La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de noviembre de 2014

Heredero del frío, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS.


 
Pintura de Joseph Farquharson 

Despacio, suavemente
vuelvo a mis manos frías
para recordar cómo fue
la emboscada más sublime del mundo,
al tender mis ojos
más allá de la seguridad de la ventana
y poblar mi pecho de aquel sonido
con toda la compañía de los astros.

Esa noche de invierno,
de partituras centenarias
abrió la muerte de las dictaduras
y levantó entre mi padre y yo
un templo inmaterial
al que vuelvo cada vez
que de mi cielo huyen los pájaros.

La avena del cielo que creció en la montaña
esa noche acolchó mi patio,
hizo de mis tripas cónclave de cristales
con la intención de ensanchar
la superficie de mi cuerpo y compartir
el soplo de vida que sólo da
la primera nevada.


Naciste de mi amor, por LUCÍA NIETO OLIVER

Pintura de Christian Schloe



Naciste de mi amor cariño,
acompañada de la luna de las 10...
Y el baile de las estrellas.

Yo te di tu primer beso,
con tus ojitos abiertos como dos luceros,
ya vi que serías ese ser al que yo más quiero...

Mi primera niña,
y tu primer beso,
dos almas selladas para siempre.

Primer viaje, por ROSA BERBEL




Reminiscencia
1. f Acción de representarse u ofrecerse a la memoria el recuerdo de algo que pasó.
2. f  Recuerdo vago e impreciso.

La ciudad cristaliza provocando el estertor.

Yo,
desde mi leso movimiento de niña
reconozco cómplice
la desmemoria en el tráfico,
la alambrada sucia en el invierno,
la ebriedad en el timbre asediador de los horarios.

Aquí la carne es débil;
comprendo que de no serlo
el primer vuelo nos habría llevado mucho más lejos.

Pero veo las ruedas de los coches, las aceras,
la estructura de las casas,
el boceto de la línea que trazamos
calle a calle y me pregunto
si es esta la contienda,
el único salvajismo habituado.  

Amanece y ya no escucho más silencio
que el de la soledad de tu mano
encendiendo los semáforos.

El primer beso, por ANTONIA PILAR VILLAESCUSA RIUS


No entendí mi calor.
tampoco aquella ansia que existía en mí.
no pregunté, ni indagué.
acaso leí, pero las dudas quedaron.

Fue sencillo, pero no espontáneo.
la música lo facilitó.
Angel se llamaba, jamás lo olvidaré.
temblores, nervios, ímpetus  deseo y apetito.

Aquella cálida tarde de verano
creció como llamarada intensa.
mi cuerpo, aún adolescente
clamaba su piel y sus labios insistentemente.

Me molestó mi torpeza
mi evasivo mirar.
mi poca experiencia, amparó mi ignorancia.

Sus labios se pegaron en los míos
Inocentes y sin hábito de besos…
Sentí el cielo en mi pecho
Un nirvana celestial…
Cerré los ojos. Me abracé a él
Y con extrema pasión
Recibí en mi boca, el primer beso de amor.


El hombre de la acera, por EDUARDO MORENO ALARCÓN



            Algún vecino dijo que aquel hombre no tenía en realidad tan mal aspecto. Un poco sucio y demacrado, eso sí, pero desde luego no como esos pordioseros que, de vez en vez, ensombrecían la conciencia de la zona, el limpio y ordenado transcurrir de la barriada, el bullir en las terrazas donde el fútbol —encuadrado en las pantallas gigantescas— alejaba todo atisbo escrupuloso de unas mentes embebidas de balón, ávidas de toda suerte de sedantes. Otros opinaban lo contrario y afirmaban que, de tan puerco y consumido, aquel hombre parecía estar en las últimas. Hubo quien recordó verlo hurgar en el contenedor de la basura, aunque tal vez fuera otra persona, ¿cómo estar seguros?
Para el resto de viandantes, sin embargo, aquella presencia incómoda, aquella sombra humana, sentada, tumbada, desparramada sobre un escalón, envuelta en abandono y un abrigo de mugre perpetua, jamás existió.
            Muchos desfilaron a su lado aquel breve periodo de invisible presencia, cobijado en el cubículo templado del cajero, postrado ante un portal cualquiera: los que miraban a otra parte, los que cambiaban de acera, los que pugnaban en el fondo de su alma apegados a una fe que no tenían, que ya no practicaban, los que sentían lástima —de aquel ser y hasta de sí mismos— pero nada hacían, o los que simplemente huían del asco, sin una mota de empatía, definiendo aquel andrajo como intruso indeseable, fardo a todas luces prescindible, estorbo maloliente y harapiento, carne de albergue o, en último caso, de fosa anónima.
            La primera vez que me topé con su organismo acusatorio, con su queja manuscrita en el papel amarillento y aquel hedor a estercolero, no quise mirar. Pero la culpa me roía las migajas de moral que aún subsistían —eso quería creer— en mi pecho rasurado, perfumado, en el fondo de mi entraña endurecida.
            Y miré. Y vi. Y sentí. Y supe. Y me estremecí…
            Y ya no pude arrancarme aquella imagen, aquellos ojos esmaltados de alcohol barriobajero y vino rudo en tetrabrik, anestesiados frente al mundo, el frío, la soledad y la total, desoladora indiferencia.
            Hubo muchos más encuentros, topetazos fastidiosos, desde luego. Pero aquella vez primera bastó para sumirme en el mayor desasosiego, en la certidumbre de mi propia bajeza, en los caprichos de la existencia, en la ausencia, no sé si de justicia o de equilibrio, en todo caso de Dios. Repetí, calqué punto por punto las conductas de los otros, los demás, los mismos que he tachado, tacharé siempre de crueles —mis semejantes—, de los cuales, me guste o no, quiera o no, soy y seré minúscula tesela, pieza confundida, perdida en un mosaico inabordable, gota en un océano convulso, hostil, insincero.
            Un día cualquiera descubrí el vacío extraño, la ausencia de una mancha en el portal. Ni hedor, ni cartones, ni orines, ni vino, ni restos de una vida despojada de sentido. Alrededor, nadie parecía reparar en aquel cambio, aquella mutación en el paisaje cotidiano que tanto me impactaba. 
            Se levantó el viento. Empezaba a refrescar. Hundí las manos en los bolsillos del abrigo y regresé a casa con el alma aterida, con preguntas asaltando sin tregua mi mente; cuestiones que se evaporaron, como por arte de magia, tan pronto encendí el televisor.

            A qué negarlo. Aquella primera vez, me vi reflejado en los ojos de aquel hombre desahuciado de sí mismo y de la vida.

A este viento que no te nombra, por NICOLÁS CORRALIZA.

Pintura de Vladimir Kush

Desde el principio,
los días se han multiplicado
evidenciando una resta cada vez más próxima

que decrece hacia la ausencia.
Perdemos la habilidad de conjugar el mañana
sometidos a una corriente que nos lleva sin remedio.

Ruge implacable el invierno
estridencias sin eufonía.
Aturdido,
no consigo acostumbrarme
a este viento que no te nombra.

La primera vez, por CUSTODIO TEJADA.




La primera vez de algo dicen que nunca se olvida;
sino que se magnifica a tal extremo
como si de una hazaña épica se tratase.
La primera vez es única e irrepetible,
para bien o para mal,
no tanto por la destreza que tiene
como por la emoción que posee.
La primera vez de algo el estómago pincha,
las manos quedan frías y la lengua tartamudea
como Moisés en el desierto.
Aún hoy recuerdo como si fuera ayer mismo
la primera vez de muchas cosas, son tantas
que el paso de los años no consigue borrar su rastro
y es imposible enumerarlas todas.
Parece que fue ayer la primera vez que abracé a mi hijo
y quedé hechizado de por vida.
Parece que fue ayer la primera vez que salté la comba…
Parece que fue ayer la primera vez que di un beso en la boca,
que sonreí a una chica y me temblaron las piernas.
Parece que fue ayer la primera vez que me caí con la bici
y volví a casa derrotado.
Parece que fue ayer la primera vez que vi el mar
chocar contra las rocas del Finisterre
hasta hacerse una alfombra de espuma.
Parece que fue ayer la primera vez que probé el chocolate
y me sedujo con sus medias negras de femme fatale.
Parece que fue ayer la primera vez que vi un vagabundo
rebuscar en la basura…
Parece que fue ayer la primera vez que vi llorar a mi madre
y la casa se me vino encima.
Parece que fue ayer la primera vez que dije una palabrota
o un piropo o mis ojos iluminaron el silencio
que deja una lágrima en la mejilla.
Parece que fue ayer mismo la primera vez que me asesinaron.
Parece que fue ayer la primera vez que no hice nada, o hice
algo pero fue insuficiente.
Parece que fue ayer la primera vez que vi volar una mariposa
y salté en paracaídas desde un rascacielos.
Parece que fue ayer la primera vez que corrí
por las crestas de un cerro bajando “arrastraculo“
por sus veredas estrechas.
Parece que fue ayer la primera vez que atravesé un puente
y me quedé solo al otro lado, quieto, esperando.
Parece que fue ayer mismo la primera vez que subí a la luna
y descubrí el mundo desde otra perspectiva.
Parece que fue ayer la primera vez que me rompieron el corazón…
Parece que fue ayer la primera vez que se me quedó cara de tonto…
Parece que fue ayer la primera vez que me columpié en las antenas
de una hormiga y un amigo me apuñaló por la espalda.
Parece que fue ayer la primera vez que me mordió un perro
y me dio la rabia del otoño.
Parece que fue ayer la primera vez que me cautivó una botella
de vino, copa a copa, trago a trago, sin prisa.
Parece que fue ayer la primera vez que hablé conmigo mismo,
de tú a tú, sin intermediarios, a pecho descubierto.
Parece que fue ayer la primera vez que di un puñetazo
y pedí perdón y perdoné a regañadientes.
Parece que fue ayer la primera vez que visité un museo…
Parece que fue ayer la primera vez que le planté cara
al mismísimo diablo disfrazado de ilustre cordero.
Parece que fue ayer la primera vez que atrapé un saltamontes
y le pedí un deseo a un bulanico de aire.
Parece que fue ayer la primera vez que dije mi primer te amo…
Parece que fue ayer la primera vez que crucé la calle solo
después de mirar a ambos lados por el paso de peatones.
Parece que fue ayer la primera vez que leí un libro
y mis ojos se convirtieron en un marca páginas.
Parece que fue ayer la primera vez que hablé demasiado
hasta equivocarme o la primera vez que guardé silencio
en exceso hasta volver a equivocarme otra vez de nuevo.
Parece que fue ayer mismo la primera vez que fui testigo
y cómplice o víctima y verdugo.
Parece que fue ayer la primera vez que escribí un poema…
Parece que fue ayer la primera vez que me dejaron
en la estacada esperando al Séptimo de Caballería.
Parece que fue ayer la primera vez que me dieron por muerto
después de haber tirado mis cenizas en el bosque.
Nunca se olvida la primera vez que te emborrachas
porque alguna cicatriz se encarga de recordártelo a diario.
La primera vez se parece bastante a la última; quizá porque ambas
comparten el mismo miedo, las mismas dudas, el mismo deseo.
La eterna juventud consiste en vivir como si todo fuera la primera vez:
Éste es el único reto verdadero que ahora tengo
y el gran tesoro que comparto con vosotros.