La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 13 de agosto de 2022

DOS PUEBLOS, por José María Molas Tresserras.

 


Eran dos pueblos vecinos y rivales. Cercanos, con historias compartidas, cultivaban casi lo mismo, tenían parecidas poblaciones y estaban en el mismo contexto geográfico; pero eran diferentes.  Los dos pueblos estaban en las proximidades de un pequeño río que regaba los campos de cultivo, estaban bien comunicados con una carretera local que les acercaba a la capital donde tenían los servicios necesarios que no podían tener todavía en su pueblo.  Hablamos de Villaciencia y Villasanta. Ambos pueblos tenían similares relaciones con la administración, pero eran distintos. Villaciencia crecía en población, crecía en riqueza, y cada vez atraía a más visitantes al pueblo, mientras que Villasanta, con las mismas condiciones estratégicas, que decían los analistas, se estaba estancando peligrosamente, perdía población. Los jóvenes se iban y apenas tenía turistas.

            ¿Qué razones habría para advertir la diferencia creciente entre ambos pueblos?, se preguntaba la gente del lugar que veía que algo pasaba en Villasanta que no funcionaba bien. ¿Será por culpa del alcalde, que no sabemos bien a qué se dedica?,¿Será por la virgencita, patrona del pueblo?, que no era la pobre muy agraciada, hay que decirlo también… La lotería tampoco había funcionado hasta ahora, dejaba muchos gastos en las gentes del lugar. Eso sí, en los dos pueblos iba igual.

            Pasado el tiempo, y observando de cerca ambos pueblos, se podía analizar qué pequeñas diferencias empezaban a ver y como iban cada vez a ser mayores. Vino un médico de la capital, a Villaciencia, haría unos diez años, y se dio cuenta de que había muchos casos de diarrea en la población, erupciones en la piel y otras enfermedades que requerían tratamiento y, a veces, había que hospitalizar a los pacientes por algún tumor que otro. El médico se llamaba Pedro Solitario. El apellido le pegaba, pues era un hombre reflexivo, sabio y con buen talante. Las gentes del lugar le llamaban Don Pedro, y le apreciaban cada día más. El médico analizó las actividades agrícolas principales de los trabajadores, que utilizaban sistemas antiguos de fumigación, por lo que echaban productos tóxicos a las malas hierbas, lo llamaban Glifosato, y no llevaban a veces la protección adecuada. Se preocupó Pedro de hablar con el alcalde, y convocar una reunión de vecinos en la casa del pueblo que era el ayuntamiento. Allí, empezó a asustar a la gente diciendo que:  o cambiaban de sistema de trabajo en los cultivos pronto, o iban a enfermar todos. Tras una larga reunión y debate la gente se dio cuenta de que tenían un problema, y que había que hacer algún cambio. La situación no podía seguir así. Ya decía el abuelo del pueblo, Melchor: ”al médico hacedle caso, que ese sabe”, y añadió con la sabiduría que dan los años: ”La ciencia hace avanzar a los pueblos, la política nos divide y la religión nos entretiene”. Y terminó apuntillando: “Si nosotros no defendemos al pueblo, ¿quién lo hará?”.

            También se dio cuenta el médico, que la población de labradores estaba muy envejecida. Los jóvenes se iban del pueblo y nadie tenía interés en seguir labrando. Entonces se preguntó Pedro: ¿de qué va a vivir esta gente, si no hay quien cultive los campos, ni se benefician de la buena tierra y las buenas aguas que rodean al pueblo?. ¿Quién se va a aprovechar de los conocimientos tradicionales de siembra de las leguminosas, de la recogida de los almendros, y demás frutales?. Entonces, gracias a la buena relación que tenía con el alcalde, Jesús Valiente, se consiguió dar un curso de verano para jóvenes relacionado con la nueva agricultura biodinámica y regenerativa. Vinieron expertos labradores de otra provincia y explicaron en un curso gratuito, la teoría y las aplicaciones de la nueva agricultura, que aunque así se llamara, tenía mucho que ver con antiguas prácticas abandonadas. También se aprovechó para realizar encuentros, en los ratos de tiempo libre, con los agricultores mayores del pueblo, buscar nuevos fertilizantes e ir abandonando los productos químicos y tóxicos que tanto daño estaban causando. Casualmente en aquellos años, llegó un grupo de emigrantes sudamericanos, y algunos de Sudán, que tenían experiencia laboral agrícola, y estaban deseosos de poder trabajar y ver crecer las plantas y el alimento en el campo. Al año siguiente, tres jóvenes de los que habían realizado el curso, quisieron dedicarse a trabajar y cultivar la tierra. Pidieron juntar unas fanegas de tierra, arrendarlas y cultivar arándanos y plantas aromáticas que eran nuevas en el lugar.

            Las noticias van que vuelan, y en Villasanta se enteraron de la movida de sus vecinos, pero no hicieron caso, estaban muy entretenidos con las tareas de preparación de los cultos, las fiestas del pueblo, y el cuidado de la virgencita. El cura del pueblo los tenía a todos ocupados con los rituales litúrgicos. Que si la Semana Santa, el Adviento, la Navidad... Todo el año tenían procesiones y cultos que practicar. Había que restaurar la iglesia, decía el cura, que le faltaba una mano de pintura y otras reformas. Luego había que hacer colectas para tener un patrón en condiciones, y hacían campañas todo el año para encargar a un escultor de la capital una nueva escultura para llamar la atención a los posibles turistas. Así fue pasando el tiempo. Villasanta estaba entretenida con sus viejas costumbres: cuidando imágenes, restaurando la iglesia a la que siempre le faltaba algo. Y es que era lo que siempre se había hecho; eran las costumbres del lugar, y la gente así se justificaba y pasaba el rato.

            En cambio, en Villaciencia, vieron cómo los primeros jóvenes que empezaron con unas pocas tierras, ya tenían maquinaria más moderna y habían ampliado sus campos de cultivo. Cuando llegaba el tiempo de cosecha, se juntaban con jóvenes de otros pueblos, recogían la fruta y luego celebraban una fiesta. En mayo cosechaban habas y guisantes, en junio las patatas que eran muy apreciadas. En septiembre recogían las almendras y era motivo de fiesta para todo el pueblo. Además, los jóvenes intercambian conocimientos y experiencias con los mayores del lugar. En el pueblo habían sembrado muchos árboles. La sombra de los árboles atraía a muchos visitantes en el tórrido y largo verano. Pasados unos años, Don Pedro se marchó, pero dejó una huella imborrable en la población.

AQUELLA MAÑANA DE SÁBADO, por Jacinto Collado Cañas.

 


(Relato inspirado en el cuento: “El libro talonario” de Pedro Antonio de Alarcón)

 

Aquella mañana de sábado, como siempre que venían a visitar a su hija a Madrid, no sabía muy bien lo que hacer. Así que decidió acompañar a su mujer y a su hija a ese enorme supermercado tan limpio y aséptico al que solía ir ella, hecha a las costumbres de la capital. Eso de comprar en distintas tiendas pequeñas quedaba ya muy lejano.

Pero ese día, el tío Buscabeatas (apodo por el que era conocido en Villanueva - su pueblo natal, del nordeste de Granada-), quedó totalmente absorto por un azaroso detalle: allí, frente a él, estaban Cachigordeta, Rebolanda, Barrigona y algunas calabazas más que con tanto mimo había cultivado en esos calurosos meses de verano, y que, no sin mucho regomeyo, había accedido vender a “Fulano”, el intermediario. Tantas buenas razones, penurias y excusas le confió, que accedió a dejárselas algo más baratas de lo que había pensado. Sin embargo, ahora las tenía allí delante, y se vendían por un precio diez veces superior al dinero que había recibido.

Las lágrimas estaban a punto de brotarle de los ojos. Sus preciadas creaciones también parecían mirarlo entristecidas, y entonces, cayendo de rodillas frente a ellas y reclinando la cabeza contra el pecho, entrelazadas sus dos manos sobre la nuca, dejó escapar un profundo sollozo y dio rienda suelta al llanto.

Una señora casi lo arrolla con el carro de la compra, ya que iba empujándolo sin mirar. Fue el hijo de esta quien acudió a levantarlo, pero el tío Buscabeatas parecía una masa inerte clavada en el suelo. Su esposa y su hija, atareadas con la compra, lo habían perdido de vista y no se habían dado cuenta de lo ocurrido. Enseguida otra señora comunicó el suceso a una reponedora. Acudieron varios empleados e intentaron hablar con él, pero nada. Nadie podía sacarlo de su estado de abatimiento total. Poco a poco se fue arremolinando gente curiosa alrededor, y el guardia jurado tuvo que poner orden:

-       ¡Hagan el favor de no interrumpir la circulación!, ¡despejen el pasillo!

Fue entonces cuando Manuela, su hija, advirtió el revuelo, y al acercarse y ver a su padre arrodillado en el suelo casi se desmaya del sobresalto, pero sobreponiéndose enseguida, se abrió paso entre la gente llegó hasta él. Unos pocos pasos por detrás venía su mujer.

-        ¿Qué pasa, papá? ¿Quieres hacer el favor de levantarte?

-     Nos está mirando todo el mundo, por favor... -añadió su mujer-

Poco a poco fue enderezando la cabeza y, casi murmurando, con la vista fija en el estante de las calabazas, dijo:

-        Son ellas, Manuela, son mi cosecha. ¿No ves cómo me las han robado con males artes y cómo se han burlado de mi?  -Y algo más repuesto añadió- Ahora valen 10 veces más de lo que me pagaron por ellas.

-        Pero papá... las cosas son así, no digas tonterías. ¡Levántate! Haz el favor…

La responsable de la tienda, alertada por el suceso, acudió rápidamente:

-        ¿Qué pasa aquí? ¿Puedo ayudarles en algo?

-        No, no es nada, es mi padre. Dice que esas calabazas las ha cultivado él y que ahora las vendéis diez veces más caras de lo que le pagaron. Siente que le han robado.

-        Lo entiendo Señora, pero... ya sabe... nosotros siempre respetamos los acuerdos comerciales. Todas nuestras operaciones están claras...

-        Ya... pero es llamativo. Bueno, no se preocupe, enseguida levantamos a mi padre y se acabará la FUNCIÓN.  ¡Eh! Papá. - Dijo girando la cabeza hacia el tío Buscabeatas.

Entonces, el hombre, mirando a su esposa que estaba casi tan llorosa como él, hizo un esfuerzo y con la ayuda del guardia jurado, se irguió. Parecía que hubiera envejecido varios años en un solo instante. Parecía que de pronto le hubieran caído sobre los hombros las fatigas, las decepciones, los sueños incumplidos, las injusticias cometidas sobre tantos agricultores que, como él, no iban a poder resistir las nuevas leyes de un mercado cada vez más atroz. Parecía totalmente derrotado.

No quiso mirar nada más. El pasillo de las herramientas, que otras veces le había resultado un refugio frente al aburrimiento que le producían tantas estanterías repletas de productos innecesarios, no tenía la luz ni los colores de siempre. Se dejó llevar, y aunque su hija de vez en cuando, le dirigía una sonrisa tratando de levantarle el ánimo y su esposa no se separaba de él, el tío Buscabeatas solo quería salir de allí lo antes posible.

Estaban ya en la cola de las cajas cuando la responsable de la tienda se les acercó otra vez y les dijo:

-        Perdonen, no se asusten, ¿Podría hablar un momento con ustedes? Es que quiero comentarles algo. Si les parece, acompáñenme al despacho.

Manuela la miró con semblante serio:

-        Pero...

-        No es nada, no se preocupe. Vengan conmigo. Dejaremos el carro aquí, en esta caja vacía. Mi compañera le echará un ojo.

Enseguida llegaron al despacho y, ya solos, la responsable de la tienda les dijo:

-        Verá usted, Señor, me ha impresionado mucho la reacción que ha tenido frente a las calabazas que usted mismo cosechó. Porque... son las suyas, ¿no?

-        Claro que sí. -dijo el tío Buscabeatas y, sacando un arrugado papel del bolsillo, añadió- Aun tengo el albarán de la venta. Puede comprobar que los datos son los mismos que los de las etiquetas de las cajas donde están.

-        Está claro, no se preocupe, -continuó la responsable-. Pues bien, la verdad sea dicha, los clientes que las compran celebran la dulzura y la calidad de sus calabazas y, aunque no tendríamos por qué, lo he consultado con mis superiores y hemos decidido compensarle un tanto el precio tan bajo que recibió por ellas. - Y añadió mostrando una leve sonrisa- Para que “no sienta que le han robado”.

El tío Buscabeatas, su mujer y su hija quedaron perplejos. No sabían que responder. Finalmente dieron las gracias por la justa retribución que recibieron y regresaron a casa bromeando y repletos de alegría.

Aun así, cuando se tranquilizó, el tío Buscabeatas se dijo:

-        Esta historia no tendría que haberse contado. Los agricultores tendríamos que recibir un precio justo por nuestros productos. Si fuera así, nada de esto hubiera ocurrido.

UNA ILUSIÓN, de José Antonio Cascales Rosa.

 


Esta mañana he esperado al sol, sentado sobre una lastra plana. Los primeros rayos daban en las montañas altas, poco a poco sentí su calor, cerré los ojos y me fui con él, encendimos una parte de la tierra, dándole luz y calor a la oscuridad, subimos a las montañas y bajamos a los valles, llegamos a las umbrías, a los mares y lagos. Nos abrimos paso entre los bosques y quisimos entrar en grutas, pero no nos dejaron nada más que asomarnos. Volví por la tarde a la piedra plana y esperé a la luna, estaba silenciosa y un poco tristona, demasiada soledad me dijo. A veces medio apagada o medio encendida, otras veces luminosa pero siempre atrayente. Ven me dijo, vamos a elevar los mares, a hacer crecer las plantas. Me fui lejos de aquí, me senté en su costado como si de un potrillo se tratara, cabalgamos toda la noche y hasta bien entrada la mañana, al despedirnos quiso que la abrazara para sentir el calor de un abrazo.

Volví a la piedra plana otra vez, a esperar al sol, pero no salió. Una nube lo tapaba, ni su calor la deshacía. Hablé con la nube para tomar un poco de agua en su casa, puedes entrar me dijo, pero no tengo agua, solo granizo ¡listo para sembrar! ¿por qué siembras granizo y no agua de manantial? Porque los humanos me han enfurecido, maltratado, castigado y humillado. No me dejan respirar ni de los mares ni de los ríos; cuando digo de llover me envenenan y me tengo que disolver, de sus chimeneas salen ácidos que, al descargar mi agua, envenenan cultivos, bosques, parques y jardines. Enveneno animales y humanos y quiero llorar, llorar bien, regar los campos, regar las fuentes y nevar las montañas. Esconderme en verano y salir el resto del año. Pasa a mi casa, veras el granizo, comprenderás que no puedo tener otra cosa, es de lo que estoy alimentada. Tengo también fuertes aires acumulados, volaran tejados y árboles centenarios, teñiré de hielo todo el campo, arrasaré las huertas, los mares de espigas, el maíz dorado y ganado pastando. Lloraré por hacerlo, pero no tengo otra opción.

Sal de mi casa que no te puedo llevar, no quiero que seas testigo de la destrucción. Protégete bien, avisa a los tuyos que los granizos serán muchos.

Baje de la nube entristecido, abatido, ¡no puede hacer nada! Lo peor de todo es que la comprendía.

La nube estaba enfurecida, por su boca salían rayos y centellas, aires huracanados, truenos aterradores, remolinos… y el granizo.

Avisamos a todo el mundo y nos refugiamos donde pillamos. ¡Nube, nube!, la llamaba, le gritaba ¡No sigas el juego de los que te hacen daño, ellos están a salvo, aquí estamos los débiles, los humildes y los que te cuidamos!

No me escuchaba, no podía oírme ¡por su boca salían rayos y centellas! y truenos aterradores. Pero un destello de luz salió entre ella, el sol sí me escuchó y la convenció para que se fuese de allí. Voló hacia las chimeneas de ácido aún con más bravura, pero otra nube de aviones y cohetes volaron hacia ella, cargados de no sé qué, disparados y esparcidos en la nube… al poco tiempo se desvanecía.

Miré mi huerta lamentablemente destrozada. Tanto esfuerzo, tanta dedicación, tantos suspiros… a pesar del daño la comprendía. Ella había sido capaz de revelarse ante la contaminación y los desórdenes ambientales. Ella nos amaba, pero a veces hay que arrasar para volver a la normalidad, para reflexionar sobre el daño que los humanos hacen a la tierra.

Tenía que hablar con los vientos, los mares y ríos, ellos también están alterados, sucios y contaminados. Para ello tenía que perfeccionar el idioma universal de la tierra el “TERRADÍ” Hablé con la luna y el sol, ellos me entendían y se ofrecieron a darme clases, uno por el día y otro por la noche. Con mi “TERRADÍ” recién aprendido, hablé con el rio, con el lago y los mares. Todos estaban sucios, alterados y contaminados, las especies que habitan en ellos al borde del colapso y de morir asfixiados.

El mar culpaba al rio, el lago culpaba al rio y el rio se sonrojaba por no poder hacer nada. Les expliqué que ellos no son culpables, la humanidad entera a es la culpable, solo utilizan sus aguas para divertirse, saciar su sed, regar sus campos… y como vertederos.

Hablaré con los vientos, tenemos que idear un plan para que cuando el humano haga mal, soplen aires huracanados, el día se vuelva noche y la noche día; que las aguas enfurecidas se traguen a aquellos que contaminen, que expulsen sus basuras y venenos fuera de las aguas; que los vientos y la nube con sus “rayos y centellas” luchen contra quien los producen. Igual se asustan y dejan de despreciar a nuestra casa vital.

Hablemos todos el “TERRADÍ” y sintamos la tierra como nuestra, que lo es, para alimentarla y cuidarla.

Pasaron unos años complicados, convulsos, de aguas bravas y cielos con rayos y centellas, donde el día y la noche se confundían… Poco a poco todo se fue calmando, la naturaleza y sus habitantes se saludaban, se cuidaban. El “TERRADI” fue el idioma oficial en todo el planeta.

EL CAMPO, por Juan Quesada Hernández.

 


El campo, es nuestra cuna, es el regazo de una madre que da a luz a su primer hijo y lo mece cariñosamente en sus brazos mientas le cuenta cuentos de dragones y princesas y le canta nanas que nos inspiran compasión.

En los últimos años, nuestra madre agricultura y nuestro padre campo han vivido y observado cómo sus polluelos echaban a volar para dirigirse a grandes urbes donde parece que la gente no tiene el demasiado tiempo de pararse y escuchar el sonido de los pajarillos o de ver cómo el tejón crea su madriguera.

La vida de la urbe es una vida acelerada y llena de prejuicios, donde el caballo Estrés cabalga a sus anchas y dónde la palabra tiempo no tiene lugar.

Por suerte cada día vemos como todos esos polluelos que dejaban su nido en el campo para volar a las altas cumbres de un edificio en la ciudad regresan a su tierra natal para disfrutar de su gente, de sus paisajes, de sus animales y en general de su tierra.

Y sí, no podemos negar que las oportunidades laborales de la ciudad son mayores a las que podemos encontrar en nuestro entorno rural, pero la calidad de vida disminuye de una manera considerable.

Aunque se diga lo contrario en el medio rural hay las mismas actividades de ocio que en la ciudad pues cada verano vemos como miles de antiguos vecinos que ahora viven en tierras lejanas vuelven a la comarca para disfrutar de sus orígenes, de sus gentes y de sus tradiciones, pero bueno eso ya es lo que sabemos todos.

Lo que no sabemos es que sin el campo no somos nadie, a lo largo de los tiempos el campo ha sido una actividad vital muy respetada por todos, porque una cosa si tenían clara:

 Sin agricultura y sin ganadería nuestra mesa está vacía.

Ha sido desde hace un tiempo hasta esta parte, donde el campo se ha visto un sitio hostil donde vive una especie humana distinta a la cual llamamos con apelativos tan cariñosos como cazurros, catetos, toscos, bastos, paletos y demás sustantivos que nacen fruto de la total ignorancia que sufren las gentes de las ciudades y las cuales se creen que funcionamos como un extraño objeto de diversión al cual visitan entre una y dos veces al año para que les aliviemos sus insípidas vidas aburridas con nuestras “catetadas de pueblo” y para que ellos puedan regalarnos de una forma ineficiente sus conocimientos sobre algo que ya sabemos o sobre algo que llevamos haciendo aquí durante años pero que ha llegado a la ciudad de una forma novedosa bajo un nombre en inglés o cualquier otro idioma extranjero.

Muchos de ellos ya los conocemos, por ejemplo, el ir de running o ir a hacer footing de toda la vida ha sido ir a correr o irse a darse una vuelta por el campo.

También he de decir que algunos de nuestros antiguos vecinos se han vuelto de esa manera, pero deben de recordar todos los beneficios que les proporciona el campo.

Pero bueno, he de decir también que la gente del campo somos la más fuerte pues no muchos son los valientes que se atreven a irse al campo a trabajar desde las 5 de la mañana hasta las 8 de la noche en un pleno mes de julio o de agosto donde ya aprietan las calores. Mucha de esta gente como no está asegurada por los caciquillos que son terratenientes de estas tierras son considerados por las gentes del del exterior como vagos los cuales no aportan nada a las arcas públicas, déjenme decirles, desde mi humilde opinión de cazurrillo, que estas gentes que nos recogen a todos la cosecha para que luego ustedes la puedan disfrutar en su mesa, son los que más peligro corren, pues están en el riesgo de contraer alguna gripe o algún catarro, o incluso tener el infortunio de tropezar y tener un aparatoso accidente que los lleve al despido sin finiquito ni demás temas burocráticos quedándose sin poder llevar en la mayoría de casos el único sueldo a la familia.

También quiero hacer un llamamiento a las demás gente joven de nuestros espacios rurales, muchos de ellos no conocen los maravillosos enclaves naturales que se esconden en nuestras vegas y cerros pues en lo único que piensan es en haber cuando llega el día para poder salir de este infierno como ellos así le llaman y diciendo que no van a volver, para después repetir el mismo proceso de las generaciones antecesoras de volver en verano tirándose el visto de sus grandes conocimientos que le ha aportado ese lugar de caos al cual llaman ciudad. Pero bueno, como parte del colectivo de gente joven de la comarca, a estos les invito, a que antes de que tomen la decisión errónea de irse por lo menos tengan la oportunidad de salir de sus smartphones de última generación y descubrir nuestras maravillas escondidas, siempre y cuando se comprometan a respetarlas y cuidarlas, pues creo que no soy el único que al pasear por la orilla de nuestro río Fardes o al caminar por uno de los senderos de nuestro maravilloso entorno ha visto botes de plástico, vidrios, botellas y demás objetos contaminantes ajenos al paisaje y ecosistema de la zona.

Me gustaría añadir, que deberíamos disfrutar de las maravillas que nos proporciona el campo, pues nacer aquí o es ningún castigo divino, sino un regalo fruto de la mano de Dios nuestro señor el cuál debemos disfrutar al máximo. Esta última característica se acentúa si vivimos en un sitio como nuestra comarca. Dónde disfrutamos de paisajes maravillosos, de una paz alucinante y de poder disfrutar de tener un montón de sitios a los que ir.

Si queremos playa, la tenemos a una hora en coche, si queremos montaña, la tenemos justo a nuestro frente, pues vivimos a los pies de Sierra Nevada.

Disfrutemos del campo, de sus privilegios, y de nuestra comarca.


TARDE DE ESTÍO, por Mercedes García Poyatos.


 Pintura de Dori Hernández Montalbán


Terminó de refrescar la placeta. La tierra, por lo común aplastada por el continuo ir y venir de personas y bestias, se levantaba en un fino polvo a la caída de la tarde y era tarea obligada el asentarlo. La anciana mujer sacó del pozo un cubo de agua y lo fue vertiendo meticulosamente por todo el espacio con sus manos ahuecadas en forma de cazoleta. Con la escoba de palo de caña barrió algunas brevas caídas por su propia madurez y la fuerza de la gravedad, así como bastantes hojas secas de las distintas plantas de la finca que, ya agostadas, el viento arremolinaba en un rincón de la misma. Ahora tocaba el momento del descanso y sosiego. Tomó asiento en una silla baja de anea bajo el hermoso emparrado que sombreaba y refrescaba el lugar, con el tabaque de la costura a un lado. Sacó de su interior una sábana amarillenta que en sus buenos tiempos fuera nívea, con más de un remiendo al que habría que añadir otro más para que ocultara el último desgarrón causado por el constante roce de su cuerpo. Justo cuando estaba a punto de enhebrar la aguja, una manecilla le golpeó el hombro con insistencia, evitando que el hilo se colara por el minúsculo orificio que con tanta dificultad había conseguido atinar.

— Abuela, dame eso de las uvas, que yo no alcanzo.

El chiquillo se refería a los zarcillos rizados de la vid que se iban enredando en los alambres del parral y a los que les había tomado el gusto de mordisquear a pesar de su amargor. Sabiendo que el niño no desistiría hasta conseguir el apéndice verdoso, se subió con cuidado a la silla y cortó con sus uñas un par de tallos con el fin de que tuviese para un buen rato mientras le sacaba el jugo. Volvió a la difícil faena de la aguja y el hilo. Mojó repetidas veces el cabo con saliva, pero el agujero se resistía a ser atravesado.

 — ¡Manolillo! ¡Ven un momento!

Favor por favor. Viendo que era misión imposible que sus ojos le permitieran tal cometido, pidió al nieto que le enhebrara la aguja. Fue cosa de un único intento que el hilo blanco estuviera en su sitio.

— Dios te lo pague, hijo, y te libre la vista muchos años —comenzó la abuela el discurso y le siguió un monólogo solitario consigo misma— ¡Con lo que yo he sido! ¡Qué cosía de noche a la luz del candil! Vista de gato tenía y mira ahora como estoy, con una cortina en los ojos que me trae por la calle de la amargura. Inútil de una vez.

Dejó a un lado estos negros pensamientos y comenzó a entonar una cancioncilla; costumbre que mantenía desde sus años de aprendiza de modista mientras cosía o hacía ganchillo. Esta vez cantaba con su cascada voz el estribillo de una zarzuela famosa: «Por la calle de Alcalá, con la falda almidoná, y los nardos apoyaos en la cadera…». Guardó silencio al ver aparecer la hija por el umbral de la puerta de la cueva pues no le gustaba hacerlo en público. Traía esta en sus manos una lechuga recién lavada y bañada en vinagre. Se sentó en otra silla al lado de la madre y, hoja a hoja, fue dejando la hortaliza en el tallo. Manolillo, de rodillas en el suelo húmedo, seguía con asombro el recorrido de una fila de hormigas que se dirigía a su hormiguero cargadas con trozos de hojas mucho más grandes que sus minúsculos cuerpos. Se encontraba bajo la higuera, algo retirado de las mujeres, pero no lo bastante como para no advertir el momento de acudir donde ellas y solicitar el troncho de la lechuga que acababa de comer su madre, pues era la parte que más le gustaba y que reclamaba a menudo como si de un derecho propio se tratara.

Mientras tanto, la abuela ya había remendado la sábana, pinchado en el acerico la aguja con hilo para otra ocasión y guardado todo en el tabaquillo de mimbre. Con los dedos entrelazados de sus manos reumáticas descansando sobre el regazo miró al frente, paseando su empañada mirada alrededor sobre aquel árido y particular paisaje de cerros de arcilla que la había acompañado desde siempre y que era capaz de describir sin mirar de tan absorbido que lo tenía en su mente. Y pensó que, en ninguna otra parte, otra ciudad u otro país podría sentirse más en paz.

LUNA DE PASTORES, por Alberto Rincón Verdugo.

 




Salvador se frota las manos en vano, empeñado en alejar el frio. Intenta cubrirse más con la vieja manta que madre le remendó. Los dientes le castañetean. En la boca aún perdura el sabor amargo y ferroso del café que Antolín le dio al despertarle para la última guardia:

            – Arriba, zagal. Está todo en calma, pero no te duermas, eh, que tienes que acostumbrarte.

            Después se ha metido en el chozo con los demás. “Allí se estará bien”, piensa. “Con los rescoldos del último fuego y sin que el relente de la noche te cale”. Añora su casa en la aldea. Sentado cerca del hogar, hundiendo la cuchara en el guiso de madre mientras padre le cuenta historias de tierras extremeñas.

            “Es él quién tendría que estar aquí”, se dice por enésima vez. Pero sabe que de nada sirve lamentarse. Al menos don German pudo recomponerle bien la pierna después de la caída. Salvador aún recuerda los bisbiseos a medianoche entre los dos:

            – No queda otra, Justa. Tiene que ir el muchacho.

            – Pero Manuel…Si apenas cumplió los ocho. Es muy niño aún.

            – Yo tenía su edad cuando marché la primera vez. Y necesitamos el jornal. Ya oíste a don Germán. Al menos un mes para que la pierna sane. Los rebaños salen pasado mañana. No queda otra.

            Fue triste la despedida. Madre le abrazó con los ojos hinchados y le ajustó el morral que le quedaba grande. Padre se acercó cojeando, apoyado en un bastón:

            – No te arredres, hijo. Hazte valer con los compañeros. Ya quisiera ir yo, pero…–padre se interrumpió, bajando la mirada.

            Luego llegó Basi. Llevaba un lazo rojo en el pelo. Estaba muy guapa. Sin decir nada le tendió una medallita de latón de San Cristóbal. “Protege a los viajeros”, añadió. Y se marchó corriendo.

            Salvador se limpia los ojos y suspira. “No queda otra”. Escupe a un lado para quitarse el sabor del café. Esa noche Sabino le informó que haría la última guardia:

            – Mira, zagal. Mañana bajaremos de la sierra. No ha habido apenas alimañas estos meses. No haría falta, pero así te vas curtiendo. ¡Qué estás muy verde! –añadió burlón.

            “Sí, no haría falta. Pero hace un frio que pela”, piensa Salvador. A finales de octubre en las cumbres comienzan las primeras heladas. La noche está despejada y una luna creciente proyecta luz en la majada. Recuerda un dicho de su abuelo que repetía antes de morir: “Mira la luna, Salvador. Es el sol de los muertos”. Empieza a tiritar. Se ha levantado una brisa gélida. Se incorpora para desentumecer las piernas. Coge el cayado y camina hacía el aprisco donde se guarece el ganado. Las ovejas reposan tranquilas. Los dos perros que las guardan yacen próximos. Antolín le contó que debieron beber “agua sucia” de algún nevero cercano y habían estado purgándose con pasto todo el día. “No cuentes con ellos esta noche, que duerman la cagalera y mañana estarán bien”.

            Sobre el susurro del viento oye un crujido. Escruta los piornos cercanos. Nada, no hay nada. Comienza a roerse la uña del pulgar. “Sabino dijo que no había apenas alimañas”, recordó. “Apenas”. Se tumba y repta hasta una zona donde los arbustos son más densos. Levanta la cabeza y observa, recortado sobre el perfil de la ladera, la figura del lobo.

            No es la primera vez que lo ve. Pero siempre de lejos, rondando la aldea y sin acercarse. Ahora se aproxima. Y no está sólo. Cuatro, o quizá cinco cuerpos más, conforman la manada. Salvador advierte lo flacos que están y se inquieta. Ha oído historias de lobos hambrientos. Pueden ser muy agresivos. E impredecibles.

            Los lobos se acercan. Vienen a favor del viento, azuzados por el hambre. Las ovejas empiezan a balar débilmente. Pero el chozo está lejos. El rumor del viento impedirá a los pastores oír los balidos hasta que sea demasiado tarde.

            Paralizado, incrustado en la tierra, percibe el olor del tomillo junto a su cara. También nota una humedad creciente en la entrepierna. Los lobos están casi en el aprisco. El que encabeza el grupo se detiene. Salvador ve sus pupilas brillar bajo la luna. Se estremece y nota que algo resbala de su cuello. Es la medallita de San Cristóbal. Recuerda de nuevo la despedida. Si se queda sin hacer nada no podrá mirar a la cara a sus padres. Ni tampoco a Basi. Sabe que es un niño. Sabe que tiene miedo. Pero no quiere ser un cobarde.

            De un salto se levanta y comienza a agitar el cayado y a golpear las rocas mientras grita con todas sus fuerzas:

            – ¡¡El lobo!! ¡¡El lobo!! ¡¡Que viene el lobo!!

 

Despunta el día y alumbra las ovejas saliendo del aprisco. De píe, Salvador contempla como el rebaño se desparrama ladera abajo. Un manto níveo custodiado por los perros. Nota una mano en su hombro. Es Sabino:

            – Has tenido muchos redaños esta noche, Salvador ­–recalca serio.

            Por detrás de ellos pasa Antolín y el resto de los hombres

            – ¡Vamos, zagal! ¡No te quedes ahí como un pasmarote! –le grita Antolín.

            Sabino le mira adusto y responde:

            – Llámale Salvador. Tú y todos.

            Antolín asiente. Aprieta su cayado y continua ladera abajo.

            Una voz que comienza a afinarse entona las primeras notas y poco a poco el resto de los hombres se va uniendo mientras el rebaño prosigue su descenso:

“Ya se van los pastores a la Extremadura

ya se queda la sierra triste y oscura…”

martes, 9 de agosto de 2022

FALLO DEL II CERTAMEN DE RELATO BREVE "EL SOMBRERO DE TRES PICOS".

 




Reunidos en Guadix, a día 8 de agosto de 2022, el jurado formado por:


Presidente: Don Manuel Huete Alcalde.

Vocal: Doña Adoración Delgado García.

Vocal: Doña Carmen Hernández Montalbán.


Acuerdan:

1.      Conceder los galardones siguientes:

                   

Primer premio, al relato:

 

Luna de pastores, por Don Alberto Rincón verdugo.


Segundo premio, al relato: 


Tarde de estío, por Doña Mercedes García Poyatos.


Menciones especiales a autores locales:

 

1ª  Mención, al relato: 

 

El campo, por Don Juan Quesada Hernández


2ª Mención, al relato: 


Una ilusión, por Don José Antonio Cascales Rosa.

 

3ª Mención, al relato: 


Origen, por Dña. Isabel Pérez Aranda.


4ª Mención,  al relato: 


Aquella mañana de Sábado, por Don Jacinto Collado Cañas.


5ª Mención, al relato: 


Dos pueblos, por Don José María Molas Tresserras.


La entrega de premios tendrá lugar en la villa de El Bejarín, en un acto público, durante las Jornadas del Melocotón el día 14 de agosto de 2022, a las 20, 00 h. en  la plaza.

 

Relatos seleccionados para su publicación en el número especial de la revista ABSOLEM, incluyendo los premiados:


* Luna de pastores, por D. Alberto Rincón verdugo.

* Tarde de estío, por Dña. Mercedes García Poyatos.

* El campo, por D. Juan Quesada Hernández.

* Una ilusión, por D. José Antonio Cascales Rosa.

Origen, por Dña. Isabel Pérez Aranda.

* Aquella mañana de Sábado, por D. Jacinto Collado Cañas.

* Dos pueblos, por D. José María Molas Tresserras.

* Ampollas, por D. Manuel Ruiz Campaña

* Calafell, por Dña. Cecilia Vila Torra.

* A través de la ventana, por Dña. Eva María Baos Ruiz.

* Lazos de Cáñamo, por D. Juan Carlos Pérez López.

* Tractores, por D. Manuel Lozano Tébar.

* La lluvia, por Dña. Rocío García

* Adiós Rafael, por D. Pedro Navazo Gómez.

* Empresa por sorpresa por sorpresa, por Dña. Emilia García Castro.

* Los pimientos de la Fefa, por D. Rafalé Guadalmedina.

* El huerto de Najib, por D. Juan González Repiso

* A pesar del helor esta raigambre, por D. Alexis López Vidal.

* Cuando la metáfora es un hecho cierto, por Dña. Victoria Elizabeth Nowak.

* La mano izquierda, por D. Miguel Alonso.