La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 15 de abril de 2014

Sit Tibi Terra Levis, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ



Que los dioses se apiaden de mi alma en esta mi postrera hora. Yo siempre he tratado de agradarles, de venerarles, de rendirles pleitesía. Los mejores frutos de mi jardín colmaron las  hornacinas con sus efigies. Mis más rechonchas gallinas regaron con su sangre el ara sagrada. No pasó un solo día sin que elevara mis plegarias a las deidades, rogando por la fecundidad de los campos, por la salud de los míos, por el éxito en los negocios.
Durante un tiempo vi resarcidos mis sacrificios. Mis enemigos sucumbían ante mí, nadie osaba contradecirme ni levantar su mano contra mi estirpe, sabedores de que era acreedor del beneplácito divino. Mis posesiones se multiplicaron y todos y cada uno de mis propósitos se materializaban, no sin esfuerzo y una férrea disciplina, todo hay que decirlo.
Es cierto que muchos sufrieron mi ira, que mi ansia arruinó familias enteras, que mi desprecio  y egoísmo envileció hasta la médula incluso a mis parientes más cercanos. Más aún, no me vanaglorio de ello, pero sembré de muerte y caos numerosas villas. Mi depravación me llevó a sobornar a corruptas autoridades, a disfrutar de mis perversiones infligiendo dolor en sórdidos lupanares. Así de seguro me sentía, así de poderoso llegué a ser, venerado y temido al mismo tiempo.
Ahora que me encuentro postrado e inmóvil, que sólo las plañideras que yo mismo he costeado me rodean, me pregunto cuándo y por qué las divinidades me dieron la espalda. ¿Acaso no les atendí como merecían?. ¿Acaso no les colmé de ofrendas?. ¿Por qué me castigaron arrancándome aquello que yo más quería?. Primero, la que fue vientre de mi heredero me abandonó nada más ver este la luz. Años más tarde, él mismo, mi heraldo y mano ejecutora, en la plenitud de su vida, la perdió a manos de sicarios. Tal era la envidia que suscitaba, así de cruel fue la venganza.
La soledad me hizo débil. La desconfianza creció en mi seno, y a mi alrededor, aquellos que se humillaron ante mí se cernían ahora cual buitres carroñeros para arrebatarme hasta la última de las migajas. No, nadie sintió lástima de mí, nadie me dio cobijo, nadie me procuró medicinas, y sólo el anillo de mis ancestros paga ahora los llantos y los rezos que rodean este camastro inmundo.
Porque las divinidades tienen que escuchar mi nombre, susurrarlo en la fría lápida junto al camino, y abrir las puertas de su morada a éste su siervo, que siempre les tuvo en tanta estima, que siempre obró para mayor gloria de toda la corte celestial. Y aunque el final sea amargo, aunque ya las lágrimas no lleguen a brotar de este enjuto cuerpo mortal, a través de este último acto de contrición anhelo alcanzar la plenitud, la vida eterna.
Un momento, no oigo ya los sollozos, no se desgarran las vestiduras. ¿Habré cruzado el umbral?. Hago un esfuerzo y de mis entrañas saco fuerzas suficientes para abrir estos pesados párpados. De repente, de la oscuridad más tenebrosa brota una tenue luz parpadeante, cual resquicio de una puerta azotada por el viento. Y del silencio del otro lado brotan sonidos que me resultan familiares. La puerta se abre.
“Acompáñame”, balbucea. “Pero, ¿a dónde?”, le interpelo apenas sin resuello. Y me replica: “¿Acaso no lo sabes?. Hace tiempo que te espero”.

Tras asir la mano de mi querido hijo, dirigimos nuestros pasos por un erial, colina arriba. Sobre nuestras cabezas, un cielo plomizo amenaza con caer sobre nosotros. A nuestro alrededor, etéreos espectros de decenas de víctimas de la codicia, la ambición, la avaricia, el deseo, nos vituperan a nuestro paso. Su aliento nos repugna, sus palabras nos angustian.
Al alcanzar la cima, el panorama se torna desolador. Una nueva colina calcinada, y otra más, cientos más en lontananza. No hay remisión posible. Estamos condenados a este castigo sempiterno.





 

Cuatro microrrelatos, por ANGEL OLGOSO

EL  PROYECTO


El niño se inclinó sobre su proyecto escolar, una pequeña bola de arcilla que había modelado cuidadosamente. Encerrado en su habitación durante días, la sometió al calor, rodeándola de móviles luminarias, le aplicó descargas eléctricas, separó la materia sólida de la líquida, hizo llover sobre ella esporas sementíferas y la envolvió en una gasa verdemar de humedad. El niño, con orgullo de artífice, contempló a un mismo tiempo la perfección del conjunto y la armonía de cada uno de sus pormenores, las innumerables especies, los distintos frutos, la frescura de las frondas y la tibieza de los manglares, el oro y el viento, los corales y los truenos, los efímeros juegos de luz y sombra, la conjunción de sonidos, colores y aromas que aleteaban sobre la superficie de la bola de arcilla. Contra toda lógica, procesos azarosos comenzaron por escindir átomos imprevistos y el hálito de la vida, desbocado, se extendió desmesuradamente. Primero fue un prurito irregular, luego una llaga, después un manchón denso y repulsivo sobre los carpelos de tierra. El hormigueo de seres vivientes bullía como el torrente sanguíneo de un embrión, hedía como la secreción de una pústula que nadie consigue cerrar. Se multiplicaron la confusión y el ruido, y diminutas columnas de humo se elevaban desde su corteza. Todo era demasiado prolijo y sin sentido. Al niño le había llevado seis días crear aquel mundo y ahora, una vez más en este curso, se exponía al descrédito ante su Maestro  y sus Compañeros. Y vio que esto no era bueno. Decidió entonces aplastarlo entre las manos, haciéndolo desaparecer con manifiesto desprecio en el vacío del cosmos: descansaría el séptimo día y comenzaría de nuevo.


EL  TEATRO  DE  LA  ETERNIDAD 



El toro escapó entre los remolques que formaban plaza y me empitonó mortalmente. En el Más Allá fui cacheado con póstumo desprecio y mis efectos personales inventariados. Demasiadas emociones, pensé, para un agnóstico. Las almas andábamos muy juntas, de aquí para allá como los gansos. Yo, entretanto, recitaba con piadosa alegría -no sé por qué- todos los versos de El Piyayo y echaba de menos el fresco aroma de las acequias, las gavillas doradas de cereal en los campos y, sobre todo, a mi novia. Llegados al punto donde se levantaba el Teatro de la Eternidad, me uní a la cola de espíritus en agraz. Una relamida expendedora de tickets, con visera y mangas de celuloide, me tendió la entrada. Lustré las punteras de los zapatos contra mi pantalón y pasé al interior. La megafonía voceaba los viejos discursos de Winston Churchill, poniendo a prueba la resonancia de aquel inmenso lugar. Mientras seguía al acomodador, me fijaba en el paisanaje, en la desconchada bóveda azul con estrellas de purpurina, los muros pintados con faux mármol, el suelo de espinapez. Como no parecíamos llegar nunca a mi asiento, golpeé suavemente el hombro del acomodador (del dobladillo de su chaqueta roja sobresalía el marbete de ésta: Hilaturas de Fabra y Coats), interesándome por una posición más cercana al escenario. El acomodador me miró con afectado disgusto y se dignó explicarme que los mejores asientos del patio de butacas, y los mejores palcos, siempre se reservaban para las religiones homologadas, las cuales disfrutaban, además, de abonos preferentes y tarifas especiales para grupos. Después, me acompañó hasta el gallinero.

EL  EMISARIO



Lo detuvieron, por alboroto público, cuando hacía levitar sobre su mano el fruto de un granado en plena calle. Se llamaba a sí mismo “asistente del Creador”. El interrogatorio parecía más bien un monólogo carente de sentido. “Cada semilla de esta granada -decía- es un universo que se compone a su vez de miríadas de mundos. He venido a permitiros un atisbo del infinito, sin su beneplácito desde luego, porque Él desprecia mi devoción por vosotros, seres lastimosos, espíritus elementales pero capaces de amar y odiar, de crear y recibir con indiferencia la luz que cae sobre la tierra como lingotes de oro.” El comisario, dando largas chupadas al cigarrillo, lo miraba con descreimiento: “¿De qué habla este tipo?” “Del lugar donde se descifran las dimensiones, lo inconcebible, lo que hasta ahora estaba más allá de vuestro alcance, donde todo se subsume, el centro del supremo engranaje.” Anochecía. Alguien encendió una lámpara y su luz cayó sobre la granada rojiza, madura. Apenas unos días más y se pudriría sin remedio. “Le expliqué a Él, en vano, durante interminables eones, que no todos los hombres desean permanecer en el vacío, en el caos, achicando agua desesperadamente de una barca agujereada en mitad del océano, lejos de la felicidad que depara un conocimiento inefable y absoluto.” Irritado, el comisario hundió su puño en el rostro del detenido: “¡Déjese de tonterías! Sargento, prepare una jarra de café cargado. La noche va a ser muy larga.” La víctima, con su pronta sonrisa paralizada, se limpió la sangre sobre el labio, recogió la granada del suelo y la contempló con una expresión de dolorosa benevolencia. Sus ojos podrían ser ahora los ojos remotos y serenos del emisario de un dios. Después la frotó contra su manga para lustrarla aún más y, sin previo aviso, la mordió. Un mordisco enorme, definitivo, que excede nuestra comprensión.


 EL  ÁNGEL



Dispuesto a ahorcarme, até unas tiras de sábana a los barrotes y anudé el otro extremo en torno a mi cuello de convicto reincidente. “No servirá de nada”, dijo una voz. Había decidido acabar con todo, soledad, goteo del tiempo, celdas de castigo, vueltas ciegas al patio, relectura de cada libro de la biblioteca de la cárcel. “Le digo que no servirá de nada”, resopló el ángel, “aún no ha llegado la hora de recoger el conjunto de tus ruinas.” Su aspecto reglamentario, como bañado en talco, la autoridad de aquel fanal luminoso en mitad de la noche, sugerían que podía no ser parte de mi instante de locura. Lo dejé hablar. En un tono de superioridad amistosa, me instruyó en el bien y el mal, aclaró que no esperaba recompensa alguna por todos sus desvelos para conmigo y me reveló, incluso, la jerarquía de la Organización (nueve órdenes de tres tríadas cada una: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles). Lo que me persuadió finalmente de no consumar el suicidio no fue, sin embargo, su familiaridad con mis intimidades, con mi vida de crimen y desórdenes, sino la visión de sus alas un poco maltrechas, desflecadas, y en su cuerpo las cicatrices de antiguas luchas.


Los Guardianes de la misericordia, por LEANDRO GARCÍA CASANOVA


      Recuerdo que en los años sesenta dormían sobre unas tablas de madera, recubiertas con una estera de esparto y una piel de oveja, y que se levantaban a las cuatro de la madrugada a hacer sus oraciones. Hace unos días me acerqué al Retiro de San José, donde una placa de mármol blanco en la fachada recuerda al visitante: “En el año del Señor de 1953, bajo el glorioso pontificado de Pío XII..., nació en esta casa-cueva la religión de los Hermanos Fossores de la Misericordia para gloria de Dios, de su bienaventurada madre y de las benditas ánimas del purgatorio. Para perpetua memoria de las generaciones venideras. Guadix 15-8-1967”.

      Hoy siguen viviendo en las humildes celdas de entonces, pero al menos ya disponen de un camastro en condiciones. “En aquellos años, la vida monástica era bastante dura”, me dice el hermano Alberto, el superior general de los fossores. Luego me presenta a un anciano de 82 años, que va en un carrillo de ruedas: “Éste es Fray José María de ‘Jesús Crucificado’, el hermano fundador de la orden. Hace tres años que le dio una trombosis y tiene medio cuerpo paralizado”. Está de lado y me da la mano. Pero no dice nada. Ni siquiera me mira. ¿Cómo va a mirarme? Cuando vuelvo a observar el perfil de su cara en la penumbra, compruebo que está llorando en silencio. Precisamente él, que ha vivido como un ermitaño en el desierto desde hace casi cincuenta años: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”.

     “Ha llorado por la emoción –me aclaró después el hermano Alberto, y me dijo-: Él estaba de maestro de novicios en la Ermita de Córdoba y, leyendo el ‘Libro de Tobías’, vio que faltaba por hacer esa obra de misericordia, como es enterrar a los muertos. Con esta actitud piadosa, damos un testimonio de vida cristiana allí donde muchos creen que con la muerte se acaba todo”. ¿Cómo fue tu vocación religiosa? “Bueno, yo quería ser misionero como mi hermana, pero conocí a los fossores en Logroño, donde tenemos otra casa. Mi padre estuvo bastante tiempo sin hablarme y ni siquiera vino a la toma de mi hábito de monje; hasta que aceptó la situación. Mi madre, en cambio, fue más comprensiva. Recuerdo que se echó a llorar y me dijo estas palabras: ‘¡Hijo, yo lo único que quiero es que tú seas feliz!’”.


El alcalde de Guadix concede el título de 'Hijo Adoptivo' al fundador, con motivo de su fallecimiento. 05/01/11. Teleprensa.es

     Quedáis solamente once fossores y, como dice el verso de Fray Tobías, ya no hay manos que toquen la campana del cementerio de San José. ”Pues entonces –me responde sin titubear-, que el último cierre la puerta”. A la una de la tarde, me invitó a comer este hombre campechano y afable, que no oculta su simpatía por Leonardo Boff, el ‘teólogo de la Liberación’. Fray Antonio es el monje más antiguo y Fray Hermenegildo es ‘un arquitecto’, porque, con la sola ayuda de un albañil, hizo posible el milagro de construir la capilla de San José. Con Antonio Abril se cumple aquello de que fue cocinero antes que fraile. Es además presidente de la ONG ‘Emaús’, que tiene un comedor social de ayuda al necesitado, en Torremolinos. En fin, que en el humilde refectorio hicieron que me sintiera como uno de ellos, y allí yantamos como Dios manda. 

      En la paz del convento y en medio del silencio de la noche, se puede observar el furtivo vuelo de una lechuza, barruntar el continuo trasiego de las ánimas del purgatorio o sorprender a un ermitaño escribiendo unos versos nostálgicos en la madrugada. A Fray Tobías le dieron el primer premio de poesía en Logroño con su ‘Padre nuestro ecológico’: “Padre nuestro que estás en el cielo./ Y en el aire,/ y en el suelo,/ y en la risa de un niño inocente./ En el puro cristal del ambiente,/ en la brisa,/ en el color./ Padre nuestro y Dios del amor,/ en tu gran esplendor y belleza/...”. Los monjes visten un hábito de color marrón con capucha, parecido al de los franciscanos y capuchinos, pues no en vano la pobreza les une. Renunciaron a todo bien material refugiándose en una cueva, entre las tapias del viejo cementerio, por lo que mayor humildad y sacrificio no se puede pedir: Dios se encuentra en la pobreza. Anoto que son las seis en punto de la tarde cuando los fossores reciben a la comitiva fúnebre: “Estamos aquí reunidos para dar sepultura a nuestra hermana...”. La difunta es una monja de ‘los Ancianos Desamparados’ y las religiosas, apiñadas, sostienen el ataúd con las manos. Poco después, la comitiva avanza lentamente mientras los frailes, en voz alta, van rezando los salmos: ‘De profundis’ (Desde el fondo del abismo clamo a ti, Señor) y ‘El Miserere’ (¡Misericordia, Dios mío!). Al final, bendicen el sepulcro y todos entonamos ‘El Resucitó’ de Argüelles.

     “¡Forastero, no llevan alforjas ni zurrón,/ frailes limosneros y mendicantes tampoco son!/ Guadix bien vale un entierro cantado./ ¡Que te lo digo yo!” Cerca de allí, una sepultura llama mi atención: ¿Quién podrá ser este personaje? ¡Ah!, ya decía yo que este pupilo, de barba florida, frente despejada y botas cuarteleras es nuevo en la posada. Aqueste Alarcón debe ser, sin duda, el sin par letrado que se murió de anonimato, allá en su casa de la calle de Atocha. Y en 1853, llevado de la nostalgia, escribe a su cuñado: “Ya ves si quiero a Guadix, a pesar de todo...”.

 Los tres fossores  con el obispo de Guadix, en el 60 aniversario de su fundación. 13-2-13. El accitano.com

     A lo lejos, en lo hondo, altiva se yergue la vetusta ciudad morisca; pero aquella tarde faltaba algo en el horizonte: “La Virgen que había en la Alcazaba no le estorbaba a ‘naide’, suspiró un viejo, que llevaba un ramo de flores. Poco después, al despedirme, le pregunto a Fray José María si quiere decirme algo. Ahora parece que el fundador está más animado. El hombre balbucea unas palabras pero apenas se le oye. Acerco la oreja y oigo que me dice: “¡Bastante llevas ya!”. Y, sin embargo, hay que decir que su obra, a estas alturas, no ha merecido ningún reconocimiento oficial. Ni siquiera en su pueblo natal de La Zubia. Toda su gloria se reduce a ir montado como un trasto sobre un carrillo de ruedas.

Posdata: este artículo salió publicado en Ideal de Granada, el 9 de octubre de 2001. En 2011 me pasé por el cementerio de Guadix y saludé a un hermano. Se acordaba de mi y me dijo que ya sólo quedaban tres fossores. Cuando va el padre de una vecina mía al cementerio, a visitar la tumba de su esposa, le pregunta por mí. Después de la publicación del artículo en Ideal, los fossores recibieron al poco tiempo un premio en Guadix y se empezó a reconocer su labor.

Copio estas otras frases que anoté para el artículo:

     Estuve con ellos sobre el 20 de julio -hice dos viajes a Guadix pues quería ver cómo era el entierro cantado.

En su dicha lápida (de Alarcón) quedó escrito: “Guadix es mi pueblo, es mi cuna...”.

A los postres, fray Tobías, que además es poeta, contó el chiste del padre prior y de vez en cuando suelta un chascarrillo. “Callada y silenciosa,/ como un símbolo viejo,/ cuelga de su espadaña la campana,/ del cementerio/”.

Unos días después leí en el ‘Libro de Tobías’: “Y no se quejó contra Dios por la desgracia de la ceguera que le envió”. Aquel anciano había sido consecuente con su destino y esperaba, resignado, a que le llegara su hora.

Estos monjes vivían como los ermitaños en el desierto. Pero los tiempos son otros y hoy parecen hermanos obreros, aunque dedicados al ‘ora et labora’: lecturas y rezos, cultivo del huerto, limpieza del cementerio, dar cristiana sepultura a los muertos...

Lo  que más me llama la atención es que nadie se ha acordado de estos monjes, ni siquiera en el pueblo del fundador, el cual tiene ya 82 años. De ahí que el hombre se emocionara al verme.

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