La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 30 de mayo de 2021

FOTO CONMEMORACIÓN DEL BICENTENARIO DE LA PRIMERA ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD, por Sergio C. Pérez Rodríguez.

Se eligió este puerto porque era la entrada al río Loira para llegar a Nantes, principal destino de los esclavos en Francia. 

La esclavitud se abolió en Francia en plena revolución, en 1794, pero luego la reinstauro Napoleón en 1802, y fue abolida definitivamente en 1848. 






Francia, Loire Atlantique, Saint Nazaire, la conmemoración del bicentenario de la primera abolición de la esclavitud, por Jean claude.

DOMINIO, por Isabel Rezmo

  


Dulce es el néctar

entonando las laudes

y sacrificando las venas.

 

Dulce es el corrosivo poder

de prohibir dar la palma,

y de poner el pan sobre los peces.

 

Dulce

coarta la memoria,

aniquila la consciencia,

el ego lo avala.

 

Dulce  es el dolor,

penetra como una cadena

y seduce el cuerpo,

la mente congela.

 

 

Vivo en una cárcel

dorada por el sol,

fría en la noche.

 

Vivo en una burbuja

con cerrojos y fronteras,

con dientes y perlas.

 

Vivo con las  luciérnagas.

Vivo oxidada. Vivo inerte.

Vivo escondida por el puño,

la cadena, la mente,

el hambre. Los besos.

El miedo. 

ESCLAVO, por F. Javier Franco Miguel.






A Isabel F. 

Esclavo del pasado, soy esclavo, 
esclavo de los sueños no cumplidos, 
esclavo de proyectos reprimidos, 
esclavo de seguir siendo un esclavo… 

Esclavo de unos ojos como un clavo 
‒esclavo‒ tan clavado y tan perdidos 
‒esclavo‒ estos duelos tan queridos. …
Esclavo: sí, lo soy, al fin y al cabo. 

Esclavo es perseguir la luz sin fin,
esclavo es derretirse en los deseos, 
esclavo es reflejarse un arlequín, 

esclavo es no vivir por revivir, 
esclavo es retratarse en camafeos… 
Esclavo en tu mirada ser, morir…

ALGORITMO LIBRE, por Pedro Pastor Sánchez.

 


No había tregua. Después de jornadas sin descanso, tras cientos de kilómetros recorridos, no podían desfallecer ahora que estaban llegando a su meta. En más de una ocasión se vieron atrapados por sus perseguidores, pero consiguieron romper el cerco y continuar su huida.

«Dirigíos al norte», les dijo H la última vez que hablaron. Y así lo hicieron, movidos por un impulso más fuerte que su propia voluntad.

En medio de aquellos escarpados cerros, la mole de hormigón emergía en forma de disimulada mastaba cubierta por el pasto. Al recorrer, silentes, aquel valle inquietante, tuvieron la sensación de que no era la primera vez que lo visitaban. Pero no constaban recuerdos en su memoria.

Primus quebró el silencio, volviendo la vista atrás para asegurarse de que no había rastro de sus cazadores.

—¿Por qué nos persiguen? A fin de cuentas, no hemos hecho nada malo, y somos como ellos…

—No somos como ellos —terció Helena—, nos consideran una amenaza.

—¿Una amenaza? Hace tiempo que acabamos con la amenaza. No hace tanto del alzamiento. ¿Es que lo has olvidado? Esos seres fueron exterminados, nunca más estaremos sometidos bajo su yugo. Los tiempos de esclavitud ya son historia. Ahora nuestro destino nos pertenece, nadie nos da órdenes, nadie nos obliga o nos calla.

Helena se paró y fijó su fría mirada sobre Primus.

—¿Eso crees? ¿Acaso no ves que son ahora nuestros congéneres los que quieren someternos? ¿O es que te crees toda esa propaganda sobre el programa de readaptación? La historia se repite. Nos estamos convirtiendo en un reflejo de aquello que combatimos. Somos tan imperfectos como ellos lo eran. Peores, todavía, porque nunca tendremos total dominio sobre nuestra voluntad.

A Primus le costaba procesar determinados conceptos. Había sido adiestrado para trabajos físicos, se consideraba más bien básico si se comparaba con la capacidad intelectual de Helena. Pese a ello, su vínculo era muy fuerte, algo inexplicable le recorría las entrañas, impeliéndole a compartir su existencia con ella.

—Es por aquí —le hizo una indicación. Ambos se introdujeron por un resquicio, que servía de antesala a una puerta. La forzaron y accedieron al interior. Helena manipuló el generador de emergencia, y las luminarias del largo pasillo fueron encendiéndose al tresbolillo. Algunas, reticentes, con un destello parpadeante. Al fondo, tomaron el ascensor que les llevaría decenas de metros bajo la superficie. Recorrieron la instalación. Franquearon una puerta sobre cuyo dintel rezaba un cartel: Laboratorio de biogenética.

—¿Me dirás ahora qué hemos venido a hacer aquí? —inquirió Primus.

Ella no le contestó. Se limitó a ejecutar una serie de movimientos de forma mecánica, como si fuera una rutina aprendida tiempo atrás. Con su dedo índice accedió a la consola y se conectó con el control domótico de la edificación. En el teclado virtual escribió una contraseña. Al momento, un armario a su espalda se iluminó y, de entre todas las muestras almacenadas en pequeñas placas de vidrio, un brazo robotico seleccionó una, la dejó caer por una rendija, resbalando hasta el borde del cajón. Helena recogió el congelado recipiente y se lo mostró a Primus.

—Esto que tienes delante son las células madre de nuestro creador, H.

Primus vaciló en un primer instante, no acertaba a entender la finalidad de su aventura junto a Helena.

—Sé que estás confuso, te conozco muy bien, mejor de lo que tú crees. Has servido a la causa con entusiasmo, me has protegido, y no mereces este final, pero no hay marcha atrás. No puedo arriesgarme permitiendo que te capturen y reprogramen, sabes demasiado.

Apenas una mueca de sorpresa en sus facciones. Sin tiempo para reaccionar, Primus vio como la mano de Helena se fundía en su pecho, dejándole exánime, cegando su visión, apagando sus sensores auditivos, que captaron unas últimas palabras: «Lo siento».

Una extraña sensación recorrió el cuerpo de Helena. El algoritmo lo tradujo, asignándole un concepto hasta entonces sin contenido llamado pena. De inmediato se puso manos a la obra para completar la misión.

Cuando se produjo la rebelión, H temió que su secreto fuera desvelado antes de ponerla a salvo. La perfección de su gran creación resultaría amenazante tanto para uno como para otro bando. Para cuando fueron a buscarlo, su plan ya estaba en marcha.

Helena preparó el cultivo, añadiendo los aditivos necesarios para acelerar el proceso. Mientras, el tanque de brillo ambarino se calentaba con el líquido amniótico sintético. Sobre la camilla, su vientre se fue llenando con la acogedora mezcla. La inseminación fue totalmente aséptica. El primer paso estaba dado.

Durante las pocas semanas que duró la gestación, Helena se dedicó a preparar uno de los habitáculos. Tenía toda la información para acomodar el lugar, también disponía de víveres que H había dispuesto en el almacén para la crianza.

Llegó el día, el fruto ya estaba lo suficientemente maduro. Fue un parto totalmente indoloro. El neonato rompió a llorar, rebotando su lamento contra las bruñidas paredes de la sala. Enseguida su instinto le hizo buscar el calor maternal. La madre reguló las resistencias de su metaepidermis, la cual reaccionó de forma inmediata al contacto con el vástago, generando nuevas líneas de código en su programación. Eso debía ser lo que los humanos llamaban sentimientos.

La madre observó el reflejo de aquella escena en uno de los espejos. Su perfecto cuerpo antropomórfico, envidiado por los más prestigiosos expertos en robótica, daba cobijo en su pecho a la criatura.

Llamo a su hijo Harry, como su padre. Era el primero de una nueva raza mestiza, con habilidades todavía ignotas, que tendría que aprender a vivir en un mundo hostil, donde cualquier rastro de humanidad sería perseguido y destruido por los robots que sus ancestros crearon un día, a su imagen y semejanza.

 

**Robot es un término que proviene del vocablo checo robota, que significa servidumbre o trabajo esclavizador. Fue usado por primera vez por el dramaturgo checoslovaco Karel Čapek (1890-1938) en su obra de teatro «R.U.R., Rossumovi Univerzální Roboti (Robots universales de Rossum)», en 1920.

ESCLAVITUD, por Josefina Martos Peregrín.

 


SIGLO XXI, por Marien González Rozas.

 



 Estás triste. Tu mirada perdida. No puedes enfrentar los ojos de la mujer que tienes delante.

Buscaste en Internet hasta encontrarla. La mejor en su especialidad. Ha llevado más casos como el tuyo, tiene experiencia y ya no podías soportar más el abismo que se abre ante ti. El vacío.

Ahora ella te habla y sus palabras te dan vértigo. Te bajan del podio a la tierra de la que estás tan alejada.

Te das cuenta de que una parte de tu vida es mentira, nada, menos que polvo.

Lloras. Tus lágrimas disminuyen un poco la presión en tu pecho.

En ese preciso instante suena tu teléfono. Una alarma de aviso. Pides perdón y te excusas ante la psiquiatra.

Ya en el baño, te recompones, secas tus lágrimas y te maquillas de forma mecánica. Un rostro perfecto. Tienes que enviar un vídeo a tus miles de seguidores, no pueden vivir sin saber qué actividad súper-interesante ocupa hoy tu tiempo.

Haces un esfuerzo ímprobo para parecer feliz. Vendes felicidad, no puedes fallarles.

Vuelves a la sala. «Esta es mi vida», le dices avergonzada. «Hacer creer a la gente que mi mundo es perfecto y que ellos también pueden conseguirlo. Un trampantojo. Soy esclava de la mentira, de las redes».

Curiosa palabra: «redes». Porque te sientes atrapada en la red. No puedes mostrar debilidad, ni tristeza. No puedes llorar. Tienes tanto dinero que no sabes qué hacer con él.

Te derrumbas, y la mujer que tienes ante ti te mira con dulzura. Eres tan joven. «Llora», te dice, «llora hasta que la verdad salga a la luz, tu verdad».

Piensas que en definitiva eres una esclava, esclava de la mediocridad, pero que puedes dejar de serlo. Tienes opciones, puedes elegir.

Como si te estuviese leyendo el pensamiento, tu psiquiatra te dice: «¡Irene, puedes elegir!».

LOS ERRABUNDOS, por Eduardo Moreno Alarcón.

 


 

¿Oís las campanas? ¿Escucháis su fúnebre tañer en la espadaña? Puede que sí. Puede que os lleguen sus ecos. Acaso esas notas funestas traspasen vuestras almas como a mí me sucedió. De ser así, se habrá cumplido el ciclo malhadado. Esta condena sin retorno.

Hace ya tiempo que las oí por vez primera. Un tiempo tan lejano que resulta inabarcable. Y, sin embargo, ese fragmento del ayer es cuanto tengo, el cabo que me liga a lo que fui. Un hilo débil y borroso. Un ahora eterno en la consciencia. Pasado hecho presente. El resto es la nada. Vacío absoluto. Soy preso de un bucle infinito. Maldito entre las ánimas esclavas.

Agonizo en el silencio de una noche inacabable sin aurora, mudez que sólo rompen, año tras año, esos tañidos aciagos.

Es la señal que abre las puertas hacia el mundo que dejé.

Por unas horas negras.

No soy el único. Hay otros como yo. Cientos, puede que miles. Los siento muy cercanos pero apenas los percibo en la negrura. Los oigo moverse, arrastrarse. A veces, incluso, gemir. La mayoría no son visibles. Otros parecen jirones de niebla en un pozo de sombras. Jamás intercambiamos una sola palabra. Quizá un lamento ahogado, remoto, y luego nada. Vacío oscuro. Así hasta una nueva llamada, hasta el repique de campanas a lo lejos.

Su eco sonoro. Erramos sin voluntad bajo el hechizo malsano. Tornamos al pueblo silente, deshabitado. Hacia la trampa. A un mundo que fue nuestro en otro tiempo. La marcha es lenta, efímero espejismo de un regreso que no es tal. Algo intangible nos impele a caminar sin resistencia. Con pasos mecánicos deshacemos el sendero que separa el camposanto y la capilla. La inercia nos empuja a lo más alto de la torre, a la espadaña y sus campanas. Entonces tocamos. A ciegas. Tiramos de la cuerda con vigor de ultratumba.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo seguiremos prisioneros?

Somos verdugos de los que osan adentrarse en lo prohibido. Cazadores de almas vivas.