La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 29 de septiembre de 2020

EL MIEDO, por Tomás Sánchez Rubio.

  

“Cada uno de nosotros está formado por una procesión de fantasmas, en medio de los cuales avanza una realidad desconocida.”

                                                                                  Alexis Carrell, médico y escritor francés (1873-1944)

Unas navidades, tendría yo diez u once años, acompañé a mis padres a la boda de una prima de mi madre. Se casaba en el pueblo un domingo por la mañana temprano. Nos alojamos en la casa de la única tía soltera que me quedaba. Mis padres tenían su habitación en la planta baja; a mí me pusieron un viejo mueble cama en un ático sin ventanas; mejor dicho, tenía ventanas pero condenadas por recios tablones de madera clavados a los quicios. Había varios baúles de tamaños similares. Olía a humedad y a naftalina. Hacía frío. Solo había una bombilla que zumbaba, quizá molesta por mi presencia, con la irritación de un moscardón que luchara encerrado entre el cristal y el visillo de un ventanal de recios postigos. Mis pesadillas se hicieron realidad aquella noche. Apenas dormí. En mi aterrorizado espíritu lo de menos eran los posibles ratones y lagartijas del cuarto. Detrás de cada crujido de la madera presentía la mano de un cruel fantasma que esperara a que cerrase los ojos para lanzarse sobre mí.

            Desde que tenía uso de razón, la oscuridad me asustaba de veras. Fui hijo único y dormía en una habitación lejos de la de mis padres. Siempre tenía que dormir con una pequeña luz encendida, normalmente la lámpara de mesita de noche, aunque a veces no era suficiente... A pesar de eso, me fascinaban los relatos y las películas de terror: una curiosa paradoja parecida, supongo, a la de quienes necesitan vivir en conflicto consigo mismos o con los demás a fin de sentirse realizados como personas, a pesar de sufrir realmente por la continua presencia en sus vidas de la discordia.

            El verano antes de mi entrada en el instituto, vi en el cine al que acudía con frecuencia con mis amigos -habilitado en lo que durante el resto del año era un solar cubierto de albero-, una inquietante película del conde Drácula, con una sangre demasiado roja para ser real, aves nocturnas ululantes en cementerios de cartón piedra y doncellas de vaporosos vestidos saltando entre los matorrales de presuntos bosques de la lejana Transilvania. De vuelta a casa, embriagado por el olor a dama de noche, lo veía todo lleno de sombras, acaso las temidas tinieblas que constituían el reino, o más bien principado, del protagonista de esos filmes. Posteriormente llegarían las siniestras familias deformes del oeste profundo americano, los asesinos con máscara que acechaban campamentos adolescentes al aire libre, etcétera, etcétera. Era curiosa mi relación de amor-odio con esas cintas que, a pesar de estar deseando ver, literalmente hacían de mis noches un océano de inquietud.

            Lo peor de todo es que mi terror irracional a la oscuridad perduró durante mi adolescencia, mi juventud y mi edad adulta. Primero murió mi padre tras una breve enfermedad; luego mi madre. Cuando ella falleció, el miedo a la oscuridad, en una casa desolada y más vacía que nunca, se incrementó con fuerza.

 

            A Manoli la conocí cuando ambos asistíamos a la misma academia de inglés tres veces por semana. Fue un entretenimiento que busqué por las tardes -trabajaba a media jornada en una oficina del centro-, intentando llenar mis horas vacías.  Al salir tomábamos café con los demás. Un día le dije que si quedábamos a solas algún viernes. Me pareció mentira que dijera que sí.

            Cuando Manoli y yo habíamos formalizado en cierto modo nuestra relación, pasábamos juntos el fin de semana en mi casa. La tarde del sábado salíamos tras el almuerzo a dar un paseo por el parque, nos sentábamos a tomar café en el bar de siempre y no muy tarde volvíamos a casa a cenar frente al televisor. A veces íbamos al cine.

            Precisamente, un día entramos a ver una película de terror donde el protagonista estaba obsesionado con la idea de que sufriría algún día un ataque de catalepsia, de modo que lo acabarían enterrando con vida. Al final fue eso precisamente lo que el ocurrió al desdichado... Durante los días siguientes, lo pasé mal. De noche, a pesar de tener iluminada mi casa como una feria, casi no pegaba ojo. Un domingo de invierno, decidí contarle a Manoli mi problema. Estábamos sentados en un banco bajo un ciprés del parque. Temí que se riera, que se metiera conmigo, que me dejara por ser un individuo pusilánime... No ocurrió nada de eso. Me abrazó y me envolvió con su olor a jazmín un poco pasado de moda y pegó su fría mejilla a la mía.

            Pasado poco tiempo, decidimos vivir juntos. Con ella a mi lado cada noche, no sentía miedo de las sombras. No me hacía falta ninguna luz encendida: dormía abrazado a ella y eso me bastaba.

            No hubo pasado un lustro de nuestra convivencia tranquila y hermosa, Manoli enfermó de gripe, recayó y murió recién ingresada en el hospital. Cuando llegué a mi casa el día del entierro, una tristeza infinita se hundió en mi pecho. De nuevo volvía a estar solo. Llegué al mediodía; no almorcé. Me limité a sentarme en el sofá y quedarme muy quieto mirando un televisor apagado. Cuando se hizo de noche no tenía sueño. A las tantas de la madrugada, me entró un sopor espeso y molesto, me acosté y decidí apagar la luz. Hacía ya tiempo que no me quedaba a solas con la oscuridad, con el miedo. Temiendo que la angustia envolviera mis pensamientos, cerré los ojos y me obligué a recordar los buenos momentos con Manoli...

            Sentí al poco rato su perfume de jazmín pasado de moda envolviéndome; noté su mejilla fría en la mía, su cabello derramándose en mis hombros y su aliento en mi cuello. Era ella. No me di la vuelta; estaba bien así. Fue la primera noche de muchas en la que la oscuridad había dejado de atemorizarme para siempre.

COLAPSO, por Isabel Pérez Aranda.

 

Despierta el descanso la madrugada,

asoma oscura sin apenas matices, muy oscura,

tanto que olvido donde estoy

instante que revela destellos insoslayables.

Entender su sino suscita un dolor

tan fugaz, que de no ser así,

se hundirán los esfuerzos en el abismo,

y no merecería la pena luchar por nada.

Para entonces, el tropel de pensamientos vestigios de pena,

se disipan en fragmentos que abren los días.

Y otros lugares de aquí o allá extrapolan amaneceres

y agudizan espacios sin cabida de pensamiento, o reflexión,

o se muere de hambre o se muere de Covi,

y toda la incertidumbre,

la lucha encarnizada,

el compendio de huellas

la necesidad de sobrevivir

Desboca luz sobre oscuridad.

OSCURIDAD, por Francisco Javier Franco Miguel

 



Hoy he ido al súper
he visto libros al lado de los clínex
muy cerca del papel higiénico
de vez en cuando pasaba un cliente con carrito
y dejaba caer un ejemplar
que se instalaba entre el detergente
y las alubias en oferta
dicen que estos libros se venden por millones
y se leen de vez en cuando
en la sección de electrodomésticos
una gran pantalla led
mostraba su amplia gama de colores
en un programa de televisión
un hachazo de publicidad tajó la emisión
«programa patrocinado por la novela … de …»
creo que es un académico
dicen que estas novelas se venden por millones
y se leen de vez en cuando
y a veces llegan a las pantallas de los cinemas
al salir
en la calle
todo era oscuridad
oscuridad y monotonía
mientras retrocedía desconcertado y desconsolado
con mis paquetes de clínex y papel higiénico

INSOMNIO, por Alicia María Expósito.

                                                   





                                                                    Abre la noche

                                                    oscuros abanicos

                                                     en la aridez

                                                     de mis cansados párpados.

 

                                                      De la oscuridad brotan

                                                      secretas sinfonías

                                                       que viene proclamando

                                                       sonidos más antiguos.

 

                                                       El silencio y las sombras

                                                       tienen voces pequeñas

                                                       y por su imperceptible

                                                       nocturna levedad

                                                       se me hacen verdaderos

                                                       paisajes que conozco,

                                                       lugares que he vivido:

                                                       los caminos de tierra

                                                       regados por el sol

                                                       floreciente de agosto;

                                                       campos de primavera

                                                       regios, enaltecidos

                                                       por blanca flor de almendro; 

                                                       risas, cantos de niñas

                                                       en portales y plazas;

                                                       el aire del verano

                                                       que dejaba en la boca

                                                        un sabor a cereza;

                                                        y el beso de mi madre

                                                        para llamar al sueño.

 

                                                        Pero amanece.

                                                        Una luz despiadada

                                                        ha eclipsado el hechizo.

                                                       Necesario es que entierre

                                                        mi casa sin ventanas

                                                        en lo más hondo

                                                        de mi cuerpo frío.

 

                                                      No puedo ser la misma.

                                                     Tengo el alma más vieja

                                                     y a mitad de camino

                                                     de un olvido infinito.

 

                                                     Irremediablemente,

                                                     está naciendo el día

                                                     y siento que algo muere

                                                    con las primeras luces.         

DÍAS GRISES, por Ángela Caballero García.

 


Días grises,

ya se me 

había olvidado

lo bonito

que era

tu encanto.

 

Esa oscuridad 

mágica

que nos lleva

hasta lo más 

profundo

de nosotros

mismos.

 

Tú, enfrente

del abismo.

 

Inspiración

e instinto.

 

OSCURA TINIEBLA, por Dori Hernández Montalbán.

 


Las luciérnagas encendidas del amanecer

se cuelan por los orificios de la persiana.

Se escucha el trote de un caballo,

irrumpe en la habitación transparente,

sudoroso se detiene, mientras devora la luna;

la lleva desmadejada en la boca

como si fuera un manojo de hierba tierna,

ardiente, líquida como lava,

le chorrea, la luna, por la comisura de los labios.

Envuelto en una oscura neblina, es todo oscuro,

rojo oscuro, verde oscuro, azul oscuro.

Cargado de vacío y sombra atraviesa un largo pasillo.

¿Qué ha venido a hacer

a este mundo  este viejo caballo?

Se dilatan sus pupilas acechando en la umbría.

¡Alerta, alerta! ¡La sombra que no escape!

Sólo la caída de la tarde me devuelve el sosiego,

la ansiada calma.

Tú, el de la lámpara incandescente, llega y alumbra,

dieciocho veces he pronunciado tu nombre.

¿Por qué, disponiendo de tu lámpara divina,

nos dejas morir en esta oscura tiniebla?

DÍAS OSCUROS, de Eduardo Moreno Alarcón.

 

Ha muerto la madrugada. El cielo gris de enero lo confirma. Llegó el amanecer sin saber cómo, acaso por rutina o por costumbre. La luz fría se contiene en las ventanas, no acierta a penetrar en los hogares. De tan uniforme, la claridad parece universal, como un fulgor sin sombra que amortaja.

La aurora oscura.

Duermen las iras todavía. Ascienden despaciosos los olores. Aromas que despiertan los recuerdos más antiguos: lumbre de cáscaras de almendra, colada limpia, la leche fresca, el pan recién cocido…

Alcemos la ciudad sin pretensiones. Urbe pequeña de provincias.

A ras de soportales, los motores rompen sueños en el alba. Las calles desperezan su rutina cotidiana. Dos motos cruzan la avenida que flanquean viejos olmos. A izquierda y derecha, la hilera de edificios semejantes, desvaídos por el paso de los soles y las lluvias, por el giro inevitable del planeta.

Vía Magallanes, segundo izquierda. Un piso exiguo acoge a la pareja. Pasillo angosto, saloncito, cocina diminuta, alcoba y baño. Al fondo de la pieza hay una cama muy estrecha. Alzando la conciencia de sus ojos caramelo, ya despierta, se encoge la mujer. Aovillada contra el primer frío del alba, construye un rostro para el feto que alimenta en su interior. La vida diminuta y misteriosa, gestada con paciencia natural. A un lado la ventana, desnuda; no hay cortina que separe las paredes de la noche o el día.

La mujer piensa en el niño y apenas curva los labios. El hijo cobra rasgos en la mente de la madre, segundo a segundo, cumpliendo inexorable el destino impuesto a todo ser. Maternales, los dedos se deslizan sobre el vientre abultado, tan terso como dulce de membrillo; la piel es joven todavía. Sus pechos huelen a jabón.

En el cuarto fallece la madrugada y renace la aurora. Mas la noche no ha muerto; reposa a pierna suelta. Muy pronto volverá a resucitar con su negrura.

Historia en blanco, el ser aún no nacido es un enigma. Principio de todo, también del fin. Meciéndolo en su seno, la madre mueve el tiempo a voluntad. Recrea los años venideros. Supone besos y escenarios, la infancia de ese niño que ha pintado pelinegro bajo el sol. Mañanas, mediodías, regreso de la escuela en una tarde novembrina, katiuskas y el paraguas chiquitín.

Las primeras regañinas saben hoy a golosina.

La nostalgia retrocede hasta no estar. De pronto la mujer se ha sorprendido sonriendo. Como un hábito en desuso y sin embargo necesario que ella alarga y paladea. «Tanto tiempo sin reír que hasta parece que me cuesta». Por unos segundos, disfruta de una paz casi olvidada. Bendita calma.

Tras la tregua momentánea van tornando los recuerdos, la añoranza de los suyos, de los sueños abatidos, de una patria devastada.

La imposibilidad de cambiar el pasado: los días oscuros.