Dejé el puerto atrás. Me encontraba a unos minutos de Jérez
del Marquesado. Estaba un poco mareada de tantas curvas y no era la
mejor manera de empezar una ruta que me ocuparía previsiblemente toda la
mañana. Bajé la ventanilla; el aire fresco y puro me hizo sentir mejor. Allí
estaba el cartel indicando el nombre del pueblo. Aparqué el coche. Eché un
vistazo alrededor. Era verdaderamente un paraje extraordinario. Todo estaba en
silencio menos el interior de mi cabeza, a la que no paraban de llegar imágenes
de él.
Mis ojos se dirigieron a la fuente que se encontraba en
la plaza. Abrí el maletero, me calcé las botas de montaña y coloqué la mochila
a la espalda. Cerré el coche y fui directa hacia ella. El agua estaba
cristalina. Bebí y aproveché para llenar la cantimplora. Empecé a caminar, pero
rápidamente me detuve cuando contemplé uno de aquellos antiguos lavaderos de
piedra que aún se conservaban en el pueblo. Recordé haber leído en una de las
guías que tenía en su casa que durante generaciones habían sido el lugar donde
se reunían las mujeres de Jérez para lavar la ropa y compartir la vida. Me
quedé un rato observándolo hasta que empecé a vislumbrar una sombra a mi lado
que me hizo estremecer. Continué caminando hasta alcanzar la pista forestal.
Allí comenzaba el sendero que ascendía por la ladera
norte de Sierra Nevada, siguiendo durante varios kilómetros el
Sendero Sulayr. Venancio me habló de aquel recorrido al poco
de conocernos.
—¡Cómo es la memoria!
Miré hacia arriba. La pendiente era pronunciada. Tragué
saliva para hacer pasar la hiel que deja un recuerdo amargo y empecé a subir.
Me propuse llevar un ritmo fuerte; quería romper pronto
a jadear, que bombeara tanto mi corazón que su sonido no me dejara escuchar el
grito que habitaba en mi interior. Después de alcanzar uno de los miradores
naturales del camino, el sendero continuaba entre pinares hasta un antiguo
refugio forestal. Parecía más bien una vieja casa de guardas. Al llegar, entré.
No había nadie, aunque se notaba que era un lugar de paso para senderistas y
montañeros. Cerré los ojos. Dentro, el silencio era el sonido más grave.
Agudicé los sentidos y su olor me vino por un instante. Rápidamente los abrí,
desconcertada, y salí de allí.
Continué por el sendero hasta abandonar el Sulayr y
tomar una antigua pista forestal que descendía hacia el valle del río Alhama.
Empecé a coger ritmo y sentirme bien. El aire limpio entraba en mis pulmones,
el sudor brotaba de mi frente y el acto de caminar me hacía sentirme lejos… tan
lejos y tan cerca.
Llegué a un antiguo cortijo semiderruido. Apenas
quedaban en pie algunos muros de piedra y el viejo corral. Solitario, triste y
mudo, como estaba yo en ese momento.
Por aquella ladera, la madre naturaleza estaba
encargándose de recuperar lo que un día fue de los hombres. Pinos silvestres,
robles y encinas crecían alrededor de las ruinas. El aroma de las plantas de
tomillo y romero calentadas por el sol hizo que me entrara hambre. Paré allí y
saqué un sándwich de la mochila. Daba pequeños bocados mientras intentaba imaginar
cómo tuvo que sentirse Venancio caminando por aquellos mismos senderos. Desde
aquella primera vez que me habló del lugar, nunca más volvió a hacerlo. Tampoco
pregunté. Sé que no le gustaba recordar. A mí sí, aunque doliera.
Al poco de llevar unos meses, un día, al despertar, me
sorprendió mirando las marcas de su brazo.
—Coordenadas —me dijo—. De donde vengo, para que no me
olvide y no tener que recordar.
Dejé que esa mañana se fuera como la bruma entre los
árboles, di el último bocado, bebí agua y me puse de nuevo en marcha.
—¡Si supieras lo que te recuerdo, Venancio! ¡Lo
imposible que me resulta dejarte marchar!
Llevaba andados unos dieciocho kilómetros cuando
apareció ante mí el azul intenso del Embalse de Francisco Abellán.
Descendí por la pista hasta la presa. No había nadie. El viento apenas rizaba
la superficie del agua. Estaba un poco nerviosa, no tanto por el esfuerzo
físico como por la emoción que me había acompañado durante todo el camino.
Dejé la mochila a un lado de la orilla, me desnudé lentamente.
El sol estaba alto. Cuando me arrodillé para mojarme la nuca y la cara antes de
zambullirme, su rostro ondulante apareció en el agua. No había duda, era él.
—Déjame marchar —decía su imagen, con voz de agua.
Intenté contener mis lágrimas, pero surgían con tanta
fuerza que pensé desbordarían la presa. Al cabo de unos instantes observé cómo
se alejaba por las aguas del embalse mientras yo empezaba a tranquilizarme y
aceptar su despedida. Al traspasar la línea invisible del horizonte, antes de
desaparecer para siempre, salté al agua con el ansia de darme un último baño
con él. Nadé intentando alcanzarle, con todas mis fuerzas, desesperada, pero no
avanzaba lo suficiente. No iba a conseguir llegar. Paré, exhausta. Me tumbé
boca arriba flotando, mirando al sol, sintiendo cómo mis pulsaciones volvían
poco a poco a su ritmo normal, observando toda la vida que se concentraba a mí
alrededor… y empecé a reír.
No, no iba a alcanzarle, aún no.

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