La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 14 de septiembre de 2014

Se emocionan mis manos, por ALICIA MARÍA EXPÓSITO.



Se emocionan mis manos
cuando miro tu foto,
rescatada de olvido
y de pasado.
Tiemblan mis ojos
perdiéndose en los tuyos.
¿Dónde estarás ahora?
El tiempo,
único testigo de inocencias,
se encoge poco a poco,
vuelve sobre sus pasos
y despierta el recuerdo
dulcemente.
El otoño
se anunciaba en las calles,
invadidas de frío
adornadas de hojas.
Atardecía de grises
y arreboles celestes
cuando nos encontramos.
Bebíamos las palabras
con el café caliente,
y la razón traidora
nos obligó a callar.
La tarde se murió
cargada de silencio.
Se hizo la noche
en la ciudad de nieve.
El rumor de las aguas
bailaba con el aire
de las plazas.
Paseábamos por ellas
con los labios mordidos,
conteniendo las bocas.
Se nos quedó la piel
deshecha en ansías,
y así pasó la luna.
Pronto llegó la luz.
Volverían los extraños
que habíamos sido antes.
Tampoco fue oportuno decir nada.
El tren no esperaría.
Me besaste en la frente,
te besé en la mejilla.
Y me curé el adiós
guardándome tu foto
en el olvido.


De "El tiempo detenido", Alandar, Cuadernos de poesía, 14

Tu retrato, por ANTONIA PILAR VILLAESCUSA RIUS.


Mientras miras mi objetivo
tu imagen, queda encarcelada para siempre.
Tu mirada denota seducción
y mis manos, prestan urgentes
a devorar ese instante
que dormirá eternamente
en tu álbum de memoria.

Busco obsesivamente el contraste, la luz…
Exijo la mejor sonrisa
tu mejor mirada.
Me recreo en ese cuerpo vigoroso
Que insinúa, inspira y propone…
Y yo, inmersa en ese soborno varonil
que enciende mis entrañas,
me entrego a ti en silencio
somos un trama de tres
tú, mi cámara y yo…
Y mientras los retratos nacen
Surge un perfil diferente
en cada uno de ellos.
Un adonis que despierta
mi pasión y mi entrega.

No dejes de mirar a la cámara.
Busca la postura perfecta.
Haz que sonría tu alma
que ella en tus ojos resplandezca…
¡Ay! Que placer siento
fotografiándote así en exceso….

El árbol de los ahorcados, por LILY TEMPELTOM



                                                 
   Todos sabemos que existen muchas historias y leyendas. En España hay muchas de estas y más en los pueblos antiguos.
Entre varios pueblos muy antiguos del norte, se encuentra un sendero que los conecta. Allí, en mitad del camino se encuentra un árbol grande y frondoso donde sus centenarias ramas son testigos de dichas leyendas que relatare en esta ocasión.
   Cuentan que todo comenzó allá por el siglo XVII, cuando una familia un tanto extraña,  se presentó en uno de los pueblos donde un pariente tenía una propiedad que se hallaba cerrada varias décadas.
  El pueblo parecía tranquilo. Los nuevos residentes no se mezclaban mucho. Sin embargo, todo cambio cuando comenzaron a ocurrir sucesos extraños entorno a ellos, los niños ya no jugaban con los de la nueva familia por miedo a que les hicieran algo y tras diversos altercados con los adultos, los ancianos del pueblo decidieron que nadie les debería de hablar; a ver si así se calmaban las cosas. Poco a poco el pueblo fue dejándolos de hablar haciendo caso a las palabras sabias de los ancianos. Fue  tanto el mutismo con ellos, que la familia decidió tomarse la justicia por su mano.
Pero les salió mal el plan establecido. Los ancianos dictaminaron que esa familia tenía que ser extinguida, pero de la faz de la tierra por querer matarlos con maleficios y brujería e intentar envenenar a sus familias. Por ello, después de diferentes comentarios  los asombraron al alba llevándoselos hasta ese árbol se encontraba a mitad en el sendero. Allí, de sus gruesas ramas los colgaron, les pusieron un saco de pólvora en el cuello de cada uno de los miembros de la familia. Según un vecino,  había escuchado que así los seres infernales y malditos como ellos, nunca resurgían del infierno al que fueron enviados.
   Con todos colgados y supuestamente muertos siguieron sus vidas, pero prohibieron que todo aquel que se acercase allí, fuera castigado con la muerte. Desde entonces nadie se atrevió a ir.
  Lo que nadie se esperaba era que uno de los niños logró escapar y ahora su descendencia sigue hoy entre nosotros.
Aunque no te recomiendo que pases sobre la media noche cerca del árbol, ya que se reflejan los cuerpos colgados de esa familia en sus gruesas ramas. Y si te acercas incluso un poco más, puedes oír sus dolorosos lamentos. Lamentos que se juntan a un malestar en tu cuerpo y una niebla que te seduce y si te dejas llevar más…
   Díganmelo a mí y a las cientos de almas que me rodean.


Fotografías, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS



A través de mis manos descubrí      
el romance entre la luz y el tiempo
sin rubor ni prisas, solo alimentado
por mi obsesión de atrapar mentalmente
 el secreto escondido dentro de la guarida.

Reflejos, sombras, gestos
 motas de polvo,  guiños,
instantes inmortales que abraza mi objetivo.
Acercarse desde la distancia
a una soledad revelada por la alquimia

de palabras sin voz.

Enfoque, por NICOLÁS CORRALIZA.

Rober Capa


Se cuela la luz por la abertura
marcando la distancia que nos retira del abismo.

Vivir en burbujas que despiertan con desgana
sobre la palidez amarilla de los ángulos muertos.

Hoy el campo de batalla,
es un collage de imágenes superpuestas
que sin tregua dañan nuestros sentidos.

A contraluz, el objetivo siempre encuentra naufragios
donde las sombras barruntan muerte y espacios vacíos.

En la quietud de la fotografía el tiempo se ha detenido
mientras Robert Capa dispara los golpes de la historia.


El naranjal de Ascalón, por JAVIER FRANCO.



Hoy el periódico abre con un reportaje gráfico, una serie de fotografías de horror y destrucción, la vasta desolación de un seísmo provocada por el hombre mismo: avenidas de ruinas, hospitales y escuelas apenas sostenidos por columnas de hormigón, mujeres y hombres, ancianos y ancianas, niñas y niños, sitiados por la muerte, unos cadáveres, otros plañideros pozos de impotencia… Y mucha indiferencia alrededor, la indiferencia de los organismos que se atiborran a palabras que nunca trasmutan a hechos, y, sobre todo, la indiferencia –¡oh, no: la connivencia!– del imperio de las barras y las estrellas y de un césar al que entregaron por anticipado un premio por la paz para usar de pisapapeles sobre los folios de un programa electoral, ambos para adorno en un despacho de forma oval.
Pero detrás de cada fotografía hay una historia, más bien una infinidad de historias, ésta pudo ser una cualquiera de ellas.

Nabil se balanceaba en la vieja mecedora de mimbre. Era la herencia que conservaba de su abuelo Utman Hussain, junto a un viejo manuscrito que le reconocía la propiedad de un naranjal en Ascalón. Hacía ya sesenta años que abandonó la tierra de su niñez y el solar de sus antepasados. Una guerra, una horrible guerra, la más cruel, desde que los cruzados pasaran por allí, había arrollado sus esperanzas, la continuidad ancestral de su futuro, y ahora todo era desierto, suciedad lamentable, pervivencia insalubre y de nuevo el desconsolador sonido, ora convertido en monótonos acordes ambientales, de las bombas y las sirenas.
Los judíos con los que durante siglos convivió su familia, acompañados de centenares, de miles de hebreos extranjeros, expulsaron a su familia de la única tierra que había conocido en más de una quincena de generaciones; ahora permanecía en su último refugio, en una tierra ruda y áspera, que era de la poca que podía con orgullo llamar Palestina.
Cada día realizaba sus abluciones y ajustaba su alquibla hacia La Meca, como siempre había hecho, tanto por sincera religiosidad como por maquinal costumbre. Fue en uno de esos ceremoniosos momentos, cuando unos soldados armados hasta los huesos, después de reducir a escombros casi todo el barrio, traspasaron el umbral de lo que aún se mantenía en pie de su destartalado y sagrado hogar. Le acusaron de ser un terrorista enrolado en las filas del fundamentalismo, pero él jamás había mantenido contacto alguno con Hamás, siempre mantuvo su fidelidad al rais Arafat aún después de fallecido. Y con el estigma del criminal fue ejecutado allí mismo, en juicio sumarísimo, sin defensa, pruebas o alegatos, por los mismos jueces y parte, en el patio desolado de la desolada casa.
Su última mirada no se dirigió a su pelotón, se dirigió al infinito mundo de los recuerdos, al olor a azahar de la casa de sus abuelos, a la imagen de las naranjas en los árboles brillando al sol del oscurecer como si de perlas de sangre mágica se tratara; pero la sangre, real y más pastosa, manaba de su cuerpo como la fuente del jardín que daba la bienvenida en el hogar de sus antepasados.
Un par de horas más tarde apareció su nieto Hakim. Un rugido de rabia y de dolor fue escupido por su pecho, como si todo su corazón contraído y de pronto distendido, hubiera brotado con él; sentía dolor, mucho dolor, pero aún más la inmensa pena de no haber podido hacer regresar a su abuelo Nabil al naranjal de la infancia. Su corazón, estrangulando a su voluntad, sólo dictaminaba venganza, ojo por ojo, hasta la muerte, morir matando, y despertar rodeado de vírgenes en un paraíso reservado para los héroes, que ahora estaba rebosante de desesperados. No lo meditó dos veces y salió de la casa: primero en busca de su tía Zanab para que organizase el duelo, después para encontrarse con sus compañeros de desesperado infortunio y planear un azote de venganza contra aquellos infieles.
Llegó Hakim a un antiguo redil, ahora trasmutado en pequeño cuartel semienterrado, en el que seguían arrinconándose los corderos para el sacrificio. Un grupo de fedayines mantenía aptas para el uso las viejas armas, accionadas en mil derrotas. Hakim, motivando la empatía de los guerrilleros, demandó la urgente necesidad de sellar con sangre el sepulcro de su abuelo, póstumo héroe y mártir.
No hubo más prolegómenos, la unidad se puso en formación con Hakim ciñéndose la bandolera del lanzacohetes, su arma más mortífera, y en la noche, por túneles, que tanto sirven para abrir paso a la muerte de un lado al otro, como para romper el férreo bloqueo de suministros a este campo de extermino que se conoce por Gaza, pasaron como lombrices bajo las huestes del invasor enemigo, llegando la pequeña y sigilosa columna hasta un monte al otro lado de la impuesta frontera.
Era de noche y en la nocturnidad se podían vislumbrar las luces de Ascalón. Hakim apoyó el artefacto para que Muammar introdujese el obús por el orificio, ahora tan sólo restaba calcular, graduar altura y distancia, ello llevó aún algunos minutos, hasta que una llamarada, como un genio recién rescatado de su carcelaria lámpara, resplandeció por la boca trasera del siniestro tubular metálico y un silbido, que a ellos les pareció el canto del ruiseñor en los jardines del paraíso, atravesó la oscura y lisa cortina de la noche en busca de las tintineantes luces del fondo. Luego fueron la gran llamarada y el bronco bramido al impactar el proyectil contra la tierra.
Se mantuvieron en silencio y aún se aventuraron a lanzar un segundo misil, lo hicieron con la misma parsimonia que la vez anterior. Volvieron a flamear gigantes danzarines de fuego y tornó a retumbar el orbe bajo sus saltos. Ahora sí que no encerraron en sus gargantas el grito de alegría, la loa a la victoria: "¡Dios es el único victorioso!" Mas aquello sólo fue el inicio de la transición al jardín de las vírgenes doncellas: tres espadas de fuego descendieron del cielo para convertirles en trozos de nada, ellos andaban ya el camino hacia el paraíso, y el ángel exterminador y metálico, con sus aspadas alas, transmigraba por el aire, rebuscando entre las ruinas nuevas diminutas Sodomas.
El amanecer entre los naranjales de Ascalón fue desolador, el suelo exhalaba humo, que con el olor a floresta quemada, mezclado con el de azufre, disfrazaba los huertos en simas del infierno. El fuego y la metralla habían destrozado uno de los naranjales más antiguos de la villa, el dueño –hijo de un askenasí que vino de Polonia– había perdido ambas piernas y los naranjos, los mismos que sembrara la familia de Nabil, testimoniales algunos de las vivencias de chiquillo del anciano asesinado, de los días en que el convivir de árabes y hebreos era rutina feliz en el tiempo, estaban en su mayoría tronchados, mutilados o carbonizados. Parecía un minúsculo trocito de Gaza que hubiese cruzado también por los corredores subterráneos. Prácticamente no quedaba vestigio alguno del viejo naranjal, era como si Nabil y su nieto lo hubiesen llevado consigo para trasplantarlo en su rincón del paraíso.


Fotografías postales, por ANGEL MARTÍNEZ MÁRQUEZ.


    A menudo las fotografías tienen destinatario. Fotografiamos un paisaje o una escena, no por lo que representa para nosotros sino por lo que pueda significar para algún ser querido. Tomamos la instantánea con la intención clara de enseñársela a esa persona. Eso es una fotografía con destinatario. Ese paisaje que de buen agrado compartiríamos con nuestros amigos, esa escena cotidiana que en el silencio de la complicidad entenderíamos con un hermano. Un autorretrato con mensaje en la mirada dedicado a la persona amada. Al igual que esas fotografías, a menudo nuestros pensamientos los fabricamos con igual intención, los pensamos, no para nosotros, sino para aquellas personas a las que se los dedicamos. Fotografías con remitente y destinatario, pensamientos con franqueo y acuse de recibo.