La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 14 de enero de 2018

LA SOLEDAD, por Tomás Sánchez Rubio.



     Entorné los ojos. El sol me daba de cara; por ello lo único que alcancé a distinguir fue una silueta recortada y rodeada de un nimbo de luz. Su figura y sus rasgos, que al rato comencé a vislumbrar mejor, eran peculiares: delgado, con una larga barba desteñida, ojos hundidos por los años... Yo estaba sentado en el banco revestido de azulejos del parque, hojeando sin más un periódico que no me decía nada a pesar de sus insolentes y menudas letras negras peleándose entre sí...
       Comenzó a hablarme con voz amable y timbre pausado.
No era un buen día para mí y, tras mirarlo un rato con una mezcla de curiosidad y fastidio, me hundí de nuevo en la falsa lectura...
      Al momento, me pidió disculpas y arrastrando los pies se dirigió hacia otro solitario transeúnte de descanso, otra isla desierta en el océano triste de un otoño que por una mañana quiso vestirse de primavera.
      Volvió a intentar contarle lo mismo que a mí. Este hombre, con la misma actitud que yo, lo dejó hablar un momento para, bruscamente, clavar la mirada en su insatisfactoria lectura.
       Cuando vi que se marchaba, náufrago entre las gentes y las flores, me levanté y lo tomé del brazo ante su sorpresa. Me obsequió seguidamente con una sonrisa sincera. Le ayudé a sentarse en mi banco y lo escuché atentamente.

EXILIO, por Lourdes Páez Morales

   


Entorné los ojos y tomé aliento… Mis días se habían vuelto noches oscuras pobladas de abismos con la infinitud de las sombras. Aún cegado a la esperanza, volví a abrirlos y miré a mi alrededor. Recorrí calles desiertas donde los edificios se alzaban como gigantes abatidos. Las lágrimas no servían para aliviar todo el profundo horror de la muerte que me circundaba. Todavía recuerdo el olor de la sangre fresca… Aquel niño de enormes ojos buscando el cielo como último refugio. A veces por las noches vuelve a asomarse a mis sueños, a mis pesadillas, en las que camino buscando un trozo de tierra amiga… Me ofrece un mendrugo de pan…
Espero que haya encontrado la paz allá donde esté, en un jardín poblado de mariposas donde el sol no muerda los labios. Mientras, sobrevivo en este infierno de soledades que es mi vida lejos del que fue mi hogar. 

Después de Reyes, de María Elena Leyva Miranda.



Entorné los ojos
y vi con más fuerza
que quería soñar
sí, soñar despierta.

Bajé a un lindo valle
y vi muchos niños
estaban jugando
a orillas de un río. 

Los veía felices
y no tenían nada,
pero sus sonrisas
lucían en su cara.

El agua y el sol
los acompañaban
y árboles cercanos
qué su sombra daban.

Después me fui a un parque
de una gran ciudad,
también había niños
con bicis, con motos eléctricas
y no sé qué más. ...

Pero sus caritas
las veía tristes,
no se conformaban
¡Aún querían más!

Tanto consumismo
nos vuelve egoístas
y también, con menos
¡hay felicidad!.


ENTORNÉ LOS OJOS, por Alicia María Expósito.




Entorné los ojos
para parar el mundo
y así poder llorar
tanta tristeza.

Oculté los espejos, 
los libros, las palabras.
Me escondí de los besos,
de los abrazos rotos...
Yo no sé en qué suspiro
cambié mi primavera
por escarcha

¿Dónde quedó el olvido,
única salvación de la memoria?.
El alma no se duerme
y el corazón se rompe
cada día.

Entorné los ojos
para buscar recuerdos,
imágenes que sanan
heridas y lamentos. 

Bajo mis pies cansados
el inmenso rugido
de la tierra.
Fuera del tiempo
apenas queda nada.
Si acaso el eco sordo
de pasos que se alejan.

Entorné los ojos
para parar el mundo
y no enfrentar la muerte.
Y no es sino la muerte
quien me cura la vida

con recuerdos prestados.

FIN DE TRAYECTO, por F. Javier Franco.




Entorné los ojos.

Fue entonces que al fin comprendí, en aquel preciso momento, que tanto buscar la luz puede llevar a la ceguera.

LEVANTAR UN MUERTO, por María Pizarro.


Entorné los ojos.
Se observa sigiloso,
 se acecha,
al jugador en retirada.
Se espera,
con paciencia
depredadora,
la recompensa.
Basta que la máquina se atragante.
Basta luego una moneda.
Cuando uno abandona,
 al siguiente
le escupe el artefacto
 sus desechos,
y corren por el cajetín con estruendo
las monedas que le sobran.
La recompensa
es tuya, me has levantado un muerto,
se dicen entre ellos jugadores,
cuando alguno, resignado
se aleja de la presa malherida.

Otras, empieza una pelea.

EL SENTIDO DE LA VIDA, por Esneyder Álvarez.




Entorné los ojos para concentrarme 
en la imagen más fascinante de mi vida…
tu rostro,
ojos azules como el cielo,
labios rojos y suaves como los pétalos de las rosas,
voz tan dulce  con el canto del ruiseñor,
piel canela perfectamente bronceada.

Sin duda esa  imagen lleno mi corazón de pasión,
la imagen de la mujer que cambio mi vida,
que enseñó a ver las figuras de las nubes,
de su mano entendí que la soledad era solo  ficción,
con su ternura me demostró que el amor es más que un sentimiento,
es el sentido de la vida.