La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 8 de septiembre de 2024

Tiempo de eras, por José Antonio Cascales.

 


Por San Antonio comienza el verano, de días calientes y noches frescas. La flor de la retama abierta y las abejas zumbando, la flor del castaño comenzando.

Las hierbas se van marchitando y los pilones en el rio se van realizando.

Se arrancan las habas y los cereales se van dorando. Vienen cuadrillas de todos lados, algunos hombres se traen a sus hijos, duermen en pajares o en corrales.

Los jornales son cortos y largas las peonadas, por casi la comida se empieza la siega.

Se come temprano las migas, sobre las doce el gazpacho con trozos de pan duro bailando, sobre las cinco la olla y no sé si por la noche algún trozo de tocino con aceitunas y pan. En las comidas con la cuchara en la mano, un pasito palante y un pasito patras, donde entran otros y así un día y otro.

El niño recoge espigas y prepara “vencejos” para amarrar los haces, también reparte el agua de la botija a los segadores.

Los haces se van cargando entre animales y carro, se van llevando a la era formando montañas enteras.

Entran las bestias a modo de trote, donde poco a poco desvanecen las lomas y se convierte en pradera. Se engancha el trillo con la collera más grande, se suben los niños al trillo como si fuera una noria tumbada en el suelo. Los padres remeten orillas y le dan la vuelta a la “parva”. Cuando la paja esta suelta se amontona la mies molida y después se “ablienta”. Las parvas grandes las “ablienta” la máquina que si hace aire en el día se hará por la tarde noche o de madrugada que el aire amaina. Las parvas pequeñas las “ablienta” el “biergo” que para sacar limpias las legumbres se utiliza también la criba y el “asnero”. Para rematar la faena el soplillo.

Todas las eras están ocupadas, todas las bestias circulando, a veces en las cuestas se paraba el carro y era un problema, las bestias agotadas se estiraban para poder subir la cuesta.

En el centro de la era la parva de cebada, la de las lentejas y garbanzos mas tardíos siempre había algún rincón libre que al trillarlos saltaban como bolas libres, los niños las recogíamos con la esperanza de algún postre rico. Las madres nos hacían un flan para los domingos, este se marcaba por trozos para los hermanos, como si de verdaderas fronteras se tratara.

Las eras se van acabando, hay que meter la paja en los pajares y recoger la granza para las aves, siempre llevan tierra y semillas que a ellas les va de maravilla.

Las eras quedaban limpias, todas barridas, no había hierbas y las piedras estaban pulidas y brillantes ¡por tanta pisada y por tanta barrida!

Bandadas de gorriones acudían a rebuscar semillas, cuando caían las primeras tormentas, ya por agosto o septiembre, todo se lavaba, todo se olvidaba, la tierra y el polvo se asentaban y un verdadero perfume invadía las eras.

Hoy paseo por las eras, eras de nuestra infancia y de nuestros antepasados, eras de esfuerzo y supervivencia.

Hay paseo con mi perro por unas eras del pueblo, estaban las de la Ermita, las de la Balsa, las del Albaicín y las de “Cagarria” que junto con las de la Ermita son las de mayor calado, tanto por extensión como por recoger los diferentes aires para el “abliento “de los distintos granos. También había eras en los molinos y en los cortijos aislados.

Estamos en la estación seca, la del verano, donde todas las eras deberían de estar llenas de mies o de legumbres, llenas de personas, llenas de animales. Hoy mi perro corre por ellas, la hierba crece entre sus piedras, los balates que las separan se han caído, unos por el ganado, otros por la lluvia acumulada. En algunas se han plantado árboles, en otras se han construido pequeños almacenes.

Paseo el hoy por donde el ayer, donde pasé mi juventud, donde dormí siendo un niño teniendo las estrellas como techo, donde unas galletas me despertaron en unas eras que ya no están. 

Hoy paseo por donde muchas de ellas son escombreras, el desecho de la casa.

Hoy paseo por donde el agricultor recogía su grano, su esfuerzo, su sueño del año entero. Donde sí su cosecha era buena le podría pagar al tendero, al barbero, al tabernero y al pueblo entero. Pero si no se recogía grano, volveríamos a comprar fiado, gracias al tendero que nos apuntaba el año entero.

Hoy las eras de mi pueblo han caído en el olvido, en algunas de dibujaban los cuatro puntos cardinales. En muchas otras hay huecos para la botija, el cántaro de agua y la fiambrera, con esa fritada de morcilla y calabaza “burriquera”, con suerte algún chorizo.

En algunas eras pasaban cerca las acequias y había grandes castaños en sus orillas. el agua cristalina, la sombra frondosa, el cansancio en lo alto, así que los ojos descansaban un rato en aquel oasis.

Las eras…hoy olvidadas, ayer necesarias ¿y mañana? Mañana seremos leyenda.


En el susurro del viento, por Judith Frutos Navarro

 


   En la llanura seca y abrasada por el sol de Gor, un pequeño pueblo en la provincia de Granada, la vida rural se mantiene viva y vibrante a pesar de los desafíos del clima y de la modernidad. En esta región la agricultura no es sólo una actividad económica sino que también es una forma de vida, una tradición profundamente arraigada en la historia y el corazón de sus habitantes.

   Juan, un hombre de mediana edad y con la piel curtida por el sol y las manos endurecidas por los años de trabajo en el campo, se levanta cada día antes del amanecer. Su familia ha trabajado estas tierras durante generaciones y él continúa con esta tradición, cultivando olivos y almendros en un terreno que parece interminable bajo el cielo azul de Andalucía.

   El aroma de la tierra húmeda después del riego se mezcla con el frescor matutino mientras Juan camina hacia su bancal. A su lado, su hijo Pablo de dieciséis años lo sigue con paso decidido. Aunque la tecnología y la globalización atraen a los jóvenes hacia las ciudades, Pablo ha elegido quedarse y aprender el oficio de su padre. En sus ojos se refleja el mismo brillo y la determinación que su progenitor tuvo a su edad.

   El agua es un recurso apreciado en Gor. Los agricultores dependen de los sistemas de riego tradicionales, las acequias, que canalizan el agua desde las montañas cercanas. Juan recuerda las historias que su abuelo le contaba sobre cómo los moros construyeron estas acequias hace siglos, una proeza de ingeniería que todavía sustenta la vida agrícola en la región.

   A medida que el sol asciende en el cielo, Juan y Pablo trabajan codo a codo. Se podan los olivos con habilidad y precisión, conscientes de que cada corte afectará a la cosecha del próximo año. El calor del mediodía se vuelve insoportable, pero ellos continúan sin quejarse. El sudor les corre por la frente pero sus rostros muestran una expresión de satisfacción silenciosa.

   La vida en Gor no es fácil, sin embargo está llena de momentos de belleza y comunidad. Al caer la tarde el pueblo cobra vida con una energía diferente. Las sombras largas de los árboles se alargan y los habitantes se reúnen en la plaza principal, junto a la iglesia. Aquí las conversaciones fluyen libremente, mezcladas con las risas y el sonido de los niños jugando.

   Ana, la esposa de Juan, prepara una cena sencilla y deliciosa con productos frescos de su huerta. La mesa está llena de tomates maduros, pimientos crujientes y una generosa cantidad de aceite de oliva. El olor del ajo y las especias se mezcla con el aire fresco de la tarde. La comida es una celebración de la tierra y del trabajo persistente que sostiene a la comunidad rural.

   Después de la cena las historias comienzan a fluir. Los ancianos del pueblo, con sus arrugas profundas y ojos llenos de sabiduría comparten anécdotas del pasado. Hablan de tiempos difíciles, de guerras y sequías pero también de momentos de alegría y prosperidad. Los niños escuchan con atención y con los ojos brillando con admiración y curiosidad.

   El sonido de una guitarra se eleva en el aire mientras un vecino comienza a tocar una melodía tradicional. La música llena la plaza y pronto los lugareños entonan las canciones que han pasado de generación en generación. Estas narran historias de amor, de lucha y de vida en el campo, resonando en los corazones de todos los presentes.

   Con la llegada de la noche el cielo se convierte en un gran manto de estrellas. En este rincón del mundo, lejos de las luces de la ciudad, la Vía Láctea es visible en todo su esplendor.

   Juan y Pablo se sientan en el umbral de su casa, mirando hacia arriba. Hay una sensación de paz y de satisfacción en el aire. A pesar de los desafíos hay una belleza indescriptible en la vida que han elegido.

 

   La agricultura de Gor no es sólo una cuestión de supervivencia, sino que implica una conexión profunda con la tierra y con las raíces de todos los que residen en esas tierras. Cada planta cultiva, cada gota de agua utilizada, cada momento compartido en la comunidad es un testimonio de la resistencia y la pasión de su gente. La vida rural en Gor es un recordatorio de que aunque el mundo evolucione constantemente, hay valores y tradiciones que permanecen y que anclan a las personas a sus raíces y a la esencia misma de lo que significa vivir.

   Al final del día, cuando las luces de las casas se desvanecen y el silencio se apodera del pueblo, Juan siente una satisfacción inmensa. Es consciente de que ha pasado otro día haciendo lo que ama, preservando una forma de vida que es tanto un legado como una promesa para el futuro. Y mientras se duerme el susurro del viento se escucha, como una canción de cuna que asegura que, pase lo que pase, la vida continuará amaneciendo en Gor.

 

Una vida nueva, de María Jiménez Sanz.

 


Susana y Christian estaban cansados del bullicio de la gran ciudad, desde que siempre habían vivido en Barcelona, pero ambos tenían claro que en cuanto pudieran se mudarían a un pueblo, a ser posible pequeño. Soñaban con educar a sus futuros hijos en una vida más sencilla y en armonía con la naturaleza. Ahora que Susana estaba embarazada, había llegado el momento, tras una búsqueda intensa de trabajo por distintos pueblos se mudaron a Don Tomás, un pequeño municipio de no más de 1000 habitantes, buscando la tranquilidad y un sitio sin contaminación para criar a los mellizos que venían en camino. Compraron una antigua granja en las afueras del pueblo, una tierra que había sido abandonada y maltratada durante años.

 

Los primeros días fueron un golpe de realidad. La tierra estaba seca y agotada, tras años de abandono por parte de los descendientes de los antiguos dueños y las malas hierbas habían tomado el control. Tanto Susana, que era ingeniera agrónoma como Christian, biólogo, sabían que tendrían que trabajar duro para revitalizar el suelo. Querían usar las técnicas menos agresivas con el terreno, para respetar la biodiversidad de la zona y el equilibrio natural. Así que decidieron por la agricultura regenerativa.

 

Enseguida hicieron amistad con la gente del pueblo; Don Tomás era un municipio de esos que llaman “la España vaciada” y todos los vecinos estaban muy contentos de recibir a gente de fuera que había decidido mudarse allí; ¡Y si traían niños mejor! En el bar del pueblo conocieron a Polo, un anciano lugareño con muchísimos conocimientos sobre agricultura tradicional que era muy escéptico con las nuevas técnicas agrícolas. "La tierra aquí ya no es como antes. No va a


ser tan fácil como vosotros pensáis", les dijo cuándo le contaron todo lo que tenían pensado hacer.

 

Susana y Christian no se desanimaron con esto, sino que les impulsó a trabajar más duro. Comenzaron a compostar los restos orgánicos y a sembrar abono verde para enriquecer el suelo. Susana ideó un sistema de riego eficiente subiendo hasta su campo el agua de un arroyo cercano. Christian se estuvo informando sobre la permacultura, y siguiendo los principios de ésta, plantó una gran variedad de cultivos que aseguraban la biodiversidad.

 

Pasaron los meses y nacieron los mellizos Chloe y Julen, a la par que ambos crecían, los resultados en los cultivos comenzaron a ser visibles. La tierra recuperó su vitalidad y las plantas crecían sanas y fuertes. Al llegar el verano, volvieron los problemas. Debido a la falta de lluvias el arroyo se secó y los cultivos comenzaron a marchitarse. Susana y Christian buscaban soluciones desesperados, le preguntaron a Polo, quien desde el primer momento estuvo encantado de ayudarles, fusionando su conocimientos tradicionales con los modernos del matrimonio.

 

Polo les explicó cómo construir un sistema de recolección de agua de lluvia y a utilizar técnicas para conservar la humedad en el suelo. "La naturaleza tiene su propio ritmo. Solo tenéis que aprender a escucharla y os dará lo que necesitáis", les decía mientras trabajaban juntos.

 

Fue gracias a esta combinación de conocimientos modernos y tradicionales como lograron salvar la cosecha. La relación con los habitantes del pueblo cada vez era mejor, veían a la familia como gente perseverante luchaba por conseguir sus metas. Desde la escuela, las profesoras hacían excursiones con sus alumnos a la granja para aprender sobre las plantas y los animales. Por las tardes algunos niños volvían para jugar con los mellizos.

 

Un año después, la granja de Susana y Christian era un oasis de verduras, cultivos y vida. Producía tanto que no solo abastecía a ellos cuatro, sino que también había para varias familias del pueblo. Junto con otros aldeanos crearon un mercado local donde intercambiaban productos frescos y orgánicos, lo que hizo revitalizar la economía local.

 

Polo, que se había convertido en un amigo y mentor de la familia, observaba orgulloso la situación. "Nunca pensé que vería esto en Don Tomás", dijo un día mirando los campos llenos de cultivos y la comunidad agrícola que se había creado. "Habéis hecho un gran trabajo, en agricultura y también en el pueblo."

 

Susana y Christian, se miraron, miraron a los mellizos y sonrieron. Con su mudanza habían encontrado una vida rural en mitad de la naturaleza y también un precioso lugar en el que ver crecer a Clhoe y Julen. Además habían conseguido que la tierra renaciera, y crear una comunidad que aprendió a valorar y respetar la naturaleza.

 

La historia de Susana y Christian no solo era una historia de éxito personal, sino también un ejemplo para muchos. Don Tomás dejó de ser un pueblo olvidado para convertirse en un modelo de sostenibilidad y resiliencia, demostrando que, con trabajo duro y respeto por la naturaleza, es posible todo.


Tesoro enraizado, por Alba Escudero Hernández

 


Recuerdo las perlas doradas en tus manos suaves y delicadas. Recuerdo como con tu mandil le quitabas el polvillo tan pegajoso que tiene este diamante natural, como me lo lavabas en la acequia y me lo dabas, para que la mañana de trabajo fuera más llevadera. Y yo, te miraba. Te miraba absorta en cada detalle de tu rostro, en cada mueca de tu boca, en el brillo de tus ojos incandescente que aparecía cada vez que hallabas el horizonte en esos frutales que con tanto mimo cuidabas. Pero si algo recuerdo más, era tu sonrisa, que para mí era cálida y enamoradiza, pero que ahora entiendo que para ti era toda una línea del tiempo melancólica y esperanzadora.

 Abuela, estoy sentada en aquel tronco de olivo que aún conservo y me hago pequeña. Cierro los ojos y aún escucho tu voz canturreando aquellas coplillas, aún percibo tu perfume a romero mezclado con el aroma del manjar que teníamos entre manos. Allí estaba yo, como quisiera estar ahora, observándote de nuevo mientras me comía mi melocotón recién tratado por las mejores manos que he tenido en mi vida, para que me nutriera de las raíces que me dejaste.

 Abuela, tus coplillas eran lamentos enmascarados llenos de esperanza, ahora lo sé. Una manera de acatar la vida con la mejor filosofía, con el coraje necesario para no vencerse ante las tempestades, para remar en la tormenta cuando la muerte ya había pasado por tu hogar y te había arrebatado lo que más querías o cuando el hambre era patente en tu día a día y debías resurgir de las cenizas, reinventar y conseguir vivir tú y los que aún, como yo, quedaban a tu lado.

Abuela, supiste vencer los desvíos que el destino te puso, supiste colocarte tu moño bajero con tu horquilla rasgada, lavarte la cara cada mañana en la jofaina de tu habitación, coger tu mandil de la cuerda que andaba atada en la fachada de la cueva, preparar el serón de tu vieja burra, recoger un pan del horno de leña de María y un chorizo, de la orza que aún aguantaba, para poder desafiar al sol. Después de todo ello, cuando ya nuestro enemigo empezaba a asomar su cabeza, me despertabas con olor a leche recién ordeñada, hervida y calentita para ser tomada, con tu miraba puesta en mi dulce sueño, pensando, seguro, en darme una vida más acomodada.

Y tras ello, bajo tu sonrisa yo me levantaba, con mucha ilusión por ir con mi abuela al campo, a por las perlas doradas, en una aventura pirata, como ella llamaba a la recogida de los pocos melocotones que habían resurgido de los frutales que una vez el abuelo sembró. Aunque lo más divertido era ir subida en la vieja burra hasta llegar a la puerta de la iglesia donde bajo mi sombrero de paja miraba como mi abuela se deshacía de nuestro tesoro para poder buscar otro.

Abuela, ahora he descubierto el valor del tesoro que tenías escondido, uno que sólo se cultiva en esta tierra y que gracias a ti hoy puedo disfrutarlo. Supiste saber darme un corazón honrado, enraizar en mí el sentimiento hacia el cultivo de la vida, el cuidado de la herencia natural que nos han ido dejando y supiste impregnarme de tu alma luchadora invencible.

Ahora te veo en todos lados abuela, en el espejo del zafero cuando me miro para hacerme como tú, un moño que recoja mi pelo ante el arduo día de trabajo. Te veo también en el polvillo del melocotón, cuando lo lavo aún en la acequia para deleitar su sabor o en el aroma que se respira allí en tu huerta, inspirando una mezcla tan tuya… Pero sobre todo abuela, te veo reflejada en mis ojos, en el brillo incesante que no se apaga, que rompe con los límites que pone la vida y que continúa luchando para que tu legado no se pierda.

Abuela, eres eterna.

El sombrero de tres picos, por Marina Serrano Escobar.

 


En el corazón de la comarca de Guadix, donde los campos verdes se extienden hasta donde alcanza la vista, vivía don Anselmo, un agricultor cuyas manos habían acariciado la tierra durante más de sesenta años. Su rostro, curtido por el sol y las estaciones, narraba historias de abundantes cosechas y sequías implacables. Pero más allá de su labor, don Anselmo era un hombre de alma generosa, conocido por todos como «el guardián de las semillas ancestrales».

 Cada mañana, antes de que el sol despertara por completo, don Anselmo se dirigía a sus tierras, acompañado por su nieto Diego. Juntos, labraban los campos, sembrando no solo semillas, sino también enseñanzas que Diego absorbía con avidez. Una de las historias favoritas del abuelo era la del «Sombrero de Tres Picos», un símbolo de sabiduría, protección y conexión con la tierra que había pasado de generación en generación.

 El sombrero, un relicario de cuero ajado, había sido llevado por el bisabuelo de Anselmo, quien contaba que tenía el poder de comunicar con la naturaleza. Según la tradición, aquel que lo portara recibiría la guía de los antiguos espíritus de la tierra. Diego, fascinado por el misterio del sombrero, soñaba con el día en que pudiera llevarlo con orgullo y entender los secretos que susurraba el viento.

 Un día, mientras trabajaban bajo un cielo despejado, don Anselmo se detuvo y miró a su nieto:

 —Diego, hijo mío, hoy sembramos algo más que trigo y cebada —dijo, entregándole un pequeño saco de semillas—. Estas semillas son especiales. Provienen de una planta que se dice tiene el poder de curar la tierra y sanar el alma. Pero necesitan más que agua y sol para crecer; necesitan amor y respeto por la naturaleza.

 Diego tomó las semillas, sintiendo el peso de la responsabilidad y el legado que llevaba en sus manos. Juntos, plantaron cada semilla con cuidado, cantando antiguas melodías que don Anselmo había aprendido de su padre. La tierra, suave y fértil, acogía cada semilla como si de un tesoro se tratara, prometiendo devolver con creces el cariño con el que eran plantadas.

 Pasaron los meses, y la cosecha prometía ser la mejor en años. Las plantas crecieron vigorosas, sus hojas verdes reflejaban la luz del sol, y las flores, de un amarillo brillante, pintaban el paisaje con un toque de esperanza. Sin embargo, un verano inesperadamente seco amenazó con arruinarlo todo.

 Don Anselmo, preocupado, reunió a la comunidad. Propuso una idea que a muchos les pareció descabellada: realizar una ceremonia de agradecimiento a la tierra, pidiendo por la lluvia.

 Esa noche, bajo la luz de la luna llena, los habitantes de Guadix se congregaron en el campo. Encendieron fogatas cuyo crepitar competía con los murmullos del viento. Siguiendo la guía de don Anselmo, ofrecieron frutos de sus cosechas anteriores, cantaron canciones de esperanza y narraron historias de tiempos mejores. Diego, con el sombrero de tres picos en la cabeza, lideró una danza que culminó con un momento de silencio profundo, donde solo se escuchaba el latido compartido de los corazones.

 Al amanecer, el cielo se nubló y una suave llovizna comenzó a caer, lentamente al principio, pero luego transformándose en una lluvia abundante y generosa. El aroma de la tierra mojada se mezclaba con el fresco olor del campo, creando una sinfonía olfativa que anunciaba la promesa de una nueva vida.

 La comunidad celebró con alegría y gratitud, conscientes de que habían presenciado un milagro. Don Anselmo, con lágrimas de emoción, abrazó a su nieto.

 —Nunca olvides, Diego, que la tierra nos da tanto como le damos a ella. Respetarla y cuidarla es nuestro deber y nuestra bendición.

 Aquella cosecha fue una de las más abundantes en la historia de Guadix, y las semillas especiales dieron frutos que se compartieron con toda la comarca. La historia del «Sombrero de Tres Picos» se transformó en una leyenda viva, recordando a todos la importancia de la unión entre el hombre y la naturaleza.

 Con el paso de los años, Diego se convirtió en un hombre, heredando no solo las tierras de su abuelo, sino también su sabiduría y amor por la tierra. La casa de don Anselmo, construida con piedras que habían visto generaciones, se convirtió en un refugio para aquellos que buscaban aprender y entender la conexión sagrada entre la vida y la tierra.

 Diego, con el sombrero de tres picos en la cabeza, se paseaba por los campos al amanecer, siguiendo las enseñanzas de su abuelo. A menudo se le veía con los niños del pueblo, compartiendo historias y enseñándoles a respetar y cuidar la naturaleza. Los campos florecían bajo su cuidado, y las cosechas eran generosas, reflejando el amor y la dedicación con que se cultivaban.

 Un día, durante la festividad de la cosecha, Diego decidió compartir un secreto que su abuelo le había revelado poco antes de morir. Reunió a la comunidad en la plaza del pueblo, bajo la sombra de un gran árbol:

 —Queridos amigos, hoy quiero compartir con vosotros el verdadero poder del sombrero de tres picos. No se trata de magia, sino de amor incondicional y respeto por nuestra tierra. Mi abuelo me enseñó que la verdadera conexión con la naturaleza se logra cuando entendemos que somos parte de ella y no sus dueños.

 El pueblo, conmovido por sus palabras, se comprometió a seguir cuidando la tierra con la misma devoción que don Anselmo y Diego habían demostrado. Y así, la leyenda del «Sombrero de Tres Picos» perduró, recordando a todos que la verdadera riqueza se encuentra en la conexión con la naturaleza y en el amor compartido.

 

La muerte de Argamasilla de Conde, por Francesc X. Beneyto Ibáñez

 


«Todos mienten». Eran las últimas palabras del informe inacabado del detective Colomer, que me llegó cuando el jefe decidió asignarle a él otro asunto, uno de mayor envergadura. Yo era el viejo al que se enviaba a solventar su último caso antes de hacer realidad el sueño de convertirse en domador de hamacas. El último episodio de mi larga carrera consistía en resolver el presunto asesinato de un pueblo perdido en la meseta española, Argamasilla de Conde.

Antes de salir, analicé sin fortuna cada apunte de Colomer para obtener claves que aportaran algo de luz. Describía un panorama desolador: un pueblo de persianas bajadas, colegios cerrados y constantes ampliaciones en el cementerio; un lugar al borde de ser borrado del mapa.

Tardé más de lo calculado en llegar. Minutos después de desviarme de la autovía, me sorprendió encontrar una carretera nueva para acceder al pueblo. A lo lejos parecía haber unas enormes naves abandonadas. Salí del coche y observé con detenimiento aquel pueblo espectral e inquietante. Caminé por sus calles contemplando el contraste de edificios ruinosos y abandonados, vestigios de épocas mejores, y las nuevas construcciones, insulsas y plomizas, con acabados baratos, precozmente envejecidas y deterioradas. Alguien llevaba años exprimiendo a la víctima en su propio beneficio. Las últimas actuaciones: las carreteras, el museo o el centro de la tercera edad encajaban dentro de las excusas habituales para explotar otro pueblo hasta la extenuación. Intuía corrupción, clientelismo y mordidas.

Me dirigí al ayuntamiento a desenmascarar a aquellos buitres. Sabía que iba a encontrarme una escena del crimen fabricada, pero no sería la primera vez. En la calle nadie más que un perro, que ladraba como si algo supiera. Llegué y me presenté cordialmente. Me esperaban el alcalde y otros tres empleados. Les indiqué que los interrogaría individualmente y no pusieron impedimento. Buscaba dar con alguna fisura en sus testimonios, pues, como supuse, el discurso oficial había sido meticulosamente elaborado y memorizado por todos ellos. Defendían con firmeza que el pueblo llevaba enfermo desde la emigración masiva de gente joven hacia los centros urbanos e industriales en los 60 y 70. Además, su localización periférica, alejada de los centros de producción y consumo, dificultaba no solo el crecimiento, sino la misma supervivencia. El golpe final había sido la entrada en la Comunidad Económica Europea en 1986. Pese a luchar contra los elementos y las fechorías de los burócratas de Bruselas, ellos habían hecho lo imposible para salvarlo: asumieron el reto demográfico y apostaron por las posibilidades de las nuevas ruralidades, basadas en potenciar el talento local y el emprendimiento…

—¿Y qué pasó con los jóvenes y el talento local? —pregunté al alcalde, cansado de escuchar aquel artificio político.

Lo intentamos con uñas y dientes —dijo fingidamente afligido—. Los jóvenes no quieren quedarse en el pueblo. Para ellos eso sería fracasar. Se han cerrado negocios familiares que funcionaban bien porque los hijos no quieren verse trabajando aquí. Quieren capitalizar sus estudios, quieren proyección.

Aquel áspid sabía desenvolverse bien en el fango. Resultaba convincente, aunque era muy poco honesto responsabilizar a los jóvenes del abandono del pueblo y tratar de encubrir así sus evidentes corruptelas. De algún modo, el alcalde había dado en la tecla, compartíamos el desdén por la juventud, pero mi análisis era distinto: la culpa fue solo nuestra. Vivimos todos estos años sin plantearnos qué mundo dejábamos a las futuras generaciones. En cuatro días, no dudarán en exterminar a tanto viejo costoso e improductivo.

Tal vez Argamasilla de Conde fue víctima de un lento y sigiloso crimen perpetrado a lo largo de los años que fue arrebatándole su gente, sus posibilidades, su patrimonio y, por supuesto, su memoria. Yo siempre busqué la rectitud de ánimo, pero me falló la integridad en el obrar. Mi trabajo había terminado y comenzaba mi ansiada jubilación. Solo debía acabar el informe: «Causa de la defunción: Muerte natural».

Ni aún prevenido, de Pedro Navazo (2º Premio)

 


                                                     Señora: ¿es éste el pueblo en el que apodan a toda la gente?

                                                     No señor: ¡está usted confundido!

     Gracias, señora.

                                                     No hay de qué, señor “preguntillas”

 

                                                                      

            En La Aldea, como en todos los pueblos, a la gente se la conocía también por su apodo o mote. El mote era, algo así, como una seña de identidad, un signo diferenciador personal, social y familiar.

            Esta costumbre, de apodar, era tan antigua como la misma historia del pueblo, y en muchos casos se transmitía de abuelos a padres, de padres a hijos, y así sucesivamente durante varias generaciones impidiendo que dichos sobrenombres se olvidaran.

 

            Generalmente los motes hacían referencia a:

-            Características físicas peculiares: Delia “La Gamba” (porque de ella –que era horrible de fea, pero tenía un cuerpo impresionante-, se podía aprovechar todo excepto la cabeza); Juan “El Andares” (porque, debido a una leve cojera, contorneaba el cuerpo al andar); Marichu “La Camiona” (por su volumen).

-            Comportamientos curiosos: Juanita “La Beata” (porque se pasaba todo el día metida en la Iglesia y la tenía que sacar de ella, a la hora de cerrar, el sacristán casi a empujones); Pepe “El Mirón” (porque no había una, que pasara a su lado, que no la repasara de arriba abajo); Luisa “La Puertas” (por su afán de mirar por ellas para curiosear).

-            Oficios que se desempeñaban: Pedro “El Badajo” (porque era el campanero); Menchu “La Pespuntes” (porque hacía arreglos de ropa); Vitoriano “El Bollero” (Porque era panadero y presumía de hacer los mejores bollos).

-            Otros de difícil clasificación: Angelita “La Sorsevino” (porque ingresó en su juventud en un convento, pero luego se salió y “se vino” otra vez al pueblo); Víctor “El Tardio” (porque nació tarde, cuando sus padres ya mayores no le esperaban); Nicolás “El Biemplantao” (porque se quedó dormido el día de su boda de una borrachera que agarró, y la novia, después de esperar más de una hora en la puerta de la iglesia, lo “plantó” y no se casó con él); Marisa “La seispadrenuestros” (porque su madre tenía tantos “festejantes” que no se sabía a ciencia cierta cuál de ellos era su verdadero padre).

 

En cualquier caso, el mote siempre era impuesto con mayor o menor fortuna y era frecuente que el último en enterarse de su "alias" fuera uno mismo. Tan asumido estaba que, en muchos casos, llegaba a sustituir al nombre original, dándose la circunstancia de qué, en ocasiones, se desconocía la identidad personal, ya que el apodo siempre sustituía al primer apellido.

            Como no podía ser menos el abuelo Julián también tenía su apodo, aunque nunca me había detenido a pensar en su procedencia:

             — ¿Por qué te llaman "Guindilla"? -le pregunté con viveza, cogiéndole algo desprevenido.

— Se lo pusieron a mi padre -respondió, mientras se reía-... Porque decía siempre lo que pensaba en voz alta y, eso, a muchos les molestaba y les “picaba", ¿entiendes?...

             — ¿Y no te molesta que te lo llamen?

             — ¡Que va, hijo! -me dijo con tono orgulloso-. Las palabras no pueden herir..., sólo, algunas veces, son las personas quienes lo hacen.

             — ¿Y a tu amigo, "El Quemao”, ¿por qué le llaman así? -me interesé.

             — ¿Al Genaro? -volvió a reírse con más ganas-… Pues porque se quedó dormido en la cama con el cigarrillo encendido en la boca y casi arde como una tea.

Así, entre risas y anécdotas, como si fuéramos un par de amigos, estuvimos durante un buen rato repasando todos los motes del pueblo, y me enteré, por ejemplo, que al padre de mi amigo Agapito le apodaban "El Piconero", porque desde siempre habían vendido carbón; al primo Pío "El Sobrao", porque siempre presumía saber más que los demás; a Jacinto, que llevaba fama de tímido, “El Encuerao”, porque salió desnudo a la calle para ganar una apuesta; a Luis, el guarda, “El Esterminio”, porque su madre se llamaba Ester y su padre Herminio); a Plácido, el alguacil, “El Gordo”, porque de tan flaco que era parecía ir de perfil; a nuestro vecino, Benito, "El Sentao", porque cuando uno iba a su casa, él se tiraba todo el tiempo sentado, sin ofrecerle asiento aunque se estuvieran horas hablando; a Cándido, el caminero, “El Tío Barrunta”, porque era muy dado a comunicar lo que presentía o lo que barruntaba; a Severino, el electricista,“ El Revive”, porque al nacer le costó tanto arrancar a llorar, que la matrona, según le daba azotes en el culo, le iba diciendo: revive, revive…, y al difunto Ezequiel “El Tío Tres”, porque se había casado tres veces.

 Cualquiera del pueblo administraba el sacramento del bautismo con una mordaz desconsideración y, por no librarse, no se libraba ni tan siquiera D. Santiago, el cura, de figura alta y delgada, que le llamaban "El Villalta" (un torero de la época), porque, según decían, en las misas de gran solemnidad se le advertían poses y maneras más propias de un matador.

 

            Pero de todos los apodos, a mí, el que más gracia me hacía por su ingenio era el que le pusieron a D. Eloy, el director de la sucursal del Banco Hispanoamericano, de Salas de los Infantes, que estaba casado con Lidia, la hija del "Oportuno" (porque siempre llegaba cuando no se le necesitaba). Un día que llegó al pueblo impecablemente trajeado -como siempre-, mientras alternaba en el bar del "Chispo" con la gente del pueblo, se le acercó Miguelón "El Moteas" (porque se dedicaba a poner motes):

— ¿Ya sabe, D. Eloy, que es costumbre poner mote en el pueblo a todo el mundo? -le observó

             — Pues conmigo lo vais a tener mal -dijo muy seguro-: soy un señor y vengo prevenido.

            Pasado un rato, Miguelón, después de consultar su reloj y apurar de un trago el vino que le quedaba en el vaso, hizo un gesto fugaz de despedida a todos y, desde la puerta, antes de salir, se dirigió al banquero y de forma capciosa le dijo:

             — ¡Hasta mañana, señor "Prevenido"!

            Y es que los motes no entienden de clases…