La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 15 de mayo de 2017

Mandala del poeta enamorado, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN


Negra es la mancha de tinta de la vieja estilográfica, derramada sobre la cuartilla inmaculada. Mal presagio -piensa el poeta al borde, ya, de la locura. Negra es la cabeza de alfiler con la que ha clavado a la reina de las mariposas. Pobre poeta, ahora coleccionista "de breves bellezas muertas". Negra es la sombra que proyecta, la sombra de un loco al que todos confunden con la sombra de un planeta eclipsado. Él mira siempre a través de la ventana, mira el pentagrama negro que componen en otoño los pájaros ateridos e interpreta la partitura que han compuestos para que la canten después los grillos en las noches de verano. 
El poeta lanzó anoche un limón al negro cielo y estalló su grito en el aire más allá de lo amargo. El cielo lo devuelve, siempre, trasmutado en un diminuto y frío sol de invierno. Es por esto,  que en ocasiones, el poeta confunde el sol con un limón y a un limón, con el farolillo amarillo que compró hace tiempo en un bazar chino y que mantiene siempre encendido al fondo del largo pasillo de su casa, para no tropezar con los muebles en las noches de borrachera. Pobre poeta. 
Blancas son las camisas de lino lavadas con almidón y tendidas a la sombra de un sol de mayo. Pobre poeta enamorado. Las camisas de lino blancas huelen a jazmines cuando están verdaderamente limpias. Blancas son las cartas que tiene guardadas en un cajón de su escritorio. Las cartas de los enamorados están llenas siempre de naderías, pero a él le basta con saber que fueron leídas por aquella a la que él amará por siempre. 
Lía sus cigarrillos con papelillos blancos, casi transparentes. 
Una obstinada imagen vaga por su mente, es una góndola bajo la lluvia, una góndola bajo la lluvia es aquella mujer en la madrugada, acunada por el amor cumplido. Una góndola es como el alma de una mandolina que guarda en su seno las misteriosas notas de su amorosa melodía. 
Él sabe mejor que nadie que los besos que se dan bajo la lluvia se recuerdan eternamente. Sus labios juntos, encarnados, confundidos en un beso de fresa o bermellón, son como las amapolas que danzas mecidas por el viento. Por eso, el canto de los grillos en verano es la partitura de los pájaros sobre el cableado eléctrico y la luna, el farolillo de bazar que ilumina el bosque verde. El bosque verde al claro de luna es la cabellera azabache de su único amor, el amor que se fue, el amor que se fue y no vuelve, el amor que agita su pecho y estremece su carne, fiebre mortal que lo devora.
Sigue buscando, pobre poeta, cambia el numerito de los viejos violines por algo más novedoso, baila una danza salvaje, la danza de la tierra que guarda en su vientre todos los colores que la vida te ofrece. 

Colores imposibles, por F. JAVIER FRANCO.




Dibuja en el vacío una mirada,
qué tus dedos sepan manejar
los colores imposibles de tus retinas...
nada queda por ver en tu porvenir
y, sin embargo, el futuro
−que una vez fue tuyo−
ha escapado entre los mismos dedos
que siguen dibujando, intrépidos,
miradas de ojos perdidos
en las páginas abiertas del aire.
Abraza el silencio
como si fuese el último abrazo,
tal vez la inercia o la vocación
redescubran suspiros aún no nacidos,
ingratos silencios que no llevan
a ningún destino esperado,
pero no por ello se muere en la espera,
no por ello,
todos somos calladas figuras
en las que sobra la sal,
para saber que dios,
cualquier dios, si lo hubo,
nos ha maldecido.

Salvarse de la mediocridad, por MARIÉN GONZÁLEZ ROZAS.


Esconderse entre esas nubes redondas, aparentemente plácidas.
            Quedarse quieto, mirando el devenir de las hormigas o cómo una amapola rompe su capullo y extiende sus pétalos arrugados, como la cara de un bebé recién nacido.
            ¿No ves que no eres nada especial?
            Entonces, ¿por qué gritas, por qué golpeas, por qué escupes, por qué maltratas?
            Para qué tanta mediocridad, si serás abono en la tierra que mancillas.
            ¿Por qué no te detienes y observas lo que te rodea? Esa luz imposible, ese verde cegador, el vuelo libre de las aves… ¡No ves que todo es belleza!
            Mediocre; transformando lo bello en pura farsa y artificio.
            ¿Eso eres tú? ¿El escalafón superior de la cadena? ¿El inteligente con raciocinio?
            Hasta que las fuerzas cósmicas den su zarpazo definitivo y te extingas, y sólo seas una especie que transitó por un planeta, pensando que era el centro del universo.


Écfrasis de los colores luciérnaga, por CUSTODIO TEJADA.



Los colores existen per se,
pero también porque nuestros ojos,
que actúan como pequeñas luciérnagas
o candiles,
quieren vivir más allá del negro y el blanco,
quieren conquistar el universo
y ponerle nombre a lo desconocido y expandir
su poderío más allá de cualquier paréntesis.
Sin la luz el mundo sería sombra solo,
una caja de pandora sin salvación posible,
el negativo de la noche oscura
y el silencio hecho túnel infinito.
El color nos necesita y resucita
cada vez que nos posee
y dibuja la alegría con los lápices
de Lázaro venciendo a la muerte
al otro lado del túnel: Milagro y triunfo
de la luz sobre el abismo
y de la esperanza sobre el desaliento.
El arco iris podría ser la metáfora
más sublime del amor que Dios nos tiene
si antes no fuera el oxígeno que respiran

los demiúrgicos pintores.

Y en Guadix lo hicieron rey, por MERCEDES GARCÍA.

  


Y en Guadix lo hicieron rey
cuando todo el mundo dormía.
La sultana Aixa mandó
que no lo hicieran de día.

Más a oscuras Boabdil vio
lo que le trajo alegría
a esta nueva alcazaba
de la que pronto huiría.

Ojos azules como cielo,
rosa boca aparecía,
frente al rojo de las cuevas
juró que suya sería.

A escondidas de su padre
en la almena se verían,
cuando fuera medianoche
un hiyab verde llevaría.

Para que a otra no mirara
y así la reconocería.
Pero se perdió en la noche
entre telas que crujían.

Y es que ellos no contaron
con la falta que sufría
en silencio el rey de Granada

de daltonismo padecía.

Mis colores, por MARÍA FERNÁNDEZ MONTALBÁN (Yedralina)


Paisajes y bodegones, por LLUIS BLANCO.