La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de agosto de 2021

DE PASO ESCUCHAR LA TIERRA, Por Núria Casas Caritg.

  


  Llegamos sin nada más que el enamoramiento de emprender la vida a nuestra manera, de perseguir un sueño del que nos habíamos adueñado. 

 Creamos la ilusión con tanta fuerza, que desde la distancia nos llegaron voces, invitándonos a renovar la tierra herida de su finca. 

Cambiamos los libros, el ritmo ajetreado de las horas y las calles atestadas, por los campos y los cantos de jilgueros traviesos, y por el silencio cauto de los atardeceres rojizos. Y la calma. Y la unión con la vida. 

 La señora de la finca amaba la tierra, aunque por su posición jamás le hubiera sido permitido disfrutarla con los pies descalzos mientras recogía sandías, melones o alguna lechuga. 

 El señor, amable, integronos acogió desde un lugar más apartado, respetando la jerarquía del clan en esta nueva hazaña. 

Los hijos mayores ya vitales, abiertos, ocupados en sus quehaceres e ilusionados de haber hallado dos jóvenes con ansias de barro, de olor a hierba, de ganas de nutrirse de la nutrida tierra y, por ende, de mantener el brillo y devolver la vida a la finca familiar. 

 El bisabuelo materno habiendo sido juez de la zona pudo comprar la finca a buen precio. La hacienda se había usado durante la guerra como cobijo para los soldados cansados y heridos. 

 El bisabuelo puso todo su empeño en mantener cada preciosidad, cada rincón, cada estructura, cada piedra del camino. Incluso la ermita que estaba gobernando las casas de la finca estaba pulcramente conservada.  

 Así empezamos nuestra aventura, unas Navidades de principios de este siglo, Agradecidos del nuevo destino que empezábamos a trazar, amando cada paso que hacíamos. Descalzos, serenos, abiertos; en comunión con la tierra, el cielo y los múltiples ciclos que se sobreponen y enriquecen recíprocamente. 

 Empezamos por limpiar la casa, los corrales y preparar la tierra para la siembra. Dejamos un pedazo de tierra que era un cudrial sin labrar, esperando cubrir las tierras de cultivo primero. 

Pasamos el antiguo tractorcillo y la azada; dibujamos hermosos y sinuosos caballones, y los nuevos bancales trazaron un micro paisaje fantástico. Hablamos con la tierra, contándoles nuestras ilusiones y aprendizajes y preguntando los pasos que debíamos seguir. 

 Con esmero y paciencia quitamos el peso del descuido del tiempo. Y nos adueñamos de los caminos de naranjos, los surcos insistentes en los márgenes, la tierra desterronada… 

 Qué gozada poder recuperar esa tierra, devolverle su pulcritud polvorienta; amarla con el agua con que rociábamos cada mañana hasta que recuperó su textura; esponjosa, amable, gratificada y complaciente. 

  La abonamos con cáscaras de huevos, de bananas, hojas caídas, poso de café, triturado de desusado, estiércol, un mantillo de hojas secas y también con neem y canciones. 

 Y al poco estaba preciosa, radiante, dispuesta a darnos el fruto de todo aquello que sembráramos. Y más. Y más aún. Nos dio el fruto de todo aquello que necesitamos para avanzar. 

 Las líneas de tierra se intercalaban entre lechugas, pimientos y tomates. Zanahorias y calabacines, berenjenas, remolachas y demás. Todo cubierto de paja dorada, para no dañar la tierra los días de demasiado sol y mantenerla fresquita durante semanas. 

 Vimos crecer cada semilla. Recorrimos los caminos de naranjos y mandarinos. Alimentando nuestra sed, abrazando sus retorcidas y envejecidas ramas. 

 Y cogimos higos y manzanas. Peras y palosantos. Nísperos que a inicios de primavera ya empezaban a madurar y pintar de naranja los verdes árboles, y también laurel durante todo el año. Estaba repleto de cerezos abundantes y rojizos, de albaricoques rechonchitos… No sé ya que más metimos en el buche, pero el placer de la boca era tan grande como el placer del corazón. Todo había retomado su forma, su estado, su ritmo. 

 Aprendimos que la vida va más allá del control y aunque desmenuzamos la tierra y arrancamos las tenaces hierbas como la grama, los jaramagos, lenguazas, zapaticos… también descubrimos que su lugar tiene un sentido propio, una importancia infinita, des de los hermosos colores de las nazarenas, a la protección del propio huerto o al consumo de las borrajas, verdolagas, achicorias silvestres, ortigas o capuchinas. 

 Dejamos las gallinas libres de la madrugada al atardecer. El perro se las miraba con cara extrañada, y las olía a pesar de su majestuosidad.  

 Al atardecer era el can quién arrimaba a la despistada que no había entrado a buen recaudo. Para que espabilara. 

 Cerrábamos la puerta del gallinero, sabiendo que les dábamos paz. Pero la vida del campo es generosa para todos y las martas cenaron varias gallinas. Mas tarde alguna rapaz, quien sabe si un gavilán o un aguilucho, desayunaron a las más despistadas. Al poco tiempo quedaron un puñado, pero ni la mitad sobrevivieron. 

 Entonces llegaron las leyes amenazantes. Mal año para las aves. Eso sí, el vecino contento porque tuvo cocido de gallina para dos años. Y nuestro jardín enmudeció un poco. 

 El tiempo acaecía y aprendimos a vivir cíclicamente. 

 Sembramos y cosechamos, andamos, rezamos, cantamos y, muchos críos se acercaron a descubrir la vida. Se permitieron respetar y amar la tierra, reposar en ella y jugar entre las coles. Aprendieron lo que no tienen en la urbe, y pudieron disfrutar tocando, cada hoja, cada raíz, cada flor, cada fruto que degustamos entre risas y llantos. 

 A los pocos años, al llegar otra Navidad, el viento nos llevó al oeste. Poco a poco nos pusimos zapatos, dejamos de cantar a la tierra, escogimos las frutas del mercado y nos convertimos en foráneos del campo y el monte. 

 Y fuimos olvidando la libertad de esos años. El gozo de las mañanas frescas, de las calurosas tardes de verano, del olor a menta. De los pies descalzos, de los rezos calmos. 

 Pasaron más Navidades y más allá de la nostalgia regresó el deseo de corazón. Y hoy ya de vuelta, buscamos cobijo en otra tierra que quiera ser amada.

RAIGAMBRE, por Ramón Lluís González Reverter

 



AYER

Yo tenía solo doce años cuando mis padres emigraron a Suiza a trabajar para luego empezar una nueva vida. De modo que con mi hermano pequeño, dos años más joven, permanecimos bajo la tutela de los abuelos maternos mientras estudiábamos en un internado. Algunos fines de semana y las vacaciones escolares, las pasábamos en la finca de los abuelos, quienes nos criaron como unos segundos padres. Eran agricultores. El huerto era un pedazo de tierra que rezumaba calor y vida por los cuatro costados. A principios de los setenta, yo era un chiquillo espigado que durante los meses de verano, solía ir vestido con camiseta, taparrabos y unas alpargatas. Un zagal esbelto y vivaracho, ávido de aventuras, que se veía capaz de afrontar cualquier reto. Allí la rutina académica se desvanecía como por ensalmo, puesto que podía explorar, correr, cazar, imaginar, soñar... bajo la custodia de los abuelos, personas sencillas, pero de un corazón tan grande como nunca he conocido a nadie.

De hecho a mí me gustaba quedarme con ellos, dado que en el huerto gozaba de libertad absoluta: me subía a los cerezos o nísperos hasta hartarme de fruta madura, abría el corral de las gallinas para que salieran a picotear los caracoles que corrían por doquier, me bañaba en la balsa tratando de cazar ranas y renacuajos, mordisqueaba con avidez alguna mazorca de maíz asada o untaba pan en el chocolate a la taza que la abuela preparaba todos los domingos. Cuando era pequeño, ella solía decirque estaba hecho un diablillo, al contrario de mi hermano, que era un buen chaval. Pese a ser algo travieso, nunca di motivos suficientes para recibir una zurra, aunque a veces mis barrabasadas sacaban de quicio a la pobre abuela, quien sin mucha convicción me perseguía con lo que tuviera más a mano como una escoba y, en cierta ocasión, incluso con un chorizo.

La granja poseía una masía, un vetusto caserón de dos plantas. Abajo estaba el cuarto de los abuelos, el nuestro y el comedor. Arriba la buhardilla y la azotea del parral que servía de conejera. Adosado tenía el establo del mulo con el pajar encima y un garaje donde guardábamos los aperos del campo, las bicicletas y la mobilette del abuelo. Algo más apartado estaba el cobertizo, que servía de abrigo al carro, un corral de cerdos y el gallinero. Cabe decir que lamasía carecía de baño olavabo, sino que por las mañanas nos aseábamos en un barreño y las otras necesidades teníamos que hacerlas en una letrina al aire libre y de uso comunitario excavada junto a un olivo cercano.

La finca constaba de un par de hectáreas divididas en cinco parcelas. Tres dedicadas al cultivo de huerta, la cuarta plantada de naranjos y la última de árboles de secano, conun par de docenas de almendros, algarrobos y olivos. Apenas existía un palmo del terreno desaprovechado. Todo estaba calculado con exacta perfección por aquella pareja de avezados campesinos. ¡Ay, los abuelos! ¿Qué decir de ellos? Eran una pareja hecha de otra pasta. Nunca se cansaban y nunca discutían. Trabajaban de sol a sol, es decir, del amanecer hasta el ocaso. El abuelo era un campesino rudo y bragado. Con él poca broma, pues era un hombre parco en palabras y muy trabajador. Vivía ligado al huerto, excepto los domingos por la tarde. Entonces se acicalaba y salía con su mobilette a tomar una copa en una taberna de la costa mientras charlaba con los colegas de los alrededores. Un protocolo que seguía con regularidad. Eran distintos, pero estaban hechos el uno para el otro. Como almas gemelas bien avenidas o las dos caras de una misma moneda. Pocos años después, mi hermano y yo abandonamos el campo por cuestiones laborales. Nuestros oficios nos alejaron definitivamente de allí.

 

HOY

A medida que me hacía mayor, trabajé duro para entrar en la universidad y cursar magisterio. Quería dedicarme a la docencia. Una tarea nada fácil porque hay que enseñar a una panda de críos con más o menos ganas de aprender. Lidiar con alumnos resulta una labor ardua y harto complicada. Al acabar cada curso académico estaba agotado. Hoy estoy jubilado tras dedicar media vida a la enseñanza. Es cierto que poseo las características manchas de la vejez en las manos y lapsus de memoria. Pero también dispongo de todo el tiempo del mundo, por eso en ocasiones me gusta acudir al huerto, porque me siento transportado al pasado. Hoy los hierbajos han invadido el camino de tierra, haciendo desaparecer todo rastro de paso. Observo con pesar la triste imagen que ofrece. A continuación, deambulo por allí maquinalmente dejando que mi mente vague entre los recuerdos de antaño.

Al comprobar el estado ruinoso de la masía, se me cae el alma a los pies. La pintura blanca está descascarillada y repleta de grietas. Los ladrillos de arcilla de las paredes se desmenuzan paulatinamente. Los pilares erosionados del parral resisten milagrosamente. No aguantarán mucho más. No me atrevo a entrar porque la vivienda sufre los estragos del tiempo. No hay luz. Hace tiempo que la hicimos desconectar de la red. De hecho, al huerto nunca llegó el progreso. Tampoco lo necesitaban. Quizás un día no muy lejano, la casase desmorone como un castillo de naipes y se desvanecerá el último recuerdo de la familia.

Mi corazón está repleto de tragedias. La muerte de los abuelos, de los padres... Percibo la humedad de las lágrimas que empañan mis mejillas, sin embargo, las lágrimas no detienen el paso del tiempo. ¿Qué le vamos a hacer? Este huerto me ha visto crecer y yo lo contemplo boquiabierto, como si quisiera despertar viejos fantasmas para escuchar emocionado las voces ancestrales que pudieran trascender. Desgraciadamente no tengo el don de invocar a los difuntos. Ojalá pudiera reavivar la presencia de esos seres queridos, aunque solo fueran unos minutos. Les daría un fuerte abrazo y les cubriría de besos. Vanas ilusiones... Pero la primavera siempre es bienvenida.

UN HUERTO EN UN BANCAL, por Cristina Cifuentes Bayo

 



El sonido de los cascos de la mula rompía el silencio de la mañana. Enseguida escuchaba la puerta y la voz del padre. Se levantaba y, aún con la boca llena de pan con mermelada, la niña Yolanda pedía:

—Madre, ¿me puedo ir con el padre?

Unos brazos fuertes la aupaban hasta la silla y tomaban el camino de los huertos. El padre guiaba del ronzal a la caballería, los pequeños ojos tan azules brillando en su rostro de tierra reseca, oscuro y agrietado como las manos. Al llegar al hortal, bajaba a la niña, las banastas y la azada, y decía:

—Lo primero el tomate, pa ponelo a la fresca antes que le de el sol. Y no lo apretes o lo espachurrarás. —Su palma enorme y callosa envolvía con suavidad un tomate maduro, retorciéndolo para separarlo del tallo con delicadeza, enseñándole—: Y déjalo en la cesta sin golpealo.

Se iba a levantar la tajadera, para que el agua fuese inundando los regachos, y a quitar malas yerbas con la azada. Volvía, miraba la cesta medio llena:

—No la cargues más. Ahora ves llenando la otra de judía verde.

El aroma dulce de las tomateras y el más fresco de la judía verde embriagaban a la niña. Le gustaban las matas trepando por el enrame de cañas finas, las tres puntas atadas con alambre un poco por encima de su cabeza. El sol subía y humedecía de sudor el nacimiento del pelo entre las trenzas.

—¡Padre! —Volvía la cabeza y lo buscaba con la mirada.

Lo veía pasar hacia la mula, a echar un par de melones de piel de sapo en uno de los serones. La mula movía las orejas y la cola para espantarse las moscas.

—Ya está lleno el capazo.

—Tráelo p’acá.

Al quitarse la boina, se dejaba ver el pelo aún negro y una franja de frente blanca. Sacaba la navaja, elegía y partía por la mitad el tomate más grande y maduro. La carne rosada se abría en cavidades llenas de jugo y pepitas doradas. La niña Yolanda lo cogía con ambas manos y lo mordía con los ojos cerrados, anticipándose el olfato al gusto del fruto. El jugo le escurría por la barbilla y las manos y sentía que nunca había comido un tomate tan rico.

Luego el padre se echaba un trago de la bota y se incorporaba.

—Quédate ahí —pero sonaba «ai»—, a la sombra, que ya apreta el calor.

Iba, con la dalla al hombro y un cesto, hasta los frutales.

Yolanda se tumbaba en el ribazo de la acequia para lavarse. Se entretenía un rato intentando cazar renacuajos. Luego oía la voz del hombre:

—¿Vamos pues?

—¿No me subes?

—Con el calor te comerán los tabanos.

Tábanos —corregía la niña Yolanda.

Los tábanos se posaban en las ancas de la mula, que se azotaba con el rabo. El padre vaciaba en el otro serón las alforjas, que traía con calabacines, pepinos, pimientos y berenjenas; ataba las canastas y el cesto de fruta y se ponían de vuelta hacia el pueblo.

Sin sentir el calor, la niña se adelantaba corriendo, se subía al murete de un bancal con perales:

—Baja de ahí —quería decir el hombre, pero sonaba: «¡Aiva dai!». La niña veía un animal esconderse entre las piedras.

¿La has visto, padre? ¿Qué era?

—Sería una rata o un conejo.

—Sé lo que es una rata y un conejo, y no era.

—¿Cómo era pues?

—Más larga, con las orejas pequeñas y las patitas cortas.

Pos será una paniquesa. Quédate ai y mira p’acá.

El padre se subía al bancal y metía un palo por un agujero. La comadreja salía por donde había entrado y cruzaba el camino para esconderse entre unos haces de leña.

—Era una paniquesa, ¿la has visto? —Bajaba con una pera de agua, la pelaba con la navaja y le iba dando trozos a la niña Yolanda.

 

Yolanda, en un gesto de agobio, se sopla el flequillo mientras calienta la comida. El trabajo, el tráfico, el calor. Como le queda un rato, saca de la nevera una bandeja de porexpán con seis tomates idénticos, todo envuelto en film transparente, y trocea un par para ensalada. De pronto se siente muy cansada. Recuerda a padre, a madre, aquella inocencia. Y aquel tomate, el más sabroso de su vida. Vuelve a mirar éstos y siente el desasosiego de no saber cuándo todo comenzó a cambiar, a perderse, de forma irremediable.

EL CALENDARIO DE LAS AVES, por Paula Martín Serrano.

 


  El calendario de las aves, por Paula Martín Serrano La mañana era fría y nieblas meonas escondían el sol: a esa hora ya era difícil saber si había amanecido niebleando o si un sol radiante había arrastrado la humedad del río hacia la sierra, pero no parecía el momento de seguir podando los árboles. El imponente caqui se alzaba siniestro con sus ramas desgarbadas, desnudo de hojas pero cargado de frutos anaranjados. En las ramas más altas, un petirrojo picoteaba un fruto tras otro, buscando las piezas más dulces. No tardó en darse cuenta de mi presencia, pero le duró poco el miedo y menos la vergüenza. Mirándolo probar tantos caquis, pensé si los petirrojos eran tan “pechi-rojos” o sólo enseñaban con orgullo los churretes que dejaban en su pecho su oficio de sibaritas. ... 

 Me senté a descansar junto al poyete de la casilla, desde donde se veía la floración blanca y rosada de los frutales. Oía un tintineo fugaz pero continuo de hojas y a veces un sonido entre aleteo y zumbido, pero no lograba localizar su origen. Entonces lo vi: un chochín parecía querer acercarse pero no, así que deduje que debía retirarme un poco. El chochín se lanzó a las cuerdas que guían el jazmín y la celestina por el sombrajo. Lo había tenido a un metro de mi cara y no me había percatado: un diminuto nido, apenas un puñado de hierbas secas disimulado entre las cuerdas de cáñamo. Y no uno, sino una pareja de chochines no paraba de traer alternativamente insectos al nido. Era el 15 de abril, mi cumpleaños, y por la tarde mi familia vendría a celebrarlo conmigo, pues saben que la huerta es el mejor sitio para encontrarme cuando voy al pueblo. Con sumo cuidado y paciencia fui sacando la mesa y las sillas al antiguo toril, que hoy haría de patio trasero. Cuando llegaron todos, los conduje deprisa al idílico picnic que había improvisado, alegando que estaríamos más holgados. Unos cafés y dulces más tarde, cuando todos salían de la parcela, les dije el verdadero motivo de no haberlos colocado junto a la casilla. Mis sobrinos más pequeños querían ver el nido, pero entendieron cuando les expliqué el riesgo de abandono. Desde el móvil les busqué fotos de chochines para compensarlos y alimentar su curiosidad, así como de otras especies que hay en la huerta y, a modo de gynkana, les invité a contar cuántas aves diferentes veían en el paseo de vuelta a su casa.

 Días después comprobé que la pareja de chochines seguía alimentando el nido y poco a poco se acostumbraron a mi eventual presencia. Aunque desde luego, la primavera siguiente, me consta que eligieron una ubicación más discreta. ... 

 Segar las ortigas y preparar purín quizás no sea el mejor plan para celebrar el día del trabajo, salvo cuando la huerta familiar queda a varias horas en coche de mi actual residencia. Y así andada, de celebración. Primero fue un revoloteo intermitente -siempre es así- y luego la sensación de ser observada, que dio paso a un piar casi metálico y algo amenazante. Pero con los pájaros funciona muy bien eso de tú a lo tuyo y yo a lo mío, así que mi impostada indiferencia (me moría por ponerle cara a mi pequeño vecino) surtió efecto y al rato un herrerillo me observaba a muy poca distancia. Cuando me descartó como peligro, no tuvo reparos en seguir sumergiéndose en el tronco del olivo donde supongo tendría su nido. 

... Ya el año pasado los jóvenes cerezos nos dieron un anticipo, y este año una buena floración y montones de bolitas verdes eran una promesa de buena ventura. Pero las mirlas, incluso más ansiosas que nosotras, dieron buena cuenta de las cerezas antes de que terminasen de madurar. Hay como un derecho consuetudinario por el que las mirlas se convierten en las legítimas usufructuarias del emparrado de la casilla -no así el de la entrada, que comparten con nosotras- y supongo que ahora también de los cerezos. A cambio, no tocan ni una sola de las peritas de San Juan ni de las manzanitas de la alberca y nos ceden la mayor parte de las ciruelas cagaeras y de las largas. Supongo que otras personas sembrarían “costillas”, yo estoy pensando en sembrar arreganeras (=arrayán), más madroños y otros frutos que les tienten más que los míos. 

... Ya estaba terminando de desbrozar, el último pase del año para evitar el riesgo de incendio. A esa hora de la tarde empieza a correr una brisa que se me mete por el arnés y me sopla la nuca, un repeluco delicioso como pago a la jornada de trabajo. Ésa también es la hora de los rabilargos. Primero uno, la avanzadilla. Después un grupito, la vanguardia. Y de repente, una nube azulada cubre la higuera y me recuerda que es tiempo de brevas. La higuera crece a sus anchas sin ningún obstáculo cerca y, a cambio, paga generosamente una renta en brevas e higos: un diezmo para los rabilargos, una parte para impregnar el suelo de una fragancia pegajosa y dulzona, otra parte para la familia y las vecinas y, lo que queda, para que de vez en cuando me visite un pájaro de oro (*). 

 * oropéndola... Otoño, una buena época para reponer si se ha perdido algún arbolillo y para seguir plantando aromáticas y otras especies mediterráneas (nunca son suficientes, siempre hay una linde, un terraplén, reclamando llenarse de aroma y abejorros). El suelo amarillento del largo verano se tiñe en tonos parduzcos de las hojas que pierden los frutales; el horizonte también se salpica de marrón por las inmensas hélices de buitres leonados que salen a limpiar los muladares y por la silueta de los alcornoques que fueron descorchados unos meses antes. 


NOTA: mi huerta se sitúa en el extremo sureste de Badajoz y tengo muchas más aves (jilgueros, currucas, abubillas, grajillas, golondrinas...), pero

LA VIDA ES SÓLO QUÍMICA, Mario Ledesma Terrón

  


  La vida es solo química. Un fruto del azar que, de imprevisto, robó un pedacito al universo para crear una anomalía termodinámica. La contradicción de la entropía, lo colorido del carbono y, como resultado, un sistema autónomo que se llama vida sustentado con compuestos químicas que interaccionan entre sí. Y la química es química. Fría, precisa y obsesionada por la estabilidad energética, aunque sea a costa de otros entes. No hay intencionalidad, solo funcionalidad. Y además se puede dibujar con una ecuación matemática. El amor, la canción que te encanta, el efecto que produce oler un campo de secano tras una sorpresiva llovizna,... todo quedaría reducido a iguales, diferenciales y presunciones teóricas donde el concepto de la empatía no computaría demasiado. Tendría sus ventajas. Las eternas paradas de metro apretando la vejiga se solucionarían en cualquier esquina discreta a las cámaras de vigilancia, las coladas serían mucho más sencillas porque los calcetines no haría falta juntarlos por color y forma, y los vínculos humanos se limitarían a peligrosas performances para denunciar las relaciones capitalistas. También tendría bastantes claroscuros. La necesidad reproductiva sería justificante de tropelías violentas y asquerosas, la relación con el medio y otros seres siempre se podría justificar en la búsqueda del máximo beneficio propio o la relación con nuestro sustento energético acabaría por construir una sociedad global conectada donde hay gente que muere por obesidad o anorexia al mismo tiempo. Es preocupantemente sencillo ver similitudes entre este mundo de química y estabilidad energética con el que se imaginan algunas mentes químicas de nuestra sociedad. 

 El problema está en que es muy complicado imaginar una vida así, sin vida. La química es importante, mucho, pero definitivamente la vida parece ser algo más. Esto no es sólo evidente en humanos. En perros, gatos, vacas, animales que gozan de una supuesta menor capacidad racional, todos los signos atienden a que su existencia también excede a esa parte química. Pensando en algo más sencillo, podemos imaginar una sencilla uva que se encuentra en un racimo repleto con pequeñas réplicas de sí misma. ¿Cómo es la parte química de la uva? Colorida, redondita, con una piel tersa que se ajusta perfecta a sus carnes, quienes, a su vez, abrazan con delicadeza a una semilla que se sitúa en el centro del fruto. La apariencia que forma toda esta parte química resulta deliciosamente funcional para que otros seres vivos, humanos incluidos, se la coman, la digieran y procedan a expulsar su semilla para que, de acabar en un sitio adecuado, acabe formando una nueva parra, con capacidad a su vez para producir más uvas. Los humanos, presos por las voraces necesidades energéticas de su parte química, hemos diseñado sistemas de invernaderos con plásticos para producir uvas sin que la pepita importe nada, condenado a la parra a un ciclo de la vida de mentira estable, productiva y, en definitiva, química. Pero, entonces, ¿existe en la uva algo más química? La uva tiene el potencial de continuar con un ciclo eterno de vida, como una cría de cualquier animal, gracias a su, precisamente lo que el humano desprecia, pepita central. Es difícil abordar esa parte sin más, pero quizás sea más sencillo compararlo con un ejemplo más concreto. ¿Qué diferencia hay entre comerse una uva o un cochinillo? Quizás no radique en lo que son, si no en lo que les ocurre. La cría no está diseñada biológicamente para que sea comida. Las personas, los lobos y otros animales se la comen usando previamente un cierto instinto asesino. La uva, por el contrario, sí tiene un propósito claro: parecer bonita para que sea digerida y su piel y su carne sea desgarrada solo con el firme propósito de liberar su semilla. Como una soldado kamikaze. Pero, ¿por qué lo hace así?, es decir, ¿por qué la uva aguanta el sufrimiento de ser digerida?, ¿sería más útil ser un poco más fea para acabar cayendo del árbol y crecer tranquilamente en una parra adulta al lado de su madre? La teoría de la evolución, que es lo más cierto que existe para abordar el tema del “¿por qué?” en lo que a la vida respecta, explica que la apariencia de la uva ha sido una de las ventajas competitivas de la parra para su selección natural, aparte de la posterior selección artificial introducida por el ser humano. Esto quiere decir que la acumulación de mutaciones, errores en cómo funciona la parte química de los seres vivos, a lo largo del tiempo son la causa de que la uva sea uva porque con esos errores la parra ha tenido una ventaja que ha hecho que su línea genética se perpetúe en el tiempo. Funcionalidad, competitividad y paciencia. Nada de intencionalidad. 

 Quizás no haya normas químicas que puedan normalizar que una uva entienda que el propósito de su vida es sacrificarse por la perpetuación de su especie, sin ni siquiera saber si tendrá éxito o no, o quizás sí. Esto no es un texto contra la ciencia es solo prestar atención un momento también a esa parte que la ciencia no tiene que, ni puede, atender para, entre otras cosas, intentar contribuir por una ciencia que sea herramienta para toda la humanidad y no dogma de instituto, ni beneficio exclusivo de una élite intelectual. Valorar una uva puede ser un alegato a la tontería o un alegato al respeto enorme por la casualidad termodinámica que dio lugar a la parte química y la no tanto de la vida. Así que, por curarnos en salud, me gustaría terminar con un llamamiento urgente a la parte no química de cualquier persona que lea este texto. Comamos más uvas, valoremos las semillas y apuntemos bien hacia donde dirigimos nuestra mierda para que, entre todas, podamos construir un mundo que viva en la parra

HAMBRES, por David Domínguez Parrilla.


 


Damián protesta cada tarde a los pies de la higuera.


- ¿Hasta cuándo harás ayunar a mi familia? ¿Acaso no limpio tus pies con el suficiente mimo arrancando la mala hierba? ¿No doy suficiente agua a tus labios y clareo tus ramas para que sientas el cielo en tu cabello?. ¿No es verdad que espanto a los pájaros que te importunan con ese remedo mío de paja y retales?.

 

Silencio.

 

- No entiendo nada. No te entiendo. Tampoco entiendo porqué sigo pidiéndote que me sonrías con una buena cosecha si está claro que has optado por no atender mis súplicas.

 

Silencio.

 

- Sabes, cualquier día me cansaré de esperar una respuesta tuya, me cansaré de no poder llevar a casa un par de higos que endulcen los sueños de mis pequeños. Y ese día, ¡ese día igual decido hacerte leña que al menos caliente sus huesos!.

 

Silencio.

 

TABACO AVAINILLADO, por Fernando Salcedo Alfayate.



Ana lía un cigarrillo de picado avainillado de esos que fuman los jóvenes.

El abuelo Sebastián la mira con media sonrisa en la boca.

̶ Tu abuela me los compraba liados cuando éramos novios y ahora habéis vuelto un paso atrás.

̶ Estos son más baratos, ¿quieres uno?

̶ Dame, pero sin que te vea tu madre, que si no me mata.

Ana le da el paquete y el librillo.

̶ A ver si eres capaz de liarlo.

̶ Jodida muchacha. Mejor que tú. Trae paca.

Las manos temblorosas de Sebastián comienzan a moverse con una soltura mayor que el que hasta ahora ha conseguido Ana.

̶ ¿Por qué te ríes?  ̶ pregunta Ana.

̶ Una vez me caí de la mula torda que teníamos en casa.

̶ Te caerías muchas veces, ¿no?

̶ Pero esa vez veníamos de la viña y yo iba sentado entre los serones llenos de uvas blancas para vender por racimos en el pueblo.

̶ ¿Teníais viñas en el pueblo?

̶ No hija, no  ̶ responde con su media sonrisa en la cara ̶ . La teníamos a medias con el dueño, como las demás tierras.

̶ ¿Pero tú no eras conductor de tranvías?

̶ Si hija, pero antes de venir aquí todos éramos agricultores. Eso sí que es duro no conducir, y eso que también es cansado.

̶ ¿Teníais tractores?

̶ Que va. Eso vino después. Yo era muy bueno con el arado. En la función una vez quedé tercero, que rectito me salió el surco.

Sus manos siguen liando el cigarro y su cara muestra esa sonrisa ladeada que tanto gustaba a su nieta.

Su mente se quedó en blanco, y su cara también. Parecía que sus ojos se habían dado la vuelta como los de un vampiro y de repente dijo;

̶ Padre no quería hacerlo, pero…, al final la obligación era más poderosa y teníamos que sobrevivir.

̶ ¿Qué dices abuelo?  ̶ pregunta Ana.

̶ Padre vendió a la pequeña. Nosotros ya éramos muchos y madre murió al darla a luz y padre, ¿qué iba a hacer con un bebé?

̶ No te entiendo. Cuéntame más.

̶ El labrar las viñas a medias con los dueños no era gratis. Teníamos que trabajarlas nosotros y dividir las ganancias por la mitad, pero como Rosita vivía con ellos, lo hacíamos con agrado.

̶ ¿Tenias una hermana?  ̶ pregunta ella quitándole el picado del regazo para hacer otro cigarro.

̶ Éramos tres varones y una hembra.

̶ Lo de tus hermanos lo sé, pero lo de… ¿Rosita la has llamado?

̶ Rosita nació la última, nos llevamos más de diez años, creo. Madre ya era mayor y no aguantó el parto.

̶ Eso ya lo has contado muchas veces, pero lo de que tenías una hermana no.

̶ Los señores no tenían hijas, solo varones y la señora se hizo cargo de ella. Ella no sabía que era nuestra hermana  ̶ lamenta él dando una calada larga a su cigarro.

̶ ¿Mamá lo sabe?  ̶ pregunta Ana.

̶ No creo. Yo ya no me acuerdo de nada, pero este maldito cigarro me lo ha recordado todo. Cuando el señor vendió las viñas nos vinimos del pueblo y nos fuimos colocando en distintos trabajos. ¿Sabes que fui enterrador?

̶ ¿De verdad?

̶ Tu abuelo ha sido muchas cosas hasta que me colocaron en los tranvías.

̶ ¿Y no volviste a saber nada de tu hermana?

̶ No. Bueno, sí.

̶ Bueno sí, ¿qué?... No me dejes así.

̶ Una vez la vi en el tranvía, parecía que tenía a madre delante y supe que era ella.

̶ ¿No la seguiste?

̶ No. Ella tendría su vida. La nuestra era de agricultores que

trabajábamos sus tierras. Y, Anita cariño, déjalo ahí que te

conozco