La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de abril de 2017

Time lapse, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ


Estuvo revisando una y otra vez el fotograma, sin encontrar explicación a la aparición de aquella mancha blanquecina en un lateral de la imagen. Revisó el equipo varias veces, comprobando que la lente no estuviese dañada. Muchas veces ocurre que un insecto o una brizna pasa por delante de la cámara justo en el momento del disparo. Pero no, esta vez no le encontraba una explicación racional.
La segunda vez que ocurrió, viejos fantasmas de su pasado le visitaron. Esta vez la cámara estaba programada para recorrer toda la cúpula celeste aquella noche, de forma que sobre la gran bóveda titilaban rítmicamente los brazos de la galaxia, ofreciendo un espectáculo estremecedor sólo con pensar la magnitud de las distancias que separaban unas estrellas de otras. Y la luz de algunas de ellas, cruzando el firmamento, llegaba a nosotros cuando su vida se extinguió hacía tiempo. Sin saberlo, somos meros observadores de estrellas muertas, pero seguimos encandilados con el calor y brillo que arrojaron al frío espacio que nos separa de ellas.

Acurrucados sobre una manta, compartiendo la efervescente energía del enamoramiento, observaban como la Vía Láctea les arropaba aquella noche de primavera.
―¿Crees que hay vida allí arriba?― preguntó Noelia mientras sobaba el lóbulo de la oreja izquierda de Eloy.
―No lo sé― le respondió al tiempo que clavaba su pupila en aquellos fascinantes ojos negros―, pero si la hubiera, no creo que las hembras de cualquier especie alienígena fuesen tan guapas como tú. ―Rieron.
―Qué tonto eres. Otra pregunta, y ahora en serio. ¿Y vida después de la muerte?¿Crees que hay algo más allá de la vida que vivimos y conocemos, algo trascendental?
―¿A qué viene eso ahora? ¿Crees que podrías aguantarme eternamente?― Rieron ambos de nuevo.
―No sé, a veces pienso que el tiempo que pasamos aquí es sólo una fracción de nuestra existencia. Ignoro si el espacio es infinito, o si el universo tiende a expandirse, como dicen, pero, ¿y el tiempo?¿Y si pudiéramos vivir muchas vidas?¿Y si pudiéramos acordarnos de lo que fuimos en otra vida?
―Creo que has bebido demasiado vino―le respondió Eloy haciendo un gesto con su dedo alrededor de la sien.
―¡Tonto!―le dijo enseñándole la lengua.―Estoy hablando en serio.
―¿De verdad? Qué novedad ― y le guiñó un ojo cómplice.―Mira, no sé qué pasará mañana, por lo que me resulta muy difícil contestar a la pregunta que planteas. Pero no eres la primera que se pregunta algo así. La mujer de Houdini, el mago, ya sabes, el escapista, acordó con su marido un código, por si fallecía antes que él, de forma que pudiera decirle qué es lo había “al otro lado”. En aquella época, había mucho farsante que intentaba aprovecharse de la gente, ¿sabes?, y les contaban milongas a costa del supuesto contacto con sus difuntos.
―No sabía eso. Y, ¿qué ocurrió?―le inquirió con avidez.
―Pues a ciencia cierta, nadie lo sabe. El pobre Harry, que en realidad era un total incrédulo de estos temas, se pasó años contratando a las mejores mediums y haciendo todo tipo de sesiones de espiritismo para contactar con su amada Bess. Dicen que nunca lo consiguió, pero…
―¿Pero qué? Finalmente lo hizo, ¿verdad?¿Qué le contó sobre el más allá?
―No te hagas ilusiones, cariño. Nadie ha vuelto para contarlo, tal vez porque una vez que se agota nuestro tiempo, ya nunca más seremos lo que una vez fuimos. Conformate con vivir una larga y alegre vida a mi lado, prometo hacerte reir todos los días.
―Lo has prometido, si algún día no me haces reir, te mato, y no hace falta que vuelvas del otro lado― y volvieron a reír a carcajadas.

Eloy era un auténtico especialista en comprimir el tiempo. En su profesión había llegado a lo más alto. Aquel documental que rodó en el Amazonas sobre cómo una araña tejía de forma concienzuda una enorme y bellísima telaraña, trampa mortal para sus presas, le valió más de un prestigioso premio. En apenas un par de minutos condensó aquella titánica tarea que le costó a su laboriosa constructora casi una jornada entera colgada por tan finísima hebra. Cientos de fotografías, una tras otra, con una cadencia definida entre ellas, obraron el milagro de ver en acción al arácnido. Aquella técnica la denominaban “time lapse”. Con ella, Eloy había descubierto al gran público muchas de las maravillas de la naturaleza. El crecimiento de las plantas, la eclosión de una mariposa tras el estado larvario, el flujo continuo de las mareas en la costa. Nuestra medida del tiempo, a escala humana, no servía para observar la evolución vital de otros habitantes del planeta.
En este su último proyecto, como en otros anteriores, había contado con la colaboración de su amiga y colega Miriam, que a la sazón, ponía música de fondo a sus reportajes. Tras compartir con ella las imágenes, un comentario suyo le llamó la atención. “¿Desde cuándo las abejas saben escribir?”, le dijo en tono jocoso por teléfono. El documental estaba basado en cuatro tomas de una colmena. Durante cada uno de esos cuatro días, la cámara fotografió, inexorable, un panal de los que componían una misma colmena, a fin de mostrar cómo las abejas organizaban su trabajo, creando perfectas celdas hexagonales en las que alojaban, de forma preestablecida, los huevos que desarrollarían las larvas y pupas de las futuras abejas, por un lado, y las oquedades rellenas de miel, por otro lado, que servirían para darles sustento en su proceso madurativo.
Pasando las imágenes a la velocidad habitual de reproducción, se observaba el frenesí de las obreras por culminar su trabajo lo antes posible. Agitando su abdomen de un lado a otro, se comunicaban con sus congéneres para indicar la dirección y proximidad de algún campo con polen que recolectar, o bien la siguiente celda a trabajar para conformar el complicado rompecabezas. El comentario de su compañera le hizo prestar especial atención. Con el dedo índice sobre el botón de pausa, tras una tercera visualización de la cuarta toma, vio con claridad cómo, durante unos segundos en pantalla, pero un periodo mucho más largo en la realidad, las celdas rellenas con miel, las más claras, dibujaban una casi perfecta “Y” en el monitor.
¿Casualidad? Sin duda hubiese sido la respuesta más normal, una simple pareidolia, encontrar un símbolo conocido en el aparente caos de un enjambre. Pero cuando, con el mismo ojo analítico, descubrió que en la primera toma, la imagen persistente de una letra “E” ocupaba una parte de la secuencia, no le quedó más remedio que buscar otras letras en el resto del material. Y las encontró. Estaba convencido de que algo peculiar había pasado en esa filmación.
“ELOY”. Esa fue la secuencia de letras. Para volverse loco. Obviamente, aparte del comentario hilarante con su compañera, no compartió este asunto con nadie más. Era absurdo pensar que una colmena tomara conciencia humana para deletrear un nombre, y mucho menos el suyo. ¿Era víctima de una apofenia? De hecho, comentó con la productora que tendría que repetir el trabajo pues el equipo no estaba correctamente calibrado. Nadie más vio las imágenes.
Ya habían pasado cuatro años desde que Noelia le dejó. En su cabeza, todavía resonaban sus palabras de despedida, calmadas, pese a ser pronunciadas mientras su avión se precipitaba al océano: “Te quiero, Eloy, no me olvides”. Su recuerdo le desgarraba las entrañas. Cada segundo, desde entonces, era un eterno suplicio por la ausencia. Hasta que esa idea se instaló en su cabeza. ¿Y si había encontrado la forma de comunicarse? ¿Y si aquella idea juvenil era capaz de romper la barrera del tiempo y del espacio? Desde entonces, buscó el espíritu de Noelia allí donde apuntase con su cámara.
Una y otra vez, el obturador se abría para tomar una instantánea, un momento único e irrepetible, bien fuese para grabar una miríada de diminutas personas cruzando por oleadas en un concurrido cruce de calles en Tokio, o decenas de barcos de distintos calados atracando y zarpando de un puerto deportivo un día de verano, o un campo entero de girasoles girando al compás del dios Helios. En todas y cada uno de estas secuencias, Eloy buscaba, y a veces creía encontrar, un patrón irracional, e imperceptible para el resto, que transformaba el caótico movimiento humano en una vocal, la disposición de los mástiles de desconocidos veleros en una consonante, la proyección de flores sobre tallos en algo más que un simple juego de luces y sombras.
Aparte de los encargos, en su tiempo libre también se dedicó a fotografiar aquellos lugares icónicos donde vivió con Noelia momentos especiales, como la playa donde se conocieron durante una puesta de sol, el cerro donde compartieron su común pasión por la astronomía, o el jardín de su casa en la sierra, donde el propio Eloy posó inmóvil durante horas, esperando una señal más tangible, un susurro, una esperanza.
Tras meses de dedicación, creyó haber obtenido el esperado mensaje del más allá. “Eloy, busca a Leire”. Ese día lo recuerda como uno de los más tristes de su vida, no dejaba de llorar pensando en lo que una vez pudo ser una vida plena y feliz al lado de su mujer y la hija que nunca tuvieron. Sólo era un proyecto vital, a medio plazo, cuando su vida profesional les diese un respiro para formar una familia. Pero tenía un nombre: Leire.
Miriam trató de consolar a su amigo mientras éste se desmoronaba en sus brazos. La búsqueda de aquella quimera le había sumido en un estado de desesperación tal que, hasta que no pronunció aquel nombre, Leire, no supo cómo ayudarle. Le dio el teléfono de una conocida suya, Mercedes, que se dedicaba a trámites de adopción. Ella le pondría en antecedentes, no tenía que preocuparse de nada, pero le convenció para que visitara uno de los centros de acogida.
Aquella tarde, acompañó a Eloy. Mercedes se presentó y mantuvieron una cálida conversación durante unos minutos.
Miriam me ha contado tu situación, y tal vez pueda ayudarte. Yo tampoco creía en las casualidades, pero trabajando con estos niños con dificultades he visto tantos casos peculiares, que uno ya duda de lo que es racional y lo es simplemente un milagro, por llamarlo de alguna forma.
Salió de la sala, y cuando volvió lo hizo con una niña en brazos. Era tímida, y en un primer momento no quiso mostrar sus rostro. La sentó en su regazo, mirando hacia el visitante.
Mira quien ha venido a verte le dijo con la típica entonación con la que algunos se dirigen a los niños.
Lentamente giró su pequeña cabecita. Cuando Eloy se vio reflejado en aquellos enormes ojos negros, su corazón se desbocó. Aquella mirada algo perdida, aquellos rasgos peculiares, delataban la enfermedad que sin duda atemorizó a sus padres, hasta el punto de desprenderse de la criatura. La niña esbozó una sonrisa arrebatadora, y estiró sus bracitos hacia Eloy, tal era su necesidad de cariño que lo buscaba hasta en un desconocido. Sentada sobre sus rodillas, sin dejar de sonreír ni un sólo instante, levantó su mano para asir la oreja de Eloy.
Tiene cuatro años, pero a nivel de desarrollo cognitivo, es como si tuviera sólo dos― le indicó Mercedes.
Hola ¿Cómo te llamas?le interpeló Eloy estupefacto. Había algo en esa niña que le resultaba tan familiar que no podía ni explicarlo.
Leire.
Ya tenía la respuesta que había estado buscando. Su contador temporal se puso de nuevo a cero. Su segunda vida la pasaría al lado de Leire.



























lunes, 3 de abril de 2017

Sin consideración, MARIA JOSÉ MENACHO CASTELLANO..


Pasa el tiempo sin consideración,
no tiene en cuenta los corazones
y deja una tarde de sábado espesa,
perdida en el abismo insaciable
de la soledad callada.
En la avenida las copas de los árboles
simulan cabezas de señoras despeinadas
por un viento de otoño descreído
que esta vez no sabe poner en movimiento
la misteriosa máquina que saca
los abrigos del armario.
Unos cuantos relámpagos
en la oscuridad
se afanan en dibujar el contorno
de las nubes sombrías que
a buen seguro traerán
más lluvia.


domingo, 19 de marzo de 2017

Fallo del Certamen literario y artístico "Guadix primavera y vino"


Reunidos el jurado en Guadix, a día 19 de marzo de 2017:


Don Francisco Hernández Puertas.
Don Antonio Cuerva Hernández.
Doña Trinidad García Sevillano.
Doña Pilar Soto Hernández.

Tras la valoración de las obras presentadas, emiten el fallo:


PRIMER PREMIO DE RELATO: 

Camino de la Cónsula, de Javier González Delgado. 

1º ACCÉSIT DE RELATO: 

El sueño de Creso, de Eduardo Moreno Alarcón.


PRIMER PREMIO DE POESÍA: 

Liana dionica, por Isabel Pérez Aranda.

1º ACCÉSIT DE POESÍA: 

La cosecha, de Tomás Sánchez Rubio.


SELECCIONADOS: 

Poesía:

A Guadix, de Francisco Molina Infante.

Brindis, de Juan Manuel Seco del Cacho.

Caudal, de Javier Muñiz Pulido.

Celebración, de Antonio Morillas Jiménez.

Código de Barras, de Manuel López Arroyo.

Cuarteto del vino, de Carmen Hernández Montalbán.

El vino, de Alicia María Expósito.

El vino regresado, de José Ángel García Caballero.

En la tribuna, de Clara Adell.

In vino veritas, de Javier Castrillo Salvador. 

Larga espera, por Moisés Navarro Fernández.

Los animales de almas en celo, de Luïsa Lladó.

Vendimia de luz y solera, de Custodio Tejada.

Pura gloria, de Mª Luisa Soriano.

Sangre de estos campos, de Iñigo de la Guardia Rey.

El duende de la botella, de Primitivo Oliva Fernández.

Un contenido es una canción, de José Repiso Moyano.

Presentaciones y vuelos incoherente, de José Manuel Raya Medina. 


Relatos: 

Bajo la sombra de las uvas, de Alycia Alba.

El abuelo Ramón, de Alicia Díaz Costa.

El caldo enamorado de la rubia, de Beatriz Schleich.

El vino que hizo España, de Joséfa María Valenzuela Cánovas.

Enseñar al que no sabe, de José B. Santacreu.

Casa vieja de Guadix, de José Casado Aranda.

La creación del vino, de Antonio Peláez Torres.

La patrona, de Alfredo García Gregorio.

La taberna, de Paqui Garrido Ávila.

Tarde azulada y gris, por Antonio Gutiérrez Tejero. 

Los hombres de las tabernas, de José Vicente Alonso Solonis.
Peregrino del vino, de Mª Montserrat Palet Crua.
Piratas de Guadix, de Aliah Beik Pérez.

El vino de los héroes, de Custodio Tejada.

Ojos de ninfa, de Sergio Generelo Tresaco.

Saber espacial, sabor especial, de Pedro Pastor Sánchez.

El fruto de las cuatro estaciones, de Manuel Fernández de la Cueva.

Un vaso roto de taberna, de José Cobo de la Cruz.


La modalidad de cartel portada queda desierto por falta de participación.


Los primeros premios recibirán un lote de vino y 10 ejemplares del libro "Certamen de literario y artístico Guadix Primavera y vino"

Los accésit también recibirán un lote de vino y y 5 ejemplares del libro "Certamen de literario y artístico Guadix Primavera y vino".

Los escritores seleccionados que quieran adquirir ejemplares deben dirigirse al correo: laorugazul2013@gmail.com.

La entrega de premios tendrá lugar en el Patio del Ayuntamiento de Guadix, el día 8 de abril a las 21,30 h. durante la celebración de la Feria "Guadix Primavera y Vino".

La ilustración que aparece en la parte superior, obra de María Fernández Montalbán "Yedralina" será la que ilustre la portada del libro.






miércoles, 15 de marzo de 2017

Ojos vidriosos, por F. JAVIER FRANCO.



O
jos vidriosos
son los ojos del vidrio de un vaso.
Icebergs emergen
desde el fondo de un mar de licor
que diluir ojos
en témpanos de hielo.
Oscura pasa la noche.
Oscuro el llanto de una guitarra
mece un sueño sin destino,
un sueño sin sueños,
un sueño roto que romper la madrugada,
madrugada rota entre madrugadas rotas.
No existe nadie,
son siluetas oscuras.
Es hora de cerrar.
Ojos vidriosos
agonizan en la esquina de la barra,
navegan entre corrientes por horas perdidas,
un llanto sin lágrimas,
un mar de resentimiento y resignación.
No queda tiempo,
la alborada escapa.
Se destroza al caer una persiana.
La cama huele a sudor,
a desperdicio rancio de sueños
eternamente por venir.
Huele a soledad en compañía,
a noche muerta
y a viejas playas de resignación.
Ojos vidriosos
debieron morir en la trampa del vaso,
pero escaparon, una noche más,
tras el antifaz de la víctima.
No queda tiempo,
y las pestañas imantadas
buscan atravesar un gastado mapa.
No quedó tiempo.
Ojos vidriosos
son los ojos de un espejo cansado.

Esa mirada…, por ANTONIO PELÁEZ.


¡Quién pudiera verte en la mirada
aquel rayo radiante de alegría
cuando el sol descorría la alborada!
A la ruina faltaban todavía
al menos treinta años ¡casi nada!
para ver en tus ojos la apatía
las ganas de morir y en la almohada
echada la esperanza, muerta y fría
Me dijeron tus ojos: no se nombra
el día que con bata vine a verte
y no encontré de ti más que la sombra
resignada ¡lo sé! a la mala suerte
N lloré por tu vida ya vacía,
lloré porque sin ti ¿yo qué sería?
 

martes, 14 de marzo de 2017

La niña de sus ojos, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.

           


           La agitación propia de un estreno se palpaba en el ambiente, tanto entre las butacas de un público expectante ante el arranque del espectáculo, ajeno a la vorágine de preparativos que se cocía en el backstage, como entre fotógrafos y reporteros especializados en moda, ante la vuelta a las pasarelas de la gran diva del momento, tras el receso al que se vio obligada después  del accidente de tráfico que sufrió hacía ya seis meses.
            Al fondo de la sombría y muda pasarela, cual istmo que uniera dos mundos, la mirada hipnótica de un ojo descomunal parecía transportar al observador a otra dimensión. Los arpegios que sonaban iban aumentando el ritmo de forma gradual, cual mantra que anunciara el advenimiento de algo novedoso, un hito en la breve historia de su joven protagonista.
Los ojos de Iris siempre fueron muy especiales. Tanto que, desde el mismo día del nacimiento, marcaron su destino. El nombre que habían pensado sus padres para ella, Joanna, en honor a su abuela materna, fue desterrado cuando la cría abrió los ojos. Al contrario de lo que suele ser habitual en los recién nacidos, el iris de la niña no estaba teñido del típico color grisáceo. Por el contrario, un refulgente verde prásino llenaba de clorofílica vitalidad sus cuencas. Con el paso de las semanas, de los meses, alrededor de sus pupilas fue amalgamándose una increíble variedad de tonos verdes: cian, esmeralda, turquesa, jade, malaquita. Cuando cumplió un año, su madre restringió los paseos en el carrito por el vecindario porque a duras penas conseguía avanzar unos metros por la acera, asaltada por vecinos e incluso extraños que querían asomarse a tan peculiares ventanas oculares, atraídos por la enigmática y fascinante mirada de la criatura.
Este hecho distintivo hizo de Iris, sin ella percatarse en su tierna infancia, un ser un tanto especial, provocando que sus familiares y educadores la trataran de forma algo distinta con respecto al resto de niños, colmándola de atenciones y en muchos casos sobreprotegiéndola. Lo hacían de forma absurda e innecesaria, pues más adelante tendría que afrontar, ella sola, la crueldad y envidia de algunas de sus compañeras de estudios, relegadas a un segundo plano ante sus adláteres masculinos, subyugados por el embrujo de aquellos ocelos de mantis. Fue entonces cuando aprendió que, de un solo vistazo, podía conseguir lo que se propusiese.
Justo antes de entrar en la pubertad, una prueba para una gran cadena de ópticas le abrió la puerta para mostrarse al mundo. Aquel anuncio lo vieron millones de personas, que compulsivamente compraban aquellas gafas, atraídos tanto por las indudables cualidades optométricas de los cristales como por la cautivadora y limpia mirada que se vislumbraba tras ellos.
Fue en aquella época de éxito y reconocimiento cuando nació Eva. Su venida al mundo no fue programada, ni mucho menos, por sus padres, que guiaban con férrea mano la carrera profesional de su hija en el mundo de la publicidad. Con el tiempo, aquella nariz respingona de la menor, sus ojos marrones y su tendencia al sobrepeso ya ponían en evidencia lo caprichoso de las leyes de la genética. La chiquilla fue prácticamente criada por la niñera, pues sus progenitores, entre idas y venidas, castings y sesiones, apenas le dedicaron el tiempo que todo infante precisa para una adecuada educación. Así, el carácter de Eva se fue forjando introspectivo y esquivo con el resto del mundo.
En cierta ocasión, contando ella unos cinco años, sus padres mostraron cierta preocupación porque comenzó a mantener charlas a todas horas en su cuarto, solo que allí no había nadie más que la cría. Los psicólogos le quitaron importancia al asunto, a fin de cuentas, un amigo imaginario no es más que un mecanismo de defensa, una forma de crear vínculos externos por pura necesidad de comunicación. Les recomendaron prestar algo más de atención a la niña, mitigar su sensación de soledad con más presencia y preocupación por sus asuntos, y así verían que pronto se desprendería de esa amistad fruto de su fantasía. Sus buenas intenciones apenas duraron unas semanas, pues los compromisos de la carrera profesional de Iris coparon de nuevo su tiempo. Estaba claro qué era lo prioritario en aquella familia. Con bastante tesón, y algo de fortuna, vinieron las comodidades, grandes coches, una enorme mansión y una gran fortuna amasada a costa de la infancia y pubertad de su agraciada primogénita.
Por su parte, lo que al principio era para Iris un juego en el que gustaba de sentirse protagonista, poco a poco fue tornándose una agotadora obligación. Su cuerpo fue creciendo, las hormonas forjaron un cuerpo sensual y voluptuoso, y no tardó mucho en labrarse un camino en el mundo de la moda. Sus peculiares ojos seguían siendo su carta de presentación, reproducidos hasta la saciedad en revistas, carteles y anuncios publicitarios. Su magnetismo trascendió al mundo del cine, apareciendo en un pequeño cameo en el último film de un director de culto. Eso hizo que comenzara a relacionarse con algún que otro galán tóxico, que quería aprovechar su tirón mediático para permanecer en el candelero de las celebridades. Sus primeros coqueteos con las drogas comenzaron entonces.
La relación entre las hermanas era un tanto extraña debido, en primer lugar, a la diferencia de edad. Para una niña de diez años, tener una hermanita recién nacida hubiese podido suponer tener un juguete animado con el que jugar. O bien un estímulo para desarrollar un sentimiento de responsabilidad, por el hecho de tener que cuidar de la menor. O una malsana envidia si su madurez no estuviese en consonancia con su edad y sus padres hubieran mostrado una epifanía exacerbada por la recién llegada. Pero no se dio ninguno de estos casos. Para Iris, su hermana no era más que un habitante más de la casa, su interacción era mínima, nunca tuvo demasiado tiempo ni deseos de jugar con ella. Simplemente, vivía allí.
El vínculo entre ambas cambió radicalmente tras el accidente.

―Vamos, vamos. ¿A qué estáis esperando, a que se enciendan las luces? Quiero ver esos ojos pintados, pero ya. Venga, Alicia. ¿Pero todavía estás así? Tú lo que quieres es que me dé un infarto, ¿verdad? Peluquería, por favor, poned un poco de orden en esa cabeza.
Luigi. El gran Luigi, como era conocido en el mundo del pret-a-porter. Genio y figura de la vanguardia en la pasarela. Y controvertido. En la temporada anterior saltó a las portadas de los noticiarios por su colección más transgresora, enfundando a las modelos en una especie de condones gigantes multicolores. Levantó ampollas entre facciones tan antagonistas como las ultradefensoras de la moral católica, que lo consideraron una campaña anticonceptiva, como las liberales feministas, que la tildaban de burda “cosificación” del cuerpo femenino convertido en miembro viril.
La nueva colección también estaba acompañada de polémica. Esta vez los seguidores del grupo PETA, pro derechos de los animales, amenazaron con el boicot por utilizar pieles de diversas especies en la confección de algunos complementos. Por eso, para esta primera puesta en escena, se había reforzado la seguridad en los accesos.
Sobre el esbelto cuello de Iris colgaba una piel de armiño, cuyo níveo tono contrastaba con el brillante viridio de su mirada. No podía ocultar su gesto un aire de cierta preocupación.
―¿Qué te ocurre, reina? ¿A que viene esa cara de limón? ―le preguntó Luigi mientras retocaban sus pestañas.
―No te preocupes, estoy bien―le respondió, ocultando sus verdaderos sentimientos. Lo cierto es que sólo pensar que tenía que desfilar ante el público le ponía enferma. En aquella clínica de desintoxicación lo había pasado fatal. Cuando llegó, su autoestima estaba por los  suelos, y encima, cargaba con la culpa de lo que acaba de ocurrir en el seno de su familia. Pensó que nunca lo superaría, pero allí estaba, consiguieron convencerla para que volviera.
Ajena a su presencia, Eva contemplaba la escena sentada bajo una de las mesas de maquillaje. Con unos rulos y unas pinzas que había encontrado por el suelo se había fabricado un pequeño humanoide, que desplazaba por el suelo haciendo poses imposibles, al tiempo que mantenía una conversación totalmente surrealista.
―Te veo más gorda, ¿no estabas haciendo dieta? ―preguntó al muñeco manufacturado.
―Pues sí, la del e-rizo, pero un día se me fue la pinza y me dije: “Por más vueltas que le doy, no me veo mejor” ―contestó con voz de pito y sin mover los labios, cual maestra ventrílocua.
 Mientras esto ocurría, a escasos metros, un émulo de vigilante de seguridad se introdujo entre bambalinas. En su mano izquierda, una discreta bolsa negra. Nadie le hizo caso, cada cual estaba pendiente de su maquillaje o peinado, mientras las modistas trataban de ceñir los escuetos vestidos a aquellos huesudos cuerpos a base de alfileres, que en muchas ocasiones laceraban sus finas epidermis.
De repente, el soniquete se detuvo, y dio paso a una melodía a base de sintetizador. Al mismo tiempo, sobre el iris del imponente ojo comenzó a proyectarse una cuenta atrás, mientras el escenario se inundaba con un iridiscente resplandor. La proyección sobre el telón negro dio paso a un foco deslumbrante, que parpadeó durante un instante, el necesario para que Iris se plantara en el escenario como una aparición espectral. Los aplausos y ovaciones atronaron sus oídos. Había vuelto al centro del huracán, sólo que en esta ocasión, su aplomo ya no era el de siempre, sus inseguridades le impedían mantenerse erguida.
―¡No te pongas su piel, ponte en su piel! ―profirió el activista, al tiempo que lanzaba su bolsa al aire, cargada con sangre artificial. Con tan poco tino que, al caer, se desparramó toda por la primera fila de asientos. Las salpicaduras llegaron a Iris, que inmutable y absorta, veía como su pelo chorreaba una roja lluvia sobre el blanco armiño. La estupefacción dio paso a un aluvión de flashes. Los telediarios arrancarían con la noticia, misión cumplida para el manifestante.
Sacaron a la modelo de allí en volandas. Luigi estaba histérico, pero no estaba dispuesto a que le reventaran su presentación.
―¡Atención! Quiero a todos en sus puestos para empezar a desfilar. Vamos a cambiar el orden. ¡Tatiana!, ¿dónde está Tatiana? Prepárate para salir, abres tú. Y por favor, ¡no te caigas esta vez! ¡Pero limpiad el suelo antes, por Dios!―se desgañitaba el milanés dando órdenes a diestro y siniestro.
Todo el mundo se puso a correr como loco de un lado a otro. Aprovechando la confusión, emergió Eva de su refugio y cogiendo a Iris de la mano, la condujo a las cortinas donde tenían un pequeño set de maquillaje y peluquería.
―Ven, hermanita, creo que necesitas lavarte el pelo, no puedes salir así.
Por primera vez, la hermana menor tomaba la iniciativa y mostraba su solidaridad en este momento de adversidad. O al menos, eso parecía. Ninguno de los presentes podía adivinar la escondida inquina que albergaba el corazón Eva hacia toda su parentela. Ya se libró de sus padres aquella fatídica tarde en la que su coche se empotró contra la mediana de la autopista mientras se dirigían a la clínica en la que iban a ingresar a su primogénita para que tratasen sus adicciones. Pretendían cuidar de su gallina de los huevos de oro, pero la fatalidad se cebó con ellos. No debieron discutir con su hija mientras conducían, aquella distracción les costó la vida. Eva salió indemne, pero el sentimiento de culpa la persiguió desde entonces.
Durante semanas, los servicios sociales se hicieron cargo de Eva. Alejada de la mansión y los privilegios, se dio cuenta de las dificultades que entrañaba la orfandad. Sin sus progenitores y con su hermana en tratamiento, dio con sus huesos en una familia de acogida. Acababa de cumplir los diez años y su vida había dado un vuelco, pero no estaba dispuesta a perderlo todo.
Cuando Iris volvió a casa, comenzó a comportarse de forma errática. Volvieron a convivir juntas en la mansión, rodeados de servidumbre. Pero la ausencia de cariño, forjada durante años, prevaleció sobre cualquier otro sentimiento.

Pasaron los minutos y, superado el desconcierto inicial, el pase de modelos fue adquiriendo el ritmo habitual. Una tras otra, las maniquíes se contoneaban sobre la pasarela. Pero faltaba la gran estrella de la noche, la artífice de grandes éxitos para el modisto. ¿Dónde estaba Iris?
Al correr la cortina, un espectáculo dantesco les sobrecogió. La gran diva estaba sentada en una silla, volcada su cabeza sobre la bandeja donde se enjuaga y lava el pelo, el gesto crispado, las manos aferradas a la toalla que oprimía su cuello. Sus ojos se habían convertido en un manantial sanguinolento por los puñados de afilados alfileres que atravesaban sus córneas.
A su lado, con la mirada perdida, Eva sujetaba el acerico. Había garabateado en él con un pintalabios un burdo esbozo de ojos y boca. Ahora, por fin, había robado el protagonismo a su hermana, todas las miradas se posaban en ella, sin excepción.
Dirigiéndose a su improvisado amigo de fieltro, le susurró:

―Siempre supe que nunca sería la niña de sus ojos.

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 42, 15 de marzo de 2017 "Miradas".



Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN: 2340-8634




SUMARIO





PORTADA, por JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN.



ARTISTA ANFITRIÓN: