La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 30 de octubre de 2022

LA TRAVESÍA, por Pepe Velasco Romero.

 


Es de noche, el heterogéneo grupo arracimado junto al patrón de la patera —al que previamente han pagado un buen puñado de dirhams por el pasaje— esperan ansiosos a que este tome la decisión de hacerse a la mar. El viento sopla con fuerza, y a cortos intervalos, ráfagas de fuerte y fría lluvia golpea sus ateridos cuerpos, empapándolos completamente. El mar rompe con fuerza contra las rocas próximas, con constante y monótono rugido, que junto con la impenetrable oscuridad y la periódica lluvia, dan a la noche un aspecto inquietante y poco acogedor.

—¡Arriba todos, nos hacemos a la mar! —ordena el hombre después de escrutar la noche en dirección al mar durante algún tiempo.

Suben apresurados y se acomodan lo mejor que pueden apretando contra sí sus escasas pertenencias. Algunos rezan en silencio. Tshimpanga tiene un nudo en el estómago. Está asustado. Aunque disimula su miedo, si intentara ahora ponerse en pie, sus piernas no le responderían. Sentado a su lado, su amigo Lamin intenta darle ánimos:

—¡No te preocupes, todo irá bien!

Haufar, su otro amigo, sentado frente a este, lo mira y sonríe irónico.

—¿Lo crees de verdad, Lamin? —le dice con una mueca de hastío, quizá hecha a propósito para disimular su propio miedo.

—¡Pues claro, hombre! ¡Esto solo es un mal trago que hemos de pasar y pronto estaremos todos juntos al otro lado! —asevera Lamin, intentando calmarse a sí mismo.

Lamin recuerda a su familia: su mujer y los tres pequeños que ha dejado en su país.

El motor empuja con fuerza la embarcación, pero el mar mantiene con ella una lucha sin tregua. La golpea con fuerza una y otra vez, lo que produce un continuo y penoso bamboleo entre sus ya sufridos pasajeros. Pero avanza inexorable hacia su destino. Las horas pasan imperceptibles para ellos y un atisbo de ilusión se dibuja casi en algunos rostros. Después de largas horas de travesía, el patrón —hombre cetrino y taciturno— otea el mar. No le gusta el cambio que está dando el tiempo. «Si no arriban pronto a la costa, tendrán dificultades», piensa para sí.

El mar se encrespa más y más a cada momento. Y el viento sopla ahora con violencia casi huracanada. La patera cruje. Ahora las olas juegan con ella y la mueven a su antojo, lo que torna prácticamente imposible su gobierno. Inesperadamente, Tshimpanga siente cómo la inmensa fuerza de una gigantesca ola lo arranca de a bordo, arrastrando también a Lamin, que asustado se agarra a él con fuerza. Una segunda ola con más violencia aún que la anterior voltea la barcaza y lanza al mar al resto de sus aterrorizados ocupantes. Todo es confusión y gritos de pánico, y la oscuridad de la noche no ayuda precisamente a disipar el miedo ni albergar esperanzas. Tshimpanga, que tiene agarrado fuertemente a su amigo pese a estar él mismo nervioso y asustado, se hace cargo rápido de la situación y reacciona intentando por todos los medios mantener la calma.

Lamin, ahora con todos sus miembros paralizados por el miedo, se agarra a su amigo con toda la fuerza que le da su desesperación e instinto de supervivencia, a la vez que le suplica incesantemente con palabras entrecortadas y casi incoherentes:

—¡Tshimpanga, por favor, sálvame! ¡Mis hijos! ¡Por favor, sálvame!

Tshimpanga intenta zafarse de él con un esfuerzo sobrehumano, pero le resulta materialmente imposible. Las manos de su amigo se aferran a él como tenazas. «Si no lo logro, nos ahogaremos los dos», piensa exasperado.

Ocupado en su desesperado forcejeo, presiente, más que ve, una masa negruzca y sólida que se les echa encima y los golpea con fuerza. La barcaza, ahora medio hundida, deambula al antojo de las olas. A él lo ha alcanzado en el hombro y en menor medida en la cabeza. Pero a Lamin lo ha alcanzado de lleno. Tshimpanga siente un corto desmayo y, al recobrarse, ya no siente la presión de su amigo. Lo llama desesperado, pero no obtiene respuesta, solo oye el estremecedor rugido del mar. El forcejeo lo ha dejado exhausto y ha tragado mucha agua, pero la fuerza y vigor que le da su juventud, junto con su instinto de supervivencia, le impelen a nadar sin tregua para salvarse. Pierde la noción del tiempo, nada como un autómata. Por un momento imagina cómo encontrarán su cuerpo, hinchado y sin vida, en cualquier rincón de una solitaria playa. Inesperadamente, sus entumecidos pies tocan algo sólido. No lo puede creer, hace pie. Saca fuerzas de flaqueza y, ayudado por el empuje de una ola que lo arrastra con violencia, cae de bruces sobre la mojada arena.

 


VERGÜENZA PLANETARIA, por Mauricio Jaramillo Londoño.

 

900 invitados a una ceremonia dizque privada; príncipes, reyes, primeros ministros, presidentes, cancilleres, primeras damas que son realmente segundas o terceras amantes, miles, millares, millones de británicos y teleaudientes del planeta entero, asistiendo en persona, desfilando o siguiendo los rituales que durante días de días se sucedieron para enterrar a una persona cuyo cuerpo se corromperá como todos los cuerpos, como los de las vacas, los murciélagos y los insectos.

 Se paran frente al féretro envuelto en una bandera y le hacen reverencia como si estuviese viva la mujer; hacen colas de horas y horas para inclinarse ante el sarcófago.

 Súbditos planetarios, siervos del poder de las monarquías, vasallos de los ricachones, criados del oropel, feudatarios de quienes representan desde hace milenios a los opresores y despojadores de la vida, honra, dinero de los ciudadanos de la Tierra.

 Con razón soportan centurias de pobreza, siglos de aplastamiento, milenios de injusticia.

 Me da vergüenza, me siento desconsolado, triste y solitario ante la genuflexión de mis congéneres que olvidan —manejados por los medios que se frotan las manos ante audiencias inmensas para vender los anuncios de sus contratantes—, cuántas desgracias, maldiciones y muertes representan las monarquías.

 Olvidan mis semejantes que no debe haber señorío sobre este astro llamado Tierra, distinto al del hombre con el hombre y no el del hombre sobre el hombre.

 Dejan de lado los dolores infinitos que costó independizarnos de la Corona española, la inglesa, la belga, la francesa, la japonesa.

 Entierran las duras batallas de Europa entera contra los emperadores que se creían hijos de Dios y dueños de los hombres.

 Ya entiendo por qué tres mil millones de miserables que reptan sobre esta costra terrestre aceptan, estos y el resto de reptiles humanos, que haya un reino poseedor de tres mil millones de dólares dedicados a fiestas, castillos, ceremonias, viajes, pajes, mayordomías, camarlengos, coperos, cortesanos, confesores, ayos, caballerizos, en fin, toda clase de personajes dedicados a ‘Servir a Su Majestad’.

 Con esta condición ‘SERVIL’, que bien podría traducirse como ‘SER VIL’, no me extraña, entonces, que estemos condenados de antemano no a ‘Cien años de soledad’ sino a ‘Mil años de miseria’.

 Abajo la Monarquía, viva la República.

FUEGO BENDITO, por Josefina Martos Peregrín.

                                                               Del poemario “Fuego de invierno”


Puesta a desear absurdos, elijo el mayor. Aun sabiendo que todo pasa, que nada queda, como las naves, como las nubes, como las sombras.

Le ocurrió a mi abuelo, quiso ver a la amada veinte años después de muerta, convencido de que algo quedaría de su belleza: Un montón de polvo, una cabellera seca, huesos en desorden, como de insomnio en la tumba.

Era de esperar, y sin embargo no lo esperaba. Desde entonces hizo del adiós promesa y de la nada su futuro.

No soy mi abuelo, tampoco soy Kempis. Bendigo la piedad de las cenizas.

EL MALENTENDIDO, por José Luis Raya Pérez.

 


El dolor que produce la escena final de Romeo y Julieta nos hace comprender el daño que puede hacer un malentendido. Aquella puñetera carta no llegó a su destino. Cuando la dama despierta y contempla a su Romeo muerto se suicida con un puñal. También es la representación de la alegoría más despiadada del amor verdadero. Los malentendidos se sucedieron anteriormente en La Celestina. La crítica afirma que Shakespeare quedó fascinado por la magnífica obra de Fernando de Rojas. En cualquier caso, los malentendidos han sido generadores tanto de ingenuos desencuentros como de auténticas puñaladas por la espalda. Una sencilla aclaración hubiera evitado todo ese dolor innecesario.

Muchas de las contiendas bélicas se han producido por absurdos malentendidos, como el hecho de imprimir el verdadero itinerario del archiduque Francisco Fernando y confundirlo con el falso; otros malentendidos no han hecho tanto daño como “Yucatán” que significa “no te comprendo”, así respondían los indígenas, por lo que los españoles lo usaron como topónimo. Colón también creyó que había llegado a las Indias. Podríamos realizar una historia del malentendido y quedaríamos fascinados ante tanto ingenuo despiste, mala interpretación o solo dejadez. En ocasiones, el curso de la historia ha sido dirigido por estos estúpidos malentendidos.

Recuerdo la cara de sorpresa de mi compañero de viaje cuando el taxista nos dejó en una calle de París cuyo nombre coincidía con el de una plaza, adonde queríamos llegar, lo malo es que se encuentran en los extremos opuestos de la inmensa urbe. Los malentendidos suelen solucionarse si existe la voluntad por ambas partes. Bueno, solo tuvimos que coger otro taxi. También he tenido que solucionar determinados conflictos que han surgido en el aula, la mayoría generados por malentendidos entre los adolescentes. El malentendido no entiende de edades ni de clases sociales o culturales. Se trata de una confusa o mala interpretación por parte del receptor. “No me hago responsable de lo que tú interpretes”, interpela a menudo el emisor, cuando su paciencia se ha desmoronado.

Por otra parte, el malentendido, la duplicidad de significados o la llamada anfibología o dilogía han servido de base para multitud de comedias de enredo, desde nuestro nobel Benavente, pasando por Arniches, Muñoz Seca o los Quintero. Todos hemos reído con las hilarantes situaciones de nuestra querida Lina Morgan, heredera de la comedia burguesa y el teatro cómico. A su vez, mucho le debemos a las comedias grecolatinas, es como si el mundo no hubiera avanzado: Aristófanes, Plutarco, Plauto y Terencio. Don Quijote y Sancho se mueven, a menudo, tirando de anfibologías y malentendidos.

El malentendido, por consiguiente, puede tener dos caras: la parte burlesca y la dramática.

Cuando sucede lo primero las partes en conflicto pueden llegar a desternillarse; sin embargo, la parte dramática es la más complicada y dolorosa, sobre todo si acaba enquistándose y la solución se volatiliza como una nube negra que pasa de largo a través de una noche aciaga. Recordemos aquel maldito escriba que cambió el signo de puntuación de posición y se produjo el fatal malentendido: “Perdón; imposible ejecución inmediata” VS. “Perdón imposible; ejecución inmediata”. Y se quedó tan pancho. Quién no recuerda el ingenioso calambur protagonizado -dicen- por Quevedo, cuando se atrevió a decirle a la reina Isabel de Borbón públicamente que era coja. Previamente, le colocó a su diestra, claveles, y a su siniestra, rosas: “Entre claveles y rosas su majestad escoja”.

Nuestra sociedad y, con frecuencia, nuestras relaciones humanas se instalan en el cenagoso inframundo del malentendido. Para colmo de males apareció el guasap y nos complicó aún más la vida. Los mensajes se abrevian, se malinterpretan, faltan matices y adjetivos, nos encontramos con un monosílabo escueto, los signos de puntuación brillan por su ausencia y, como el receptor se encuentre en un estado de alteración extrema, todo puede derivar hacia el caos, pues a menudo el sentido de muchos mensajes depende de nuestro estado de ánimo.  ¡Cuántas relaciones se habrán roto! A ello se le une el maldito orgullo, la envidia, la soberbia o la ira. Malas consejeras de los malentendidos o si no que le pregunten a Yago, aunque el que estranguló a Desdémona por infiel fue el archi-celoso Otelo, pero ahí estaba Yago para introducirle los demonios a través de Casio. Otra trágica pieza dramática se titula precisamente “El malentendido” de Albert Camus: entre madre e hija asesinan, sin saberlo, a su propio hijo y hermano. Tanto dolor se remonta a la Grecia tremenda, como la asfixiante historia de Edipo de Sófocles.

En nuestro entorno social o familiar, si no se soluciona el malentendido a tiempo, se enquista, se convierte en una suerte de áspero fósil viviente. Muchas veces, ese estúpido malentendido va seguido por una sucesión de innumerables equívocos que permiten que aquel granito de arena se convierta en una montaña inaccesible hasta que quedamos sepultados por tantos malentendidos encadenados.

Entonces llega la desolación, la congoja, y, por último, quizás sea lo más triste: la indiferencia.

SOLO ABRÍ LA PUERTA, por Esneyder Álvarez.

 


Vivía en medio del silencio,

Cada mañana despertaba 

con una espina enterrada en el cuerpo,

La luz de mi habitación no era sufriente 

para ver donde caminar,

debido a la neblina oscura y densa que salía de mi alma,

Una neblina que se nutría de mi rencor, 

amargura y soledad.

 

La tierra donde caminaba era áspera e infértil,

mi cuerpo era alimentado de la envidia y la aflicción,

un día me quebranté, mi llanto era interrumpible,

mis lagrimas humedecieron cada espacio de la habitación.

 

El silencio fue interrumpido por un fuerte y estremecedor golpe a la puerta,

la abrí,

la luz que reflejabas hizo que la neblina no se percibiera,

me miraste, me abrasaste y me dijiste:

tu soledad ha terminado,

ha sido habitado tu corazón,

te doy mi amor.

 

La neblina dejo de esparcirse,

mi corazón empezó a sentir algo que jamás había experimentado,

comencé a caminar,

pude disfrutar por primera vez la belleza de la primavera,

deleitarme con el cántico de los pájaros,

erizarme con la caricia del verde pasto.

 

En la mañana siguiente,

al despertar las espinas ya no atravesaron mi piel,

esta vez desperté con la caricia más dulce,

la que desprende la ternura de su presencia,

entendí que por primera vez pude sentir el verdadero amor, 

el amor de mi padre,

tú amor… mi amado Dios.

DEATH METAL RABBIT por Alberto Rincón Verdugo




Toda una vida me estaría contigo…” Paquita cierra los ojos mientras la voz aterciopelada de Antonio Machín la acompaña en otro amanecer insomne sentada en la mesa de la cocina.

            Han pasado casi tres años desde que enviudó, pero aún conserva las mismas costumbres que cuando Manuel vivía. Muchas madrugadas, mientras éste roncaba impetuosamente, Paquita, incapaz de conciliar el sueño, se levantaba, hacía una manzanilla y escuchaba una de las viejas casetes de boleros en el aparato de la cocina. Le gustaba más el sonido del reproductor de CDs del salón, pero Manuel siempre se opuso a cambiarlo de sitio y ahora, ya frisando los ochenta, ha terminado por acostumbrarse.

            Se asoma por la ventana que da al patio trasero. La luz de julio comienza a acariciar la copa de los almendros. Observa el huerto languidecer, colmado de malas hierbas. Suspira, recordando todas las mañanas que ambos le dedicaron. “Cuando Manuel murió comenzaron a hacerlo suyo”, piensa. Primero fueron los tubérculos, echados a perder. Luego acelgas y lechugas. Ahora les tocaba a los frutales, cada vez con más ramas secas y peores frutos.

            Por el rabillo del ojo percibe un movimiento junto al limonero. Se ajusta las bifocales y lo descubre. Es pequeño, todavía un gazapo, pero tiene todo el desparpajo de un conejo adulto. Esta royendo unas raíces. Las raíces del limonero: el árbol que plantaron juntos después de casarse. A Paquita se le enciende el rostro. Agarra la escoba y sale al corral. “Lo voy a dejar tieso” murmura. Se acerca decidida, blandiéndola. Pero no llega. Siente un agudo dolor en el tobillo y cae al suelo.

             El taxi la deja frente a su puerta. Se apoya en la muleta al bajar. El doctor le dijo que al menos la use un mes: “Paquita, ha sido un esguince leve. Pero no puede alterarse así. Pudo ser peor. Imagine la rodilla o la cadera. Debería usted solar todo el patio”.

             Justo cuando introduce la llave escucha un estruendo en la casa de enfrente. “Vaya, ya está aquí el nieto de los Vázquez”, piensa. Paquita menea la cabeza y entra mientras las ventanas del vecino reverberan. 

            Se sienta pesadamente en la cocina y contempla el patio. Al menos cuenta una docena de conejos campando despreocupados. Advierte que hay nuevas madrigueras. “Si al menos Manuel estuviera aquí, podríamos hacer algo”, se lamenta. Abatida, presiona el play del radiocasete. “…Se te olvida que hasta puedo hacerte mal si me decido…” canta Luis Miguel. De repente, se le dilatan las pupilas y su boca se tuerce en una sonrisa maliciosa.

          Paquita llama a la puerta de los Vázquez. Una, dos, tres veces. El timbre apenas se oye con la música. Al fin, la puerta se abre y un joven, alto, delgado y completamente vestido de negro aparece en el umbral. A su espalda voces guturales y acordes disonantes se mezclan en una atmósfera cargada de humo dulzón.

            – ¿Sí, que quiere? –espeta seco.

            – Buenos días, joven. Eres Iker, el nieto de Eusebio, ¿verdad? ¿Puedes bajar eso? Apenas te oigo.

            – “Eso” es Death Metal, abuela. Y del bueno. Dígame qué quiere.

            – Mira, majo. Seguro que tus abuelos estarían muy disgustados si se enteran de que este verano, en vez de estudiar en el pueblo, te vienes aquí a escuchar… ¿cómo era? ¿”dez” metal? Y a fumar esas porquerías. Ya me dijo Eusebio que en la carrera vas regular. ¿Cuántas te han quedado? ¿Cuatro? ¿Cinco?

            El rostro de Iker enrojece ocultando un acné descontrolado. Baja el volumen.

            – Mucho mejor. Verás, tengo un problema y tú me puedes ayudar. Seguro que podemos entendernos.

 

Iker se lava las manos manchadas de tierra en la cocina. Resopla:

            – Paquita, mire, a mí me da igual. ¿Pero está segura de lo que hace? Habrá otras soluciones. ¿Ha llamado a…?

            – Estoy convencida –le interrumpe ella–. Entonces ¿está todo listo? ¿Sólo hay que encenderlo? – pregunta mientras coge una casete de Lucho Gatica.

            Iker la detiene. Le quita el casete y le tiende otro.

            – Espere. Si va a hacerlo, hágalo a lo grande. Tomé. No vea lo que me ha costado grabar en este formato.

            – “Blodunter” –lee Paquita con dificultad–. ¿Qué es?

            – Bloodhunter –corrige Iker–. Es una banda brutal. Su vocalista es una tía con una voz tremenda que…

            Paquita sonríe y no le deja terminar. Introduce el casete. Sube el volumen al máximo y pulsa play.

            Afuera atruena un apocalipsis. Decenas de conejos despavoridos corren por doquier. Varios altavoces introducidos en las madrigueras hacen vibrar la superficie del patio levantando un polvo fino que añade irrealidad a la escena. A los tres minutos no queda un conejo vivo a la vista. Los que no escaparon yacen inertes en el suelo. Paquita apaga el aparato y extrae el casete.

            – Oye, Iker. Y este grupo ¿no cantará también boleros?


LOS RUIDOS, por Consuelo Jiménez.

 


Me atrevo a escribir que en el antiguo hueco de la memoria

hay acopio de todos los ruidos.

Silbidos livianos como el chisporroteo anaranjado de pájaros

cantores

o el crujido de los huesos de la mano ante el golpeo brusco de la ira.

Sucede lo mismo en el libro que yace sin abrirse sobre la mesa,

cofre pleno de sonidos del silencio de un nombre.

¿Me escuchan?

Agudicen el oído.

Digo que los días se quedan atrás, que hay cansancio,

que me gustaría mecerme en la apacible brisa de la tarde,

aunque el murmullo de las nubes

deja la evidencia de que no se puede huir de la tormenta,

ni de la locura ni el terror.

Entre el claroscuro de la costumbre se acentúa el zumbido

de una insignificante avispa, su bisbiseo esconde el privilegio

de la perseverancia,

y entre idas y venidas, casi sin ruidos, se alza con su presa,

una ínfima porción de carne, asida a su cuerpo,

viaja hacia su casa, lugar de larvas,

donde no existe ese run run

de tener que hacerlo mejor de lo que lo hacen.

Ellas, no tienen siempre la sensación que arrastro yo,

de que nunca escribo el poema

lo suficientemente bien que debería.