La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 30 de abril de 2021

LA BELLEZA DE LAS COSAS, por Isabel Pérez Aranda.


Los adoquines sobresalen desde la infinitud de la calle, todo en ellos es supremo 

de un esfuerzo sobrenatural, y sin embargo

el deambular de la muchedumbre aligera los días

eclipsando la elegancia del azul

fomentando el ánimo de percibir ángulos de inocencia

donde sostener su mirada. 

Nunca una sensación provocó deslumbramiento tan certero

su retina reveló la ancestral belleza de las cosas

aun cuando la luz del atardecer sobre el horizonte

reflejo rojizo entre tejados

misterio insondable

invocó

el desenfrenado jolgorio a la salida del patio. 

Pálpito cercano al corazón 

tibieza del rocío sobre la hierba 

explosión de amapolas crepúsculo de espigas

tránsito aferrado en el dorado de carey

iris empíreo

 la ancestral

belleza de las cosas.

LA BELLEZA DEL ALMA, por Gloria Almendáriz.

  

Santiago Marquina era conocido en la ciudad como el coleccionista de sonrisas. Su estudio fotográfico era lugar de peregrinaje para todos aquellos mortales que anhelaban ser capturados en una instantánea mientras sonreían ante el semidiós en que se había convertido.

Algo tan sencillo a simple vista se tornaba misión imposible para la mayoría, porque Santiago era muy especial en este oficio de capturar sonrisas, sólo coleccionaba aquellas que él denominaba “la belleza del alma”.

El protocolo era siempre el mismo. La persona interesada, tras cita previa, acudía al estudio de Santiago y le ofrecía su sonrisa como si de un valor en bolsa se tratara.

Primero, el sujeto pasaba por el banco de pruebas. En una estancia blanca, con solo un espejo por todo decorado, el “sonreídor” probaba una amplísima gama de sonrisas para después afrontar la siguiente prueba.

La variopinta exhibición de muecas de la que hacían gala los aspirantes constituía un material valiosísimo que, por supuesto, Santiago recogía por medio de una cámara camuflada en el mismo espejo al que los modelos se entregaban con frenesí.

A continuación eran recibidos por un ayudante para realizar el posado:

-          Muéstreme su mejor sonrisa.

-          Procure mantenerla.

-          Probemos una vez más. –Les decía mientras eran observados escrupulosamente por Santiago desde todos los ángulos y distancias.

La prueba podía repetirse una y otra vez hasta que llegaba el veredicto:

-          Lo siento, no me sirve.

-          No capto la belleza del alma en su sonrisa.

-          No es lo que busco.

Las sesiones de fotos de los “sonreidores” solían resultar frustrantes y acababan en el más estrepitoso de los fracasos.

Tras veinte años buscando en las sonrisas la belleza del alma lo que había alimentado Santiago sin pretenderlo fue la tristeza y el abatimiento de tantos aspirantes. Es más, había conseguido marcar el pulso de la ciudad. Se constituían asociaciones de sonreidores ignorados. Se abrían academias


donde se enseñaba a sonreír. Proliferaban grupos de autoayuda para los más afectados.

La guinda la puso uno de los candidatos a la alcaldía al incluir en su programa electoral la implantación en las escuelas de una nueva asignatura para que los niños aprendieran a mostrar en sus sonrisas la belleza del alma.

Comprendió Santiago que en su empresa como coleccionista de sonrisas se le arrogaban responsabilidades que no le correspondían y se planteó seriamente cambiar el rumbo de las cosas. Tras jornadas de intensa reflexión solo halló una salida: empezar una nueva vida en otra ciudad, con otra profesión.

Preparó su marcha con absoluta meticulosidad. Esa noche la pasaría de vigilia, despidiéndose de su magnífica colección, una interminable cascada de sonrisas que cubría las paredes de una amplia estancia aledaña a su estudio. Santiago pasaba las manos por ellas en un adiós individual, reconociendo su variedad: sonrisas zafias, humildes, bobaliconas, ingenuas, sinceras, encantadoras… pero la belleza del alma no asomaba a ninguna de ellas.

Al pie de cada foto había diversas anotaciones, muchas imprecisas. Todas tenían un número. Era la nota con la que Santiago valoraba la belleza del alma, Ninguna alcanzaba el diez.

Le llevó horas decir adiós a su obra. El siguiente paso sería el más doloroso. Tenía dispuesto meter todas aquellas imágenes en varias maletas y facturarlas a diferentes direcciones inexistentes de cualquier país o continente. Saber que seguirían existiendo, aun desconociendo su paradero, le proporcionaba cierto alivio.

En esta tarea andaba Santiago cuando sonó el timbre. Eran las nueve y había olvidado cancelar sus últimas citas. Pensó que no perdía nada por atenderlas, sacar unas fotos y guardarlas como recuerdo. Eso es. Serían las últimas sonrisas.

En el umbral, dos mujeres, jóvenes, de gran parecido. Luego supo que eran hermanas. Las condujo directamente al estudio. Esta vez no hubo protocolo de preparación. Realmente nunca sirvió de nada, así que posarían directamente ante su cámara.

Se preparó la primera. Santiago le dio unas breves y precisas indicaciones sobre cómo mirar, cómo sonreír, altura de la barbilla, etc… Varios disparos anunciaron la labor concluida.


Las dos mujeres percibían la apatía y las prisas del afamado fotógrafo pero no dijeron nada. Dejaban actuar y observaban.

Se preparó la segunda. Se repitieron las mismas directrices. Algo no funcionaba. Aquella mujer mantenía una mueca fija como de sonrisa forzada. Santiago comenzó a ponerse nervioso, sus ojos iban y venían de la mujer al visor y viceversa. Sus manos sudaban. Una vez más y en un tono algo agrio, la conminó a que sonriera.

Incomodada ante la situación y antes de que todo se echara a perder, la hermana habló:

-          Disculpe. Realmente era yo la que quería fotografiarme. Mi hermana no puede sonreír. Padece una parálisis facial que se lo impide. Pero le hacía tanta ilusión posar para usted que no ha podido resistirse.

Aquellas palabras dejaron a Santiago completamente desarmado. Más que hablar, balbuceó:

-          Lo siento, yo… en fin, le haré unas fotos igualmente. Seguro que saldrá muy guapa. (Qué tontería acabo de decir –pensó al instante).

-          Gracias.

La escena se recompuso: la mujer, más tranquila, posaba plena de gratitud. Tras la cámara, Santiago observó que era realmente hermosa y un escalofrío recorrió su frente cuando la miró a los ojos. Un disparo, otro, otro, imposible parar aquello. Sentir que uno está alcanzando la perfección.

Cuando salió de aquella sacudida vertiginosa solo oía su respiración, fuerte y desacompasada. Contempló de nuevo a la mujer, más por afianzar la sensación experimentada que por mera cortesía.

-          Bueno, ya veremos lo que sale de todo esto.

Acompañó a las mujeres hasta la puerta y apenas acertó con los formalismos de una común despedida.

No atendió a más citas. Recorrió precipitadamente los escasos metros que separaban el estudio del cuarto oscuro, en el que instantes después los líquidos reveladores y fijadores obraron el milagro. Desechó las imágenes de la primera mujer y contempló atónito el resto. Allí estaba lo que persiguió durante veinte años: la belleza del alma en una sonrisa.


Sorbió sus lágrimas mientras las yemas de los dedos repasaban el rostro de la mujer. Todo estaba en aquella mirada, eran los ojos los que sonreían y abrían puertas hasta los más bellos recónditos del alma.

Esa misma tarde, Santiago abandonó su estudio, su vida pasada, la ciudad.

 

 


LA NATURALEZA ES SABIA, por Consuelo Jiménez.

 


“La belleza es un estado de ánimo”

                                    Emile Zola



De pronto se escucha música en la nada,

notas errantes sofocan el melancólico despertar de la habitación.

Un do, un re, un mi, un fa, un sol, un la, un si,

repican en las tripas del vacío.

Hay que entenderlas,

famélicas se retuercen anhelando belleza.

Se abre bien la ventana,

cientos de matices percuten en el tímpano,

toman cuerpo los sentidos.

Azules encendidos descubren la hora,

es mediodía, el sol reverbera, aviva el paisaje,

que se prolonga en el infinito, 

haciendo hermosa la existencia misma.

Paciente la naturaleza nos asalta en su quietud,

nos muestra el jardín oculto de las cosas.

Si llegamos a percibir el frescor de su lengua,

la belleza se consuma lamiéndonos el espíritu,

nos alegra, más y más.


LA BELLEZA ENJAULADA, por Dori Hernández Montalbán.

 



Estudio de MARIA BLANCHARD, Santander.España.1881.Paris.Francia1932.

María se ha quedado dormida pintando a altas horas de la madrugada. La despierta el ruido del trueno , de una tormenta.  Por este tiempo ha  muerto ya su amigo Juan Gris, compañero admirado. Diego Rivera esta en  México. Para situarnos cronológicamente   la escena ocurriría  supuestamente, durante 1930-31. La muerte de Juan Gris, la sumió en una profunda crisis espiritual. Y comienza, posiblemente, a encontrarse mal físicamente.

El atuendo cosiste en un vestido estampado  en grandes cuadros amarillos y verdes, unos manguitos para evitar mancharse. Se despierta bruscamente al escuchar el estruendo del trueno y la lluvia. Habla para sí, aunque en ocasiones  alza la  mirada al cielo, con el que últimamente conversa.

 

MARIA BLANCHARD :

Ay Señor, ¿ahora me mandas todo este ruido?

(Se dirige a la ventana, comprueba que llueve copiosamente.)

Estoy tan cansada, (se masajea las manos, y mueve los dedos pues nota que se le han quedado adormecidos) los dedos no me responden. ¿A qué viene ahora este estruendo de nubes? ¡ah! ¡este dolor de espalda insoportable!

En otro tiempo, en Santander, hubiera celebrado la tormenta saliendo al balcón.  Me gustaba contemplar la lluvia, escuchar el rugido del mar cantábrico. Magnifica perspectiva aérea la de aquel lugar;  buen lugar para nacer y jugar, con aquellos ojos abiertos y brillantes de la infancia, aquellos ojos ávidos de conocerlo todo, se han  ido apagando con el tiempo, achicándose como  perladas cabezas de alfiler (se pone sus anteojos, y vuelve a trabajar la pintura. De fondo se puede escuchar el ruido de la tormenta) Penetrantes y miopes. ¡Dios mío, cada día veo peor! Aunque aquí sigo, pese a todo, como un girón de nube que se deshiciera en el mar. Azorada, marcada de por vida por aquel fortuito accidente de mi madre gestante. Aquella desgraciada caída que acabó quebrantando mi pequeña columna como se quiebra un brote tierno de hierba (alza al cielo la vista como pidiendo a Dios cuentas).

¿A quién pedir cuentas? Acaso a ti Señor, al hijo del hombre crucificado, no sería justa, hubo de ser difícil alzarse de esa cruz y esas espinas…Si puedes escucharme, perdóname, porque la que habla es aquella niña malherida antes de nacer, aquella niña con la espalda arqueada, a la que enseñaron a pintar para que más tarde pudiera verter su llanto a orillas del Sena. Y andar perdida, desapercibida entre la gente. Aquella criatura predestinada a poner en práctica el número áureo, las medidas inalterables, la geometría de la belleza.

Pájaro herido que habría de dormir en su propio abrazo.(tose)

Los que tienen fe en ti, dicen que todo lo puedes…si así es, mantén estas manos  ágiles  para que pueda seguir pintando, tocar las superficies para  deconstruirlas´.

Ya sé, ya sé que hablo susurrando, por eso no se me entiende, por eso no escuchas mis plegarias. Deberían haberme llamado sigilosa sombra en lugar de María. Las plegarias son como abismos. Me escondo entre los hilos del lienzo, impregno los rostros con el color de la melancolía , de la soledad, de amargura.

Nunca probé el sabor de un b eso apasionado. Rojo sobre negro, negro sobre rojo .¿Quién amaría este cuerpo deforme? Por eso no quiero espejos en la casa, para evitar el bochorno de verme reflejada en ellos.

Por esta soledad busco consuelo en las iglesias, en los museos, lugares en donde tampoco estas. Y camino sola mendigando distracción, consuelo… (continua retocando la pintura, la firma) María Blanchard, ese es mi nombre Señor. La que en sus pechos de agua oculta un suspiro. Aquella que aprendió a perfilar la espuma de las olas para mejor distinguir la línea del horizonte y apreciar con nitidez dónde termina el mar y dónde comienza el cielo. Abeja reina de los parques, consuelo de los mendigos y demiurga de las flores.

Confieso que no soy más que una pintora sin demasiado talento, una pobre mujer, que hubiera cambiado toda mi obra por un poco de belleza.

La sombra del cuervo avizora, Señor,¿ acaso tú no la ves? La sombra del cuervo avizora anunciando a la mujer-pájaro (habla para sí).

Craso error, María, craso error fue confiar que alguien podría amarte. ¿Señor, por qué has permitido que me quede tan sola? Te has llevado a Gris, a Angelina y Diego Rivera, mi adorado barrigón, se fue a México; mujeriego empedernido, maldito engreído, un niño grande, que según dicen, se ha unido a una jovencita, Fryda Kahlo. Gran error el mío, pensar que lo bello habría de ser justo y bueno a la vez, porque no es justo este cuerpo en el que vivo prisionera. Siempre ha anhelado la belleza plena y únicamente la hallé en la placidez del sueño de los niños. (tose) Cuando todo esto pase, Señor, la enfermedad, la tristeza…, si vivo, voy a pintar muchas flores, voy a escuchar la música de los violinistas mendigos de Montparnasse.  Y pasear por sus calles donde las luces son como luciérnagas gigantes que viajan en barco sobre las aguas del Sena.  Si vivo, voy a pintar muchas flores, flores misteriosas como el ave del paraíso, mitad pájaro y mitad flor.

 

 

 

 

 

 

REGENERACIÓN, por Eduardo Moreno Alarcón.

 


La tarde declinaba luctuosamente hacia un anochecer de lluvia. Algunas gotas aisladas y menudas chocaban contra el cristal, resbalaban y morían en el alféizar. Cercada por la penumbra, la luz de una lámpara iluminaba el ejemplar que Arthur Barrow leía acomodado en su sillón. Rumiaba el cirujano sobre el logro resumido en esas páginas: su triunfo en ciernes. Quimeras del pasado que adquirían consistencia material. Atrás los años de trabajo, de enclaustramiento, de frustraciones, de indagación casi febril, de vida asceta y solitaria. El gran laboratorio como celda. Tantas renuncias no importaban si alcanzaba un paso más. Era posible. Ahora, por fin, el doctor tenía certezas mensurables…

Resultados con cobayas extrapolables a humanos.

Las posibilidades terapéuticas que se abrían para la ciencia eran enormes.

Y él las mostraba sin ambages en su artículo, dado a la imprenta en la revista más prestigiosa del universo clínico.

La publicación, sin embargo, no tuvo el eco que el científico esperaba. Aquello fue un revés para el doctor. Inesperado, incomprensible, injusto. Su entusiasmo fue acogido con tibieza. Ni sus colegas ni la comunidad científica le dieron mayor trascendencia al hallazgo. Interesante, sí. Prometedor sin duda. Quizá aplicable en un futuro. Pero muy lejos de servir en un quirófano.

Sintió la mordedura de la rabia. Y de las dudas.

El doctor Barrow dejó a un lado la revista, se levantó y se sirvió un whisky. Ahora la fuerza de la lluvia estremecía los ventanales de la casa.

Durante un tiempo lidió con la envidia ajena y el silencio indiferente de los otros, sus reputados compañeros.

Arthur se conjuró a sí mismo para lograr el gran sueño y demostrar a esos ingratos su ceguera, su torpeza, su yerro. Acaso pronto, puede que incluso con el Nobel en la mano, esa pandilla de patanes se excusara por su falta de visión.

 

Esther llegó a consulta una mañana de cielo plomizo. Su apariencia era la de una mujer todavía joven. Al menos por las zonas de su cuerpo que dejaba al descubierto: las manos y una parte de la cara. En efecto, la paciente recubría medio rostro con un velo muy oscuro. Para mayor extrañeza, se dejó puesta una capucha en la cabeza. Tomó asiento frente a Barrow y lo miró fijamente con su ojo izquierdo de azul líquido.

Aquella mujer captó de inmediato el interés del doctor.

Esther, mujer instruida, había cursado medicina. Acabada la carrera se especializó en nefrología. Llegó a ejercer en clínicas privadas y más tarde en un hospital. Pero de pronto apareció su enfermedad. Los tratamientos invasivos. El miedo y la vergüenza. La horrible deformación en su organismo. Todo ello la obligó a abandonar su profesión, al tiempo que buscaba alguna cura a su dolencia. Y fue precisamente a consecuencia de esa búsqueda desesperada, contrarreloj, cuando topó con el artículo de Barrow.

El hecho era que Esther se convertía gradualmente, a causa de su mal, en una aberración biológica. Un monstruo orgánico. En uno o dos años,  según los cálculos de Barrow, de no poner remedio, esa terrible degradación abocaría en una muerte agónica.  

Esther sólo tenía una salida. Su vida estaba en manos del doctor. Si Barrow fracasaba, ella misma se mataría.

Arthur comprendió, como una revelación, que había llegado la ocasión que tanto ansiaba. Así se lo anunció a su paciente.

En sus trabajos precedentes, el doctor Barrow extirpó varios teratomas (tumor encapsulado con componentes de tejidos u órganos) y, de éstos, grupos de células fetales. Estas células madre, vitales en el desarrollo y crecimiento del ser humano, producen toda clase de mimbres orgánicos, cimientos biológicos: hueso, uñas, pelo, dientes, piel…

Fase siguiente, el cirujano inyectó dichas células en roedores amputados. El resultado fue asombroso: los animales lograron regenerar sus tejidos ausentes: patas, colas, orejas… Proceso mágico para un observador externo.

Barrow consiguió lo más complejo: poner orden en el caos del teratoma. Aisló los grupos celulares en función de su especialidad productiva.

Inyectada la dosis precisa, Arthur confiaba en la regeneración completa de los tejidos de su paciente, devolviendo a Esther su belleza perdida.

Al cabo de unas semanas, tras un post-operatorio controlado al milímetro, el cuerpo de Esther fue recobrando su vigor juvenil, su lozanía.

A la vista de su éxito, Barrow no cabía en sí de gozo. Esther, en efecto, lucía más hermosa que nunca. Su piel adquirió una tersura adolescente, sus curvas la turgencia de primera juventud.

Quizá por simpatía, quizá por gratitud, acaso por el lazo entre los dos, brotaron sentimientos amorosos. Médico y paciente se entregaron mutuamente.

Contrajeron matrimonio en el pueblo natal de la joven. Más tarde, tras unas semanas de viaje, feliz luna de miel, los Barrow se centraron en su ciencia, la medicina. Compartieron lecho y laboratorio. Esther volvió a ejercer su profesión.

Pasaron los meses. Lapso de dicha conyugal.

Una mañana, cuando Arthur despertó, halló a su lado, tendido en la cama, a un ser de pesadilla, deforme y retorcido, caótica amalgama de tejidos, urdimbre delirante de órganos: pelo, huesos, uñas, dientes… Su esposa trocada en horror…

Lo supo más tarde, cuando ya no había remedio. Sus colegas desconfiaban con motivo. Riesgos que Barrow ignoró.

Las células fetales, cumplida su labor reparadora, seguían creciendo, creciendo, creciendo, desprovistas de refreno y de control.

STENDHAL, por Pedro Pastor Sánchez



A Yolanda le sudaban las manos. Era su estreno en sala con público, y no podía evitar esa extraña sensación de vulnerabilidad frente a los demás. En su pensamiento la pequeña Sara, a la que tuvo que dejar en el jardín de infancia durante este nuevo período de su vida. Tras inscribirse en un curso de Artes Plásticas, el programa de inserción laboral le daba una oportunidad para salir adelante. Atrás quedaban los aciagos días de su difícil convivencia con Damián. Su historia de amor se truncó nada más anunciarle su inesperado embarazo. Luego, la forzada boda, más tarde las desavenencias conyugales. El día que le levantó la mano la primera vez, sujetó con fuerza su barriga, y le prometió a su hija nonata que nunca nadie le haría daño. La orden de alejamiento y el piso tutelado fueron su salvación. Dura vida para sus veintidós primaveras.

            —Vamos, que tú puedes —le animó Joaquina, mientras le colocaba el cuello de la camisa—. Si no muerden. Tú solo tienes que mirarles a la cara con un poco de mala leche y señalarles la raya en el suelo, verás como así dan un paso atrás. Y atenta a los japoneses, que se hacen los tontos y parece que no entendieran la palabra «flash».

            Joaquina sabía de lo que hablaba, no en vano llevaba casi veinte años recorriendo las salas del Museo del Prado. La labor de vigilancia le era innata, antes había trabajado en seguridad privada. Fue una de las primeras en conducir un furgón blindado, recorriendo sucursales bancarias. Nunca se arredró, y mira que en más de una ocasión los amigos de lo ajeno trataron de ponérselo difícil. El día que tuvo que usar su arma por primera vez se dio cuenta de que sería el último que ceñiría la cartuchera.

            El intercomunicador vomitó la protocolaria frase de cada mañana: «Personal, acuda a recepción». Allí les esperaba Benito, el jefe de vigilantes, más estirado que un palo, y con cierto aire de suficiencia les soltó la perorata habitual:

—Ni una sola foto en sala, seguimiento especial para los asiáticos, que no sueltan el móvil así los maten. Jero, todas las mochilas en las taquillas. Ya sabéis lo que pasó en el Rijksmuseum, no quiero salir en los periódicos. Y por favor, cuando las salas se vayan llenando, vamos moviendo al personal, con delicadeza, pero que circulen. Hoy tenemos varios grupos de escolares, no quisiera encontrarme algún que otro chicle donde no debiera estar, atentos a esas pequeñas manitas… —dijo mientras agitaba las manos en un gesto infantil que provocó una contenida hilaridad.

El personal se dispersó por el edificio. Benito se quedó mirando a Yolanda. Le espetó un «hazte cargo de la nueva» a Joaquina, y se marchó a paso raudo.

La mañana estaba siendo tranquila, Yolanda era la sombra de Joaquina —más bien su silueta estilizada, no conseguía quitarse esos kilos de más—, siguiendo sus consejos e indicaciones. Hasta que llegó el mensaje: «Stendhal. Repito, Stendhal en sala de Velázquez». La joven miró a su mentora con estupor, debía ser algún código interno que no le habían explicado.

—Anda, corre, ve tú, que yo no puedo dejar esta sala, mira como está de gente…

Atendió solicita a la petición, y con premura se presentó allí. Se encontró con un grupo de gente formando un círculo. En su interior, Jaime atendía a una joven de tez blanquecina, de mirada perdida y con ligeras convulsiones.

—¿Pero qué haces ahí parada? Vamos, dispersa a esta gente, esto no es una performance. ¿Y dónde coño está la camilla? —le espetó el compañero. Yolanda se quedó de piedra, sin capacidad de reacción. De inmediato llego Jero y se encargaron entre los dos de llevarla a la enfermería.

Más tarde, durante el descanso, la novata sorbía su café en silencio mientras escuchaba los comentarios.

—Hacía tiempo que no teníamos un Stendhal, ¿verdad? —comentó Jero mientras introducía las monedas en la máquina—. Menos mal que estabas cerca, Jaime.

—Si es que lo estaba viendo venir —contestó el aludido—. La guiri ya entró en la sala renqueante, la observé cómo se aproximaba a Las Meninas con los brazos extendidos, luego se los llevó a  la cabeza, y se puso a lanzar alaridos en su idioma. Empezó a agitarse, hasta que le dio el arrebato y se fue redonda al suelo.

—Yo estuve trabajando una temporada en Barcelona. Tal era la impresión que les causaba a los japoneses la Sagrada Familia que caían como moscas. La verdad es que aquello es acojonante de bonito…

—Nada comparado a las maravillas de Florencia —agregó Benito, que se unió a la reunión—. En mis años allí, anda que no vimos gente con el síndrome, salíamos a uno por semana, mínimo.

A Yolanda le parecía que hablaban en clave. ¿Qué síndrome era ese? No se atrevió a preguntar, pero debieron notar la extrañeza en su cara.

—Creo que deberíamos poner en antecedentes a la compañera, porque vaya susto se ha llevado, la pobrecita —dijo la veterana.

—Stendhal era un novelista francés —tomo la iniciativa Benito—, que en uno de sus viajes a Italia, en concreto a mi amada Florencia, quedó extasiado ante la contemplación de tanta belleza. En su periplo por museos, lugares pintorescos e iglesias, cuando salió de la Santa Croce, el hombre estaba tan emocionado que sufrió palpitaciones, mareos, incluso alucinaciones.

—Es lo que llaman «síndrome de Stendhal» —agregó Jaime—. No es muy habitual, pero hay gente que es especialmente sensible ante la contemplación de cuadros, esculturas, conjuntos arquitectónicos que puede tener idealizados. Y después de recorrer grandes distancias para ser testigos de esta belleza, su mente y su cuerpo reaccionan de forma descontrolada.

—Pero qué bien te explicas, maestro —apuntilló Jero, al que no le faltaba razón, porque Jaime era doctor en Historia del Arte.

Meses más tarde, con el aplomo infundido por la jubilada Joaquina, Yolanda tomó la iniciativa al recordar aquella primera lección:

—¡Atención, compañeros! Stendhal en sala de las majas.

lunes, 29 de marzo de 2021

EL ROMANTICISMO DE LOS AUTORES, por Esneyder Alvarez.

 



En el ayer pensaba que el romanticismo se veía solo en libros,

dónde la creatividad del autor era solo ficción,

ver dos personas que se encontrarán y se amaran eternamente era imposible.


Imaginar que las flores tuviesen un sentido diferente de alimentar al colibrí,

O que las figuras de las nubes no fueran solo animales u objetos sin sentido,

ni que lo mejor que te pudiera pasar en cada mañana es que no hubiera lluvia al salir. 


Pero llegó el día,

me diste tu amor,

sonreí cada mañana al verte a mi lado,

te di flores en cada primavera,

la nubes mágicamente dibujaban tu rostro,


Entendí que el romanticismo de esos escritores nacía en de su corazón,

y su princesa era la dama que los acompañaba,

Supe que no podían imaginar otra cosa que   la felicidad al lado de ella no fuera  eterna.