La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 29 de diciembre de 2020

EROS, DIOS DEL AMOR, por Consuelo Jiménez.

 



Parece que ya no hay música en el jardín,

que Eros no palpita en las flores,

que sus pétalos erguidos no conmueven.

Dime, que hoy, todavía queda brío en la membrana del deseo.

Dime, que cuerpo, hambre y sed, 

no son fríos acentos en esta lluvia de invierno.

No te vayas, Dios del amor, mar ardiente,

golpea fuerte con tus olas despiertas.

Cascabelea corazón, 

cántame y yo te canto.

Silba en la sombra, 

no te rindas en la sequedad de mis labios.

Te he amado tanto, 

que no cesan tus primaveras en mi perfume,

es tan bello reconocerme en tu canto,

y saberte caricia en mi arruga,

que morirme en tu adiós, es un sueño.






IFIS Y YANTE, por Carmen Hernández Montalbán.



 Mujeres de Esparta: mi madre de sangre, pues tuve dos, aunque sólo una me concibiera, fue guerrera en las campañas del Peloponeso. Ifis, que así se llamaba la que me trajo al mundo, hija de Ligdo y Teletusa, fue criada desde su nacimiento como un varón. Tan sólo tres personas conocían su verdadero sexo: mi abuela Teletusa, Demis,  quien la asistió  en el parto y Miles, su instructor.

Ligdo deseaba fervientemente un heredero, pero los dioses no atendieron sus súplicas y Teletusa dio a luz a dos gemelas. Mi abuelo montó en cólera y durante meses se negó a tocar a las niñas. Cuando mi abuela quedó encinta de nuevo, Ligdo hizo ofrendas a los dioses para que estos le favorecieran y, enojado, juró que si volvían a enviarle una hembra la abandonaría en el monte Taigeto.

Poco antes del nacimiento de mi madre, ocurrió una desgracia que afectó con contundencia a la familia, en especial a la abuela Teletusa. Las gemelas  murieron en el trascurso de una epidemia. Teletusa se culpó de este trágico episodio; la diosa Deméter la había castigado por traer al mundo a dos hembras, contraviniendo doblemente los deseos de su esposo.

Por aquellos días, Ligdo, general de las tropas de Esparta, fue llamado a las campañas. Teletusa, visiblemente afectada por la muerte de las gemelas, despidió a su esposo en un estado de gravidez avanzado. La niña nacería la madrugada siguiente a la marcha de Ligdo.

La parturienta agradeció en su fuero interno la marcha del marido, tal vez presintiendo el desenlace de aquel nacimiento. Cuando Demis puso en brazos de Teletusa el endeble cuerpecillo de mi madre, Ifis, se desató el nudo de llanto que había estado conteniendo durante los últimos meses de gestación. Viéndola la partera en tan lamentable circunstancia, se sentó junto a ella en el lecho, infundiéndole coraje. Juntas urdieron el plan que habría de determinar el destino de la recién nacida.

Así fue cómo Ifis, por acuerdo de las dos mujeres que la vieron nacer, fue criada como varón. Demis prometió no desvelar este secreto mientras viviese y aconsejó a mi abuela sobre los pasos a dar, una vez que la criatura tuviera edad para abandonar el gineceo.

En pocos meses Ifis redobló peso y estatura, sus cabellos eran ondulados, dorados como las espigas de trigo durante el estío y sus ojos azules como el Egeo. Teletusa y Demis permanecían unidas en la crianza. Mi abuela confiaba sus miedos a la nodriza, temía el momento en que su esposo regresara y pudiera sospechar del engaño, pues los rasgos delicados de su hija tal vez delataran la verdad. Demis, más fuerte y decidida, tranquilizaba a la abuela diciéndole que juntas encararían la situación en caso de que esto ocurriera. Tanto para los miembros de la casa como para los vecinos de Esparta, el general Ligdo había tenido el varón que tanto anhelaba y las noticias, tarde o temprano habrían de llegar hasta el campo de batalla.

Pasados dos años vino la paz de Nicias y Ligdo regresó a Esparta victorioso y anhelante de conocer a su vástago. La niña, adiestrada por Miles, se ejercitó desde que apenas se mantuvo en pie, fortaleciendo los músculos, demostrando gran destreza en el lanzamiento de jabalina de juguete o en la hípica, manteniéndose enhiesta en el caballo. La fortaleza y agilidad de Ifis, la convirtieron a los ojos de su padre, en el hijo que siempre había deseado tener.

Miles, que conocía el verdadero sexo de mi madre, siempre se mantenía en guardia y se cuidaba de que mi abuelo no tuviera contacto estrecho con ella que pudiera delatar, a través de este, la verdad. Organizaba campamentos con los alumnos y los mantenía alejados de los padres.

El período de paz fue breve y Ligdo volvió a la guerra contra los atenienses. Estos habían enviado una fuerza expedicionaria que atacó a los aliados de Esparta. Así transcurrían los años de mi abuelo, de batalla en batalla, hasta que mi madre fue destinada a la primera agrupación militar. Debía demostrar su fuerza y valía en la lucha cuerpo a cuerpo. Los cambios que experimentó Ifis durante el desarrollo, no revelaron su condición femenina, pues sus senos eran menudos y quedaban disimulados por el peto de la armadura y las ropas holgadas. Había desarrollado una fuerte musculatura en piernas y brazos. Lo que le faltaba en fuerza lo suplía su agilidad. Se destacó como soldado en la Guerra de Decelia, la etapa que daría fin a la contienda del Peloponeso y ascendió meteóricamente en la carrera militar.

Sucedió que el oficial Aristo de Argos se sintió atraído por mi madre, desconociendo este que se trataba de una mujer. Una noche, mientras ella dormía, se tendió en el mismo lecho y yació con ella, descubriendo con pasmo que era una hembra. Ifis le contó su historia e imploró al militar que no la delatara. Así, con aquel pacto de silencio, ambos mantuvieron una relación de amistad que fue fortaleciéndose con el tiempo, hasta que él murió en combate. Tras la muerte de Aristo, mi madre había alcanzado la edad de treinta años y sospechaba su embarazo tras dos ausencias del flujo menstrual. La liga del Peloponeso había destruido la flota de los atenienses en la desembocadura del río Egospótamos poniendo fin a la guerra. Muchas veces había reflexionado mi madre acerca de su afecto por Aristo, sin resolver si era amor o amistad entre camaradas lo que la unió a él.

Regresó a Esparta, encontrando a la abuela Teletusa muy enferma. Finalmente, el plan urdido por Demis había salvado a su hija de la muerte, pero el precio pagado fue alto, condenando a la abuela Teletusa a largos períodos de soledad. Ifis confió a Teletusa su angustia por la reciente preñez y el inminente regreso de Ligdo a la casa familiar. Una vez más fue Demis quien encontró la solución al complejo dilema: Ifis había alcanzado la edad para tomar esposa, era necesario celebrar pronto esponsales. La hija de Demis, Yante, unos años más joven que mi madre, fue la elegida. Ella, mi segunda madre, era la segunda mujer que había conseguido la victoria olímpica; una mujer extraordinaria que destacó como atleta. Ifis, nada más conocerla, se enamoró de ella instantáneamente. Ellas me enseñaron cuanto sé, fundaron la escuela en la que seréis instruidas como deportistas y guerreras. Nací el mismo día que murió mi abuela Teletusa, de ella heredé su nombre. Soy hija natural de Ifis y Aristo e hija espiritual de Ifis y Yante. Sabed, mujeres, que vuestra condición femenina no os impide alcanzar la gloria reservada injustamente a los varones. Se acercan las gimnopedias, hoy aprenderemos, al igual que los muchachos, la danza pírrica, y el día de las festividades rivalizaremos con ellos, por eso ¡bailad, bailad!.

 

SIEMPRE ROMA, por Esneyder Álvarez.

 



 

Su fuerza era incomparable,

su orden en batalla intachable

su  hegemonía indudable,

 

Roma a tus pies el mundo,

tus legiones eran respetadas,

tus conquistas fascinantes,

 

Roma tu error la codicia

tu muerte la tradición

tu nombre eterno.

 


FRINÉ, por Pedro Pastor Sánchez.

            


Friné accedió al Areópago tratando de evitar que sus pies desnudos se posaran sobre los charcos creados por el agua purificadora que se esparcía en aquel lugar sagrado antes de cada audiencia, una forma simbólica de recordar a los litigantes que solo la pureza podía acceder al recinto.

            Siguiendo los consejos de Hipérides, a la sazón amigo y amante, cubrió completamente su voluptuosa anatomía únicamente con una túnica ligera, debía presentarse ante los miembros selectos de la Heliea como una persona humilde y arrepentida. Se giró hacia el jurado y escrutó a aquellos hombres, elegidos mediante sorteo, que decidirían su suerte. Su vida estaba ahora en manos de unos hipócritas. Reconoció a muchos de ellos, que no habían vacilado, en más de una ocasión, en compartir su lecho, en dejarse llevar por sus bajos instintos, en engañar a sus mujeres, desvalijando sus alhajas que, convertidas en óbolos, les permitirían una noche más de lujuria junto a la hetaira, la más cotizada en su profesión en toda Grecia.

           

Hipérides tenía fama de gran orador. Además ejercía habitualmente de logógrafo jurídico, por lo que conocía a la perfección la ley de Solón, que regía en forma de justicia popular. La acusación contra Friné era muy grave. Eutías, poderoso ciudadano, movido por el despecho, la había acusado de impiedad, uno de los delitos más graves, pues suponía una ofensa contra sus dioses —el mismo Sócrates decidió usar la cicuta para viajar junto a Caronte, y así evitar el escarnio público ante idéntica acusación—. Por eso, era muy importante mostrar a su defendida como una persona devota, respetuosa y activa colaboradora en actos rituales consagrados a la mayor gloria de sus divinidades. Comenzó su parlamento con una retahíla de oraciones públicas, ofrendas y sacrificios en los que Friné se había dejado ver por el ágora de forma habitual, dejando clara su predisposición a ser partícipe de estas ceremonias, fiel testimonio de que sus creencias eran firmes.

Ante el murmullo de la audiencia, continuó alabando las bondades de Friné como buena hija, hermana, y en el futuro, madre de algún joven y bravo ateniense que estaría dispuesto a sacrificar la vida por su patria. Prosiguió su alegato con gran elocuencia —ni su propio maestro, Isócrates, lo hubiese superado—, tratando más de conmover que de convencer al duro jurado. Aun así, la crispación en la grada fue en aumento, se alzaron voces críticas, también algún que otro exabrupto de los más exaltados. Tuvo que contenerse para que su declamación no resultase ofensiva, los ánimos estaban encendidos, así que recondujo su discurso, que en ningún momento resultó ampuloso, manteniendo la vehemencia en su defensa.

 

Friné se dio cuenta de que no habría forma de convencerles. Por un momento le pareció atisbar, agazapada entre las sombras, el semblante de Átropos, la Moira, que tensaba la hebra de la que pendía su vida, decidiendo el momento en el que ésta sería cortada, enviando su alma al reino de Hades. Su desasosiego fue en aumento, y comenzó a agitarse cual mariposa tratando de desembarazarse de su crisálida. Ese mismo pensamiento debió pasar por la mente de Hipérides que, ante la evidente falta de empatía de sus conciudadanos, decidió apelar a la kalokagathia, ideal del virtuosismo heleno, unión, y no suma, de lo bueno y lo bello.

Se aproximó, y ciñendo su cintura con ambas manos, le preguntó lanzando un susurro: «¿Confías en mí, mujer?». Apenas musitó una respuesta afirmativa, viéndose sorprendida por el ímpetu con el que el ateniense le arrebató su ropaje.

No era la primera vez que la anatomía de Friné se mostraba en público en su máximo esplendor, era habitual verla en la fiesta de primavera, alzando sus brazos al aire cual Afrodita renacida —el mismo Praxíteles quedó prendado de su excelsa belleza y la tomó como modelo para la estatua que esculpió en honor a la diosa—. El nombre por el que era conocida, Friné, significaba «sapo», apelativo derivado del singular color amarillento de su tez; su verdadero nombre, Mnesaréte, caprichoso requiebro del destino, significaba «conmemorando la virtud».

 

La radiante desnudez de su piel creó una gran conmoción entre los miembros del jurado que, lejos de escandalizarse, no pudieron evitar posar sus masculinas miradas sobre tan maravillosas formas, sublime estética, equilibrio más rayano a lo divino que a lo humano.

Fue en ese momento de clímax cuando se alzó la atronadora voz de Hipérides:

—¿Quién de vosotros será el primero en condenar a muerte a un ser tan hermoso? ¿Os vais a atrever a privar al mundo, a los propios dioses, de la contemplación de esta obra divina? ¿No estaría la misma Afrodita orgullosa de transmutarse en cuerpo tan perfecto? ¡Piedad para la belleza!

La última frase resonó entre las columnas, pero también en la conciencia de los jueces. Algunos, con respeto reverencial, antes de abandonar el Areópago inclinaron su cerviz ante la sierva de Afrodita.

ANTIGONA O EL DERECHO A DESOBEDECER, por Dori Hernández Montalbán.

 



Antígona aparece en el campo de batalla, busca el cadáver de su hermano, Polinices para darle sepultura. El líder de Tebas, Creonte, ha promulgado una ley por la que prohíbe dar sepultura al cadáver de polinices. Los centinelas vigilan escondidos, la apresan y llevan a la presencia de Creón.

Antígona: Pobre pueblo de Tebas, edificada sobre el abismo, sostenida sobre el oprobio y el crimen; cuyas raíces alimentamos con nuestra propia sangre. Pobre de ti Tebas inmortal, que reclamas más y más sangre. ¿Cómo calmar tú insaciable sed? Pobre Polinices, hermano mío, muerto y aún escarnecido en el campo de batalla ¿No escuchaste, el lamento de una misma sangre en pie de guerra, en cruenta  lucha fratricida? Pobre Creón, ¿colmas de honores póstumos al vencedor y sometes a escarnio al vencido, aún después de muerto? ¿Quién crees ser rey Creón? ¿Eres acaso más que los dioses? Una misma sangre midiéndose, espada contra espada, hermano contra hermano, guerreros ambos de una misma estirpe. ¡Pobres Tebanos presos del miedo!

Creón: ¿Dónde la hallaron? -Dirigiéndose a los centinelas.

Centinela: Cerca de donde se libró la batalla, Señor.

Antígona: En el campo de batalla, claro. Dando digna sepultura a mi hermano Polinices; lastima no haber tenido una espada para defenderme…

Creón: ¿Acaso desconocías la ley promulgada?

Antígona: La conocía, si, pero ¿cómo acatar ley semejante sin traicionarse a uno mismo sin desobedecer otra más antigua, sagrada y justa por la cual estamos obligados a dar digna sepultura a nuestra  misma sangre? No podía dejar el cuerpo de mi querido hermano expuesto a la salvaje voracidad de las aves carroñeras. Mi conciencia se rebeló contra esa ley abominable. La razón está conmigo Creón, y resplandece como el sol. Lo que ha de ser en justicia, legitima mi desobediencia. Esta ley es una cuestión de tiránico poder. No hay ley promulgada por Creón que no venga anunciada o precedida por la muerte. -Esto último hace que Creón se levante del regio asiento.- Yo, Antígona, hija de Edipo, siendo aún muy niña acompañé a mi padre al exilio. Acompañé a aquel hombre ciego y enfermo, con el que sufrí interminables jornadas de hambre y frío. Caminamos errantes al arbitrio y el azote de los vientos. Hubo gente que nos acogió y otra que nos vapuleó, pero aprendí algo fundamental, y es que la tierra no pertenece a nadie, ya sean reyes, esclavos o guerreros. Sufrí duras vigilias, escuchando los terribles delirios de un hombre atormentado por la culpa. Aun hoy me siento como aquella niña errante que sostuvo la culpa de su padre, Edipo, el rey mendigo, aquella que a un tiempo lo condenaba y lo salvaba del averno. ¿Acaso crees rey Creón, que todos los tebanos están contigo? El miedo semeja la sombra de de un perro salvaje que nos va devorando poco a poco las entrañas hasta paralizarnos. Cuídate rey Creonte de la sombra de ese miedo que alimentas. Yo, Antígona hija de Edipo, voy hacia la oscuridad que me cubrirá con su luz última, continuaré lamentándome de mi azaroso destino, mientras mi alma se derrama ensangrentada, pero mi rostro permanecerá erguido y orgulloso. Adiós ciudad de Tebas, habitada por el horror y la muerte.  La muerte me hallará serena aunque mi sacrificio también sea inútil. Ella, la implacable, no cesará de reclamar vidas hasta que esta especie invasora del hombre se extinga.

 

 

domingo, 29 de noviembre de 2020

EL HOMBRE TRAS EL VAMPIRO, por Eduardo Moreno Alarcón.

 


 

Hoy mismo pondré fin a mi existencia. Sin nadie que me llore. Sin nadie que lo impida. Solo y sin testigos, no cabe otro final. Es mi deseo. ¿A qué alargar esta agonía, esta zozobra, este hondo abismo sin salida? Ya es tarde para todo. Dentro de mí sólo hay vacío. Un agujero inabarcable de creciente oscuridad.

Aquí terminan mis palabras; mis tristes letras fracasadas. Ya no habrá más. Al mundo no le importará. Seré una baja más, anónima. Quizá alguien me llore, acaso Mary. Mary, ella sí tiene talento. Su Frankenstein es una obra maestra. Una novela fascinante. Le deseo la mejor de las suertes. Se lo merece. Ojalá consiga el premio que yo nunca lograré: afecto de lectores.

En cuanto a mí, ya nada queda del poeta malogrado. Muy pronto seré pasto de gusanos, humus de malvas, olvido de los siglos y del arte. Mi vida, chispazo fugaz, tallo tronchado. La biografía de una víctima.

Cruel paradoja, el causante de mi caída es aplaudido en todas partes. Goza de fama y de prestigio por doquier. Gloria presente y futura, no albergo dudas al respecto. No faltarán nunca alabanzas a su lado, en vida o tras la muerte. Sus obras ganarán honra y aplauso con el paso de los años, y serán inmortales… ¡Maldigo el día en que el destino me cruzó con Lord Byron! ¡Él! ¡Él es la causa de mis males!

Durante cinco largos meses, yo fui su médico privado. Sin embargo, aun  doctorado con honores, mi verdadera aspiración era labrarme una carrera literaria. Parecerme a los autores que admiraba. Y entre ellos, por descontado, estaba Byron. El más excelso. Los hados del infierno nos cruzaron, cuando me puso a su servicio. ¡Yo, acompañante del gran genio en su periplo por Europa!

Muy pronto, empero, la dicha del comienzo fue tornándose amargura.

Me trató como un bufón, una diana en que clavar todos sus dardos de ponzoña. Cualquiera de mis versos era objeto de sarcasmos e ironías. No desaprovechaba la ocasión para humillarme, a ser posible en público. Cinco meses eternos, devastadores. «Pobre Polidori», «pobre muñequita», repetía. Así me torturaba diariamente con desdén.

Siempre era el blanco de sus burlas. Las bromas, tan a menudo festejadas en los clubes. No contento con eso, también arremetió contra mi ciencia.

¡Así pagó mi admiración y mis cuidados el gran lord!

¿Qué lazo odioso me unió a él? ¿Por qué no corté el nudo que me ahogaba? ¡Qué imbécil! ¡Qué falto de coraje y de visión!

Él será inmortal, sí. Tan inmortal como el Lord Ruthven de mi cuento, ese vampiro sanguinario tras la máscara de gentleman. Pretendieron cuestionar mi autoría atribuyéndosela a él. Hasta eso quisieron arrebatarme.

Pero no. No pudieron. Ese fue al menos mi desquite. Mi venganza en la ficción.

Del resto de mis textos poco o nada quedará… Fracaso tras fracaso, pisoteado por el genio. Amadas letras sin pena ni gloria.

 

No tengo fuerzas para más. A mis veintiséis años, decido bajar el telón. No hay vuelta atrás. Todo está listo. El vaso con ácido prúsico. Me iré tal como vine, discretamente, sin hacer ruido. ¿Mi familia? Ellos querrán borrar a toda costa cualquier rastro del escándalo. Que no manche su nombre.

Es la hora. Ruego a Dios no envíe a Lord Byron al infierno.

Sólo así podré salvarme.

HOMO, por Marien González Rozas

 


 

Érase una vez que se era, homo sapiens. Anduvo por la prehistoria de acá para allá (nómada lo llamaron después)buscando comida y refugio.

La naturaleza le proporcionaba cuanto necesitaba, aunque vamos a ser realistas, esto no siempre era así. Escaseaban los alimentos, básicamente los animales que compartían territorio y los frutos que colgaban de árboles y arbustos. El hambre y el frío le hacían moverse.

Más tarde se civilizó, así lo denominaron. Todo porque aprendió a cultivar la tierra y domesticar a los animales. Pues bien, todo esto lo hacía homo sapiens con otros como él, en grupos, tribus, familias…

Esto ya es la Historia, porque dejaron notas escritas en piedras, tablillas, pergaminos. Seguían en grupo. Se mataban o se amaban, o se odiaban, pero siempre juntos.

Su inteligencia les hizo buscar mejoras, hacer la vida más cómoda, pero esto tuvo un coste: ya no había equilibrio entre los homos y el resto de seres vivos. Para mejorar, ellos masacraron y utilizaron a plantas y animales.

Los homo seguían funcionando como sociedad, más o menos avenida, porque las diferencias entre unos y otros pronto se hicieron muy patentes: ricos y pobres, mujeres y hombres…pero juntos.

Su característica esencial, según dejaban en sus escritos, era «seres sociales», seres emocionales, dependientes unos de otros. Lloraban, reían, se abrazaban…juntos siempre.

Ha pasado a la Historia, personaje histórico, sí, este homo, y todo por un organismo microscópico que invadió sus cuerpos y los hizo enfermar.

Ese microorganismo se transmitía de un homo a otro, así que dejaron de ser «seres sociales», se encerraron, se embozaron, dejaron de abrazarse…

El resto de compañeros de planeta seguían su vida como si nada, bueno, en realidad liberados.

Por eso yo,homo, sigo viendo las bandadas de estorninos cruzar el cielo al atardecer. Los veo a través de un cristal o detrás de una máscara y siento como si la naturaleza nos estuviese castigando por tantos siglos de desequilibrio.