La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

miércoles, 30 de junio de 2021

EL VAGÓN DEL TREN, Consuelo Jiménez



 

En esta jaula ordinaria

de costumbre,

se abren y cierran las puertas.

Sube y baja gente,

algunos permanecen sentados,

otros de pie,

pero a nadie le importa nadie.

Todos son comunes pasajeros

con zapatos diferentes.

Sus rostros viajan con los ojos vueltos del revés,

hacen de sus semblantes, la nada.

Y saber que allí dentro,

todos los zurcidos cosen secretos.

Cada pecho esconde sus velos como puede,

seguro quedan atrapados

en el letargo de los latidos.

Me da miedo pensarlo,

me gusta lo ambiguo del bien,

pero me asquea lo nocivo del mal.

No quiero descubrir los entresijos de nadie,

es como intentar comprender un poema,

sin sentir la Poesía.

No me hace falta,

bajo en la próxima estación.

Hasta mañana, si Dios quiere.

 

        


SI TE SOY SINCERA, por Ángela Caballero García





Los dolores son secretos que cargamos en nuestras carnes,

secretas las cicatrices de nuestra piel,

secretas las marcas del ayer.


Los secretos son las pesadillas que a nadie le cuentas,

secretas son las noches que pasas en vela,

secretas las heridas de las pérdidas,

secretos son los deseos de las velas que encendemos

y las plegarias cuando nos arrodillamos y nos encomendamos,

secretos son los instantes donde nos refugiamos en una pantalla,

secretos los historiales de ventanas ocultas,

las búsquedas que ni nosotros mismos reconocemos.


Los secretos son habitaciones de hoteles, llaves escondidas,

secretas son las voces que nos acompañan,

secretos son los mensajes que no envías,

las sonrisas discretas,

las almas partidas.


Y aquí estoy, contándote mis secretos,

haciendo como si fueran nuestros.

CERRAR LA LLAVE, por Isabel Rezmo.

 


Yo miro en todos los ángulos de las esquinas, intentando saber si será cierta la primera hoja del prólogo.

O será el epílogo que cerrará la llave.  Y a la par, mis labios.

Y en todos los renglones, escondido  entre sus trazos el garabato oculta la verdad como en un espejo.

Mañana sabré mucho más que lo que sé en este momento.

Dejaré todo en manos de la causa y del efecto, de la suerte o de la providencia. De Dios o de los dioses humanos.

Dejaré el portal abierto.

Quizás haya  suerte. Quizás todo sea más sencillo,

quizásse esconda todo en un tsunami.

Que hunda los pies en el barro. Que hunda la vasija en el agua.

Humedezca con lluvia el vaso. Junte las flores de los jarrones

en una melodía hacia el sol.

 

Mañana es un día especial, no porque lo diga yo, o se pronuncie el dial de la radio. O sea las estrellas que dicten el prefacio para proceder la diligencia.

Mañana será  la  tuya la cicatriz que no desarma, tuyo el delirio de saberte en la boca, tuyo los ojos dentro de mis manos y de mi frente cuando lloras.

Mañana es de nuestras hijas, mañana es de nuestro descaro, de nuestra insolencia, de nuestro ayuno, de nuestro legado, de nuestro amor, de nuestra saliva, de nuestra hipérbole, de nuestro jardín o de nuestro deseo.

 

Pero todo eso, será  un inconveniente que debemos guardar, en todos los secretos que narran lo bueno y lo malo. Perpetuados en un exilio hasta que la luz, surja.

LA COPA DE LOS PECADOS, por Carmen Hernández Montalbán.


 

Pedro, he tenido un sueño – susurró doña Mencía al oído del Cardenal que descansaba en el mismo lecho- en él, la reina, nuestra señora, sostenía una copa ricamente labrada y hacía como que bebía un licor delicioso, al tiempo que se deleitaba. El escanciador se apresuró a llenársela con la jarra de vino que portaba, mientras le decía: Alteza, vuestra copa está vacía, dispensad mi torpeza. Perded cuidado don Juan, repuso doña Isabel, pues este vino, aunque figurado, no es menos dulce que el que me ofrecéis. Os parecerá disparatado, pero hubo un tiempo en el que el Cardenal, don Pedro de Mendoza, bebiose mis secretos en confesión y hoy ha llegado, sin yo quererlo, a mis oídos, tres secretos del prelado. Tres lindos pecados, uno de ellos lo hubo con la que fue mi dama, doña Mencía de Lemos. 


DE SECRETOS, DUDAS Y OLVIDOS, por Gloria Acosta.


Lo olvidaba a propósito. Me obligaba a hacerlo, y cuando ese empeño conseguía el efecto contrario buscaba razones para que la verdad me importara un carajo. Tuve la última oportunidad en el hospital, cuando ella aún estaba lúcida, cuando podría habérmelo contado si se lo hubiese preguntado. O tal vez no. Y esa duda, ese posible silencio por respuesta o su probable negativa, quedó para siempre en el lecho de muerte de los enigmas perdidos. Tiempo después intenté boicotear mi pacto con el olvido recriminando mi cobardía, pero una despedida no hubiese sido el mejor momento para arrancarle un secreto al pasado. ¿Cómo reconciliarse después? Siempre  pensé que para ella la rendición de la certeza habría supuesto la pérdida de una batalla iniciada años atrás, en mi infancia, en la escuela, en ese lugar que un día deja de ser tu refugio y se convierte  en tu trampa, en una vulgar ratonera donde  la inocente  crueldad de los niños no tiene límites. Porque sin más una compañera te lo suelta en el patio como quien lanza una pelota a traición e impacta en tu cara. Luego llegas a casa y mientes, dices que te has caído, o que fue jugando sin querer. Tienes que contárselo. Y yo que no, y mi mejor amiga, pobrecita con qué buena intención, que sí. Y fue sí. Me armé de valor infantil, el que me faltó de mayor. En sus ojos vi por primera vez el miedo, pero no supe a qué. La vi salir en busca de la delatora y volver para no hablar del tema nunca más. Y yo quise preterir para que ella se sintiese ganadora. Ese fue el principio de años turbios, de susurros enmudecidos a mi paso, de construcciones y deconstrucciones, de dudas irresolutas, de búsquedas que salvaran  de la quema a la madre que años después murió creyendo que yo lo había olvidado. ¿Lo habría olvidado ella también?

  Mucho antes había muerto él. Nunca dejé traslucir resquicios de duda. Para mí, siempre fue mi padre.


LA CARA OCULTA DE W.W. JACOBS, por Eduardo Moreno Alarcón.

 

Al igual que ocurriera con el célebre Drácula de Stoker, el cuento La pata de mono parece haber eclipsado el resto de la obra de William Wymark Jacobs. Y es que pocas son las antologías de relatos de terror que no incluyan esta pieza maestra del escritor inglés.

Adentrarse en las narraciones de Jacobs es un ejercicio tan recomendable como fascinante. Se trata, en mi opinión, de uno de los grandes maestros del relato breve. De estilo ágil, directo y cautivador, su manejo de la prosa resulta brillante y eficaz. La forma de abordar los registros de una mente atormentada por la obsesión, el remordimiento, las premoniciones más oscuras y el consecuente destino trágico es absolutamente soberbia. Inocula el miedo en el lector como un veneno letal, haciéndolo, además, desde lo cotidiano, transformando la realidad que percibe la agitada mente del protagonista (quien crea, cuenta o describe la situación inquietante). Ejemplos de su talento son Cuidando al prójimo o La interrupción.

Sin embargo, hubieron de pasar años para que este funcionario de correos —escritor de vocación—, fuera descubierto y comenzara a publicar en la prestigiosa revista The Strand Magazine (la misma que diera a conocer a Conan Doyle). A partir de ahí, su carrera literaria despegó, alcanzando un éxito notable. Tanto es así que llegó a ser considerado el mejor escritor de humor en lengua inglesa de su tiempo. Curiosamente esta faceta —la del humor—, permanece hoy prácticamente olvidada.

Especial mención merecen sus relatos de terror ambientados en el mar. No en vano, su padre fue administrador de un puerto y, desde pequeño, el mundo marino impregnó el alma del joven William. Cuentos como El barco desaparecido, con escenas sobrecogedoras, o Apareció por la borda, que recrea una atmósfera propia de su compatriota Hodgson, son muestra de la mejor escuela literaria que haya dado la vieja Inglaterra.

Ya lo saben. Es hora de quitar el velo y descubrir lo que se esconde tras La pata de mono. Un universo literario de secretos portentosos. Pero ándense con ojo, no vaya a ser… Están advertidos.

SUMERGIDA EN EL AYER, por Cristina Zarca.



Ella caminaba por los estrechos senderos

de su pueblo blanco de calles sin asfaltar. 

Sumergida en sus tristes pensamientos; 

donde el deseo y la culpabilidad iban de la mano. 

Recordaba aquella noche 

como si fuera ayer 

y una sensación de dolor y de temor 

se apoderó de ella. 

Ajena a todo, 

resbalaban las lágrimas de sus  ojos 

enrojecidos hasta sus mejillas, 

pálidas y descompuestas. 


Se preguntó, entonces, 

por qué no se lo dijo cuando aún estaba a tiempo. 

Tal vez no era el momento, 

quizá él nunca lo supiera. 


Y mientras sus pasos se hacían lentos, 

otros pasos la seguían. 

Ella no se dio cuenta hasta que él se acercó lo suficiente 

y le dijo al oído: 

no llores, no temas, 

sólo yo conozco tu secreto.