La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 8 de septiembre de 2024

Una vida nueva, de María Jiménez Sanz.

 


Susana y Christian estaban cansados del bullicio de la gran ciudad, desde que siempre habían vivido en Barcelona, pero ambos tenían claro que en cuanto pudieran se mudarían a un pueblo, a ser posible pequeño. Soñaban con educar a sus futuros hijos en una vida más sencilla y en armonía con la naturaleza. Ahora que Susana estaba embarazada, había llegado el momento, tras una búsqueda intensa de trabajo por distintos pueblos se mudaron a Don Tomás, un pequeño municipio de no más de 1000 habitantes, buscando la tranquilidad y un sitio sin contaminación para criar a los mellizos que venían en camino. Compraron una antigua granja en las afueras del pueblo, una tierra que había sido abandonada y maltratada durante años.

 

Los primeros días fueron un golpe de realidad. La tierra estaba seca y agotada, tras años de abandono por parte de los descendientes de los antiguos dueños y las malas hierbas habían tomado el control. Tanto Susana, que era ingeniera agrónoma como Christian, biólogo, sabían que tendrían que trabajar duro para revitalizar el suelo. Querían usar las técnicas menos agresivas con el terreno, para respetar la biodiversidad de la zona y el equilibrio natural. Así que decidieron por la agricultura regenerativa.

 

Enseguida hicieron amistad con la gente del pueblo; Don Tomás era un municipio de esos que llaman “la España vaciada” y todos los vecinos estaban muy contentos de recibir a gente de fuera que había decidido mudarse allí; ¡Y si traían niños mejor! En el bar del pueblo conocieron a Polo, un anciano lugareño con muchísimos conocimientos sobre agricultura tradicional que era muy escéptico con las nuevas técnicas agrícolas. "La tierra aquí ya no es como antes. No va a


ser tan fácil como vosotros pensáis", les dijo cuándo le contaron todo lo que tenían pensado hacer.

 

Susana y Christian no se desanimaron con esto, sino que les impulsó a trabajar más duro. Comenzaron a compostar los restos orgánicos y a sembrar abono verde para enriquecer el suelo. Susana ideó un sistema de riego eficiente subiendo hasta su campo el agua de un arroyo cercano. Christian se estuvo informando sobre la permacultura, y siguiendo los principios de ésta, plantó una gran variedad de cultivos que aseguraban la biodiversidad.

 

Pasaron los meses y nacieron los mellizos Chloe y Julen, a la par que ambos crecían, los resultados en los cultivos comenzaron a ser visibles. La tierra recuperó su vitalidad y las plantas crecían sanas y fuertes. Al llegar el verano, volvieron los problemas. Debido a la falta de lluvias el arroyo se secó y los cultivos comenzaron a marchitarse. Susana y Christian buscaban soluciones desesperados, le preguntaron a Polo, quien desde el primer momento estuvo encantado de ayudarles, fusionando su conocimientos tradicionales con los modernos del matrimonio.

 

Polo les explicó cómo construir un sistema de recolección de agua de lluvia y a utilizar técnicas para conservar la humedad en el suelo. "La naturaleza tiene su propio ritmo. Solo tenéis que aprender a escucharla y os dará lo que necesitáis", les decía mientras trabajaban juntos.

 

Fue gracias a esta combinación de conocimientos modernos y tradicionales como lograron salvar la cosecha. La relación con los habitantes del pueblo cada vez era mejor, veían a la familia como gente perseverante luchaba por conseguir sus metas. Desde la escuela, las profesoras hacían excursiones con sus alumnos a la granja para aprender sobre las plantas y los animales. Por las tardes algunos niños volvían para jugar con los mellizos.

 

Un año después, la granja de Susana y Christian era un oasis de verduras, cultivos y vida. Producía tanto que no solo abastecía a ellos cuatro, sino que también había para varias familias del pueblo. Junto con otros aldeanos crearon un mercado local donde intercambiaban productos frescos y orgánicos, lo que hizo revitalizar la economía local.

 

Polo, que se había convertido en un amigo y mentor de la familia, observaba orgulloso la situación. "Nunca pensé que vería esto en Don Tomás", dijo un día mirando los campos llenos de cultivos y la comunidad agrícola que se había creado. "Habéis hecho un gran trabajo, en agricultura y también en el pueblo."

 

Susana y Christian, se miraron, miraron a los mellizos y sonrieron. Con su mudanza habían encontrado una vida rural en mitad de la naturaleza y también un precioso lugar en el que ver crecer a Clhoe y Julen. Además habían conseguido que la tierra renaciera, y crear una comunidad que aprendió a valorar y respetar la naturaleza.

 

La historia de Susana y Christian no solo era una historia de éxito personal, sino también un ejemplo para muchos. Don Tomás dejó de ser un pueblo olvidado para convertirse en un modelo de sostenibilidad y resiliencia, demostrando que, con trabajo duro y respeto por la naturaleza, es posible todo.


Tesoro enraizado, por Alba Escudero Hernández

 


Recuerdo las perlas doradas en tus manos suaves y delicadas. Recuerdo como con tu mandil le quitabas el polvillo tan pegajoso que tiene este diamante natural, como me lo lavabas en la acequia y me lo dabas, para que la mañana de trabajo fuera más llevadera. Y yo, te miraba. Te miraba absorta en cada detalle de tu rostro, en cada mueca de tu boca, en el brillo de tus ojos incandescente que aparecía cada vez que hallabas el horizonte en esos frutales que con tanto mimo cuidabas. Pero si algo recuerdo más, era tu sonrisa, que para mí era cálida y enamoradiza, pero que ahora entiendo que para ti era toda una línea del tiempo melancólica y esperanzadora.

 Abuela, estoy sentada en aquel tronco de olivo que aún conservo y me hago pequeña. Cierro los ojos y aún escucho tu voz canturreando aquellas coplillas, aún percibo tu perfume a romero mezclado con el aroma del manjar que teníamos entre manos. Allí estaba yo, como quisiera estar ahora, observándote de nuevo mientras me comía mi melocotón recién tratado por las mejores manos que he tenido en mi vida, para que me nutriera de las raíces que me dejaste.

 Abuela, tus coplillas eran lamentos enmascarados llenos de esperanza, ahora lo sé. Una manera de acatar la vida con la mejor filosofía, con el coraje necesario para no vencerse ante las tempestades, para remar en la tormenta cuando la muerte ya había pasado por tu hogar y te había arrebatado lo que más querías o cuando el hambre era patente en tu día a día y debías resurgir de las cenizas, reinventar y conseguir vivir tú y los que aún, como yo, quedaban a tu lado.

Abuela, supiste vencer los desvíos que el destino te puso, supiste colocarte tu moño bajero con tu horquilla rasgada, lavarte la cara cada mañana en la jofaina de tu habitación, coger tu mandil de la cuerda que andaba atada en la fachada de la cueva, preparar el serón de tu vieja burra, recoger un pan del horno de leña de María y un chorizo, de la orza que aún aguantaba, para poder desafiar al sol. Después de todo ello, cuando ya nuestro enemigo empezaba a asomar su cabeza, me despertabas con olor a leche recién ordeñada, hervida y calentita para ser tomada, con tu miraba puesta en mi dulce sueño, pensando, seguro, en darme una vida más acomodada.

Y tras ello, bajo tu sonrisa yo me levantaba, con mucha ilusión por ir con mi abuela al campo, a por las perlas doradas, en una aventura pirata, como ella llamaba a la recogida de los pocos melocotones que habían resurgido de los frutales que una vez el abuelo sembró. Aunque lo más divertido era ir subida en la vieja burra hasta llegar a la puerta de la iglesia donde bajo mi sombrero de paja miraba como mi abuela se deshacía de nuestro tesoro para poder buscar otro.

Abuela, ahora he descubierto el valor del tesoro que tenías escondido, uno que sólo se cultiva en esta tierra y que gracias a ti hoy puedo disfrutarlo. Supiste saber darme un corazón honrado, enraizar en mí el sentimiento hacia el cultivo de la vida, el cuidado de la herencia natural que nos han ido dejando y supiste impregnarme de tu alma luchadora invencible.

Ahora te veo en todos lados abuela, en el espejo del zafero cuando me miro para hacerme como tú, un moño que recoja mi pelo ante el arduo día de trabajo. Te veo también en el polvillo del melocotón, cuando lo lavo aún en la acequia para deleitar su sabor o en el aroma que se respira allí en tu huerta, inspirando una mezcla tan tuya… Pero sobre todo abuela, te veo reflejada en mis ojos, en el brillo incesante que no se apaga, que rompe con los límites que pone la vida y que continúa luchando para que tu legado no se pierda.

Abuela, eres eterna.

El sombrero de tres picos, por Marina Serrano Escobar.

 


En el corazón de la comarca de Guadix, donde los campos verdes se extienden hasta donde alcanza la vista, vivía don Anselmo, un agricultor cuyas manos habían acariciado la tierra durante más de sesenta años. Su rostro, curtido por el sol y las estaciones, narraba historias de abundantes cosechas y sequías implacables. Pero más allá de su labor, don Anselmo era un hombre de alma generosa, conocido por todos como «el guardián de las semillas ancestrales».

 Cada mañana, antes de que el sol despertara por completo, don Anselmo se dirigía a sus tierras, acompañado por su nieto Diego. Juntos, labraban los campos, sembrando no solo semillas, sino también enseñanzas que Diego absorbía con avidez. Una de las historias favoritas del abuelo era la del «Sombrero de Tres Picos», un símbolo de sabiduría, protección y conexión con la tierra que había pasado de generación en generación.

 El sombrero, un relicario de cuero ajado, había sido llevado por el bisabuelo de Anselmo, quien contaba que tenía el poder de comunicar con la naturaleza. Según la tradición, aquel que lo portara recibiría la guía de los antiguos espíritus de la tierra. Diego, fascinado por el misterio del sombrero, soñaba con el día en que pudiera llevarlo con orgullo y entender los secretos que susurraba el viento.

 Un día, mientras trabajaban bajo un cielo despejado, don Anselmo se detuvo y miró a su nieto:

 —Diego, hijo mío, hoy sembramos algo más que trigo y cebada —dijo, entregándole un pequeño saco de semillas—. Estas semillas son especiales. Provienen de una planta que se dice tiene el poder de curar la tierra y sanar el alma. Pero necesitan más que agua y sol para crecer; necesitan amor y respeto por la naturaleza.

 Diego tomó las semillas, sintiendo el peso de la responsabilidad y el legado que llevaba en sus manos. Juntos, plantaron cada semilla con cuidado, cantando antiguas melodías que don Anselmo había aprendido de su padre. La tierra, suave y fértil, acogía cada semilla como si de un tesoro se tratara, prometiendo devolver con creces el cariño con el que eran plantadas.

 Pasaron los meses, y la cosecha prometía ser la mejor en años. Las plantas crecieron vigorosas, sus hojas verdes reflejaban la luz del sol, y las flores, de un amarillo brillante, pintaban el paisaje con un toque de esperanza. Sin embargo, un verano inesperadamente seco amenazó con arruinarlo todo.

 Don Anselmo, preocupado, reunió a la comunidad. Propuso una idea que a muchos les pareció descabellada: realizar una ceremonia de agradecimiento a la tierra, pidiendo por la lluvia.

 Esa noche, bajo la luz de la luna llena, los habitantes de Guadix se congregaron en el campo. Encendieron fogatas cuyo crepitar competía con los murmullos del viento. Siguiendo la guía de don Anselmo, ofrecieron frutos de sus cosechas anteriores, cantaron canciones de esperanza y narraron historias de tiempos mejores. Diego, con el sombrero de tres picos en la cabeza, lideró una danza que culminó con un momento de silencio profundo, donde solo se escuchaba el latido compartido de los corazones.

 Al amanecer, el cielo se nubló y una suave llovizna comenzó a caer, lentamente al principio, pero luego transformándose en una lluvia abundante y generosa. El aroma de la tierra mojada se mezclaba con el fresco olor del campo, creando una sinfonía olfativa que anunciaba la promesa de una nueva vida.

 La comunidad celebró con alegría y gratitud, conscientes de que habían presenciado un milagro. Don Anselmo, con lágrimas de emoción, abrazó a su nieto.

 —Nunca olvides, Diego, que la tierra nos da tanto como le damos a ella. Respetarla y cuidarla es nuestro deber y nuestra bendición.

 Aquella cosecha fue una de las más abundantes en la historia de Guadix, y las semillas especiales dieron frutos que se compartieron con toda la comarca. La historia del «Sombrero de Tres Picos» se transformó en una leyenda viva, recordando a todos la importancia de la unión entre el hombre y la naturaleza.

 Con el paso de los años, Diego se convirtió en un hombre, heredando no solo las tierras de su abuelo, sino también su sabiduría y amor por la tierra. La casa de don Anselmo, construida con piedras que habían visto generaciones, se convirtió en un refugio para aquellos que buscaban aprender y entender la conexión sagrada entre la vida y la tierra.

 Diego, con el sombrero de tres picos en la cabeza, se paseaba por los campos al amanecer, siguiendo las enseñanzas de su abuelo. A menudo se le veía con los niños del pueblo, compartiendo historias y enseñándoles a respetar y cuidar la naturaleza. Los campos florecían bajo su cuidado, y las cosechas eran generosas, reflejando el amor y la dedicación con que se cultivaban.

 Un día, durante la festividad de la cosecha, Diego decidió compartir un secreto que su abuelo le había revelado poco antes de morir. Reunió a la comunidad en la plaza del pueblo, bajo la sombra de un gran árbol:

 —Queridos amigos, hoy quiero compartir con vosotros el verdadero poder del sombrero de tres picos. No se trata de magia, sino de amor incondicional y respeto por nuestra tierra. Mi abuelo me enseñó que la verdadera conexión con la naturaleza se logra cuando entendemos que somos parte de ella y no sus dueños.

 El pueblo, conmovido por sus palabras, se comprometió a seguir cuidando la tierra con la misma devoción que don Anselmo y Diego habían demostrado. Y así, la leyenda del «Sombrero de Tres Picos» perduró, recordando a todos que la verdadera riqueza se encuentra en la conexión con la naturaleza y en el amor compartido.

 

La muerte de Argamasilla de Conde, por Francesc X. Beneyto Ibáñez

 


«Todos mienten». Eran las últimas palabras del informe inacabado del detective Colomer, que me llegó cuando el jefe decidió asignarle a él otro asunto, uno de mayor envergadura. Yo era el viejo al que se enviaba a solventar su último caso antes de hacer realidad el sueño de convertirse en domador de hamacas. El último episodio de mi larga carrera consistía en resolver el presunto asesinato de un pueblo perdido en la meseta española, Argamasilla de Conde.

Antes de salir, analicé sin fortuna cada apunte de Colomer para obtener claves que aportaran algo de luz. Describía un panorama desolador: un pueblo de persianas bajadas, colegios cerrados y constantes ampliaciones en el cementerio; un lugar al borde de ser borrado del mapa.

Tardé más de lo calculado en llegar. Minutos después de desviarme de la autovía, me sorprendió encontrar una carretera nueva para acceder al pueblo. A lo lejos parecía haber unas enormes naves abandonadas. Salí del coche y observé con detenimiento aquel pueblo espectral e inquietante. Caminé por sus calles contemplando el contraste de edificios ruinosos y abandonados, vestigios de épocas mejores, y las nuevas construcciones, insulsas y plomizas, con acabados baratos, precozmente envejecidas y deterioradas. Alguien llevaba años exprimiendo a la víctima en su propio beneficio. Las últimas actuaciones: las carreteras, el museo o el centro de la tercera edad encajaban dentro de las excusas habituales para explotar otro pueblo hasta la extenuación. Intuía corrupción, clientelismo y mordidas.

Me dirigí al ayuntamiento a desenmascarar a aquellos buitres. Sabía que iba a encontrarme una escena del crimen fabricada, pero no sería la primera vez. En la calle nadie más que un perro, que ladraba como si algo supiera. Llegué y me presenté cordialmente. Me esperaban el alcalde y otros tres empleados. Les indiqué que los interrogaría individualmente y no pusieron impedimento. Buscaba dar con alguna fisura en sus testimonios, pues, como supuse, el discurso oficial había sido meticulosamente elaborado y memorizado por todos ellos. Defendían con firmeza que el pueblo llevaba enfermo desde la emigración masiva de gente joven hacia los centros urbanos e industriales en los 60 y 70. Además, su localización periférica, alejada de los centros de producción y consumo, dificultaba no solo el crecimiento, sino la misma supervivencia. El golpe final había sido la entrada en la Comunidad Económica Europea en 1986. Pese a luchar contra los elementos y las fechorías de los burócratas de Bruselas, ellos habían hecho lo imposible para salvarlo: asumieron el reto demográfico y apostaron por las posibilidades de las nuevas ruralidades, basadas en potenciar el talento local y el emprendimiento…

—¿Y qué pasó con los jóvenes y el talento local? —pregunté al alcalde, cansado de escuchar aquel artificio político.

Lo intentamos con uñas y dientes —dijo fingidamente afligido—. Los jóvenes no quieren quedarse en el pueblo. Para ellos eso sería fracasar. Se han cerrado negocios familiares que funcionaban bien porque los hijos no quieren verse trabajando aquí. Quieren capitalizar sus estudios, quieren proyección.

Aquel áspid sabía desenvolverse bien en el fango. Resultaba convincente, aunque era muy poco honesto responsabilizar a los jóvenes del abandono del pueblo y tratar de encubrir así sus evidentes corruptelas. De algún modo, el alcalde había dado en la tecla, compartíamos el desdén por la juventud, pero mi análisis era distinto: la culpa fue solo nuestra. Vivimos todos estos años sin plantearnos qué mundo dejábamos a las futuras generaciones. En cuatro días, no dudarán en exterminar a tanto viejo costoso e improductivo.

Tal vez Argamasilla de Conde fue víctima de un lento y sigiloso crimen perpetrado a lo largo de los años que fue arrebatándole su gente, sus posibilidades, su patrimonio y, por supuesto, su memoria. Yo siempre busqué la rectitud de ánimo, pero me falló la integridad en el obrar. Mi trabajo había terminado y comenzaba mi ansiada jubilación. Solo debía acabar el informe: «Causa de la defunción: Muerte natural».

Ni aún prevenido, de Pedro Navazo (2º Premio)

 


                                                     Señora: ¿es éste el pueblo en el que apodan a toda la gente?

                                                     No señor: ¡está usted confundido!

     Gracias, señora.

                                                     No hay de qué, señor “preguntillas”

 

                                                                      

            En La Aldea, como en todos los pueblos, a la gente se la conocía también por su apodo o mote. El mote era, algo así, como una seña de identidad, un signo diferenciador personal, social y familiar.

            Esta costumbre, de apodar, era tan antigua como la misma historia del pueblo, y en muchos casos se transmitía de abuelos a padres, de padres a hijos, y así sucesivamente durante varias generaciones impidiendo que dichos sobrenombres se olvidaran.

 

            Generalmente los motes hacían referencia a:

-            Características físicas peculiares: Delia “La Gamba” (porque de ella –que era horrible de fea, pero tenía un cuerpo impresionante-, se podía aprovechar todo excepto la cabeza); Juan “El Andares” (porque, debido a una leve cojera, contorneaba el cuerpo al andar); Marichu “La Camiona” (por su volumen).

-            Comportamientos curiosos: Juanita “La Beata” (porque se pasaba todo el día metida en la Iglesia y la tenía que sacar de ella, a la hora de cerrar, el sacristán casi a empujones); Pepe “El Mirón” (porque no había una, que pasara a su lado, que no la repasara de arriba abajo); Luisa “La Puertas” (por su afán de mirar por ellas para curiosear).

-            Oficios que se desempeñaban: Pedro “El Badajo” (porque era el campanero); Menchu “La Pespuntes” (porque hacía arreglos de ropa); Vitoriano “El Bollero” (Porque era panadero y presumía de hacer los mejores bollos).

-            Otros de difícil clasificación: Angelita “La Sorsevino” (porque ingresó en su juventud en un convento, pero luego se salió y “se vino” otra vez al pueblo); Víctor “El Tardio” (porque nació tarde, cuando sus padres ya mayores no le esperaban); Nicolás “El Biemplantao” (porque se quedó dormido el día de su boda de una borrachera que agarró, y la novia, después de esperar más de una hora en la puerta de la iglesia, lo “plantó” y no se casó con él); Marisa “La seispadrenuestros” (porque su madre tenía tantos “festejantes” que no se sabía a ciencia cierta cuál de ellos era su verdadero padre).

 

En cualquier caso, el mote siempre era impuesto con mayor o menor fortuna y era frecuente que el último en enterarse de su "alias" fuera uno mismo. Tan asumido estaba que, en muchos casos, llegaba a sustituir al nombre original, dándose la circunstancia de qué, en ocasiones, se desconocía la identidad personal, ya que el apodo siempre sustituía al primer apellido.

            Como no podía ser menos el abuelo Julián también tenía su apodo, aunque nunca me había detenido a pensar en su procedencia:

             — ¿Por qué te llaman "Guindilla"? -le pregunté con viveza, cogiéndole algo desprevenido.

— Se lo pusieron a mi padre -respondió, mientras se reía-... Porque decía siempre lo que pensaba en voz alta y, eso, a muchos les molestaba y les “picaba", ¿entiendes?...

             — ¿Y no te molesta que te lo llamen?

             — ¡Que va, hijo! -me dijo con tono orgulloso-. Las palabras no pueden herir..., sólo, algunas veces, son las personas quienes lo hacen.

             — ¿Y a tu amigo, "El Quemao”, ¿por qué le llaman así? -me interesé.

             — ¿Al Genaro? -volvió a reírse con más ganas-… Pues porque se quedó dormido en la cama con el cigarrillo encendido en la boca y casi arde como una tea.

Así, entre risas y anécdotas, como si fuéramos un par de amigos, estuvimos durante un buen rato repasando todos los motes del pueblo, y me enteré, por ejemplo, que al padre de mi amigo Agapito le apodaban "El Piconero", porque desde siempre habían vendido carbón; al primo Pío "El Sobrao", porque siempre presumía saber más que los demás; a Jacinto, que llevaba fama de tímido, “El Encuerao”, porque salió desnudo a la calle para ganar una apuesta; a Luis, el guarda, “El Esterminio”, porque su madre se llamaba Ester y su padre Herminio); a Plácido, el alguacil, “El Gordo”, porque de tan flaco que era parecía ir de perfil; a nuestro vecino, Benito, "El Sentao", porque cuando uno iba a su casa, él se tiraba todo el tiempo sentado, sin ofrecerle asiento aunque se estuvieran horas hablando; a Cándido, el caminero, “El Tío Barrunta”, porque era muy dado a comunicar lo que presentía o lo que barruntaba; a Severino, el electricista,“ El Revive”, porque al nacer le costó tanto arrancar a llorar, que la matrona, según le daba azotes en el culo, le iba diciendo: revive, revive…, y al difunto Ezequiel “El Tío Tres”, porque se había casado tres veces.

 Cualquiera del pueblo administraba el sacramento del bautismo con una mordaz desconsideración y, por no librarse, no se libraba ni tan siquiera D. Santiago, el cura, de figura alta y delgada, que le llamaban "El Villalta" (un torero de la época), porque, según decían, en las misas de gran solemnidad se le advertían poses y maneras más propias de un matador.

 

            Pero de todos los apodos, a mí, el que más gracia me hacía por su ingenio era el que le pusieron a D. Eloy, el director de la sucursal del Banco Hispanoamericano, de Salas de los Infantes, que estaba casado con Lidia, la hija del "Oportuno" (porque siempre llegaba cuando no se le necesitaba). Un día que llegó al pueblo impecablemente trajeado -como siempre-, mientras alternaba en el bar del "Chispo" con la gente del pueblo, se le acercó Miguelón "El Moteas" (porque se dedicaba a poner motes):

— ¿Ya sabe, D. Eloy, que es costumbre poner mote en el pueblo a todo el mundo? -le observó

             — Pues conmigo lo vais a tener mal -dijo muy seguro-: soy un señor y vengo prevenido.

            Pasado un rato, Miguelón, después de consultar su reloj y apurar de un trago el vino que le quedaba en el vaso, hizo un gesto fugaz de despedida a todos y, desde la puerta, antes de salir, se dirigió al banquero y de forma capciosa le dijo:

             — ¡Hasta mañana, señor "Prevenido"!

            Y es que los motes no entienden de clases…

 

Yo soy agricultor, de Antonio Olmos Belmonte (1º Premio)

 




La felicidad es rara y cuesta conseguirla: conozco personas que, según dicen, no la han experimentado jamás. Hay un estado en que la dicha sonríe al hombre muy de cerca con agrado, por mucho tiempo y con variedad: el de agricultor. Y, sin embargo, no falta quien crea que es una triste profesión la de labrar el campo.

Yo soy agricultor. Desde joven, he sentido un vínculo profundo con la tierra, un lazo que me ata a sus ritmos y ciclos. Mis manos, curtidas por años de trabajo, encuentran consuelo y propósito en la textura del suelo y la firmeza de las herramientas. Quiero a mi arado que se desliza con firmeza por la tierra, y mi sol, ese astro que con frecuencia luce bien y hermoso, parecen brillar solo para mí, en un diálogo constante que no todos comprenden.

En ocasiones soy hortelano y jardinero, y hay una magia en ver cómo mis coles, mis guisantes y mis lechugas prosperan bajo mis cuidados. Cuando las plantas crecen fuertes y saludables, remuevo la tierra al pie de mis flores. Mis flores, con sus perfumes embriagadores, colores vibrantes y formas delicadas, me sumergen en un estado de éxtasis. Me pregunto: ¿Pueden otros comprender la paz y la alegría que encuentro en cada pétalo, en cada fragancia que el viento me trae?

Soy leñador cuando la nieve cubre la tierra, y en esos momentos, la tarea de cortar troncos para el hogar se convierte en un ritual casi meditativo. El sonido de mis golpes resonando en el frío aire invernal tiene una cadencia hipnótica. De tiempo en tiempo, cuando cobro aliento, miro alrededor de mí, llenos los ojos de imágenes de luz y de maravillas. La blancura de la nieve, el crujido bajo mis pies, y el aliento visible en el aire frío, todo ello me dice: ¿Tiene todo el mundo un momento de placer como yo?

Soy viajero cuando voy al mercado, y esas excursiones, aunque cotidianas, están llenas de pequeñas alegrías. El bullicio del mercado, las voces de los vendedores, y el jolgorio de los compradores se mezclan en una sinfonía de vida que me llena de energía.

En la siega, mi guadaña vuelca las espigas con una cadencia que hace dormir a mis hijos. El trabajo, aunque duro, tiene una melodía propia. Cada movimiento, cada balanceo de la guadaña es un compás en la sinfonía del verano. Cuando concluyo mi tarea, recojo con todos mis sentidos el placer de los campos. El insecto que zumba cerca de mí, el ave que rompe en un canto ardiente de amor, y el viento tibio que atraviesa el seto y tiembla y murmura cosas que inundan el alma de un suave y profundo placer, todo ello me envuelve en una sensación de plenitud que pocos entienden.

En la primavera, cuando siembro mis maíces y patatas, cuando planto mis remolachas y mis coles, el aire que me acaricia el rostro me trae de los bosques y de los prados los olores de los brotes y de las flores. Es una estación de renacimiento, de esperanza. Todo canta y murmura alrededor de mí en una exquisita armonía. Cada vástago que surge de la tierra, cada flor que se abre al sol es un recordatorio de la belleza y el milagro de la vida.

Durante las lluvias, cuando el cielo se oscurece y los truenos retumban, salgo a caminar entre mis campos. Me gusta sentir las gotas de lluvia en mi rostro, como un bautismo renovador. Las semillas que planté empiezan a germinar, y cada brote verde que asoma entre el barro es una promesa de la abundancia por venir. Mis botas se hunden en el suelo húmedo, y cada paso es un recordatorio de la conexión profunda que tengo con esta tierra fértil y generosa.

En verano, cuando el sol brilla con fuerza y los días se alargan, el trabajo se intensifica. Mis campos se llenan de colores y sonidos, de insectos zumbando y aves cantando. Las tardes son para regar y desbrozar, y las noches para descansar bajo un cielo estrellado. En estos momentos, me tumbo en la hierba y miro hacia arriba, contemplando el universo infinito. Pienso en mi pequeño lugar en el mundo, en cómo cada planta, cada animal y cada ser humano están conectados en este gran tapiz de vida. Es en estos instantes de contemplación cuando la felicidad me envuelve por completo.

En los días de otoño, cuando las hojas comienzan a tornarse de dorado y carmesí, me convierto en recolector. Cada fruto maduro que cae de los árboles es un regalo de la tierra, una recompensa por meses de trabajo y paciencia. Mis manos se llenan de manzanas, peras y nueces, y el crujido de las hojas bajo mis pies es una melodía que anuncia el cambio de estación. El aire es fresco y fragante, cargado de una promesa de descanso tras la cosecha. Cada vez que miro los campos, siento una mezcla de nostalgia y satisfacción, como si la tierra misma me agradeciera por cuidarla.

Cuando llega el invierno y la noche cae temprano, encuentro consuelo en el calor del hogar. El crepitar de la leña en la chimenea, el aroma del pan recién horneado y la compañía de mi familia crean un refugio cálido contra el frío exterior. Las largas noches son para contar historias, leer a la luz de las velas y soñar con las siembras de la próxima primavera. La nieve cubre los campos en un manto de paz, y aunque la tierra duerme, sé que, bajo su superficie, la vida se prepara para renacer.

La infelicidad es común y asequible: conozco personas que, según dicen, la han experimentado toda su vida. Hay un estado en el que la melancolía acompaña al hombre de cerca y por mucho tiempo: el de agricultor. Y, sin embargo, no falta quien crea que es una alegre profesión la de labrar el campo.

Yo soy agricultor.

sábado, 7 de septiembre de 2024

Fallo del IV Certamen de Relato Breve "El sombrero de tres picos"

 

ACTA DEL JURADO


           



            Reunidos en Guadix (Granada), a 22 de julio de 2024, Antonio Morillas Jiménez, en calidad de invitado y presidente del Jurado, Caridad Barranco, y José Mª Molas, en funciones de Secretario, se procede a valorar de forma definitiva los relatos presentados y leídos, en atención a las bases establecidas del IV CERTAMEN DE RELATO BREVE "EL SOMBRERO DE TRES PICOS"

            En primer lugar, se valora muy positivamente la participación de 35 relatos, de diversas procedencias del territorio español, cumpliendo las bases del concurso y con calidad más que aceptable. Se reconoce, cada vez más, la importancia de este Certamen y se considera necesario mantenerlo y ampliarlo en lo posible, para su consideración a las organizaciones convocantes.

            En segundo lugar tras las deliberaciones propias, se acuerda otorgar los siguientes premios:

1º Premio para el relato “Yo soy agricultor”, de Antonio Olmos Belmonte

2º Premio para el relato: “Ni a un prevenido”, de Pedro Navazo.

            Asimismo se acuerda por el Jurado seleccionar los siguientes relatos por su calidad y aportación a la temática del certamen, para ser publicados:

La muerte de Argamasilla del Conde, de Françesc   X. Beneyto Ibáñez

El sombrero de tres picos, de Marina Serrano Escobar

Tesoro enraizado, de Alba Escudero

Una vida nueva, de María Jiménez Sanz

En el susurro del viento, de Judith Frutos

Tiempo de eras, de José Antonio Cascales

No nos moverán, de Lourdes Aso Torralba, y

El pueblo, de Isabel María López.

            El Jurado considera oportuno premiar con una distinción a los seleccionados que han tratado adecuadamente la temática comarcal y puedan desplazarse a la jornada prevista para el 31 de julio. En este caso cabe destacar y premiar a Alba Escudero Hernández, por su relato Tesoro enraizado.

            Sin más acuerdos se dio por terminada la reunión.

El Secretario