La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de marzo de 2016

A la Sombra y Plagio, por LUIS LÓPEZ-QUIÑONES RUIZ.



I

El tilo centenario de San Miguel
tras la tapia del huerto de los Vega
que estercola las tumbas de mil infancias
y el secreto de infinitos besos primeros.
Mano tendida sobre el asfalto
que empuja a los jóvenes al instituto,
verde palio, bandera jurada
memoria histórica y árbol sabio.

II

Exótico ejemplar de mí Retiro
regado con la sangre de mi pueblo
traidor que escondía el cañón francés
entre la savia de sus ramas.
Mirador del tiempo, observatorio,
de paseos de reyes y de infantas
de soldados de permiso cortejando
y de pic nic familiares los domingos.

III

Metáfora,  Maibaum árbol de mayo,
triunfo del hombre por la cosecha
enhiesto sobre el Virtualianmarket
elevado al cielo como ciprés de Silos.
Escudos gremiales, orgullo de burgo,
lazos que adornan semejante cucaña,
laureles , colores azul y blanco
orgullo patrio de mi Bavaria.




PLAGIO

A Machado, Hernández y Gerardo
Al Duero, a Ramón y al Arlanza

No es el olmo viejo, hendido por el rayo y en la mitad podrido de Machado.
No es el almendro de nata a la muerte de Ramón con Miguel desconsolado.
No es el ciprés de Gerardo Diego surtidor de sombra y sueño en la ribera del Arlanza.

Es el Tilo de la huerta que vela mi infancia y llora su ausencia.
Es el árbol longevo de la ciudad donde me hice hombre y agoté mis emociones.
Es el árbol de mayo, inerte y mal llamado,  que eleva a cielo mis plegarias y oraciones.

Pero al igual que el viejo poeta guardo, imaginaria, una rama verdecida en mi cartera, prueba que existe en mí ese milagro de primavera.






Munich, 24 de febrero del 2016

Volverse tierra, por ISABEL REZMO.



No soy un ojal, un impulso del viento donde las calles
se hacen lánguidas, soporíferas.
Me muevo al amparo de las pisadas en los asfaltos.
En los bulevares, en los jardines, en anhelo, en una flor que
está guiñándome un ojo en cada milímetro del torso. Los
paréntesis dejaron de dominar el verso de las escaleras,
se convierten en puro rocío en las mañanas.
Una mano o dos, o veinte.
Trepando por el angosto mar de los árboles,
acariciando la savia que esgrime rozaduras entre el tronco
de una salvaje vereda.
Y el puntero exime huellas
entre  matorrales,
como el olivo que ejerce la fuerza en su tallo
moviendo al viento al son de sus alas.

Todo se vuelve  tierra.
Se vuelve al unísono de una marea  equivalente
a  los miedos. A las dudas, a las variables que ejercen
la fuerza, en los dedos,
y una mano, como en los ramajes
me grita para huir hacia el cielo.


Árbol invertido, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



En esta región incógnita o rivera despojada
crece un extraño árbol de raíces aéreas 
que da sombra a mi frente fatigada.

Es el árbol invertido,
aquel que extiende sus raíces al espacio
y oculta sus ramas bajo los azufrados surtidores 
del magma terrestre, 
hasta llegar a los remotos oasis submarinos, 
allí donde todo es amarillo y rojo. 

Sus ramas, arterias coralinas,
danzan sumergidas junto a peces ciegos.

¿Cuántos antes que yo hasta aquí arribaron
en busca de amparo y sosiego? lo ignoro. 

Apoyada en su enorme tronco me siento a salvo,
a salvo del odio, libre de los tigres,
del veneno de las adelfas, 
fuera de ese rumor de muerte 
que los hombres-bestia propagan.

y es tanto el poder que este árbol ejerce sobre los elementos, 
que hasta el indómito viento pasa cadencioso y furtivo
por entre sus desnudas raíces aéreas.

Lo cierto es que nada hay aquí,
a no ser este árbol sagrado incrustado 
como una esmeralda en el hielo.

Esta pues, ha de ser la mítica región del árbol humanado,
fértil fermento de vida.

El testigo Fiel, por ESNEYDER ÁLVAREZ.



Hoy me acuesto en el árbol
donde alguna vez quisimos tatuar nuestros nombres,
esa tarde dulce donde los pájaros se posaban en sus ramas
 para admirar nuestro amor,
el viento refrescaba nuestros rostros,
el cielo dibujaba corazones.

Nos besamos infinitamente,
el tiempo se comportó inclemente, pasó demasiado rápido,
la noche poco a poco nos cobijo con sus estrellas

Nos miramos y decidimos 
que ese árbol no merecía ser lastimado,
Que nuestro amor no necesitaba ser registrado en él,
Nuestro amor seria tatuado en nuestros corazones,
Y el árbol se convertiría en nuestro más fiel testigo.


En la copa de un árbol, por CUSTODIO TEJADA.



En la copa de un árbol
hay un nido de colorines
con cuatro huevos blancos
y una cabaña de barro
en la que viven un escarabajo ermitaño.
También hay un gusano verde
que va de vacaciones cada verano
a comer hojitas tiernas
y a disfrutar del descanso.




Del libro “Cigüeña de Nieve”.

Árboles solitarios, por ANTONIO MORILLAS JIMÉNEZ



(Para Carlos Jiménez, que ya vive en el viento) 


Presiento que algún día  
volaré sobre las abruptas 
y macilentas 
cordilleras de la ciudad,  
para posarme sobre la copa 
de los árboles solitarios del campo 
que perciben en la distancia   
el rumor del agua, 
y solo ven silencio 
cuando miran alrededor. 
  
Hoy, que solo soy una palabra 
anclada en el puerto calmo 
de los días, quiero decir  
que  me producen vértigo 
los árboles perdidos, 
a la intemperie, 
en  la inmensidad de la llanura,  
por donde se tienden  
los campos de trigo    
como guardianes de las sombras.

Hoy, quiero decir 
que soy presa del desasosiego 
cuando escucho en la distancia 
el trinar de los pájaros  
sobre el lívido esqueleto 
de las ramas solitarias  
que sollozan en medio del abismo. 

El árbol en medio de la nada, por GLORIA ACOSTA.

Fotografía de Mindor



( Leyenda del lejano Oeste)

Esta es la historia de un árbol en medio de la nada, en los límites de la extensa pradera que rodeaba un  pequeño pueblo, floreciendo al ritmo de las continuas oleadas de buscadores de oro que se fueron asentando en el salvaje oeste.
  Esta es una historia de verdades increíbles y mentiras admisibles, en una época en la que la superstición también se desenfundaba al ritmo de un Colt 45. Corrían los años de Wayatt Earp, Bat Masterson, Willy El Niño, Jesse James y también de mujeres con dos pistolas como Calamity Jane.
  Nuestro pequeño asentamiento, contaba con todo el decorado imprescindible en aquel escenario: un saloon con mesas de juego y todo el alcohol que podía ingerir un cuerpo rudo, un pequeño pero nutrido colmado, la escuela  donde casi nunca coincidían los mismos alumnos, una cárcel en la que nadie descansaba por mucho tiempo, el banco depositario del dorado y que atraía gente de toda calaña a esta costa Oeste, un burdel en las afueras para acallar a las damas de buena reputación y al pastor de la iglesia que arengaba contra esos antros de pecado y perversión, consuelo de forasteros o cuatreros quemados por el sol y por el peso de  una vida que terminaba inesperadamente cuando no cubrías las espaldas. Con él competía una elegante casa de citas, regida por la madam más famosa en leguas a la redonda, refugio de caballeros de mayor envergadura social, amantes padres y esposos comprometidos.
  El pueblo había conseguido la tranquilidad y paz que se logra cuando las mujeres toman el mando  por debajo del mantel, sin que nadie lo advierta, con esa sutileza que el alma femenina porta desde el principio de la creación.
  Por descontado que no siempre fue así. Los primeros tiempos, cuando la inmensidad ocupaba la frontera de lo desconocido, donde la esperanza iba a caballo de la oportunidad y una vida valía un billete de cinco dólares en el hueco vacío del tambor del revólver, imperaba la ley del más fuerte, del más rápido, del que llegaba primero a cribar en el lecho del río, con la tranquilidad de no estar allanando ninguna propiedad privada, ni pagar impuestos por ello. El preciado oro estaba allí, libre para ser tomado. El paso de los años puso en valor el lugar con el nacimiento de la minería, mientras que agricultores y ganaderos veían en esta tierra la mano dura y fértil del creador, al tiempo que el flujo de comerciantes contribuía a un marcado florecimiento en años posteriores.
  Instalado, pues, un cierto orden que permitía la convivencia pacífica en la mayoría de las ocasiones, la cotidianidad serena era la tónica dominante. El pequeño poblado no se caracterizaba por la presencia asidua de pistoleros, sin embargo la tranquilidad se quebraba en ocasiones, por alguna pelea al vapor del alcohol o por una bala rápida atravesando un pecho. El sheriff y sus ayudantes eran los encargados de vigilar el mantenimiento de aquella armonía alcanzada y con ayuda del juez que visitaba periódicamente la zona, imponer al delincuente un castigo  que en ocasiones acababa en la horca y en otras enriquecía ciertos  bolsillos con elevadas multas. Con frecuencia  llegaban noticias de la mano de hierro con la que el Juez Parker en Arkansas, administraba justicia y famosos eran sus innumerables ahorcamientos, hecho que no dejaba indiferente al representante de la ley de la pequeña comunidad, que lo tomaba como referente para ganar fama y respeto, amén de permitirle amasar una pequeña fortuna aceptando algún que otro soborno por conmutación de la pena impuesta.
  Existía como he dicho, en los confines de aquella extensa pradera, un árbol frondoso y solitario que servía  como soporte y testigo mudo de la soga que sólo dos personas colocaban alrededor  del cuello de quien se decidía ser merecedor. Como escarnio y advertencia a quien pasara por el lugar, el cuerpo se dejaba allí ejecutando su danza espasmódica, y se le enterraba al día siguiente. No ocurría  aquí como en otros territorios donde las ejecuciones eran fiestas multitudinarias y diversión en las monótonas tardes. Nadie que sintiera el temor de dios o del diablo se atrevía a acercarse a aquel árbol sobre el que corría todo tipo de fábulas, avaladas  sin duda por el extraño suceso que tenía lugar a la mañana siguiente al ahorcamiento. El muerto desaparecía y la soga desanudada, reposaba en el suelo a modo de mueca burlesca. En las primeras ocasiones de aquel extraño suceso todos llegaron a pensar que amigos o familiares del reo recuperaban su cuerpo para darle sepultura, pero los rumores que circulaban hablaban de otra cosa. De vez en cuando llegaba al pueblo un forastero que comentaba haber visto al difunto cruzando en su caballo la frontera con Méjico, y otros hablaban de la vida de lujos que había visto disfrutar en tierras del sur al cuatrero ahorcado el mes anterior.
  Estas historias empezaron a formar parte de la vida cotidiana como lo eran el trabajo, los juegos de cartas o la misa de los domingos y cuando se juzgaba a alguien a sabiendas del fatal desenlace, todos admitían que el sentenciado gozaría de mejor vida de la que había llevado hasta el momento, convirtiendo el castigo en su redención.

  Tanto se propagó la fama de aquellos extraordinarios acontecimientos, entre caminos de diligencias y vías de ferrocarril, que muchos forajidos en busca de mejor fortuna, se entregaban a la justicia implorando ser ahorcados en aquel pequeño pueblo del Oeste Americano, logrando el árbol lo que no consiguió ningún juez de la época.