La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 15 de marzo de 2015

Sueño acuático, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.


Acueductos cristalinos
de ingravidez construidos,
en que la luz va tejiendo 
un encaje de colores.
Catedrales prodigiosas 
con un órgano de espuma,
donde suena la sinfonía del agua,
una música que transporta  a regiones insólitas,
donde los manantiales construyen ciudades
de líquida arquitectura.

domingo, 15 de febrero de 2015

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 20, 15 de febrero de 2015 "La cocina"


Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 

Microcuento saleroso, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



En la vieja bodega vivía una salamandra salmantina que solía salir por diciembre, cuando Mamá Brígida preparaba la salmuera y los aliños para las aceitunas verdiales. Aquella salamandra, según me habían contado, había venido enredada en el poncho de un remoto pariente guanche que había emigrado a Salamanca, y desde entonces vivía perdida en la bodega. De modo que estando un día Mamá Brígida preparando los condimentos para una salsa, bajó a la bodega a por huevos y un poco de harina, y se topó con la salamandra inmóvil en la grieta de un saliente. El grito fue inminente, rotundo, desgarrado, gritaba y saltaba, la tía abuela, salpicando con blanca harina del costal toda la bodega.
Alertado por los gritos, acudió azorado el viejo Salustiano, el jardinero, arrastrando los pies por la salita, escoba en ristre. La tía abuela Brígida no paraba de dar saltos mientras decía:
-          ¡Salustiano, dele ahí, ahí, ahí!
Salustiano desconcertado, de un lado a otro, parecía un saltimbanqui dando saltos y golpeando donde ella señalaba. Los apuntes de destrozos fueron varios: toda la salazón por los suelos, rompió varios vidrios que lo salpicaron todo, desechadas las salchichas, el salami, el salchichón. Toda aquella tropelía, más tarde, sería saldada quitando de aquí y de allá, del saldo de los sirvientes. Tal llegó a ser la fama que tomó entre mis parientes la mítica salamandra, que todos los diciembres aumentaba de tamaño. Tan  grande la veían algunos ya que llegó a ser cocodrilo de Tasmania, la culpable de todos los males era ella, que le si salía un salpullido, en esto tenía parte la salamandra, que aparecía un bichito con ojos saltones, era la salamandra, que alguien gritaba… allí estaba otro pariente con su grupo de salvamento para salvar a quien fuera de la temible embestida de la fiera, recitando la salmodia:
-           sal, sal, salamandra, sal.

Con el tiempo se adoptaron medidas drásticas; no había más remedio que cerrar la bodega a cal y canto con siete llaves para salvaguardar a la familia de aquellos ataques salvajes. Pasaron muchos diciembres y la casa familiar se fue transformando hasta acabar en ruinas. Hasta que apareció años más tarde aquel señor estrafalario que usaba salacot, salvadoreño y millonario que compró la propiedad para construir un maravilloso hotel. Pero lo que nadie se explica a día de hoy es: qué extrañas razones llevarían al millonario a bautizar el hotel con el nombre de Hotel de la salamandra.

TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo), por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN





   Me llamo Magdalena Oliva, el pasado verano me puse a trabajar en un restaurante de ayudante de cocina, porque mi marido llevaba dos años en el paro y se le acabó el subsidio el mismo mes en que me salió el trabajo. Y es que Dios aprieta pero no ahoga, eso dicen todos. Lo que no me explico es por qué siempre aprieta a los mismos, y lo que menos entiendo es por qué aprieta...
   A mí esto de guisotear nunca me ha gustado, una lo hace por obligación, todos los días, porque no le queda más remedio, pero a mí la cocina, la verdad, me mata. 
   Pero vamos a lo que vamos, doctora, que no quiero ponerme pesada contándole a usted mi vida, el por qué me ha mandado aquí mi médico de cabecera: trabajé durante los tres meses de verano, echando más horas que un reloj y agradecida..., el caso es que cuando finalicé la temporada, estaba hecha un guiñapo, aunque aliviada, porque me gané un buen dinero y pude solicitar yo el paro después.
   Se conoce que salí tan harta, que al poco tiempo me pasó una cosa que no me explico. Una especie de manía en la que cualquier pensamiento  que se me pasaba por la cabeza me recordaba a la comida. Un suponer, si mi marido me decía: voy a SALir a tirar la basura, pensaba en la SAL, en la de saleros que todos los días tenía que preparar, en el lomo a la sal y en el bacalao, y me entraba un azogue y un sin vivir que no se puede usted figurar. De seguida sentía la necesidad de enjuagarme la boca. 
   El otro día en la peluquería, mientras Pepita, la peluquera, me quitaba los rulos, se me vino a las mientes un plato de caracoles, como le digo, con su hoja de laurel y todo. Me entró una sofocación y un tembleque..., con los rulos a medio desliar, me fuí al servicio como una exhalación a enjuagarme la boca otra vez.
   ¿Que por qué me enjuago la boca? no sabría decirle, es como un regusto, como un tufillo que se me viene de pronto. Lo de los nervios que se me cogen, eso es lo que me trae aquí, nunca me ha pasado cosa igual. Es que parece que veo venir el pensamiento de la manía y me pongo descompuesta.
   
  Magdalena, haga usted lo siguiente: Cuando sienta que la manía comience a invadir su pensamiento, déjela pasar como si fuese una nube, sin profundizar en ella. Si siente la necesidad de enjuagarse la boca, pruebe usted a beberse el agua. Verá usted como poco a poco, sus manías desaparecerán.
   
   ¡Ay doctora, otra vez! cuando usted ha dicho "COMO poco a poco", se me ha antojado que la consulta se llenaba de platos. Usted perdone, pero tengo que salir al servicio sin falta... a enjuagarme la boca.

Lo que sobra, por MAR BLANCO.




Entro en la cocina
y se me antoja que algo
ahora, puede ser diferente.
Hartazgo de las mismas demandas
que sólo yo oigo.
Contrariada…
Cansada de fregar los platos
y poner la lavadora,
cojo mi cabeza
- y pienso-
con ella puedo hacer muchas cosas.
Suelo cambiar mis tareas
y los protagonistas
-sin estériles contiendas-
Pintadas las uñas
me veo más hermosa.
un hombre desnudo,
plancha ropa.
Comienzo a tomar mi espacio,
como kamikaze que estalla la rutina
y encubre el daño.
Saber quien soy
-no una asesina-
Quito los harapos de mi cuerpo
y las bayetas de mis manos
entre los ausentes.
Nadie posee mi canto
-no se oye entre cadáveres-
Quedarse quieto
para no gastar más vida,
comida congelada
y unas cuantas latas
hasta que yo decida
lo que sobra
-lo insignificante-
para conquistar el mundo.


Pan, por CARMEN HERNÁNDEZ REY



Hice hueco
 un espacio
 en la mesa;
 para aquel trigo recién molido
 a la levadura fría
 el mar en gemas
 el agua tibia todos esperaban;
 esperaban el fermento...


Cráter para vencer a los elementos
 en la armonía de mis palmas
 dedos
 manos;
 y en reposo emerger
 para ir erguido al horno.
 Sabor a sapiencia
 sabor a hogar
 sabor a humana mesa;
 Calor en la estancia
 calor de tertulias haciéndose
 antesala
 de la fermentada masa
 y...
 aquel chisporroteo
 de la buena leña
 calentando el brasero

 en la camilla mesa.

Pecado, por INMA J. FERRERO




Tus ojos
me queman,
como dos hirientes
brasas,
como dos llamas
de fuego,
que
acarician
mientras
matan.

Tus ojos
son el infierno,
mi corazón
el pecado
del alma,
que arde
de deseo,
y en el deseo
se abrasa.


Tus ojos
son lo prohibido,
tu mirada
la manzana,
y yo sólo
un suspiro,
que
en el aire
se desvanece,
y calla.