La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 7 de noviembre de 2026

BAJO LA SOMBRA DE LA PARRA, por Lucía Alcázar Lara.

 


    El cielo se aclara poco a poco y la luz se extiende por las viñas sin prisa. Las cepas se ven bajas y separadas, alineadas en filas largas que parecen no terminar nunca. La tierra es seca, de color rojizo.

    Los vendimiadores llegan con cestas y tijeras. Se colocan los sombreros, se cruzan saludos, y las manos curtidas se preparan para el ritmo del día. Muchos se conocen de otros años. Son un grupo de diez personas. Forman una cuadrilla de seis hombres y cuatro mujeres.

    Uno a uno, los racimos caen con cortes precisos y las cestas se llenan de uvas. Los carros van y vienen hacia la bodega. Allí, las uvas se vuelcan sobre la prensa.

    La bodega es fresca y huele a mosto. Las paredes son gruesas y mantienen la temperatura baja incluso en los días de más calor. El suelo es de cemento, algo húmedo por las salpicaduras del agua con la que se limpian las cubas.

    Barricas grandes de roble, oscuras y grandes, con sus aros metálicos bien ajustados, se alinean a un lado. En el otro, los depósitos de acero brillan bajo la luz tenue de las bombillas.

Jarsa, un perro bodeguero andaluz, se mueve con calma por la bodega. Busca ratones que planeen robar uvas.

    Ese año, entre los vendimiadores, apareció un rostro nuevo: Youssef. Es muy joven. Alto y delgado, con los hombros ligeramente encorvados por costumbre y por el trabajo pesado. Se mueve con timidez. Su piel está tostada por otros soles y otros trabajos.

    No se une a las bromas ni comparte historias. Los demás lo observan con desconfianza, pero lo aceptan cuando ven que trabaja con precisión.

    El perro es desconfiado y apenas se acerca a la gente. Había sido el perro de un hombre que tenía una bodega en Jerez. Cuando murió, los hijos vendieron la bodega a un capataz manchego que también se llevó al perro. Añora a su dueño y espera su regreso cada tarde, cuando todos se van, sentado bajo la sombra de la parra.

    Pero cuando vio a Youssef trabajar solo, se acercó a él. Youssef, sorprendido, le ofreció un trozo de pan. Jarsa lo aceptó, moviendo la cola.

Una mañana llegó un coche viejo levantando polvo. De él bajó una mujer joven, de piel tostada por el campo y ojos tranquilos. Es María. A su lado saltó una perra blanca, pequeña, vivaracha, de orejas puntiagudas. Es Luna.

T    odos la saludan, todos menos Youssef, que la observa desde lejos.

    Jarsa sí se acercó, se quedó quieto, mirando a Luna. La perra movió la cola y lo olisqueó sin miedo.

—Parece que tu perro ha encontrado una amiga —dijo María, mirando a Youssef.

Youssef se puso nervioso. No estaba acostumbrado a que le hablaran con tanta naturalidad.

—No es mi perro —respondió con timidez.

María sonrió, una sonrisa tranquila, sin burla.

—Luna es un torbellino —dijo, inclinándose para acariciarla. Tu perro parece más tranquilo. Eso es bueno. Los extremos se atraen.

Youssef sonrió.

—¿Cómo te llamas? —preguntó María.

Youssef respondió, sin levantar del todo la vista.

—Yo soy María y ella es Luna.

La perra blanca movió la cola y se acercó a Youssef.

Jarsa, mientras tanto, se había sentado junto a Youssef, como si quisiera dejar claro que estaba de su lado.

María miró a Jarsa con atención.

—Jarsa es un perro solitario. No se va con nadie, sin embargo, a ti sí te busca.

Youssef bajó la vista hacia el perro, sorprendido por la frase.

—No sé por qué me sigue —admitió.

—Porque te entiende —dijo María, sin dudar—. Los perros reconocen a la gente que está sola y busca compañía.

Youssef, nervioso, levantó la mirada por primera vez.

Luna se acercó a Jarsa y le dio un pequeño empujón con el hocico. Él respondió moviendo la cola.

María rió.

—Pues parece que ellos ya han hecho amistad. Ahora faltamos nosotros.

Youssef no supo qué contestar.

Un día, en el descanso se sentaron juntos bajo la sombra de la parra, y ella le preguntó por su familia, por cómo había llegado hasta allí.

Youssef tardó en responder.

—Fue por necesidad —dijo al fin—. En mi pueblo, Taza, no había trabajo. Mi hermano se vino antes.

—¿Y viniste solo? —preguntó ella.

Él asintió.

—Sí. Mi hermano ahora está en Francia. Yo me quedé aquí. Me gusta el campo. La gente.

María inclinó la cabeza.

—Supongo que vine buscando un sitio —añadió él—. Y todavía no sé si lo he encontrado.

María lo miró con comprensión.

—A veces los sitios tardan en mostrarse. Pero tú también echarás raíces fuertes, aquí o donde la vida te lleve. A mí me gustaría que fuera aquí.

Youssef levantó la vista, sorprendido.

Jarsa, tumbado a su lado, movió la cola.

—Mira, hasta Jarsa está de acuerdo conmigo —dijo María.

—Quizá… quizá sí —dijo Youssef, mirando el horizonte.

María se levantó y le tendió la mano al joven.

—Es hora de recoger.

    El atardecer en el viñedo se llena de una luz dorada. Cae sobre las hileras de cepas y las tiñe de un brillo cálido. Las sombras se alargan entre los surcos, rectas y profundas, marcando el terreno como líneas perfectamente rectas.

    Los pájaros cruzan el cielo en vuelos cortos, buscando los mosquitos antes de que el sol se esconda.

    El cielo se vuelve anaranjado y se funde a lo lejos con la tierra. Las nubes son pinceladas de color amarillo, rojo y violeta.

    El último día de vendimia, al caer la tarde, todos se reunieron bajo la  sombra de la parra para beber el mosto fresco.

María se sentó junto a Youssef.

Jarsa y Luna dormían juntos a sus pies.

—¿Volverás al año que viene? —preguntó ella.

—Si hay trabajo… sí —respondió él.

—Trabajo habrá. Yo te pregunto por ti.

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