El cielo se aclara poco a poco y la luz
se extiende por las viñas sin prisa. Las cepas se ven bajas y separadas,
alineadas en filas largas que parecen no terminar nunca. La tierra es seca, de
color rojizo.
Los vendimiadores llegan con cestas y
tijeras. Se colocan los sombreros, se cruzan saludos, y las manos curtidas se
preparan para el ritmo del día. Muchos se conocen de otros años. Son un grupo
de diez personas. Forman una cuadrilla de seis hombres y cuatro mujeres.
Uno a uno, los racimos caen con cortes
precisos y las cestas se llenan de uvas. Los carros van y vienen hacia la
bodega. Allí, las uvas se vuelcan sobre la prensa.
La bodega es fresca y huele a mosto. Las
paredes son gruesas y mantienen la temperatura baja incluso en los días de más
calor. El suelo es de cemento, algo húmedo por las salpicaduras del agua con la
que se limpian las cubas.
Barricas grandes de roble, oscuras y
grandes, con sus aros metálicos bien ajustados, se alinean a un lado. En el
otro, los depósitos de acero brillan bajo la luz tenue de las bombillas.
Jarsa, un perro bodeguero andaluz, se
mueve con calma por la bodega. Busca ratones que planeen robar uvas.
Ese año, entre
los vendimiadores, apareció un rostro nuevo: Youssef. Es muy joven. Alto y
delgado, con los hombros ligeramente encorvados por costumbre y por el trabajo
pesado. Se mueve con timidez. Su piel está tostada por otros soles y otros trabajos.
No se une a
las bromas ni comparte historias. Los demás lo observan con desconfianza, pero
lo aceptan cuando ven que trabaja con precisión.
El perro es
desconfiado y apenas se acerca a la gente. Había sido el perro de un hombre que
tenía una bodega en Jerez. Cuando murió, los hijos vendieron la bodega a un
capataz manchego que también se llevó al perro. Añora a su dueño y espera su
regreso cada tarde, cuando todos se van, sentado bajo la sombra de la parra.
Pero cuando
vio a Youssef trabajar solo, se acercó a él. Youssef, sorprendido, le ofreció
un trozo de pan. Jarsa lo aceptó, moviendo la cola.
Una mañana llegó un coche viejo
levantando polvo. De él bajó una mujer joven, de piel tostada por el campo y
ojos tranquilos. Es María. A su lado saltó una perra blanca, pequeña,
vivaracha, de orejas puntiagudas. Es Luna.
T odos la saludan, todos menos Youssef,
que la observa desde lejos.
Jarsa sí se acercó, se quedó quieto,
mirando a Luna. La perra movió la cola y lo olisqueó sin miedo.
—Parece que tu perro ha encontrado una
amiga —dijo María, mirando a Youssef.
Youssef se puso nervioso. No estaba
acostumbrado a que le hablaran con tanta naturalidad.
—No es mi perro —respondió con timidez.
María sonrió, una sonrisa tranquila, sin
burla.
—Luna es un torbellino —dijo,
inclinándose para acariciarla. Tu perro parece más tranquilo. Eso es bueno. Los
extremos se atraen.
Youssef sonrió.
—¿Cómo te llamas? —preguntó María.
Youssef respondió, sin levantar del todo
la vista.
—Yo soy María y ella es Luna.
La perra blanca movió la cola y se
acercó a Youssef.
Jarsa, mientras tanto, se había sentado
junto a Youssef, como si quisiera dejar claro que estaba de su lado.
María miró a Jarsa con atención.
—Jarsa es un perro solitario. No se va
con nadie, sin embargo, a ti sí te busca.
Youssef bajó la vista hacia el perro,
sorprendido por la frase.
—No sé por qué me sigue —admitió.
—Porque te entiende —dijo María, sin
dudar—. Los perros reconocen a la gente que está sola y busca compañía.
Youssef, nervioso, levantó la mirada por
primera vez.
Luna se acercó a Jarsa y le dio un
pequeño empujón con el hocico. Él respondió moviendo la cola.
María rió.
—Pues parece que ellos ya han hecho
amistad. Ahora faltamos nosotros.
Youssef no supo qué contestar.
Un día, en el descanso se sentaron
juntos bajo la sombra de la parra, y ella le preguntó por su familia, por cómo
había llegado hasta allí.
Youssef
tardó en responder.
—Fue por
necesidad —dijo al fin—. En mi pueblo, Taza, no había trabajo. Mi hermano se
vino antes.
—¿Y viniste
solo? —preguntó ella.
Él asintió.
—Sí. Mi
hermano ahora está en Francia. Yo me quedé aquí. Me gusta el campo. La gente.
María
inclinó la cabeza.
—Supongo que
vine buscando un sitio —añadió él—. Y todavía no sé si lo he encontrado.
María lo
miró con comprensión.
—A veces los
sitios tardan en mostrarse. Pero tú también echarás raíces fuertes, aquí o
donde la vida te lleve. A mí me gustaría que fuera aquí.
Youssef
levantó la vista, sorprendido.
Jarsa, tumbado
a su lado, movió la cola.
—Mira, hasta
Jarsa está de acuerdo conmigo —dijo María.
—Quizá…
quizá sí —dijo Youssef, mirando el horizonte.
María se
levantó y le tendió la mano al joven.
—Es hora de
recoger.
El atardecer
en el viñedo se llena de una luz dorada. Cae sobre las hileras de cepas y las
tiñe de un brillo cálido. Las sombras se alargan entre los surcos, rectas y
profundas, marcando el terreno como líneas perfectamente rectas.
Los pájaros
cruzan el cielo en vuelos cortos, buscando los mosquitos antes de que el sol se
esconda.
El cielo se
vuelve anaranjado y se funde a lo lejos con la tierra. Las nubes son pinceladas
de color amarillo, rojo y violeta.
El último
día de vendimia, al caer la tarde, todos se reunieron bajo la sombra de la parra para beber el mosto fresco.
María se
sentó junto a Youssef.
Jarsa y Luna
dormían juntos a sus pies.
—¿Volverás al
año que viene? —preguntó ella.
—Si hay
trabajo… sí —respondió él.
—Trabajo
habrá. Yo te pregunto por ti.

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