La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 25 de octubre de 2020

EL SOL NO HA MUERTO, por Consuelo Jiménez.



Entre flor y flor, los pasos son colmo de incertidumbre,

polvo, humo, nada.

Desde la ingenuidad, con engaño, buscamos la reposada belleza

de las flores,

el gozo de su perfume,

el matiz tribal de sus pétalos.

Tal vez, inventar violetas enraizadas en desabrigados oasis,

o hallar entretelas de ternura, 

humildes margaritas bordando los hilos del viento. 

Y ¿Por qué no?

Hurtarle al alba sus rosas, silentes y palpitantes,

o adornar los atardeceres con someros jazmines. 

Aunque de sol a sol, es tiempo de espanto, 

hay un avispero de máscaras transitando a solas.

Grotescas caretas inmolando los gestos.

Semblantes impenetrables,

cejas confinadas al abismo,

monstruos de ásperas miradas aprisionadas.

¡Ah! las venas desiertas de sueños,

inmersas en ese olor oscurecido que escupe la tristeza,

fecundando mansa paciencia.

¡Ah! las flores, las flores nuevas,

infalibles hijas del sol, sol que no ha muerto.


sábado, 24 de octubre de 2020

FLORES IMPERFECTAS , por Gloria Acosta.

 



Leyó de nuevo la nota.

La megafonía anunció la salida del vuelo. Aún estaba a tiempo de echarse atrás.

¿Seguro que es de mi padre?

Su tía no respondió. La letra infantil y temblorosa lo delataba. Veinte años esperando aquella llamada.

Vuelve.

Solo una palabra y con ella el recuerdo de un destierro, una mano encallecida cerrando una puerta y una madre temerosa tras los cristales. Luego el mar bajo las alas, la isla perdiéndose, desapareciendo entre el desarraigo y la rabia, y más tarde aquella tierra árida, desconocida, inquietante.

 

Y ella

Todavía es un niño, no te lo lleves al campo tan temprano.

Y él

Que se deje de florecitas y trabaje como un hombre.

Y ellos

Tu mujer lo tiene amariconado, tráelo con nosotros al bar.

 

El avión se elevó y tendidos quedaron la ciudad, su velo turbio, la gran meseta. Cerró los ojos con intención de dormir las dos horas y media. No quería pensar, arrepentirse.

 

Y él

Deja el jardín y ayúdame con los sacos.

Y ella

Me está preparando los ramos.

Y ellos

A quién habrá salido ese chico.

 

El zumbido soporífero le trajo una entrevela donde los pensamientos se sucedieron sin más propósito que fastidiar al sueño. Analizó sus sentimientos en busca del resquemor de los primeros años fuera de casa, quizá con la intención de acorazar el regreso, de no claudicar ante el viejo, pero solo encontró el vacío de un silencio mantenido en el tiempo, un pozo que no merecía dragar. El recuerdo de la noticia de la muerte de su madre consiguió suscitar un momento proceloso que apartó de inmediato con un trago de agua.

El comandante anunció la aproximación al aeropuerto y deleitó al pasaje acerca de las bondades de la isla que estaban a punto de pisar. Fue en ese momento cuando reconoció el temblor en las piernas y la opresión en el estómago. Los perfiles de su infancia  se abrieron sobre el mar añorado.

 

Y ellos

Ven  guapito que tenemos una diadema de flores para ti.

Y él

Mañana arrancaré el jardín, quiero ampliar la huerta.

Y ella

¿Para qué quieres más frutales?

 

Luego los años sin flores, sin risas, sin espejos.

Recogió su equipaje y vomitó en el váter.

Mandó parar el taxi al comienzo del camino que el tiempo había transformado en asfalto.Quería recorrer los últimos metros a pie, necesitaba respirar, tranquilizarse. Pensó en las cosas que diría, en los reproches que esperaban en la recámara de un tiempo inane.

A medida que el paisaje se volvía familiar la memoria jugó unas cartas inesperadas. Aparecieron los juegos, la guataca horadando la huerta, los sacos de papas sobre los hombros, el mar bravío del norte enredado entre los brazos del hombre fortaleza, el padre protector.

Giró en el último recodo y divisó la casa.

 Se detuvo.

 Soltó la traba del pelo y sacudió su cabellera; alisó con premura la falda y dedicó una mirada rápida a su cuerpo. Había dudado en qué ponerse, pero la imagen que desde hacía tiempo  reconocía de sí misma le infundió la seguridad que necesitaba en el escaso metro que la separaba de su infancia.

De pronto le sorprendió el jardín. El esplendor de los años entre las flores derrumbó el último muro. Y allí, en la puerta, apareció él. Pequeño, viejo, frágil, sonriendo con un ramo de estrelitzias.

 

 

LAS SEÑORITAS DEL BALCÓN, por Alicia María Expósito.

 



Creo que ya lo he referido en varias ocasiones: los primeros años de mi infancia fueron muy solitarios. Mi madre, que ya había perdido tres hijos, nos sobreprotegía a mi hermano y a mí, presa de un miedo constante a que cualquier día pudiese ocurrirnos alguna desgracia . Hasta los cinco años,  cuando inicié mis días escolares, yo apenas tenía ocasión de jugar con niños de mi edad. No por eso fueron años tristes. De hecho, en aquel tiempo se forjaron los mejores recuerdos de mi vida. Crecí rodeada de mimos, abrazos cálidos, nanas, coplas, cuentos a la hora de dormir, los libros de la habitación de mi hermano y las historias de guerra y martinicos que el abuelo me contaba, cuando venía a visitarnos los domingos después de misa de once.

Supongo que sin saberlo aún, por aquellos días empezaron a despertarse en mí el gusto por los libros y mi afición a inventar historias y versos.

Fui una niña con una imaginación prodigiosa y la falta de compañeros de juegos la suplía inventando escenarios dentro de mi casa, en los que bien podrían transcurrir aquellas historias que me contaban los mayores y que tanto me gustaban.

Mi lugar favorito, sin duda, era el desván. Los días nublados o lluviosos se convertía en la cueva de una bruja; con su enorme nariz, su verruga, su vestido negro y su escoba siempre detrás de la puerta. Por suerte, cada vez que subía a su cueva, ya me había ocupado de que la susodicha  hubiese salido al bosque en busca de hierbas y sapos. No me gustaba nada la idea de poder encontrarla, “por si acaso”  más que nada. Los días soleados, el desván se convertía en el torreón de una princesa que vivía rodeada de tules golosinas y tiovivos.  Pero la mayor parte de las veces, aquel desván, era la guarida de unos feroces piratas, escondite seguro para sus tesoros  conquistados a lo largo y ancho de los siete mares. Yo disfrutaba buscando por todos los rincones de aquella guarida lo que imaginaba monedas de oro:  y que no eran sino los botones de mis tías,  costurares en su juventud y que estaban esparcidos por todas partes. Pero lo que más me gustaba eran las fotos antiguas en blanco y negro de personas desconocidas para mí y a las que, inventándoles nombres y vidas, les convertía en protagonistas de mis historias increíbles.

La casa tenía un patio de luces, muy pequeño,  donde estaban todas las macetas de “pilistras”. En verano, a la hora de la siesta, el patio se convertía en una colina llena de pastos verdes, pastos que alimentarían al mejor rebaño de ovejas. Y …¿quiénes asumieron ese papel?...los caracoles. Pues si. Me convertí en la mejor pastora de caracoles. Los recogía las pocas veces que salía al campo con mi padre o mi abuelo. Recuerdo que una vez traje a casa unos cuantos que debían ser muy católicos, pues se tomaron al pie de la letra aquello de “creced  y multiplicaos”. A las pocas semanas el patio se llenó de caracoles que devoraban las hojas de las macetas en menos tiempo que decir amén. Mi madre, muy enfadada, recolectaba mis pequeños inquilinos, e incapaz de matarlos, los soltaba callejón abajo abandonándolos a su suerte. Pero poco les duraba la escapada, pues yo, al primer descuido,  los devolvía a sus soleadas praderas, dando gracias a Dios o a quien fuera  que mis pequeños amigos no tuvieran condición de galgos, pues no hubiese sido posible devolver a su lugar a mis “inquilinos forzosos”. Entre idas y venidas, erradicar aquella “invasión caracoril”  le llevó a mi pobre madre bastante tiempo, casi tanto como el que llevó acabar con  aquellas famosas plagas de Egipto.

Otro de mis lugares favoritos de la casa era el balcón, habitado por geranios de varios tipos y colores, además de una enorme hortensia y una pequeña maceta de claveles rojos. Los domingos de invierno, solo los que hacía sol, cuando mi madre  lo dejaba abierto por la mañana, el balcón ya no era  el balcón y se convertía, por arte de birlibirloque, en un hermoso salón de té. Allí acudían las señoritas más distinguidas del pueblo. Efectivamente, el geranio de color rosa era la señorita Isabel; el rojo, la señorita Paquita y así hasta tres o cuatro señoritas más cuyo nombre no alcanzo a recordar. Todas ellas muy distinguidas y de muy buena familia,  se presentaban ataviadas con pamela,  sombrilla y preciosos guantes de encaje. Siempre las acompañaba doña Hortensia, tía de la señorita Paquita, a la que por cierto, el chocolate con bizcochos había “estropeado” visiblemente su figura. Yo, como buena anfitriona, las recibía también con un hermoso vestido de domingo ( que no era sino el delantal de mi madre que por aquellos días me llegaba a los tobillos). . Pasábamos el rato conversando de cosas muy elegantes y muy finas. Llegada la hora de comer el encantamiento se esfumaba, como aquel del cuento de Cenicienta, y todo volvía a ser lo que realmente era.

A los cinco años, cuando empecé a ir al colegio, mis entrañables amigos se fueron quedando atrás , mezclados con innumerables recuerdos infantiles. Aunque es cierto que de vez en cuando, vuelvo a encontrarme, por casualidad, a la señorita Paquita o a doña Hortensia, a quienes  siempre dedico un afectuoso saludo impregnado de sol de domingo.

¡SSS!, por F. Javier Franco.

 


 

Florecen los silencios en otoño

Laureados por las hojas caídas

Otras son las arenas que se orillan

Riberas de murmullos del insomnio

 

Después de tanto sueño escabullido

Esperan los relojes descordados

 

Un intento de vida en desamparo

No podrá devolver aliento al detrito

 

Dando firma al recibo

Iniciático viaje de un suicida

Arrojado al abismo por propia ira

 

se marchitaron todas esas floreS

que se vistieron como coronaS

silencio – más silencioS

FLORENCIO, por Pedro Pastor Sánchez.

 


A veces me cuesta recordar mi nombre.

En cambio, acuden a mi memoria, tan claras, tan nítidas, imágenes de mi niñez. También aquellas fragancias que me atan a mi pasado. Nunca olvidaré el día que falleció mi abuela. No ya por la tristeza de familiares y allegados, sino por el embriagador perfume de las cientos de flores, fuera en ramos o coronas, que acompañaron al féretro hasta su última morada. Desde entonces, nunca han faltado las flores en su ineludible cita otoñal.

El viento remueve las hojas secas del camposanto mientras las familias se afanan en adecentar las frías lápidas. Las flores secas son reemplazadas por revitalizados ramos, vivos colores vuelven a adornar nichos y columbarios.

Terminada la ofrenda floral, sigo a mis progenitores hasta el vetusto automóvil. El mismo en el que mi padre me enseñó a conducir. La pestilencia a tabaco apenas se percibe, solapada bajo el aroma de las flores. Mi madre las mira con calma, y recoloca los tallos de crisantemos, lirios, gladiolos y rosas hasta conformar el poblado ramo a su gusto. Mi padre, nervioso por la ocasional ausencia de nicotina, mira insistentemente por el espejo retrovisor pero, por más que busca, nuestras miradas nunca llegan a cruzarse.

El tráfico es denso en las proximidades del cementerio, cual febril hormiguero en plena efervescencia. Mi padre gira a la derecha y enfila la desgastada carretera que lleva a los prados. La misma que, en el otro extremo, conduce a su pueblo natal. Él la conoce a la perfección, cada cambio de rasante, cada curva, cada señal. Los viajes de los primeros años fueron de noviazgo e ilusiones; los siguientes, de fiestas patronales, de comidas familiares.

Yo también serpenteé por la vía a menudo, las más de las veces abstraído en mis pensamientos infantiles, o buscando pareidolias en las nubes. Solo compartí el asiento de atrás con bultos y maletas, nunca tuve un hermano con el que jugar.

Una fina lluvia comienza a caer. El trayecto se desarrolla en silencio, solo interrumpido por el batir cadencioso de las escobillas sobre el parabrisas. Apenas un sollozo escapa de la garganta de mi madre cuando el vehículo comienza a decelerar. Puedo notar como los latidos de su corazón, por el contrario, se aceleran. En un pequeño arcén de tierra, junto a los árboles de una curva cerrada, estaciona el utilitario. Mi madre rompe a llorar antes de abrir la puerta. Nunca llegó a entender por qué ocurrió aquello.

Recorren unos pocos metros por la dehesa hasta buscar el cobijo de las frondosas ramas de un enorme ejemplar de alcornoque. Su tronco retorcido y semidesnudo muestras las heridas del descorche. Pero también otra laceración bastante más reciente, hendidura horizontal, cual tajo de hacha, a poco menos de un metro de altura.

Mi padre se detiene a cierta distancia. No puede contener las lágrimas que brotan a borbotones. Cree que su regalo, gris metalizado, estaba envenenado. Mi madre, compungida, retira las flores mustias, las que puso aquel día infausto, y las reemplaza por el aromático ramo.

Resignado, observo la escena. No puedo mitigar su dolor ni reconfortarles. En cierto modo, me siento culpable de su sufrimiento. Debí ser más prudente. La impericia al volante y el exceso de alcohol acarrean trágicas consecuencias. Apenas puedo retener estos recuerdos en mi memoria.

Me marcho. Mis pies no rozan las caídas bellotas ni los diminutos cristales, vestigios de lo que ocurrió aquella noche.

Como un eco lejano, oigo las descarnadas palabras que pronuncia mi madre: «Te echamos tanto de menos, Florencio, hijo mío…».

A veces me cuesta recordar mi nombre.

martes, 20 de octubre de 2020

DRACULA SIMIA, por Alejandro Rodríguez Tárraga.

 


-¿Y bien, chaval? ¿Te gusta o qué? -preguntó mi tío, cruzando los brazos y sacando pecho frente al resto de la familia- Es chula, ¿a que sí?

-Es… Interesante -dije, mirando, todavía sorprendido, la planta que tenía delante-. Parece que tenga…

-¡Si! ¡Tiene cara de mono! ¡Es la monda! -gritó mi tío, estallando en carcajadas- ¡Y aún no has oído cómo se llama!

-Ah, ¿que tiene nombre? -pregunté, incapaz de quitar los ojos de encima de aquella orquídea tan extraña. Tenía un agradable aroma, como a naranja, y los tres pétalos que formaban la flor, que colgaba de un largo y estrecho tallo, ocultaban en su interior una unión de hojas y más cosas que no supe nombrar en aquel momento que le daban el aspecto exacto del rostro de un simio. En aquel momento la planta tenía solamente una flor, y por el resto, lo único más resaltable del regalo era la maceta, una rejilla metálica cuadrada, por la que se asomaban raíces y tierra.

-¡Sí! Me lo dijo el de la tienda. Se llama, atención, familia… Dracula Simia. ¡Como el vampiro! ¿Lo pillais?


El resto de la familia apenas aportó una sonrisa nerviosa ante aquella gracia. Lo de vampiro era una gracieta que no me había terminado de gustar nunca. A los veintiséis años sufrí un accidente de coche. Pasé un par de semanas en coma y al despertar me di cuenta de que era incapaz de salir a la calle. En los tres años que han pasado desde entonces, algunos miembros de mi familia lo han sabido aceptar, pero otros, como el tío Alfonso, no. Creen que con un par de bromas y un sal, que no pasa nada, hombre, si quieres voy yo contigo, que no te va a pasar nada se soluciona el tema. El pináculo del humor llegó el día que me nombró Drácula, por no poder salir a la calle ni ver la luz del Sol.

-Hilarante, Alfonso -respondí en voz seca y cortante-. ¿Qué hace falta para cuidarla? ¿Te han dicho cada cuánto tiempo hay que regarla?

-Pues por lo visto es muy señorita, la Draculina. Si le da la luz mucho rato se muere, no puede pasar ni mucho frío ni mucho calor, y si no la riegas dos veces al día, puede morirse en un par de horas.

-Joder -dije-. Además de la planta, me has regalado una responsabilidad de tres pares de cojones.

-Ea. ¿Es que tienes algo más que hacer aquí dentro? -rió de nuevo, golpeando con el codo a mi tía, que se lo quitó de encima de un empujón.

Nos comimos la tarta y poco a poco, mis familiares se marcharon. Me disculparon que no les acompañase hasta la calle, cosa que Alfonso no desperdició en resaltar, de nuevo entre risas. Apagué las luces, e iluminado únicamente por la pantalla del ordenador, investigué sobre la Dracula Simia. Me abrumó la cantidad de cuidados que requería, pero sus flores me habían resultado tan interesantes que me decidí a cuidarla. Pedí por internet un humidificador y le busqué un hueco en el sótano de la casa, como recomendaba la web. Aquella noche la aguantó sin el humidificador, pero la flor parecía haberse marchitado un poco. La cara del simio parecía, incluso, estar triste.

Pedí también una maceta más grande, y un dispensador para regarla bien. Varias veces al día me sorprendía bajando al sótano a verla y cuidarla. La web recomendaba que no hubiese mucho movimiento cerca de la planta, puesto que era capaz de sentirlo y eso la marchitaba. Pero no podía evitarlo, era algo hipnótico. Como el mismo Béla Lugosi en aquella película, la Dracula Simia me atraía a ella, y me obligaba a proveerla de líquido vital.

Al menos, era amante generosa. Poco tardó en florecer de nuevo, y seis nuevas cabezas se sumaron a la primera. Ocultas entre las hojas alargadas de la planta, la imagen que ofrecía bien parecía la de una selva de primates, que asomaban entre las ramas.


Dos alarmas tenía puestas en el reloj despertador de la mesilla de mi cuarto, para avisarme de su hora de beber. No las necesitaba, en realidad, pues el cuerpo ya, a fuerza de la costumbre, me lo pedía. Minutos antes de oírla sonar, ya me ponía en pie y preparaba el agua desmineralizada. Las únicas excepciones a esta regla eran las noches que me tocaba trabajar. Por culpa de mi enfermedad, teletrabajaba desde casa, brindando asistencia informática a empresas. Terminaba mi jornada a las seis de la mañana, dormía tres horas y entonces bajaba a regarla, solo para esperar de nuevo a la llegada de la tarde en que pudiera bajar de nuevo.

La desgracia ocurrió hace una semana. Terminada mi jornada nocturna, había entrado en la cama pensando en mi Dracula Simia. Deseaba poder bajar en aquel mismo momento y regarla, pero tenía miedo de ahogarla y agobiarla- Y así, pensando en ella, logré conciliar el sueño.

Cuando volví a abrir los ojos, no había tanta luz como esperaba de las nueve de la mañana en aquella época del año. Me incorporé, corazón en el puño, y miré el despertador de la mesilla. Apagado. Salté de la cama, iluminado solo por las oscuras sombras de bien entrada la tarde.

Toqué todos los interruptores que encontré de camino al sótano, y ninguno de ellos mostró luz ninguna. El humidificador y el aparato con el que regulaba la temperatura también debían haberse apagado. Se trataba de una urgencia, así que abrí la puerta y corrí completamente a oscuras escalera abajo, tropezando en el primer tramo. Mi cuerpo cayó golpeando con violencia el resto de escalones hasta llegar al suelo. Creo recordar que en algún momento incluso escuché algo crujir, pero no supe si se trataba de un escalón o de mí mismo.

Completamente dolorido, tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para ponerme en pie. Agarré la pesada maceta, que encontré palpando a oscuras, y la arrastré pese al dolor que notaba en el costado, bajo la ventanita del sótano, por la que entraba algo de luz. Bajo aquella relativa penumbra encontré, marchitas, las cabezas de simio de mi Dracula.

Abracé la maceta, lloré sobre ella, deseando que mis lágrimas fueran suficiente para calmar su sed. Pero, por más que me esforcé, no pude llorar suficiente.

El agua desmineralizada estaba escaleras arriba, y en la situación que me encontraba, tardaría demasiado en traerla. Así que, sangrando como estaba, hice lo más lógico que cabía esperar. Sangré sobre mi Dracula Simia, sabiendo que aceptaría mi tributo, y me quedé abrazado a ella durante, lo que creo, fueron horas.


Cuando desperté, escuché el familiar sonido del humidificador. Había vuelto la luz. Prendí la lamparita de mi pequeño invernadero (una bombilla que producía menos de mil quinientos lumens) y observé las flores. Estaban hermosas, grandes y llenas de vida.

Estoy dispuesto a creer que la oscuridad y el dolor me jugaron una mala pasada, haciéndome creer que mi Dracula Simia había muerto. Pero me inclino más a pensar que fue mi sangre quien la hizo volver.

Puede sonar a locura, lo sé. Mi tío haría millones de chascarrillos sobre el tema si lo supiera. Pero desde aquel día he diluido algo de mi sangre entre las dosis de agua con que riego las plantas. Y el resultado no da lugar a error.

En lugar de cabezas de simio, últimamente mi Dracula ha sacado nuevas flores. Unas que ofrecen un excelente parecido a mí. Las he llamado Dracula Aitor.

PETALOS CAÍDOS, por Isabel Bermejo



 

                A las adolescentes que son víctimas

               de la violencia de género.

                                              

Llora la noche oscura

el llanto de los pétalos caídos.               

(Ella quería flores en el agua de su sed).

«Me quiere-no me quiere…»

preguntaba a las flores amarillas

como si el amor, a pétalos, hablara,

como si el destino, a pétalos,

mostrara su horizonte.

Llenó de pétalos nuevos su cabeza,

cuando él habló de «amor».

Abrió la flor primera que, hasta entonces,

dormía entre sus piernas.

 

Pero las manos rudas arrancan primaveras,

tiñen de lirios violeta la carne derramada.

Y la flor se congela, en su hielo de abismo.

¡Maldito puño que seca los océanos,

que arranca flores de abril y cría calaveras!

 

Solo queda la flor de la esperanza,

la que nace de todas las cenizas,

la que crece en los mares disecados,

muy cerca, muy cerquita de tu barca,

para arribo de nuevas primaveras.