La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 29 de mayo de 2022

MÁS HILO ROSA PASTEL, por Christian Justicia Sánchez.




 


No te lo creerás, pero levantarme a tu lado cada mañana es lo que me hace empezar con ilusión la jornada. Y es que ya no tenemos la juventud de los años pasados; se notan ciertas arrugas en los pliegues, la palidez ha ganado terreno al rubor de antaño y al menos en mi caso, es imposible seguir adelante sin visitar al doctor. Ha pasado ya tanto desde aquello… Pero aquí estamos, ¡Manteniendo el tipo y de una sola pieza! Saludando día tras día a la luz del amanecer que se cuela por las rendijas de la persiana, y cuando te veo, esa luz que se cuela en la habitación apenas brilla más que la que nace en mi mirada.

De niña era igual, tú ya lo sabes; una personita que se preocupaba por los demás y que además era feliz haciéndolo, que no se acostaba sin construir una casita con cualquier cosa que me encontrara para mis muñecos; una caja de leche, la guitarra de papá o debajo del tendedero. Mientras hubiera techo estarían bien. Yo les decía “buenas noches” y ellos me contestaban lo mismo agradecidos. A rinoceronte le gustaba estar cerca de buey, a jirafa siempre tenía que posarla apoyada en algún sitio porque la pobre tenía las patas torcidas, burrito era de mis más queridos pues me lo encontré en la calle y se notaba en su tamaño que era diferente al resto, no quería que se sintiera un extraño. Tú no habías llegado a mi vida todavía pero ya se podía ver el gran corazón que albergaba para ti. El día que nos unió para siempre aún se veía largo.

¿Me ayudas a preparar el desayuno? Ya no quedan manzanas, pero sé que te gustan mucho los fresones. Déjame preparar las tostadas que no quiero que te acerques a las varillas, no vaya a ocurrir una desgracia. La mermelada de frambuesa se ha acabado, ¿Abrimos otra? Tenemos una de arándanos. ¿Nunca te gustaron demasiado los arándanos verdad? Reconozco que a mi sí. Por eso el pastel de boda estaba trufado con arándanos.

Pocas bodas habrán sido diseñadas con tanto celo como esa; recuerdo que ponía a cada invitado la personalidad de alguno de mis muñecos para ayudarme a organizar mejor, como cuando era pequeña y hacía teatrillos con ellos. Nos dejamos los dedos haciendo manualidades como recuerdos; imanes de nevera con la foto de los afortunados novios, portarretratos donde salíamos en los más variados países del sur de Europa, quedando para practicar la coreografía conjunta de baile de después de la ceremonia y haciendo ramilletes de flores para todas esas personas.

Vamos, que ya está todo listo. Apártate un poco que no quiero mancharte con el jugo de la mandarina. Es importante no mancharse, ¿No te acuerdas cuando te caíste en aquel charco embarrado inmundo de detrás de casa? La de porquería que había ahí y lo mal que lo pasamos para que te recuperaras del susto. Fue hace mucho tiempo pero me acuerdo bien. Ahora hay un bloque de edificios donde había aquel sendero donde caíste. Aunque claro, me hubiese quedado más tranquila de saber que lo mal que lo pasé ese día no se podría comparar con lo mal que lo pasaría el día de la boda.

Ya sabes que para mi es importante saber qué piensa la gente de las cosas más íntimas si estas provienen del corazón. Lo digo porque si vamos a entregarnos en cuerpo y alma a otro, esas cosas deben formar parte de un lugar común. No obstante, ya sabes como es la gente; te tachan de excéntrica y desconsiderada por albergar semejantes ideas. Lo siento por todos y por todo el trabajo perdido, pero ¿Qué no pueden entender que había mucho más en juego un simple banquete? ¿Es que nadie puede hacerse a la idea de lo que es tener lo que más quieres en el mundo hecho pedazos?

No te pongas triste, ven, deja que te roce con mi naricita… Salgamos fuera al jardín, cógeme de la mano. Vaya, déjame ver; creo que hay que arreglar un descosido. A ver si viene mamá con más hilo rosa pastel. ¿Quieres que te lo arregle yo o ella? ¿Con el tiempo os habéis ido llevando mejor eh? Piensa que es la única que me entiende, el resto se han ido todos, pero ahora importa poco. La gente da más importancia a que seas como ellos a que seas como tú realmente eres. Porque ya dirás tú; ¿Cómo vas a olvidar lo que casi arruina tu existencia? Aún recuerdo ese dolor; agudizado por el hecho de que viniera de una manera tan inesperada; los dos allí en el acantilado revelándonos todos nuestros secretos y malas acciones el día antes de la boda, para así poder consagrar el matrimonio desde la honestidad y amor más puros. Entonces lo dice; lo recuerda; lo describe; una niña que se cruzó, a la que sólo vio una vez de pequeño y a la que quiso hacer llorar, y mis oídos dejan de escuchar el batir de las olas porque es ese llanto ensordecedor el que acude de nuevo a mi memoria.

Dicen que no hay peor condena que el no saber cuándo te van a rematar. Pues yo me enfrentaba a algo parecido pero en sentido contrario; me remataron y ahora iba a esposarme con el responsable. A pesar de haber dejado de ser la novia que era, la ceremonia avanzaba imparable. Mis padres y demás familia me azoraba a seguir con el guion establecido y no veía el momento en el que poder parar. Tú estabas en una cajita, olvidada, y yo me consagraba a tu cruel asesino. En la iglesia de camino al altar vi muchas caras mirándome, pero yo sólo te recordaba a ti.

¿No tiene sentido acaso que esté aquí ahora contigo en esta hermosa mañana? ¿Hay manera alguna de ser más feliz? No lo sé y no sé qué pensarás tú, pero yo no me quiero arriesgar. Alguien sabe lo que puede aguantar hasta que le rompen, y cuando le rompen huye para siempre de la fragilidad.

¿Estás triste? ¿No quieres recordarlo verdad? Ven aquí a mi cuellito. Tan suave eres… ¿No ves qué bien se adapta mi barbillita a tus orejotas? Tú tranquila, quédate con que cuando llegué al altar y vi la cara de aquel niñato tenía muy claro donde estaba mi sitio. Ya no era la niña tonta e indefensa que fui cuando te me regalaron. Ven aquí mi amor, deja que te acaricie la barriguita… ¿Qué no ves que me he quedado contigo? ¿Qué no ves que tenemos la casa llena de muñecos y que ningún estúpido ser humano sin alma es más importante que vosotros? Bueno sí… Está mamá, pero ella es distinta, ella nos entiende, no es como aquel niñato; aquel niñato que te arrancó de mis manos y te cortó a trocitos con unas tijeras y te dejó caer en el suelo formando una pila rosa de trapito y te aseguro que al lado tuyo mi alma también yacía apilada a mis pies… ¡Tranquila! ¡Te reconstruí! ¿No ves? Y no sólo eso, sino que cuando aquel cura dijo toda esa basura en nombre de un dios que me había hecho compartir sin yo saberlo lo más íntimo de mi ser y sentimientos con el mismo que me hizo tantísimo mal, comprendí dónde estaba mi sitio. Por eso dije “no” a la esperada pregunta, por eso dije “no” al mundo.

¿Oyes? ¡Viene mamá! Vamos a verla, le tenemos que decir que nos traiga hilo rosa pastel para tu trompita. Ven por aquí. Mira a hipo, luego te dejo en su cabecita que ya sé que te encanta ver la vida desde ahí.

QUÉDATE, por Concepción Sánchez García.

 


Templanza volátil de divino rumor, 

te pintan los ejércitos de tus vocablos,

infinitud goteando del filo de tu lengua,

armonía orquestando de tu pábilo pulso

es grácil en las alas de tu boca fresca

traspasando las voces de todos los silencios.

Jamás nos deja el candor de tu techumbre

suena a serenata en los arpegios de la vida,

porque estás hecha de arrullo azul,

del hálito que exhala los pájaros,

de luminiscencia sin mácula

chorreando por los espacios eternos.

Nítida partícula en cálamo abierto

átomo en el aire, de jugo, de plumaje y oro,

nos abraza tibia cual verso de Machado.

Tan ligera en roce de tándem, te sientes

flor del sur, Paz en tu vuelo soñador de Morfeo

desciendes en la luz de tu caricia que atomiza;

aleteante ser de la abeja de tu risa

siempre la atesora la llovizna del mundo.

De polen, besarás al amor en su universo,

donde se le escucha, bajo el lienzo del crisol

sempiterno de tu gorjeo puro de porcelana.

INCENTIVAR A LA LECTURA, por José Luis Raya.



Cada vez conozco a más lectores habituales que están desertando: abulia, desinterés, comodidad, falta de tiempo o de concentración… muchas pueden ser las causas. La tarea por ir captando más adeptos a la lectura resulta infructuosa porque a los motivos anteriores se le unen otros muchos que se sustentan, especialmente, en el vigoroso influjo que ejercen los medio audiovisuales y el tremendo poder de persuasión y adicción que generan los videojuegos o cualquier medio digital.  He tenido que permitir, previo permiso tutorial, que algunos de mis alumnos puedan leer, en sus móviles o tabletas, algunas lecturas en pdf que son descargadas desde diferentes plataformas.

 Ya no debemos plantearnos el dilema libro en papel versus electrónico, sino que se lea simplemente. A continuación, intento atraerlos al formato papel, aludiendo a sus ventajas y encantos. Difícil tarea es hacerle ver a un adolescente, mejor dicho, oler el delicado aroma que desprenden las páginas de un libro. La mayoría de estos aducen, en su defensa, que no tienen dinero para comprar libros. ¡Menudo argumento!, sobre todo si lo manifiestan luciendo el Iphone. ¡Ardua tarea la que tenemos por delante!

 Ya nos encontramos ante el panorama más o menos dibujado, o mejor dicho desdibujado, donde debemos desenvolvernos. Si a ello le unimos las tediosas historias que nos narran muchos autores, deduciremos, sin elucubrar demasiado, la lamentable situación que se nos presenta. Para muchos jóvenes, el acto mismo de leer se convierte en malestar o pesarosa inquietud. Hay que tener sumo cuidado para que esto no suceda, ya que  se puede identificar fácilmente la lectura con aburrimiento o pérdida de tiempo.

 Muchos son los minutos que empleo para demostrarles y hacerles ver que la lectura es un placer y que su práctica habitual solo aporta beneficios, sobre todo en lo referente a la adquisición y al desarrollo del lenguaje: el motor de la sociedad. Es totalmente inconveniente iniciar a los futuros lectores en la lectura y análisis de los clásicos, al menos de determinados clásicos. Obviamente, hay que empezar por tramos sencillos y atractivos.

 Así pues, me puse manos a la obra. Yo mismo asenté las bases de mi edificio literario, que sigue en marcha. Quise convertirme en escritor para aportar mi particular granito de arena y contribuir a que se siga leyendo, cada vez más.

 Yo tenía cierta experiencia en esto de la escritura. Esta inclinación la portaba, como casi todos los que escriben, desde pequeño, pero contaba con un tremendo hándicap: no teníamos en casa una biblioteca. Es más, tampoco había libros, esto sería es menos. Si acaso, alguno perdido en algún altillo. Recuerdo la seductora portada de El faro del fin del mundo y alguno que otro de Marcial Lafuente. Por Reyes cayeron del cielo los cuentos ilustrados de Andersen y otro año los Hermanos Grimm. Por otro lado, no sé de dónde salió una lectura perturbadora titulada Mi enamorada la muerte. Este es casi todo mi bagaje inicial. Cuando la pobreza muerde los rincones del hogar, lo último que piensa un padre es en comprar libros.

 Más tarde comprendí que, las ganas de escribir bien, se deben alimentar con todo tipo de lecturas: cantidad y variedad. Incluso la mala literatura te enseña, como aprendiz de escritor, los errores que no debes cometer. Observo y admiro con sana envidia a los escritores de renombre que comentan y muestran su amplio repertorio literario. Muchos de ellos gozaban de una rica y amplísima biblioteca donde se fueron formando poco a poco.

 Así inicié mi camino, amparado por mi inane talento y sustentado únicamente por mi descontrolada imaginación: esta es la base de la que partí. Recuerdo que uno de mis tíos me dejaba libros a escondidas procedentes de su copiosa colección, y digo a escondidas porque uno de mis primos se enfadaba al ver que su padre me prestaba algún libro. Uno de ellos fue Iglús en la noche. A mi edad, muchos escritores ya habían devorado a ciertos clásicos y se evadían con Agatha Christie, Julio Verne o Salgari. Mi paupérrimo bagaje se notaba en los concursos del colegio a los que me presentaba. Solo gané uno importante. Recuerdo que ideé una hipotética relación amorosa entre Bécquer y Rosalía de Castro. Este es todo mi  lamentable currículum.

 Después empecé a enviar artículos a los diarios. Todos iban siendo aceptados y editados, por lo que me iba viendo a mí mismo como algo parecido a un pequeño Larra. Casi dos centenares de artículos puede ser una buena carta de presentación. Quizás algún día sean recogidos en un volumen.

 Como viene siendo habitual en muchos escritores, o aspirantes a ello, me inicié en el relato, ese género infravalorado y desprotegido como la poesía. Reuní todos ellos en un volumen, desde aquel admirado por Antonio Enrique, Ab urbe condita, hasta otros tantos escritos con celeridad, ya que una supuesta fundación o editorial sevillana -no recuerdo bien-, encargada del proyecto, sugirió que la compilación tenía que tener más grosor. Uno de los mejores poetas del panorama actual, Francisco Ruiz Noguera, prologó el libro al que titulé La cadena del dolor. Extraje este lema de uno de los relatos, en un claro intento por hilvanar todos ellos o conectarlos semánticamente. Los primeros jugaban con lo inesperado, inspirados en el estilo y la forma de los grandes “relatistas”: Roal Dahl. Finalmente, este compendio se desestimó sin conocer bien las razones. Más adelante, Carlos Manzano, escritor aragonés, los editó digitalmente, cuando el libro electrónico estaba emergiendo. Por último, se aposentó en la colección digital de La fragua del trovador.

 Uno de estos relatos, Un matrimonio corriente, lo fui estirando hasta que generó -o degeneró- en una novela corta distópica, El espejo de Nostradamus: una de las narraciones más originales y divertidas del siglo, digo yo. No conozco nada que se le parezca. A ver quién puede enmarcarla en un determinado género. Quisiera aclarar antes de que sonrías burlonamente que “no tengo abuela”. Para los padres, sus hijos son los más guapos y los más listos. Pues eso. He de admitir que se trató de una autoedición, la envié a toda prisa y por ahí andan colgadas algunas vergonzosas erratas. Se me pasaba una novela que escribí muy temprano y que envié con toda la ingenuidad del mundo al Premio Nadal, titulada Pluma de ángel blanca. Inquietante. En el trastero creo que reposa el manuscrito, cubierto de polvo y moho.

 A continuación, me enfrasqué en un novelón de 666 páginas, cuyo número de barras también coincide con el número del maligno. Una casualidad demasiado turbadora: Por la carne estremecida (La fragua del trovador). Lo mismo que Javier Marías extrae muchos de sus títulos de Shakespeare, yo tenía derecho a hacer lo propio con García Lorca, incluso aparece como un personaje más, tan importante en la obra y fugaz como Jesús en Ben-Hur. Pero claro, esto es una genialidad de William Wyler. En esta novela se cruzan y se complementan muchos personajes inmersos en un dramático contexto cuyo objetivo es, como todo lo que escribo, que el lector mantenga la atención de principio a fin, a ser posible con el alma en vilo. Montones de lectores me han confesado que les daban las tantas de la madrugada sin parar de leer. Luego, añadí un apéndice, a modo de glosario, con las citas y alusiones literarias o históricas que se hallan diseminadas en todos los capítulos, para deleite de los más leídos. *Eslava Galán me felicitó por correo y Julia Navarro pasó de mí cuando le dije en Twitter, con los brazos en jarras, que esta novela supera a las suyas.

 Ante los múltiples halagos me inicié en otra novela totalmente diferente a las anteriores. Un compañero de trabajo me comentó que podría escribir algo centrado en nuestra profesión. Había visto y leído numerosas narraciones al respecto. La mía tenía que ser diferente. Así surgió El docente indecente (Algorfa), una novela de suspense ubicada en Málaga sobre el mundo de los profesores y los alumnos. Nuevamente, creo que he cumplido mi objetivo esencial: atrapar. A menudo utilizan términos con ciertas connotaciones tóxicas, como enganchar. Numerosos comentarios y elogios lo confirman. Lo que ocurre es que lo que engancha suele llevar emparejada otra connotación añadida: la dudosa calidad. Pues bien, en esto me esmero, trabajando y puliendo la estilística del texto sin dejar de lado la parte lúdica, de entretenimiento o evasión. A posteriori, si la trama o los personajes van acompañados de cierta enjundia, puede surgir una serie de interpretaciones simbólicas o filosóficas que enriquezcan aún más su lectura. Muchos críticos se preguntan, por ejemplo, si Cervantes consideró desde un principio la colosal trascendencia que encerraban sus personajes y las escenas que relató. Él, supuestamente, escribió una crítica divertida a (o contra) las novelas de caballería para que el lector se entretuviera con las disparatadas aventuras de Alonso Quijano y Sancho Panza. Fue a partir del siglo XIX cuando la crítica empezó a considerar que aquello era una pieza colosal de la Historia de la Literatura por su transcendencia, su simbología y las concepciones filosóficas que encerraba esta magnánima obra cervantina.

 Así pues, podríamos afirmar que toda gran novela debería tener una lectura ambivalente, es decir, mis narraciones se prestan a debate o a comentarlas en tertulias por las implicaciones que conllevan. Muchas de ellas las he visto mientras las escribía o a posteriori, otras me las han mostrado los perspicaces y atentos lectores.

 Ya he concluido En aquel tiempo.

 No es tan extensa como Por la carne estremecida pero sigue esa senda, tanto argumental como formal. La enmarco en nuestro presente para que el lector más joven, ajeno a nuestra vergonzosa contienda, empatice con ella. Podría ser una lectura muy recomendable para los alumnos de Bachillerato, tanto por la información que contiene como por el debate al se presta, especialmente por esa alta dosis de intriga que incluye. He sido testigo, en primera persona, de la desazón que muestran muchos estudiantes de Bachillerato ante las lecturas seleccionadas por la Junta para la prueba de Selectividad. Es fundamental que el lector, sea cual sea su edad o condición, concluya un capítulo y se quede con ganas de más—como esa serie de Netflix que usted devora en pocos días—, en esta concretamente los capítulos son mucho más breves, por lo que la sensación de que se avanza va acompañada de la voracidad por saber más acerca de la siniestra y grotesca historia que se relata. Por último, creo que lo he conseguido, el lector acérrimo deseará con todas sus ganas que la novela no termine nunca. Confío y espero que esto suceda así. Estoy convencido de ello.

 ¿Y ahora qué?

 Pues lo mismo de siempre. Ya he alcanzado una cierta calidad literaria y estilística, sigo elucubrando historias que más de uno quisiera, sigo emocionando página tras página, intercalando diferentes tonos emocionales. Sigo sin tener abuela, ya lo he dicho antes.

 Lo que ocurre es que…

 Estoy fuera de todos los circuitos literarios. No acudo a tertulias literarias ni a muchas presentaciones de libros. Tampoco mantengo relación  con ningún autor relevante, puesto que me uno a los personas en sí, sean fontaneros o pescaderos. No me extraña que vaya recogiendo lo que voy sembrando, o sea, una buena mierda. Pude construir una sólida amistad con FRN y mantenerme en contacto con la excelente pléyade de escritores malagueños, pero vivo muy distante de la capital, a la que voy y vengo todos los días desde Mijas. Regresar otra vez el mismo día a la capital para una tertulia o presentación a las nueve de la noche en pleno invierno y tener que madrugar al día siguiente…Muy poca gente lo entiende. Esto, por ejemplo, ha llevado a que muchas amistades literarias se hayan ido enfriando y distanciando, si bien, entre dos puntos siempre permanece la misma distancia, de ida o de vuelta. Perdón por la ironía.

 El gran L.G. Montero se pegó al ídem Rafael Alberti en su momento y no se despegó hasta que este murió. Luego se casó con la magnífica narradora Almudena Grandes y se forjó su leyenda. Un excelente poeta vivo. Único. De esto no tengo duda. Pero hay otros excelentes poetas vivos que siguen buceando en las profundas y oscuras aguas del anonimato porque  han descuidado completamente sus relaciones literarias. Creo que me estoy explicando claramente. Lo que usted interprete es cosa suya, a mí no me líe. Observo igualmente por las aplicaciones de las RRSS cómo se agrupan los escritores y se elogian entre ellos, se apoyan y se protegen —que me parece muy bien—; pero a veces suena a adulación interesada y gregaria, leyéndose entre ellos en una suerte de sangrienta autofagia. Perdón por el sarcasmo. En fin, en este sentido soy un ave solitaria —una rara avis— que camina por su particular senda. Se decía de otro de los más grandes, Luis Cernuda, que aborrecía los eventos y reuniones de escritores o poetas. Quizá por ello, en su momento, no fue tenido en cuenta. Perfil del aire, su primer libro de poemas, fue repudiado por la comunidad de poetas del momento porque, decían, era un plagio de la obra de Jorge Guillén. Esa aversión al poeta sevillano permaneció por siempre. No obstante, la evidencia de su portentoso talento fue quedando en evidencia poco a poco.

 Luego están las editoriales que, sin salirse de su línea editorial, lógico y loable, caen en la tentación de considerar, en primer lugar, a aquel escritor que sea un tótem de las RRSS, Youtube o sea conocidísimo y reconocidísimo en la Telebasura. Así pues, la Literatura se está forjando a partir de estas premisas. Al menos la Literatura más popular. Al Planeta me remito. Lamento cómo la gente solo lee lo que se publicita y se comercializa: Julia Navarro, Gómez Jurado, Pérez Reverte, Posteguillo, Falcones, Asensi y un largo etcétera. Jardín vedado para una amplia constelación de magníficos autores, que no han sabido bien elegir sus cartas, ni arrimarse al sol que más calienta. Lo mismo podría decirse del gremio de actores, músicos o pintores. No me mueve ningún resquemor, ya que no me dedico a esto profesionalmente; no pretendo quitarle el pan a nadie, ni ser considerado un intruso, simplemente soy un observador y un cronista.

 No obstante, casi todos los autores famosos han pasado la criba de la calidad literaria, menos mal. Luego están aquellos autores brillantísimos que se encuentran a un nivel estratosférico, esperando a aquellos lectores que han ido caminando y formándose a través de la Literatura Banal, necesaria precisamente porque sirve para formarse.

 Pues bien, este es el terreno donde deseo desenvolverme. Entre lo más accesible y lo inaccesible, es decir, —y así lo corroboro por los emisores de muchos mensajes— deseo gustar y atraer al lector de los superventas y al más docto. Lo peor de todo ello es que uno se quede entre dos aguas y no intereses a nadie, este posible obstáculo ya he visto que no me concierne. Además, desde el principio soy fiel a mis principios (VLR): esto debería ser la esencia de la esencia en cualquier actividad.

 

¡Feliz lectura!

 

***usted me dirá…

 

 

DESPEDIDA, por Pepe Velasco Romero.

  


—¡Yo no obedezco ninguna ley de los payos, solo obedezco la ley que dicta mi corazón! ¡Además! ¿Qué clase de ley es esa que dice que yo no puedo estar con el hombre que amo?

—¡Mira, niña! ¡Déjate ya de hostias y a mí no me pongas de mala leche! ¡Tú harás lo que nosotros te digamos y punto!

—¡Pues oye lo que te digo, no os atreváis a ponerme una mano encima! ¡Porque si lo hacéis me marcho de esta casa! Me marcho para siempre y ya jamás me volveréis a ver.

—¡No, niña, tú no harás eso, porque si lo hacieras romperías el corazón de esta pobre vieja!

—¡Madre, diles que me dejen en paz! —prorrumpió la muchacha en un sollozo de súplica.

—¡No puedo, niña mía! ¡No puedo...!

El abrazo de las dos mujeres pareció detener el tiempo. Solo un leve movimiento de sus pechos al respirar entrecortado por la emoción, los susurros y sollozos intercalados, las medias palabras y el ruido de besos fugaces como robados al tiempo se percibía de forma difusa en el aposento.

—¡No te vayas, niña mía! ¡Yo me moriré ende que tú te vayas ido!

—¡Me tengo que ir, madre! ¡No queda otro remedio, tú lo sabes bien!

Ahora los susurros fueron más impúdicos y fuertes, e hirieron como navajas el aire que circundaba a las dos mujeres. Luego la separación se fue dilatando despacio en el tiempo como si una poderosa fuerza interior las atrajera de forma irremisible y les costara un inefable esfuerzo el separarse. Pero la separación, inexorablemente, fue tomando forma. Primero fueron las manos palpándose las mejillas; los ojos mojados de lágrimas, y luego, las de la madre yendo despacio hasta el cuello, hasta el pelo revuelto de la “niña”. Después se detuvieron en los hombros durante un breve tiempo como haciendo un efímero paréntesis para cerciorarse de que no quedaba ningún rincón de aquel cuerpo que no hubiera palpado minuciosamente. Y bajaron por los brazos despacio como queriendo quedar impregnada la una de la otra. Finalmente se entrelazaron las manos y un apretón leve... y la punta de sus dedos. Y luego se fue. Se fue despacio, sin volver la cabeza. La madre se apretó muy fuerte las manos y un rictus de extremo sufrimiento se fue dibujando en su rostro conforme más apretaba. Parecía que de un momento a otro iba a caer derrotada, pero contra todo pronóstico prorrumpió en un ataque de furia soterrada y ciega:

—¡Malnacios! ¡Malditos seáis tos vosotros! —Decía esto a la vez que golpeaba cada utensilio o enser que se ponía en su camino. Y así estuvo mucho tiempo, sin que nadie le dijera nada o la detuviera. Solo cuando pareció apaciguarse su furia primigenia varias mujeres se acercaron a ella y trataron de calmarla y darle ánimos con palabras impregnadas de resignación y consuelo...

 

¿PARA QUÉ VIVIR? LA RESPUESTA ES LA MISMA VIDA, por Consuelo Jiménez.

 


En este bar, apenas entra gente.

Trato de amasar el silencio,

escuchar la música celeste de las cosas,

pero siempre la desmigajan los ruidos.

Son ruidos bobos:

amortiguados suspiros,

livianos crujidos, torpes chasquidos,

que aún y así, me sobrecogen.

Imbécil cráneo sombrío,

chaladura de sesos aprensivos que zarandean al corazón.

Saco de debajo de la tierra, espejos,

vidas que desvelan rarezas.

Cualquier lugar es válido para fotografiar

los cristales que maquillan el desierto.

Es curioso, alcanzo lo invisible,

logro otear lo maravilloso que es estar vivo,

en el recelo de dos manos ancianas,

que sostienen las cartas de su baraja,

descubriendo un poema inconcluso.

Me conformo con ser un átomo de Poesía,

en este bar abierto.

 

OROPEL Y EL HADA VERDE, por Ángel Casado Vera.

 


- Cuento -

 

 

A Carla,

por su mágica participación

 

Hace mucho, mucho tiempo, tanto que casi ya se olvidan todas las cosas, vivían en una tierra muy lejana, rodeada de nevadas montañas y frondosos valles, los lampíridos.

 

Los lampíridos eran unos seres pequeños, voladores y muy juguetones, que no paraban de trabajar y divertirse durante el día y luego, por la noche, rápidamente escapaban volando a sus casitas-cueva excavadas bajo la tierra.

 

Estos diminutos seres adoraban la luz del sol. ¿Sabéis que el sol hace más cálidos los fríos días de invierno y madura las rojas cerezas que tanto gustan a los niños cuando llega el verano? Pues bien, además de esto los lampíridos necesitaban la luz del sol para ahuyentar las sombras. Nada asustaba más a los lampíridos que las oscuras sombras. ¡¡Qué miedo les daban las sombras, esas temidas sombras¡¡ ¿A vosotros os asustan las sombras? Pues a ellos les daban pánico y corrían volando sin descanso a esconderse en sus cuevecitas y cerraban de un golpe, ¡¡PLOF¡¡, la puerta.

¡¡Ay de aquel que no se escondiera a tiempo¡¡ Decían que llegaba la sombra, oscura, fría y húmeda, empapando sus alas y paralizando al momento como


una piedra al incauto que no se hubiera ocultado ya. Contaban que las sombras lo devoraban todo a su paso y el peor momento era al atardecer cuando, al esconderse el sol –tal vez también asustado-, las sombras se hacían cada vez más y más grandes y oscuras y los pequeños lampíridos, cansados de un duro día de trabajo y diversión, casi no podían ni levantar el vuelo.

 

Pues en esta hermosa y soleada tierra nació en aquellos días un hermoso y regordete lampírido al que sus papás, radiantes de felicidad, llamaron “Oropel”, por sus rubios cabellos que recordaban a los rayos del sol.

 

Cuando Oropel cumplió su primer día de vida preguntó a su mamá:

-  Dime mamá, ¿por qué me llamo Oropel?

-    Oropel, hijo -contestó su mamá-, ese hermoso nombre te lo elegimos nosotros porque tus cabellos brillan como los rayos del sol.

-  A me gusta llamarme Juan, ¿no puedo cambiarme el nombre?

-preguntó de nuevo Oropel-

-   No hijo, tu nombre Oropel es mucho más bonito que Juan, ese nombre es muy corriente.

 

Oropel quedó pensativo y al cabo de un rato preguntó a su papá:


-   Dime papá, ¿por qué yo no tengo alas como vosotros y como mis hermanos?

-   Aún eres una pequeña larva Oropel y tienes que crecer todavía más, -contestó su papá-. Después te transformarás en una pupa y cuando por fin llegues a ser un imago, entonces tendrás tus hermosas alas. Mientras tanto crecerás cuidado por nosotros, sin tener de qué preocuparte, fuera hay demasiados peligros, están las sombras...-y quedó en silencio sin decir nada más-.

-  ¿Qué son las sombras, papá? -preguntó al instante Oropel-.

-  No es fácil de explicar, ya tendrás tiempo de saberlo, ahora vive tranquilo sin pensar en eso.

 

Oropel quedó de nuevo en silencio, aunque en su cabecita aún resonaba esa pregunta sin respuesta.

 

Oropel creció feliz como una larva mofletuda, ajeno a las sombras y cuando transcurrido su segundo sueño invernal, se transformó en una pupa, su papá le dijo:

 

- Oropel, ahora comienza una etapa importante en tu vida, aprovéchala y no desperdicies el tiempo. Recuerda que hay tiempo para todo menos para recuperar el tiempo perdido. Aprovecha ahora y se un lampírido estudioso y responsable. Ya vendrá el tiempo en que puedas divertirte.


Oropel escuchaba con atención a su papá y se prometía ser una pupa responsable mientras las demás pupas se divertían, pero aún estaba en su cabecita la pregunta:

 

-  ¿Y las sombras, papá?, ¿me harán daño?

-   No, hijo -respondió su papá-, sabes que nosotros te cuidamos, continúa en casa y no salgas afuera, así no habrá peligro. Aquí no entran las sombras.

 

Oropel siguió creciendo, transformado ya en una pupa muy hermosa y responsable, admirado y querido por toda su familia y por los lampíridos, ajeno siempre al tan temido problema de las sombras.

 

Un día lluvioso del final de la primavera, Oropel le dijo a su mamá:

 

-  Mamá, me pica la espalda, ¿puedes rascarme?

 

Su madre fue a rascarle y entonces exclamó:

 

-  ¡¡Oropel¡¡, ¡¡te están saliendo ya tus alitas¡¡

-   ¿De verdad, mamá?, ¡¡Qué contento estoy¡¡, ¡¡por fin podré salir afuera con mis hermanos¡¡ -exclamó Oropel entusiasmado-.

 

Y la mamá, un poco preocupada por este cambio en su hijo le respondió:


-   Bueno, tendrás que esperar unos días, tienen que terminar de salir y aquí en casa estás tan a gusto.

-    Ya los mamá, pero me hace mucha ilusión volar como mis hermanos y como los otros lampíridos.

 

Al fin llegó el día en el que las alitas de Oropel estaban listas para su misión en la vida y, ya convertido en un precioso imago, se decidía a abrir la puerta de su cuevecita, cuando su mamá le preguntó:

 

-  ¿Dónde vas tan temprano, Oropel?

-  Quiero salir afuera y empezar a mover mis alitas -contestó feliz Oropel-.

-   No te impacientes -le dijo con insistencia su mamá-, hoy está lloviendo y se te mojarán, mejor lo dejas para otro día.

-  Pero es que yo quiero salir hoy -insistió Oropel-.

 

Por la cara de enfado de su mamá, supo Oropel que ese día no saldría a volar y sus alitas tendrían que esperar aún cerraditas sobre su espalda.

¡¡Qué triste se quedó¡¡. ¡¡Con las ganas que tenía de salir y la ilusión por volar¡¡ y, aunque era ya un gran imago, se quedaba en casa, como las larvas y las pupas. Entonces, ¿para qué he crecido y me he transformado en imago con alas? -se preguntaba en silencio Oropel-.


Pero a los pocos días ocurrió que su papá se rompió un ala y no podía volar bien. Sus hermanos habían volado lejos a trabajar y el único que podía llevarle al médico era Oropel, pues su mamá no tenía alitas. Por fin había llegado su oportunidad, ya podía salir afuera y estrenarlas. El médico curó el ala de su papá y éste quedó muy orgulloso de la ayuda de Oropel. ¡¡Ya si podía sentir que era un gran imago¡¡

 

Oropel no se había tropezado aún con las temidas sombras, porque siempre regresaba a su cuevecita cuando aún el sol brillaba con fuerza en el firmamento.

 

Un día de verano ocurrió algo inesperado y catastrófico. En medio del soleado y caluroso día empezó a hacerse la noche de manera repentina y, en un abrir y cerrar de ojos, todo quedó tragado por las oscuras sombras. La tierra de los lampíridos había quedado completamente a oscuras por un eclipse de sol, aunque ellos no lo sabían. Lo que estaba pasando es que el sol, jugando en el firmamento, se había escondido detrás de la hermosa luna y no dejaba ver sus rayos.

 

En medio de la oscuridad y desorientado sin saber hacia dónde ir, Oropel divisó a lo lejos una lucecita verde y voló asustado sin pausa hacia ella. Al llegar bajo una fresca morera, se dio cuenta de que la luz salía de la barriguita de un gusano. Oropel, muy sorprendido, creyó que era un hada mágica, como la de los cuentos que su mamá le contaba cuando era una pequeña larva. Entonces el gusano, mirando sonriente a Oropel, le


preguntó:

 

-  ¿Cómo te llamas?

 

Oropel no podía ni abrir la boca y casi en un murmullo contestó:

 

-          Oropel

-          ¿Estás asustado?

-  Sí, ¿y quién eres?, ¿el Hada Verde?

-   ¡¡Ja, ja, ja¡¡ -reía el gusano-. Es bonito eso que dices del Hada Verde. Entonces si yo soy un Hada Verde, también lo eres.

 

Ahora que estaba confundido Oropel:

 

-   No entiendo nada, todo está oscuro de repente y después me encuentro con un Hada Verde que me dice que yo también lo soy.

 

El gusano lo miró de nuevo sonriente y le dijo:

 

-   No temas, abre tu corazón, es una oscuridad pasajera, el sol brillará de nuevo dentro de un rato.

-   Pero es que las sombras me dan mucho miedo y no hay luz, solo esa luz verde que sale de tu barriguita –dijo aún asustado Oropel-.


-   ¿Las sombras? No tienes nada que temer de las sombras –dijo tranquilamente el gusano-. Las sombras no hacen nada sino acompañarte para que no estés solo y siempre en silencio, para no entorpecer tus pensamientos.

 

Esto hizo pensar a Oropel, en verdad las sombras no hacían el menor ruido, siempre estaban pegaditas a su lado acompañándolo, como las mamás cuando los niños son pequeños.

 

-  ¿Y esa luz verde en tu barriga? –preguntó Oropel-.

-    también la tienes –contestó el gusano-, por eso eres un lampírido, una luciérnaga, un gusano de luz. Pero si te gusta más el nombre de Hada Verde, también lo puedes utilizar. Realmente algo de mágico hay en todo esto.

 

El corazón de Oropel estaba ahora abierto de par en par, sus ojos brillaban y sus oídos escuchaban.

 

-  Escucha, Oropel -prosiguió el gusano-, tu nombre significa brillo y esta luz verde es el brillo interior, la luz verdadera que sale de dentro de cada ser y que nunca produce sombra. Las sombras las producen las luces que están fuera, como la luz del sol y, aún así, su sombra es necesaria. Tú, yo y todos los seres brillamos, tenemos una luz maravillosa que sale de dentro de cada uno y que brilla más intensamente cuando la oscuridad


parece que no te deja ver. Sólo hay que esperar el momento preciso y entonces brillas. Has comenzado siendo una pequeña larva, después una pupa y ahora eres un imago con tus preciosas alas. Has recorrido un camino durante el cual te has ido transformando y ahora, ahora que has abierto tus ojos, tus oídos y tu corazón, ahora puedes brillar.

 

Y en ese momento una intensa y maravillosa luz verde salió de la barriguita de Oropel.