La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 15 de mayo de 2015

El hijo pródigo, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.



            La negrura se ha posado en el alféizar como un ave de mal fario. El ventanuco es ahora un telón denso de tinieblas. Mientras friegas los cacharros, sucios tras la cena, vuelves a sentir la angustia serpeando en el estómago. No es la muerte —tan cercana— lo que oprime tu garganta; es la incertidumbre, la alerta permanente que te acosa sin descanso, las dudas que se enroscan en tu mente cual culebras, la alarma ante los ruidos imprevistos en la noche.
            Los pocos viejos que aún quedan en el pueblo dicen que uno se acaba acostumbrando a vivir así, con el miedo siempre a cuestas. Pero tú sabes que eso no es cierto. Que el eco de las bombas y los tiros que el cierzo arrastra hacia los valles, cada vez más próximo, se abatirá sin remisión sobre el hogar. Eso, te dices a ti misma, es lo peor. Saberse con las horas contadas y no poder —o no querer— escapar.
            Desde la muerte de tu madre y la huída de Miguel, tu hermano, sólo hay sitio para estar junto a tu padre, ya anciano, con las fuerzas muy menguadas para echarte siquiera una mano.
            Esta maldita guerra echó por tierra tu futuro matrimonio con Daniel, el herrero. Lo supiste tan pronto se oyó el revuelo, y aquel miliciano, tan joven y ya roto para siempre, te dio las pertenencias del que iba a ser tu esposo, sus cartas renegridas por el humo. Otros, en cambio, escaparon monte arriba, y allí siguen, viviendo como lobos en covachas, furtivos del pasado, salvajes animales, acaso más libres…
            Ladran los perros al vientre hinchado de la noche, lastimeros, cómplices del miedo de sus dueños, tan ajados como ellos. Un ruido de pasos en el huerto te ha parado el corazón: «¡Ya están ahí!», te dices, mas la voz no te sale, ahogada por el pálpito del pecho. Instintivamente agarras la escopeta de tu padre y, reteniendo el aire en los pulmones, apuntas al vacío del corral.
            —¡Juana, soy yo, Miguel! —susurra un ser entre las sombras.
            Aferrando aún más el arma, tu pulso desbocado, extraes de la mesilla una vieja linterna. El haz alumbra un rostro hirsuto, un presente doloroso y un misterio inescrutable en el pasado, resumido en la maleta del soldado desertor.
            —¡¡Miguel!!
            Os fundís en un abrazo fuerte, hondo, detenido en la vorágine del tiempo. Las lágrimas te impiden hablar. Tu padre, aunque algo sordo, acude al oír la campanilla de la puerta. «¿Qué pasa Juana…?»… La sorpresa deja mudo al viejo Cayo. Al punto, Miguel se lanza en brazos de su padre. La escena se repite, casi idéntica.

            No puedes pegar ojo. Arrimas la oreja a la puerta del cuarto de tu hermano, tantos años clausurado. Miguel tampoco duerme: a través del silencio y las paredes, escuchas un extraño trajinar de cachivaches. Dudas si volver a la cama, si entrar, si preguntar. «Mejor mañana», te convences sólo a medias.
           
            «¿Qué has traído en la maleta? ¿Tienes ropa que lavar?»
            Tu hermano no ha querido responder a tus preguntas. Ha esperado que tu padre se acabara el cuenco de pan migado en leche y, azada en mano, enfilara el senderillo hacia la huerta. Ya solos, ha llegado su advertencia:
            —No entres en mi cuarto, Juana, te lo pido por favor; es peligroso.
            Miguel, enjuto y lívido, es una sombra del que fue y, sin embargo, exhibe una templanza que te asombra e intimida. Luego, su mirada atravesada por el dolor se dulcifica. Reflexivo y enigmático, agrega:
            —No temas, Juana. Yo os protegeré. Nada os pasará a ti y a padre. Pero has de prometerme que esta noche, oigas lo que oigas, no saldrás de casa —hunde sus ojos verde musgo en tu mirada; es como asomarse a un precipicio.
            Evocas con tristeza el día de su marcha, las peleas con tu padre, la tozuda insistencia del maestro: «El chico vale, Cayo, déjalo marchar», el duelo de tu madre con su huída; Miguel, el joven entusiasta de la Ciencia constreñido entre el ganado, aquel militar cazador que un día arribó al pueblo, la charla fortuita con tu hermano, la luz al final del túnel, el júbilo de ver cumplido un sueño…
            Aún conservas sus cartas clandestinas, aquéllas que llegaron al principio.
            Luego el silencio más inquieto. Llegó la guerra, los meses de contienda, la duda y el martirio…
            Un estruendo te ha arrancado bruscamente del recuerdo. Los milicianos están al otro lado del río. Te estremeces. Conduces a tu padre a la bodega, a fin de protegerlo del ataque. Te falta el aliento.
            —¡¡Miguel!!
            La puerta de su cuarto está cerrada. Dentro, un chirriar metálico.
            —¡No entres Juana, por el amor de Dios! ¡Vuelve a la bodega y quédate con padre! ¡Yo los detendré, confía en mí!...
            «¡Dios del Cielo, se ha vuelto loco!»
            Ahora las ráfagas percuten en las casas. Estruendo de los muros de la iglesia contra el lecho embarrizado. El pueblo está tomado. No puedes soportar más la tensión.
            —¡¡Miguel, por el amor de Dios, baja con nosotros!!
            —¡¡Aléjate!!
            Al otro lado, puebla la alcoba un chisporroteo de artilugio, de radio mal sintonizada, de colmena. Echas a correr, mas la puerta se abre a tu espalda; sin poder evitarlo, giras el cuello…
            Lo que ves te deja sin aliento. Miguel sale al pasillo y se desliza como un ánima. Aferra entre sus manos un artefacto con clavijas, botones y una antena desplegada. A semejanza de abejones, un enjambre de himenópteros bruñidos mariposea en torno a su figura. Más atrás, como legiones vomitadas desde el cuarto, revolotean más y más insectos.

            Las bombas restallaban sobre el valle y alejaban todo atisbo de susurros animales en los bosques; aquí y allá, bramaba el eco del infierno, el discurso de la pólvora, la arenga monocorde en la metralla.      
            Te escondiste en el rellano y, gracias a Dios, él no pudo verte. O acaso le cegaba el odio al enemigo. En medio de la noche y el horror, Miguel salió al camino salpicado por el barro y por las balas. Anduvo desarmado, a excepción de aquel transmisor portátil y la nube de criaturas voladoras, hasta el vetusto cartelón que anuncia el pueblo. Allí se detuvo. Estabas lejos, y la luna apenas ponía luz a la tragedia. Mas las llamas de un incendio recortaron la silueta de tu hermano alzando el artefacto. Luego, como si la Madre Naturaleza llamara a sus criaturas a la lucha, los insectos se lanzaron sobre el vasto regimiento que anegaba la vaguada.
           
            La fría amanecida arrojó un alud de muertos sobre el valle, milicianos enemigos perforados de aguijones, infestando las montañas con hedor corrupto a muerte.
            Miguel dejó una nota en su mesita. Tal como vino, se fue. Como un fantasma, como una aparición silente y misteriosa. Él y su maleta de artilugios se esfumaron, acaso para siempre.
           
           

           
            

domingo, 3 de mayo de 2015

¿Dónde estás? Estoy en la luna, por Mª CARMEN REQUENA DEL HOYO (3º ACCÉSIT II Certamen de Relato Breve "Guadix en el Día del Libro").



El resplandor de la luna llena comenzaba a aliviar la ansiedad. Tumbado en la cama boca arriba, giró la cabeza hacia la izquierda donde se encontraba la ventana, y allí podía contemplar  el espectáculo  lunar de esa noche de Agosto. Aquella imagen calmaba la angustia, desesperación e impotencia que desde hacía unos instantes estaba padeciendo.

Treinta minutos antes, aproximadamente, le habían atado la mano izquierda a la barandilla de su cama. La persona que le cuidaba, había considerado que dicha medida era imprescindible para evitar autolesiones y agresiones a otros, ¿quienes?, no se sabe porque dormía solo en su habitación.  Roberto no podía comprender esa absurda, dura, inhumana y horrible situación. No se le había explicado el porqué de dicha actuación, él no había percibido el mínimo signo  o detalle de respeto, que   le ayudase a comprender lo que iba a ocurrir. Entonces, ¿como podría aceptar aquello con normalidad, tolerando la frustración que producía  estar sujeto a una cama toda la noche?

Mirando hacia la ventana, pensaba que  cuando tuviese sed no podría levantarse a beber agua,  pensaba que si tenía ganas de orinar no podría levantarse, así hasta que lo llamasen para levantarse. Imaginando lo que podía ocurrir, sentía impotencia, tristeza, enfado, agonía…..y entonces decidió cerrar los ojos y comenzar a soñar despierto que  caminaba hacia la luna.

Andaba como si fuese flotando, no veía suelo bajo sus pies, sentía cosquillas suaves en la plantas y conforme se acercaba a  la luz, esta acariciaba su rostro, sus manos, su cuerpo. Una sensación muy agradable inundaba su ser, y así comenzó a elevarse más, y a penetrar en esa esfera perfecta y brillante que le llamaba y le hacía sonreír.

Se ofrecía comida muy sabrosa y atractiva, y un montón de niños sonrientes jugaban alegremente. Roberto se embriagó instantáneamente de aquel ambiente, incluso bailó curiosamente, una de sus canciones preferidas. ¡Todo era tan emocionante!… De repente,  Roberto miró hacia un lado donde había mucha luz, y allí descubrió como su madre le observaba con la sonrisa mas hermosa dibujada en su rostro que él había visto jamás. Aquel instante anuló todas las malas sensaciones que abandonó en aquella maldita cama.

¡Roberto, Roberto! ¿Roberto dónde estás?, replicaba una voz fría y malsonante.  Esa voz recordaba la tirantez de su muñeca… y sin abrir los ojos pensó para si mismo: ¡Déjame, estoy en la Luna!





                                                        





Don Juan en los infiernos, por F. JAVIER FRANCO MIGUEL. (2º ACCÉSIT II Certamen de Relato Breve "Guadix en el Día del libro")

Pintura de Salvador Dalí


Siempre fue un actor libertino. Que la directora de la compañía le diese el papel de don Juan no extrañó a nadie. El de doña Inés fue más reñido. Fue difícil dilucidar, entre tanta belleza angelical, quien se adaptaba mejor al rol. Cuando ella fue elegida, sin saber por qué, los ojos del protagonista tomaron un brillo cómo nunca hubieron. Fueron días y días de ensayo, horas y horas respirando juntos… «Ángel de amor…», no era un mero verso del libreto, era su propio sentimiento, que le alejaba cada vez más de la directora que ya intuía un galán demasiado blandengue, mientras los ojos de Inés seguían chisporroteando viveza sobre una sonrisa perennemente inmaculada, reforzando en candidez el personaje.
Tras cada función, aplausos y flores iban para ella, mientras el actor se sumía en el camerino en agónica melancolía. «¿Qué fue del truhán que elegí? ¡O cambias o te cambio! ¡Joder! Sólo tenías que ser como eras, y ahora ¡no sé quién coño eres!» –le increpaba cada noche la directora, rompiendo la ensimismada soledad del actor desmaquillándose ante el espejo.
Por más que intentó que Inés fuera de las tablas prosiguiese la obra, siempre acababa como un memo, convirtiéndose en un vulgar chico bueno que la actriz manejaba como quería, esto sí, sin perder el mismo halo seráfico que el personaje. No lo despreciaba, se dejaba querer por él, pero sin permitir llegar al punto de desenlace que proponía, lo que le dejaba comiendo en su mano y a su merced.  Fuera del escenario, don Juan era Ciutti, el chico de los recados, y también el papanoel de los regalos, acompañados a veces de versos, tan fuera de tiempo como los de la obra decimonónica. Ella seguía exhibiendo una sonrisa sin mácula bajo escintilantes ojos de púber.
Cuando don Juan recibió la estocada definitiva de la directora, doña Inés no lloró, no le importó que lo arrojaran a los infiernos, en ese fin de obra no le tendió mano redentora alguna, sólo siguió sonriendo mientras mantenía un brazo en su cintura el sustituto del galán, un actor novel de aire chulesco, que no disimulaba su adicional papel de complacer sexualmente tanto a la actriz como a la veterana -y algo ajada ya- directora.
«Y es que si don Juan deja de ser don Juan, siempre habrá otra alma que pueda redimir doña Inés» –sentenció ésta.

El guardián de las palabras, por ALICIA MARÍA EXPÓSITO (1º PREMIO del II Certámen de Relato Breve "Guadix en el Día del Libro"

   
Foto de Khortés Magán


  El guardián de las palabras siempre había estado allí, afortunadamente para los habitantes de aquel pequeño planeta.
Ya nadie recordaba si tenía amigos, familia , parientes. Ni tan siquiera cuando o como apareció en aquella tierra. Sólo los más viejos contaban que el mismo día de su llegada aquel hombre extraño se quedó a vivir en una pequeña cueva de un valle cercano.  Curiosamente, casi desde el mismo instante en que la habitó, aquella "casa improvisada” ,  comenzó a crecer como si tuviera vida propia.  Por fuera, se hacía cada vez más grande y por dentro sus paredes se fueron cubriendo de estanterías, más y más altas..
     Así mismo, sin ninguna explicación posible, aquellas estanterías fueron llenándose de cajas parlantes repletas de todas las palabras recogidas del lenguaje de aquel pequeño planeta y algunas más cuyo significado les era totalmente desconocido a los habitantes de aquella tierra.
     Ese hombre alto, desgarbado y de aspecto distraído, poseía otras cualidades curiosas., Todos los días, a las once de la mañana, salía a pasear. Siempre…no importaba la lluvia, la nieve o el sol agobiante de agosto. Durante sus paseos,  recogía todos los silencios que encontraba en su camino. Silencios de cualquier tamaño y de cualquier color. Ya en su cueva, los estiraba, los lavaba,….los dejaba como nuevos y los iba almacenando de tal forma que aquel lugar se fue convirtiendo en el  más silencioso de  todos los lugares.  Ciertamente, las palabras sólo pueden ser entendidas entre silencios y aquel hombre los sabía. Sin duda, el guardián de las palabras era un gran sabio.
     Como la puerta de aquella cueva siempre estaba abierta, los habitantes del pequeño mundo, llevados por una curiosidad que comenzaba a ser irresistible, se reunieron para echar un vistazo . Y entonces…entendieron  Aquel hombre, tan extraño para ellos, era un reparador de almas. Las personas que poseían almas oxidadas, rotas o enfermas de malos sentimientos encontraban paz y serenidad en aquel lugar y en aquellas palabras que parecían pronunciarse solo para ellos.
     El guardián de las palabras había cumplido su misión. Ya no tenía sentido permanecer en aquella tierra…y así marchó como había llegado sin avisar , sin despedirse. Pero su cueva, aún hoy, permanece en el pequeño planeta…dando vida a todas las almas marchitas dispuestas a escuchar en el más absoluto silencio


sábado, 2 de mayo de 2015

Dejad el balcón abierto, por JULIA A. GARCÍA NAVARRO (1º Accésit II Certamen de relato breve "Guadix en el Día del libro").

Dibujo de María Rosa Sánchez Salmerón


Papa, la muerte te ronda. Lo sabes y yo también lo sé.
Pero tú no quieres irte. Tienes un asunto pendiente, un deseo de moribundo que insistes en cumplir. Me pides que te lleve al hogar de tu infancia; la vieja casa de la plaza a espaldas de la catedral.
Me cuentas que sueñas con asomarte al balcón.
Y yo, que diría cualquier cosa insensata por hacerte feliz, te prometo que irás aunque tenga que llevarte en brazos como a un niño. Y también que verás la vega verde, la fuente nueva iluminada y a los niños llamándote por la cuesta del paseo.
Pero la amiga muerte no me da una tregua. Tiene prisa, te acecha, te ahoga y me asusta.
Me suplicas que te deje ir.
Te retengo y te recuerdo que tienes que luchar para que hagamos un último viaje. Me acuno a tu lado y te abrazo para que no tengas miedo, pero sobre todo para no tenerlo yo.
Ya no te queda aliento, pero aun eres el padre que vela y conoce a sus hijos. Intuyes que me matará la culpa si no cumplo las alocadas promesas que te hice. Me quieres y me enseñas, como lo haría un maestro antiguo. Recitas a Lorca despacito:
Si muero, 
dejad el balcón abierto. 

El niño come naranjas. 
(desde mi balcón lo veo). 

El segador siega el trigo. 
(desde mi balcón lo siento). 

¡Si muero, 
dejad el balcón abierto!

                                                                                 
Con tu mano valiente sosteniendo la mía asustada, te marchas en paz.

Tu cuerpo y mi corazón muerto detrás, hacen juntos el camino a Guadix.  

Colocamos el catafalco frente al balcón y velamos en tu noche negra.
Como tantas veces antaño hay llantos, risas y caldo.

Ya de madrugada los demás duermen rendidos. Abro tu ataúd y dejo el balcón abierto.

Siento tu alma forjada en relatos de mesa camilla, tertulias de casino, tardes de libros y noches de cine. Ponemos nuestros espíritus al habla, como tantas veces, viajando juntos a ninguna parte.

Con el sol visible en el cielo, unos párvulos suben la cuesta con churros en las manos. No son tus nietos pero la suerte nos es favorable y gritan llamando a su abuelo.

Cumplida mi promesa, beso tu mejilla helada y cierro la caja con la llave de latón que conservo en mi llavero.


Julia A. García Navarro


Cuento de las orugas azules en el pais de la incultura, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



I CAPÍTULO


     Queridos niños, erase una vez un país rico en historias, rico en artistas, rico en belleza, pero todas estas cosas permanecían dormidas por una maldición desde hacía siglos. Los reyes que gobernaban ese país, siempre se habían dejado influenciar por las fuerzas malignas, a cambio de falso poder, de manera que las cosas buenas que antes os he contado, permanecían congeladas. Los poetas, sólo podían componer versos que agradaran al gobierno de turno, los músicos sólo podían tocar himnos y marchas fúnebres, los pintores, estaban obligados a pintar retratos del monarca y bellezas muertas... A pesar de todo esto, el arte siempre luchaba por florecer, aun en estado larvario, siendo como es: la expresión más pura y libre del espíritu del hombre, es rebelde por naturaleza.
     En este país nacieron las orugas azules, proyectos de espectaculares mariposas que soñaban con volar un día y despertar a los monarcas del encantamiento fatídico al que se veían sometidos. Las orugas fabricaban seda en cantidades astronómicas pero su metamorfosis nunca llegaba a producirse, porque los ministros de aquel país, recompensados por las fuerzas del mal con una modesta cota de poder, no se lo permitían. Actuaban en silencio, de la manera más sibilina, y en cuanto advertían que el monarca despertaba de su narcótico sueño, ponían en movimiento toda su maquinaria estratégica para administrarle su dosis de vanidad, soberbia y avaricia; de manera que nunca dejaban al rey ser quien era, ni vivir al país. Utilizaban su estrategia infernal, movilizando un ejército de botas que pisaban a las orugas, impulsadas por la envidia...

(¿continuará?)

domingo, 19 de abril de 2015

Fallo del II Certámen de relato breve "Guadix en el día del libro"


La Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La oruga azul" a 19 de abril de 2015, acuerda publicar el nombre del ganador del Certamen y de los cuatro finalistas. Agradecemos a todas las personas que han participado en esta convocatoria y damos la enhorabuena a los premiados. La entrega de premios tendrá lugar el día 23 de abril en la fiesta del Día del libro, a las 6 de la tarde en el Teatro Municipal Mira de Amezcua de Guadix.


  • Ganadora: ALICIA MARÍA EXPÓSITO con el relato "El guardián de las palabras".

  • Finalistas
  1. Finalista: JULIA GARCÍA NAVARRO, con el relato:"Dejad el balcón abierto".
  2. Finalista: F. JAVIER FRANCO MIGUEL, con el relato " Don Juan de los infiernos".
  3. Finalista: Mª CARMEN REQUENA DEL HOYO, con el relato "¿Dónde estás? Estoy en la luna".
  4. Finalista: CUSTODIO TEJADA, con el relato "Pasión Caníbal".