hubo marisco, pero mi madre se las apañó para hacer el
caldo de mi abuela y la luz del hogar viajó hasta París. Nunca se lo hemos
dicho, pero la vuelta fue demasiado dura aquella vez. En el taxi que nos
llevaba al Charles de Gaulle, mi padre lloró, y fue la primera vez que mi madre
los maldijo. La maldición le salió muy de dentro y la pronuncia, con rabia,
cada vez que escucha sus excusas o sus promesas en campaña electoral, y con
amargura cuando nos damos cuenta de que el aquí y el ahora sin tiempo es solo
una ilusión.
- ¿Sabes, mamá,
anoche me contó que el pasado fin de curso un alumno fue a buscarla para
despedirse de ella? La escuché feliz. ¿Por qué no nos contará más lo bueno que
le pasa?
Mi madre se ha
levantado, me ha mirado con voz temblorosa y, como si lo arrastrara de lo hondo
de la tierra, ha gritado: “¡Malnacidos! Ya sabes que no quiero decirlo, pero no
tienen otro calificativo. ¡Malditos sean!” Y ha roto a llorar. Como el día que
vio al avión alejarse en un punto lejano, como cada vez que la despedimos en el
aeropuerto.
PALABRA, por Consuelo Jiménez
Era sólo un punto en la lejanía,
un vago garabato en las nubes,
un deseo anónimo transitando la nada,
un aullido callado pinzando el silencio,
una dama en la sombra,
era la palabra,
espiral de sonidos,
voz,
una palabra, casi todo.
SOLO ERA UN ABSURDO PUNTO, por Esneyder Álvarez.
Era
solo un punto en la lejanía,
Un
absurdo que se sentaba a mirarte,
esperando una mirada tuya,
Una
mirada que jamás llego,
Me
di cuenta que para ti no existía,
Mientras
para mí lo eras todo,
Solo
era un simple punto,
Que
sentía como los ruiseñores te dedicaban sus cánticos en la ventana,
Como
las flores tomaban el mejor color en tus manos,
Como
el arcoiris no salía en el horizonte sino justo frente a ti para adornar tu
camino.
Un
absurdo punto,
Que
jamás pudo tener la valentía de acercase,
De
mirarte a tus dulces ojos verdes y decirte que te amaba,
Y
que mis sueños más fascinantes eran cuando tú aparecías en ellos.
Pero
solo era un punto más en la absurda lejanía,
Que
marco mis temores,
Que
silenció mi amor
Que
me alejo cada día más de la posibilidad que me dieras esa mirada.
HASTA LA VISTA, por Pedro Pastor Sánchez. (Ganador)
Era solo un punto en la lejanía, apenas imperceptible.
Pero todo parecía deformarse justo ahí, en el centro de su campo de visión. Con
el tiempo fue tomando más y más consistencia. Hasta que un día, cogió una
revista dispuesto a hacer un crucigrama, y se asustó al comprobar cómo las
líneas se combaban allí donde mirase.
―Jorge, apoye aquí la cabeza y fíjese atentamente en la
lucecita ―le indicó la oftalmóloga mientras ajustaba el aparato―. Y no se
mueva.
El resplandor le cegó por completo durante unos segundos.
Pudo percibir con nitidez las ya familiares “moscas” deambulando por delante de
sus ojos, le habían estado acompañando desde hacía ya unos cuantos meses.
―Muy bien. Ahora el otro ojo.
El hombre no se inmutó mientras el fogonazo le inundaba
el ojo izquierdo.
―Vale, ya está. Hemos terminado ―le dijo Alicia mientras
retiraba el soporte de su mentón y encendía la luz de la consulta.
Jorge permaneció desorientado por unos segundos, las
centellas en sus dilatadas pupilas le impedían ver con claridad el rostro de la
joven doctora. Cerró los párpados, pero el fulgor persistía y por un momento
sintió un mareo.
―¿Se encuentra bien? ―inquirió Alicia al tiempo que
anotaba en el historial del paciente.
―Sigo viéndolo todo borroso ―respondió mientras pestañeaba
repetidas veces.
―No se preocupe, es normal, solo durará un rato, hasta
que se pasen los efectos de las gotas. Si ha venido en coche, mejor lo deja
aquí y vuelve a casa en taxi o en transporte público.
―No, he venido en autobús, hace tiempo que no cojo el
coche.
―Ya, entiendo ―le contestó mientras le lanzaba una mirada
compasiva.
―Entonces, ¿tendré que ponerme gafas? ―quiso averiguar
sin más dilación.
―A ver, yo le recomiendo que empiece a usar gafas para
ver mejor de cerca, para leer, para ver la televisión, ya sabe. Pasados los
cincuenta es muy normal tener presbicia.
Jorge no se terminaba de acostumbrar a escuchar la
cantinela de sus “cincuenta y pico”, siempre se había encontrado perfecto de
salud y ahora parecía que, por el hecho de tener determinada edad, le saldrían
de repente todos los achaques del mundo. Cuando le dijeron que tenía que
revisar su próstata, tampoco es que se alegrará especialmente.
―Ya, si no hay más remedio, me tendré que poner las
gafas. ¿Pero con eso solucionamos el problema de las rayas torcidas?
Alicia hizo una mueca antes de responderle. Cuando le
hizo la prueba de la rejilla de Amsler se dio cuenta de que el problema podía
tener importancia. Aunque no era la primera vez que se encontraba un caso así,
posible degeneración macular en ambos ojos de forma simultánea, era un caso
poco frecuente. Recordaba un par de pacientes con una patología similar; el
primero era un soldador que no utilizaba una protección adecuada en su máscara,
el otro era un chico que observó un eclipse solar haciendo uso únicamente de
una película velada. Tenía que comprobar el estado de las lesiones de ambos
ojos antes de darle un diagnóstico definitivo, puesto que si la degeneración
fuese del tipo “húmedo”, el tratamiento no siempre era efectivo, y en el peor
de los casos, podría derivar en una ceguera irreversible en cuestión de poco
tiempo.
—¿Qué tal está tu madre?
—preguntó Jorge a la muchacha, que por un momento se quedó
desconcertada. Y es que era la viva imagen de Lucía, con la que compartió
pupitre durante su infancia y castos besos durante su adolescencia. Hasta que
el servicio militar les separó, y posteriormente fue Germán, el hijo del
potentado del pueblo, el que definitivamente selló la ruptura, aprovechando su
ausencia para seducirla y venderle un futuro más próspero a su lado.
—¿Sigue viviendo en Barcelona? —prosiguió con el
interrogatorio. A Alicia no le hacía gracia que los pacientes se tomasen esas
libertades, saltándose la delgada línea que separa el ámbito personal del
profesional.
—Hace mucho tiempo que no nos vemos, hemos vivido tantas
cosas juntos, que me preguntaba qué sería de su vida.
Mientras pronunciaba estas palabras, Jorge, de forma
inconsciente, elevó su mirada hacia la izquierda. Alicia, que aparte de la
fisiología de los ojos también conocía el lenguaje de las miradas, sabía que
ese movimiento de ojos no ocultaba mentira o engaño alguno, al contrario, era
reflejo de que el hombre trataba de traer de nuevo a su conciencia hechos
pretéritos, seguramente almacenados mucho tiempo en algún entresijo de su
memoria.
—No, ya no está allí, se marchó de nuevo al pueblo cuando
mi padre...se fue —le contestó Alicia midiendo sus palabras. Pero esa pausa
antes de terminar la frase encerraba cierta ansiedad, un dolor no superado del
todo, un vacío que no tuvo una explicación razonable para una cría que vivió la
separación de sus padres, motivada por el abandono del hogar conyugal por parte
de su progenitor, obsesionado con seguir el movimiento de caderas de una
bailarina de danza del vientre.
—Pues salúdala de mi parte, si no te importa.
—Sí, claro, lo haré.
El caso es que Alicia había empezado a empatizar con
aquel sujeto, así que en lugar de darle profusas explicaciones sobre aquello en
lo que podría derivar su enfermedad, prefirió decirle que era necesario hacer
más pruebas a fin de averiguar el origen del problema, y así poder
administrarle el tratamiento más adecuado.
La siguiente vez que se vieron fue tras realizarse la
angiografía en el hospital. No fueron buenas noticias las que la oftalmóloga
tuvo que trasladar a su paciente. Lamentablemente, el resultado era
concluyente: la degeneración macular en ambos ojos era de tipo exudativo, y eso
significaría una perdida de visión paulatina e inexorable, que en cuestión de
meses le dejaría ciego.
Jorge recibió la noticia como un mazazo. Tras una primera
etapa en la que le costó asumir su mala fortuna, sacó su lado pragmático y
empezó a organizar lo que sería su nueva vida. En un trozo de papel comenzó a
escribir una lista de cosas, que encabezó con el título «antes de la oscuridad».
Lo primero era deshacerse de toda la maquinaria de la
carpintería. Treinta años de trabajo en aquel barrio de la capital —diez de los
mismos junto a su tío Esteban, del que aprendió el oficio y heredó el local— y
que ahora tocaban a su fin de forma algo abrupta, pensaba que se jubilaría con
un cepillo o un formón en la mano.
Siguiendo con la lista, recuperó de un cajón un
reproductor mp3 —regalo que obtuvo al hacer un ingreso a plazo fijo en el
banco— al que creía que nunca le sacaría partido. Haciendo uso de su arcaico
ordenador, se dio de alta en una plataforma para descarga de audiolibros, y se
hizo con una colección nada desdeñable de títulos que todavía tenía pendiente
por leer. Y siguiendo con su pasión literaria, también tuvo en cuenta que,
antes o después, se pondría a escribir esa novela que tenía en mente hacía
tiempo. Para ello precisaría de equipamiento especial, así que, a través de
José, el vendedor de cupones, contactó con la organización de ciegos, que le
podría facilitar uno de esos teclados especiales para escribir en Braille. Pero
claro, antes tendría que aprender a leer y escribir en ese lenguaje, así que
creyó oportuno apuntarse a un curso online. Para todas estas cuestiones
tecnológicas contó con la inestimable ayuda de Sofía, la hija de José. La
adolescente consiguió convencerlo de que, ya de paso, tendría que hacerse con
un portátil nuevo y un móvil de última generación, de esos en los que pueden
instalarse muchas aplicaciones que facilitan la accesibilidad de los
invidentes.
En cuestión de pocos días, un montón de cajas llenas de
cachivaches llenaban el salón donde Jorge hacía su vida. Y entre tutorial y
manual, sacaba tiempo para arañar con un cincel un trozo de madera de aliso que
tenía reservado para algo especial. Tomando como referencia una vieja
fotografía en blanco y negro, con gran paciencia y habilidad fue sacando del
corazón del tarugo una reproducción fiel del busto de su madre. Sus recuerdos
más entrañables estaban asociados a sus caricias justo antes de irse a dormir,
y cómo recorría con sus deditos las facciones de la mujer que le dio la vida.
Si en breve se veía privado de la visión, y más adelante tal vez de los
recuerdos —el tiempo causa estragos en todos, antes o después— al menos la
figura le serviría para anclarse a los momentos más memorables y felices de su
infancia.
Según iba tachando cosas en su lista, se fue preparando
para una de las más importantes y difíciles que se había planteado. Y no podía
esperar mucho, pues empezó a tener dificultades para leer y para reconocer las
caras de las personas con las que se cruzaba por la calle.
El autobús le dejó en la plaza del pueblo. Tras apearse,
respiró hondo. Seguía oliendo como siempre, a una mezcla de amargura y heces de
ganado. Hacía mucho tiempo que no volvía por allí, desde aquella cena de
quintos en la que le rompió la cara a Germán por atreverse a menospreciar a su
mujer delante de todos. Panda de calzonazos y haraganes.
Lo primero que hizo fue dirigirse al cementerio para
mostrar sus respetos ante la polvorienta tumba de sus padres. Después pasó por
su casa, cuya fachada de cal descascarillada y tejas rotas habían soportado con
dignidad el paso del tiempo. En el interior, la humedad que rezumaban las
paredes le caló los huesos.
En la misma calle, unos metros más adelante, hizo uso de
la bruñida aldaba. Lucía no se imaginaba que el pasado llamaría a su puerta.
Tras las cortinas de canutillo se adivinaba la silueta de aquel hombre al que
una vez amó.
—Hola, Lucía. Cuanto tiempo... —le dijo con cierta
timidez. Escrutó su semblante buscando una reacción que no fuese de rechazo. La
mujer madura, sabiéndose observada tras los visillos por sus vecinos, no dijo
nada, simplemente dio un paso atrás, franquendo de esa manera la puerta a su
visitante. Tras un inicio de conversación meramente formal e insustancial, le
invitó a sentarse y tomar algo. Entre rosquilla y peladilla, Jorge puso a la
mujer en antecedentes sobre su actual estado de salud, y acerca de las pretensiones
que tenía con respecto a ella. El sorbo del café se le escapó por las comisuras
de los labios al escuchar propuesta semejante.
—¿Pero cómo me vienes ahora con esas? —le espetó
airada.—Después de tantos años sin saber nada de ti, te presentas en mi casa
sin avisar y me sueltas esto, así, sin venir a cuento.
—Bueno, sin avisar...¿no te dio recuerdos tu hija de mi
parte? — terció el otro tratando de excusarse.
—Pero vamos a ver, hombre de Dios, ¿no te das cuenta de
que las cosas ya no son como antes? Yo estoy ya de vuelta y media de los
hombres, estoy traquilita aquí, sin preocupaciones. ¡Como para embarcarme ahora
en aventuras! Y encima contigo, que no tuviste las narices de venir a buscarme,
a convencerme de que tú eras más hombre que el hijoputa de Germán...
La tensión subía por momentos. Estaba claro que había
traumas no superados, heridas sin cerrar.
—Tienes toda la razón, fui un cobarde, un insensible,
debí haber peleado por aquello que quería, pero en tus cartas...
—¿Es que no sabes leer entre líneas? —le respondió Lucía
a punto del sollozo. —Ya sabes que mis padres me metían a Germán por los ojos,
ellos solo pensaban en la dote y en las influencias que podrían beneficiarles
para sus negocios. Pero yo esperaba algo más de ti, que al menos vinieras para
implorar que no te dejara. Eso solo hubiera bastado para que cambiara de idea.
A este primer encuentro a modo de catarsis le siguieron
otros, también a media tarde, durante esa semana, en los que ambos aprovecharon
para contarse las peripecias vitales de los últimos años. Ella combatía así su
soledad y amargura, él recuperaba el tiempo y la amistad perdidas tiempo atrás.
Alicia se partió de risa cuando Lucía le contó esa noche por teléfono la
situación, le parecía divertido que su amor de juventud, a punto de quedarse
ciego, fuese el nuevo pretendiente de su madre. Se despidió con un jocoso «adiós,
santa Lucía».
Ese domingo, a la salida de misa, Jorge la esperó sentado
frente al banco del bar. Les separaban apenas unos pasos de distancia, pero
ella advirtió que el andar era dubitativo y errante, sin duda a causa de sus
problemas de visión, por lo que lo asió del brazo, y ambos pasearon por la
calle principal así, juntos por fin, como lo hicieran treinta años atrás.
Durante los meses siguientes, gracias a los beneficios de
la venta de la carpintería, recorrieron el mundo buscando imágenes que colmaran
de belleza la retina de ambos antes del anunciado “apagón”, ya fuesen rincones
de pintorescas ciudades, paisajes u obras maestras de las mejores pinacotecas.
En la maleta de Jorge, el reproductor mp3, la figura de madera y el portátil
con teclado Braille. En el corazón de Lucía, ilusiones renovadas.
Perder uno de los sentidos fue lo que dio sentido
finalmente a sus vidas. Al igual que Tiresias de Tebas, privado de la vista por
la diosa Atenea, Jorge fue bendecido con el don de la clarividencia, al menos
para ver su futuro junto a Lucía. Auténtico amor ciego. Por eso cada noche, tal
vez la última que podrían contemplarse, tal vez no, se despedían con la misma
frase: «hasta la vista».
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






