La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 8 de noviembre de 2026

EL EMBALSE, por Justo Gonzalo Burcio.

 


Dejé el puerto atrás. Me encontraba a unos minutos de Jérez del Marquesado. Estaba un poco mareada de tantas curvas y no era la mejor manera de empezar una ruta que me ocuparía previsiblemente toda la mañana. Bajé la ventanilla; el aire fresco y puro me hizo sentir mejor. Allí estaba el cartel indicando el nombre del pueblo. Aparqué el coche. Eché un vistazo alrededor. Era verdaderamente un paraje extraordinario. Todo estaba en silencio menos el interior de mi cabeza, a la que no paraban de llegar imágenes de él.

Mis ojos se dirigieron a la fuente que se encontraba en la plaza. Abrí el maletero, me calcé las botas de montaña y coloqué la mochila a la espalda. Cerré el coche y fui directa hacia ella. El agua estaba cristalina. Bebí y aproveché para llenar la cantimplora. Empecé a caminar, pero rápidamente me detuve cuando contemplé uno de aquellos antiguos lavaderos de piedra que aún se conservaban en el pueblo. Recordé haber leído en una de las guías que tenía en su casa que durante generaciones habían sido el lugar donde se reunían las mujeres de Jérez para lavar la ropa y compartir la vida. Me quedé un rato observándolo hasta que empecé a vislumbrar una sombra a mi lado que me hizo estremecer. Continué caminando hasta alcanzar la pista forestal.

Allí comenzaba el sendero que ascendía por la ladera norte de Sierra Nevada, siguiendo durante varios kilómetros el Sendero Sulayr. Venancio me habló de aquel recorrido al poco de conocernos.

—¡Cómo es la memoria!

Miré hacia arriba. La pendiente era pronunciada. Tragué saliva para hacer pasar la hiel que deja un recuerdo amargo y empecé a subir.

Me propuse llevar un ritmo fuerte; quería romper pronto a jadear, que bombeara tanto mi corazón que su sonido no me dejara escuchar el grito que habitaba en mi interior. Después de alcanzar uno de los miradores naturales del camino, el sendero continuaba entre pinares hasta un antiguo refugio forestal. Parecía más bien una vieja casa de guardas. Al llegar, entré. No había nadie, aunque se notaba que era un lugar de paso para senderistas y montañeros. Cerré los ojos. Dentro, el silencio era el sonido más grave. Agudicé los sentidos y su olor me vino por un instante. Rápidamente los abrí, desconcertada, y salí de allí.

Continué por el sendero hasta abandonar el Sulayr y tomar una antigua pista forestal que descendía hacia el valle del río Alhama. Empecé a coger ritmo y sentirme bien. El aire limpio entraba en mis pulmones, el sudor brotaba de mi frente y el acto de caminar me hacía sentirme lejos… tan lejos y tan cerca.

Llegué a un antiguo cortijo semiderruido. Apenas quedaban en pie algunos muros de piedra y el viejo corral. Solitario, triste y mudo, como estaba yo en ese momento.

Por aquella ladera, la madre naturaleza estaba encargándose de recuperar lo que un día fue de los hombres. Pinos silvestres, robles y encinas crecían alrededor de las ruinas. El aroma de las plantas de tomillo y romero calentadas por el sol hizo que me entrara hambre. Paré allí y saqué un sándwich de la mochila. Daba pequeños bocados mientras intentaba imaginar cómo tuvo que sentirse Venancio caminando por aquellos mismos senderos. Desde aquella primera vez que me habló del lugar, nunca más volvió a hacerlo. Tampoco pregunté. Sé que no le gustaba recordar. A mí sí, aunque doliera.

Al poco de llevar unos meses, un día, al despertar, me sorprendió mirando las marcas de su brazo.

—Coordenadas —me dijo—. De donde vengo, para que no me olvide y no tener que recordar.

Dejé que esa mañana se fuera como la bruma entre los árboles, di el último bocado, bebí agua y me puse de nuevo en marcha.

—¡Si supieras lo que te recuerdo, Venancio! ¡Lo imposible que me resulta dejarte marchar!

Llevaba andados unos dieciocho kilómetros cuando apareció ante mí el azul intenso del Embalse de Francisco Abellán. Descendí por la pista hasta la presa. No había nadie. El viento apenas rizaba la superficie del agua. Estaba un poco nerviosa, no tanto por el esfuerzo físico como por la emoción que me había acompañado durante todo el camino.

Dejé la mochila a un lado de la orilla, me desnudé lentamente. El sol estaba alto. Cuando me arrodillé para mojarme la nuca y la cara antes de zambullirme, su rostro ondulante apareció en el agua. No había duda, era él.

—Déjame marchar —decía su imagen, con voz de agua.

Intenté contener mis lágrimas, pero surgían con tanta fuerza que pensé desbordarían la presa. Al cabo de unos instantes observé cómo se alejaba por las aguas del embalse mientras yo empezaba a tranquilizarme y aceptar su despedida. Al traspasar la línea invisible del horizonte, antes de desaparecer para siempre, salté al agua con el ansia de darme un último baño con él. Nadé intentando alcanzarle, con todas mis fuerzas, desesperada, pero no avanzaba lo suficiente. No iba a conseguir llegar. Paré, exhausta. Me tumbé boca arriba flotando, mirando al sol, sintiendo cómo mis pulsaciones volvían poco a poco a su ritmo normal, observando toda la vida que se concentraba a mí alrededor… y empecé a reír.

No, no iba a alcanzarle, aún no.

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